ALIENHADO

El sábado amaneció nublado, con el típico bochorno que precede a las tormentas de verano. Gracias a la radio despertador que tan previsoramente (algo poco común en mí) había rescatado de mi dormitorio en la ciudad me levanté a tiempo para mi segunda jornada de trabajo. Había dormido menos de lo recomendable y estaba cansado. Como ya sabéis, la jornada anterior había sido agotadora en todos los sentidos, aunque al final todo había salido más o menos bien.

  Repasando los acontecimientos mientras trataba de espabilarme sentado en la cama, no tenía remordimientos pero enturbiaron mi ánimo un par de cosas que podría haber mejorado. Me cabreaba no haberle plantado cara a la alcaldesa cuando decidió no pagarme el tónico, algo impropio del astuto comerciante que yo pensaba que era. Me disgustaba el hecho de haber llevado a mi madre a un motel sórdido frecuentado por fulanas y puteros, cuando ella se merecía mucho más. Me arrepentía de no haber aprovechado la ocasión de empotrarme a mi tía Bárbara, una oportunidad que quizá no volvería a presentarse, aunque me consolaba pensar que lo había hecho por el bien de la familia. Y sobre todo me reconcomía la forma en que había tratado a mi abuela la noche anterior, usando su cuerpo para desfogar sin preocuparme de que ella disfrutase. Por suerte, era demasiado generosa como para echármelo en cara, y yo disfrutaría mucho compensándola cuando tuviese ocasión.

  Pero por desgracia no sería esa mañana. Antes de vestirme, saqué el frasquito vacío que tenía en el bolsillo de mi chándal, lo rellené con la botella de tónico que aún guardaba en mi maleta, debajo de la cama, y tomé unas cuantas gotas. La noche anterior había descubierto que una dosis tan pequeña me permitía gozar de los efectos vigorizantes del brebaje y mantener a raya los lúbricos efectos secundarios. Guardé el frasco junto a la botella, para mi uso personal, y me vestí.

  En la cocina encontré a mi abuela bregando frente a la encimera, cortando pan, haciendo café y triturando para las tostadas algunos de los suculentos tomates de su huerta. Debía llevar levantada un rato, pues ya se había calzado las botas y cubría su no menos suculento cuerpo con uno de sus desgastados vestidos de faena, esta vez uno azul con diminutos lunares blancos. Aún no se había puesto el pañuelo en la cabeza y sus rizos pelirrojos salpicados por los brillantes hilos de plata que eran sus canas lucían tan lustrosos como siempre.

  Me acerqué por detrás y le di un relativamente casto abrazo acompañado de un largo beso en la mejilla, quizá más cerca del lóbulo de la oreja de lo necesario, cosa que la hizo apartarme con un gracioso golpe de cadera antes de devolverme el beso.

—¿Has dormido bien, tesoro?

—Muy bien, pero no tanto como me habría gustado —me quejé, bostezando.

—Eso te pasa por quedarte jugando hasta tan tarde, tunante —dijo ella, bajando la voz y con una sonrisa pícara.

—Mira quién habla.

  Intenté abrazarla de nuevo pero me contuvo con un codo, mientras llevaba a la mesa un plato con tostadas. No dejó de sonreír pero lanzó una mirada de advertencia hacia la puerta que daba al pasillo.

—Bah, no creo que esos dos se levanten antes del mediodía, después del tute que se pegaron anoche —dije, refiriéndome a mis tíos, que debían estar durmiendo como ceporros.

—Y que lo digas, hijo. Estuvieron dale que te pego hasta las tantas.

—Ya verás como hoy no discuten —predije.

—No creo que tengan fuerzas ni para levantar la voz. Sobre todo tu tía… ¡Qué manera de chillar, Virgen Santísima! Parecía una gorrina en el matadero.

—¡Ja ja ja!

  Podría haberle contado un par de cosas sobre lo “cerda” que era su nuera, pero obviamente no iba a hablarle de lo ocurrido en el bar de Pedro. Reímos, disfrutamos del desayuno y de la mutua compañía hasta que llegó la hora de irme. Cuando me levanté de la mesa, mi abuela abrió mucho los ojos, como si acabase de recordar algo, y también se levantó.

—Efpera un momenfto, fariño —dijo, con la boca llena de tostada.

  Fue hasta la alacena y regresó sujetando entre las manos un frasco de mermelada anaranjada, de melocotón o puede que de albaricoque. El cristal relucía y había puesto sobre la tapa, con una cinta amarilla, una de esas fundas de tela a cuadritos rojos y blancos.

—Ya se que es una tontería, pero quería tener un detalle con Doña Paz… Para agradecerle lo del trabajo —dijo, un poco avergonzada, y me tendió el encantador obsequio—. ¿Te importa dárselo? Como aún no han mandado un cura nuevo al pueblo no se si mañana habrá misa y no creo que la vea.

—Claro, yo se lo doy, no te preocupes —prometí, cogiendo el frasco.

—Ya se que es poca cosa… Y más para una mujer así, que tendrá de todo.

—¿Poca cosa? Tu mermelada es la mejor del mundo. Seguro que no ha probado nada igual —dije, para que volviese a sonreír, cosa que conseguí—. Además, estos ricachones ya están hartos de lujos, aprecian más las cosas sencillas y hechas a mano.

  Me despedí robándole un breve beso en los labios al que respondió con un cariñoso azote y salí de la casa. Las oscuras nubes que encapotaban el cielo no consiguieron ensombrecer el buen humor que me había dejado el agradable desayuno. Me subí al Land-Rover y antes de nada salté a la parte trasera para ocuparme de mi negocio. Esta vez llené y guardé en mis bolsillos cuatro frasquitos, por lo que pudiera pasar, ya que ahora tenía una nueva clienta (una que no pagaba, pero ya arreglaría eso). Reparé en que había varias botellas vacías en la caja, entre el serrín seco. Aún quedaban llenas más de la mitad, pero tenía que ir pensando en qué le diría a mis clientes cuando se terminase la mercancía. Casi me arrepentí de haber gastado un frasquito entero la noche anterior, aunque el espectáculo ofrecido por mi tía y sus consecuencias habían merecido la pena.

  A las nueve menos veinte, más puntual que nunca, llegué a los terrenos de la mansión y fui directamente al garaje del servicio. Junto al elegante Mercedes blanco estaba Matías, el mecánico, comprobando la presión de los neumáticos. Levantó la cabeza al verme y una sonrisa entre amable y condescendiente apareció bajo su espeso bigote.

—Buenos días, maestro —saludé, con el bote de mermelada bajo el brazo.

—Buenos días, chaval. —Reparó en la confitura y frunció el ceño—. ¿Recuerdas lo que te dije de comer dentro del coche, no?

—No es para comer. Es un regalo de mi abuela para Doña Paz.

—Ah, bueno. Perdona.

  Terminó su trabajo en un par de minutos y se limpió las manos en el trapo que le colgaba de la cintura. Cuando estaba a punto de subirme al coche, se acercó a mí, miró a su alrededor para asegurarse de que estábamos solos y me habló en voz muy baja.

—Oye… Ayer lo viste, ¿verdad? —me preguntó, con media sonrisa lasciva y un brillo de curiosidad en los ojos.

—¿Que si vi el qué?

—¿Qué va a ser? El chisme ese que le puso la señora al coche para que… —Volvió a mirar alrededor—…para que se la folle. Se que ayer lo usó, porque siempre que lo usa deja los neumáticos hechos una pena.

—¿Tu también lo sabes? —pregunté, aunque era obvio que sí.

—Soy el único que lo sabe, aparte de ella y del anterior chófer, claro. Pero ese nunca quería contar nada. Era un malaje. Dime… ¿cómo es el trasto? Hay que saber un código para que salga y yo nunca lo he visto.

  No estaba muy seguro de si debía darle detalles a Matías sobre la vida sexual de Klaus y la alcaldesa. Si ella se enteraba era posible que no le gustase tener un chófer cotilla y me podía costar el empleo. Por otra parte, el mecánico parecía un buen tipo y pensé que era una buena ocasión para congraciarme con él. Miré alrededor, imitándole, y bajé la voz cuanto pude.

—Es una polla metálica… un pollón, mejor dicho, con una especie de émbolo que la mueve, como un martillo neumático. Ella lo controla con la voz, lo creas o no —expliqué.

