DEVA NANDINY

Estaba tratando de tranquilizarme, pues mi corazón casi se había desbocado cuando leí la nota que me había dejado mi marido diciendo que estaba con Don Ramón.

Que hubiera tenido que marcharse para estar con el viejo precisamente un domingo, me hacía sospechar de que estaban tramando algo. Incluso maliciosamente me vino a la cabeza Carmen. «Puede que se la estén follando», pensé loca de celos por parte de mi esposo.

Para nada quería imaginarme a mi marido con otra mujer, ya que jamás he disfrutado ejerciendo como cornuda «Para puta ya me tiene a mí, que le doy todo lo que necesita», pensé.

Eso precisamente era uno de los motivos por los que jamás nos habíamos considerado un matrimonio liberal. Mi esposo disfrutaba viéndome o sabiendo que yo estaba con otros hombres, pero todo se reducía a eso.

Hacía tiempo habíamos hecho algún intercambio de pareja siempre por petición mía, pues creía que tal vez le viniera bien comprobar que sigue siendo un hombre muy deseable para cualquier mujer. Suponía que eso podría ser positivo para su ego masculino.

La verdad es que siempre me ha dado miedo que ser un cornudo termine dañando de alguna forma su autoestima. Sin embargo, fue mi propio esposo el que un día me preguntó si a mí me excitaba verlo con otras mujeres, al comentarle que lo único que buscaba en los intercambios de pareja era de algún modo fortalecer su orgullo masculino y su amor propio, Enrique me confirmó lo que yo ya sospechaba. La realidad era que durante los intercambios de pareja prestaba más atención a mi relación con el hombre de turno, que a la mujer que él tenía que complacer.

Desde ese día no volvimos a realizar ningún intercambio. En alguna ocasión hemos estado con matrimonios o parejas, pero solo yo interactuaba con ellos, mientras él se mantenía como un mero observador.

Volví a intentar ponerme en contacto con Enrique, lo llamé por teléfono de manera insistente, una, dos, tres, cuatro veces… todas ellas con idéntico resultado: “El teléfono está apagado o fuera de cobertura”.

Visualicé de nuevo a Carmen, la mujer a la que unas horas antes yo misma le había comido el coño con verdadero afán y deseo. Sin embargo, ahora me la imaginaba con los ojos cerrados, la boca abierta y jadeante, mientras Enrique la perforaba llevándola al éxtasis.

—¡Maldita zorra! —Exclamé intentando desahogarme.

Estaba segura de que mi marido había apagado el móvil a posta. Intenté calmarme, pero cuanto más pensaba en hacerlo más nerviosa me ponía.

En ese momento recordé que tenía el número de teléfono de Don Ramón. Hacía unos días él me había llamado al móvil, sin embargo, no lo había guardado en mi agenda.

Busqué su número entre la marabunta de llamadas realizadas y recibidas, intentando recordar el día y la hora aproximada en la que se efectuó dicha llamada. El viejo se había puesto en contacto conmigo para agradecerme a su manera, que mi marido le hubiera regalado mis bragas usadas.

«Ahí está» pensé mientras guardaba su número en la agenda.

Me encontraba indecisa con el móvil en la mano, una parte de mí quería llamarlo, necesitaba preguntarle donde estaba mi marido.

Estuve reflexionando durante unos minutos sobre qué es lo que iba a decirle, o de qué modo me dirigiría a él.  Sin embargo, mi mano temblaba asustada y nerviosa como una insegura quinceañera. No sabía la razón por la que Don Ramón me producía esa aprensión, ese miedo o respeto.

Estaba segura de que me respondería con ese tono de superioridad que yo tanto detestaba del viejo, haciéndome sentir siempre por debajo de él, tratándome a veces como a una vulgar ramera. No quería darle ese placer. Me reprendía a mí misma por otorgarle tanto poder sobre mis emociones.

«No es más que un viejo verde, Olivia», me repetía a mi misma, tratando de verlo con otros ojos menos temerosos y sumisos

Por fin estaba decidida, suspiré tratando de eliminar todo el estrés y la tensión del momento. Busqué de nuevo su número en la agenda, tragué saliva y llamé. Sin embargo, nada más escuchar el tono de la llamada me arrepentí de haberlo hecho, incluso estuve a punto de colgar.

—Dígame, —me respondió una voz femenina que en ese momento no supe identificar.

Permanecí en silencio. No me pareció la voz de Carmen, y mucho menos el tembloroso y agudo tono de Marga, la esposa de Don Ramón.

—Hola… —Volvió a insistir la anónima voz.

—Buenos días, —respondí al fin intentando aparentar un tono firme y seguro—. Preguntaba por Enrique. Es que se fue con Don Ramón y debe de tener el móvil apagado. ¿Está ahí? —Pregunté intentando como pude disimular mi desconcierto.

—¿Eres Olivia? —Interpeló. El tono aparentaba ser el de una mujer fuerte y segura de sí misma.

—Sí, —afirmé cada vez más desconcertada— ¿Quién eres?

—Buenos días, Olivia. Soy Olga.

—¿Estás con Enrique? —Pregunté temiéndome lo peor, al saber que era la hija de Don Ramón.

—No, yo estoy en mi casa. Pero ahora voy a ir a ver a mi padre, quedé con él hace como una hora. Está en una casa que tenemos en el campo, sí dices que Enrique está con él, seguramente esté allí.

—Es que no me coge el teléfono. ¿Podrías llamar a tu padre?

—La casa está en pleno monte y no hay cobertura… ¿Si quieres te paso a recoger y te vienes conmigo?

Me quedé reflexionando unos segundos que se hicieron interminables, mientras desde el otro lado del teléfono podía escuchar la respiración de Olga, esperando mi respuesta.

Ella y yo nunca nos habíamos caído bien. Mi marido había sido su amante durante tres años, y precisamente la había dejado cuando él y yo comenzamos a salir. No obstante, yo siempre había notado, aunque no lo quisiera ver, que entre ellos dos seguía existiendo demasiada complicidad y atracción.

