ALMUTAMID

El despertador me mató. Había dormido poco y tenía algo de resaca. Me vestí de un brinco y bajé al baño a asearme. Me meaba casi con dolor. Vacié la vejiga, me lavé a cara para espabilarme bien y los dientes. Al regresar al dormitorio a dejar mi neceser me crucé con Georges en la escalera. ¿Quién si no? El semental se había follado a la vikinga. Su sonrisa delataba su buena noche al saludarme. Además bajaba sólo con unos calzoncillos presumiendo de cuerpazo y paquetón, Los mortales no podemos competir con dioses de ébano. Lo malo iba a ser quedar con Astrid para hacer ejercicio viendo lo buena que estaba y saber que era el francés el que se la beneficiaba. ¿Me tocaba asumir de nuevo el papel de sujetavelas?

Lo peor es que acabé desayunando con él. Bueno, la paja compartida con Mamen tampoco había estado mal. No tenía por qué quejarme en ese sentido. Pero me temía el festival de gemidos y crujidos de cama periódicamente y mi compañero de residencia no tenía pinta de los que se conformaba con un polvo de vez en cuando.

De regreso me encontré con Astrid que salía hacia la facultad y nos fuimos juntos. Por supuesto que no le dije nada del festival de jadeos y el ritmo machacón de la cama golpeando contra la pared. De hecho le conté la quedada sorprendiéndome al decirme que le apetecía salir y conocer la ciudad por lo que la invité a salir juntos aquella noche.

El sol nos sorprendió aquella mañana no muy fría. Todo el mundo salió a almorzar a los bancos y jardines exteriores a la universidad buscando la compañía de Helios victorioso. La casualidad hizo que me encontrara allí con Mireia. Ella estaba con varias compañeras de una de sus clases de Antropología. Me resulto llamativa su estética tan similar. Flequillos rectos mal cortados, greñas en ocasiones teñidas de colores, piercings y tatuajes. De nuevo el estar acompañados por extranjeras hizo que ambos habláramos en inglés. Al poco llegó otro compañero de ellas, checo, con una estética muy similar. Pelo largo con algún enredo y piercings. El color negro dominaba la vestimenta general con alguna nota de color en pañuelos al cuello o los ya comentados reflejos en el pelo.

Yo, con mis vaqueros y mi abrigo rojo aportaba una nota discordante entre tanta oscuridad a pesar de la compañía del sol. Aun así la conversación se hizo agradable, incluso fui protagonista pues entre estudiantes de antropología no era raro estudiar las organizaciones sociales extraestatales, y el sur de España era un campo abonado para esos estudios por el arraigo de innumerables formas de agrupación y socialización a través de asociaciones fijas: agrupaciones de carnaval, hermandades, peñas o incluso socios de casetas de feria.

Me sorprendió el conocimiento de algunos de aquellos estudiantes aunque con una visión extrañamente sesgada basada en artículos poco científicos y me propuse para sacarlos de dudas. La sorprendida fue Mireia, que pese a ser compatriota desconocía ese entramado social tan particular en las relaciones sociales, e incluso en la estratificación social que suponían aquellas relaciones informales a través de asociaciones constituidas y su relevancia en las relaciones sociales.

Aquel grupo de frikis empezó a divagar sobre los conceptos de tribu, familia o nación y empecé a perderme así que tras terminarme el sándwich me acerqué a Mireia para quedar por la noche, pero me comentó que había descubierto un grupo más afín a ella que el de la noche anterior e iba a quedar con sus compañeros. Aunque me invitó a salir con ellos no me imaginé toda una noche entre semejante grupo de teóricos bebiendo cerveza. Le agradecía la invitación en un forzado “gracies, noia” que le hizo sonreír y cuando ya me iba me llamó de nuevo para pedirme que avisara a Anika cuando llegara a la residencia.

Me fui a la biblioteca para buscar algunos materiales que nos habían propuesto en las clases y aproveché para consultar en el ordenador si habían salido las notas que me faltaban del primer cuatrimestre. ¡Todos aprobados! Mi plan seguía en marcha.

En la biblioteca me encontró Astrid. Conversamos un instante hasta que nos llamaron la atención y decidí invitarla a un café que aceptó encantada. Le conté lo de la quedada de la noche y me sorprendió apuntándose. Al mirarla le encontraba parecido a alguien hasta que mis neuronas conectaron. Claro. Me recordaba a Claudia Schiffer, pero con el pelo más lacio y aún más rubia. Pero tenía los mismos pómulos suavemente marcados y los labios gruesos. Y una intensa mirada de ojos azules que parecía en ocasiones escrutar tu pensamiento. Menudo bombón se había llevado a la cama el gigante negro.