—¡No me jodas! —exclamó el mecánico, francamente sorprendido.

—Además todo el coche vibra, y tiene una suspensión hidráulica o algo así que lo hace rebotar como si estuviese endemoniado. Te juro que hasta da miedo.

—Si, eso ya lo sabía. Es lo que jode los neumáticos. ¿Qué más? Cuenta, cuenta —dijo Matías, ansioso por más detalles.

—Poco más. La señora se espatarra en el asiento de atrás, en pelotas, el chisme sale y ella le va dando órdenes. Que si más rápido, que si más fuerte… Como si le hablase a un tío. Luego el coche empieza a menearse y a rebotar, el cimbrel ese la taladra como si la fuese a partir en dos y la señora se corre como una bestia. Me pasé un buen rato limpiando la tapicería.

—¡Hay que joderse! —soltó Matías, limpiándose el sudor de la calva con su trapo—. Esta gente de dineros… qué viciosos son, la madre que los parió.

—Ya te digo. Oye, me tengo que ir, que tengo que recoger el uniforme y no quiero enfadar al ama de llaves. Creo que ya me tiene tirria.

—¿El ama de llaves? Ah, quieres decir la gobernanta. Se llama Paqui —me corrigió.

—Paqui o como se llame. No veas si es borde, la gorda de los cojones —dije, animado por la creciente confianza con el mecánico.

De repente Matías se enderezó y se puso muy serio, apretando los puños.

—Es mi mujer —afirmó.

—No jodas… Perdona, hombre… No lo sabía… —dije, tartamudeando y alerta por si me caía una hostia.

  Matías me miró con furia unos segundos, en silencio. Después su expresión se transformó por completo y se echó a reír.

—¡Es broma, hombre! ¿Qué voy a estar yo casado con esa sargenta? ¡Me pegaría un tiro!

—¡Ja ja! Joder, vaya susto… —dije, aliviado, mientras me subía al coche—. Bueno, yo me voy. A ver si un día nos tomamos unas birras.

—Claro, hombre. Cuando quieras. —Se acercó a la ventanilla y me habló de nuevo en susurros—. Oye, no se te ocurra ir contando por ahí lo que me has contado a mí, ¿eh? Que la señora es muy señora pero por las malas te busca la ruina, hazme caso.

—Descuida. Se guardar un secreto.

  Metí la mermelada en la guantera y conduje hasta la entrada de la mansión. De nuevo la puerta se abrió antes de que llamase al timbre y apareció el rostro mofletudo de la gobernanta. Me examinó en medio segundo como si fuese una cesta llena de mierda que hubiesen dejado allí fuera y me ordenó que la siguiese con un rápido gesto de la mano.

—Buenas días, Paqui —saludé. Que ella fuese una borde no era motivo para que yo lo fuese.

  Mi amistoso saludo no solo no le gustó sino que la enfureció. Sin detener su bamboleante paso de elefanta giró el cuello y me miró como si la hubiese insultado.

—Paqui me llama mi familia y mis amigos, y tu no eres ni una cosa ni la otra —me espetó, con su voz hombruna—. Me llamo Francisca, ¿entendido?

—Entendido —asentí.

—¿Quien te ha dicho que me llames Paqui? ¿Ha sido ese vago de Matías, verdad?

—Se ve que le va la guasa.

—Pues se acabó la guasa. Aquí se viene a trabajar.

  Estaba claro que Matías y Paqui no tenían la mejor de las relaciones. Mi intuición me dijo que esos dos habían estado liados y la cosa no había terminado bien. No se por qué, en mi cabeza el mecánico bigotudo y la rolliza gobernanta hacían buena pareja, de una forma caricaturesca y perversa, como un gato holgazán y una gallina cascarrabias de dibujos animados.

  Entramos en el mismo cuarto de costura de la mañana anterior, y mis ojos se alegraron al ver de nuevo a la joven doncella, esta vez de pie tras una aparatosa tabla de planchar, soltando vapor sobre una camisa blanca. De nuevo, me saludó con una tímida sonrisa, mirando de reojo a su jefa, y yo se la devolví. La jefa sacó de un armario un paquete envuelto en ese papel tan fino que usan los sastres y me lo entregó, casi golpeándome con él en el pecho.

—Pruébatelo, a ver si hay que hacerle arreglos —ordenó, señalando con la barbilla una gruesa cortina marrón.

  Detrás de la cortina había un probador, un habitáculo pequeño con un taburete y un espejo de cuerpo entero. El uniforme consistía en una camisa blanca sencilla, una especie de casaca negra con dos hileras de botones plateados, pantalones negros y zapatos a juego. Era anticuado incluso en 1991, pero he de reconocer que me quedaba como un guante. A la gallina gigante se le daba bien tomar medidas. Además, los bolsillos del pantalón eran más grandes que los de mis tejanos y podía guardar los frascos y el tabaco sin que abultasen demasiado.

  Salí del probador pavoneándome y giré sobre mí mismo, cosa que hizo sonreír a la doncella, que al igual que el día anterior nos prestaba atención con disimulo. Francisca no sonrió en absoluto. Me miró de arriba a abajo, por delante y por detrás, dio un par de tirones a las prendas aquí y allá y asintió satisfecha. Regresó al armario y rebuscó un buen rato, hasta que comenzó a resoplar y maldecir entre dientes.

—¿Dónde está la maldita gorra? —la escuché decir.

  Miré a la joven planchadora, envuelta en ese momento en una sutil nube de vapor, y pude ver que la situación también la divertía. La gobernanta cerró el armario, furiosa, y fue hasta la puerta con zancadas tan largas como le permitían sus piernas regordetas. Como ya sabéis a estas alturas, tengo una sana obsesión por las pantorrillas femeninas, y reconozco que las de Francisca retuvieron mi mirada durante más tiempo del prudencial. Por suerte no se dio cuenta.

—Vuelvo enseguida. No te muevas de aquí —me gruñó, antes de salir.

  Aproveché la ocasión para acercarme a la tabla de planchar y al pararme junto a ella pude ver que la doncella era varios centímetros más baja que yo, y mucho más guapa de lo que me había parecido desde la distancia. Tenía unos enormes y preciosos ojos de un gris azulado muy claro, la nariz pequeña adornada por unas pecas que solo se apreciaban desde muy cerca, y los labios finos pero bonitos, a lo Jamie Lee Curtis. Labios que se curvaron en una sonrisa entre dulce y desconfiada cuando le hablé.

—Vaya carácter tiene Paqui, ¿eh?

—Yo que tú no la llamaría Paqui —me aconsejó. Su voz era suave y aguda, un poco infantil, propia de alguien acostumbrada a hablar siempre bajito.

—Demasiado tarde —dije. Eso la hizo reír y me animó a seguir hablando—. Y bien… ¿Qué tal me queda el uniforme? Parezco el muñeco de una tarta de bodas, ¿verdad?

  Bromear sobre mi propia estatura era una de mis formas predilectas de romper el hielo con las chicas, y casi siempre daba resultado, aunque después siempre la cagaba soltando alguna obscenidad. Algo me decía que la tímida doncella no encajaría bien mis bromas subidas de tono y decidí sacarlas del guión, o al menos intentarlo. Lo de la tarta le hizo gracia y rió sin abrir la boca, soltando aire por su naricilla.

—Yo creo que te queda bien —opinó, sin mirarme.

—Gracias. Lo mismo digo. —Eché un breve vistazo a su uniforme de criada, negro y blanco, con cuidado de no parecer rijoso—Me llamo Carlos, por cierto.

—Ya lo se —afirmó. Pulsó un botón en la plancha y una oleada de vapor cubrió la tabla.

—¿Y tu?

—Me llamo Victoria.

—Muy bonito. Los nombres de mujer que empiezan por uve suelen ser bonitos: Victoria, Violeta, Valeria…

  Me di cuenta de que estaba divagando y parloteando como un imbécil, y decidí ir al grano. Ella mantenía una actitud cordial pero un poco distante, con un sutil matiz de prudente coquetería que no se me escapó.

—¿Vives en el pueblo? Nunca te he visto por allí, y si te hubiese visto me acordaría —dije.

—Vivo aquí. Soy interna —respondió, fingiendo que ignoraba mi poco original cumplido.

—Pero te dejan salir, ¿no?