—¿Olivia estás ahí? —Preguntó seguramente extrañada por mi prolongado silencio.

—Sí, perdona. ¿A qué hora podrías pasar a buscarme?

—¿Estarías preparada en veinte minutos?

—Perfecto, —Indiqué— ¿Sabes dónde vivimos?

—Sí, —afirmó antes de colgar.

Me quedé pensando durante unos segundos más, antes de ser capaz de retirar el teléfono móvil de la oreja. «¿Cómo podía saber la dirección de nuestra casa?». Reflexioné inquieta.

Nuestra residencia, no era el mismo domicilio que Enrique había tenido antes de conocerme, ya que el piso dónde vivimos, lo compré yo después de separarme de Alex.

No quise darle demasiadas vueltas al asunto, sabía de sobra que para mal o para bien, terminaría por enterarme. Olga pasaría a recogerme en menos de veinte minutos y me tenía que vestir.

Ella es una mujer tremendamente atractiva, y entre las dos teníamos una especie de insana y silenciosa competencia por hacernos sombra la una a la otra.

Recuerdo que una noche después de hacer el amor con mi esposo, le comenté que no entendía la razón de haberse sentido tan atraído por Olga, y luego por mí. Siendo ambas, mujeres tan diferentes.

Ella tiene el pelo oscuro, yo rubio, Olga largo, yo corto, al contrario que la mía, su piel es oscura…

—Somos como el día y la noche, —le reproché.

—Sin embargo, os parecéis tanto…—Sentenció mi esposo, dándome un beso al mismo tiempo seguramente para que me callara.

Cogí una minifalda verde mint que tenía sin estrenar en el armario, una camisa blanca, y unos zapatos de tacón negros.

Ni tan siquiera tenía tiempo para prepararme como a mí me hubiera gustado. Aún con las braguitas en la mano, recibí un mensaje: “Estoy ya abajo, no tardes”.

«Maldita zorra, llega antes de tiempo y encima me mete prisa», pensé subiéndome las bragas dentro del ascensor.

Nada más salir a la calle la vi frente al portal, estaba aparcada en doble fila sobre un gran todoterreno de color negro, manteniendo el motor de coche en marcha. Ella me vio y me saludó con la mano, yo me acerqué hasta allí caminando lentamente, sin darle la más mínima muestra de que sus prisas me habían puesto tan nerviosa.

—Hola, —dije subiéndome al coche—. Siento si has tenido que esperar, —añadí con cierta ironía.

Ella me observó de arriba abajo, como si me estuviera haciendo una radiografía que hizo que me sintiera algo ruborizada.

—Me gusta el color de tu falda, este año se lleva mucho.

—Gracias. ¿A dónde vamos? —Comenté mientras me acomodaba en el asiento, y me abrochaba el cinturón.

—Quedé con mi padre para vernos en el chalet del campo. La urbanización está cerca, pero allí no hay buena cobertura. Supongo que Enrique estará allí con él.

—No lo sé. Me quedé dormida después de hacer el amor con mi marido, —dije matizando bien el comienzo de la oración—. Sin embargo, cuando desperté Enrique me había dejado una nota diciendo que había tenido que marcharse para ver a tu padre.

Ambas permanecimos cayadas unos minutos, producto de la tensión que se podía palpar en el ambiente.

La miré de soslayo mientras conducía. Olga llevaba unos cortos shorts de color blanco que contrastaban espectacularmente con la piel morena, de unas piernas algo más delgadas que las mías. A su vez, llevaba también una ajustada camiseta oscura sin mangas, resaltando sin disimulo un abultado pecho, que contrarrestaban en parte con la delgadez de su cuerpo. Sin embargo, lo que más llamó mi atención fue su pelo, este caía como un torrente por los lados tapando sus hombros, como una abundante y larga cascada negra y brillante.

—¿Está también, Carmen? —Pregunté como una idiota, arrepintiéndome justo al segundo de haber soltado semejante dislate de mi boca.

«¿Cómo se le puede preguntar a una hija por la amante de su padre?». Pensé afligida por mi torpeza, seguramente producida por la tensión del momento.

Olga tardó en responder, apartando unos segundos sus ojos de la carretera me miró a los ojos. No estaba irritada, en su mirada solo pude vislumbrar sorpresa y cierta sorna.

—¿Carmen? —Preguntó exagerando un tono de asombro— ¿La mujer de Juanma el de contabilidad? ¿Por qué iba a estar ella en la finca?

Yo me moví incómoda en mi asiento. A pesar de mi enorme metedura de pata, había leído perfectamente en los oscuros ojos de Olga, que conocía de sobra que Carmen era la amante de su padre. Para mi estupor, parecía que ese hecho en vez de molestarla, la divertía.

«¿Qué sabía Olga? ¿Conocería que unas horas antes mi marido y yo habíamos estado en un reservado con Carmen y con su padre?», comencé a pensar, mientras algunas imágenes empezaron a desfilar por mi cabeza. Recordé a Carmen abierta de piernas frente a mí, totalmente entregada, mientras yo devoraba con hambre voraz su húmedo y apetecible coño, al tiempo que el padre de Olga, observaba la escena masturbándome a mi lado. Luego lo recordé eyaculando sobre mis pechos.

Aquello era una insana locura. En ese momento me arrepentí de haberme montado con ella en el coche.

—No te preocupes, Olivia. No me ha molestado que me preguntes por Carmen. Sé de sobra, que la muy puta se folla a mi padre, —comentó volviendo a romper el silencio.

—Siento habértela nombrado, ha sido una torpeza por mi parte. Estoy nerviosa por no poder contactar con mi marido, —reconocí.

—¿Te gustan las mujeres? —Soltó de repente.

—No, —Respondí categóricamente—. Bueno… depende.

