ALEX BLAME

Parecía que no iba a llegar nunca el momento, pero al fin estaba de vacaciones. Al contrario que el resto de la gente, le gustaba la paz y la tranquilidad, por eso siempre que podía cogía las vacaciones en octubre. No le molestaba trabajar en verano, aguantar el calor, las coñas de sus compañeros enviando videos desde las playas con la familia y los cuentos de lo bien que lo habían pasado a la vuelta. Y los aguantaba porque en su mayoría eran mentiras. Todo el mundo muestra la parte buena; las sonrisas y las cervezas en los chiringuitos. Nadie cuenta los hoteles atestados, el levantarse a las seis de la mañana para conseguir un buen sitio para la tumbona, el calor asfixiante, los niños de los demás dando por el saco, aun más que los tuyos propios…

Él no se quejaba y aguantaba las bromas. Y tampoco  se vanagloriaba del los hoteles tranquilos, del calor menos extremo y de la abundancia de sitio en la terraza de la piscina. Y  sobre todo la ausencia de niños en kilómetros a la redonda. Todos volviendo locos a sus padres en casita.

«Gire a la izquierda y habrá llegado a su destino…» —le apuntó el navegador sacándole de sus pensamientos.

Siguió las instrucciones del navegador y aparcó justo en la puerta del magnífico hotel de cinco estrellas, que podía permitirse gracias a que era temporada baja. En cuestión de veinte minutos había hecho el check in y estaba observando el paradisíaco paisaje desde la terraza, mientras mordisqueaba una manzana que había cogido de la cesta de bienvenida que habían depositado en la mesa de su suite.

Se acodó en la barandilla y sin dejar de masticar, observó la casi interminable playa de arena blanca, casi desierta; el agua color turquesa, las palmeras, el chiringuito en el que tres o cuatro personas bebían cervezas y charlaban y la enorme piscina que se extendía a sus pies con el tamaño de un par de campos de fútbol.

Instintivamente miró hacia las tumbonas. Varias personas estaban tumbadas, aprovechando los últimos rayos vespertinos mientras los camareros paseaban entre ellas relajadamente, sirviendo las últimas copas del día o recolocando las tumbonas abandonadas. Su mirada se dirigió instintivamente a un par de mujeres jóvenes e imaginó las circunstancias que las habían llevado allí. No se llevó mucho disgusto cuando vio que con pocos minutos de diferencia llegaban sus parejas para recogerlas y dar un largo paseo por la playa o ir al buffet para la cena.

Eso le recordó que, emocionado, ni siquiera había parado por el camino para picar algo. Se pegó una ducha rápida y tras ponerse una camisa, unos pantalones cortos y unas chanclas se dirigió al comedor.

Cenó y dio un largo paseo por la playa ya casi desierta. Una ligera brisa proveniente del mar refrescaba el ambiente haciendo que el paseo fuese una delicia. No necesitaba nada más. Probablemente cualquiera creería que era una especie de misántropo, pero simplemente necesitaba descansar del mundo y de sus chorradas. De los anuncios que te decían lo que tenías que comprar, de las series y las películas que te decían como tenías que vivir o los jefes que te decían lo que tenías que hacer.

Cuando se dio cuenta estaba al final de la playa, de cara a un cúmulo de enormes bloques de granito que la marea había acumulado allí con el paso de los milenios. Miró el reloj, era casi la una y estaba cansado tras un día de trabajo y un largo trayecto en coche. Agotado, pero totalmente relajado, se dirigió de vuelta al hotel.

Una vez en la habitación, se dirigió de nuevo a la terraza, se sentó en una silla y apoyó una pierna en la mesa mientras cerraba los ojos y escuchaba el rumor de las olas golpeando contra los rompientes, a media milla de la costa.

No sabía cuánto tiempo había pasado, pero de repente una voz rompió el silencio. Alguien estaba cantando. Al principio se enojó, pero luego se dio cuenta de que aquella mujer cantaba realmente bien. No era una voz espectacular, pero la dulzura de su tono le conmovió. Se asomó a la terraza intentando averiguar el origen, pero la canción parecía proceder de todos los lugares y de ninguno a la vez.

» Búrlate del guardián del invierno, desátame

Sálvame de la asesina rutina, desnúdame

En la orilla del mar es más fácil soñar

Mirando las estrellas es más fácil soñar.

Llévame libre y salvaje, llévame hasta el mar… «

Aquella mujer le daba un sentido totalmente diferente a la canción. En vez de la súplica desesperada de la voz rota de Manolo Tena, ella conseguía darle un tono de esperanza  que nunca habría adivinado en la letra. Se estiró fuera de la barandilla intentando encontrar el origen. Miró a derecha, había varios balcones con las luces encendidas, pero también la desconocida podía permanece a oscuras, no se necesitaba luz para cantar. Tras cinco minutos se rindió y se sentó en la silla, con los ojos cerrados, simplemente disfrutando de aquella melodiosa voz.

Durante quince minutos encadenó canciones y disfrutó del improvisado concierto dejándose llevar. Su mente, como siempre que se encontraba con un misterio, comenzó a divagar intentando imaginar quién sería la propietaria de la voz, a pesar de que sabía que sería casi imposible resolverlo.

El fresco de la madrugada lo despertó. Miró el reloj, eran cerca de las tres de la madrugada. El hotel estaba en completo silencio. Se estiró, los huesos de su columna chasquearon. Ya no tenía edad para esas mierdas. Resopló y se asomó un instante, echando un vistazo de nuevo a los balcones, ahora desiertos y oscuros antes de entrar y dejarse caer en la cama sin desvestirse siquiera.

