DEVA NANDINY

Capítulo I

Sabía que Marcos me estaba mirando, pero yo no podía evitar cada vez que salía de la piscina pasar a su lado, contoneándome, parándome por extensos momentos frente a la escalera. Incluso, confieso que llegué a cambiar mi tumbona de lado, para que pudiese observarme de frente mientras yo tomaba el sol en bikini.

Papá seguía conversando con él, tomando una copa de vino sentado en el jardín frente a la piscina. Seguramente ajeno al morboso juego que me traía con uno de sus socios más antiguos del bufete.

Acaban de terminar las clases del instituto, y para mí daba comienzo un largo verano en el que me las prometía muy felices. Tenía planeado irme a pasar un fin de semana de viaje con mi novio, sería la primera vez que pasaríamos dos noches durmiendo juntos en otra ciudad. Mi madre ya lo sabía. Claudia siempre era más tolerante para este tipo de cosas que mi padre, que era un hombre demasiado conservador.

—No te preocupes, hija, —había tratado de tranquilizarme mi madre—. Déjalo de mi cuenta, yo me encargaré de convencer a tu padre, —añadió Claudia. Dejándome más tranquila, pues sabía que ella era la única persona en el mundo capaz de convencer a papá.

Alex y yo ya llevábamos saliendo dos años, y en esos momentos estaba completamente enamorada de él. Tampoco tenía la menor duda de que después de casarnos, se convertiría en el padre de mis hijos, como así pasó años más tarde. Pero en esa época, yo comenzaba a sentirme irresistiblemente atraída por los hombres maduros.

Marcos era un cuarentón muy interesante, al que conocía desde siempre. Ya que además de socio, era uno de los mejores amigos de mi padre.  Nuestro juego había comenzado unos días antes. Fue durante una fiesta en su casa por su aniversario de bodas, creo que recordar que aquel día celebraban veinte años de casados. Yo había quedado con mis amigas para tomar algo por el centro, mi papá se había comprometido a acercarme cuando terminara la cena, sin embargo, había bebido más de la cuenta para poder conducir. Por lo tanto, fue el propio Marcos el que se ofreció gentilmente a llevarme.

Por el camino fuimos hablando durante todo el trayecto. No obstante, era la primera vez que lo hacía de una forma diferente, el tono y los comentarios ya no eran los mismos que cuando yo era una niña. Eso me encantaba. Además, sentía que no paraba un momento de observarme. Recuerdo que yo llevaba una minifalda de cuero que, al estar sentada en el coche, mostraba buena parte de mis muslos.

—¿Sigues jugando a Voleibol? —Me preguntó como si le interesara de repente.

—Sí, aunque cuando termine el instituto y comience la universidad el año que viene, tal vez me vea obligada a dejarlo —traté de explicarle, haciéndome la interesante con mis planes de futuro.

—No lo dejes nunca —me aconsejó apartando unos segundos la vista de la carretera, para mirarme a los ojos—. Tienes un cuerpo espectacular.

—Gracias —asentí en un tono más tímido, de lo que me hubiera gustado expresar.

—¿No sé en qué momento, dejaste de ser una chiquilla para convertirte en toda una mujer? —Comentó con una pícara sonrisa en los labios, que a mí me encantó vislumbrar.

No dije nada, me quedé cortada. A pesar de que estaba encantada con sus galanteos, mi falta de experiencia con los hombres en esa época, me hacía mostrarme más tímida de lo que en realidad era. Por un lado, estaba ilusionada de que un hombre como Marcos, inteligente, casado, maduro y tan atractivo, me hablara de esa forma. Haciéndome sentir toda una mujer. Sin embargo, mi instinto me indicaba que me estaba acercando a algo desconocido. A pesar de la inocencia que se presupone en alguien tan joven, como lo era yo entonces, sabía que esos comentarios estaban cargados de intenciones, con un propósito, que me daba miedo reconocer.

—Perdóname, Olivia. Sé que no debería decirte esto, pero la verdad es que llevo toda la tarde sin poderte quitarte los ojos de encima. Tienes un cuerpo muy tentador. Espero que no te enfades, —me indicó.

—No, no me enfado. No te preocupes, en el fondo me siento halagada —me atreví a responder.

—¿De verdad? —me preguntó, volviendo apartar unos segundos la vista del volante—. Compruebo que ya eres toda una mujer, tanto por las formas tan exquisitas de tu cuerpo, como en la manera de comprender las cosas.

—Gracias —expresé, sin saber muy bien la razón por dárselas.

—¡Qué suerte tiene tu novio! —exclamó mirándome con atención y sin disimulo alguno a los muslos.

