JUAN CARLOS VÁSQUEZ

Primer escenario.

Abre la boca, grita, al soltar las manos, una idea: introducirse la cruz, escupir a los transeúntes. ¡Protesta!, ¿por qué protesta? ¿Reivindicaciones?

Nadie presta atención, nadie ve, sin embargo grita.

Días después, todo indica que le cosieron la boca con  una propuesta.

Surgen las actitudes simbólicas, suena el trap, ¿quién fue?, ¿qué pasó?

Clavan el cartel, invitan al público a expresar sus desaciertos.

La tranquilidad ha llegado con el soborno en un acto conmemorativo.

¡Respiro!, no hay nada interesante a mí alrededor, como si un agujero negro se los hubiera tragado a todos. Y recrudece el siseo, la intriga, lo adverso, lo inverso, lo izquierdo y derecho.

Ahora catalogados por géneros, subgéneros, colores, conductas. Nada me cuadra, aunque a fin de cuentas el ganador será el primero que llegue a su presa y la devore.

Reinicio el reset, la actualización, sin embargo el panorama vuelve a ser el mismo.

Segundo escenario.

Abren las puertas del vagón, entran. Los primeros lloran, estudian el choque cultural, la implementación de la equidad. El tiempo ha cambiado. Vuelven a llorar, tienen la certeza de que en los procesos de los últimos años son las víctimas. El mundo los ha abandonado y lo ha dejado en las manos del oscurantismo y de la ignorancia.

Se plantean evolucionar con métodos socio tecnológicos, modificar comportamientos estudiándolos al detalle.

Quieren escapar de la escala que los ubica en el mismo rango mediante encuentros programados. Advierten que actuarán sobre la circunstancia con nuevas teorías inaccesibles a las generaciones pasadas para acabar de una vez por todas con la frase que circula por la boca de todos: generación de cristal.

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Los segundos, son inmorales porque muestran la inestabilidad sin reparo, porque recordarán, cuando ello sea necesario, que se drogan o se emborrachan a diario a pesar de rondar los cincuenta años. Que no lloran, que atacan a la policía y la mayoría de sus amigos han muerto.

Frente a frente te enseñarán a escupir sobre los estatutos de la sociedad y de la ley, de esa ley dictada por seniles, sicalípticos y decrépitos.

Si no tienes coraje, déjalo. No van a echar culpas, se van a reasignar y lo celebran. El bar es una cátedra, una tribuna para enardecerte, la thrasher musical school no fue creada para las muchedumbres endebles. A la puta mierda, un brindis con las últimas monedas, ya mañana se verá.

El vagón afortunadamente abre sus puertas, al pasar los minutos salen, se distancian, se dejan de repugnar. La ciudad tiene múltiples puntos de encuentros donde reasignar a los mismos y separar a los que se repelen.

Tercer escenario.

Piensa, lleva el hijo al pádel. Piensa, sale de tapas. Piensa, siente deseo, se calienta, folla, termina, busca al hijo, lo trae a casa.

Piensa, limpia el salón, va a la iglesia. Piensa, regresa, mata al marido, lo descuartiza, lo quema, lo introduce pedazo a pedazo en la taza y comienza una y otra vez a bajar la cadena, hasta que una frase del hijo la deja paralizada.

Mami, mami, la mano, falta la mano.

La relación entre María y José solía ser así: impetuosa, intensa, irregular… Y sin embargo, se necesitaban, ya no.

Cuarto escenario.

Para que le den credibilidad tiene que mejorar su apariencia, dejar las bromas, guardar orden y seriedad. En la época de lo visual y las normas poco importan los conceptos, sin embargo, le cuesta aprender la lección, cumplir con las directrices. A pesar de tanta investigación le resta importancia y se sumerge en la desidia. Se burla de los transeúntes, del público de la sala que no es una sala, y camina de nuevo hasta su banco en la plaza, se acomoda y continúa sonriendo. Hace falta desdoblarse, verse a sí mismo bajo la perspectiva de una tercera persona, para describirse con total certeza, pero no calcula el tiempo, ya han pasado seis años y la rutina sigue introduciéndolo en su zona de confort.

Repentinamente rompe, emerge de la nada y decide cambiar al mundo, para ello deberá (según piensa), hacer unas modificaciones. Y estas pasan por encarar a las familias Mars, Koch, Hermès, Al Saud, Ambani, Wertheimer, Johnson, Rotschild, Rockefeller, Morgan, Du Pont. A los illuminati, Bilderberg, francmasones, Caballeros Templarios, Skull and Bones, Rosacruces… crear una guerra civil en cada país, y lo más complicado de todo, reformular las bases sobre las que están asentadas las reglas, no obstante, suspira, levanta la mirada y lee un cartel: borregos asados.

Quinto escenario

“Ser II” sale de la nada, escucha parcialmente y en vez de centrarse en los hechos pasa directamente a corrigirle  («ok, estoy de acuerdo, lograste la aceptación de ese gran autor para esa gran entrevista, cruzaste en greyhound los Estados Unidos desde el Atlántico hasta el Pacífico, conociste a Lawrence Ferlinghetti cofundador de la librería City Lights, tumbaste de un puñetazo al dealer jamaicano de Harlem -sin ser un combatiente-, pero eso no sucedió en 2005, sucedió en 2006).

Desde ese mismo instante pasa a hablar de la superioridad moral: de gastronomía, de niños, de su odio al catalán, en pie, de rodillas o paseando.

A “Ser I” siempre le sorprendió ver esa gran cantidad de formas que lo cuestionan todo, incluso de un horizonte baldío que a primera vista era completamente monótono, surgían cuerpos, voces. Desde el principio no sintió próxima una región hasta que, con la máxima del tiempo, también le sucedió con otras regiones. Después de medio siglo se dio cuenta, siempre estuvo en territorio de nadie, pero sin duda, si quería levantarse temprano tenía que acostarse temprano, para, involuntariamente seguir yendo a ninguna parte.

© Juan Carlos Vásquez

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