ANA MADRIGAL

Tal vez un relato de ficción

  1. Noelia

—Dice que no lo puede resistir, que le sudan las manos, que se le humedece la frente. —Me froté las manos, una de ellas me la llevé a la cabeza con la exageración de una mala imitación de Mary Pickford—. La lengua se le seca y un hormigueo le sube por la columna vertebral.

A pesar de los años transcurridos, todavía me atormenta el recuerdo de aquella tarde. Son las noches de insomnio, cuando un manto de angustia lo cubre todo a mi alrededor, los peores momentos. La culpa me aguijonea y los reproches que me hago se tornan feroces.

El coro de carcajadas que había acogido mi patética actuación me envalentonó. De un salto, crucé la habitación y me planté ante la vitrina de figuritas de cristal de Murano. Extendí la mano hasta el cervatillo y la retiré al momento, como si me hubiera dado calambre.

—¡Ay, que no lo puedo resistir! —exclamé: grité, con más y más desmesura para ganarme el aplauso de los presentes.

Rocé con la punta de los dedos el lomo del cervatillo. Sus ojos, como cabezas de alfiler, me lanzaban los reproches que aún hoy, tantos años después, me hago en las noches de insomnio. Pero aquella tarde me negué a escucharlos, convencida de mi éxito. Los amigos de mi hermano no me quitaban la mirada de encima. Sus risas y comentarios me coronaban como la reina de la reunión. Tampoco yo apartaba los ojos de ellos, especialmente de Jacobo que, por primera vez en tres años, me prestaba atención. ¿Cómo detener mi actuación si lo tenía rendido? ¡A Jacobo, nada menos!

—¡No lo quiero coger! No, no es mío, está mal, si se entera mamá o si alguien se lo cuenta a papá —continúe con mi imitación, cada vez más animada.

«No está bien lo que estás haciendo», me censuraban los ojillos del cervatillo. «No estás siendo leal con Laura. Ella nunca hubiera aireado de ese modo tus miserias. Ni se hubiera burlado de ellas». Pero yo no podía parar. Allí estaba Jacobo, riéndome las gracias y lanzándome miradas que yo tomaba por promesas.

—¿Soy o no soy una ladrona? —continué mientras engolaba la voz—. ¿Soy o no soy? Esa es la cuestión.

—¿A ver qué vas a ser si no? —preguntó Héctor.

Y una nueva ristra de carcajadas cruzó el salón.

—Una ladrona, sí, señor —coreó Ignacio.

—Laura dice que se trata de una enfermedad, que le pasa desde que era pequeña, que la ve un médico y todo, un loquero de esos —expliqué en un desganado intento de exculpar a Laura—. Cleptomanía, dice que se llama.

—Robar lo llamo yo —replicó Jacobo elevando la voz, como hacía siempre que quería imponer su presencia sobre el grupo—. Robar y cara dura. Tu amiga tiene un morro que se lo pisa. Roba y luego si la pillan, dice que está enferma. Voy a hacer lo mismo cuando el de Termodinámica me pille copiando en el examen. ¡De verdad, de verdad, don Abdón! —aflautó la voz y se llevó la mano al pecho—. De verdad que yo no quería copiar, que ha sido sin querer, que se me ha ido la mano, y detrás de la mano, el boli.

Las risas se debían de oír al otro lado de la casa; pero nadie vino a censurar nuestro escándalo. Creo que fue en ese momento cuando empecé a sentir que debía detener aquella comedia; mas no sólo no la detuve sino que continúe con mi parodia, burlándome de Laura. Para mí, eran irresistibles las miradas que me dedicaba Jacobo y que yo le otorgaba un significado muy alejado de las verdaderas intenciones del amigo de mi hermano Javier.

—En serio —afirmé en un momento de cordura.

No podía consentir que se rieran de Laura. La comedia estaba llegando demasiado lejos.

—Laura no lo hace a propósito. O más bien, Laura quiere resistirse, de verdad que sí; pero no puede. Le entra una angustia insoportable. Sólo encuentra alivio a su sufrimiento en el momento en que sustrae el objeto. Aunque el alivio le dure poco y enseguida la atormenten los remordimientos.