—Carmen sin ser una mujer extraordinariamente bonita desprende sensualidad. Se la ve tan inocente… ¿No te parece? —Preguntó mirándome a los ojos unos segundos, volviéndolos a retirar ese instante de la carretera.

—No lo sé, puede… —Respondí algo incómoda—. ¿Qué tal está Joaquín? —Intenté cambiar de forma tajante un tema que me hacía sentir muy violenta.

En ese instante Olga soltó una fuerte carcajada, sin duda la divertía notarme tan crispada.

—¿De verdad te interesa saber cómo se encuentra el imbécil de mi marido? Creo que hablar de Carmen es cien veces más interesante, que hacerlo sobre el pusilánime de mi esposo.

—Perdona, creí que tú y él…

—¿Opinas que me casé enamorada de ese mequetrefe? —Interpeló con otra carcajada ¿De verdad has llegado a pensar en algún momento, que una zorra como yo puede sentirse atraída por un hombre como él?

No me atreví a responder. La verdad era que Joaquín no despertaba demasiado atractivo. Se trataba de un ser algo aplacado, totalmente dominado por su esposa.

—Digamos que necesitaba casarme, y elegí un marido lo menos incómodo posible.

—Lo siento, no tenía ni idea…

—Joaquín no es más que un idiota útil, pero no me incomoda lo más mínimo. En realidad, no dudaría en volverme a casar con él, eso es cierto. Te aseguro que no lo cambiaría por ninguno de los maridos de mis amigas o compañeras de la Universidad. Él hace su vida, y deja que yo haga la mía. Ambos nos necesitábamos para dar una pátina a nuestras vidas, disimulando ser más convencionales. El ambiente en el que suelo moverme es demasiado conservador.

—La verdad es que siempre os vi un tanto diferentes, —comenté con cautela.

—Ah, ¿sí? ¿Qué notabas? —Preguntó riéndose.

—Sin hacer a Joaquín de menos se percibe una pareja algo desnivelada. A ti se te nota más temperamental, él es algo más tranquilo y apocado. Creo que eres mucha hembra para alguien así.

—Considero que tienes razón, soy demasiada mujer para mi marido.

Ambas estallamos en una sonora carcajada, que me hizo pensar por un instante, que tal vez entre Olga y yo podría haber por fin algo de complicidad.

—¿Has follado ya con mi padre? —Peguntó de pronto en un tono severo y seco, confirmándome que, en realidad no es más que una víbora venenosa.

—¡Estás completamente loca! —Exclamé sorprendida y avergonzada por su pregunta—. Te recuerdo, que yo si estoy casada con un hombre de verdad.

—Claro cariño, no hace falta que me digas que clase de hombre es tu marido. Me lo estuve jodiendo durante más de tres años. De hecho, si tu maridito quisiera me abriría de piernas cada vez que me lo pidiera.

—Exactamente, te lo follaste hasta que aparecí yo ¿Es para recordarme esto para lo que te has ofrecido a traerme? —Pregunté elevando el tono.

—Te recuerdo que fuiste tú la que me llamaste. Por cierto, ¿quién te dio mi número?

—No era a ti a la que quería llamar, te aseguro que de haberlo sabido jamás lo hubiera hecho. Tu padre me llamó por este teléfono hace unos pocos días.

Entonces Olga me miró sonriendo.

—Creo que ha sido él que nos ha preparado esta encerrona. Lo conozco de sobra para asegurarte de que el día que te llamó, con la excusa que fuera, buscaba precisamente esto. ¡Qué hijo de puta! —Comentó riéndose.

Por fin salimos de la carretera y entramos a una pequeña urbanización.

Vi el coche de Enrique aparcado junto a una casa de campo, al lado de este había otro automóvil, que pensé que podría ser el de Don Ramón. Olga aparcó el gran todoterreno junto a ellos, y paró el motor.

—Hemos llegado, —me informó divertida—. ¿Te arrepientes de haber venido?

—Supongo que sí. Odio que alguien intenté manejarme con cualquier tipo de triquiñuela, —reconocí.

—Vamos. Deben de estar dentro de la casa.

La seguí por un estrecho camino de césped observándola por detrás. Pese a ser algo más baja, no se podía negar que tenía buen cuerpo. Me fijé en su culo, sin duda al igual que yo debía de machacarse diariamente en el gimnasio.

—A él también le gusta. Siempre le volvió loco mi culo, —comentó como si me leyera el pensamiento, sin ni tan siquiera darse la vuelta.

—No pienso entrar a rivalizar contigo, en quien de las dos tiene mejor culo. Me pareces tan infantil…

Ella pareció ignorar mi comentario, se acercó sin detenerse hasta la puerta y tocó el timbre. Entonces se giró hacia mi lado, y simulando una infantil e inocente sonrisa, me soltó:

—¿Te imaginas que están los dos ahora follándose a la zorra de Carmen?

Intenté contar hasta tres para contenerme, pero juro que no pude hacerlo.

—Te recuerdo que uno de los dos es tu propio padre ¿No tienes respeto por nada? No eres más que una zorra sin ningún tipo de escrúpulos.

Olga hizo el amago de volverse hacia mí, seguramente con la intención de lanzarme alguno de sus envenenados dardos. Sin embargo, no le dio tiempo. Justo en ese momento alguien abrió la puerta de la casa.

—Olivia, ¿qué haces aquí? —Escuché decir a mi marido totalmente sorprendido, poniendo los ojos como platos al verme acompañada por Olga.

Iba a explicarle que llevaba llamándolo más de una hora, pero no me dio tiempo.

—Creo que tu mujercita se ha puesto celosa. Se ha debido de pensar que os estabais cepillando a Carmen sin ella.

—¡Cállate de una puta vez! —Grité cansada ya de sus impertinencias.

—¡Olga! ¡Por favor! —Suplicó mi marido—. Olivia, será mejor que no te dejes arrastrar por sus provocaciones, no le des el placer.