Yo ya no tenía más clases y tras el café me volví a la residencia. Pensaba retomar la sana costumbre española de echar una siesta porque arrastraba sueño de la corta noche. Había quedado con Astrid en enseñarle el parque cuando ella volviera a la residencia. Me alegraba de haber generado en ella esa confianza. No me había planteado nada con ella por mis complejos y más sabiendo que ella había disfrutado con el cuerpo de Georges, que yo imaginaba más apetecible para una hembra que el mío. Pero me alegraba poder ser buenos amigos durante mi estancia. Tener tan cerca a una persona con empatía. Por un momento me parecía repetir la historia de mi llegada el primer año a la residencia con el francés en el papel de Óscar, pero cuando caí en la cuenta el resultado había sido totalmente diferente, porque a la diosa Claudia me la llevé yo.

Fue Astrid la que me despertó llamando a la puerta. Estaba dormido profundamente y me sobresalté preguntando:

-¿Sí?
-Soy Astrid- respondió la chica- ¿Puedo pasar?

Me senté en la cama desperazándome y respondí que sí. La sueca asomó la cabeza.

-¿Dormías? Perdona, no quería molestarte. Venía a preguntarte si querías salir a correr como habíamos dicho.
-Sí, sí- respondí medio dormido- Es que anoche dormí mal y estaba echando una siesta. Pero me visto y vamos.

Pensé que se iría a esperarme pero ella ya venía preparada con sus leggins y una chaqueta de chándal. Se quedó de pie esperando ver qué hacía yo. Estaba en calzoncillos. Me había paseado así delante de mil chicas y ahora me daba vergüenza salirme de la cama. Menuda tontería en una residencia donde el baño era común. Pero me resultaba extraño pasearme semidesnudo delante de mi compañera de planta. Al menos no tenía uno de mis típicos empalmes al despertarme. Ellos viven la desnudez de forma muy diferente. Celebran festivales estudiantiles a principio de verano donde la desnudez forma parte de la celebración y no tienen el mismo sentido del pudor que nosotros. Así que aparentando normalidad me levanté.

Dudé que a la chica le llamara la atención mi cuerpo después de haber estado retozando con un atleta como Georges. Pero por si acaso, en vez de ponerme las calzonas de atletismo sin calzoncillos me puse unas de fútbol sala sobre la prenda interior. Mientras me vestía ella me contaba que había decidido unirse a la quedada de los Erasmus que le había contado en la cafetería.

Pasé un momento por el baño para mear antes de correr mientras Astrid hacía estiramientos en el pasillo. Bendito afortunado el que se encontrara con ese culo al pasar por allí. Ya había anochecido a pesar de no ser ni las 6. Pero ambos corríamos a buen ritmo. Recordé la tradición de atletas nórdicos de medio fondo. En el parque había una zona de ejercicios que al no haber llovido aquel día estaban secas y allí aprovechamos las máquinas. El problema que tienen las mujeres probablemente somos los hombres. Por más que no veía en Astrid una potencial amante no podía evitar que de vez en cuando mis ojos se fueran a su culo intentando adivinar si llevaba tanga o no llevaba nada. Dudo que a las mujeres se les fuera el pensamiento en algo así, pero no sé si será algo genético o aprendido pero la disyuntiva no se iba de mi cabeza.

De la misma forma yo dudaba que al ir yo corriendo delante de ella en línea por la acera de regreso a la residencia ella fuera mirando mi culo como yo había hecho con el suyo. Al llegar nos detuvimos en las máquinas dispensadoras a tomar una bebida isotónica y nos despedimos en el descansillo que separaba nuestras puertas.

Yo me entretuve en mirar el móvil antes de bajar a las duchas y también en avisar a Anika de que Mireia había quedado con su tribu de antropólogos y no venía a la quedada de esa noche. Cuando llegué al baño estaba bastante más transitado que los días anteriores. Chicos en calzoncillos pasaban entre chicas embutidas en sus toallas o en ropa interior con una normalidad que yo no habría imaginado en mi país.

Pero mi gran sorpresa fue que cuando me dirigía a las duchas se abrió la que contenía a mi compañera de entrenamiento viéndola totalmente desnuda el tiempo justo de colocarse una toalla alrededor del pecho que le llegaba hasta los muslos. Fue solo un instante en que pude ver sus pechos erguidos rematados por amplios pezones que apenas destacaban sobre su piel blanquísima y su pubis totalmente rasurado. Fue apenas nada, pero suficiente para colarme con prisa en una de las duchas contiguas a la suya y comprobar que me estaba empalmando.