—Pues claro. No estoy presa —dijo, riendo de nuevo sin separar los labios.

  Con cada segundo que pasaba me gustaba más Victoria. Tenía la timidez y el sencillo sentido del humor de mi abuela, aunque su cuerpo menudo era más parecido al de mi madre, con poco pecho y un culito respingón que no conseguía disimular del todo el sobrio uniforme. Sabía que tener tres relaciones al mismo tiempo, dos de ellas secretas y prohibidas, podía darme muchos quebraderos de cabeza. Por otra parte, siendo práctico, tener una novia oficial de mi edad sería una buena tapadera, una forma de acallar los rumores que pudiesen surgir en el pueblo sobre mi estrecha relación con mi abuela, o de desviar las sospechas de mi padre si alguna vez llegaba a tenerlas. Además, como ya he dicho, era guapa de cojones y le sentaba muy bien el uniforme de doncella. Quizá estaba un poco out of my league, como dicen los americanos, pero eso nunca me había detenido (de ahí mis numerosos fracasos con el sexo opuesto).

—Oye, si quieres podemos quedar un día de estos. Ir al cine o dónde quieras. Tengo coche. No el coche de la señora… Coche propio, quiero decir —dije, más nervioso de lo que esperaba.

—Si, un Land-Rover. Lo vi ayer —dijo. Creo que intentaba cambiar de tema, pero me gustó que se hubiese fijado en mi vehículo.

—Es chulo, ¿verdad? Era de mi abuelo, que en paz descanse. —Hice una pausa para que reparase en que yo era un hombre de familia, cosa que podría resultarle atractiva, y volví a la carga—. Bueno… ¿Qué me dices? ¿Quedamos?

—No se… Me lo pensaré —respondió, con la mirada baja y una enigmática sonrisa en los labios.

  No quería hacerme muchas ilusiones, pero al menos no me había rechazado de forma tajante. Nos quedamos callados y el silencio amenazó con volverse incómodo. No se me daba bien gestionar silencios incómodos; era el momento en que solía soltar alguna estupidez. Busqué a toda prisa algo de lo que hablar y por suerte recordé algo.

—Ayer me crucé con un chico que se parece mucho a ti. ¿Sois familia? —pregunté.

Levantó la vista de la camisa y presionó el botón de la plancha. Cuando el vapor la envolvía de esa manera parecía un ángel. Un ángel al que me hubiese encantado tumbar sobre esa tabla y darle matraca hasta correrme en su preciosa cara. Me di cuenta de que el tónico estaba haciendo de las suyas y esperé que mi incipiente erección no se notase en los pantalones del uniforme.

—Es mi hermano mellizo. Viene a visitarme de vez en cuando —respondió, antes de volver a concentrarse en su labor.

—¿En serio? Qué bien. A mi me habría encantado tener una hermanita, pero mis padres tuvieron suficiente conmigo —dije.

  Por supuesto, no le dije la clase de relación que yo habría tenido, o intentado tener, con una hipotética hermana. En ese momento se abrió la puerta y apareció Francisca. Sus enormes pechugas, abultadas nalgas y carnosas pantorrillas no contribuyeron a frenar el torrente de sangre caliente que acudía a mi verga. Tenía que relajarme, y pronto. No quería presentarme ante la alcaldesa empalmado como un burro.

  Con su habitual antipatía, la gobernanta me entregó una gorra negra con visera. La típica gorra de chófer. Me la puse y le dediqué a Victoria un gesto burlón, sujetando la visera con los dedos. Cohibida por la presencia de su jefa, reprimió una sonrisa y clavó la mirada en la tabla de planchar.

—Venga, los dos a trabajar. Se acabó la tontería —ladró Francisca.

  Me despedí y salí a los laberínticos pasillos del ala de servicio, bastante satisfecho por la conversación con la doncella y con mi nuevo uniforme. Al doblar una esquina escuché una voz que me llamaba desde una puerta entreabierta. Cuando reconocí la voz, mi erección comenzó a desaparecer.

—Eh, chaval. Ven aquí —dijo Don Jose Luis Garrido.

  Entré en la habitación donde estaba el alcalde, una especie de almacén con estantes llenos de platos y cubiertos. Llevaba la camisa remangada, luciendo su pesado reloj de oro en la muñeca, y me miraba sonriente, con los pulgares apoyados en los tirantes.

—¡Joder, qué bien te queda el uniforme! Parece hecho a medida.

—Está hecho a medida —dije. Intenté disimular lo inoportuno que me resultaba el encuentro pero no se si lo conseguí—. No se ofenda, Don Jose Luis, pero tengo un poco de prisa. Su mujer…

—Mi mujer puede esperar cinco minutos —me interrumpió—. Y si se pone tonta le dices que estabas hablando conmigo, ¿de acuerdo?

—De acuerdo.

—Mira, el lunes me voy de viaje y voy a estar fuera toda la semana. Voy a Kenia, de safari y a hacer negocios. Pero no todo va a ser trabajar y matar bichos, tu ya me entiendes —dijo, guiñándome un ojo.

—Le entiendo. Quiere… “vitaminas”, ¿verdad? —dije, devolviéndole el guiño. Visualizar el dinero que estaba a punto de embolsarme mejoró mi humor de inmediato.

—Ya te digo, Charlie. Me pienso joder a todas las negras que se me pongan por delante. Y a alguna blanca también, que no se diga que soy racista, ¡Ja ja!

  Celebrando su ocurrencia, el alcalde sacó del bolsillo el envidiable rollo de billetes del cual siempre hacía alarde. Se notaba que Garrido no era millonario de pura sangre, al contrario que su esposa, quien nunca llevaba dinero encima y consideraba una vulgaridad incluso tocarlo.

—¿Cuántos quiere esta vez? —pregunté.

—Dame tres. No quiero que se me acabe antes de tiempo. ¿Llevas tantos?

—Sí. En la última visita a la ciudad me traje más cantidad, por si acaso —dije, sacando a relucir el cuento de que conseguía el brebaje en la ciudad.

—Eso está bien, chaval. Se ve que tienes ojo para los negocios. Ya hablaremos tu y yo un día de estos —prometió, entornando un poco sus astutos ojos, cosa que no me agradó.

Saqué de los bolsillos los tres frasquitos y se los entregué. Él contó billetes con rápidos movimientos de sus dedos y me pagó. El agradable peso del dinero en mi bolsillo me hizo acordarme de mi primer cliente.

—¿Qué sabe de Montillo? No he sabido nada de él desde que estuvimos en su casa —dije.

  El alcalde guardó el rollo e hizo una pausa antes de responder que me resultó sospechosa, aunque no sabría decir el motivo.

—Yo tampoco lo he visto. Debe andar liado con sus cerdos y esa familia de degenerados que tiene. Vete a saber —afirmó Don Jose Luis, con una sonrisa maliciosa. Me dio una palmada en el hombro y echó mano al picaporte de la puerta—. Bueno, chaval, un placer hacer negocios contigo, como siempre. ¿Quieres que te traiga una negrita de África? ¡Ja ja!

—No, gracias. De momento tengo bastante con las blanquitas —dije, fingiendo que me hacía gracia su broma.

—¡Ja ja! Tú te lo pierdes. —Abrió la puerta del almacén y me despachó con otra palmada en el brazo—. Ya nos veremos cuando vuelva. Cuídate, y no dejes que la tocapelotas de mi mujer te amargue el día.

—Descuide.

  Salí al pasillo y caminé a paso ligero hasta la puerta principal. Los encuentros con el alcalde siempre me dejaban un humor agridulce. Por una parte me encantaba el dinerito fresco que cambiaba de manos y por otra me incomodaban los aires de mafioso de opereta de aquel tipo y los detalles de su sórdida vida sexual. Cada vez me sorprendía más que llevase tanto tiempo casado con una mujer como Doña Paz, y me preguntaba si no habría detrás de ese dispar matrimonio algo que se me escapaba.

  Por suerte no había nadie fuera. Miré la hora en el salpicadero del Mercedes y vi que eran las nueve y seis minutos. Al parecer, la alcaldesa no siempre era tan puntual como exigía a sus subordinados. De manera inconsciente, el flamante uniforme me empujaba a adoptar un aire marcial, así que la esperé de pie junto al coche, tieso como un guardia prusiano. No tuve que esperar mucho. A las nueve y doce minutos se abrió la puerta principal de la mansión y mi jefa caminó hacia su querido Klaus con la habitual elegancia felina que nunca la abandonaba.