Una bola roja asomando por el horizonte se coló a través de la puerta abierta de la terraza e iluminó su cara. Intentó interponer la mano entre sus ojos y aquel lacerante resplandor, pero no sirvió de nada. Tambaleante se levantó, bajó la persiana hasta abajo y se acostó de nuevo, pero no pudo volver a dormirse. La voz de la mujer seguía rebotando en su cerebro. Miró el reloj, en veinte minutos se abriría el bufet del desayuno. Quizás tuviese suerte y descubriese a la desconocida. ¿La gente cantaba mientras se servía huevos fritos con salchichas?

Se duchó apresuradamente y tras ponerse ropa limpia bajó al restaurante. Una camarera le recibió con una sonrisa y un termómetro pistola. Con una sonrisa, levantó las manos en señal de rendición. La joven sonrió y le indicó una de las mesas en la terraza. Tras pedir un café bien cargado cogió un plato. Recorrió los estantes con la mirada perdida en los pocos clientes que habían acudido a una hora tan temprana. No creía que ninguno de aquellos jubilados alemanes supiese el suficiente castellano como para pedir los cereales.

Desayunó sin prisa, observando desde su mesa a cada persona que llegaba sin obtener la más mínima pista y para cuando terminó, el sol ya estaba lo bastante alto como para saber que el calor le impediría dar un largo paseo por la playa, así que optó por holgazanear el resto de la mañana. Diez minutos después estaba en la tumbona más sombría y apartada de la piscina, con una cerveza en una mano y un libro en la otra. Afortunadamente, las aventuras de Jack Reacher no eran tan transcendentales, porque no se estaba enterando de nada. Aquella voz comenzaba a obsesionarle… El sol apretó durante toda la mañana y alternó la hamaca con los chapuzones en la piscina. Debería disfrutar del ambiente relajado y la piscina semivacía, pero aun así no le parecía suficiente. Constantemente buscaba a la desconocida en cada silueta. Necesitaba estar solo o no podría relajarse.

Después de la comida y una corta siesta cogió la toalla y salió por la puerta del jardín en dirección a la playa. El cielo, poblándose poco a poco de borreguitos, lo animó a alejarse en dirección al final de la playa. Había visto en el Google Maps que justo detrás de aquellas rocas había una pequeña cala inaccesible por tierra. Solo tenía que salvar un pequeño tramo de agua y estaría totalmente solo.  Metió la toalla en una bolsa impermeable, se internó en el mar y nadó con fuerza superando la suave corriente en contra.

La pequeña playa era una medialuna perfecta, rodeada por un farallón de más de treinta metros de alto, que se cernía y daba sombra a la parte más cercana de la arena. Sacó la toalla y se tumbó a la sombra, disfrutando del paisaje y de la total soledad de la cala. Un barco portacontenedores, atravesando el horizonte lentamente a varias millas de la costa, era la única señal de civilización. Cerró los ojos y se relajó. No tardó en quedarse dormido…

«Here comes the summer’s son

He burns my skin

I ache again

I’m over you…»

Abrió los ojos instintivamente y giró la cabeza en dirección a aquella voz que ya había desistido de buscar. Sobre una gran laja de granito rojo, que se sostenía en precario equilibrio sobre el mar, allí estaba, la mujer que llevaba todo el día buscando sin éxito. Se hizo sombra con la mano y la observó con atención. La joven exhibía un cuerpo pequeño, pero exquisitamente proporcionado con un escueto bikini de color rojo. Aguantando la respiración recorrió con la mirada las piernas esbeltas, las curvas de sus caderas y observó cómo su respiración hacía que las costillas se marcaban en sus costados y sus pechos se elevaban al coger aire para entonar una nueva estrofa de la canción…

«Here comes the winter’s rain

To cleanse my skin

I wake again

I’m over you…»

En trance, siguió subiendo por su cuello largo y delgado y se fijó en aquella cara de labios finos y nariz pequeña, que apenas podía atisbar desde la distancia, pero que estaba deseando besar. Una ráfaga de viento agitó el pelo castaño y le echó un mechón sobre los ojos. Ella lo apartó despreocupadamente sin dejar de cantar. Debía saber que él estaba allí, pero parecía no importarle o no interesarle nada. Cuando terminó la canción, sin solución de continuidad comenzó con otra…

«En el infierno,

en invierno,

se pasa mejor

porque en verano

no es sano,

hace mucho calor

y se suda, y se suda…»

De repente la joven se incorporó y comenzó a bailar a la vez que seguía con la casi olvidada canción de Alaska. Su cuerpo se recortaba en la silueta de un sol declinante. El recorrió su silueta con una sensación cada vez más acuciante. Necesitaba conocer a aquella mujer, necesitaba hablar con ella.

Se levantó de la toalla y avanzó en dirección a ella, pero apenas se había acercado dos metros cuando la mujer terminó la canción y súbitamente se lanzó de cabeza al agua.

Se quedó congelado sin saber qué hacer. Dio un pasó en dirección al agua, luego recordó sus cosas y volvió su mirada hacia ellas. Apresuradamente recogió todo y lo metió en la bolsa, pero para cuando se lanzó al agua y atravesó el extremo de la bahía en dirección al hotel, la desconocida había desaparecido. Miró en todas direcciones, pero la mujer parecía haberse esfumado en el aire.

Cabizbajo, dándole mil vueltas a lo ocurrido y recriminándose su torpeza, volvió al hotel pateando con fuerza la arena, frustrado.

No esperaba encontrarla, pero a pesar de todo la buscó por cada rincón del resort. Durante la cena a penas comió nada, atento a toda persona que entraba y salía del comedor. Ni  siquiera se fijaba en la comida que se servía. La gente se sentaba a su alrededor y le observaba con un gesto que variaba entre la sorpresa y la aprensión comer croquetas con helado de fresa y lechuga con cangrejos. Como se temía, ella no apareció. Dominado por la melancolía se dirigió a su habitación y se pegó una larga ducha fría, en la que las imágenes de la joven bailando con el disco solar de fondo, se le presentaban repetidamente.