—¿Tú crees? —interpelé, abriendo intencionadamente un poco las piernas.

Entonces él puso la mano en la palanca de cambios, de tal modo que me rozaba la cara externa de uno de mis muslos. Sentir el contacto y el calor de su cuerpo, me hizo ascender a otro nivel. Me estaba tocando con disimulo la pierna un hombre que tenía la misma edad que mi padre, y al que conocía de toda la vida.

«¿Por qué no apartaba la pierna? ¿Por qué me comportaba así?» Me preguntaba, sabiendo que lo que estaba haciendo, no era lo que se presuponía que una chica como yo, debía hacer en este tipo de situaciones.

—¡Aquí! Déjame aquí mismo, —dije salvada por la campana—. Mis amigas están ahí esperándome, —añadí, apuntando a un pequeño grupo de chicas.

Marcos puso cara de contrariedad, como si le fastidiara tener que dejarme tan pronto.

—Ha sido un placer acercarte, Olivia. Me alegro de haber tenido la oportunidad de poder hablar contigo a solas.

—Gracias —respondí bajándome del coche, colocándome la falda.

Esa tarde las conversaciones con mis amigas se me hicieron tremendamente tediosas, me sentía como si hubiera madurado unos cuantos años más que ellas de repente. Para nada me interesaban sus comentarios de chicos imberbes y atontados. Me parecía seguir notando el dorso de la mano de Marcos, apoyada en la palanca de cambios, rozándome el exterior de uno de mis muslos.

El caso es que los días se fueron sucediendo sin volver a encontrarme con Marcos. Hasta justo esa mañana de domingo, en la que charlaba relajadamente con mi padre, al lado de la piscina. No obstante, no me lo había podido quitar de la cabeza durante todos estos días. Me masturbaba a diario, imaginándomelo como se abalanzaba hacia mí, follándome salvajemente en su coche.

Recuerdo que salí de la piscina, buscando la escalera que quedaba frente a él. Me había puesto deliberadamente un bikini blanco, que lo había comprado dos temporadas antes. Por lo tanto, la parte de arriba del bikini me quedaba bastante pequeña, tapándome con enorme dificultad mis abundantes pechos.

Reconozco, que esa tarde hubiera hecho lo que fuera necesario para no pasar desapercibida para él. Cuando por fin sentí sus ojos clavados en mis senos, nuestras miradas se cruzaron unos segundos, quedándonos por unos instantes mirándonos fijamente. Él me sonrió, me hubiera gustado devolverle la sonrisa, como indicándole que me encantaba sentirme observada por él. Sin embargo, no me atreví al estar mi papá justo de frente. No dejaba de ser todavía una tímida chiquilla, a la que de alguna forma le sobrepasaban sus propios deseos.

Cogí la toalla y me tumbé en la hamaca simulando leer. Tampoco podía forzar demasiado las cosas, mi papá estaba delante, y por nada del mundo quería que descubriera mis intenciones.

Justos en ese momento es cuando apareció en escena mi madre, venía también ataviada como siempre, con un sugestivo bikini color negro. Ella se acercó hacia el lado donde se encontraban ellos charlando, me parece estar viéndola ahora mismo, con sus andares elegantes, lentos pero decididos.

Se acercó primero a mi padre, dándole un tierno beso en los labios, luego se dirigió donde estaba Marcos, este se levantó gentilmente saludándose ambos, con dos besos en las mejillas.

En ese momento observé con estupor como los ojos de Marcos, abandonaban cruelmente mi juvenil cuerpo, centrándose con deseo en el de mi madre. La odié por ello, sintiéndome infantilmente celosa.

Era consciente del efecto que Claudia causaba en los hombres. Yo misma, años atrás había presenciado una de sus infidelidades hacia mi padre. Cosa que ella ignora, y que tardé bastantes años en poder perdonársela. De hecho, desde ese día nunca la volví a llamar mamá.

En ese instante pude comprobar como a Marcos, casi se le caía casi la baba hablando con mi madre, eso dañó de alguna forma mi frágil ego femenino. Me dolía que mi padre fuera tan indulgente con ella.

No pude disimular mi enfado, en ese momento me levanté con rabia y sin decir nada, como una gata herida, me fui hasta la casa. Para nada quería presenciar, lo que me parecía en esos momentos un evidente coqueteo, tanto por parte de Claudia como de Marcos.

Mientras caminaba hacia la casa, podía notar el balanceo de mis frondosos pechos, intentando escaparse del minúsculo sostén del bikini. Entré a la cocina a por un refresco, y justo cuando iba a salir en dirección a mi dormitorio, me encontré cara a cara con Marcos.

