MIRZA MENDOZA

Me lo habían comentado en el mercado y al salir de misa. Un extranjero sin pudor ni vergüenza caminaba por las calles del barrio, mostrando sus tonificados músculos. Supuse que la imaginación de las señoras había llegado muy lejos. Los días pasaban y por la ventana de mi casa no se asomaba ningún hombre colosal semidesnudo.

Tenía a la mano una cámara fotográfica para capturar el momento de su incursión, pero la buena suerte me fue esquiva. Con los días olvidé aquellos chismes y continué con mi rutina imaginando que tal extranjero se había ido a su país natal.

Pasó menos de una semana, luego de mi resignación, cuando una mañana gris alguien tocó mi puerta. Con desgano y bostezando atisbé por la mirilla. Un hombre sin camisa y con el cabello enmarañado estaba ahí. Era de nariz recta, barbilla partida y pestañas espesas. Un adonis tan alto como un poste de parada de autobús. Me quedé sin aliento por unos segundos y luego de tomar una bocanada de aire decidí atenderlo. Tenía que ser el tipo de los chismes, según ellos, era inofensivo. Aunque en las historias él solo paseaba por el barrio y no tocaba puertas.

Abrí. Afuera la temperatura era baja y la neblina aún no se disipaba. El hombre con una sonrisa puesta me mostró la perfección de sus dientes.

—Buenos días, qué se le ofrece— saludé lo más seria posible.

—Disculpe mi atrevimiento, me dijeron que usted podría ayudarme.

—Lo escucho…

—Llevo semanas caminando por este lugar. Al comienzo disfruté de los halagos de sus vecinas y las miradas de desaprobación de los hombres. Sin embargo, el clima está cambiando y ya no puedo seguir con el mismo ritmo. Necesito que me regale ropa.

Lo escuché atentamente y era cierto lo que dijo. Yo tenía la ropa que él necesitaba porque una mujer abandonada por su esposo guarda algo del infeliz. Camisas y chaquetas era lo que sobraba en mi casa. Cerré la puerta luego de decirle que espere un rato. De un costal saqué algunas prendas, y aunque mi exesposo apenas llegaba a los 1.64 metros de altura en algo podría ayudar a este fornido en apuros.

Abrí la puerta nuevamente y ahí estaba él, sobándose los brazos para mantenerse caliente.

Le pasé las prendas, se fue dándome las gracias y sin decirme o explicarme algo más.

Ese mismo día por la tarde lo vi pasar frente a mi calle. Llevaba puesta la camisa favorita de mi expareja; rotas las mangas y sin abotonar. El clima del invierno se hacía notar y el hombre con justa razón ya no podría exhibirse como antes.

Las mujeres de la villa seguían inquietas por el extraño. En el mercado y luego de misa ya no se hablaba de su figura escultural sino de las peleas entre las lugareñas por él.

Yo seguía sin entender que hacía un modelo como ese aquí, sin dinero y sin otra motivación que mostrarse cual pavo real.

Mis dudas se disiparon muchos meses después cuando un reality show grabado se difundió en la televisión. Cámaras escondidas en todo el pueblo dieron a notar los bajos instintos de las mujeres insatisfechas por sus maridos.

Aquel semidiós se hizo famoso, era un ángel del deseo. La ropa de mi exesposo salió en pantalla, y mi rostro al darle las prendas esa mañana no era de una mujer seria como yo creí. Me mordí el labio inferior cuando me dio la espalda. También había caído ante sus encantos.

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