ALIENHADO

Me equivocaba. Cuando entré en la casa la luz de la cocina estaba encendida y desde la sala de estar llegaba al pasillo el resplandor azulado del televisor. Me asomé y vi a mi tío, mirando la pantalla con semblante serio, su corpachón pecoso hundido en el sofá y los pies sobre la mesita. No se percató de mi presencia así que fui a la cocina. Allí estaba su madre, sentada a la mesa con una taza humeante en la mano. Llevaba su bata floreada ceñida a las abundantes curvas que yo no podría disfrutar esa noche.

—Ah… Hola, cielo —me saludó, con afecto pero sin su habitual alegría.

  Estaba triste, alicaída, y cuando me acerqué para darle un beso en la mejilla pude comprobar que sus bonitos ojos verdes estaban algo enrojecidos, como si hubiese llorado un rato antes. Además, por el olor de su taza supe que estaba bebiendo manzanilla, una infusión que se preparaba cuando le costaba conciliar el sueño.

—¿Qué ha pasado? —pregunté.

  Soltó un largo y trémulo suspiro antes de responder, mirando el contenido de su taza. La bata floreada estaba lo bastante abierta en la zona del escote como para que pudiese atisbar lo que había debajo: uno de sus ligeros camisones de dormir, sin sujetador, lo cual significaba que se había levantado de la cama después de acostarse.

—Tu tío y Bárbara han discutido —dijo. Miró con cautela hacia la sala de estar, pues no quería que su hijo la oyese hablar mal de su nuera—. Por una tontería, como siempre. Ha pegado cuatro gritos, se ha vestido… por llamarlo de alguna forma, y se ha ido en el coche.

  Esta vez fui yo quien dejó escapar un suspiro, o más bien un resoplido de enojo y cansancio. Había sido un día muy largo y agotador, física y mentalmente. Mi primer día como chófer, la demencial experiencia con Klaus y la alcaldesa, la inoportuna visita de mis tíos y la peculiar cita con mi madre, todo ello en menos de veinticuatro horas. Podría haberme desentendido sin más de los conflictos matrimoniales de David y Bárbara, pero no podía irme a la cama y dejar a mi abuela desvelada e intranquila. Le acaricié el brazo y contuve el impulso de acurrucarme entre sus maternales tetazas y dormir durante tres días.

—No te preocupes. Ya sabes que tienen broncas cada dos por tres pero siempre se reconcilian. Volverá dentro de un rato, cuando se le pase el cabreo —intenté tranquilizarla, sin mucho éxito.

—Ya lo se, hijo. Lo que me preocupa es… ya sabes. —Bajó la voz y miró de reojo hacia la sala de estar—. Seguramente estará bebiendo, y estas carreteras de noche son un peligro.

  Tenía razón. Esa borracha descerebrada era lo bastante estúpida como para estampar el potente coche de su marido contra un árbol. Reconozco que a mí también me preocupó esa posibilidad. Aunque me sacase de quicio, Bárbara era de la familia y le tenía cariño, por no hablar de lo mucho que sufriría la sensible pelirroja que sorbía manzanilla sentada frente a mí. Además, ser el hombre de la casa implicaba algo más que meterle el rabo o conducir el coche de su difunto marido. No podía limitarme a esperar que la situación se arreglase sola, como haría mi padre o el huevón de su hermano.

—Cálmate. Voy a hablar con mi tío e iremos a buscarla. Tu acuéstate y descansa, ¿vale? —dije, en tono afectuoso pero firme, El tono de un hombre que se hace cargo de la situación.

—Ay… gracias, tesoro —suspiró, un tanto aliviada, aunque sabía que no estaría del todo tranquila hasta que su nuera volviese—. No se que haría sin ti.

  Me levanté de la silla y miré hacia la puerta para asegurarme de que estábamos solos antes de darle un breve beso en los labios, en los que apareció una dulce sonrisa a pesar de que me apartó de un suave empujón.

—Carlitos… pórtate bien —susurró.

  Dispuesto a portarme bien, salí de la cocina y entré en la sala de estar. Mi tío me saludó con un movimiento de cabeza, sin abrir la boca. Tenía una expresión seria en su rostro pecoso pero no parecía preocupado en absoluto, cosa que me cabreó todavía más. A pesar de las habituales broncas, no se podía negar que su esposa y él estaban hechos el uno para el otro. Me senté en un sillón y lo observé unos segundos, esperando a que dijese algo. Solo llevaba puesto el pantalón corto de un pijama de verano y su atlético cuerpo parecía más pálido de lo habitual bajo el resplandor del televisor, la única luz de la estancia.

—¿Qué ha pasado? —pregunté al fin, impaciente.

—Lo de siempre —respondió, hablando y suspirando al mismo tiempo—. La señora se ha puesto histérica por una gilipollez y se ha pirado.

—Tu madre está preocupada —afirmé. No dije “mi abuela” para sonar más adulto y severo.

—Pues que no se preocupe. Estará en el pueblo tomando algo, y cuando se le pase la pataleta volverá, como siempre —dijo mi tío, con una mezcla de resignación y sorna.

—¿Te da igual que vaya por ahí borracha en ese pedazo de coche? ¿Y si le pasa algo?

—No le va a pasar nada —repuso, quitándole importancia a mis argumentos con un gesto de la mano.

—Deberíamos ir a buscarla en el Land-Rover —propuse, lejos de rendirme.

  Ante mi atónita mirada, mi tío se levantó, se estiró como un enorme y musculoso gato y se dispuso a salir de la habitación.

—Yo me voy a acostar. Tu haz lo que quieras.

—¿En serio? ¡No me jodas! —exclamé, realmente enfadado

—Si voy a buscarla me va a montar una escena de las suyas. Ya me conozco de sobra sus numeritos y no le voy a seguir el juego —dijo, girándose antes de salir por la puerta—. Ya lo entenderás cuando te cases.

  Dicho esto, desapareció por el pasillo y segundos después escuché cerrarse la puerta del dormitorio de invitados.

—Hay que joderse —farfullé.

  Me levanté del sillón, apagué la tele y volví a a cocina. Mi abuela ya no estaba allí. Había seguido mi consejo de acostarse pero sabía que no pegaría ojo hasta que se solucionase la situación, y yo era el único dispuesto a solucionarla. Tomé nota mental para el futuro: no casarme nunca con una alcohólica trastornada ni convertirme en un pelele sin cojones. A pesar del cariño que le tenía a mi tío David (y de ciertas fantasías homoeróticas que no he mencionado pero que sin duda habéis podido intuir), había que reconocer que tenía menos carácter que un flan de vainilla.

  Salí de la casa y entré en la parte trasera del Land-Rover, saqué de su escondite un frasquito de tónico, pasé al asiento del conductor y tras asegurarme de que nadie había salido al porche dejé caer varias gotas en mi lengua antes de guardármelo en el bolsillo. No lo hice pensando en posibles fornicaciones; la breve pero intensa hora de motel con mamá me había dejado más que satisfecho. Simplemente estaba agotado, y no sabía cuanto podía alargarse mi misión de busca y captura. Aunque su efecto más interesante fuese el aumento del deseo carnal, no olvidemos que el milagroso brebaje también tenía efectos revigorizantes y estimulantes.

  A los mandos de mi fiel vehículo, puse rumbo a el bar más cercano, o lo que es lo mismo rumbo al pueblo, atento a las oscura y sinuosa carretera llena de baches. En un tiempo récord, llegué a la plaza y aparqué junto a la iglesia. A pocos metros divisé el coche de mi tío, el inconfundible Audi rojo que su mujer había aparcado tan cerca de unas pilonas de hierro que casi rozaban la flamante carrocería, hecho que añadió aún más combustible a mi mal humor.

  A esa hora, el pueblo estaba desierto y silencioso. Mis pasos enérgicos en el empedrado eran el único sonido en las calles vacías y solo me crucé con un gato callejero que me miró sin interés antes de desaparecer en las sombras para continuar con sus asuntos gatunos. Al acercarme a la fachada de Casa Juan 2 pude ver que la persiana de la única ventana que daba a la calle estaba bajada, impidiendo ver el interior, y la puerta de entrada estaba cerrada, aunque la luz y los sonidos que se filtraban por las rendijas indicaban que había personas dentro. El bar del pueblo rara vez estaba abierto a esas horas, ni siquiera un viernes, y no dudé un segundo quién era la clienta que mantenía el local funcionando en tan desacostumbrado horario.

  La puerta no estaba cerrada con llave, así que entré sin más, y por supuesto allí estaba Bárbara, sentada en un taburete con las piernas cruzadas y un codo apoyado en la barra. Al verla entendí por qué mi abuela había dicho “ se ha vestido… por llamarlo de alguna forma”. Llevaba una falda verde lima tan corta que, en esa postura, no ocultaba el comienzo de sus nalgas, ni por supuesto toda la longitud de las tostadas piernas. De cintura para arriba solo llevaba un top amarillo de tirantes que dejaba el ombligo al aire y se ceñía al considerable volumen de sus tetas, poniendo de manifiesto la ausencia de sostén. Tal vez no se había preocupado por vestirse con un mínimo de recato en el calor de la bronca con su marido pero, eso sí, no había olvidado calzarse unos buenos tacones. Las sandalias rojas, con pequeñas hebillas doradas en el tobillo y el empeine, añadían varios centímetros a su estatura y le permitían lucir las cuidadas uñas de sus pies, pintadas de blanco. Remataba el conjunto un llamativo coletero fucsia que recogía su cabellera negra en una gruesa coleta, más cerca de la coronilla que de la nuca, que caía con gracia hasta la espalda y se agitaba hasta con el más leve movimiento de su cabeza.

  Esa noche, mi tía no habría desentonado mucho en el sórdido barrio que había visitado esa misma tarde con su cuñada. Con tan suculento aspecto, era de esperar que hubiese atraído a algún varón incauto, alguien que la invitase a copas y la escuchase hablar de sí misma, su tema de conversación favorito, con la esperanza de bajarle las bragas (si es que llevaba). No era uno ni dos, sino tres los babeantes depredadores (o eso pensaban ellos) que la rodeaban.

  Frente a ella estaba sentado, también acodado en la barra y con las piernas tan cerca de las suyas que casi se tocaban, nada menos que Manolo, hijo de Don Jacinto y marido de Sandra. Era un tipo de treinta y pocos años, estatura media, ancho de espaldas, con unas grandes y frondosas cejas sobre sus pequeños ojos en los que brillaba la maliciosa astucia de la gente de campo. No sabía si estaba al tanto de que a su mujer se la había follado varias veces el tonto del pueblo, pero a juzgar por cómo miraba a mi tía era evidente que el hijo del estanquero estaba más que dispuesto a cometer adulterio.

  Muy cerca, en otro alto taburete, se sentaba un joven poco mayor que yo, alto, flaco y algo desgarbado. Tenía el pelo ensortijado y resultaba evidente su ascendencia árabe, probablemente marroquí. En su rostro, bastante atractivo, destacaba una ancha sonrisa y dos grandes ojos marrones. Vestía unos tejanos con manchas de tierra y una descolorida camiseta del F.C. Barcelona. Supuse que sería uno de esos jornaleros sin papeles que se movían por las zonas rurales a merced de latifundistas explotadores que sacaban partido a su necesidad. No era la primera vez que veía a uno de ellos en el pueblo, y este en concreto miraba a la mujer que tenía delante como un nómada sediento miraría un incitante oasis. Me habría gustado hablar su idioma para advertirle que se encontraba frente a una vulgar calientapollas y que no se hiciera ilusiones.