Fue algo totalmente inesperado. Jamás hubiera pensado que se atrevería hacer algo así, estando además mis padres tan cerca. Yo me quedé paralizada, sin saber muy bien que hacer, ni que decir. No obstante, un hombre tan experimentado como él, pareció adivinar mi zozobra. Aprovechó ese momento para mirarme fija y seriamente a los ojos. Aparentando estar muy seguro de lo que estaba haciendo, con mucho aplomo y sin dudar un solo instante, se acercó hasta a mí. Manteniendo un pétreo gesto en la cara, que me hacía presagiar que sus intenciones hacia mí, no eran nada inocentes.

—Me vuelves loco, Olivia —me aseguró pegándose peligrosamente a mí

Yo di un paso hacia atrás, reculando sin querer hasta la puerta de la cocina. Sin embargo, él siguió acorralándome. En ese momento el corazón se me salía del pecho, sintiéndome invadida por un montón de dispares emociones: miedo, alegría, excitación, nervios, ansiedad…

Siendo totalmente consciente, de que yo misma había provocado esa situación, llevaba toda la tarde calentándolo, entrando y saliendo de la piscina frente a él, mirándolo con una perpetua y maliciosa sonrisa en la cara.

Noté como su mano me cogía de la cintura arrastrándome hacia él. Nuestros cuerpos estaban tan cerca uno del otro, que sentía su calor sobre mi húmedo bikini. Pero la imagen de como unos minutos antes había mirado de forma libidinosa a mi madre, no se me iba a la cabeza. Podía sentir la penetrante mirada de mi madre, envolviendo su angelical rostro con una de sus coquetas y seductoras las sonrisas.

—¿Te estás follando a mi madre? —Pregunté de pronto, totalmente inundada de rabia.

Las palabras fueron como una especie de sortilegio para detener en seco, inexorablemente su avance hacia mí. Noté como cambió su rostro, palideciendo, frío como una roca de mármol. Se quedó parado unos segundos, intentando digerir de alguna manera mi acusación, en forma de pregunta.

—¿Qué cojones estás diciendo? —Gritó fuera de sí— Por muy buena que estés, no te voy a consentir ese tipo de gilipolleces. No eres más que una puta niñata calienta pollas —rugió, alejándose de allí, dejándome apoyada contra el marco de la puerta de la cocina.

Lo vi salir de la casa, mientras yo aprovechaba para subir corriendo las escaleras de madera hasta llegar a mi cuarto. Encerrándome en mi habitación, me tumbé en la cama y rompí a llorar, como pocas veces antes había hecho antes.

En mi llanto se mezclaban diferentes sentimientos, rabia hacia mi madre, hacia Marcos y también hacia mí misma. No obstante, lo que más lamentaba era haberle hablado de ese modo. Me arrepentía por haberlo hecho enfadar. «Si me hubiera quedado cayada, en estos momentos estaríamos besándonos en la puerta de cocina», pensaba completamente arrepentida por ser siempre tan espontánea e imprevisible.

Me asomé un momento curiosa a la ventana, allí estaban, mi padre y Marcos, sentados en el mismo lugar, mientras mi madre nadaba en la piscina, ajena totalmente a mi enfado.

Los siguientes días que siguieron a ese episodio, traté de quitarme a Marcos de la cabeza y centrarme en mi chico. Alex era el novio perfecto, de hecho, era la envidia de todas mis amigas: alto, guapo, educado… además con un gran porvenir por delante, ya que su padre era un gran empresario.

No obstante, pese a tener el cuento completo, yo no podía evitar sentirme atraída por otros hombres.

Alguna vez él se había atrevido a reprocharme mi desenfadado modo de vestir. Pero al mismo tiempo me demostraba tener una confianza inquebrantable hacia mí, que yo me empeñaba en romper, una y otra vez.

Incluso más de una vez, le habían llegado algunos fundados comentarios por parte de sus amigos, de posibles infidelidades por mi parte. Deslealtades que yo siempre negué, y que él siempre se negaba a creer, una y otra vez. Todos estos asuntos, me los reprocharía con mucha razón, muchos años más tarde.

Fue precisamente después de uno de mis entrenamientos de voleibol. Justo cuando salía del pabellón, cuando me encontré de nuevo a Marcos justo de frente. Él permanecía fuera del coche, sentado en el capó. Nada más verme me saludó sin pensarlo con la mano, tratando de llamar incesantemente mi atención. Yo al contemplarlo no pude evitar comenzar a temblar como una chiquilla asustada.