—¿Remordimientos?, ¡ja! —exclamó Jacobo—. ¡Menudo morro!

Si mi intención era reconducir la situación, no conseguí sino exacerbarla. David, el graciosillo de la pandilla, tomó mi lugar y representó con peor voluntad que la mía una parodia del problema de Laura que ovacionaron los demás. Los recuerdo tirados por la alfombra, incapaces de contener la risa. La mascarada iba degenerando a medida que caía la tarde. A mis oídos llegaban las procacidades que dirigían a mi amiga, las inmerecidas burlas que yo misma había provocado. En algún momento creo que agradecí al cielo por haberme contenido a tiempo de revelar el nombre completo de Laura. Los compañeros de jarana de Javier no conocían a mis amigas: estábamos muy lejos de Madrid. Cuando finalizase el verano, cada uno regresaría a su ciudad y las desventuras de Laura quedarían sepultadas en el olvido. Pero todavía no había llegado el fin de mi lucimiento. Sin hacer caso de la mirada reprobatoria de Javier, me acerqué a Jacobo y le acaricié el mentón, como una caricatura de femme fatale.

—¿Y cómo dices que se llama tu amiga? —me preguntó Jacobo meloso.

Intenté escabullirme, fingir que no le había oído. No podía llevar la traición tan lejos. ¿Y si Jacobo iba a Madrid y se encontraba con Laura?

—¿Cómo se llama esa prenda que tienes por amiga? —insistió.

—¡Venga, Noelia! No te hagas ahora la melindrosa —protestó alguno de la pandilla que no registró mi memoria.

Javier hizo un gesto apenas perceptible con la cabeza para que no siguiera adelante.

—¡Venga, Noelia, no te hagas de rogar! —Jacobo me guiñó el ojo. O eso creí ver—. ¿Cómo se llama tu amiga? ¿Laura qué más?

—Laura Grandes Palacios —se me escapó.

—¡Grandes Palacios! —exclamó divertido—. Bonitos apellidos para una ladrona. Grandes Palacios para esconder el botín.

Quise protestar. Laura no era ninguna ladrona. Era la persona más honesta que conocía. La más bondadosa y generosa. Quise protestar, de verdad. O quiero creer, tantos años después, que así fue. Que quise protestar. Defender a Laura. Defenderla de las burlas y destejer la malla de escarnios que había estado urdiendo toda la tarde. Quise hacerlo, de verdad. O, al menos, eso es lo que quiero creer. Pero ¿se puede reprochar a una joven, casi una adolescente, que se deje llevar por la fascinación que le suscita el chico que le gusta?

Me volví para que no viera la desazón que me estaba empezando a invadir. Mi giro fue tan brusco que me llevé por delante el cervatillo de Murano. La figurita salió volando y cayó hecha añicos a los pies de Jacobo.

Aquella noche, o la siguiente, no recuerdo bien, me llamó Jacobo con la promesa, así lo creí entender, de una velada romántica. Pero no hubo cena a la luz de las velas. Ni paseo cogidos de la mano por el espigón. Ni silencios cómplices al atardecer. Ni amanecer con un beso. Ni caricias que transportan al cielo. Hubo, sí, pasión. O desahogo, para ser más precisos, aunque yo no participase del mismo. Desahogo de Jacobo, que estuvo a mi lado, y, cuando satisfizo su capricho, una noche con la hermana de su amigo, cuando dejó claro que le había ganado la partida a Javier, se levantó de la cama y se fue sin despedirse siquiera. A mí me quedó de aquella noche el amargo sabor de la humillación; la certeza de no haber sido para Jacobo sino un juguete que olvidaría tan pronto como doblase la esquina y tomase la carretera que conducía a la playa. Cervatillo de cristal de Murano, mi corazón quedó hecho añicos a sus pies.