  El tercer hombre era Pedro, el dueño del local, de quien ya os hablé brevemente. Un cincuentón calvo y orondo, de frondosa barba y nariz gruesa con tendencia a enrojecer, rasgos que le hacían parecer un gnomo de tamaño humano. Estaba detrás la barra, sin quitarle ojo a su llamativa parroquiana, con el habitual trapo amarillento colgado del hombro. En el bar no había nadie más. Solo estaban encendidas las luces que iluminaban la barra, creando una atmósfera íntima y neblinosa debido al humo del tabaco. La televisión estaba apagada y en un transistor sonaban Los 40 Principales, una emisora que en 1991 aún se podía escuchar sin que te entrasen ganas de pegarte un tiro en cada oreja.

—¡Hombre, Carlos! Pasa, hombre, pasa —exclamó el barman. Me habló en el tono amable y animado de siempre, pero no se me escapó una ligera tensión en su rostro, como si lo hubiese sorprendido haciendo algo indebido.

  Mi tía Bárbara se giró hacia mí y me miró de arriba a abajo, con una sonrisa maliciosa y sus oscuros ojos rasgados formando dos estrechas rendijas. Sostenía en una mano un vaso de tubo lleno hasta la mitad de lo que debía ser vodka con refresco de naranja, su bebida favorita. No parecía estar borracha, aunque hablaba más alto de lo necesario (cosa que también solía hacer estando sobria) y su lengua tropezaba con algunas consonantes. En teoría, había dejado de fumar hacía meses, pero sujetaba entre los dedos de su otra mano un cigarrillo al que pegó una larga calada antes de saludarme. Eso invocó a mi propia adicción, saqué mi paquete de Lucky del bolsillo y me encendí un piti sin dejar de mirarla, sonriendo con toda la cara excepto con mis ojos, que taladraron los suyos como dos rayos láser.

—¡Carlitos! ¿Pero qué haces aquí? —preguntó, fingiendo que se alegraba de verme.

—Me apetecía una cervecita antes de ir a dormir —dije, soltando humo por mi eminente napia—. Pedro, ¿me pones un tercio?

—Claro, hombre. Marchando un tercio fresquito.

  El botellín apareció en la barra frente a mí, Pedro lo destapó con un hábil movimiento de muñeca fruto de décadas de práctica y eché un largo trago. No había bebido nada desde el refresco del cine y la gélida birra me supo a gloria. Bárbara también sorbió su combinado y su coleta se balanceó cuando se volvió de nuevo hacia sus acompañantes, sin girar del todo el cuerpo.

—Chicos, este es mi sobrinito Carlos —me presentó, señalándome con la mano del cigarro, gesto que hizo caer ceniza al suelo—. Te presento a mis amigos. Éste es Manolo.

—Ya nos conocemos —dije, procurando no sonar cortante.

—Sí, es verdad. ¿Qué tal tu abuela? —preguntó el hijo del estanquero. Consiguió apartar unos segundos los ojos del cuerpo de mi tía para mirarme.

—Está bien —dije, sin intención de añadir nada más.

—Y este chico tan guapo es Mohamed —continuó ella con las presentaciones.

  Al escuchar su nombre, el joven sonrió y asintió, mirándome. Me tendió la mano y la estreché, educado. A pesar de su delgadez noté por su apretón que estaba fuerte, sin duda debido al duro trabajo en el campo. Nunca he sido especialmente racista, pero me dije que debía tener cuidado con el marroquí. No lo conocía de nada, no sabía cuales eran sus intenciones y estaba claro que podía pegarme una paliza si se lo proponía.

  Reparé en que todos estaban bebiendo. Tanto Manolo como Mohamed sostenían sendos vasos de tubo, y Pedro se estaba apretando un wiskazo con hielo. La improvisada fiesta no debía haber empezado hacía mucho pues ninguno daba señales de embriaguez.

—Dime la verdad —dijo Bárbara, bajando un poco la voz e inclinándose hacia mí—. Te ha mandado tu tío a buscarme, ¿a que si?

—Nadie me ha mandado nada. He estado en mi barrio con los colegas y quería tomarme la penúltima antes de llegar a casa. No sabía que estabas aquí —expliqué.

  Pensé que lo mejor era tomármelo con calma. Si le decía que había ido a buscarla por iniciativa propia se burlaría de mí, seguiría a lo suyo y tendría esperar a que el alcohol la tumbase o regresar sin ella a la parcela. Si intentaba sacarla por la fuerza, montaría un escándalo, y probablemente tendría que enfrentarme también a los tres buitres que la acechaban. Di otro trago a la cerveza y me dispuse a esperar. Confiaba en que mi presencia la incomodase y decidiese por sí misma volver con su marido.

  Me equivocaba. Ignorándome por completo, casi dándome la espalda, Bárbara continuó zorreando con sus tres admiradores, que devoraban con los ojos su curvilíneo cuerpo cada vez con mayor descaro. Reía de forma escandalosa, bebía con ansia y meneaba al ritmo de la música una de sus piernas, cruzada sobre la otra. Pedro era el único que de vez en cuando apartaba los ávidos ojos de su escote, del cual tenía una inmejorable vista desde detrás de la barra, y me prestaba algo de atención.

—He oído que eres el nuevo chófer de la alcaldesa —comentó.

—Pues si, ya ves. Mi abuela le dijo que estaba en paro y me ofrecieron el curro.

—Yo me la follaba sin dudarlo —confesó el barman, animado por el whisky y cachondo como un mono por culpa de su clienta.

—¿A quién? —pregunté. Por un momento pensé que se refería a mi abuela y me dieron ganas de estamparle el botellín en la cabeza,

—Pues a la alcaldesa, hombre. Está muy bien para su edad —aclaró Pedro.

—Si, no está mal. Hace bastante ejercicio y se cuida mucho —dije.

—Aunque se comenta que es…

  No pude saber lo que se comentaba sobre la señora alcaldesa pues Bárbara interrumpió al barman, girándose en el taburete. Había detectado una conversación que no giraba en torno a ella y no estaba dispuesta a consentirlo.

—¿De quién habláis? ¿A quien te follabas sin dudarlo, Pedrito? —preguntó, en tono burlón.

—A la alcaldesa —respondió el interpelado.

—¿A esa momia? ¿En serio? —exclamó mi tía, haciendo una exagerada mueca de incredulidad.

—Se conserva bien. Yo creo que está buena —intervine, defendiendo a mi jefa.

  Bárbara soltó una estridente carcajada y Manolo la imitó medio segundo después. Mohamed también rió, aunque dudo que entendiese la mitad de lo que estábamos diciendo.

—Debéis de andar muy necesitados para querer tiraros a esa vieja —se burló mi tía, antes de girarse de nuevo.

  Me limité a sonreír ante su impertinencia. Pedro se apartó de mi y regresó a su posición original, uniéndose a una animada discusión llena de risas y comentarios picantes. El barman se relamía de tanto en cuanto, mirando el generoso escote. El joven extranjero la observaba con más disimulo, pero su perpetua sonrisa tenía un evidente matiz de lujuria, y un alargado bulto se marcaba en la pernera de su sucio pantalón. Manuel era sin duda el que estaba más verraco. Sus ojos brillaban de puro deseo bajo las espesas cejas y cada vez se acercaba más a ella. Llegó a acariciarle la pierna un par de veces, a lo que mi tía respondía apartándole la mano y haciendo alguna broma, encantada por ser el centro de atención, orgullosa por la sudorosa adoración de aquellos tres machos.

  Yo intentaba disfrutar de mi cerveza apoyado en la barra, a cierta distancia de ellos pero sin perder detalle de lo que hacían. Sabía que mi tía no tenía intención real de follar con ninguno de ellos, solamente se divertía calentándolos y disfrutaba de los halagos que alimentaban su insaciable ego. La había visto hacerlo varias veces, incluso delante de su marido, en comidas familiares fuera de casa, bodas y eventos similares, con camareros, parientes lejanos o desconocidos. Cuando se tomaba una copa de más, lo cual ocurría a menudo, llegaba a coquetear con mi padre en las narices de su hermano y su cuñada, quienes se lo tomaban a broma aunque en el fondo no les hacía ni puta gracia. Era una calientapollas de manual, un tipo de mujer que siempre he detestado.

  El tónico ya operaba a pleno rendimiento en mi organismo. El cansancio había desaparecido y me sentía con fuerzas para pasar toda la noche en vela. Gracias a mi madre, que me había vaciado los huevos dos veces, los efectos secundarios fueron leves: mi polla estaba tranquila y morcillona, relativamente saciada pero expectante. Cada carcajada o vulgaridad de Bárbara me cabreaban más, y fantaseaba con mil y una formas de castigarla por su mal comportamiento, por disgustar a mi abuela, por faltarle el respeto a mi tío y provocar comentarios maliciosos en el pueblo, y hasta por tomarle el pelo a esos tres gañanes, dándoles esperanzas de que mojarían el churro mientras ella bebía gratis y se pavoneaba.

  Ya fuese por mi natural perversidad o porque el tónico enredaba con mis neuronas, una de esas fantasías cristalizó en un plan no muy difícil de llevar a cabo. Un plan que era una pésima idea y que habría descartado de no ser porque mi cansado y tonificado cerebro no funcionaba como debiera. Cuando el último trago de su copa desapareció entre los carnosos labios de mi tía, supe que era el momento de intentarlo. Los vasos de los demás también estaban casi vacíos y era obvio que tenían intención de prolongar la velada.

—¿Otro cacharrito, Pedrito? —dijo Bárbara, agitando el vaso vacío frente al barman y dedicándole una pícara sonrisa.

  Por si alguien no está familiarizado con el término, “cacharro” es una forma coloquial de llamar a los cubalibres u otros combinados parecidos en algunas zonas de España.

—Claro que sí, guapísima —respondió Pedro, guiñándole un ojo—. Otra ronda para todos. Invita la casa.

—Un momento… ¿Queréis probar algo distinto? —dije yo, cuando el generoso propietario ya se disponía a hacer su trabajo—. Tengo un amigo que está haciendo un curso de barman en la ciudad, y me ha enseñado a hacer un par de cócteles muy buenos.

  Pedro me miró con una ceja levantada, algo molesto por mi intención de hacerle la competencia. Los otros dos hombres tampoco parecían muy convencidos por mi inesperada propuesta, pero como se suele decir tiran más dos tetas que dos carretas, y fue la única fémina del lugar quien decidió.

—¡Ay si! Me encantan los cócteles raros. Haznos uno, Carlitos.

  De inmediato los tres machos cambiaron de opinión, ansiosos por complacer a el potencial receptáculo de esperma que tenían delante. Un colaborador Pedro me indicó dónde estaba cada bebida y bajó de un estante una polvorienta coctelera plateada.

—Lávala bien. Hace años que no la uso. La gente de por aquí no es muy de cócteles.

  Seguí su consejo y me puse a mirar y seleccionar distintas botellas, colocándolas en el estrecho mostrador tras la barra, dándole la espalda a los demás, quienes habían vuelto a su deslavazada conversación. No tenía ni pajolera idea de coctelería, como ya habréis adivinado, ni ningún amigo que estudiase para emular a Ton Cruise en la famosa película Cocktail. Arrojé varios cubitos de hielo en el vaso plateado e hice una pausa. Saqué el paquete de tabaco y aproveché para extraer con disimulo el frasquito de tónico, que guardaba en el mismo bolsillo. Encendí un cigarro, vacié el frasco en la coctelera rápidamente, tras asegurarme de que nadie miraba, y volví a meter en mi bolsillo el tabaco junto con el frasquito vacío. Después improvisé, lanzando al recipiente chorros de diferentes licores y un botellín de zumo de piña. Con semejante mejunje era imposible que alguien detectase el peculiar sabor del tónico. Lo agité bien y lo serví en cuatro vasos con hielo. Tenía un color anaranjado no del todo desagradable y olía muy bien, pero resistí la tentación de probarlo. Yo ya tenía en el cuerpo la pócima del Dr. Arcadio Montoya y no quería tentar a la suerte.