Salió desnudo a la terraza, con la toalla enrollada en torno a la cintura. La brisa refrescó su cuerpo, pero su mente continuaba hirviendo. Cogió una cerveza del minibar y se sentó en la silla de la terraza, convencido de que su torturadora no tardaría en hacer acto de presencia.

Y no se equivocaba. Casi a la misma hora que el día anterior volvió a escuchar su voz. Ya no se asomó a la barandilla. No intentó averiguar de dónde provenía la voz, simplemente se limitó a escucharla saltar de canción en canción sin orden aparente. Aquella mujer solo con su voz estaba poniendo su vida patas arribas, ¿Cómo era posible?

El improvisado concierto terminó tan bruscamente como había empezado y allí se quedó él, sentado en la soledad de la terraza de su habitación, con el silencio rumoroso del mar como único compañero, consciente de que aquella noche no pegaría ojo.

El viento había vuelto a soplar y empujaba la galera contra los rompientes, pero daba lo mismo. Aquel no era el mayor peligro para su vida. Lo único que podía hacer era confiar en las corrientes y permanecer firmemente atado al mástil. Durante cientos de años muchos barcos habían sido arrastrados a aquella aguas traicioneras por galernas, las fuertes corrientes o por capitanes demasiado confiados o inexperimentados. Pocos habían salido con vida.

Afortunadamente él había detectado el peligro y había obligado a la tripulación a abandonar el barco en una chalupa. Pero él no estaba dispuesto a abandonar al amor de su vida. La Intrepida había sido su primer y único barco. Juntos habían atravesado los mares más tempestuosos y las costas más traicioneras y, desde que se puso al timón por primera vez, sabía que su destino estaba inextricablemente unido. Juntos saldrían de aquel estrecho canal o juntos acabarían en el fondo del mar o se destrozarían al chocar contra los escollos.

Finalmente la marea descendente le dio un empujón y el navío se enderezó justo a la entrada del canal. La corriente aceleró la galera y él, impotente, lo único que pudo hacer fue mirar las altas paredes rocosas y rezar a los dioses para que el casco no topase con alguno de los escollos que afloraban aquí y allá y sobre todo para que los nudos de Kiryios, su segundo oficial, resistieran el último   obstáculo… y el más peligroso.

La galera salió del estrechó a una amplia bahía de aguas tranquilas color aguamarina. La corriente, aunque no tan fuerte, seguía impulsando la nave en dirección a una costa arenosa. Si llegaba estaría salvado, pero la orilla aun estaba lejos y cada minuto contaba.

Durante unos minutos un silencio esperanzador dominó la bahía, solo roto por el graznido de las gaviotas que sobrevolaban el navío. Pero no duró mucho. El primer indicio fue un movimiento que captó con el rabillo del ojo, en un islote a babor. Cuando  giró la cabeza, solo vio una ligera ondulación en el agua. Cerró los ojos un instante y deseó que solo fuese un cormorán zambulléndose en busca de un pez, pero un instante después escuchó aquella melodía. Dulce como el abrazo de una joven hermosa y a la vez peligrosa como el de una serpiente constrictora.

Abrió los ojos buscando el origen de aquella melodía. Nunca había escuchado nada tan bello. Los pocos marineros que habían sobrevivido no habían mentido. Un escalofrío recorrió su cuerpo de arriba abajo al ver a la primera saltando fuera del agua. Siguió aquel cuerpo deslizándose de nuevo en el agua en medio de un torbellino de destellos azules y púrpuras de su cola.

Cuando a la primera se le unió una segunda y media docena un par de minutos más tarde, sabía que no tenía escapatoria. 

Levantó la vista al cielo, en una muda súplica a los dioses, pero los dioses estaban sordos aquella tarde. Tres de ellas cogieron impulso y de un salto se plantaron en la cubierta de la galera mientras el resto nadaba a su alrededor emitiendo aquella enervante melodía.

A pesar de que quiso mantener los ojos cerrados, no lo consiguió. En cuanto los abrió se sintió perdido. Los cuerpos de aquellas criaturas se secaban rápidamente al sol vespertino, recuperando su forma humana. Eran las mujeres más hermosas que había visto en su vida. Sus cuerpos eran voluptuosos y su caras eran la mismísima encarnación de la belleza y la lujuria. Se acercaron y lo rodearon, exhibiendo sus cuerpos desnudos y uniéndose a la canción de las sirenas que seguían rodeando la galera. En ese momento perdió lo poco que le quedaba de cordura.  Luchó contra sus ataduras, pero Kiryios había hecho bien sus trabajo. Las sirenas le observaron y se burlaron con risas cantarinas, pero no hicieron ningún esfuerzo por liberarlo.

Gritó y las insultó. Ellas sonrieron y se acercaron aun más, acariciando su cuerpo y  dejando que un aroma dulzón lo envolviese y lo excitase. En ese momento otra sirena saltó justo delante de él. Era un poco más pequeña, y al contrario que ellas, llevaba el pelo castaño rizado y cortado corto, su cuerpo, a pesar de ser menudo, era igualmente voluptuoso…. y le resultaba familiar… ¿Dónde lo había visto antes?

Las sirenas se apartaron mientras ella, recuperando su forma humana, lo hipnotizaba con su rostro de facciones pequeñas pero harmoniosas, coronado por una diadema de plata y coral. Inmediatamente se sintió subyugado por aquella mirada y por su voz. Su cantó era más dulce e hipnotizador que el de sus compañeras y sus movimientos más cadenciosos. Sin dejar de cantar, se acercó haciendo una pirueta con los brazos en alto, mostrando su cuerpo espléndido sin ningún recato.

Las otras sirenas se apartaron e inclinaron sus torsos en señal de respeto mientras la reina se paraba ante él y lo observaba con curiosidad. Su cuerpo reaccionó ante aquella mirada inquisitiva y su miembro se estremeció dentro de los pantalones. La criatura bajó la mirada, observó el bulto que crecía entre las piernas del capitán y se acercó hasta que pudo sentir el aliento de la mujer acariciando su cuello.