  1. Ignacio

Llegó pasado el mediodía. Lo recuerdo bien porque apenas me dio tiempo de guardar la taza en el office que comparto con Teresa, la agente de viajes especializada en Asia Sudoriental. La chica entró en el despacho con paso lento y se detuvo en mitad de la habitación como si titubease. En mis años en la agencia me he encontrado con todo tipo de clientes. Los hay que entran avasallando, con exigencias imposibles de satisfacer, que amenazan con una denuncia si no les organizas, para el día siguiente, un viaje a una selva sin descubrir poblada de salvajes. Hay clientes que traen una idea clara del destino de sus vacaciones, pero admiten sugerencias de su agente; los que quieren repetir el viaje realizado por algún amigo o revivir la película vista el día anterior en la televisión. No saben cuántos Gregorys Peck, cuántas Audreys Hepburns, se sientan frente a la mesa de mi despacho solicitando unas vacaciones en Roma, convencido, él, de que será un reportero que descubrirá a la princesa de un país centroeuropeo, convencida, ella, de que vivirá un amor único de cuento. Pero, para mí, los peores clientes son aquellos que no saben lo que quieren, los que dan bandazos y pasan de pedir una semana tranquila en una playa semidesértica a ilusionarse con el bullicio del Carnaval de Río o ambas cosas a la vez. La joven que entró en mi despacho aquella mañana tenía toda la pinta de pertenecer a esta última categoría. La veía de pie, quieta, vacilando si seguir adelante o marcharse. Una rubia, con la piel casi incolora de tan blanca, ataviada con un abrigo calabaza abrochado hasta el cuello, a pesar de que en el exterior la temperatura no bajaba de los dieciséis grados. A duras penas reprimí un suspiro y la invité a tomar asiento en el sillón del confidente frente a mí, resignado a pasar por lo menos dos largas horas exhibiendo todo el catálogo ante una indecisa.

—Verá —comenzó. —Y se calló al instante. Lo volvió a intentar —. Vera, señor.

A mí aquel hablarme de usted me dio mala espina. Por lo general, cuando viene a la agencia un cliente joven, se establece entre ambos una atmósfera de camaradería que facilita mucho el trabajo. Pero aquella cliente no parecía dispuesta a establecer una relación cordial. Después de darle muchas vueltas a frases sin sentido, me comunicó:

—Mis padres van a celebrar sus bodas de plata el mes que viene y me gustaría regalarles un viaje romántico.

El adjetivo romántico me dio la pista de lo ardua que se me presentaba la tarea. ¡A saber qué entendía la joven por un viaje romántico! Por suerte, Teresa, con mucha más experiencia que yo en estas lides, había confeccionado un catálogo con itinerarios que podían encandilar a clientes como la que estaba sentada frente a mí.

—Tenemos varios destinos que pueden ser de su agrado —la informé al tiempo que desplegaba sobre la mesa un abanico de fotografías y folletos.

La joven escondió las manos debajo de la mesa y las posó en el regazo, como si le asustase tanto derroche de color. Me miró con ojos suplicantes, buscando, tal vez, que la sacase del atolladero, que decidiera por ella el destino que más felices pudiera hacer a sus padres.

—No se preocupe ahora por elegir. Antes podemos analizar las ventajas que ofrece cada destino y ver cuál es más acorde con los gustos de sus padres —le dije para animarla —. Cuénteme alguna cosa de ellos para que pueda orientarla mejor.

—Pues no sé qué decirle. —Sus ojos iban de la mesa a los míos —. No sé. Mis padres son personas muy sencillas, no hay nada excéntrico en ellos. Ellos son… ellos…

Personas sencillas: aquello pintaba cada vez peor. Las personas sencillas son las más complicadas.

—Seguro que a su madre le gustan las películas románticas. —Me miró sin comprender—. Seguro que a usted también. Tiene cara de disfrutar con una bolsa de palomitas, sin perderse una escena de Tú y yo, y llorar a moco tendido con el encuentro de Deborah Kerr y Cary Grant. A mí me sucede lo mismo: ¡me encanta esta película! Una tarde lluviosa, un chocolate caliente, en el sofá de mi casa, con los calcetines viejos y una manta.