—Por favor Enrique, dame las llaves del coche. Lamento haber venido, tú si quieres quédate con ellos. No tenía que haberme molestado en venir a buscarte, —expresé consternada.

—Tranquilízate, Olivia ¿De qué tienes miedo? —Me preguntó mi esposo agarrándome por la cintura y llevándome al interior de la casa.

—¡Olivia, qué sorpresa! —Exclamó Don Ramón con cierta sorna en su tono.

El viejo se acercó hasta a mi primero y me dio dos besos en las mejillas, como siempre aproximándose descaradamente a la comisura de mis labios. Luego se arrimó a Olga, y agarrándola por las caderas la besó del mismo modo.

—Enrique, sin duda somos dos hombres afortunados, ya que tenemos delante a dos auténticas bellezas. Una rubia y otra morena. ¿Se le puede pedir más a la vida? —Preguntó de forma retórica, intentando aparentar cierto galanteo.

—Te recuerdo, —expresé con cierta dureza—Que una de estas bellezas como tú dices, es la esposa de uno de tus empleados, y la otra, es tu propia hija.

—¿Quieres tomar algo? —Me preguntó ignorando por completo mi intentona de poder ofenderlo.

Iba a decir que no, que me marchaba en ese mismo momento. Si Enrique no estaba dispuesto a dejarlos allí plantados, le pediría las llaves del coche yéndome a mi casa sola. Sin embargo, no me dio tiempo.

—Olga, cariño. Ponle a Olivia un Gin Tónic, Enrique y yo ya sabes lo que bebemos, —pidió con amabilidad.

Para mi completa sorpresa, la implacable e indómita mujer se mostró dócil y obediente. Entró dentro de una especie de barra americana que había en una de las esquinas del salón, y como si fuera una simple camarera sirvió las tres copas.

Enrique me cogió de la mano y me acompañó hasta la barra, invitándome a sentar en uno de los altos taburetes de cuero que había justo en frente.

—Olga puede parecer una mujer un tanto déspota a veces, lo reconozco. Es mi hija y la quiero como es. Sin embargo, cuando aprendes a tratarla es una mujer muy complaciente y dispuesta. ¿Verdad, cariño?

—Así es, papá, —respondió ella poniendo las copas encima de la barra.

—Por cierto, Olivia. Antes de que se me olvide. Ayer estuve con Carmen y me dio recuerdos para ti. Sin duda le has caído muy bien. Espero que tengamos ocasión para poder ir otra vez a cenar una noche los cuatro.

Entonces vi como Olga salía de la barra y me entregó la copa, luego hizo lo propio con la de Enrique, y por último se la acercó a su padre. Él cogió el vaso con una mano, y con la otra hizo un gesto sobre las rodillas, como si la invitase a sentarse sobre ellas.

Creo que noté cierta zozobra en los ojos de ella, cosa que en el fondo me gustó. Olga obedeciendo dócilmente, sentándose sobre las rodillas de su padre como si fuera una chiquilla.

Ignoro ahora que conozco un poco más la maquiavélica mente del viejo, si el hecho de que solo hubiera tres taburetes era algo premeditado.

Inmediatamente, me di cuenta de que Olga no se comportaba del mismo modo delante del viejo, que cuando él no estaba. Todo lo irreverente e irrespetuosa que se había mostrado durante el trayecto conmigo, se había desvanecido como una frágil pompa de jabón flotando en el aire.

Bebí la copa casi sin darme cuenta, quizá buscando que el alcohol mitigara de alguna forma mi ansiedad.

—¿Quizás os estéis preguntando por qué os he invitado a venir? —Preguntó Don Ramón.

—Le recuerdo que yo no he sido invitada por nadie, simplemente estoy aquí debido a sus retorcidas tramas, —quise dejarle claro.

—Tienes razón, Olivia. Espero que no te lo tomes a mal. Únicamente soy un viejo que decide dar un empujón para que las cosas sucedan un poco antes. Cuando llegas a cierta edad, el tiempo es tan valioso… Por favor, cariño, —dijo dándole una paternal palmada en el muslo a Olga—. Prepara otro Gin Tonic para nuestra querida invitada.

Ella no dijo nada, se levantó de modo complaciente y servicial, entrando de nuevo dentro de la pequeña barra de nogal, y me preparó otra copa. Yo hice el amago de levantarme para cogerla, pero Don Ramón con un gesto con la mano me indicó que me quedara sentada, siendo la propia Olga la que cogió el Gin Tonic, acercándomelo de modo servil. Luego como hizo la primera vez, fue directamente a sentarse de nuevo sobre las rodillas del viejo.

—Como todos sabéis para mi Enrique es como si fuera un hijo. La verdad es que me hacía ilusión, ver a las dos mujeres más importantes de su vida juntas.

En ese momento Enrique acercó su taburete, pegándolo junto al mío. Pude sentir como su mano me rodeó por la cintura, obligándome a acercarme un poco más a él. Notar el calor de su cuerpo me reconfortó. El hecho de sentirlo tan cerca y seguramente el alcohol, me ayudaron en parte a estar más tranquila.

La mano de mi marido agarró uno de mis muslos y comenzó acariciarlo. Iba a retirársela, como dándole a entender que no me apetecían mostrar ninguna muestra de afectividad en ese momento.

Sin embargo, me crucé con los oscuros y centelleantes ojos de ella. Olga me miraba manteniendo una expresión en su cara que no supe identificar. Sin duda, es una mujer muy enigmática, siempre envuelta en un halo de misterio que cuesta conocer.

De todos modos, quise pensar que el gesto de Enrique hacia mí la estaba haciendo sentir celosa. «Él es mi esposo y me ha elegido a mí», trataba de demostrarle.