  Ese día cubría su esbelta figura con unos ajustados pantalones de deporte azul celeste, a juego con las franjas laterales de sus deportivas blancas. También era de un blanco inmaculado la camiseta de manga larga que se ceñía a los firmes pechos y a los sutiles volúmenes de sus fibrosos brazos. Su trenza rubia no se enrollaba esta vez en un moño sino que caía hasta la mitad de su espalda, aunque el peinado no era menos impecable. Al detenerse junto al maletero su nariz aguileña se elevó un poco y me miró de arriba a abajo, sin girar la cabeza.

—Te queda bien el uniforme —dijo, en un tono casi agradable.

—Gracias, señora.

—El anterior chófer parecía un espantapájaros disfrazado de limpiabotas.

—¡Ja ja!

—No era una broma.

—Ah… Lo siento, señora.

  Al guardar la bolsa de deporte en el maletero reparé en que esta vez además de la empuñadura de su espada de esgrima asomaba el mango de una raqueta de tenis. Por su físico, era fácil suponer que también era una excelente tenista. Me la imaginé dando largas zancadas por una pista de hierba, con una de esas falditas que ondeaba y dejaba a la vista las prietas nalgas y toda la longitud de sus atléticas piernas. Mi erección volvió a ganar fuerza y me alegré de poder sentarme al volante.

  Una vez fuera de la extensa finca que rodeaba la mansión, me sentí más relajado. Ella estaba sentada en el centro de los asientos traseros, con las piernas cruzadas, las manos sobre el muslo y la cabeza ladeada, mostrando su aristocrático perfil al mirar por la ventanilla. A pesar de su silencio no parecía de mal humor, así que me atreví a hablarle.

—Señora… ¿Que tal le va con… ya sabe… lo que le di ayer? —pregunté, con la mirada fija en la carretera.

—El tónico. Puedes hablar sin rodeos. Aquí no nos oye nadie.

—Tiene razón. ¿Cómo le va con el tónico?

—Muy bien. Es un elixir realmente extraordinario —dijo Doña Paz, en el pedante tono científico que usaba a veces—. No solo tiene formidables efectos estimulantes a nivel sexual, como tú mismo pudiste observar, sino que mejora el rendimiento físico a todos los niveles. Ayer, en mi práctica de esgrima, me desenvolví como si tuviese quince años menos, y sin acusar el esfuerzo en absoluto. Estoy deseando probar sus efectos en la pista de tenis, un deporte que nunca he llegado a dominar, aunque he ganado algún que otro trofeo menor.

“Si, seguro que los tienes en tu enorme habitación de los trofeos, zorra presumida”, pensé, mientras sonreía educadamente.

—Entonces… ¿va a tomarlo también esta mañana? —pregunté.

—Ya lo he tomado. Con el desayuno.

—¿Y quiere que…? Ya sabe, antes de ir al club… ¿Quiere… jugar con Klaus? —dije.

  No sabía muy bien qué respuesta prefería. Por una parte la experiencia del día anterior con los mecanismos ocultos del coche había sido perturbadora. Por otra parte, me moría de ganas por ver de nuevo a mi jefa desnuda y despatarrada en el asiento trasero, gimiendo y gritando ensartada por el implacable falo mecánico. Además, no perdía la esperanza de que en algún momento prefiriese llenar su acaudalado coño con un manubrio cien por cien orgánico, y el mío estaba más que dispuesto a complacerla.

—No, hoy no. Voy a jugar en el club —respondió.

  Por su tono no pude dilucidar si hablaba con doble sentido. Si se refería solo a los deportes o si en el club se encontraría con algún amante del que yo aún no sabía nada. Me pregunté si sería un ricachón como ella o algún joven empleado que le daba caña en los establos con su pollón proletario. Algo me decía que Doña Paz no era tan predecible como para recrear un trillado argumento de peli porno. Tras unos minutos de silencio, aproveché una larga recta para abrir la guantera y sacar el coqueto frasco de mermelada.

—Señora… Mi abuela me ha dado esto para usted. Para agradecerle lo del trabajo, ya sabe…

  Los penetrantes ojos azules de mi jefa se clavaron en el recipiente y por un momento temí que reaccionase de forma desabrida, despreciando el regalo. Respiré aliviado cuando sus labios de escultura griega se curvaron en una sonrisa y cogió el frasco con delicadeza, como si fuese uno de esos carísimos huevos de Favergón (creo que se escribe así).

—Oh, pero qué encanto. Dale las gracias de mi parte, Carlos —dijo, con genuina amabilidad.

—Lo haré.

—Siempre he sentido simpatía por tu abuela —afirmó, observando minuciosamente la coqueta funda del tarro—. Cuando voy a misa los domingos, cosa que hago para contentar a mi marido y sus votantes ya que yo soy obviamente atea, es la única con la que me agrada conversar. A pesar de su devoción, que encuentro respetable, no se parece en nada a esas beatas y meapilas que pululan alrededor de la iglesia.

—A ella también le agrada hablar con usted —dije, algo sorprendido por las amables palabras de la alcaldesa.

—Suele ser bastante reservada —añadió.

—Bueno… Ella es así. No se lo tenga en cuenta —dije, consciente de que la timidez de mi abuela no tenía por qué gustar a todo el mundo.

—No lo decía como algo negativo —declaró Doña Paz, volviendo a su tono serio—. Al contrario. Prefiero a la gente reservada. No soporto a quienes cacarean sin parar sobre su vida y milagros como si a los demás tuviese que interesarnos.

  “Debería usted conocer a mi tía Bárbara”, pensé. Se quedó en silencio unos minutos, con el frasco en el regazo, tamborileando en la tapa con sus largos dedos de pianista (no me habría sorprendido que también fuese una virtuosa del piano y tuviese trofeos, si es que le dan trofeos a los pianistas). Miraba hacia adelante, pensativa, con una ligera curva etrusca en la comisura de los labios. Cuando estábamos cerca del club de campo me sorprendió con una inesperada propuesta.

—Tengo una idea —dijo. Por su tono, resultaba evidente que no estaba acostumbrada a que nadie cuestionase sus ideas—. Dile que está invitada a cenar en mi casa. El martes. Y tú también, claro. Se sentirá más cómoda si la acompañas.

—¿En su casa? ¿Quiere decir en la mansión? —pregunté, tan sorprendido que la señora frunció el ceño ligeramente.

—Tengo varias casas, pero sí, me refiero a la misma en la que me recoges por las mañanas, querido —explicó, con evidente sarcasmo—. El martes a las ocho, si no hay inconveniente. Os enviaré una invitación por correo.

—Eh… No hace falta, señora. Yo se lo diré personalmente.

—De acuerdo.

  No pude evitar sonreír al imaginar la cara que pondría mi abuela cuando le diese la noticia. Me inquietaba un poco que pudiese intimidarla el ambiente opulento de la mansión, pero me gustaba la idea de que entablase amistad con la alcaldesa . Aunque fuese presuntuosa y tuviese costumbres tan extrañas como follar con su coche en el fondo no me parecía una mala persona, y no me cabía duda de que sería interesante conocerla mejor en un ambiente más informal. Además, era una buena ocasión para que la solitaria viuda hiciese una amiga de su edad que no fuese una beata amargada. Y millonaria, algo que a mí me parecía especialmente positivo.

Llegamos al club, abrí el maletero y se colgó su bolsa del hombro, después de meter dentro la mermelada.

—Ven a recogerme a las dos —me dijo—. Por cierto, no hace falta que te quedes deambulando por aquí hasta que te necesite. Puedes irte y volver después, siempre que seas puntual.

—Ah… Está bien —dije, un poco avergonzado. Puede que el día anterior hubiese hecho el ridículo esperándola en el club.

—Eso sí, deja a Klaus en casa. No me gusta que ande por ahí sin mí —me advirtió, refiriéndose de nuevo al coche como si fuese una persona.

—Descuide, señora.

  Se marchó en dirección a las lujosas instalaciones deportivas y observé unos segundos el contoneo de sus tonificadas nalgas y el balanceo de la trenza dorada antes de volver al vehículo. Tenía casi cinco horas libres, cosa que mejoraba mucho mi opinión sobre el trabajo de chófer. Si todos los días eran así, madrugar tanto y aguantar a la antipática gobernanta merecía la pena. El encapotado cielo comenzó a dejarse notar y pequeñas gotas aparecieron en el parabrisas de Klaus.