Con deliberada lentitud, la reina acercó una de las manos a su cara y la acarició con suavidad. Bastó ese leve contacto para que todo su cuerpo se estremeciese. Luchó de nuevo con sus ataduras, desesperado por desasirse y devolver aquellas enloquecedoras caricias.

Las otras tres sirenas se acercaron y comenzaron a cantar aquella enloquecedora melodía a la vez que arañaban y tironeaban de su ropa hasta dejarlo totalmente desnudo. Indefenso, cerró los ojos y se abandonó a los besos, las caricias y a aquella deliciosa melodía. Notó como su cuerpo se alimentaba de ella, excitándose y colmándose de una energía que amenazaba con estallar. En ese momento las sirenas se apartaron. Abrió los ojos y vio a la reina de espaldas a él a escasos centímetros de su miembro erecto y balanceante y con sus cortesanas ligeramente apartadas, formando un coro de sonidos harmónicos y a la vez discordantes.

La pequeña reina sirena dio un paso atrás hasta que su cuerpo entró en contacto con la punta de su glande. Solo aquel ínfimo roce hizo que un escalofrío recorriese su cuerpo. La sirena se volvió y lo miró con una sonrisa enigmática. Sus labios rosados y húmedos se entreabrieron dejando entrever una lengua pequeña y puntiaguda. Intento aproximar su boca para besarla, pero la reina se apartó lo justo para que el capitán besara el aire.

Incapaz de otra cosa, se dedicó a observar los rizos de su pelo, su cuello esbelto, las curvas de sus caderas, su culo terso y sus piernas esbeltas. Ahora se arrepentía de haberse atado al mástil. Deseaba acariciar aquellos muslos y amasar aquel culo firme y musculoso hasta que se le cayesen los dedos…

En ese momento la reina se puso de puntillas y se retrasó dos pasos, de forma que su erección quedó alojada entre los cachetes de la sirena. Aquella caricia casi consiguió que se corriese, pero pudo contenerse y disfrutar de los lentos movimientos de cadera de la sirena.

Después de lo que le parecieron años, la reina se volvió y levantando los brazos se colgó de su cuello. Fascinado, se sumergió en aquellos profundos ojos castaños y nadó en ellos con la mirada, mientras sus labios se acercaban poco a poco. El beso resultó ser fresco, profundo y con un ligero regusto a yodo y a algas marinas. Ansioso, introdujo la lengua en la boca de la sirena y la saboreó antes de que ella se retirase de nuevo, dejándole aun más ansioso y excitado. Las acólitas elevaron un tono su melodía mientras ella se giraba, apoyaba las manos en su pecho y lo arañaba con suavidad con unas uñas finas y sorprendentemente afiladas. Los labios de la sirena recorrieron su mandíbula y su cuello, mordisquearon sus tetillas y recorrieron su vientre y toda la longitud de su pene con la punta de su lengua.

La melodía se volvió más intensa justo cuando su polla despareció en la boca de la reina. Cerró de nuevo los ojos y se concentró en sentir como la sirena recorría su miembro con la boca y chupaba con fuerza su glande sin dejar de acariciarlo con la lengua. Como si lo hubiese adivinado, la sirena se apartó justo cuando estaba a punto de correrse. Aun así, un grueso cordón de saliva seguía conectándolos. La reina jugó con él hasta que se soltó  y cayó sobre uno de sus pezones.

Acostumbrado a coger lo que quería, a tomar a las mujeres a su gusto y dominarlas a placer, aquella situación era desesperante y a la vez tremendamente excitante. Sabía que aquella mujer podía irse cuando quisiese y dejarle allí a la deriva, en un marasmo de sensaciones. Durante un instante, solo un instante de cordura, miró a su alrededor. El navío había vuelto a cambiar de rumbo y se alejaba de la playa salvadora. Sabía que estaba perdido, pero aunque hubiese tenido la oportunidad de soltarse, sus manos no se hubiesen dirigido al timón, se dedicarían a navegar por las caderas que tenía delante, asiría aquel culo con firmeza y se dejaría guiar por el brillo pulsante de aquella mirada.

La sirena sonrió satisfecha y se acercó. Con habilidad se colgó de su cuello y le rodeó la cadera con una de sus piernas. Sus sexos contactaron y el no pudo evitar un gemido. Las otras sirenas emitieron notas más agudas acompañando a cada movimiento de las caderas de su reina. Finalmente, agarrándose con fuerza a su cuello, levantó la otra pierna y acomodó la polla del capitán en su interior con un largo suspiro. La polla resbaló con facilidad y se hundió hasta el fondo de las entrañas de la joven reina, que por fin rompió a suspirar a su vez. Los movimientos de sus caderas se iban acelerando poco a poco y el aprovechaba cada oportunidad para besar, chupar o mordisquear cualquier parte de la anatomía de la sirena que quedaba a su alcance.

La suave melodía se transformó de nuevo, esta vez en un ritmo sincopado que acompañaba cada golpe de cadera, gemido y grito de placer. Los movimientos, al igual que el ritmo de la melodía, se fueron acelerando. Jamás había sentido algo parecido, todo su cuerpo se estremecía asaltado por relámpagos de placer que hacían que sus piernas temblasen y los músculos de su vientre se tensasen involuntariamente.