—Bueno, chicas. Me voy a marchar. Acabo de acordarme, de que viene a recogerme un hermano de mi padre —mentí despidiéndome de mis compañeras, dirigiéndome a toda prisa donde estaba aparcado Marcos.

Él no dejaba de sonreír, como si el hecho de estar allí, fuera la cosa más natural del mundo.

Cuando por fin llegué hasta él, dejé la bolsa de deporte en el asiento trasero, y sin decir nada me subí al coche antes que él. Estaba totalmente descolocada. No sabía con qué intenciones venía, si era con el propósito de continuar lo que había intentado iniciar en la puerta de la cocina de mi casa o, por el contrario, venía a reprocharme la desafortunada acusación, que yo le había lanzado de estar liado con mi madre.

—Hola, Olivia ¿No me das dos besos? —Dijo acercándose peligrosamente a la comisura de mis labios.

—¿Qué haces aquí? —pregunté por fin, temblando como un conejito asustado.

—Quería hablar contigo. No me gusta que hayan quedado las cosas así entre tú y yo —respondió arrancando el coche— ¿Te esperan en casa? —Quiso saber.

—No, después de los entrenamientos suelo quedarme un rato con las compañeras.

—Bien —aprobó—. De este modo tendremos tiempo para poder hablar y, conocernos un poco más

«¿De qué querría hablar? Qué querría decir con conocernos un poco más», las preguntas se arremolinaban dentro de mi cabeza.

—¿Dónde vamos? —Pregunté inquieta, moviéndome en el asiento.

—Te sienta muy bien esa falda, tienes unas piernas espectaculares. ¿Dónde quieres ir? —Interpeló, echando a la vez un vistazo descarado a mis muslos.

—No lo sé —respondí cada vez más vergonzosa.

—¿Prefieres ir a un bar a tomar algo, o por el contrario quieres ir a un sitio más tranquilo, donde podamos hablar con más calma?

—Me da igual —respondí sin atreverme a responder. Por un lado, prefería ir a un sitio más tranquilo, sabía lo que eso podía significar.

En esos momentos, sin saber realmente la razón, pensé en la mujer de Marcos. Aintzane era una de las amigas de mi madre «¿Qué opinaría si en esos momentos supiera que su apuesto marido me había ido a buscar, con oscuras intenciones a unos de mis entrenos de vóley?» También, me acordé durante unos segundos en sus hijos: Arantxa y Julen. Ella tenía los mismos años que mi hermano mayor, incluso eran de la misma cuadrilla de amigos, habían estudiado siempre juntos. Julen era cuatro o cinco años más pequeño que yo, era un chaval muy tímido, con el que no recordaba haber hablado nunca.

Yo Iba intentando adivinar mentalmente donde me estaba llevando, sin embargo, no conocía el lugar. Después de salir de la localidad, cogió una carretera pasando muy cerca, de lo que supuse, sería un polígono industrial, luego se desvió por un camino paralelo de tierra.

—Verás —comenzó diciendo —El otro día en tu casa, cuando fui hablar con tu padre, tú no dejabas de pasar a nuestro lado. Dándome la sensación, de que estabas exhibiéndote, buscando excitarme. ¿Es cierto? —preguntó directamente.

Yo me quedé muda, me avergonzaba reconocerlo. Sin embargo, estaba tan amedrentada que me sentía como una niña pequeña que ha sido pillada con las manos en la masa, siendo incapaz de negar lo evidente.

—Sí, sabía que me estabas mirando. Me gustaba sentirme observada —reconocí, haciéndome la distraída mirando por la ventanilla.

—¿Puedo preguntarte por qué lo hiciste? —me interpeló agarrándome la cara con suavidad, obligándome a mirarlo a los ojos. En esos momentos detuvo el coche, estábamos aparcados en una especie de descampado, en mitad de la nada.

Yo lo miré un segundo, y encogiéndome de hombros, le respondí:

—No lo sé.

—¿Te gustaría que te besara? —Me preguntó directamente. Yo no contesté, pero intenté volver a mirarlo. —Si no me respondes me lo tomaré como una negación, por lo tanto, me quedaré con muchas ganas de comerme esos labios. Sin embargo, no lo haré. Te respeto mucho, Olivia.

—Sí —afirmé azorada.

Sin duda él estaba disfrutando con todo esto. Yo era una chiquilla muy impresionable y con muy poca experiencia. Por el contrario, él era un hombre hecho y derecho que estaba jugando con su presa antes de comérsela. Sin duda este juego le divertía.