  Los cuatro probaron la bebida casi al mismo tiempo. Por supuesto, antes de opinar esperaron la reacción de Bárbara, quien le dio un breve trago, lo paladeó ruidosamente y adoptó una expresión de sorpresa.

—¡Pero qué bueno está! —exclamó, antes de dar un segundo y abundante trago—. Me encanta. Es muy… tropical.

  Como era de esperar, los tres hombres le dieron la razón. Manolo alabó mi habilidad, Mohamed sonrió y me levantó el pulgar, y Pedro me palmeó la espalda. Eso me animó a regodearme un poco en mi astuto plan.

—Se llama… Sexo en la playa —afirmé, mientras regresaba a mi lugar fuera de la barra con un segundo botellín de birra.

Obviamente, ninguno de aquellos cuatro catetos había probado nunca el auténtico Sex on the Beach (yo tampoco, dicho sea de paso), y creyeron que mi improvisada mezcla era el famoso cóctel. Por supuesto, mi tía reaccionó al nombre de la bebida con etílicas carcajadas.

—Pero qué picarón, sobrino. No será afrodisíaco, ¿eh?

—Creo que no. Pero quién sabe —dije. Ninguno de los presentes podía sospechar el motivo de mi taimada sonrisa.

  En pocos minutos volvieron a ignorarme por completo, bromeando, hablando a gritos y trasegando el cóctel trucado. No se percataron cuando fui hasta la puerta del local y eché el cerrojo, para evitar interrupciones inoportunas, cosa muy poco probable en aquel pueblo a esas horas de la noche. Volví a mi lugar y observé en silencio, dando breves tragos a mi botellín y fumando con aparente calma. A pesar de que no era la primera vez que experimentaba mezclando el tónico con alcohol, no sabía lo que podría pasar. Con mi abuela había dado un buen resultado, con el cura del pueblo había sido desastroso y con mi madre una mezcla de ambas cosas, ya que fue excelente en el aspecto sexual pero la puso muy nerviosa y agresiva. Allí tenía a cuatro especímenes muy distintos y sus reacciones también podrían serlo.

  A medida que pasaba el tiempo fui observando cambios más o menos sutiles. Pedro, apoyado en la barra, hablaba menos y de vez en cuando bajaba una mano a la entrepierna para acomodarse el paquete, un gesto que los demás no podían ver. Su cara de gnomo bonachón se transformaba poco a poco en la de un sátiro barbudo. Manolo, el más lanzado de los tres desde el principio, ya no disimulaba en absoluto sus intenciones. Se había acercado a su presa tanto como le permitía el taburete y le acariciaba el muslo o el brazo siempre que tenía ocasión, mirándola de arriba a abajo con ojos de auténtico depredador. Mohamed era el más discreto. También miraba sin recato el cuerpo de la hembra, con su barra de carne marcada en la pernera del pantalón, pero solo le acariciaba con cautela la pantorrilla de vez en cuando, ya que debido a la postura de mi tía le quedaba al alcance de la mano.

  En cuanto a Bárbara, su voz se volvió menos estridente y más insinuante. Continuaba apartando las manos de Manolo, pero cada vez tardaba más en hacerlo y apenas se quejaba. Cualquier espectador habría podido ver que el inocuo flirteo se estaba convirtiendo en los preámbulos de algo menos inocente. El punto de inflexión lo marcó quien menos me esperaba: la radio en la que sonaban Los 40 principales. De repente, mi tía enderezó la espalda e hizo una mueca de ebrio entusiasmo al reconocer una melodía.

—¡Aaah! ¡Me encanta esta canción! —exclamó, bajándose del taburete—. Sube el volumen, Pedrito.

  El barman obedeció, y los pequeños altavoces del transistor llenaron el local con las notas de una canción muy popular en ese año: Ella es un volcán, del grupo español La Unión. Bárbara se apartó de la barra, contoneándose sobre los altos tacones. Al verla de pie pude apreciar de verdad lo corta que era su falda. Solo tenía que inclinarse un poco hacia adelante para dejar al descubierto el comienzo de las redondeadas nalgas. Puede que esto suene algo machista, pero no entendía que mi tío permitiese a su mujer vestirse de esa forma. Tal vez le excitaba que otros hombres la mirasen con deseo, aunque conociendo al hermano de mi padre lo más seguro es que simplemente no pudiese evitar que se vistiese como una buscona cuando le viniese en gana, como no podía evitar que llevase bikinis minúsculos delante de su familia o que flirtease con cualquier hombre que se le pusiera por delante.

  La susodicha esposa se puso a bailar cerca de una mesa, lo bastante lejos de su público como para que pudiesen apreciar la actuación. Su voluptuoso metro sesenta y cinco comenzó a moverse sobre los tacones, al principio despacio, con los ojos cerrados y tarareando la casualmente adecuada letra de la canción.

…ella ella ella es un volcán

es ardiente siempre quiere más

mi nena sabe bien

lo que me gusta más…

  Los tres hombres la devoraban con la mirada, encantados con el inesperado espectáculo. Yo no pude evitar sonreír, satisfecho por el rumbo que estaba tomando la situación. Sabía que a Bárbara le encantaba bailar, y no me sorprendió demasiado su actitud.

—¡Qué bien te mueves, hermosa! —jaleó Pedro.

  Mohamed asintió, sonriente, y marcó el ritmo de la canción golpeándose el muslo. La cara de Manolo era la imagen misma de la anticipación, como si el baile fuese solo para él.

...mi Mami no quiere verme

con mujeres como tú

sé lo que dice la gente…

  A medida que avanzaba la canción, los movimientos de la bailarina se volvían más enérgicos y sensuales. Movía las caderas ondulando todo el cuerpo, remedando una tosca pero efectiva danza del vientre que obviamente hizo aplaudir y silbar a su espectador marroquí. Levantó los brazos sobre la cabeza, lo cual hizo elevarse sus grandes tetas, que se apretaron contra la tela amarilla. La prenda era tan corta que al subir dejó a la vista la parte inferior de las pesadas mamellas, lo que se conoce como underboob y que yo suelo llamar “escote australiano”, ya que muestra el hemisferio sur de los pechos.

—Quítatelo, Barbi. No seas tímida —dijo Manolo, que se había sentado de espaldas a la barra con las piernas separadas.

—¡Que se lo quite, que se lo quite…! —coreó Pedro, hambriento de más carne.

  Mohamed dio palmas al ritmo del cántico y adoptó la misma postura que el hijo del estanquero, asegurándose de que “Barbi” pudiese ver el bulto de su entrepierna.

…ella ella ella es un volcán

ella ella ella es un volcán

en erupción…

  Mi tía se lo pensó unos segundos, y amagó con quitarse la prenda varias veces para provocar, mirando a su público con coquetería. Sus ojos de indígena amazónica eran dos rendijas negras y los suculentos labios se curvaban en una traviesa sonrisa. Por un momento pensé que no lo haría, pero lo hizo. El subidón que le causaba ser el centro absoluto de atención, unido tal vez a los efectos del ingrediente secreto del cóctel, la llevaron a sacarse el top por la cabeza y lanzarlo hacia su público, quien estalló en vítores y aplausos. Fue Pedro quien atrapó la prenda al vuelo y se la llevó a la cara para aspirar con fuerza su olor, con los ojos febriles y gruñendo. El hijoputa estaba más caliente que el palo de un churrero.

—Esto no lo ves en tu país, ¿eh, Moha? —dijo Manolo, dándole una amistosa palmada en el hombro al embelesado marroquí.

  Reconozco que hasta yo solté una exclamación admirativa cuando los pechazos de mi tía quedaron al descubierto, pendulando suavemente al ritmo de su baile. A pesar de las muchas veces que la había visto en bikini, no me había percatado hasta que punto eran grandes y bonitos, con esas anchas curvas y grávidas redondeces que solo tienen las tetas naturales. Además, nunca había visto las grandes y oscuras areolas, ni los apetecibles pezones, duros y tiesos como botones de trenca. Mi verga cabeceó bajo mis pantalones de chándal, pero la mantuve bajo control. El espectáculo debía continuar, y yo no era uno de los actores principales. Al menos no tenía intención de serlo en ese momento.

  La repetitiva canción del volcán y su puta madre terminó por fin y comenzó otra. Os diría el título pero mi memoria no da para tanto. Lejos de interrumpir su baile, mi tía incrementó el vulgar erotismo de sus movimientos, atreviéndose con lances propios de las strippers profesionales, que ejecutó con aceptable habilidad. No recuerdo si en 1991 ya existía el término “perreo”, pero no se puede calificar de otra manera a su forma de sacudir las nalgas, con las manos en las rodillas, tanto que la ajustada falda se deslizó hasta la mitad de los cachetes. Su larga coleta se agitaba, y la hacía saltar a un lado y otro con rápidos movimientos de cabeza. Estaba entregada, casi en un trance alimentado por los silbidos, palmadas y obscenidades que le llegaban desde el escaso pero entusiasta público.

  Entonces se produjo otro punto de inflexión en la extraña velada. Sin que nadie se lo pidiese, con la mirada perdida y los labios entreabiertos, se bajó la falda hasta los tobillos, con las piernas rectas y los tobillos juntos, haciendo que su bronceado trasero adoptase esa forma de melocotón capaz de levantársela a un muerto. Debajo llevaba la parte inferior de un bikini. Un tanga que solo tapaba el pubis y el toto, dejando a la vista la totalidad de las redondas nalgas, que recordaban a las de una mulata brasileña debido al intenso bronceado y las exuberantes formas. Usando el pie, lanzó la faldita al otro extremo del pequeño local y continuó con su caribeño baile, cada vez más obsceno y chabacano.

  Miré a los tres hombres y comprobé que estaban como el agua a noventa y nueve grados, a punto de ebullición. Los tres se habían terminado la bebida y miraban fijamente el cuerpo de mi tía, sin perder detalle de sus lúbricas contorsiones. Detrás de la barra, Pedro se colocaba el paquete tan a menudo y durante tanto rato que llegué a pensar que se estaba pajeando. Se pasaba la lengua por los labios constantemente y tenía la frente cubierta de sudor. Manolo también se amasaba la entrepierna, con prepotente descaro, convencido por algún motivo de que era el macho alfa en aquella pequeña y sórdida manada.

  Sin embargo, fue el joven Mohamed quien tomó la iniciativa. Con los labios congelados en una sonrisa entre bobalicona y lasciva, los ojos enrojecidos por el alcohol y el humo y una erección que ya no pasaba desapercibida a nadie, se levantó del taburete y se puso a menearse torpemente detrás de Bárbara, quien recibió con una sonrisa a su espontáneo compañero de baile. Sin dejar de contonear las caderas, le apoyó los brazos en los hombros para que le viese bien las tetas, cosa que el joven hizo sin cortarse, y después se giró y le frotó el paquete con el culo, perreando como… Pues eso, como una perra en celo.

  Pedro salió de detrás de la barra y se acercó despacio a la pareja. A pesar de la prominente barriga, podía percibirse también su erección en los pantalones, más discreta que la de Mohamed pero igualmente pujante. Manolo también se levantó, y para mi sorpresa se acercó a mí, apoyándose en la barra para hablarme en voz baja.