La reina también estaba llegando al clímax. Sus movimientos eran intensos y pequeñas lágrimas de sudor resbalaban por sus sienes, escurrían por su cuello y se unían en un pequeño torrente que bajaba por su torso. Entre largos gemidos soltó los brazos del cuello y se echó hacia atrás mientras movía sus caderas furiosamente. Sus acólitas se apresuraron a sostener su torso mientras ella seguía agitando su cuerpo envuelta en una nube de placer. Él no pudo aguantar más y se corrió dentro de ella. Oleada tras oleada de su semilla inundaron el sexo de la reina sirena, que gemía ahogadamente hasta que un brutal orgasmo la recorrió. En ese momento un chirrido y unos escalofriantes crujidos le hicieron levantar la cabeza. Un enorme escollo se alzaba ante él. El choque fue brutal, la sirena gritó extasiada mientras todo el barco se estremecía, el mástil se combaba y una de las jarcias se desprendía. Mientras la reina se estremecía descontroladamente, el volvió a la cruda realidad, justo cuando un obenque caía y se dirigía directamente hacia él. Intentó levantar los brazos para protegerse, pero estaban atadas, se revolvió intentando esquivarlo…

Se retorció intentando soltarse y aquello fue más de lo que la frágil silla de plástico pudo soportar. Una de las patas se dobló y cayó de costado sobre el suelo de la terraza. Desconcertado, miró a su alrededor y poco a poco fue recordando donde estaba. El sol estaba ya alto y el mar, algo agitado, chocaba contra la arena formando pequeñas olas de las que ya disfrutaban los más madrugadores.

Rascándose la cabeza allí donde había contactado con el suelo de la terraza, se incorporó con dificultad y entró en la habitación, aun con las visiones de su sueño recorriendo su mente. Estaba rememorando las facciones de la enigmática desconocida, encarnadas en la reina sirena, justo cuando una de las camareras abría la puerta para hacer la habitación. La mujer lo miró y abrió mucho los ojos. Él no lo entendió hasta que el sueño volvió a su memoria, entonces bajó la mirada y se vio desnudo excepto por la toalla descuidadamente enrollada a su cintura que no podía disimular su erección.

La camarera al fin reaccionó y susurrando una disculpa desapareció entre murmullos desaprobadores.

El día no podía haber empezado peor y empeoró aun más. Las nubes empezaron a arremolinarse y para cuando terminó de desayunar, obviamente sin encontrar rastro de la mujer que enmarañaba sus sueños, el cielo estaba totalmente cubierto y un viento fresco corría procedente del mar, augurando una tormenta inminente. Aun así, se dirigió a la piscina y se tumbó en su hamaca con un libro y un mojito, empeñado en disfrutar de sus vacaciones. Durante unos minutos consiguió olvidar el sueño, el gesto de reprobación de la camarera y el cielo gris y triste, pero las primeras gotas le obligaron a dejar la novela y refugiarse en la cafetería del hotel. Allí se sentó en la barra y pidió otro mojito. En ese momento las turbadoras imágenes del sueño volvieron de nuevo a asaltarlo y lo evadieron de tal manera que ni siquiera se dio cuenta de que una mujer se había sentado a su lado.

—Vaya día de mierda. —dijo mientras llamaba al camarero.

—Ya lo creo. —respondió él por educación.

La joven pidió una cerveza y comenzó a charlar de sus vacaciones. El la oía captando alguna frase que otra de vez en cuando. La chica era agradable, alta y esbelta, con el pelo rubio y un intenso bronceado, pero su voz ligeramente ronca, que en otra situación le hubiese resultado sensual, comparada con la de la desconocida, le resultó bronca y desagradable.

La mujer continuó charlando mientras terminaba su cerveza, pero pronto se dio cuenta de su falta de interés y se alejó en busca de un interlocutor más receptivo. Un poco hastiado terminó su bebida, subió a su habitación y se tumbó en la cama con la cabeza espesa y el cuerpo burbujeando de deseo. Cerró los ojos y se imaginó haciendo el amor con la rubia del bar, pero el rostro de la sirena se empeñaba en entrometerse destruyendo sus fantasías. Fuera, la tormenta descargaba con toda su fuerza. Se sentó en la silla que quedaba intacta y observó los relámpagos y la catarata de agua que caía difuminando el horizonte.

Las tormentas se sucedieron durante todo el día y la noche siguiente. El continuo estruendo le impidió distinguir otro sonido que no fuese el bramido de los truenos y el fragor de la marejada rompiendo contra la costa. Entre el ruido y los continuos sueños, apenas descansó y al día siguiente se despertó con un intenso dolor de cabeza. Sabía que no se iba a encontrar con aquella misteriosa mujer, pero aun así, cada vez que bajaba al comedor mantenía la estúpida esperanza de encontrarse con la desconocida. Así que lo único que consiguió fue un paracetamol y un desayuno decente.

En la piscina la cosa no mejoró demasiado. La tormenta había pasado dejando tras de sí un calor pegajoso que hacía que cualquier esfuerzo terminase en un baño de sudor. Se tumbó en la hamaca, a la sombra de una palmera, con la sensación de que solo faltaba que el cielo se desplomase sobre él. ¿Cómo era posible que unas vacaciones que parecían perfectas se estuviesen convirtiendo en una especie de pesadilla? Aquella desconocida iba a volverlo loco, incluso ahora se infiltraba en sus sueños… Si no hacía algo, aquella obsesión acabaría con cualquier posibilidad de unos días de descanso reparador.

Alguien tenía que saber algo sobre aquella joven. Superando aquel estado de semidepresión se levantó de la hamaca y se dirigió al bar de la piscina. La camarera de la barra le sirvió la cerveza con una sonrisa. Se pasó el botellín por la sien y el cuello. El frescor le ayudó a poner en orden sus ideas.

La camarera no tenía demasiado trabajo, así que no le costó entablar una conversación con ella. Intentando no ser demasiado directo fue desviando el diálogo hacía lo que realmente quería preguntarle.

—¿Trabajas también por las noches? —le preguntó mientras pedía otra cerveza.

—Depende. Normalmente trabajamos a turnos. —respondió la camarera descorchando otro tercio— A veces me toca el turno de noche en la barra del jardín delantero.

—Habrás visto de todo en este tiempo. Las noches tienen que ser duras.