Me desnudé quitándome la ropa sudada y me duché mientras mi polla volvía a relajarse y mi mente pensaba en algo distinto a la diosa vikinga. Me dio la risa recordando aquellas viejas películas españolas de la dictadura en las que españoles bajitos y feos como Alfredo Landa , Pepe Sacristán o el gran José Luis López Vázquez corrían detrás de las suecas gritando “pichurri” mientras ellas reían encantadas la ocurrencia de esos “calientes españoles”.

Cuando salí de la ducha agarrando con prisa mi albornoz comprobé que había menos gente en el baño pero Astrid seguía con su toalla frente a un espejo desenredando su melena rubia con un cepillo. Me puse a su lado y la saludé.

-¿Ya te has duchado preguntó?
-Sí. Claro.
-No te he visto entrar.

“Afortunadamente yo a ti sí” pensé pero respondí:

-Estarías dentro de la ducha.

Quedamos en vernos en unos minutos. Me subí a arreglarme con una camisa, chinos y zapatos. En los sitios cerrados hacía calor y con un buen abrigo aguantabas en la calle. Cuando estuve listo llamé al dormitorio de Astrid que me abrió ya vestida dejándome alucinado. Un vestido muy ajustado y corto con escote de espalda y medias negras con botas. Se estaba maquillando. Curiosamente así perdía. Me gustaba más con ropa deportiva o como la había visto en la ducha.

Anika nos esperaba en el salón. La polaca se había arreglado pero le lucía poco. Su cuerpo algo relleno, con un pecho muy abundante y caderas que se perdían en su anchura no tenía la misma prestancia que el de la nórdica a pesar de ser ambas muy rubias. Salimos caminando hacia el centro en una noche que había cambiado con respecto al día. Al sol que había iluminado aquel día de febrero no le había seguido una noche estrellada sino que una niebla bastante densa se había apoderado de la ciudad transformando las farolas en reflejos fantasmagóricos. Pero las estrechez de las calles limitaba la ocupación del espacio por la niebla aunque oscurecía el ambiente.

En la cervecería, otra distinta pero muy parecida a la de l día anterior, nos unimos al resto de Erasmus. Guido, sin sus alemanas no perdió el tiempo en arrimarse a la sueca que lo recibió con educación y buen trato. Yo saludé al grupo mientras me presentaban a gente nueva en aquel variopinto grupo de europeos eslavos, nórdicos, africanos y mediterráneos que conformábamos la reunión.

Santiago llegó más tarde, pues venía de más lejos y me contó con demasiado detalle que había terminado durmiendo con la maltesa y lo había reventado. No dudaba de su relato pero quizá exageraba demasiado. De la cervecería y tras varias rondas de cervezas variadas y los típicos “Mussels avec patates” decidimos ir a un pub que nos dijeron que era habitual de Erasmus. Allí seguimos la fiesta descubriendo que las colas de los baños son como las de España.

Yo estaba mareado con la alta graduación de la cerveza belga y la mezcla de marcas sumado a una pobre cena. Dicho de otra forma, estaba borracho. Pero no lo suficiente para darme cuenta de que Astrid pasaba del italiano. Después de probar a su dios de ébano aquel italiano alto y delgado y algo buitre le resultaría demasiado poco. Fui a la cola del baño porqu mi vejiga ya no podía contener más líquido y me encontré una cola enorme. Anika esperaba en la cola de las chicas.

-I am full. I am going to explode…-le dije a gritos por el ruido de la música.
Rio y le confesé:

-Do not tell to anyone, but I am going to spill on the street.
-I am going with you…

Me tomó de la mano y salimos a la calle más oscura aun por la niebla.

La calle estrecha escasamente iluminada estaba casi solitaria a aquellas horas sólo con algunas personas fumando a la puerta del local y algunos grupos que cruzaban la calle. Muy cerca de la puerta había un callejón sin iluminación en el que había dejado un contenedor de basura para la recogida municipal que creaba un hueco oculto a quien pasara por la calle. Allí nos colamos los dos.

Anika muy apurada se escondió tras el contenedor y se bajó medias y bragas. Yo adivinaba la blancura de sus piernas y escuchaba perfectamente su chorro y su alivio. Tanto que no aguanté más y me colé en el callejón antes de que ella terminara para no mearme encima. No era tan profundo como me esperaba por lo que me puse a orinar contra la pared en la esquina a apenas metro y medio de la polaca que ni se inmutó al verme pasar.