—Oye, Carlos. Igual va siendo hora de que te vayas, ¿eh? —me sugirió. El tono era amistoso pero con un matiz amenazante que no se me escapó.

—¿Por qué voy a irme? —pregunté, sin dejarme amedrentar.

—A ver, chaval… Vamos a follarnos a tu tía. Eso está claro. A lo mejor no pintas nada aquí, digo yo.

—Haced lo que queráis, no le voy a decir nada a mi tío, pero no pienso dejarla aquí sola —afirmé, mirando fijamente a los ojos al cornudo hijo del estanquero.

  Pensaba que el tipo insistiría o se pondría agresivo, pero curiosamente el racismo acudió en mi ayuda. Manolo miró de reojo a Mohamed, que se rozaba con la bailarina y le acariciaba el cuerpo con cierto respeto, sin meterle mano ni sobarle las tetas.

—Te entiendo. Yo tampoco me fío mucho del morito —dijo, refiriéndose al joven con una mueca de asco—. Lo habríamos echado hace ya rato, Pedro y yo, pero a tu tía parece que le ha caído en gracia. En fin… Si quiere pegarle un pollazo que se lo pegue, ¿no? ¿A ti que te parece?

—Me da igual quién se la folle, pero no le dejéis marcas ni le hagáis daño, que tengo que llevarla a casa de una pieza.

—Tranquilo, hombre, que no somos salvajes. Y si el moro intenta algo raro le damos de hostias y a la puta calle.

  Dicho esto se dio media vuelta y se acercó a donde se desarrollaba la acción. Pedro se había decidido a hacer algo más que mirar y disfrutaba de las tetazas de su clienta, amasándolas a dos manos y chupando los pezones con fruición. Mohamed se había quitado la camiseta, revelando un fibroso torso en el que se marcaba cada músculo bajo la piel morena. El joven perdía por momentos el respeto y sus largos dedos hurgaban bajo el bikini mientras le besaba el cuello y los hombros. Mi tía había dejado de bailar y estaba casi inmóvil, consciente por primera vez de las consecuencias de su zorreo. No dejaba de sonreír pero cuando Manolo comenzó también a toquetearla pude ver un destello de miedo en sus ojos.

—Chicos… os estáis pasando de la raya, ¿no? —dijo. Su voz temblaba un poco e intentó sin éxito apartar al barman de su pecho.

  Los chicos no respondieron. Continuaron magreándola y muy pronto salieron a relucir las vergas. Como sospechaba, Mohamed era el típico flaco con pollón, un pincho moruno largo, moreno y cabezón, un poco curvado hacia abajo. La de Manolo era de tamaño medio, tronco recto y venoso y glande de aspecto agresivo. El instrumento de Pedro concordaba con el resto de su anatomía, no muy largo pero bastante grueso. Al verse rodeada por esas tres hambrientas culebras Bárbara abrió mucho los ojos y su sonrisa desapareció.

—Vamos a ver… Sabéis que estoy casada, ¿no? Mi marido…

  No terminó la frase. Soltó un grito ahogado cuando Manolo le arrancó el tanga de un tirón, dejando a la vista la perfectamente recortada franja de vello negro que tenía en el pubis. Yo me moví a lo largo de la barra, sin acercarme a ellos, para tener una mejor vista del espectáculo. Pude ver el largo dedo corazón de Mohamed entrando en su raja y saliendo brillante por los fluidos, mientras su pollón se rozaba contra las temblorosas nalgas. Pedro continuaba dándose un festín de tetas, resoplando como un toro, y se la meneaba muy despacio.

—¿Ahora te acuerdas de tu marido, perra? —dijo manolo, con voz ronca y burlona, antes de agarrarle con fuerza una nalga.

  En ese momento mi tía recordó mi presencia, me miró con aire suplicante y su carnoso labio inferior tembló un poco.

—Carlos… Carlos, joder…

—A mí no me mires —dije, acodado en la barra sin intención de moverme.

  Mi sonrisa maliciosa hizo que apretase los labios y me fulminase con la mirada, consciente de que no pensaba ayudarla. Intentó revolverse y apartarse de los tres hombres pero fue inútil. Mohamed la sujetó por la cintura, Pedro le agarró los brazos y Manolo, quien a todas luces llevaba la voz cantante, apresó su rostro con la mano y la obligó a mirarle.

—¿Donde vas, guapa? Llevas toda la noche calentándonos y no te vas a ir sin por lo menos hacernos una mamadita, ¿estamos? —dijo el hijo del estanquero, con la nariz rozando la de la indefensa mujer.

—Eso es —añadió Pedro, con la voz entrecortada por su fuerte respiración—. Además, tienes que pagar las copas que te has tomado, y no veo que lleves dinero encima ¡Ja ja!

  Los otros dos también rieron y colaboraron amistosamente para obligar a Bárbara a agacharse. Una vez en cuclillas, con las piernas flexionadas y las nalgas apoyadas en los talones, las tres vergas quedaron más o menos a la altura de su rostro. No pudo evitar un gesto de sorpresa al ver la del marroquí, que palpitaba en el aire a dos palmos de su boca. El joven se la agarró y dio unos golpecitos con el hinchado glande en las mejillas de mi tía, quien intentó apartar la cara con una mueca de asco y rabia.

—Chupa… Chupa, venga. —ordenó el norteafricano, demostrando su dominio del español.

—No te hagas de rogar, preciosa. Vas a hacerlo si o si —dijo Manolo.

—Cabrones… Os voy a denunciar —amenazó ella, al borde del llanto.

—¿Ah si? ¿Y le vas a decir al juez que te has despelotado delante nuestra y le has restregado al moro el culo en el paquete? —se burló Pedro, con una malicia que nunca había visto en el amable tabernero.

—Hijos de puta… Solo estaba bailando.

—¿Solo bailando? Espera, que tenemos un testigo. —Manolo giró la cabeza hacia mí, con aire de perversa complicidad— ¿Tú que opinas, Carlos? ¿Estaba solo bailando?

—Lo siento, tita. Tienen razón —sentencié, fingiendo seriedad.

  Bufando de rabia, terminó por resignarse y separar los labios cuando Mohamed intentó de nuevo metérsela en la boca. En cuanto saboreó la exótica carne comenzó a relajarse poco a poco, la dejó entrar en su boca hasta la mitad y chupó con maestría moviendo la cabeza adelante y atrás, con los ojos cerrados. Poco después los abrió para localizar las otras dos pollas, que no estaban muy lejos, y agarró una con cada mano, gesto que sus dueños recibieron con gusto. Dedicó un buen rato al manubrio del marroquí, lamiéndolo en toda su longitud, succionando la punta y sorbiendo ruidosamente su propia saliva mezclada con el presemen. El joven estaba encantado, mirando hacia abajo con la misma sonrisa de siempre. Se emocionó tanto que en un momento dado le sujetó la cabeza con ambas manos e intentó follarle la garganta, cosa que podía hacer fácilmente gracias a la longitud de su miembro.

  Bárbara pudo aguantar poco más de la mitad. Dio una arcada, soltó las pollas de los otros dos y apartó la cara para toser y escupir. Me divertí, y sentí cierto orgullo, al comprobar que mi abuela era la única mujer de la familia capaz de encajar un rabo en su profunda garganta.

—Joder… No hagas eso… —se quejó mi tía, entre toses.

—Relájate, chaval. Como la hagas vomitar limpias tú el suelo —advirtió Pedro.

  Como si quisiera castigar al joven por su atrevimiento, Bárbara giró un poco sobre sus tacones y encaró el cipote de Manolo, que le quedaba justo a la derecha. Le escupió en el capullo y lo chupó deprisa, casi con ansia, mientras pajeaba rápidamente a los otros dos.

  Durante los siguientes quince o veinte minutos observé, admirado, la habilidad de mi tía. No sabía si era la primera vez que tenía que complacer a tres machos al mismo tiempo, pero desde luego sabía como hacerlo. Siempre en cuclillas, sin tocar el suelo con las rodillas ni quejarse por la exigente postura, su hábil boca pasaba de una polla a otra, mamando y lamiendo sin descanso cada una de ellas durante periodos de tiempo similares, mientras sus manos masturbaban con destreza a las otras dos usando como lubricante su propia saliva, que parecía inagotable. Los tres tipos suspiraban, resoplaban y gruñían, inclinándose de vez en cuando para sobarle las tetas. El espectáculo me estaba poniendo a cien y tuve que contenerme para no bajarme los pantalones e incluir mi salchichón en el menú de la insaciable comepollas.

  Bárbara hizo una pausa para tomar aliento y descansar la mandíbula, dolorida especialmente por el inusual diámetro de Pedro, que a duras penas le entraba en la boca. En ese momento Manolo la agarró del brazo y la obligó a levantarse, mirándola a la cara con un rictus de intensa malicia. Conociendo a su esposa, la antipática Sandra, no pude evitar preguntarme cómo sería un día normal en la vida de aquel matrimonio, y qué pasaría si cada uno llegase a enterarse de que el otro le ponía los cuernos.

—¿Qué pasa? ¿No lo estoy haciendo bien?

  La actitud de mi tía era desafiante y socarrona. Pensaba que había recuperado el control de la situación y ya no mostraba miedo o inseguridad.

—Lo estás haciendo muy bien, guapa. Tan bien que como premio te voy a follar —afirmó Manolo, secundado por las perversas risitas de sus compañeros.

—¿Qué? De eso nada. Os la chupo y ya está. Ese era el trato —se quejó ella, de nuevo enfadada.

—¿Qué trato ni que hostias? Que yo sepa no hemos hecho ningún trato. —Manolo giró la cabeza de nuevo hacia mí— ¿Hemos hecho algún trato, Carlos?

—No. Ninguno —dije, sin dudarlo un segundo.

—Ya hablaremos tú y yo… Carlitos —me amenazó Bárbara, pronunciando el diminutivo como si fuera un insulto.

  Solté un par de carcajadas y le di un buen trago a mi cerveza. Manolo le hizo un gesto a sus dos compañeros, quienes sujetaron a la mujer por los brazos y la levantaron hasta sentarla en el borde de una mesa. Ella forcejeó, chillando e intentando darle una patada al marido de la estanquera, quien le agarró los tobillos, la obligó a separar las piernas y la penetró sin más ceremonias. El tipo llevaba los pantalones por los tobillos y pude ver sus pálidos glúteos contrayéndose con cada enérgica embestida, a las que mi tía reaccionaba con breves gritos que pronto se transformaron en gemidos. Por mucho que fingiese resistirse, a ella también le había hecho efecto el tónico y aquello estaba lejos de ser una violación. Sobra decir que, si realmente lo hubiese sido, la habría ayudado aunque me hubiesen molido a palos. Puede que Bárbara me cayese mal pero no soy tan hijo de puta.

—Uff… Tienes la almeja chorreando, zorra… ¿A quien quieres engañar, eh? —dijo Manolo, dándole cada vez más duro.

—No… No te corras dentro… O te juro que… —jadeó ella.

—Tranquila. Para eso ya tengo el coño de mi mujer. A ti te voy a dar cremita en la cara… ¿O prefieres tragártelo? Tienes pinta de ser de las que se lo tragan, perra.

—Cerdo… Cabronazo… Hijo de…

  A pesar de los insultos, no podía negar que estaba disfrutando con cada una de las fuertes embestidas. Pedro y Mohamed la soltaron y quedó tumbada sobre la pequeña mesa, con la cabeza casi en el aire y las carnosas pantorrillas sobre los hombros de Manolo, que la agarraba por los muslos y empujaba sin descanso. El barman y el marroquí apartaron las sillas y rodearon la mesa para colocarse a ambos lados de la cabeza, acercaron las pollas al rostro y no necesitaron darle ninguna indicación. Por iniciativa propia, Bárbara volvió a chupar y pajear las dos trancas, estirando el cuello y respirando con fuerza por la nariz.