—Bueno, mientras los borrachos no se pongan demasiado pesados tampoco están tan mal, además se cobra un poco más.

—¿Esta semana te ha tocado algún día? —preguntó el cruzando los dedos.

—Hice lunes y martes y no vuelvo hasta el fin de semana.

—Igual bajo un día de estos. ¿Tenéis espectáculos nocturnos?

—No, eso solo es en temporada alta.

—¿Entonces, quién es la persona que canta todas las noches? —insistió, a pesar que sabía que la voz no parecía provenir de la terraza delantera donde estaba la barra.

—No sé de qué me hablas. —dijo la camarera con cara de sorpresa.

—¿No te ha mencionado ningún cliente lo de la mujer canta todas las noches?

La camarera se encogió de hombros por toda respuesta antes de girarse para atender a una cuarentona inglesa que ocultaba su rostro bajo el ala de una enorme pamela blanca y unas gafas de sol enormes. Observó a la mujer acercar sus labios operados a la pajita de su gintonic con la mente perdida en sus pensamientos. ¿Podía ser posible que aquella voz tan dulce pudiese pasar desapercibida entre tantos huéspedes? Alguien tenía que haberla oído. ¿O se estaba volviendo loco y era todo producto de su imaginación? Terminó su cerveza y antes de que la inglesa le tirase los tejos o el gintonic a la cara, dejó la barra y con la toalla al hombro se dirigió a la playa. Como todos aquellos días la arena estaba semidesierta, pero el chiringuito había abierto por fin y el aroma de las sardinas recién hechas e atrajo como un imán. Comió un espeto de sardinas y unas navajas y se dirigió a la pequeña cala con la esperanza de encontrarse a la misteriosa mujer.

Pasó toda la tarde dormitando a la sombra de una roca, acunado por el ruido de las olas rompiendo contra las rocas, pero ninguna canción interrumpió su descanso. En dos o tres ocasiones se acercó al agua y observó el horizonte. El mar se había calmado bastante y se tomó un buen baño, buceó entre el arrecife que marcaba el limite exterior de la bahía y persiguió peces de colores y un par de elusivos pulpos, que no paraban de cambiar de color y echar de vez en cuando pequeñas nubes de tinta para mostrar su descontento.

Cada vez que asomaba la cabeza por la superficie su mirada se dirigía a la roca que había usado la desconocida como escenario y cada vez que miraba se llevaba una pequeña decepción al encontrarla desierta. Con el sol declinante se tumbó en la toalla de nuevo y cerró los ojos rememorando cada imagen que la joven había imprimido en su retina y cada acorde que había resonado en su tímpano. Al final se rindió y tomó el camino de vuelta. Vadeó el pequeño brazo de mar y volvió al hotel caminando con lentitud e intentando dominar su frustración. No podía seguir así. Producto de su imaginación o no, tenía que olvidar todo aquello. Aquella noche no se quedaría en la habitación. Bajaría al bar y pasaría de comerse la cabeza. Bebería unas copas, disfrutaría del ambiente y se lo pasaría bien. Ya bastaba de estupideces.

Se duchó y se puso una camisa y unos pantalones cortos y bajó al comedor. Cenó marisco y una buena lubina a la plancha y en cuanto terminó se dirigió al bar.

La barra estaba en la esquina oeste del edificio. Enmarcada por un jardín exuberante, habían dispuesto una terraza con cómodos sofás de jardín y mesas bajas, cada una iluminada tenuemente por una pequeña lámpara.

Era pronto y la terraza estaba poco concurrida Encontró un sofá cómodo donde sentarse, cerca de la entrada y con un buen Whisky de malta, se dedicó a observar los huéspedes que se iban acercando. Apareció la rubia del día anterior, esta vez acompañada de un tipo alto y delgado con cara de no creerse la suerte que había tenido, la mujer inglesa de la gran pamela, ahora solo con un pañuelo en la cabeza y mostrando su rostro operado y otras dos parejas mayores que también le sonaban. El resto debían de ser recién llegados. Dos o tres parejas y un grupo de cuatro amigas que no paraban de cuchichear y reír mientras le lanzaban miradas de interés.

Las invitó a unas copas y ellas se acercaron y charlaron un rato, pero a pesar de que lo intentaba, ella detectaron su falta de interés y después de un rato se fueron a ocupar una mesa ellas solas, en espera de que apareciese alguien más interesante.

Después de dos copas estaba realmente aburrido. Con la tercera en la mano, ¿O era la cuarta? se levantó y se dirigió a la playa. Se quitó las sandalias y paseó por la arena, disfrutando del tacto líquido en la planta de sus pies y del frescor de la brisa proveniente del mar. La luna llena apareció por el horizonte iluminando la playa y dándole un aire fantasmal. Con la mirada perdida en el firmamento, se alejó hasta que el murmullo de la música del bar se perdió. Por primera vez, no sabía si por efecto del alcohol, se sentía tranquilo y en paz.

En ese momento un retazo de bruma agitado por la brisa llamó su atención. Llevado por la curiosidad, se acercó para descubrir que lo que le parecía una bruma era en realidad un pareo blanco de algodón casi transparente que por efecto de la brisa se agitaba y perfilaba la inconfundible figura de una mujer.

Si aun le quedaba alguna duda de que al fin la había encontrado, el tono de su voz era inconfundible, limpio y harmonioso, sobreponiéndose al suave rumor de un mar tranquilo que brillaba como el mercurio a la luz de la luna.

«It’s been raining since you left me

Now I’m drowning in the flood

You see, I’ve always been a fighter

But without you, I give up…»

Y cómo la primera vez que se conocieron, ella lo ignoró y siguió cantando. No la interrumpió. Simplemente se acercó, cerró los ojos y se limitó a escuchar como la joven suavizaba la amargura que destilaba la canción de Bon Jovi solo con la dulzura de su voz. Cuando terminó, la joven se quedó mirando a la luna. Sabía que él estaba ahí, pero no hizo ningún gesto. Desde los escasos tres metros que les separaban, pudo entrever el bikini color coral entre el agitado torbellino de gasa translucida que la envolvía.