  La cuestión era: ¿cómo iba a gastar esas inesperadas horas de libertad? Tenía un cochazo, dinero en el bolsillo y estaba cachondo. Una mala combinación, sobre todo para mí. Podía volver a la parcela, pero mis tíos estaban allí, y la imposibilidad de estar a solas con mi abuela resultaría frustrante. Podía ir a la mansión e intentar reanudar el cortejo a la hermosa doncella Victoria, pero estaría trabajando y no quería buscarle problemas con la despótica Francisca. O también podía ser un chico malo y elegir la peor de las ideas que zumbaban en mi recalentada sesera.

  Y eso fue lo que hice. Conduje bajo la débil lluvia mañanera en dirección a la mansión, pero antes de vislumbrar sus fastuosos muros tomé un desvío hacia la ciudad. Disfruté como un enano de las miradas sorprendidas o envidiosas de los transeúntes y de otros conductores, que giraban la cabeza e incluso se detenían en la acera para apreciar la majestuosa belleza de Klaus. Cuando estaba parado en un semáforo, dos chicas de muy buen ver se quedaron mirando y las saludé con un galante levantamiento de visera. Un segundo después caí en la cuenta de que ellas no podían verme, ya que el Mercedes tenía cristales tintados y desde fuera era imposible saber qué ocurría en el interior, algo que sin duda había tenido en cuenta Doña Paz al instalar su dispositivo de placer automatizado.

  No os sorprenderá saber que conduje hasta mi barrio y aparqué justo en frente de casa de mis padres. Reconozco que me excitaba el hecho de estar desobedeciendo a dos mujeres poderosas. Por un lado a mi jefa, que tal vez me despidiese si se enteraba de que había llevado a su querido Klaus a un barrio obrero. Por otro lado a mi madre, quien me había dicho que me tomase con calma nuestra ilícita relación y esperase su llamada. No sabía hasta que punto la enfadaría mi visita, a la mañana siguiente de haber compartido con ella una intensa hora de fornicio maternofilial en un motel, y esperaba poder manejar su reacción. Además, tenía una buena excusa: enseñarle a mi padre el Mercedes, si estaba en casa, y dejar que lo condujese. Ya que me estaba follando a su mujer, sería un detalle prestarle un rato a Klaus para que se sintiese como un magnate.

  Cuando me bajé del coche, tres señoras que hacían corrillo bajo el toldo de la panadería me miraron sorprendidas y cuchichearon. Las saludé levantando la visera y corrí hasta el portal para no mojarme. Subí las escaleras y abrí la puerta de casa sin vacilar.

  Eran más o menos las diez y media de la mañana y mamá estaba en el salón, barriendo el suelo. Estaba de espaldas y no me escuchó entrar ya que tenía puesto en la minicadena un disco de Luz Casal, una de sus cantantes favoritas. Me quedé apoyado en el quicio de la puerta, sonriente, observando como movía la escoba y todo su cuerpo al ritmo de la canción.

…Loca por volver

a saber de ti

Loca por tener

ganas de volver…

  Hacía mucho que no la veía tan animada, hasta el punto de bailar sola y despreocupada mientras cumplía su tedioso deber de ama de casa, y me enorgullecí al pensar que yo era en gran parte el responsable. Llevaba puestos unos leggins rosa fucsia, un poco descoloridos, que se ceñían a las formas redondeadas de sus nalgas, y continuaban por los muslos que tanto me gustaba acariciar hasta la mitad de las bronceadas pantorrillas. Calzaba unas deportivas blancas sin calcetines, no muy diferentes a las de Doña Paz pero sin duda mucho más baratas. La vieja camiseta negra con las mangas recortadas dejaba a la vista unos centímetros de la espalda cuando se inclinaba hacia adelante y su rebelde flequillo rubio estaba sujeto por una fina diadema blanca. Bastó medio minuto para que se me pusiera tan dura como el palo de la escoba que agarraba como si fuese el pie de un micrófono, entonando la letra que se sabía de memoria.

…Me emociono

al volverte a ver

Y aún preguntas

quién dejó a quién…

  Me gustaría decir que mi madre cantaba bien, pero eso sería idealizarla demasiado. La pobre sonaba como si le hubiesen prendido fuego a un gato afónico. Cuando terminó la canción aproveché el silencio para aclararme la garganta. Dio un respingo y se giró tan deprisa que casi le pega un escobazo a una lámpara.

—¡Hostia puta! Carlos… ¡Qué susto me has dado, imbécil! —exclamó, llevándose una mano al pecho.

  Pasado el sobresaltó, me miró de arriba a abajo y su rictus de enfado se convirtió en una sonrisa que dio paso a una serie de incontrolables carcajadas. Se rió tanto que tuvo que apoyarse en el palo de la escoba.

—¡Oye! Pues todo el mundo dice que me queda muy bien, que lo sepas —me quejé, fingiendo enfado.

  Apoyó la escoba en la pared y se acercó a mí, intentando contener la risa. Me examinó unos segundos, apoyó las manos en mi pecho, acariciando la tela negra del uniforme, y me miró con sus ojos color miel brillantes de hilaridad. Mi primer impulso fue apretarla contra mí y besarla en los labios, pero aún no sabía si mi padre estaba en casa, así que me limité a ponerle una mano en la cintura.

—Lo siento, cariño… Es que no me lo esperaba. Estás muy guapo, de verdad —dijo, a modo de disculpa, aunque se esforzaba por no reír de nuevo.

—¿Está papá? —pregunté, sin perder más tiempo.

—No. Está trabajando —respondió ella, ahora más seria.

  La mano que tocaba su cintura la rodeó y empujó sus caderas contra las mías, mientras la otra subía hasta la nuca y acariciaba su pelo rubio. Sus manos aún estaban en mi pecho y me apartó con suavidad después de dejarme saborear su boca unos segundos. Suspiró y miró hacia el recibidor.

—Carlos… Aquí en casa no, joder. ¿Cuántas veces tengo que decírtelo? —me regañó, en voz muy baja— ¿Y qué haces aquí? Te dije que te llamaría y ni puto caso. Ya es la segunda vez que lo haces. Además, ¿no deberías estar trabajando, eh?

—Tranquila, mamá. Tengo unas horas libres —expliqué. Mi mano continuaba en la parte baja de su espalda y mi pulgar acariciaba la piel morena y suave mientras le hablaba—. Quería enseñarle a papá el Mercedes de la alcaldesa. Pensaba que los sábados curraba por la noche.

—Últimamente también echa unas horas por la mañana —dijo. Me quitó las manos del pecho y se rascó un codo, como una niña nerviosa—. Los fines de semana apenas le veo, y si está en casa está dormido o viendo alguna mierda en la tele.

  Se hizo un silencio incómodo, algo habitual cuando hablábamos de mi padre. Por un momento, pude ver en las facciones de mamá la culpabilidad de una adúltera mezclada con el resentimiento de una esposa menospreciada e ignorada. Ahora que nuestra relación era más estrecha y compartía conmigo abiertamente sus problemas matrimoniales, me daba cuenta de que no sabía cómo ayudarla ni qué consejos darle. Solo podía intentar hacerla feliz, en la medida de mis posibilidades.

  Le acaricié los hombros y le di un largo beso en la frente. Esta vez no me apartó, sino que me rodeó con sus brazos y apoyó la cabeza cerca de mi cuello, con un complacido ronroneo. Era difícil saber si quien me abrazaba era la madre que extrañaba a su hijo o la amante sedienta de placer, o quizá ambas al mismo tiempo. Mi verga no tenía tantas dudas, y abultaba tanto bajo mis pantalones que sin duda ella debía notarlo. No quería enfadarla insistiendo con hacerlo en casa, así que me aparté y le agarré la mano, tirando de ella hacia el recibidor.

—Vamos abajo y te enseño el coche. Ya verás qué bonito es —dije.

  Se resistió un poco y nos detuvimos en mitad del salón. Miró hacia su propio cuerpo, valorando la humilde indumentaria que, en mi opinión, tan bien le sentaba.

—Espera. Mira qué pinta llevo.