No sabía como no me había reventado la vejiga. No es bueno esperar tanto para miccionar y solté un chorro constante y potente que se prolongó el tiempo suficiente para que Anika terminara de mear se levantara con poco pudor al lado mía subiéndose las bragas y las medias y recolocando su vestido demasiado ajustado a sus carnes para mi gusto.

Pero para mi sorpresa en vez de esperarme en la esquina como yo había intentado hacer con ella se acercó hacia mí hablándome. En cierto sentido me incomodó a pesar de estar bastante bebido, pero estaba lo suficientemente oscuro como para que no pudiera ver nada salvo escuchar mi chorro.

-Si no me hubieses dicho que saliéramos me meo en las bragas en esa cola- me dijo.
-Yo no podía más- respondí sacudiéndome la gotilla.

Pero cuando fui a guardarme la polla en el calzoncillo la chica se abalanzó sobre mí besándome la mejilla. No me esperaba su reacción aunque para mí no había pasado desapercibido como me miraba los días anteriores o me cogía por la cintura cuando pasaba a mi lado.

-¿Y si nos divertimos un poco?- me dijo notando su aliento de borracha muy cerca.
-Hace frío- respondí.

Pero para entonces su mano se había colado por el faldón de mi camisa sobándome abdomen y pecho.

-Yo te puedo calentar, jiji…-respondió justo antes de besarme el cuello.

Realmente no me gustaba la chica. No era un problema de gordura. Seguramente sus enormes tetas darían mucho juego. Pero es que ella no me gustaba. Era la rubia antítesis de Astrid. Más bajita, gordita, sin formas pero con dos grandes pechugas. Su cara ovalada muy colorada y con puntos negros de acné se veía grande a pesar de su melena rubia algo rizada porque todos sus elementos eran pequeños. Sus ojos marrones, su naricilla, y una boquita pequeña sobre una doble barbilla, la primera pequeñita y la segunda bastante más amplia completando el redondel de su rostro.

Para cuando quise decir que me dejara tranquilo de una forma en que no se sintiera molesta la polaca ya me estaba sobando la polla fuera del calzoncillo notando como se endurecía mi miembro mientras muy cerca de mi oreja me decía:

-Ya te estas calentando…
-This is not good…-repetía yo mientras la chica aparentaba deleite pajeándome -We should come back into the pub.-insistí.

Pero ella hacía oídos sordos lanzando gemiditos de aprobación sobre la reacción de mi churra. Parecía no importarle mis objeciones.

-Come on- le dije para que nos fuéramos pero sin esperármelo se agachó poniéndose en cuclillas y se metió mi nabo en la boca. De inició sentí sus labios fríos resultándome desagradable. Como si un sapo estuviera allí abajo. Pero de inmediato sentí su boca caliente succionar mi glande entre gemiditos de la chica tornado la sensación a una más agradable mientras yo débilmente protestaba:

-No, no, no…

Pero al final me dejé arrastrar por el ímpetu de la chica que mamaba con ganas sujetando mi polla con su mano mientras chupaba mi glande con ligeros movimientos de su cuello. Mi respiración cambió escapándoseme un gemidito de placer. Joder. Me estaba dango gusto la polaca.

Incapaz ya de reaccionar literalmente absorbido por la chica oí pasos adentrarse al callejón. Venían dos chicas hablando en francés. Afortunadamente no eran de nuestra reunión o eso me pareció pues no distinguía bien al contraluz. Ambas se colocaron detrás del contenedor y pude ver sus siluetas bajándose los pantalones para orinar. Al agacharse y quitarse de la escasa luz del fondo pude ver sus siluetas mientras oía sus chorros. Intenté no hacer ruido aguantándome la respiración pero se oyó un nítido “chup-chup” de Anika mamando.

Entre el sonido y que sus pupilas debían estar acomodándose a la oscuridad una de las chicas se apercibió de nuestra cercana presencia. Dio un codazo a la otra que también miró en mi dirección. Pude ver sus ojos brillar en la oscuridad observando ahora sí una escena que quizá ellas con la luz a sus espaldas pudieran percibir.