  Tras un buen rato de entusiasta matraca, Manolo hizo una pausa y dio un paso atrás, luciendo su picha erecta empapada en fluidos. Mohamed se percató de la oportunidad e intentó ocupar su lugar, cosa que el autocoronado macho alfa le impidió con un empujón.

—¿Dónde vas tan rápido, morito? Los hombres primero.

  Riendo a carcajadas, Pedro rodeó la mesa y se colocó entre las piernas de mi tía, a la que penetró lentamente, sujetándola por las caderas. El marroquí acató la jerarquía, de mala gana, y regresó al lugar anterior para recibir de nuevo las atenciones orales y manuales de Bárbara, atenciones que tardaron en llegar pues a ella le costaba concentrarse en algo que no fuese el grueso instrumento del barman dilatando su solicitado coño.

—Joder, Pedrito… Me vas a partir en dos, cabronazo… Que calladito te lo tenías…

—Te tengo… ganas desde hace… años, Barbi —dijo Pedro, que jadeaba y sudaba como un luchador de sumo en una sauna—. Cuando te veo… con tu marido pienso… qué suerte tiene…

—Sí, que suerte estar casado con un putón —bromeó Manolo, quien también intentaba que se la chupase.

  No sabría explicar lo que ocurrió a continuación. Quizá a el propietario de Casa Juan 2 no le caía muy bien el hijo del estanquero, o a lo mejor el corpulento barman además de fantasear con Barbi andaba enamorado de ella, o puede que mi cóctel hubiese aumentado la agresividad de ambos. El caso es que a Pedro no le hizo ninguna gracia que llamasen putón a la mujer casada que se estaba empotrando sobre una de las mesas de su bar.

—A lo mejor… no eres el más indicado… para llamar putón… a la mujer de otro, Manuel —dijo el barman, sin dejar de taladrar a buen ritmo la raja del susodicho putón.

—¿Qué coño quieres decir con eso, eh? —graznó Manuel, dejando de estrujar una de las mullidas tetazas para encararse con el otro macho.

—Yo… Yo no digo nada… Pero aquí en el bar… se escuchan cosas…

  Sin darse cuenta de lo mucho que estaba enfureciendo a Manolo, Pedro aumentó el ritmo de sus empujones y el volumen de los gemidos de mi tía, que se retorcía de gusto mientras pajeaba y le daba algún que otro lametón distraído al pollón de Mohamed, quien no se enteraba muy bien de qué iba la discusión y no le prestaba demasiada atención. Rojo de ira por las insinuaciones del tabernero, Manolo se lanzó sobre él y lo apartó de un rabioso empujón, interrumpiendo el placentero coito. La verga de Pedro, más grande de lo que me había parecido en un principio y de un diámetro que no he vuelto a ver en un pene humano, se balanceó hacia los lados cuando su propietario trastabilló hacia atrás con un gruñido de sorpresa. Por suerte, en lugar de bajarse los pantalones se había sacado el trasto por la bragueta y no llegó a caerse.

—¿Pero qué… coño pasa? ¡Estaba a punto de correrme, me cago en Dios! —se quejó Bárbara, despatarrada sobre la mesa con las piernas alzadas en el aire.

—Tú no preocupes. Yo follo —dijo el voluntarioso Mohamed, con su característico acento, alfanje en mano.

  Manolo había agarrado a Pedro por las solapas de su camisa blanca, que llevaba abierta, dejando al aire el vientre abultado y tan velludo como el pecho. Lo empujó hasta la barra y le habló acercando tanto el rostro que sus narices se tocaron.

—¿Qué tienes tú que decir de mi mujer, mamón? ¿Qué es eso que escuchas?

  Al sudoroso gnomo, más bajo que el otro pero también más fuerte, no le costó liberarse de su presa y empujarlo contra una pared, donde lo inmovilizó poniéndole el brazo en el pecho, con el rostro enrojecido transformado en la máscara de un demonio barbudo que habló en tono malicioso.

—Dime… ¿Te has fijado que últimamente no se ve a Monchito por el pueblo? —preguntó Pedro, resistiendo sin problema el forcejeo de su adversario.

—¿Y a mi qué me cuentas? ¿Por qué nombras al subnormal ese? —ladró Manolo.

—Bueno… No lo digo yo, pero hay quien comenta que Montillo no le deja salir de la finca porque se andaba jodiendo a tu mujer, y no quiere líos con tu familia.

  Al escuchar el malintencionado rumor, un rumor cuya veracidad yo habría podido confirmar, el cabreo del ultrajado marido alcanzó su cenit. Consiguió liberarse y ambos se enzarzaron en un torpe intercambio de golpes, tan violento que me vi obligado a intervenir. Dejé mi cómodo puesto de observación y me deslicé como pude entre sus cuerpos, separándolos a base de gritos y empujones, a riesgo de llevarme alguna de las poco precisas hostias que se lanzaban.

—¡A ver! ¡Estaos quietos, copón! —exclamé, cuando conseguí separarlos.

  Se quedaron de pie, mirándose con saña y jadeando. Ninguno de los golpes había dado en el blanco y no hubo que lamentar ojos morados o narices rotas.

—¿Pero tu has oído lo que dice este desgraciado? —preguntó Manolo, dirigiéndose a mí pero sin apartar los ojos de su rival.

—Eso son gilipolleces, hombre. Aquí la gente se aburre mucho y se inventa tonterías —afirmé. En mi cabeza escuchaba los gritos de placer de Sandra cuando Monchito le metió hasta los huevos su verga de caballo—. Piénsalo, joder. ¿Cómo va a dejar un pibón como tu mujer que se la meta el tonto del pueblo?

—¿Un pibón? ¿Es que te gusta? —me espetó el cornudo, en un arranque paranoico de celos.

—No la tomes ahora conmigo, coño. Lo que digo es que es un chisme que alguien se ha inventado a mala idea. ¿Cómo va a ser eso verdad?

  Manolo respiró hondo y se tranquilizó un poco, al igual que Pedro, que aprovechó para refrescarse apurando el hielo derretido de uno de los vasos que había en la barra.

—Perdona, compadre… No se por qué he dicho eso. Ya se que no son más que inventos de algún hijoputa que te tendrá envidia —se disculpó el barman. A pesar de todo, su imponente polla continuaba totalmente erecta, al igual que la de su compadre.

—Está bien… No pasa nada. Ya me enteraré de quien va rajando de mi mujer y le partiré el lomo. Por mis muertos que…

—Una cosita, compadres —interrumpí, mientras regresaba a mi puesto en la barra—. Mientras andáis de cháchara el moro se está poniendo las botas.

  En efecto, aprovechando la absurda pelea, Mohamed disfrutaba sin molestias del curvilíneo cuerpo de mi tía. El joven se había sentado en una silla, completamente desnudo, y Bárbara cabalgaba su largo miembro, con los pies en el suelo y las manos en los hombros de su amante, poniéndole las tetas en la cara. Las caribeñas nalgas subían y bajaban a buen ritmo, dejando que la lanza moruna se clavase hasta la empuñadura en su caliente cuerpo, a esas alturas brillante por el sudor.

—Así, así… cómeme las tetas, Moha… eso es…

  Moha obedecía y le chupaba los pezones como un lactante que no hubiese mamado en una semana, apretando con ambas manos o hundiendo la cara entre los tersos volúmenes de aquellos pechazos. Los dos españoles de raza blanca ya habían firmado una tregua y no iban a consentir que el marroquí disfrutase mucho tiempo de un privilegio del que ellos se sentían más dignos, a pesar de que se trataba de la esposa de un tercer español blanco que no se encontraba allí. Pedro decidió al fin quitarse los pantalones y la camisa, y Manolo le imitó. Salvo yo, que mantenía a raya mis ganas de participar en la orgía, todos estaban ahora desnudos.

  El barman arrastró una silla cerca de la otra, se sentó y le dio un par de palmadas en el culo a mi tía para llamar su atención. Ella sonrió al ver la gruesa verga al alcance de la mano, descabalgó el pincho moruno y pasó una pierna sobre el cuerpo de Pedro, quedando en la misma postura que antes pero sobre una montura distinta. Bajó las caderas despacio y, ayudándose con la mano, introdujo en su cuerpo el morcón del tabernero, soltando un largo suspiro de satisfacción. Tomé nota de que le gustaban las pollas gordas, y me pregunté cual sería el diámetro de la de mi tío David, y si tal vez sus continuas discusiones se debían a que su marido no conseguía “llenarla” en la cama.

—Eh… Yo no acabado —se lamentó Mohamed, perdiendo por primera vez su ancha sonrisa.

—Tu a callar. Tienes suerte de que te hayamos dejado metérsela —dijo Manolo, colocándose detrás de la amazona.

  Bárbara cabalgaba cada vez más deprisa, gimiendo escandalosamente con cada rebote, un poco inclinada hacia atrás para que Manolo le sobase a gusto las tetas. Todavía molesto por la interrupción, Mohamed se quedó de pie cerca de la silla, y mi tía fue tan amable como para masturbarle y doblar el cuerpo para chupársela con rápidos movimientos de cabeza que hacían ondear su coleta, cosa que devolvió la sonrisa al joven.

  Pasado un rato, mi tía cambió el movimiento vertical por una serie de frenéticos golpes de cadera adelante y atrás, con la tranca de Pedro hundida en su voraz coño. No tardó mucho en correrse, retorciéndose y empapando los huevos y los muslos del tabernero, gritando de tal modo que Manolo le tapó la boca con una mano, temiendo que pudiese despertar a los vecinos de la silenciosa calle donde estaba el bar. A ella no le importó en absoluto, y disfrutó del largo orgasmo con apagados gemidos y suspiros nasales. Cuando acabó continuó cabalgando, más despacio que antes, besando los labios y el rostro del barbudo barman.

—Joder… Cómo me gusta tu polla, Pedrito… Me vuelve loca…

—Pues cuando quieras… ya sabes dónde estoy…

  Mientras Pedrito y Barbi intercambiaban cumplidos, Manolo se agachó para sobar a gusto las turgentes nalgas que ondulaban lentamente frente a él. Las separó para ver mejor el oscuro ojete que ocultaban, se chupó el dedo corazón y entró sin llamar por la puerta trasera, metiéndolo casi entero.

—¿Qué coño haces? ¡Déjame el culo en paz! —chilló mi tía, girando la cabeza tanto como le permitía la postura.

—No me pienso ir sin probar este culito, así que relájate, princesa —dijo Manolo.

  Esta vez Mohamed captó al instante lo que sucedía y su sonrisa se volvió maliciosa. A lo mejor estaba molesto por haberse visto reemplazado en la gozosa cabalgada, o simplemente también quería experimentar los placeres del sexo anal, pero no dudó en ayudar a su racista compañero agarrando las nalgas de la hembra para mantenerlas separadas y facilitarle la labor. Manolo acercó el rostro al culamen y escupió en el prieto esfínter. Al dedo corazón se unió el índice, y nuevos quejidos retumbaron en las paredes del local.

—¡Auh! ¡Me haces daño, imbécil! ¡Para ya!