—Mamá, es un coche. No se va a ofender.

  Amagó con darme un pellizco en el costado, su castigo favorito cuando me burlaba de ella, y tras un breve forcejeo se escapó de mi presa. Apagó la minicadena, fue hasta el recibidor y cogió sus llaves. Sus leggins no tenían bolsillos así que las llevaba en la mano, y las hizo tintinear para llamar mi atención.

—Venga, vamos —ordenó, como si hubiese sido idea suya bajar a la calle.

  Una vez abajo nos paramos junto a Klaus y le echó un buen vistazo. No le interesaba demasiado la automoción, pero el Mercedes era tan impresionante que dejó escapar un silbido de admiración y acarició con cautela la blanca carrocería, salpicada por las gotitas que seguían cayendo del cielo.

—Menudo cochazo, hijo… No deberías haberlo traído aquí. Imagínate que te lo rayan o lo intentan robar. Hay mucho desgraciado en este barrio.

—No pasa nada —dije.

  Miré alrededor y comprobé que el corrillo de señoras bajo el toldo de la panadería nos miraba. Un anciano con bastón observaba a Klaus desde la acera de enfrente y también teníamos público en un par de balcones. Sin preocuparme de las miradas curiosas, abrí la puerta del copiloto e hice una exagerada reverencia.

—Suba usted, señora.

  Mi señora madre soltó una mezcla de carcajada y resoplido, mirando de reojo a las señoras cotillas, sin moverse del sitio.

—Anda ya. ¿Cómo me voy a subir?

—Pues subiéndote. Venga, no seas tonta. Ya verás qué cómodo es —insistí.

  Con una de sus habituales muecas sarcásticas, terminó por ceder, quizá más por ocultarse a la curiosidad de los vecinos que por complacerme. La ayudé sujetándola del brazo en actitud servil y ceremoniosa, cosa que la hizo sonreír. Cerré la puerta con cuidado, rodeé el coche y me puse al volante. Me hizo gracia verla sentada con la espalda recta y las rodillas juntas, como si no quisiera ofender al lujoso asiento con su peso.

—Qué grande es por dentro. Y esto es cuero bueno —dijo, acariciando la tapicería.

—Ya te digo. Bueno… ¿Dónde quiere ir la señora? —pregunté.

—¿Qué dices? No vamos a ninguna parte. Tengo muchas cosas que hacer en casa.

—Déjate de rollos. ¿Cuándo vas a tener la oportunidad de dar una vuelta en un coche como éste con chófer y todo, eh?

  De nuevo, su deseo por salir de la rutina se impuso a su sentido común. Me miró con el ceño medio fruncido y una sonrisa irónica, haciendo girar las llaves de casa en su dedo.

—No deberíamos alejarnos mucho. Tu padre conoce este coche y podría vernos —dijo, aunque no perdió del todo la actitud juguetona.

—¿No te has fijado en los cristales? No se ve nada desde fuera. Si ve el coche pensará que llevo a la alcaldesa y no nos molestará —dije.

—¿No se ve nada de nada?

—Nada en absoluto —confirmé.

—¿Nada de nada?

—Nada. Te lo juro.

—¿Seguro?

—Segurísimo.

  Dejó de hacer girar las llaves, me miró como una pantera miraría a un indefenso cervatillo y con movimientos sinuosos se acercó a mi asiento, esquivando la palanca de cambios y clavando una rodilla en el borde de mi asiento. Cada vez había más gente mirando el Mercedes, pero ninguno de ellos pudo ver cómo Rocío, la mujer del taxista, y su hijo se daban el lote como dos adolescentes que buscasen cada uno en la saliva del otro una cura para la fiebre que los poseía. Su boca se abría, voraz e incansable, para recibir mi lengua igual que yo recibía la suya, tan caliente como su agitado aliento.

—Joder… Te pone esto de tener público, ¿eh? —dije, cuando me dio un respiro.

  Miró por las ventanillas y comprobó que, en efecto, había al menos diez personas mirando el coche desde diferentes puntos de la calle. Soltó un gruñido asqueado y volvió a su asiento. Esta vez se sentó más relajada, con las piernas cruzadas y disfrutando la comodidad del respaldo.

—Qué panda de cotillas. Parece que no hayan visto un coche en su puta vida —se quejó.

—Uno como éste seguro que no —dije.

—Arranca. Vamos a… Yo que sé. ¿Dónde vamos?

—Tengo una idea —afirmé, ufano.

—No voy a ir al barrio de las putas en pleno día, si esa es tu idea —dijo mi madre, levantando una ceja.

—No, no es eso. Ya verás.

  Arranqué y salimos de la calle ante las miradas de nuestros vecinos, que no sabían lo que pasaba y no podían siquiera sospecharlo. Abandonamos el barrio y conduje por el centro. A pesar de los cristales tintados, siempre que nos cruzábamos con un taxi mamá estiraba el cuello e intentaba ver la cara del conductor. Que yo sepa, no nos cruzamos con mi padre. Ignorando con una sonrisa burlona las insistentes preguntas y pellizcos de mi acompañante, encontré lo que buscaba. Era un enorme y abigarrado edificio del siglo XIX, y también uno de los hoteles más lujosos y caros de la ciudad. No creo que hubiese podido pagar una habitación ni usando todo el dinero que tenía, pero de todas formas ese no era mi plan. Pasé de largo la suntuosa fachada y conduje despacio hasta la entrada del aparcamiento subterráneo, al que se accedía por un túnel descendente.

—¿Pero qué pretendes? —exclamó mi madre, preocupada y al mismo tiempo excitada por nuestra inesperada aventura matinal.

—Ya verás.

  Me detuve frente a la barrera que cortaba el paso. Junto a una garita, un tipo serio con un uniforme no muy diferente del mío aunque de color rojo, saludó con la mano en dirección a mi ventanilla y pulsó un botón, dándome paso libre. Entré en el aparcamiento y comencé a buscar sitio entre las columnas de hormigón.

—Hay que joderse… Nos ha dejado pasar así sin más —comentó mamá, sorprendida.

—Es lo que tiene ser rico. O al menos parecerlo —dije.

  Tras dar una vuelta por el aparcamiento encontré una plaza libre junto a una columna, en una zona menos iluminada que el resto ya que al parecer se había fundido un tubo halógeno. Aparqué y miré a mi acompañante, con aire triunfante.

—Ayer un motel de mala muerte y hoy un aparcamiento. Vamos mejorando, cariño —dijo ella, socarrona.

—Cuando sea rico te traeré a la mejor suite que tengan.

—Pues ya puedes empezar a ahorrar, Rockefeller.

  Era agradable simplemente pasar el rato con mamá y bromear con ella, pero no tenía todo el día y la bestia de un solo ojo atrapada en mis pantalones tenía prisa por salir de caza. Esta vez fui yo quien se abalanzó sobre ella. Mientras la besaba, me quité la gorra y se la puse, cosa que la hizo reír y mirarse en el espejo.

—¿Me queda bien? —preguntó, inclinándola a un lado con coquetería.

—Del carajo.

—Qué fino eres, hijo.

—Fina te voy a poner.

—¡Ja ja!

  Volvimos a dejarnos llevar por la vorágine de besos y caricias, sin hacer caso de los vehículos que escuchábamos moverse por aquella enorme cueva de cemento y acero. Le saqué sin esfuerzo la camiseta por la cabeza, después de quitarle la gorra y dejarla en el salpicadero, y me lancé a lamer y chupar los pezones, duros y sabrosos, rodeados por la piel más clara fruto de las marcas de bronceado. Ella tenía la respiración acelerada y me acariciaba la nuca y el pelo.

—Deberías… quitarte el uniforme, cielo. Se te va… a arrugar —me aconsejó. Lejos de cortarme el rollo, esa actitud maternal me calentó aún más.

  Obedecí y me quité toda la ropa sin perder un segundo, colocándola en el asiento de atrás. Me quedé totalmente desnudo, y cuando vio mi polla tan dura como la palanca de cambios su sonrisa asimétrica se acentuó y entornó un poco los ojos. Pensé que había llegado el momento de ponernos más cómodos, así que busqué el botón en el lateral de su asiento y lo abatí por completo. Para dos personas de nuestro tamaño era casi como una cama pequeña de suave cuero.

—¿Por qué no pasamos atrás? —preguntó mi madre, mientras se quitaba las deportivas.

