C.VELARDE

9. CONJETURAS

JORGE SOTO

Jueves 22 de septiembre

19:50 hrs.

El parálisis de mi corazón se prolongó hasta que llegué a casa y me tumbé sobre el sofá. Ni siquiera compré la puta funda de mi celular por lo angustiado que me puse al leer el mensaje que me había enviado Fede.

El único que me hizo compañía en mi soledad fue Bacteria, quien me maulló cuando no vio entrar a Livia conmigo. Era la primera vez que ocurría algo así, que yo ingresaba solo al apartamento, y me sentí mal. Hasta Bacteria sabía que algo no estaba bien en todo esto. El gato se acercó a mis pantorrillas y rasguñó mi pantalón, llenándolo de pelos. Me acusaba de que no estuviera su ama presente.

—Livia me mintió, pequeño gato mugroso —me defendí ante el acusador felino, que no paraba de poner sus patas sobre mis piernas, enfadado—. Se  fue con Valentino a no sé dónde. Y ella no me lo informó —le expliqué con un nudo en la garganta—. ¿Qué excusa me dará cuando llegue sin haber comprado nada de su guardarropa?

Bacteria era un gato inteligente y bastante arrogante: lo supe porque me miró atentamente mientras me quejaba ante él con amargura, y dicho esto, (complacido con mis palabras desgarradoras), el gato se sentó en el brazo del sofá y se durmió tranquilo, ronroneando, regodeándose en mi sufrimiento.

—Joder, gato de mierda, ¿quién fuera tú, para valerle madres la vida y sólo vivir para tragar, mear, cagar, rasguñar al novio de tu ama y, cumplidos tus propósitos, luego dormir?

Así estuve por varios minutos como pendejo mirando los triángulos de la alfombra llena de pelusa donde tenía mis zapatos, cuando de pronto, al mucho rato, mi celular timbró. Era un mensaje de mi novia, al fin.

LIVIA

Hola, bebé, ya estamos haciendo algunas compras 8:20 p.m.

¿Qué? ¿Era todo lo que me decía? ¿A qué hora iba a informarme que Valentino estaba con ellas?

JORGE

¿Todo bien con Leila, Livy8:21 p.m.

Y el celular quedó en silencio un buen rato en que yo permanecí a oscuras en la sala de mi casa, esperando la respuesta de mi novia, sólo escuchando los ronquidos de su gato hasta que mi teléfono volvió a timbrar.

LIVIA

Perdona por no responder antes, bebé, pero Leila y yo estamos bastante enrolladas con el tema de las tiendas. Todo va perfecto, cariño 9:02 p.m.

¿Y Valentino? ¿A qué putas horas me iba a decir algo sobre Valentino?

JORGE

Gracias por avisarme, mi ángel. Tenme al tanto de cualquier cosa, por favor 9:02 p.m.

Ya no respondió. Esperé a que se hicieran las 9:30 de la noche para levantarme del sillón, encender las luces e ir a la cocina a beber un poco de agua. Es que me estaba secando por dentro de tanto pensar babosadas. Luego me metí al cuarto, inquieto, y me eché sobre la cama. Bacteria me siguió y se acomodó en el sitio vacío donde dormía Livia, ocupando su lugar.

—Vete de aquí, gato mugroso —le exigí, manoteándolo. Pero el cabrón felino me miró, ronroneó y se volvió a dormir—. Irreverente. A parte de flojo rebelde.

Eché un vistazo a mi teléfono y pensé en mirar el Instagram de Valentino. Por fortuna no tenía que seguirlo para poder ver sus publicaciones, ya que eran públicas.

El machito era toda una celebridad, a juzgar por la cantidad de seguidoras (la mayoría mujeres) que tenía, y su historial de fotos publicadas no tenían ninguna variante: era siempre él, sus autos de lujo, otra vez él, (ahora posando semidesnudo, con su poderoso torso trabajado, su envidiable six-pack figurado en su trabajado abdomen), el tigre enjaulado que tenía Aníbal en su mansión, y nuevamente él, posando en diferentes escenarios y situaciones, presumiendo sus outfits caros que ni trabajando un año entero yo podría tener.