Don Ramón seguía hablando. Sin embargo, su voz me llegaba filtrada en un segundo plano, como una especie de murmullo sin ningún tipo de modulación. Estaba tan concentrada en sentir la mano de mi marido, mientras observaba intentando identificar los gestos faciales de Olga, que no dejaba de mirarnos con descaro, que lo que pudiese estar diciendo el viejo me traía sin cuidado.

En ese momento decidí dar un paso hacia delante, imitando a Olga me levanté de mi alto taburete, y me apoyé sobre las piernas de mi marido. Él me acogió afectuosamente, rodeándome firmemente por la cintura, como queriendo asegurarse que no me iba a escapar de su lado.

Sentí como los labios de mi esposo comenzaban a rozar el lóbulo de mi oreja, algo que siempre me ha excitado muchísimo.

—Te quiero Olivia, no lo olvides nunca, —me susurró, con esa voz grave y varonil que tanto me gusta.

La mano de Enrique volvió a posarse sobre uno de mis muslos, solo que ahora podía sentir como la yema de sus cálidos dedos llegaban de forma más atrevida hacia arriba.

—Abre un poco las piernas para mí. Quiero notar el calor que tiene mi esposa en su chochito, —volvió a susurrarme, acariciando con sus labios mi oreja.

—Nos está mirando, —objeté ante su propuesta en voz baja riéndome.

—Déjala que mire, así averiguará porque te elegí a ti —me respondió, haciendo que me encantase su respuesta.

La situación me resultó un tanto morbosa y divertida, cumpliendo la petición de Enrique como una buena esposa, abrí un poco mis piernas para permitir que la mano de mi marido siguiera avanzando un poco más arriba.

La mirada de Olga y la mía se cruzaban incesantemente. Sin duda era una pelea silenciosa de hembras. Mientras ella seguía sentada sobre el regazo de su padre, comenzó a moverse sobre su entrepierna, con discretos y precisos movimientos circulares.

«¿Estaría el viejo empalmado? Y lo que era aún peor, en caso de estarlo ¿Estaría ella sintiendo o incentivando con esos sensuales movimientos la excitación de su propio padre?». Esas morbosas preguntas no dejaban de acechar mi cabeza.

Sentí el calor de los dedos de Enrique rozando la tela de mis bragas, justo frente a mi ardiente sexo. Sentir ese sutil y liviano roce me hizo comprender que estaba muy excitada, poco a poco, sin darme cuenta me había puesto muy cachonda.

—Para Enrique, no sigas por favor, —le indiqué a mi marido de pronto, al notarme tan excitada. Todo había comenzado como un juego por mi parte para darle celos a Olga, ya me regocijaba en su sufrimiento. Pero ese insano juego, había mojado sin darme cuenta la tela de mi ropa interior.

—¿De verdad quieres que pare? —Me preguntó Enrique incentivando el roce de la yema de sus dedos sobre mis braguitas.

Me hubiera gustado decirle que sí, explicarle que quería marcharme a casa, que no deseaba seguir formando parte de ese mórbido juego. Sin embargo, no fui capaz. Había algo en todo aquello que me atrapaba de modo inquietante.

Entonces pude escuchar como Olga hablando en voz baja, le comentó a su padre:

—¿Te gusta papá? ¿Te gusta verla así?

—Me vuelve loco, cariño. Ya lo sabes, —le respondió Don Ramón.

Ella mostró una maléfica sonrisa sobre su perfecta boca.

—Puedo notar tu abultada polla debajo de mi culo, —susurró sin dejar de mirarme de forma incendiaria. Pese al bajo tono de su voz, el silencio de la estancia me permitió escuchar claramente sus palabras.

—Levántale la falda, quiero ver como la tocas. —indicó el viejo a mi esposo con tono autoritario.

Pensé que Enrique no se atrevería hacerlo sin pedirme permiso primero. Sin embargo, aprovechando la mano con la que me mantenía agarrada por la cintura, tiró de mi falda hacia arriba.

Con ese rápido gesto, sin ningún tipo de sutileza ni finura, mis bragas quedaron expuestas ante las miradas libidinosas del viejo y de su perversa hija. Sé que pude haberme resistido, pero en el fondo creo que estaba deseando sentirme así de exhibida.

Mi impúdico marido siguió acariciando mi sexo por encima de mis bragas.

—Abre más las piernas, quiero que sientas mis dedos dentro de tu coño.

Lo deseaba tanto… que sus palabras me sonaron como una dulce melodía. «¿Qué había de malo en dejar que mi marido me metiera mano?», pensé dejándome llevar por mi alto grado de excitación.

Me abrí de piernas con la intención de que sentir sus dedos follando mi húmeda y ardiente vagina.

—Pídele que se baje las bragas, —escuché solicitar al viejo.

—Bájate las bragas, Olivia. Mi padre y yo queremos ver como tienes el tesorito, que escondes entre tus piernas, —Me pidió Olga de forma imperativa.

Dudé unos segundos. Una parte de mí, pese a estarlo deseando, quería resistirse a mostrarme tan sumisa. Una cosa era hacerlo porque a mi esposo y a mí nos apeteciera, y otra muy diferente era hacerlo, porque esa pérfida mujer me lo solicitara.

—¡Vamos! —Me apremió mi marido —Sácatelas ¿O acaso prefieres que yo mismo te las quite? —Me preguntó mi esposo.

Enrique me conocía de sobra para saber que estaba más dispuesta a seguir las exigencias suyas, que las de la propia Olga.

Entonces agarré el elástico de mis bragas, y con la cabeza alta y altanera, mirando al viejo y a su hija a la cara, me bajé las bragas dejándolas tiradas en el suelo.

Luego un poco más pudorosa, de manera instintiva y un tanto absurda, traté de ocultar mi sexo con la mano. Sin embargo, mi esposo no lo consintió. Quería exhibirme. Agarrándome por la muñeca me obligó de un violento gesto a mostrar mi sexo.

—¡Precioso coño! —Exclamó Olga.