—¿Atrás?

—Si, al asiento de atrás. Es más grande que el sofá de casa.

  Ni hablar, pensé, cuando apareció en mi mente el monstruoso falo metálico de Klaus. Sabía que era una estupidez, ya que solo Doña Paz sabía activar el mecanismo y el coche no tenía voluntad propia, pero prefería no poner ninguno de nuestros orificios al alcance del chisme. Por otra parte, no se me ocurría ninguna excusa que ponerle a mi madre, quien ya se había quitado los leggins y las bragas y estaba desnuda, al igual que yo. Decidí arriesgarme a ignorar su sugerencia y pasé a la acción.

  Me arrodillé y acaricié la suave cara interior de sus muslos, separándolos para dejar expuesto el triángulo de vello negro, enmarcado por otro triángulo mayor de piel clara que contrastaba con el bronceado de su vientre. Hundí mi larga nariz en el felpudo rizado, aspirando su primitiva fragancia, y mi lengua no tardó en aventurarse entre los pliegues de su coño. Suspiró y separó más las piernas, rendida a mi recién descubierta habilidad oral.

—Mmm… No tendría que… haberte enseñado… a hacerlo tan bien… —dijo, con voz temblorosa.

  Después de poner en práctica sus enseñanzas durante un rato, con largos y lentos lametones, chupé el hinchado clítoris mientras le metía dos dedos, que salían empapados de la estrecha raja. Apoyó los pies cruzados en mi espalda y sus caderas se elevaron un poco, separando las nalgas del cuero del asiento, entre gemidos y susurros.

—Así, cielo… muy bien… asiasiasiasiii… uffff…

  Estaba a punto de llegar al clímax y decidí jugar un poco con ella. Interrumpí el placentero cunilingus, la obligué a bajar las piernas y me miró con una mezcla de impaciencia y curiosidad. Con cuidado de no hacerle daño, me moví sobre al asiento hasta colocar las rodillas cerca de sus hombros, de forma que mi verga quedó suspendida, tiesa y cabeceante, a un palmo de su rostro. Mi cabeza tocaba el techo, obligándome a encorvarme un poco, pero la postura no resultaba incómoda.

—Venga, te toca —dije.

  No tuve que insistir. Sonrió y deslizó el cuerpo un poco hacia abajo, de forma que mi polla quedó sobre su cara, con la punta tocando la frente, y sentí su lengua tocando mis testículos. Los lamió, chupó y besó, incluso llegó a metérselos en la boca, humedeciendo mi escroto con su cálida saliva, mientras me masturbaba despacio usando las dos manos. De nuevo quedé impresionado por su destreza manual, esta vez combinada con una sorprendente comida de huevos, que interrumpió de repente para volver a deslizarse un poco hacia arriba, apoyando los codos en mis muslos, de forma que solo tuvo que levantar un poco la cabeza para meterse en la boca mi capullo.

  Me miraba a los ojos, con una intensidad que me intimidaba un poco pero me volvía loco. Sin dejar de pajearme a dos manos me la chupó sin descanso, dejando entrar en su boca poco más que la punta, succionando con fuerza y parando a veces para lamer el frenillo o la suave parte inferior del tronco. En pocos minutos estaba a punto de correrme, cosa que por supuesto ella notó. Mi cabeza hervía de tal forma que no sabría decir qué coño hizo a continuación. Su ágil y menudo cuerpo se movió sobre el asiento y de repente era yo quien estaba tumbado bocarriba y ella sobre mí, besándome y clavando sus duros pezones en mi pecho.

  Ninguno de los dos decía una palabra, ni falta que hacía. Nos entendíamos con nuestros cuerpos mejor que cuando hablábamos. Sin dejar de besarme, metió el brazo entre ambos, agarró mi verga y se contorsionó hasta que la punta rozó su coño. Movió las caderas y la hizo entrar poco a poco, con los ojos cerrados, dejando salir un largo y profundo suspiro mientras volvía a concederme el privilegio de entrar en su cuerpo. Y volví a tener esa sensación que iba más allá del amor y del deseo, esa certeza de que nunca me sentiría tan unido a nadie como a ella en ese momento.

  A pesar de estar en un coche ajeno, en el garaje desconocido de un hotel, nos sentíamos aislados del mundo entero. Fue un polvo largo y pausado, quizá el mejor hasta ese momento. Ella se corrió dos veces, la primera mientras me cabalgaba moviendo las caderas adelante y atrás, con mi polla clavada hasta el fondo. La diadema se le había caído de la cabeza en algún momento y el flequillo le tapaba un ojo, dándole un aspecto salvaje e indisciplinado, el mismo que debía de tener en sus tiempos de jovencita rebelde. La segunda vez se retorció de placer entre mis brazos mientras la empotraba contra el asiento en la postura del misionero, con sus piernas alrededor de la cintura y sujetándole las muñecas sobre la cabeza.

  Yo conseguí aguantar, a duras penas, hasta que me ordeñó usando de nuevo las manos y la boca. Por un momento pensé que iba a tragárselo, como hacía mi abuela, pero en el último momento, cuando comencé a gemir y jadear, apuntó hacia abajo y la abundante descarga de semen impactó en su pecho y una buena parte manchó también su abdomen.

—Joder, cómo me has puesto —se quejó mirando el resultado de mi orgasmo, aunque no estaba realmente enfadada—. Y no he traído el bolso. A ver cómo me limpio yo ahora.

—Tranquila, hay toallitas en la guantera —dije.

  Las saqué y se las di, después de coger una para limpiarme la polla.

—¿Son tuyas o de la alcaldesa? —preguntó.

—Las meterá ahí algún criado por si las necesita. No creo que Doña Paz se preocupe de esas minucias —dije.

—No será de esas señoras que tienen un lío con el chófer, ¿eh? —dijo mi madre, burlona, mientras limpiaba mi lefa de su piel.

—No digas chorradas. Tiene edad para ser mi abuela —me indigné, de forma bastante creíble.

—Yo tengo edad para ser tu madre, y ya ves…

—Tu estás muy buena. Para ser una cuarentona, claro —añadí, para picarla.

—Ay, qué cosas tan bonitas me dices, hijo —suspiró, irónica.

  En menos de diez minutos limpiamos el asiento, lo coloqué en su posición original y nos vestimos. Tras asegurarme de que no había nadie cerca, salí y tiré a una papelera las toallitas sucias. Volví a ponerme la gorra y nos quedamos unos minutos allí sentados, como si no hubiese pasado nada fuera de lo normal. Mamá tenía una ligera sonrisa en los labios, pero a sus ojos asomaba cierta tristeza mezclada con la pasajera felicidad, un brillo agridulce que yo comenzaba a conocer muy bien. Pasado el arrebato lascivo, volvían a asaltarla las dudas, sobre la infidelidad y sobre nuestra relación clandestina. No me gustaban esas dudas e intenté ahuyentarlas cuanto antes.

—Me queda mucho tiempo. ¿Quieres que demos una vuelta? —dije, en tono animado.

—No. Mejor llévame a casa.

  Arranqué sin llevarle la contraria. Aún no sabía manejar su voluble carácter (mi padre no lo había conseguido en más de veinte años) y estaba en ese punto en que podía enfadarse de repente por cualquier tontería. Si no fuese mi madre, podría haber pensado que me usaba para desahogarse y después se deshacía de mí como quien esconde un vibrador en el cajón de las bragas. Pero ella no era así. Su situación era más complicada que la mía y era injusto echarle en cara sus cambios de humor.

  Durante el camino de vuelta hablamos del mal tiempo, de la tormenta que se avecinaba, de mi trabajo, de su monótona vida de ama de casa, y poco más. De vez en cuando me acariciaba el muslo pero no parecía que fuese a haber más acción genital por esa mañana. Cuando aparqué frente al bloque Klaus atrajo de nuevo las miradas de varios vecinos y aprovechamos la intimidad de los cristales tintados para un largo y tierno beso de despedida. Cogió sus llaves del salpicadero y me dedicó una larga mirada antes de bajarse.

—Te diría que no vuelvas a venir sin avisar, pero no vas a hacerme caso, ¿verdad? —dijo, en un maternal tono de reproche.

—Lo intentaré. Pero te echo de menos —dije.