Como bien decía Fede, a su lado yo tampoco tenía cabida ni oportunidad en una competencia en la cual estuviera de por medio una mujer. Por primera vez me sentí intimidado por Valentino por el simple hecho de que él era mejor que yo en todos los aspectos. Era perfecto al menos en el plano superficial que, por desgracia, rige el mundo real. Valentino era como el chico popular del instituto, capitán del equipo número uno al que todas las chicas y chicos admiran por su apostura y liderazgo.

El soberbio y narcisista al que todos ríen sus chistes malos y el que podía tener a cuanta hembra se le pusiera en frente sin importar si tenía novio, era virgen o incluso una maestra. Y yo quedaba en segundo plano, como el chico nerd enamorado de la chica guapa que, en su vida, lo voltearía a ver.

—Mierda…

En mi historia real, pese a ser el nerd, yo sí que tenía esa chica guapa de instituto, ¡y era mía y me amaba! El problema era que, de buenas a primeras, había aparecido el cabrón guaperas que, no sé cómo, se estaba involucrando en la vida de mi chica.

—A lo mejor Valentino va por todas con Leila. De pronto la ha visto bien y se la quiere tirar. Entonces, para ello ideó el plan de salir esta noche, y Leila, intimidada por no haber tenido nunca un tipo de su clase, arquetipo y envergadura (aun si es una promiscua confesa), invitó a Livia para que la acompañara —dije a Bacteria mi teoría como si esperara que el maldito gato indiferente me escuchara. 

Pero no. Deseché esa teoría en seguida porque Leila Velden no era de la clase de chicas que se intimida ante ningún hombre (menos si le gusta tanto como ella lo había dejado entrever) y, por lo que había escuchado el día anterior en los baños de mujeres, Valentino jamás había tenido un acercamiento de este tipo con ella, (cosa que a la pobre le frustraba) lo cual me llevaba a pensar que Leila no perdería ninguna oportunidad para abrirle las piernas si éste se lo insinuaba, sin la necesidad de pedir a mi novia su ayuda.

Por lo que quedaba otra opción: que Valentino se hubiera encaprichado con mi novia (lo que me pondría a mí en estado de alerta total). Tal vez, después de tantos años, apenas la había mirado con otros ojos. Quizá el muy cabrón se había propuesto ligar a una chica inocente y casta como la mía. De pronto le gustaban los retos, y le parecía divertido y morboso llevarse a la cama a una mujer decente y virtuosa como Livia. Y la cereza del pastel, ¡haciéndola cometer adulterio, pues él debía de saber que Livia era la novia del cuñado de su mejor amigo!

Mierda.

Aunque también cabía la posibilidad de que sólo me estuviera comiendo la cabeza con ideas absurdas y sin lógica, malinterpretando las cosas, y que la presencia de Valentino con Leila y Livia fuera sólo alguna coincidencia o por algún trabajo sin importancia que les estaba pidiendo y, aprovechando que ellas iban de compras, como agradecimiento le había apetecido darles un aventón hasta la Plaza y punto final.

 —Madre mía, la que me estoy liando —susurré en las penumbras de la noche.

No conforme con mis conclusiones, continué fisgoneando el instagram del joven y musculoso jefe de mi prometida. Descubrí que tenía bastantes fotos de los eventos de carreras de autos en los que participaba (la mayoría de esas carreras clandestinas). Sabía por rumores de los mismos empleados de La Sede, que Valentino frecuentemente le gustaba jugar a los arrancones, tanto como apostador, como de piloto. Su pasión por coleccionar autos de carreras y de lujo era obsesivo. Decían que provenía de una familia adinerada (lo que descartaba que tuviera negocios ilícitos como Aníbal, aunque tampoco lo podía desechar).