—Cuanto más putas, más hermoso lo tenéis, siempre es así, —le respondió de modo soez su padre.

—¡Ah…! —No pude evitar exclamar, sintiéndome avergonzada, al notar los dedos de mi esposo invadiendo por fin el interior de mi húmeda vagina.

Por un momento, intenté esquivar la inquisidora mirada de Olga, pero me era imposible. Me sentía enormemente intimidada, pero a la vez atraída por su presencia.

Observé como Don Ramón, seguramente muy excitado debido al espectáculo que estaba ofreciendo frente a él, rodeó a Olga por la cintura. Ella sonrió al sentir el abrazo de su padre, como sintiéndose feliz por las muestras de efusividad del viejo.

Contemplé estupefacta como una de las manos de Don Ramón comenzaba a acariciar ligeramente uno de los muslos de ella, a Olga no parecía importarle que su padre le manoseara libidinosamente la pierna. Dejándose toquetear como si fuera la cosa más natural del mundo. Pero ya no era un gesto afectuoso, demostrando el cariño de un padre hacia su hija, la imagen trasmitía un sentimiento totalmente impúdico y obsceno

—¡Ah…! —Volví a dejar escarpar sintiendo los dedos de mi esposo follarme con más insistencia.

Mi marido me conoce demasiado bien, sabía que pocas cosas consiguen excitarme tanto como el exhibicionismo. Estar delante del ellos, totalmente expuesta y entregada a las caricias de mi esposo, al tiempo que notaba como otros me deseaban. Podía sentir la enorme excitación del viejo, en sus ojos, en la forma en la que acariciaba y recorría el desnudo muslo de su hija, desde sus cortos pantalones hasta la rodilla.

—Quítale la camisa, —exigió el viejo verde.

Mi marido hizo un amago de intentar desabotonármela, pero yo me zafé con un gesto.

—¿Quieres verme las tetas? —Pregunté a Don Ramón siendo directa.

—Sí, —afirmó escuetamente.

—¿No le valen con las de su hija? Parece que ella está encantada en dejarse tocar por usted, —expresé así, parte de la rabia que sentía conmigo misma por no poder contenerme a seguirles el juego.

Observé como Olga reía divertida, era como si mis improperios no le afectaran.

El viejo soltó una carcajada, y mirándome a los ojos directa y fríamente comenzó a palpar los abultados senos de su propia hija, acariciándolos por encima de la ajustada camiseta negra.

—Olga tiene unas tetas excelentes, tu marido se volvía loco por ellas. ¿Quieres tocárselas? —Me preguntó intentando ruborizarme.

Entonces Olga se separó de su padre y se quitó la camiseta, arrojándola al suelo junto a mis bragas.

A la vista aparecieron dos tetas firmes, algo más pequeñas que las mías. Pero que destacaban sobre la delgadez de su cuerpo. Envidié en ese instante su piel tan morena. Sus pechos estaban coronados por una gran aureola marrón oscura, casi negra. De ellas, sobresalía unos gruesos pezones que llamaron poderosamente mi atención, recordándome a unos pequeños bombones de chocolate.

Luego se volvió a sentar sobre el regazo de su padre, con mirada sonriente y altanera. Mientras el viejo palpaba con descaro sus preciosos senos.

—Has visto como las mira tu marido, se le cae la baba con las tetas de mi hija, —intentó violentarme.

No iba a girarme, no pensaba darle el gusto de verme observar a mi marido. En lugar de eso comencé a desabrochar mi camisa muy despacio. Recreándome en cada botón. Luego abrí mi camisa dejando por fin mis voluminosos pechos al descubierto.

—A usted sí que se le cae la baba cuando ve las mías, —Dije desafiante.

—¿Volverás a dejarme que me corra hoy sobre ellas? —Me preguntó ganando el envite.

A continuación, Olga sin ningún tipo de disimulo, estalló en una violenta y fuerte carcajada.

—¿En serio, papá? ¿Esta puta te ofreció sus tetas para que descargaras tu lefa sobre ellas?

Entonces mi marido sacó sus dedos de mi vagina. Al retirarlos pude notar como copiosas gotas de mis propios fluidos, caían sobre la cara interna de mis muslos.

Enrique creo que nos sorprendió a todos, cogiéndome con sus fuertes brazos y poniéndome a continuación recostada sobre la barra de bar. Sentí la dureza y el frío de la madera sobre mi espalda y sobre mis nalgas. De forma decidida y enérgica, Enrique abrió mis piernas, poniendo su cabeza en medio de mis muslos.

Antes incluso de sentir su lengua recorrer mi sexo, me estremecí de gusto. Cerré los ojos unos segundos, dejando que Enrique inspeccionara con ella toda mi vulva.

—¡Ah…! —exclamé por tercera vez, en esta ocasión en un tono más alto a las anteriores.

Cuando abrí los ojos Olga y su padre se habían acercado buscando un primer plano de la escena sexual que yo estaba protagonizando junto a mi esposo.

La imagen de Don Ramón me pareció soez, casi grotesca y bizarra, se había bajado los pantalones hasta medio muslo, y de esa guisa blandía su erecto pene en la mano masturbándose. A su lado, Olga mantenía los cortos pantalones blancos, en la parte de arriba mostraba orgullosa sus bonitos y apetitosos senos.

—¿Has visto, zorrita? —me preguntó, intentando provocarme —¿Te has dado cuenta que dura se la has puesto a papá?

No respondí ni le entré al trapo, todo lo contrario, intenté seguir concentrada al esmerado trabajo que mi esposo estaba realizando sobre mi húmeda almejita.

—¿Y tú? —Volvió a preguntar esta vez dirigiéndose a mi esposo—. ¿No me vas a enseñar hoy el rabo?

Mi marido me cogió de nuevo entre sus fornidos brazos, depositándome cuidadosamente sobre un amplio sofá de cuero blanco que había contra la pared. Me encantan los hombres fuertes como mi esposo, notar como me agarran como si no fuera de carne y hueso, sintiéndome una frágil muñeca.