Me miró como se mira a un enajenado. ¿De qué está hablando?, debía de pensar. Su desconcierto, en lugar de detenerme, azuzó mi discurso. En el cajón de mi mesa guardaba fotografías de carteles de películas románticas con las que trataba de persuadir a ingenuas clientes de las virtudes de nuestros viajes. Manhatam; Comer, rezar, amar; Bajo el sol de la Toscana; Antes del amanecer o Lost in translation, son las primeras que ahora se me vienen a la cabeza, pero había muchas más. Disfrutaba exponiendo mis conocimientos sobre aquello que más me gustaba. Podía pasar horas disertando sobre la carrera de Gene Tierney o sobre los ambientes claustrofóbicos de la filmografía de Roman Polanski. Aquella mañana, el silencio de mi cliente me animó a lanzarme en picado sobre ella. Tomé por interés lo que no era sino apabullamiento. Apocamiento; que no puede haber un término más apropiado y elocuente para describir el estado de la joven. Cuanto más se prolongaba mi discurso en inútiles disquisiciones, más se iba encogiendo mi cliente.

—¿Ha visto El paciente inglés? Tiene que verla con sus padres, si quiere que les aguijonee la curiosidad y se les abra el apetito por Italia. ¿Sabía que la película y, por tanto, la novela en la que se basa son una recreación de la vida de un conde húngaro real? Bueno, no está claro que fuera conde, pero sí fue un aventurero. Piloto, empresario, geógrafo, cazador, explorador y no sé cuántas cosas más.

Sobre mi mesa, destacaba un bolígrafo que me había regalado algún cliente. Un bolígrafo de cristal con un pequeño depósito de agua por donde nadaban pececillos de plástico minúsculos de múltiples colores. La joven no levantaba los ojos de la infantil chuchería. Mientras me extendía con las andanzas de László Almásy, se pasaba la punta de la lengua por los labios resecos. La frente se le pobló de gotas de sudor. Las dilatadas pupilas bailaban del bolígrafo a mi rostro, sin dar muestras de entender ni una palabra de mi perorata.

A lo mejor prefiere para sus padres un viaje cultural. ¿Qué me dice de Atenas?

Se me estaba contagiando la desazón de la joven. Mi voz sonaba chillona. No me atrevía a mirar el reloj que colgaba en la pared detrás de ella no fuera a espantarla, pero estaba seguro de que el tiempo se arrastraba más y más lento cuanto mayor era mi verborrea. Para agilizar el trance y salir de la trampa en la que yo mismo me había metido con el cuento de las películas, le propuse cumplimentar la ficha de clientes. Abrí el programa del ordenador y le solicité los datos de identificación.

—Dígame su nombre y apellidos, señorita, por favor.

La joven vaciló un instante. Vagó la vista por el despacho y la posó sobre el bolígrafo de cristal. Sin que interviniera mi voluntad, lo cogí y estuve jugueteando con él. Pasaba de un dedo a otro como si hiciera equilibrismo y los pececillos nadaban por el depósito de agua compitiendo por llegar los primeros al botón que accionaba la punta del bolígrafo. Aquel juego inconsciente tenía hipnotizada a mi cliente.

—Si rellenamos su ficha, podré enviarle información personalizada sobre la oferta más adecuada para usted —insistí dejando el bolígrafo en una esquina de la mesa—. Yo me estudio su caso y le envió por mail el viaje de sus sueños.

También mis labios estaban resecos; también yo los humedecí con la punta de la lengua. Sin saber cómo seguir, comencé a dibujar espirales con el dichoso bolígrafo en el espacio en blanco de uno de los folletos. La joven, ajena ya a mis palabras, focalizó toda su atención en la estela color violeta plasmada en el papel. Se frotó las manos con manifiesto nerviosismo. Su mirada revoloteaba por encima del bolígrafo de cristal, se elevaba hasta el foco del techo y se lanzaba en picado al bolígrafo de nuevo, con más y más inquietud.