—Dilo, Olivia. Quiero escuchártelo decir —comentó con un tono más serio de lo normal.

—Sí, quiero que me beses —solté por fin, muerta por la vergüenza.

—Eso está mejor. Ven acércate, que voy a besarte —exclamó tajante.

Yo obedecí e incliné mi cuerpo hacia su lado, acercándome a él. Entonces sentí como sabe besar un hombre con experiencia. Noté como posaba sus labios con suma delicadeza sobre los míos. Comenzó siendo un beso muy sensual y exquisito; lento y lleno de suavidad, donde el contacto de sus labios acariciaban y succionaban los míos.

Entonces noté la punta de su lengua, buscando la mía, y a partir de ese instante, ese beso dulce y delicioso, se transformó en otro mucho más sexual. Poco a poco fue acrecentando su apasionamiento, haciéndose por momentos más visceral e intenso. Yo cerré los ojos, nunca hasta ese momento me había sentido tan mujer y tan hembra.

Sin dejar de besarnos sentí las manos de Marcos, palpándome los pechos por encima de la camiseta. Intentando abarcarlos, como si quisiera darse cuenta de su volumen. En ese momento abandonó mi boca, y siguió avanzando, besando y lamiendo mi cuello, hasta llegar a mi oído:

—Quítate la camiseta, Olivia. Quiero verte las tetas. No puedo quitármelas de la cabeza, desde que el otro día te observé en la piscina, con ese minúsculo bikini blanco.

Yo lo miré. Esas palabras tan directas musitadas tan cerca de mí, que incluso me permitió sentir el roce de sus labios sobre el lóbulo de mi oreja. Tengo que reconocer, que me dejaron totalmente desarmada.

Entonces me quité de un rápido gesto la camiseta, tirándola junto a la bolsa de deporte que permanecía en el asiento trasero.

Mis pechos quedaron totalmente expuestos, el se quedó parado, observándolos con deleite y detenimiento. Como si no se atreviera a tocarlos.

—Tienes unas tetas preciosas —comentó satisfecho.

—Gracias —respondí deseando sentir sus manos sobre mis redondos y grandes senos.

Él se abalanzó sobre ellos, y comenzó a besarlos, a lamerlos, sin dejar de palparlos. Yo cerré los ojos. Me parecía estar viviendo el mejor de los sueños, sentir que un hombre como Marcos, se hubiera tomado la molestia de llevarme a un descampado tan apartado, para besarme y toquetearme a su antojo. En esos momentos es cuando comencé a sentir mis bragas empapadas.

Siempre he sido una mujer con una gran lubricación. Recuerdo que, desde muy jovencita incluso antes de comenzar a masturbarme, cuando veía alguna película en la que salía alguna escena de contenido erótico, podía notar como se mojaban mis braguitas sin comprender muy bien la razón.

—¿Es esto lo que querías? ¿Por eso me provocabas como una putita el otro día en la piscina? —Me preguntó sin abandonar un instante mis pechos.

La excitación de Marcos fue aumentando progresivamente. Lo notaba en su forma de toquetearme, cada vez más intensa y atrevida, a la vez que sus comentarios iban subiendo de tono, siendo más soeces y ordinarios.

Una de sus manos comenzó a tocarme las piernas, ascendiendo verticalmente por el interior de mis muslos. Yo intentaba mantener mis piernas cerradas, como si no quisiera permitirle acceso. Era tan ingenua, que me creía que dejarme acariciar el coño en una primera cita, era llegar demasiado lejos. Con el tiempo descubrí, que las primeras citas siempre son las mejores.

—¿Quieres que te lleve a casa con tus padres y lo dejemos aquí como una mera anécdota? —preguntó parando en seco sus besos y sus caricias, como una especie de amenaza.

Yo negué con la cabeza. Necesitaba sentirlo, quería que me besara y que me deseara.

—¡Pues entonces déjate de comportar como una puta niñata, y ábrete de piernas! —exclamó.

Yo obedecí, y poco a poco dejé de hacer fuerza con mis muslos, abriéndome y relajando paulatinamente las piernas.

Su mano poco a poco fue cogiendo mejores posiciones, hasta que pudo acariciar con la punta de sus dedos mis bragas. Sabía que estaba entrando en un punto de no retorno, pero dos cosas me impedían ser más prudente. Por un lado, estaba tremendamente cachonda, mi coño ardía, buscaba y deseaba ser follado por Marcos. Llevaba días masturbándome, imaginando su polla perforando mi húmeda rajita. Por otro lado, también sentía la incesante necesidad de demostrarle a Marcos, que ya no era una cría, que era toda una mujer, y no solo en el aspecto físico.  