—Te voy a follar, cariño, —me anunció mi esposo.

Entonces se deshizo de sus pantalones dejando completamente a la vista su empalmada polla. Intenté resistirme con todas mis fuerzas. Sin embargo, la tentación era demasiado fuerte para mí no pudiendo evitar mirar de soslayo a Olga, que tenía clavados los ojos, sobre la verga de Enrique.

En ese momento me abrí completamente de piernas, mi coño se derretía por sentir su verga dentro. Un segundo después pude notar como su glande rozaba la entrada de mi vagina. Estaba tan perra y cachonda, que solo ese sutil roce me hizo estremecerme inmediatamente de gusto.

—¡Ah…! —Suspiré deseosa—. ¡Métemela! ¡Fóllame cariño!

Fue justo en ese instante cuando de una fuerte embestida, pude sentir como su polla se abría paso por el interior de mi húmedo chochito. Mi marido comenzó a follarme como sabe que me gusta, haciéndome sentir cada acometida, volviéndome loca con cada entrada y cada salida de verga, con cada roce, notando cada choque de sus genitales contra mi entrepierna.

Estaba tan absorta, ensimismada con la buena follada que me estaba acometiendo Enrique, que por unos segundos incluso me olvidé de Olga y del pervertido de su padre.

Pero abrir los ojos me hizo regresar a la realidad. Allí estaba Don Ramón, en primera línea a mi lado, sin dejar de masturbarse observando cada detalle. Olga, por el contrario, estaba un poco más alejada. Mostrando sus senos al descubierto tapados en parte por esa larga melena negra, que caía verticalmente sobre sus hombros. Con las manos en los bolsillos de sus cortos pantalones blancos, con un gesto que se me antojó un tanto desafiante.

Los gemidos no tardaron en comenzar a escaparse de mi escandalosa boca.

—¡Ah…! ¡Sí, cariño! ¡No pares! ¡Ah…!

—¡Vamos, gime puta! —Exclamaba Don Ramón lanzándome toda clase de improperios.

Pero las palabras obscenas y soeces con las que me insultaba el viejo ya no me molestaban, todo lo contrario. Escucharlo hablar así de mí, acrecentaba aún más mi alta dosis de fogosidad.

Pude observar como Olga se acercó colocándose detrás de mi marido. La zorra de ella, no perdió demasiado el tiempo, con un gesto agarró uno de sus glúteos, diciéndole algo a continuación al oído, que no pude escuchar y que hizo que mi corazón sufriera casi una taquicardia. Estaba claro que seguía deseando a mi esposo, sin embargo, yo estaba dispuesta a pelear por el hombre de mi vida.

Unos segundos más tarde agarró una de mis manos y la sostuvo unos segundos entre las suyas, yo la miré sin comprender ese gesto. Ella notó mis dudas y me sonrió, pienso que intentando tranquilizarme. Sin embargo, cuando me quise dar cuenta, había colocado mi mano sobre la erecta polla de su padre.

Reconozco que no me desagradó sentir el calor de esa gruesa y oscura verga. Sin embargo, me costaba dejarme vencer, entregarme a un hombre que me desagradaba físicamente y por el que, además no sentía ningún tipo de aprecio o empatía. No obstante, despertaba en mí una insana atracción y un oscuro morbo.

A pesar de mi animadversión por el viejo, de forma inconsciente e involuntaria comencé a masturbarlo, casi sin darme cuenta de lo que estaba haciendo. Era como si mi mano estuviera programada para ello.

A continuación, Olga volvió a situarse junto a mi marido, agarrándolo nuevamente por el culo, mientras él sin decirle nada, seguía embistiéndome de modo incesante.

—¡Me voy a correr! —Anuncié a gritos, deseando que todos se enteraran de lo cachonda que estaba.

Yo subí mis muslos, colocando mis piernas sobre los hombros de mi marido, buscando sentir más intensamente cada entrada y salida de su verga.

—Córrete cariño. Córrete mi amor. Quiero que vean lo preciosa y puta que te pones cuando lo haces, —me animó mi marido acelerando un poco el ritmo.

—¡Si…! ¡Qué gusto, Dios! ¡Me corro… ah… ah… sí…! ¡Dame cabrón, dame fuerte! —Gritaba justo cuando mis piernas comenzaron a temblar, ante la llegada de un intenso orgasmo.

Enrique sabía de sobra que, a pesar de haberme corrido estaba más cachonda que al principio. En ese preciso momento me encontraba en uno de esos tiempos muertos que me permite encadenar una serie de orgasmos. Mi esposo me ha visto así infinidad de veces, para saber que justo en ese instante, es cuando más perra me pongo.

Me sentí desolada cuando sacó la polla del interior de mi coño, y comenzó a dar golpecitos con su glande sobre mi hinchado clítoris.

—¡Métemela! —Rogué cabreada con el mundo.

—Estoy deseando follarte como a una buena perra. ¿Quieres que lo sustituya? —Me preguntó Don Ramón.

—¡No! —Chillé, enfadada—. Quiero la suya. Fóllame cariño —supliqué mirando a mi esposo a la cara. Poniendo el gesto de niña buena que finjo cuando quiero convencerlo de algo.

Entonces vi como Olga agarraba la verga de mi marido y comenzaba acariciarlo. Mi esposo se dejaba tocar, y por la cara que vi que ponía estaba encantado. «Hijo de puta», pensé.

En ese momento creí que me moría de celos. Sin embargo, estaba tan cachonda que verlo tan excitado dejándose masturbar por su antigua amante, acrecentó aún más mi calentura. La realidad era que yo en ese momento estaba masturbando a su padre, mientras esa zorra hacía lo mismo con mi marido.

—¡Más rápido, puta! —Me pidió Don Ramón—. Gírate un poco, voy a llenarte esas tetazas que tienes con mi leche.