  Intentó revolverse pero el barman traicionó a su querida Barbi y la sujetó con fuerza, con la polla aún enterrada en su chorreante coño le agarró los brazos y le impidió girarse o defenderse a manotazos. A mi no me importaba que le diesen por el culo. Es más, me excitaba la idea de que la sodomizasen hasta hartarse, pero no parecían dispuestos a tener paciencia y no quería que le hiciesen un destrozo, así que tomé cartas en el asunto. Fui detrás de la barra, busqué una de las pequeñas aceiteras que usan en los bares para las tostadas y me acerqué con ella al sudoroso cuarteto.

—Toma, usa esto —le dije a Manolo, entregándole la aceitera de cristal.

—¡Eso! ¡Tú encima ayúdales! —me recriminó mi tía, fulminándome de nuevo con sus ojos oscuros.

—Te acabas de correr como una loca, tita. Corta el rollo y deja que te follen de dos en dos, así acaban antes —me burlé, mientras regresaba a la barra.

—¿Sabe tu madre que eres un degenerado? —preguntó, intentando cabrearme.

—¿Sabe la tuya que te comes los rabos de tres en tres? —respondí.

  Los tres hombres rieron y ella soltó un bufido de rabia. Con la ayuda del olivarero lubricante, en pocos minutos Manolo dilató el palpitante ojete lo suficiente como para introducir tres dedos sin dificultad. Mohamed contribuyó introduciendo un cuarto dedo, y a pesar de la distancia que me separaba del grupo pude ver cómo el elástico anillo se rendía a los intrusos sin sufrir daños. Por mucho que se quejase, estaba claro que no era la primera vez que alguien entraba por la puerta trasera de mi tía. Cuando juzgó que el ojete estaba listo para pasar a cosas más serias, el hijo del estanquero se levantó y le dio una palmada en el hombro al marroquí, dejando en su piel huellas de aceite.

—Venga, tú primero, Mustafá. Para que no digas que aquí en España no os tratamos bien —dijo, ufano.

  Al joven se le iluminó la cara de puro júbilo. Puede que le explotasen trabajando como un animal a cambio de una miseria, que lo discriminasen y tratasen como a escoria solo por su nacionalidad y clase social, pero al menos iba a ser el primero en petarle el culo a la mujercita adúltera de un respetable ciudadano español. Algo es algo. Mohamed se agarró el moreno ariete, flexionó las piernas y empujó despacio, invadiendo centímetro a centímetro el estrecho túnel.

—¡Auauauauuu! ¡Más despacio, joder! —se quejó ella, con exageradas muecas de dolor.

  Manolo, de pie junto a la silla, se carcajeó y azotó con la palma de la mano las prietas nalgas de Mohamed, cuyas atractivas formas no me pasaron desapercibidas.

—Eso es, chaval… Dale duro… Fóllale bien el culo…

  A todo esto, Pedro continuaba con la verga enfundada en el coño, disfrutando de los movimientos provocados por la sodomía y chupándole las tetas con deleite. Manolo se acercó un poco más, la agarró por la base de la coleta y le dio un largo y baboso beso al que ella respondió con profusión de saliva y obscenos movimientos de lengua dentro y fuera de la boca. Acto seguido, el tipo le tiró con fuerza del pelo para que gritase, y cuando abrió la boca le escupió dentro, riendo con lasciva crueldad.

—Qué pena que vivas en la ciudad, puta… Lo pasaríamos muy bien si vivieses aquí —dijo Manolo, sin soltarla.

—Para puta del pueblo… ya está tu mujer… que se la folla hasta el tonto —replicó mi tía, con la voz temblorosa por las embestidas anales del marroquí, demostrando por si había dudas lo bocazas que podía llegar a ser.

  El polémico tema enfureció de nuevo al cornudo, quien levantó la mano abierta, dispuesto a abofetearla. Me puse en tensión y di un paso al frente. La deslenguada se merecía una buena hostia, sin lugar a dudas, pero no podía permitir que le marcasen la cara. Por suerte, el ofendido se lo pensó mejor. En lugar de pegarle apretó los dientes, esbozó una sonrisa diabólica y apartó de un empujón a Mohamed, quien al verse de nuevo interrumpido soltó una ristra de quejas e insultos en un idioma ignoto.

—Te vas a enterar, putón.

  Agarrando aún con fuerza la negra coleta, Manolo se puso en posición y la enculó de un rápido empujón, bufando y resoplando, dejándola dentro unos segundos antes de acometer una rabiosa follada anal que hizo temblar la silla y los cuerpos de sus dos ocupantes. Los agudos quejidos de mi tía se fundieron en un único e interminable gemido sincopado, como si tuviese en la garganta un violín sin afinar. Tenía la boca muy abierta, los párpados apretados, y se aferraba con ambas manos a la maciza cabeza de Pedro, quien no dejaba de lamerle los temblorosos pechos.

  El marido de la estanquera no aguantó mucho tiempo tan frenético ritmo. Cuando se la sacó pude ver por un instante el castigado ojete, tan abierto que habría podido meter un lápiz sin que tocase los bordes del dilatado esfínter. Con un gruñido animal, la arrastró de la coleta hasta hacerla caer al suelo de rodillas, postura que ella corrigió rápidamente poniéndose de nuevo en cuclillas, porque una cosa era llegar a casa borracha y otra llegar a casa borracha con las rodillas enrojecidas. Ajeno a sus quejas, Manolo la obligó a mirarle a la cara y se masturbó enérgicamente con el capullo rozando su barbilla.

—Venga… Abre esa boquita… Ábrela, que te la voy a llenar de leche…

—Y una mierda —dijo ella. Cerró los ojos y apretó los labios.

—La abres o te la parto de una hostia, cerda.

  De nuevo me puse en guardia, seguro de que Manolo era capaz de cumplir su promesa. Por suerte Bárbara solo fingía reluctancia. Tenía su gracia que a esas alturas aún intentase guardar las apariencias para que no la tomasen por una viciosa. Dos segundos después de escuchar la amenaza abrió la boca y sacó la lengua, manteniendo los ojos cerrados y las manos apoyadas en las rodillas. Manolo aumentó la velocidad de su pajeo, bramó mirando hacia abajo y descargó varios chorros de semen dentro de la boca de mi tía, apoyando el glande en su lengua. Cuando el hombre terminó y dio un paso atrás, jadeante y satisfecho, ella retuvo la espesa leche en la boca unos segundos. En lugar de tragársela o de escupirla, la dejó salir separando un poco los labios. La yougurienta mezcla de lefa y saliva resbaló por su barbilla, viscosa y abundante, cayendo sobre su pecho sudoroso.

—Joder… Pero qué guarra eres… —dijo Manolo, en un tono que podía ser tanto el de un insulto como el de un cumplido.

  Los otros dos tipos se habían acercado y se masturbaban a escasa distancia de ella, siguiendo el ejemplo de su líder y estimulados por la escena. Mohamed fue el segundo en correrse, con media docena de certeros disparos que pintaron de blanco traslúcido la mejilla, la nariz y la frente de su objetivo, quien sonreía con la boca abierta, moviendo la punta de la lengua arriba y abajo. Poco después fue Pedro quien vació sus grandes huevos. Se agachó un poco para que su grueso manubrio quedase sobre el pecho de Barbi y adornó las tetas que tanto le gustaban con una lenta y abundante descarga que ella recibió apretando sus mamellas una contra otra y elevándolas un poco.

  Los tres hombres ocuparon una silla cada uno, recuperando el aliento en silencio. Mi tía se quedó sentada en el suelo, contemplando con una mezcla de satisfacción y asco la sustancia que manchaba su bronceada piel desde la frente hasta el ombligo. Decidí que ya se había divertido bastante por esa noche, me acerqué a ella y la levanté del suelo sujetándola por el brazo, con cuidado de no mancharme.

—Pedro, ¿tienes manguera en el patio de atrás? —le pregunté al rubicundo y sudoroso tabernero.

—Claro que si, hombre —respondió.

—¿Es que me vas a lavar a manguerazos, como a un perro? —exclamó Bárbara, indignada.

—Si no te gusta la idea puedes hacer como los gatos, y limpiarte tu misma a lametones —repliqué.

  Manolo y Pedro celebraron mi ocurrencia con carcajadas y Mohamed sonrió, más por integrarse que porque hubiese entendido la broma. Conduje a la enlechada hembra hasta la puerta que había al final de la barra, puerta que llevaba a el oscuro pasillo en el que estaban los aseos. El pasillo terminaba en otra vieja puerta que daba a un pequeño patio en cuyo centro había un desagüe. Alrededor se amontonaban barriles de cerveza, cajas de refrescos, un par de plantas y algunos trastos, como sombrillas polvorientas o utensilios de limpieza que el propietario no usaba tanto como debiera.

  Localicé la manguera de goma empalmada a un grifo que salía de la pared y la desenrrollé con calma. Mi tía estaba de pie en el centro del patio, mirando al cielo estrellado y disfrutando del aire fresco, fresco en comparación con el viciado interior del local pues la noche era tan calurosa como de costumbre. Cuando me acerqué, sus ojos oscuros se clavaron en los míos.

—No le contarás a tu tío nada de esto, ¿verdad? —preguntó, con seriedad.

—Claro que no —respondí—. Pero no olvides que ahora me debes una.

—Así que te debo una, ¿eh? —Su voz se volvió insinuante y sus labios se curvaron en una media sonrisa lasciva—. ¿Y cómo piensas cobrártela, Carlitos?

  Dio un paso al frente y echó mano a mi entrepierna. No le costó demasiado localizar y agarrar mi verga, casi totalmente erecta bajo la tela de mis pantalones. Rodeó sin problemas el tronco y movió un poco la mano arriba y abajo, abriendo los ojos en gesto de sorpresa.

—Joder, sobri… La tienes casi tan grande como el moro.

—Suelta eso, anda —le ordené.

—¿Qué pasa? ¿Es que no te gusto? —Sacó pecho para realzar el volumen de sus tetas y se acercó tanto que casi mancha mi camiseta de con el semen de sus amiguitos—. No disimules… Me he dado cuenta de cómo me miras, desde hace años… Sobre todo cuando estamos en la piscina. Seguro que te has hecho pajas pensando en mí… ¿a que sí?

  Puse las manos en sus hombros, una de las pocas zonas limpias de su anatomía, y la aparté de un empujón, cosa que la hizo soltar una exclamación de sorpresa y disgusto. No estaba acostumbrada a que un hombre la rechazase, y la expresión de su cara fue casi tan placentera como echarle un polvo.

—¿Pero qué coño pasa contigo? —se quejó, mientras recuperaba el equilibrio sobre los tacones.

  Cuando iba a responder escuché un ruido detrás de mí. Me giré y vislumbré en el sombrío pasillo el corpachón de Pedro, desnudo y sonriente. Su rolliza polla estaba erecta, apuntando hacia adelante. O se le había vuelto a levantar muy deprisa o no se le había bajado ni un ápice después de correrse. Me acerqué a ver qué carajo quería el tabernero, aunque ya lo imaginaba.

—Eh… ¿Qué hacéis? Tráela de vuelta, que le vamos a dar otro repaso —dijo Pedro, mirando a mi tía por encima de mi hombro con los ojos brillando de puro deseo.

—Espera. No hemos acabado —dije.

  La sonrisa del barman se ensanchó y se volvió aún más rijosa cuando acercó el barbudo rostro a mi oreja.

—Ah, vale, vale… No pasa nada. Te la quieres trincar aquí sin que te moleste nadie, ¿eh? —dijo, con aire cómplice. Solo le faltó darme golpecitos con el codo.

—No, joder. Es mi tía —me indigné, como si trincarme a alguien de mi propia familia fuese un acto deplorable. Creo que no he sido tan hipócrita en toda mi vida.

—Bah, no pasa nada, hombre. No sois parientes de sangre. Y mira qué buena está, uff… Yo que tú no me lo pensaba.