—Fue idea tuya quedarte en el pueblo. Te dije que volvieras. —Suspiró, pensativa, y torció un poco la boca—. Yo también te echo de menos, pero la verdad es que es mejor que estés con la abuela. Si vivieses en casa terminaríamos haciendo alguna tontería y tu padre se olería la tostada.

—Creo que podríamos follar en el sofá mientras ve la tele y no se daría cuenta.

—No te pases —me regañó. Mi broma no le había hecho ninguna gracia—. Creo que tu padre no se merece que nos burlemos de él.

—Tienes razón. Lo siento.

  Aceptó mis disculpas con otro largo beso y se bajó del coche. Se despidió agitando la mano, sonriente y con el travieso flequillo rubio de nuevo tapándole un ojo. Arranqué y mientras me alejaba me di cuenta de que el corazón me latía a toda velocidad, y no quería hacer otra cosa que ir tras ella, besarla y abrazarla hasta que se acabase el mundo. De nuevo me asaltó el miedo de estar enamorándome y temí que ya fuese demasiado tarde. Eso solo complicaría una relación que ya era lo bastante peliaguda.

  Llegué a pensar, egoístamente, que todo sería más fácil si mi padre fuese un hijo de puta, si la tratase mal o le pegase. Entonces podría hacerme el héroe sacándola del infierno, con autoridad moral para arrebatársela a su marido. Pero ese no era el caso. Si aquel matrimonio se rompía debía ser sin mi intervención, y era ella quien debía dar el primer paso.

  Conduje hasta salir de la ciudad y deambulé por las tranquilas carreteras que rodeaban los montañosos paisajes de la zona. Aunque el cielo seguía nublado había dejado de llover y abrí las ventanillas para que el interior del coche se ventilase bien. Hice tiempo y volví al club a las dos menos cuarto, con mi uniforme impecable y rezando para que mi jefa no tuviese entre sus muchas habilidades alguna clase de poder mental y pudiese adivinar que había echado un polvo dentro de su querido Klaus.

  Apareció a las dos y tres minutos, con el mismo aspecto impecable que cinco horas antes. Nadie diría que hubiese practicado algún deporte, ni mucho menos que hubiese sudado. Solo un ligero rubor en sus marcados pómulos delataban la reciente actividad física.

—¿Qué tal el partido, señora? —dije mientras guardaba su bolsa de deporte en el maletero.

—He ganado, como era de esperar —respondió, tan humilde como siempre.

  Una vez dentro del coche, me indicó que la llevase a casa y arranqué. Unos cinco minutos después vi por el retrovisor que se inclinaba para coger algo del suelo. Por un momento temí que hubiésemos dejado sin darnos cuenta alguna de las toallitas manchadas de semen, pero fuese lo que fuese lo guardó en alguna parte fuera de mi vista y no me dijo nada.

  Cuando llegamos a la entrada de la mansión llovía de nuevo, esta vez con más fuerza. Aparqué frente al pórtico y observé que junto a las columnas montaba guardia un criado con un paraguas en las manos, listo para usarlo en cuanto la señora abriese la puerta del coche. En lugar de bajarse, se quedó sentada, con las piernas cruzadas y las manos sobre la rodilla.

—Carlos, date la vuelta. Voy a hablarte —dijo, en un tono que no me hizo sospechar nada malo.

  Me giré y me encontré con la penetrante mirada de sus ojos azules y una ligera curva en sus labios. Al menos no estaba enfadada… ¿o si lo estaba? Cuando se lo proponía esa mujer era una puta esfinge.

—No olvides lo de la invitación, ¿de acuerdo? Os espero el martes a las ocho.

—Descuide, señora. No lo olvidaré.

  Pensé que eso era todo, pero hizo una pausa durante la cual sus labios se curvaron un poco más. Extendió el brazo y sacó a la luz el objeto que había recogido del suelo, sujetándolo entre su rostro y el mío. Casi me da un infarto cuando reconocí la diadema blanca. Mi madre no la llevaba a menudo, y cuando se le cayó, en pleno frenesí sexual, no debió de notarlo.

—Creo que tu amiguita querrá recuperar esto —dijo. Estaba habituado al sarcasmo de mi madre, pero el de Doña Paz tenía un punto extra de crueldad que me ponía los pelos de punta.

  Avergonzado y convencido de que ese era mi último día llevando el uniforme que tan bien me sentaba, cogí la diadema y me la guardé en un bolsillo. Sabía que era inútil tratar de inventar alguna excusa así que no dije nada, esperando la sentencia.

—Esta vez lo voy a pasar por alto, pero que no vuelva a repetir algo parecido, ¿entendido? —dijo. Ya no sonreía y su mirada era puro hielo.

—Entendido. Gra… Gracias, señora.

—Quédate en la finca. Puede que te necesite más tarde.

  Sin decía nada más, se bajó del coche. El criado corrió paraguas en mano y la protegió de la lluvia mientras sacaba su bolsa del maletero y desaparecía por la puerta principal de la mansión. Yo respiré como un condenado a muerte al que hubiesen indultado en el último segundo. Me irritó lo descuidados que habíamos sido mamá y yo, y entendí por qué no le parecía buena idea que volviese a casa. Tarde o temprano cometeríamos alguna imprudencia y mi padre no solo se olería la tostada sino el desayuno entero.

  Recuperándome del susto, llevé a Klaus al garaje y fui al comedor del personal. Al igual que el día anterior, no me encontré con Victoria, y casi me alegré, pues no estaba del mejor humor para flirteos y galanterías con una chica tímida. El resto de la tarde fue bastante aburrida. Matías solo trabajaba por la mañana, a no ser que lo llamasen por alguna emergencia, y el resto del personal estaba demasiado atareado para charlar. Uno de los jardineros habló conmigo un rato, pero cuando me di cuenta de que quería liarme para que le ayudase en su trabajo me largué. Con un empleo tenía suficiente.

  A eso de las nueve, casi de noche, una criada me comunicó que la señora no iba a necesitarme hasta el lunes a las nueve y podía marcharme. Sospeché que Doña Paz no tenía intención de requerir mis servicios desde el principio y me había hecho pasar allí toda la tarde solo para castigarme. Por otra parte, fue agradable descubrir que tenía el domingo libre. Me quité la chaqueta, bastante molesta con el húmedo bochorno veraniego, y en mangas de camisa me subí al Land-Rover.

  Cuando llegué a la parcela llovía con fuerza y se había desatado una espectacular tormenta. No hacía mucho viento pero los relámpagos iluminaban las lejanas montañas y los truenos sonaban como si el cielo se fuera a partir en dos. Al aparcar frente al garaje vi que el coche de mis tíos no estaba, lo cual podría ser una buena noticia. No le vendría mal a mi desapacible estado de ánimo pasar una noche a solas con mi abuela. Ni siquiera pensaba en el sexo (bueno, no demasiado), sino en la confortable calidez de su mullido cuerpo, en su desinteresada ternura y en su apacible compañía.

  Me puse la chaqueta y la gorra para sorprenderla vestido de uniforme y corrí hacia el porche para no mojarme demasiado. Encontré la luz de la cocina encendida, pero allí no había nadie. La sala de estar estaba a oscuras, con el televisor apagado. Revisé todas las habitaciones y la casa entera estaba desierta. Tal vez mis tíos se la habían llevado a cenar fuera, cosa que hacían a veces. O había ido a visitar a alguna amiga y no se atrevía a volver hasta que amainase la tormenta. Encendí un cigarro, me abrí una birra y me senté en la cocina. No tenía sentido preocuparse. Era una mujer hecha y derecha y sabía cuidarse.

  Pasados un par de minutos me sobresaltó un extraño ruido en la sala de estar, como si algo se moviese por el suelo. En una casa de campo, era habitual que de vez en cuando entrase algún animal, un ratón, un pájaro e incluso una ardilla, así que no me asusté. Fui a la sala de estar, encendí la luz y detrás del sofá encontré al causante del ruido. Era un lechón. Un cerdito diminuto, rosado y tembloroso, que me miró con sus ojillos negros y correteó torpemente por la habitación.

Un trueno hizo temblar los cristales de las ventanas y comencé a inquietarme de verdad. ¿Dónde estaba mi abuela y por qué demonios había un cerdo en la casa?

CONTINUARÁ…

https://ahpulpvicious.blogspot.com/

Deja una respuesta

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s