—¡Ah…! —dejé escapar un incómodo gemido de placer al sentir el calor de la yema de sus dedos, tan cerquita de la entrada de mi vagina.

—¿Te gusta eh…? —preguntó al escuchar mi jadeo— ¿Es esto lo que buscabas, putita? ¿Querías calentarme, para que te hiciera esto? —preguntaba intensificando el contacto de sus dedos sobre mi vagina.

—Sí —me atreví a responder, casi gritando cada vez más cachonda.

—Te gustan los hombres casados ¿Verdad Zorrita? —dijo volteando por fin mis bragas.

—Sí —chillé casi como un bramido—. Me gustas mucho.

—Muy bien, zorrita. Qué chochito más húmedo tienes —me indicaba al mismo tiempo que notaba como dos de sus dedos, se colaban en el interior de mi sexo—. ¿Piensas en otros hombres cuando te toca tu novio? —no dejaba de interpelarme cada vez más morbosas preguntas.

—Pienso en ti, cuando lo hacemos —aseguré entrecortadamente entre jadeos.

Entonces comenzó a follarme con los dedos, yo abría mis piernas todo lo que mi estrecha y cortita falda me permitía hacer.

En ese momento recuerdo que durante unos segundos pensé en mi novio. «¿Por qué con Alex no era capaz de ponerme así?» Llevaba años follando con mi novio, llagaba al orgasmo, pero no conseguía humedecerme de esa forma. Nunca llegaba a disfrutar de este modo, ni a desearlo como en estos momentos me apetecía Marcos.

Me gustaba físicamente mi novio, además lo quería, eso lo tenía claro. No obstante, sabía que, si quería sentir este cúmulo de emociones, tenía que serle infiel. Este estado solo me lo sabían proporcionar otros hombres, con los que no tenía ningún vínculo efectivo. Simplemente, tendría que ser lo más discreta posible, para que él nunca llegara a enterarse de la zorra que era su futura esposa.

No culpabilizaba a mi novio por ello, Alex no era mal amante si lo comparamos con otros hombres con los que durante años disfruté como una verdadera perra. Odio ese universo masculino, que siempre piensan que las mujeres somos infieles a consecuencia de otro hombre. En mi caso, esa infidelidad latente a lo largo de toda mi vida, siempre se debió a mi búsqueda incesante por las situaciones morbosas. Por esa razón, salvo honrosas excepciones, nunca tuve relaciones demasiado largas con amantes, pues en el momento que la situación o la forma de estar con un hombre se normalizaba, yo perdía instantánea e irremediablemente el interés por él.

—¡Dame tus bragas! —Exclamó en un tono que casi sonó como una orden castrense.  

En ese momento lamenté haberme puesto esa mañana unas bragas tan juveniles, casi infantiles. En esa época, todavía no se había despertado mi filia por la fina lencería.  Entonces me arremangué la falda y tiré de mis bragas hacia abajo, sacándomelas primero por un pie, y luego por el otro. Una vez que las tuve en mi mano, sentí que estaban empapadas, algo avergonzada, intenté doblarlas con sumo cuidado antes de entregárselas a Marcos, que permanecía con la mano extendida, esperando su premio.

Creo que fue la primera vez que un hombre me pidió las bragas y, por lo tanto, fue el inicio de regresar sin bragas a casa. Algo que, con el tiempo he vivido en innumerables veces.

Él las extendió, en ese momento observé en su rostro una sonrisa burlesca, no entendiendo si se debía por el aspecto tan infantil de mis bragas, blancas con topitos rosas, o por estar tan mojadas, luego se las llevó a la nariz e inspiró fuertemente y sin ningún tipo de pudor.

—Me encanta este olor ¿Sabes a qué huelen? —Me preguntó guardándose mis bragas en uno de los bolsillos de la americana de su impoluto traje.

Yo entorné los ojos, como si no entendiera su pregunta, pues me parecía tan obvia que incluso tardé en responderla.

—¿A mi conejito? — solté arrepintiéndome al momento, por haber usado semejante apelativo.

—A tu esencia de hembra. Huelen deliciosamente a puta. ¿Quieres verme la polla? —preguntó

—Sí —respondí ansiosa, sin poder disimular mis ganas.

Entonces Marcos cogió una de mis manos entre las suyas, colocándomela sobre su entrepierna.

—Tócame por encima del pantalón. Vamos puta, siéntela.

Yo obedecí complaciente. Entonces comencé a palpar aquel enorme bulto que se dibujan claramente debajo del pantalón de Marcos. Intentando sentir toda su virilidad.