—Esperad fuera. Enseguida salimos —dije, dando por zanjada la conversación.

  Pedro desapareció por el pasillo y yo volví junto a mi tía, quien ahora me miraba con una mezcla de recelo y malicia. La miré de arriba a abajo y tuve que darle la razón al barman. Era insoportable, pero qué buena estaba la hija de puta. Me coloqué frente a ella, con actitud autoritaria y la manguera de goma en la mano.

—Agáchate —ordené.

—Vaya, vaya… ¿Has cambiado de idea, sobri? Lo sabía.

—No me llames “sobri” ni “Carlitos”, me pone enfermo. Agáchate de una vez.

  Asombrada por mi actitud dominante, flexionó las piernas y se puso en cuclillas, una postura en la que por algún motivo se sentía muy cómoda. Intentó bajarme los pantalones de chándal para dejar a la vista mi más que evidente erección pero se lo impedí enérgicamente.

—Las manos quietas. Abre bien la boca y cierra los ojos —le dije.

  Soltó una risita pero obedeció al instante. Mirando hacia arriba, abrió la boca de par en par, sacó la lengua y cerró los ojos con fuerza. Yo fui hasta el grifo, un par de pasos detrás de mí, abrí la llave al máximo y le metí en la boca el extremo de la manguera. Se apartó sobresaltada, atragantándose y escupiendo agua. Se quedó sentada de culo sobre el desagüe y me miró, furiosa, entre toses y jadeos.

—Serás… hijo de…

  Interrumpí las lindezas que me tenía preparadas con el potente chorro de agua fría, que arrastró de su piel la pegajosa mezcla de semen, saliva y sudor. Cuando intentaba hablar le enchufaba el chorrazo en plena jeta, y empujándola con el pie la obligué a ponerse a cuatro patas para limpiarle bien el coño y el culo, ambos dilatados y enrojecidos. Una vez limpia y reluciente, corté el agua y la dejé ponerse en pie, bufando de rabia y tiritando a pesar de la cálida temperatura.

—¿Pero qué… coño te pasa? ¿Por qué me tratas así? —gritó, encarándose conmigo de tal forma que noté su aliento en el rostro.

—¿Que por qué te trato así? He tenido que venir a buscarte porque te comportas como una niñata. Eres una borracha, una egocéntrica, maleducada, vulgar y, por si fuera poco, una zorra infiel. Le faltas el respeto a mi tío, a toda mi familia, y has hecho llorar a mi abuela. ¿Te parece poco?

  Reconozco que aproveché la ocasión para desahogarme y soltarle todo lo que pensaba de ella desde hacía tiempo, y fue todo un desahogo. Pensaba que mis palabras le afectarían de alguna forma, pero lo que hizo fue poner los brazos en jarras y hablarme en tono burlón, intentando ser sarcástica.

—¡Vaya por Dios! El nene está enfadado porque he hecho llorar a su abuelita. ¿Es que ahora resulta que no puedo discutir con mi marido? Si a esa santurrona le molesta que se tape los oid…

  No la dejé terminar la frase. Le di una sonora bofetada que la hizo trastabillar sobre los tacones y casi la hace caer otra vez de culo, algo que impedí agarrándola por la coleta y atrayéndola contra mi cuerpo, pegando mi boca a su oreja.

—Escucha bien, no vuelvas a faltarle el respeto a mi abuela, ¿estamos?

  Esta vez no dijo nada. Solo asintió, temblando de pies a cabeza, asustada por mi repentina demostración de fuerza. Aflojé un poco mi presa, sin soltarla del todo, y no pude resistir la tentación de sobarle un poco las tetas, que resultaron ser tan agradables al tacto como a la vista. Me estaba poniendo muy cachondo y decidí terminar cuanto antes.

—Me da igual lo que hagáis en vuestra casa, pero no vas a volver a discutir con mi tío cuando estéis en casa de su madre. Cuando lleguemos le vas a pedir perdón, y mañana a tu suegra. Pórtate bien y no tendré que contarle a nadie lo que ha pasado aquí esta noche, ¿me has entendido?

  Asintió y la solté. Coloqué la manguera en su sitio y le indiqué a mi tía con un movimiento de cabeza que volviese al bar. En apenas segundos, se había vuelto tan sumisa que casi tropieza y se cae, ansiosa por obedecerme.

—Ponte la ropa y nos vamos. Esos tres ya han follado bastante —dije, acompañándola por el pasillo.

  Lo que encontré cuando regresamos al local no me lo esperaba en absoluto. A pesar de la ausencia de la única hembra, la orgía continuaba, o algo parecido. Mohamed estaba tumbado bocabajo sobre una mesa, con los pies en el suelo y las piernas separadas. Detrás de él, Manolo lo agarraba por la cintura y lo sodomizaba sin piedad, con fuertes golpes de pelvis que resonaban como palmadas sobre el murmullo de la música. El joven marroquí tenía los dientes apretados y los ojos húmedos, pero no se resistía, y su polla erecta se balanceaba al ritmo de la enérgica enculada. Pedro estaba cerca de ellos, meneándosela despacio, como si esperase su turno. Bárbara se paró en seco y soltó un par de carcajadas al contemplar la escena.

—¡Ja ja! ¡Pero qué hacéis, mariconazos! —exclamó, divertida.

—Uff, ya era hora… ven aquí, preciosa, que te voy a poner fina… —dijo Pedro, verga en mano.

—No. Nosotros nos vamos —dije, muy serio.

—¿Qué? ¡Venga ya! —se lamentó el barman.

—Quedaos… un rato más… —añadió Manolo, sin dejar de darle matraca a Mohamed.

—Es muy tarde, y si no la llevo a casa va a venir mi tío a buscarla —aventuré, aunque dudaba mucho que mi tío tuviese intención de hacer tal cosa.

  La posibilidad de enfrentarse a un marido celoso hizo que no insistieran más, sobre todo si ese marido era mi tío, quien podía partirles la cara a ambos sin esfuerzo. Bárbara buscó por el local sus minúsculas prendas y se embutió en ellas. Incluso consiguió arreglar con un nudo el maltrecho tanga. Mientras tanto yo observaba la escena gay con curiosidad casi científica, maravillándome de lo que era capaz de hacer el tónico, efectivo hasta el punto de transformar a tres tipos que diez minutos antes eran (o parecían) totalmente heterosexuales. El hijo del estanquero penetraba el ojete masculino con evidente deleite, sobándole las prietas nalgas o dándole azotes de vez en cuando. Pedro se masturbaba junto a la mesa, acariciando con la otra mano la suave espalda o el atractivo rostro del joven, quien se aferraba a la mesa, la verga todavía erecta entre los muslos, con una expresión que cada vez estaba más cerca del placer que del dolor.

—Déjame a mi un rato —dijo Pedro, dándole unas palmadas en el brazo a Manolo.

—¿Pero qué dices… compadre? Si le metes eso… lo revientas. Y no tengo… ganas de llevar al morito a urgencias. Que te la chupe, que en la boca… seguro que le cabe.

  De mala gana, el barman rodeó la mesa y se colocó frente a la cabeza de Mohamed, hundió los dedos entre sus espesos rizos y presionó el glande contra los labios cerrados. Tras resisitirse un poco y decir varias frases en su idioma, al fin cedió y dejó entrar en su boca el grueso tronco de carne hasta la mitad. Sin apartar la vista del peculiar trío, abrí la puerta principal del local y le indiqué a mi tía que saliese.

—Hasta otro día, chicos. Que lo paséis bien —se despidió, agitando la mano y las caderas con coquetería.

  Los chicos ni siquiera la miraron, y la sonrisa de sus carnosos labios desapareció rápido. Pude intuir que estaba celosa del muchacho y que no le hubiese importado quedarse toda la noche y ejercer como cubo de esperma para aquellos tres tipos. La saqué a la calle presionando la parte baja de su espalda y me despedí de ellos con un lacónico “buenas noches”. Aunque mi plan había salido a la perfección y el tónico me mantenía vigorizado (y empalmado como un mono), me dolía la cabeza y me moría de ganas por llegar a casa, cascarme una buena paja con el abundante material acumulado durante la jornada y acostarme.

  Los taconazos de Bárbara resonaban en el empedrado de la desierta calle y no me quejé cuando se colgó de mi brazo, igual que hacía mi madre, para mantener el equilibrio. No estaba muy borracha pero las irregularidades del vetusto suelo no combinaban bien con su calzado. La calidez de su cuerpo pegado al mío contribuyó a mi calentura, y el baño con manguera le había dejado un agradable aroma parecido al de la tierra mojada. Cuando nos acercábamos al Land-Rover, se detuvo un momento y miró hacia la plaza, preocupada.

—¿Y el coche de tu tío? ¿Lo vamos a dejar aquí? —preguntó.

—Mañana vendremos a por él. No le va a pasar nada.

  Conforme con mi explicación, me siguió y subimos a mi fiel vehículo. Se sentó con las rodillas juntas y las piernas estiradas hacia adelante, sin preocuparse de que la faldita dejase a la vista la tela amarilla de su tanga. No hablamos apenas durante el camino, y al cabo de unos minutos comenzó a removerse en el asiento, cruzaba las piernas, las descruzaba y volvía a cruzarlas, restregando las nalgas en el asiento y suspirando.

—¿Tienes ganas de mear, tita? —pregunté, socarrón.

—Qué tonto eres.

—¿Qué te pasa entonces? —insistí.

—¿Qué me va a pasar? Estoy cachondísima, joder… —Apretó los muslos con fuerza, rozando las pantorrillas una contra la otra, con las manos aferradas al borde del asiento—. ¿De verdad no me quieres echar un polvo? Podemos parar por aquí y hacerlo en la parte de atrás.

  Obviamente me planteé en serio la posibilidad de aliviar su fiebre vaginal. Después de lo ocurrido, podría haber hecho lo que quisiera con aquel deseable cuerpo, contando con su total sumisión. En mi entrepierna, noté fuertes palpitaciones en mi polla, como si votase a favor de añadir a Bárbara a la lista de familiares penetradas. A duras penas, conseguí contenerme. Pensé que el trato que había hecho con ella sería más efectivo si no accedía a sus deseos. Además, ya le habían puesto suficientes cuernos a mi tío por una noche, y sería aún más humillante si su propio sobrino le colocaba el cuarto par de astas.

—¿Qué? ¿No dices nada? Venga… La tienes tiesa desde que empecé a bailar en el bar, no te creas que no me he dado cuenta. Para un momento y echamos uno rápido, porfa… —suplicó, mientras su mano acariciaba mi muslo.

—Espera a que lleguemos —dije. Le aparté la mano y la coloqué sobre su propia pierna—. ¿Te acuerdas de lo que hemos hablado? Le vas a pedir perdón a tu marido, y después te lo vas a follar como si no hubiese un mañana.

—Sí claro… Con tu abuela en la habitación de al lado —se quejó, cruzando los brazos como una niña caprichosa.

—Mi abuela no se entera de nada cuando duerme —mentí, pues tenía muy buen oído y el sueño ligero—. Mientras no te pongas a gritar como una loca no pasa nada.

  Soltó un resoplido pero se conformó, y por suerte dejó de insistir, pues estuve muy cerca de ponerla a cuatro patas en la parte de atrás y sembrar mi nabo en el orificio que habían dilatado sus amigos del bar. Me di cuenta de lo mucho que me estaba cambiando mi relación con mamá y con la abuela, tanto por la abundante actividad sexual como por la parte afectiva. Un par de semanas antes, si mi tía me hubiese ofrecido echar un casquete le habría metido el rabo a la velocidad de la luz.

