ANTONIO LÓPEZ VALLEJO

La luz blanca de la luna, casi llena, que reina esta noche en el cielo, se cuela entre la primavera verde de las hojas del parral, irrumpiendo en las calles del pueblo, que viven la noche en silencio. Solo se oye, a lo lejos, en el campo, el canto solitario de un búho, tal vez buscando, tal vez aguardando, tal vez solo cantando.

Siento la brisa nocturna de mayo erizando mi piel y tomo un traguito de ron para regular la temperatura interna y ayudar a la inspiración.

Frente a mi, al otro lado de la calle, puedo ver, tendida al viento, ondeando suavemente, como banderines reclamando un territorio, la colada blanca de Teresa, que estará durmiendo más allá de la ropa y de la reja de su balcón, ajena a la luna, al búho y a mis pensamientos.

Oigo tras de mi, adentrándose en el patio de mi vecina Isabel, unos pasos animales, amortiguados por el recelo y la prudencia del que no quiere ser descubierto, que pudieran pertenecer a un gato, que aprovecha la noche para curiosear y adentrarse por rincones que de día le están prohibidos, o tal vez pertenezcan a un zorro que, hábil y sagaz, esté buscando su sustento entre los gallineros del pueblo, o quizás provengan de algún ser extraño y maquiavélico, nacido en el lugar donde habitan los miedos y llegado para perturbar el sueño de los más sensibles.

Pero los pasos van perdiendo importancia a medida de que se van alejando cada vez más, hasta llegar a desaparecer. Entonces pego otro trago a mi ron. La luna sigue ahí, velando el sueño de los vecinos de este pueblo, donde la maldad habita solo en los cuentos para asustar a los niños.

La noche está llegando ya a su ecuador y yo, que siempre fui más de la luna que del sol, más de la noche que del día, más de soñar que de dormir, quito el capuchón a mi bolígrafo, abro mi libreta y me preparo a enfrentarme a una hoja en blanco.

Sobre el papel puedo imaginar otros mundos, soñar lugares nuevos, cruzar mares y atravesar fronteras. Todo cabe en el espacio, en apariencia reducido, de mi libreta, donde tal vez esta noche no quiera escribir sobre países lejanos y paisajes exóticos, tal vez solo quiera escribir sobre este pueblo, donde no existe la maldad, sobre los ruidos de la noche, misteriosos, bucólicos, sobre la ropa de Teresa secándose a la luz de esta luna casi llena, y sobre la propia Teresa, que duerme ajena a mi, a mis pensamientos y a tantas y tantas hojas de mi libreta que hablan de ella.

Un comentario sobre “Luna casi llena

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