—¿La notas?

Yo moví afirmativamente la cabeza, con una sonrisa complacida en mis labios.

—¡Está dura! —Exclamé al fin.

Entonces Marcos desabrochó su pantalón bajándoselo hasta medio muslo, no obstante, dejó su verga oculta debajo de los calzoncillos.

—Si la quieres, cógela —Indicó con una satírica mueca, sabiéndome ansiosa.

Al segundo siguiente, yo ya había introducido mi mano por debajo de su ropa interior, agarrando por fin esa gruesa verga con la que tanto había fantaseado en los últimos días.

Comencé rodeándola con la palma de mi mano, entonces la saqué fuera del calzoncillo, y la vi por primera vez. Era oscura, mucho más negra de lo que me hubiera imaginado. Sin embargo, lo que más llamó mi atención fue su grosor. Entonces comencé a masturbarlo, como a veces hacía con la de mi novio. El echó la cabeza hacia atrás como dejándose hacer.

—¿Lo hago bien? —quise saber.

—Perfectamente. Lo haces muy bien, me encanta sentir el calor de tu mano sobre mi polla. Pero ahora quiero que seas buena chica y me la chupes. Supongo que sabrás hacerlo, —me retó.

Yo me quedé un poco paralizada como si me diera miedo realizar algo que, por otro lado, tanto deseaba hacer. Sin embargo, no quería parecer una chiquilla sin apenas experiencia, por lo tanto, me incliné sobre su regazo y sin dejar de masturbarlo acerqué mi boca a esa gruesa verga.

Sentir el olor a hombre en su miembro viril me embriagó, eso me animó a comenzar a insertarla poco a poco en el interior de mi boca. El grosor de su empalmada verga me obligó, forzándome a abrir todo lo que pude la boca hasta casi hacerme daño en mis mandíbulas. Luego poco a poco, comencé a subir y a bajar por el tronco de su polla.

Fueron pocos minutos de libertad. Poco rato después de comenzar a mamársela, pude sentir como Marcos me agarraba de la nuca, obligándome a introducirme su cipote cada vez más adentro.

—¡Así, muy bien putita! ¡Qué bien la chupas! Sin duda vas a ser una buena come pollas. Menuda joyita tiene tu padre en casa —comentó esto último, sin llegar a entender si lo hizo peyorativamente o, por el contrario, lo hizo alabándome.

Yo no podía responder, aun habiendo querido hacerlo a tan ordinarios comentarios, pues tenía su enorme falo insertado en mi boca. Pero he de reconocer, que esas soeces y peyorativas palabras lejos de molestarme, comenzaban a gustarme.

Incluso reconozco que ahora, mientras hago memoria para escribirlas, tengo las bragas empapadas.

Marcos era un hombre muy exigente con sus amantes, y cada vez me obligaba a llegar un poco más abajo. Tanto forzó la situación que llegué a sentir como su glande chocaba contra mi garganta, produciéndome instantáneamente una fuerte arcada.

Yo intenté echar mi cabeza hacia atrás, sin embargo, él me la mantuvo bien sujeta durante unos interminables segundos, en los que llegué a pensar que me ahogaba, sucediéndose las arcadas. Entonces me liberó por fin. Libre ya mi boca de su polla, comencé a coger aire y a toser.

Marcos comenzó reírse, como si todo aquello le hiciera gracia.

—Vamos putita, métela otra vez en tu bonita boca, —me indicó sin darme apenas tiempo a recuperarme.

Me gustó sentirme utilizada, puede que muchas mujeres no entiendan una cosa así. Sin embargo, obedecí encantada y comencé a chupársela de nuevo.

Reconozco que me sentía tan tremendamente puta, que me moría de ganas por subirme en su regazo y comenzar a follármelo. Sin embargo, no me atrevía a llevar la iniciativa, seguí chupándosela durante un buen rato.

En ese momento llegué a notar sus manos agarrándome cada vez más fuerte de la nuca. Me estaba follando literalmente la boca, como hasta ese día nunca había hecho de una forma tan salvaje e incesante, ninguna otra polla.

Llegué a sentir como su cuerpo comenzaba a tensarse, poniéndose rígido sobre el asiento del coche. Escuchando a la vez, como su respiración se incrementaba.

—¡Me corro Olivia! ¡Me corro…! —Exclamó justo en el momento que sentí un primer chorro de lefa caliente, estallando contra mi garganta.

Yo seguí chupando, quería ofrecerle todo el placer que un hombre como él se merecía. Por lo tanto, me dediqué devotamente a recibir cada gota de semen que él expulsaba dentro de mi boca.