  Una vez en la parcela, aparqué y le dije a mi acompañante que se quitase los zapatos para no hacer ruido y que se estuviese calladita hasta entrar en el dormitorio. El interior de la casa estaba oscuro y silencioso. Nos despedimos en el pasillo, donde le pellizqué la mejilla como un mafioso de peli antigua y la miré con maliciosa seriedad.

—Te vas a portar bien a partir de ahora, ¿verdad? —susurré.

—Te lo juro, Carlit… Carlos —dijo ella. Nunca la había escuchado hablar tan bajo y su voz me sonó distinta, incluso agradable.

—Buena chica.

  Le di un suave azote en la nalga y observé cómo entraba en la habitación de invitados, con los zapatos en la mano y de puntillas, lo que resaltaba las formas de sus pantorrillas. Me quedé de pie en la penumbra unos segundos, arrepintiéndome un poco por no haberle dado matraca durante el camino.

  Después de una ducha rápida, durante la cual repasé mentalmente todo lo ocurrido en el coche de la alcaldesa, en el cine, el el motel y en el bar, salí al pasillo más empalmado que antes, vestido solo con unos boxers. Ya solo restaba pajearme un rato con una de las revistas que me había traído de casa y dormir cuanto pudiese. Pero antes de entrar en mi habitación, llegaron a mis oídos una serie de interesantes sonidos que perturbaban la paz de la silenciosa casa.

  No tuve que acercarme mucho al dormitorio que compartían mis tíos para identificar de forma inequívoca los ruidos. Los ya conocidos gemidos de placer de mi tía se mezclaban con los chirridos de la vieja cama y con unos apenas audibles gruñidos masculinos. La insaciable Barbie no había perdido un segundo para obedecerme. Me pregunté qué pensaría mi tío si supiese que, su ahora complaciente mujercita, ya había encajado tres vergas antes de cumplir con sus deberes maritales. Al menos ninguno se había corrido dentro, y sus soldaditos pelirrojos no tendrían que batallar con ejércitos ajenos.

  Justo a mi izquierda estaba la puerta del dormitorio principal. Me lo pensé unos segundos, escuchando el creciente frenesí sexual de mis tíos, y no pude resistirme a abrir muy despacio y entrar, cerrando tras de mí. Mi abuela estaba aún despierta, tumbada de costado. Cuando me vio se incorporó y se sentó en la cama, con las piernas flexionadas frente al pecho y las manos en las rodillas. Me miró con una expresión entre alegre y expectante cuando me acerqué a ella.

—Bueno… No ha sido fácil pero ya he traído de vuelta a la “señora” —dije, en voz muy baja.

—Ya lo veo, ya… Ya lo escucho, mejor dicho —dijo, con una sonrisita pícara.

—No han tardado mucho en reconciliarse, ¡Ja ja!

  La habitación estaba a oscuras, iluminada solo por la luz de la luna que entraba por la ventana, suficiente para que pudiésemos vernos las caras y, sobre todo, los cuerpos. Caí en la cuenta de que no llevaba camiseta, pero con tan poca luz y sin sus gafas era poco probable que descubriese los arañazos de mi espalda. Ella llevaba uno de sus camisones cortos de dormir, ligero y muy escotado, sobre todo en esa postura, y unas conservadoras bragas blancas. Me senté en el borde de la cama, junto a ella, y devoré con la mirada las rotundas formas de sus piernas y el apretado canalillo, la dulce sonrisa en los labios rosados y el brillo amoroso en sus ojos verdes. Las vulgares formas caribeñas de Bárbara desaparecieron al instante de mi imaginación, desterradas por una hembra que la superaba en todos los sentidos.

—Muchas gracias, cielo… No se que haría sin ti —susurró, antes de darme un beso en la mejilla y acariciarme el costado.

—Bah, no ha sido nada. Pero mi tío debería espabilar un poco y echarle huevos. Esa es de las que gritan mucho pero se le quita el genio si la tratas con mano dura.

—¿Mano dura? No le habrás pegado a la pobre, ¿no? —dijo mi abuela. Que a pesar de todo se preocupase por su díscola nuera es un buen ejemplo de lo buena que era.

—¡Ja ja! Claro que no. Solo le he cantado las cuarenta. Ya verás como mañana está más suave que un guante.

—¡Hay que ver! —exclamó, admirada ante mi actitud orgullosa y viril—. Estás hecho todo un hombrecito, cariño.

—¿Hombrecito?

  Sonriendo con picardía, me saqué el cipote por la abertura delantera del bóxer, mostrándoselo en todo su erecto esplendor. Ella torció el gesto y miró hacia la puerta, nerviosa.

—Carlitos… No hagas el tonto, ¿eh?

  Intentó volver a meter la serpiente en su cueva con la mano, pero lo único que consiguió fue excitarme más. Besándole el cuello y esa parte de la oreja que tanto le gustaba, la hice recostarse sobre los cojines y le hablé al oído.

—Venga… Solo un poco.

—Quedamos en que… nada de hacer estas cosas cuando… hubiese más gente en casa, ¿es que no te acuerdas? —me recriminó, aunque por su respiración era evidente que comenzaba a excitarse.

  Puede que ya estuviese caliente antes de que yo llegase, debido a los sonidos que llegaban con claridad desde el dormitorio de invitados, pared con pared con el suyo. En ese momento, los gemidos de Bárbara eran largos y agudos, y los crujidos de la cama fuertes pero espaciados, como si mi tío le estuviese administrando lentas y profundas embestidas.

—Esos dos no se van a enterar de nada. ¿No oyes lo ocupados que están? —dije.

  Mis caricias le levantaron el camisón hasta la cintura, le bajé uno de los tirantes y besé con ansia la amplia superficie de uno de sus pechazos pecosos. Ella me acariciaba la nuca con una mano y con la otra intentaba, sin demasiado empeño, mantener en su sitio la delicada prenda.

—Carlos… Por favor… No puede ser…

—Solo un poco…—Me recosté sobre ella de forma que mi polla rozaba uno de sus muslos —. ¿Me vas a dejar así? No voy a poder dormir… y mañana madrugo.

  Conseguí liberar por completo una de las ubres y me amorré al sabroso pezón como un ternero. Eso la obligó a soltar un agudo suspiro. Conseguí meter la mano bajo sus bragas, deslicé los dedos por el sedoso vello de su pubis y encontré los acogedores pliegues de su carnoso coño.

—Ay, Dios mío… Siempre te… sales con la tuya, tunante —dijo, ruborizada ya como si hubiese corrido los cien metros lisos—. Pero que sea rápido, ¿eh? Y estate… atento a tus tíos. Si paran te vas corriendo a tu cuarto… ¿estamos?

  Asentí con la boca llena de teta y metí dos dedos en la raja que ya comenzaba a estar húmeda. No sabía cuanto aguante tenía mi tío David en la cama, pero esperaba que fuese suficiente como para poder desfogarme con la voluptuosa viuda. Por si acaso, no debía perder mucho el tiempo. Interrumpí el banquete mamario y busqué sus labios, saboreando su lengua mientras le bajaba las bragas a tirones.

—Espera… no seas bruto.

  Ella misma se las bajó, se las sacó por los tobillos con un ágil movimiento y las escondió bajo la almohada. No entendí muy bien ese gesto, ya que si alguien entraba de repente y nos pillaba con las manos en la masa del incesto no importaba mucho dónde estuviese su ropa interior. Sin quitarme los boxers, por si tenía que salir por patas, le levanté el camisón hasta el ombligo y me coloqué sobre ella, sin dejar de besarla y de recibir sus pausadas caricias. Nuestros apasionados vecinos no daban muestras de cansancio y aproveché uno de los gemidos de Barbi para metérsela a mi abuela hasta la empuñadura, de un único empujón, sin violencia pero con energía. Se llevó la mano a la boca para ahogar un grito y sentí su cuerpo estremecerse bajo el mío.

—Ten cuidado… por favor

—¿Te he hecho daño?

—No, cielo… Pero no seas tan bestia… Que no podemos hacer mucho ruido.

  Iba a costarme seguir su consejo teniendo en cuenta lo caliente que estaba, pero lo intenté. Comencé a bombear muy despacio, entrando y saliendo con calma de su acogedor cuerpo. Me abrazó y levantó una de sus piernas de forma que notaba las redondeces de su pantorrilla en la parte baja de la espalda. Me besaba sin parar, tanto los labios como el cuello y los hombros.

—Así, cielo… Despacito… Eso es… Así… —susurraba, con un agudo hilo de voz.

  A medida que el recién reconciliado matrimonio aumentaba la intensidad, yo incrementaba también la velocidad de mis estocadas. Cuando hacían una pausa, la dejaba dentro y acariciaba el muslazo o los pechos temblorosos de mi amante. Una de las pausas fue tan larga que abrió mucho los ojos y se quedó muy quieta, mirando la puerta y lista para lanzarme al suelo de un empujón si hacía falta. Por suerte, mis tíos reanudaron el fornicio con renovado ímpetu, y nosotros les imitamos.

  Reconozco que esa noche fui bastante egoísta con mi abuela y me desahogué sin preocuparme de que ella disfrutase de un merecido orgasmo, pero me juré que se lo compensaría con creces cuando estuviésemos solos. Animado por el ahora ya escandaloso e indecente concierto sexual de mis tíos, el deseo febril y el efecto del tónico, aceleré el ritmo y la fuerza de mis embestidas y en pocos minutos descargué dentro del acogedor coño una buena cantidad de semen, apretando mi cuerpo contra el suyo con convulsiones contenidas y esforzándome por mantenerme en silencio. Ella, generosa como ninguna, me animaba con más besos, caricias y susurros.

  La saqué y me tumbé en la cama, recuperando el aliento sin hacer ruido. En la habitación de al lado los gritos y gemidos, tanto masculinos como femeninos, eran tan exagerados que no pudimos evitar reírnos por lo bajo.

—Qué barbaridad… Esta chica me lo mata —dijo mi abuela, bromeando, ya que no temía realmente por la integridad física de su robusto hijo.

—¡Ja ja! Parece que con el calentón se han olvidado de que estás aquí. ¿Quieres que les pegue unos golpes en la puerta?

—Ay, no, tesoro… Qué vergüenza. Déjalos que disfruten, que a mi no me molestan.

  Dicho esto, se giró hacia mí, me dio un largo beso en la mejilla, me acarició el abdomen y guardó mi herramienta dentro de mis gayumbos con facilidad, pues ya había perdido parte de su dureza.

—Venga, cielo, vete a la cama. Hoy no puedes dormir aquí —me dijo, pronunciando la última frase con cierta tristeza.

Me bajé del lecho de un salto y antes de irme me incliné sobre ella y obtuve una última ración de juguetona lengua, acompañada por un breve magreo de tetas.

—Ya verás cuando nos quedemos solos. Te vas a enterar. —prometí.

—Tu si que te vas a enterar, granuja —dijo ella, dándome un pícaro cachete en la nalga cuando me giré.

  Salí al pasillo y caminé sin preocuparme del sigilo, ya que mis tíos seguían a lo suyo y no hubiesen escuchado ni una estampida de búfalos. En mi habitación, encendí el último cigarro de la jornada y me tumbé en la oscuridad. Había sido un día largo. Largo, extraño y magnífico. Tenía la sensación de que ese viernes de Junio había durado más de un mes, y desde luego las experiencias habían sido tantas como las que, antes de encontrar el tónico, no habría tenido ni en todo un año. ¿Sería el día siguiente igual de movido o aquel sorprendente verano me daría un respiro?

CONTINUARÁ…

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