Obedecí como una estúpida autómata sin voluntad propia. Por un lado, aumenté el ritmo de mi muñeca, girándome además un poco hacia su lado para que pudiera correrse cómodamente sobre mis pechos.

Reconozco que me vuelve loca masturbar a un hombre, y la verdad es que no era la primera vez que hacía algo así con alguien, por el que no me sentía nada atraída. Siempre me ha gustado hacer este tipo de juegos en playas nudistas, y zonas donde acuden los voyeurs a ver como follamos las parejas.

—¡Toma, puta! ¡Toma mi leche! —Gritaba al mismo tiempo que comenzaba a descargar un copioso torrente de semen caliente sobre mis tetas. Después de correrse incluso intentó metérmela en la boca, buscando con ese gesto que se la limpiara. Sin embargo, lo rechacé apartándolo con la mano.

Una vez que me libré de Don Ramón comencé a observar el espectáculo que tenía de frente, llevando una de mis manos hasta mi coño para comenzar a masturbarme. Mi chochito estaba completamente dilatado, metí mis dedos dentro de mi sexo con verdadera ansia, necesitaba desesperadamente correrme.

Entonces noté como mi esposo cerraba los ojos y ponía rígida la espalda, Olga sonrió, sin dejar de murmurarle cosas en el oído, que desde mi posición no podía escuchar. Esas confesiones realizadas por esa zorra a mi marido, conseguían molestarme y encelarme más, que el propio hecho de que lo estuviera masturbando.

—¡Vamos cariño! —La escuché decir con una sonrisa de triunfo en la boca— ¡Córrete sobre el chocho de esta puta! ¡Mírala, tiene las tetas llenas de la lefa de mi padre!

Enrique abrió los ojos mirándome directamente. Su cara estaba transformada debido al alto grado de excitación que sufría.

—Me voy a correr, —me dijo sin dejar de observarme a los ojos.

Yo retiré la mano de mi sexo, abriendo todo lo que pude mi rajita, ofreciéndosela para que corriera sobre ella.

—¡Puta! —Me dijo justo cuando comenzó a eyacular sobre mi sexo.

Olga seguía masturbándolo, apuntando directamente con su verga hacia mi vagina. Pude sentir todo el calor de su semen eyaculado sobre mi vulva.

Una vez que se corrió apartó la mano de Olga sobre su polla, con un despectivo gesto, como si en ese momento la despreciara y le molestara que ella lo tocara. Retirándose de allí, fue a buscar su ropa.

Entonces sentí la misma mano con la que había masturbado a mi marido, como ahora se posaba sobre mi coño. Iba a protestar, quería gritarle que no se le ocurriera tocarme. Sin embargo, notar el contacto de esos dedos rozando los labios de mi hambriento conejito, me gustó demasiado para reprocharle nada.

 Poco a poco fue rozando la entrada de mi vagina, jugando a la vez con el semen que había expulsado sobre mi sexo mi esposo.

—¡Joder! —Exclamé sintiéndome como una gatita en celo, cuando noté por fin como sus dedos entraban y salían de mi coño.

—¿Te gusta? —Me preguntó con la sonrisa de ganadora.

—Sí, no pares por favor, —supliqué vencida por mi propio furor vaginal.

—Ah, ¿sí? ¿Quieres que siga, zorrita?

—Sí, por favor, —respondí mordiéndome los labios del gusto.

Sus dedos buscaban el contacto de las zonas más erógenas del interior de mi vagina despacio, pero de modo contundente… como solo sabe hacértelo otra mujer.

—¿Qué me das a cambio, si hago que te corras? —Me preguntó.

—¡Lo que quieras! —Exclamé sin pensarlo—. Haré lo que quieras.

—¿Sabes que me encanta tu marido? ¿Verdad?

—Sí, —respondí entre gemidos.

—Me gustaba cuando se corría en mi boca y me obligaba a tragarme su lefa. ¿A ti también te hace eso?

—Sí, pero por favor no pares, —decía entrecortadamente, sin dejar de suplicarla.

Los dedos de esa zorra cada vez profanaban más y mejor el interior de mi coño.

—Echo tanto de menos el sabor de su polla, —dijo justo en el momento que pegó su boca a mi sexo, recorriendo con su lengua toda mi vulva.

—¡Ah, que rico, joder! —Grité sintiendo una fuerte descarga eléctrica sobre mi cuerpo.

—Me encanta el sabor de tu dulce almejita, —comentó sin retirar su boca de mi sexo.

No pude aguantar mucho tiempo.

—¡Me corro! ¡Ah… que bien me lo comes, joder!

Sentir como Olga estimulaba mi clítoris con su viciosa lengua mientas dos de sus dedos seguían follándome de modo enérgico la vagina, me hicieron sentir un intenso y demoledor orgasmo, que me dejó exhausta y abandonada en el sofá.

Cinco minutos después aún permanecía tumbada totalmente desnuda, abierta de piernas y empapada en mis propios fluidos ocasionados por dos fuertes orgasmos. Además, mis tetas seguían manchadas por la copiosa corrida del viejo sobre ellas.

En ese instante como siempre, el volver a la realidad me hizo sentir avergonzada. Usé mis bragas para limpiarme el chocho y las tetas, arrojándolas después enfurecida al suelo, dejándolas allí abandonadas. Cogí la falda y la camisa totalmente arrugadas como un trapo, y me vestí a toda prisa.

—Es hora de irnos, —Alcé la voz mirando a mi marido

Enrique me agarró de la mano y salimos de la casa sin despedirnos y sin mirar ni tan siquiera atrás. Tratando de convencerme de que él y yo éramos lo único verdaderamente importante, el resto, solo eran fichas del morboso juego que estábamos practicando. Aunque en el fondo, yo era consciente de que todos éramos peones que el viejo movía o sacrificaba a su antojo.

Continuará

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