Al parecer, el tipo era descendiente de unas de las tantas familias italianas que llegaron a México (especialmente a una colonia que formaron aquí, en Monterrey) como refugiadas, cargando con todas sus riquezas desde Europa, huyendo de las fatalidades que estaba dejando la segunda guerra mundial durante el siglo XX. Eso explicaba su apellido.

—Maldita la hora en que tus antepasados se asentaron aquí, cabrón —lo maldije.

Vi que por la mañana, Valentino había subido una selfie con unos fastuosos Ray-Ban sobre sus ojos, mostrándose en la cámara con un gesto seductor que implicaba fruncir sus gruesos labios.

—Cabrón presumido —ofendí con ganas al Valentino de la foto—. Si no tuvieras dinero, no tendrías esos lujos. Si no tuvieras dinero, ni siquiera tendrías ese cuerpo que te hace levantar a todas las mujeres que se te antojan. Si no tuvieras dinero no serías nada, Valentino Russo. Nada.

Pero lo tiene… y no hay nada que yo pueda hacer al respecto, Jorge.

Y entonces, ¡tarán! Apareció en su historia una foto nueva como a eso de las 10:11 de la noche. O sea, recientemente. En ella se veía una de sus poderosas manos, anchas, trigueñas, con su dorso venoso, sosteniendo un café de Starbucks y luciendo un Rolex de oro.

El asunto fue que, además de su impresionante empuñadura, alcancé apreciar la mitad de la mesa redonda en la que estaba sentado, desde donde se alcanzaba apreciar un bolso negro en la parte superior izquierda, que supuse pertenecía a Leila y, lo que me dejó en completo estupor: en la zona derecha, un celular de carátula rosada de Hello Kitty perteneciente a Livia: ¡A mi Livia! Lo reconocí en seguida porque yo mismo se lo había comprado.

Tragué saliva y sentí que me jalaban de los pelos.

—Livia, Livia —murmuré.

«Sólo es un café, Jorge, sólo están en una puta cafetería de la Plaza Andares tomando café.»

Me dije que no podía haber nada de malo en ello. Claro que no. El problema no era ese, sino que Livia me estuviese omitiendo detalles, como el que Valentino estaba con ellas.

—Joder —susurré, con mi lengua amarga.

Y volví al principio, preguntándome de nuevo qué hacía un cabrón narcisista como ese tomándose un café con Livia y Leila.

Mi preocupación era que en apenas un par de días, la presencia de Valentino en la vida de mi novia fuera de lo laboral (mismo que en casi cinco años no me había dado problemas) me estuviera emitiendo alarmas de alerta que me hacían tener pensamientos insanos.

Valentino Russo era de la clase de tipos que podrían interesarse en mujeres exuberantes del tipo de Catalina y, obviamente, de Leila, así que no había nada raro si un día me enteraba que había salido a un bar o una disco con alguna de las dos. No obstante, ¿Livia qué pintaba ahí? Ella no era el tipo de chica que frecuentara a cabrones como él (y viceversa); peor aún, desde que tengo memoria, Livia jamás había salido con un chico que no fuera yo, mucho menos si yo no estaba presente, como estaba ocurriendo ahora.

Y no es que hubiera algo malo en que saliera con otros muchachos, pero es que ella no era así. Y yo ya me había acostumbrado a su reservada forma de ser.

¿Entones habría posibilidad de que mi loca teoría de que Valentino se hubiera propuesto ligar a Livia pudiera tener sentido?

—Mierda, ¡mierda!

Creo que nunca había sentido esa ansiedad tan intensa en el cuerpo, ese punzante dolor en el pecho y esos horrendos retorcijones en el vientre que me indicaban los terribles celos que estaba padeciendo esa noche sólo porque Livia estaba sentada en una mesa tomándose un café con Leila y con Valentino. 

Resollé y apreté las sábanas de mi cama con la intención de controlarme. Sí, tenía que controlarme, o de lo contrario iba a reventar.

Así que cerré los ojos y dormité un buen rato. 

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