—El primer dato que necesito es su nombre. —La joven me dedicó una mirada cargada de no sé qué súplica—. ¿Cómo se llama, señorita?

Bajó los ojos hacia el bolígrafo de cristal y los volvió a elevar hasta encontrarse con los míos: un movimiento que no duró más allá de milésimas de segundo pero que no me pasó inadvertido.

—Si quiere que la ayude, lo primero que necesito es su nombre.

Tenía la sospecha de que, con mi insistencia, no sólo no la estaba ayudando sino que podía hacer que se sintiera peor. Pero ¿qué le sucedía?, ¿era tan tímida que la asustaba tratar con desconocidos? Ya era mayorcita para comportarse de forma tan acoquinada. ¿Se trataba de una desequilibrada? Por un momento tuve miedo de que me pudiese hacer daño. Pero ¿de qué arma se podía valer?, ¿del bolígrafo de cristal que la tenía fascinada? Repetí la pregunta para llenar el incómodo silencio.

—¿Cuál es su nombre, señorita?

Para tranquilizarme, me levanté de la mesa y me dirigí a la estantería donde se acumulaban cientos de folletos.

—Laura Grandes Palacios.

La voz de la joven me sobresaltó, a pesar de ser casi inaudible.

—Laura Grandes Palacios —repitió con un tono más contundente, como si, de ese modo, quisiera afirmar su identidad.

Permanecí unos segundos de espaldas a mi cliente. Su nombre me resultaba familiar aunque podía asegurar que aquella era la primera vez que la veía. No la conocía, pero aquel nombre… Oí detrás de mí cómo se cerraba la puerta del despacho despacio. Me volví con brusquedad. La chica había desaparecido. Sobre la mesa, destacaba una cartulina blanca, una tarjeta de visita:

Laura Grandes Palacios

Galería Los Arcos

Debajo figuraba, manuscrito con tinta violeta, el número de teléfono. Laura Grandes Palacios. El nombre taladraba mi memoria. Se presentaba y se escabullía antes de poder atraparlo. Laura Grandes Palacios. Laura Grandes Palacios. Extendí la mano para coger el bolígrafo, pero no lo encontré. Mi mente seguía atrapada en aquel nombre, incapaz de pensar, incapaz de encontrar el dichoso bolígrafo infantil. Laura Grandes Palacios.

Laura Grandes Palacios.

El bolígrafo de cristal no se veía por ningún rincón del despacho. Parecía que se hubiese esfumado.

Laura Grandes Palacios.

Entonces recordé dónde había oído aquel nombre.

Laura Grandes Palacios.

Tres años antes, en Denia. Estábamos toda la pandilla en casa de Jacobo, aburridos a la hora de la siesta. La hermana de Javier hacía el tonto. ¿Cómo se llama?, ¿Lucía?, ¿Sara? No, no era así. No. Bueno, da igual cómo se llamase. El caso es que la chica se puso a hacer el tonto, que estoy seguro que Javier se avergonzaba del numerito que montó para que le hiciera caso Jacobo. Y se puso a hablar de una amiga, a reírse de ella, de su problema. Cleptomanía. Nunca había oído esa palabra. Y ella venga a burlarse. Que fue muy cruel. Hasta que se le fue de las manos y quiso dar marcha atrás. Pero ya era demasiado tarde. Laura Grandes Palacios.

Laura Grandes Palacios.

Y, al día siguiente, Jacobo jactándose de la noche que había pasado con la bobalicona de la hermana de Javier, sin consideración por su amigo, que hasta aquel día, eran inseparables y se dejaron de hablar después.

Laura Grandes Palacios.

No estuvo bien lo que hizo la hermana de Javier. Reírse de su amiga. Yo también me reí. Y hasta creo que la llamé ladrona. ¡Pobre chica!

Laura Grandes Palacios.

Cogí la tarjeta de visita y la estuve contemplando.

Laura Grandes Palacios.

¿Y si la llamo?, ¿me dirá que no si la invito al cine?

Laura Grandes Palacios.

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