—Una canción muy triste. —se apresuró antes de que la desconocida volviese a cantar de nuevo.

—Es una canción muy bonita, nada más. —dijo ella volviéndose hacia él con una sonrisa.

—¡Qué lástima! Las mujeres tristes son mi especialidad.

La joven se limitó a emitir una risa cantarina por toda respuesta y empezó a caminar por el borde del agua. Él la siguió y se puso a su lado. Como ella no pareció molestarse, intentó iniciar una conversación:

—¿Te alojas por aquí cerca? —preguntó.

—Mmmsí. —respondió ella haciendo un vago gesto con la mano.

No sabía bien como seguir, aquello le sobrepasaba. Así que no se lo pensó y dijo lo primero que se le pasó por la cabeza.

—Hace una noche estupenda, la luna esta esplendida y la forma que se refleja en la superficie del agua…  —esperaba no sonar demasiado convencional— Tú, la luna, el agua tibia bañando nuestros pies…

— ¿Quieres bañarte?

Sin esperar su respuesta, la joven se deshizo del pareo que salió volando, empujado por la brisa y se metió en el agua. Él se apresuró a deshacerse de la ropa y meterse en el mar tras ella. El agua estaba tibia y la marea baja hacía que, tras introducirse cincuenta metros en el agua, solo les llegase a las rodillas. La joven se giró y le salpicó con la mano. Recibió el roción con un respingo e intentó devolverle la salpicadura, pero ella ya había echado a correr. Sus piernas apenas lograban salir del agua con cada zancada, aun así se alejaba rápidamente. Sin pensarlo se lanzó tras ella y casi la había alcanzado cuando la profundidad varió súbitamente. El agua pasó de llegar por el muslo a alcanzarle el cuello en un par de pasos. Con un último esfuerzo intentó alcanzar a la joven, pero esta se había zambullido y apenas pudo tocar nada más que un pie resbaladizo.

Estaba claro que el agua era su elemento. La desconocida desapareció bajo el agua, dejándolo solo, intentando escrutar la superficie. Pasaron los segundos y nada interrumpió la uniforme superficie del agua. Una pequeña balsa de algas lo rodeó confundiéndolo aun más. Intentó penetrar con la vista bajo el agua, pero el reflejo de la luna sobre la superficie lo cegaba. Un ruido líquido justo detrás de él lo sobresaltó. Se giró inmediatamente y se encontró cara a cara con el rostro sonriente de la mujer a apenas unos centímetros de él.

Con lentitud levantó la mano, como si estuviese intentando acercarse a un animal asustadizo,  rozó el rostro de la joven y la enterró en aquel pelo castaño y rizado. La joven sonrió e inclinó ligeramente la cabeza dejando su cuello fino y largo totalmente accesible. No pudo contenerse y lo besó. La desconocida suspiró y estiró el cuello a la vez que rodeaba su cuerpo con brazos y piernas. Él devolvió el abrazo a la vez que recorría el cuello y la mandíbula de la joven con la punta de la lengua. Notó como se estremecía de arriba abajo.

—¿Cómo te llamas?

—Llámame Telxinoe. —respondió ella justo antes de besarle.

Sus labios contactaron con suavidad, sin prisa, mientras ella se deslizaba por su cuerpo hasta que las braguitas del bikini contactaron con su erección. Ahora fue él el que suspiró al sentir el contacto de la braguita contra la punta de su glande. Se separaron un momento para coger aire y aprovechó para recorrer las cejas finas, la nariz pequeña, los  pómulos altos y aquella sonrisa que lo embrujaba. La desconocida atrapó sus dedos con los labios y los chupó mientras movía ligeramente las caderas. Suspiró y recorrió los hombros, la espalda y el nacimiento del culo de la joven con la mano libre. No se lo pensó y metió un dedo bajo la braguita del bikini y lo deslizó por la línea que separaban sus nalgas. La joven respondió moviendo las caderas con más violencia, golpeando la polla de él con su sexo.

Apartando la mano de su boca, volvió a besarla mientras estrujaba el pecho izquierdo de Telxinoe. Poco a poco los besos se hicieron más urgentes y profundos. Saboreó la boca de la joven, sus gemidos y su respiración agitada. Recorrió su cuerpo con las manos; estrujó, acarició y tironeó hasta que la joven quedó totalmente desnuda. Dos manchas de coral se alejaron de ellos empujadas por la marea…

Sin ningún obstáculo, sus sexos contactaron. La punta de su glande rozaba el sexo de Telxinoe haciendo que esta suspirara e intensificara sus besos y caricias. No podía contenerse más, necesitaba estar dentro de aquella joven, deseaba aquella ninfa embrujadora hasta la locura, aun así se contuvo y se limitó a rozar el exterior de su coño con la punta de su glande.

La desconocida intentó tomar la iniciativa, pero él se la negó y la obligó a girarse. Abrazándola por la espalda acarició sus pechos y su pubis a la vez que besaba la nuca de la joven. Telxinoe respondió frotando el culo contra su erección. Con suavidad y sin dejar de acariciarla, la fue empujando hacia la orilla hasta que el agua les llegó por la cintura. Tirando de sus rizos, la obligó a volverse y le dio un largo beso. Telxinoe deshizo el beso y sonriendo se inclinó hacia adelante y separó las piernas. No podía contenerse más. Cogiendo la polla la dirigió al sexo abierto de la joven desconocida.

Telxinoe dio un respingo cuando sintió como la polla entraba lentamente distendiendo su sexo…

—Vamos, mi señor. Más profundo. Me gusta tenerte dentro de mí.