Seguí chupando y lamiendo, notando como esa polla iba perdiendo poco a poco dureza y consistencia.

—Para putita, —me indicó agarrándome de mi corta melena rubia, apartándome de él.

Marcos se quedó con la polla flácida y los ojos cerrados durante unos minutos, tiempo que yo aproveché para recoger mi camiseta del asiento de atrás, y ponérmela de nuevo.

—¿Te has quedado con las ganas de sentirla dentro de tu hermoso chochito? ¿Verdad?

—Sí —indiqué, algo frustrada.

—No te preocupes, Olivia. Te follaré como una zorrita como tú se merece. Con tiempo y en una buena cama. Esto solo ha sido para confirmarme lo putita que eres. Ahora te llevaré a casa, es tarde y tengo que pasarme por el bufete. Tengo que hablar con tu padre sobre unos asuntos de trabajo.

—¿Quieres que le diga algo de tu parte? —preguntó bromeando.

Yo negué con la cabeza. Su chanza no me hizo ninguna gracia. En esos momentos cuando todo había terminado, comenzaron a surgirme una serie de dudas.

Estaba ansiosa, me había dejado intencionadamente cachonda como una perrita en celo. Marcos tenía la suficiente experiencia para saber que en lo que yo me sintiera tan excitada, podría hacer conmigo, casi lo que quisiera, y él disfrutaba ese juego incluso más que el propio acto sexual.

—¿Cuándo volveremos a vernos? —Pregunté deseosa de conocer la respuesta.

—¿Todavía no me he ido y ya me estás echando de menos? —interpeló riéndose— No te preocupes, nos veremos pronto. Ahora eres mi putita ¿Tomas la píldora anticonceptiva? —quiso saber.

Yo negué con la cabeza.

—Alex siempre se pone preservativo y hace la marcha atrás. Él siempre dice que es lo más seguro.

—¡Chico prudente! —Exclamó—. Pero con eso solo se asegura no preñarte él. Quieres que te dé una tarjeta de un amigo mío que es ginecólogo. Él puede recetarte unos anticonceptivos que te vayan bien. Lógicamente yo pagaré la consulta.

—No, pediré cita mañana al mío—respondí entendiendo que, a partir de ese momento lo mejor sería que yo misma comenzara a prevenir los embarazos.

Marcos asintió con la cabeza. En ese momento abrió la guantera del coche que estaba a mi lado y cogió algo dentro.

—Toma, límpiate, —me indicó ofreciéndome un paquete de pañuelos de papel.

Media hora después yo entraba en casa, Marcos me había dejado un poco antes de llegar a la puerta. Dándonos antes un último beso de despedida, y recordándome que debía pedir cita al ginecólogo.

—Me gustas mucho, Olivia —expresó justo antes de arrancar el coche y marcharse.

Entré directamente al salón de la planta de abajo, y cogí sobre una de las vitrinas del fondo, un pequeño trofeo que había ganado mi papá en algún torneo de tiro al plato. Está hecho en metacrilato y además tiene una forma cilíndrica, que representa un cartucho de escopeta. Lo guardé en la bolsa de deporte que llevaba colgada del hombro.

Salí de allí y subí las escaleras que conducían hasta la planta superior, donde me encontré de bruces con mi madre, que es ese momento salía de su dormitorio.

—Hola, Olivia. ¿Qué tal entrenamiento? —Me preguntó.

—Bien, —respondí sin detenerme—. Voy a escuchar música un rato a mi habitación.

—Te llamó hace un rato Alex, me pidió que te dijera que lo llamaras —casi me gritó para que pudiera escucharla.

En ese momento rememoré de nuevo la imagen de mi madre en el jardín, hablando unos días antes con Marcos. Volví a recordar los ojos de él hipnotizados, observando los movimientos de Claudia. Me parecía verla sonriendo, sabiéndose deseada, sin importarle que mi padre estuviera allí presente.

«¿Se lo estará follando?» Pensé justo en el momento de entrar a mi habitación y cerrar la puerta. Me hubiera gustado volver a preguntárselo a Marcos, sin embargo, en el fondo temía conocer la respuesta.

Unos minutos más tarde, olvidándome por fin de esa escena, comencé a masturbarme, tal y como había hecho ya muchas veces, con el trofeo de forma fálica de metacrilato.

Todavía a día de hoy, cuando voy de visita a casa de mis padres tantos años después y observo el trofeo expuesto en la vitrina de la sala, no puedo evitar agradecerle los gloriosos momentos que me brindó cuando yo era tan jovencita.

Continuará

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