Tras terminar de mear ambas se limpiaron y con tranquilidad se subieron bragas y pantalones. No pude percibir sus chochos pero sí sus pieles blancas sin sombra de vello. Una de ellas alargó su mano haciendo el gesto de poner dos dedos extendidos juntos y se los llevó a la boca haciendo el gesto como si mamara y terminó con una peineta. Escuché sus risas y pasos alejarse por la calle.

Anika había estado concentrada a lo suyo con “chups” y gemidos de gusto por lo que hacía mientras que mi silencio no le había hecho sospechar nada. O quizá estaba tan borracha que ni oyó a las chicas o incluso le dio igual. Pero a mí que las dos desconocidas hubieran visto como me la mamaba me había dado tanto morbo que noté el efecto conjunto de la boca y la mano de la polaca. Me iba a correr. Pese a que estaba bebido avisé a la polaca con palmaditas en el hombro:

-Hey, I am going to cum…I am coming…

Pero seguía pajeándome con sus labios apoyados en mi glande. Insistí:

-Anika, It is already…

La chica se apartó si dejar de pajearme. Mi respiración denotaba la cercanía del orgasmo con expiraciones profundas. Si seguía allí en cuclillas la iba a poner perdida. Pero ya estaba avisada. Sin decir ni una palabra más entre gemidos empecé a lanzar lefazos. Anika se apartó a un lado metiéndose en el charco de mi meada pero seguía meneándomela mientras que yo vaciaba los huevos entre estertores y lamentos de placer hasta que le pedí que parara. Cuando lo hizo besó mi glande aun con restos de corrida y se levantó con una risita tonta.

Quiso besarme en la boca pero yo hice una cobra de manual con la excusa de abrocharme el pantalón. Tiré de su mano para volver al pub pero la noté llena de mi semen. Por algún motivo me dio asco. No tenía con qué limpiarme. Tirando de su cintura conseguí entrar de nuevo al local. Creo que parecía más borracha que antes. Con una servilleta me limpié la mano y le di otra a ella. No sabía qué hacer. Pero al ver a otras chicas del grupo Anika reaccionó yéndose a hablar con ellas facilitando que me escabullera. Vi a Astrid y pensé lo diferente que habría sido mi reacción si hubiese sido ella la que se hubiera querido enrollar conmigo en el callejón.

Nadie se había dado cuenta de nada pero al rato Astrid vino preocupada a buscarme. Anika estaba muy borracha e iba dando tumbos. Me entró un fuerte remordimiento. Recogimos nuestros abrigos y el de la polaca y la cogimos por los brazos entre los dos para ir a la residencia.

De camino intentó besarme varias veces. Afortunadamente decía cosas incongruentes. Yo me hice el loco delante de Astrid. Pero la sueca reía diciendo:

-Los borrachos siempre dicen la verdad. Te ve muy guapo y con la borrachera no oculta sus deseos, jajajaja.
-Prefiero besarme con alguien consciente.
-Ella no está para muchas aventuras ahora y dudo que tú abusaras de alguien así.

Ese comentario me hizo sentirme mal. Se me estaba bajando todo con el sentimiento de culpa.

Por fin llegamos a la residencia. Nos costó trabajo subir las escaleras con Anika. En el salón había gente tomando cervezas y con música pero no me asomé a ver qué hacían. Llegamos a su dormitorio y Astrid consiguió que Anika sacara la llave. Entramos y la tumbamos en la cama. Pero Astrid no vio conveniente dejarla así. Allí tumbada vimos un churretón de algo blanquecino en su cuello y el vestido. Evidentemente era mi semen.

-Mira, jajajaja. Ha estado con un chico- señaló la vikinga.

Yo disimulé. Pero la sueca me dijo:

-Ayúdame a desnudarla para meterla en la cama.
-No sé si debería…
-No seas tonto. La estamos ayudando.

Mientras yo sujetaba a Anika sentada en la cama medio dormida Astrid desabrochó la cremallera trasera de su vestido. Yo la ayudé a sacárselo por los brazos y la cabeza. Descubrí algo que iría confirmando en las semanas siguientes: las chicas del norte de Europa raramente usan sujetador y siempre empiezan el sexo mamando.

En cuanto a los demás las tetas de Anika me parecieron descomunales y algo caídas para su edad. Tras quitarle las medias la dejamos acostada en bragas bien arropada. Después Astrid y yo subimos a nuestra planta despidiéndonos en el descansillo que separaba nuestras habitaciones. Pero me acosté con mal cuerpo cuando la sueca me dijo:

-Eres una buena persona Luis. Hoy te has portado muy bien con esta chica.

¿Qué pensaría de mí si descubriera que el churretón de semen era mío?

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