Él no hizo caso. Se limitó a disfrutar del calor del sexo de la joven en la punta de su glande. La  desconocida se estremecía y se retorcía con cada penetración, pero deseaba más. Al ver que no lo conseguiría, cambió de táctica y apoyando las manos en los muslos comenzó a mover las caderas en amplios círculos.

—Vamos, mi amor. Dame más fuerte, dame toda tu polla. —suplicó ella sin dejar de agitarse.

Esta vez sí que accedió y enterró su miembro hasta el fondo del sexo de la joven de un solo golpe. Telxinoe dio unos pocos pasos hacia adelante empujada por sus empeñones. Para evitar que cayese la cogió por los codos y le dio una larga andanada. La mujer gemía y se estremecía sin dejar de pedir más.

—Sí, así mi amor. ¡Qué dura y qué caliente!

Ayudado por la levedad de su peso, dio la vuelta a la joven y la rodeó con sus brazos. Ella se colgó de su cuello y acogió su pene de nuevo. Esta vez la dejó hacer; subía y bajaba por su miembro arriba y abajo, gimiendo y jadeando.

Cada vez más excitada, ella se tomó un instante y se dejó caer hacia atrás dejando que su torso flotase sobre el agua salada. Él aprovechó para penetrarla suavemente a la vez que acariciaba su vientre, sus pechos y su pubis.

Sus dedos tropezaron con el clítoris de Telxinoe, que se estremeció un instante. Al ver la reacción, intensificó sus atenciones, acariciándolo suavemente con movimientos circulares, haciendo que la joven gimiese cada vez con más intensidad y arquease el cuerpo un instante para luego volver a relajarse.

—Sigue… así… no pares.

Sin dejar de follarla intensificó sus caricias, haciendo que las oleadas de placer de la desconocida fluyesen arriba y abajo, como la marea que los arrastraba, hasta que la joven se separó y de dos patadas se acercó a la orilla. Telxinoe se tumbó boca arriba, justo al borde del agua, con las piernas abiertas, esperándolo.

No se apresuró y la observó. Su cuerpo pálido y mojado brillaba a la luz de la luna, como si fuese un pez debatiéndose fuera del agua. Se admiró de las curvas de sus caderas, de su vientre y su pubis depilado y de sus piernas abiertas solo para él.

Finalmente se acercó y enterró la cabeza entre ellas. Su sexo sabia a sal y a mar. Lamió y mordisqueó el sexo de la joven volviendo de nuevo a llevarla al borde del clímax. Deseando sentir de nuevo el calor de su cuerpo, se adelantó y enterró la polla en su coño.

Embistió a Telxinoe con todas sus fuerzas, al mismo ritmo que las olas rompían en la playa. Cada vez más rápido, cada vez más profundo, mientras ella gritaba y le animaba. Incapaz de aguantar más, se corrió dentro de ella; uno, dos… tres gruesos chorreones de semen inundaron el sexo de la joven, que siguió recibiendo sus pollazos hasta que experimentó un brutal orgasmo. Satisfecho observó a la desconocida retorcerse sin aliento mientras acariciaba aquel cuerpo perfecto  con suavidad.

Se derrumbó al lado de Telxinoe jadeante. No recordaba un polvo tan intenso, ni una mujer tan fascinante. Estaba totalmente enamorado. Iba a decírselo, pero se sentía tan tranquilo y satisfecho que cerró los ojos y dejó las palabras para otro momento. Lo último que sintió fueron los brazos de la joven enredándose en torno a su torso…

No sabía cuánto tiempo había pasado cuando los arañazos de Telxinoe en el vientre lo despertaron… ¿De Telxinoe?

—¡Papa, papá! ¡Hay un hombre muerto en la playa!

Intentó abrir los ojos, pero había demasiada luz. Su cabeza… ¿Qué demonios?

—Deja eso, Pepito. —dijo una voz bronca de hombre— Solo es un borracho que está durmiendo la mona en la playa. ¡A ver si tiene un poco más de decencia! ¡Hay niños en la playa! —le increpó la misma voz.

Con un esfuerzo sobrehumano logró abrir los ojos. Justo a su lado, a un palmo de su mano, yacía su vaso de whisky vacío. Intentó recordar lo que había pasado la noche anterior y rememoró flashes de lo ocurrido, pero cuando miró  de nuevo, en vez de los brazos de Telxinoe, se encontró desnudo bajo una maraña de algas.

Aquello no podía estar pasando. Afortunadamente no había mucha gente en la playa. Seguido por la atenta mirada del chiquillo, se levantó tapando su desnudez con las algas muertas en dirección al hotel, preguntándose qué excusa daría cuando llegase a recepción.

Avanzaba por la playa en medio de una monstruosa resaca, casi convencido de que todo aquello solo había sido un sueño. Una pareja pasó a su lado y lo miró con extrañeza, su perro lo olisqueó un instante antes de seguir su camino en pos de sus amos.

¿Qué coños había pasado? ¿Aquella mujer existía de verdad o solo era producto de su imaginación? Nadie parecía haberla visto y el solo la había conseguido ver un par de minutos después de una profunda siesta y una noche con cinco copas de whisky encima… La conclusión era evidente. Deprimido, siguió caminando, esperando que el recepcionista no llamase a la policía cuando llegase totalmente desnudo.

Estaba a punto de entrar en el sendero que llevaba al hotel, cuando un destello rojizo, atisbado por el rabillo del ojo, llamó su atención. Se giró hacia el agua y vio un destello color coral en el agua.

Se acercó y con una sonrisa cogió la braguita de un bikini color coral. No se lo pensó. Se puso la braguita y atravesó el hall del hotel ignorando las miradas entre sorprendidas y divertidas de los huéspedes que pasaban por allí, con una sonrisa en los labios. Puede que toda aquella aventura hubiese sido producto de su imaginación o totalmente real, pero no por ello dejaría de disfrutar de cada minuto y cada recuerdo de su estancia en aquel hotel por siempre.

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