ROSA BURGADA

La COVID-19, enfermedad causada por el virus SARS-CoV-2, nos ha pasado por delante de las narices unas 6 veces, aproximadamente, como si fueran réplicas de un tsunami, y los servicios epidemiológicos, en su constante tarea de vigilancia, han observado variantes de diferentes tipos, las más preocupantes de todas las observadas, las variantes Delta y *Òmicron.
Básicamente, todas y todos, con la visión y experiencia que tenemos hoy del estado de las cosas, podríamos llegar a dos conclusiones o axiomas básicos:
En primer lugar, nos obsesionamos, quizás, al retomar la vida justamente allá donde la dejamos, cuando nos confinamos la primera vez, pero no es posible porque el mundo que conocíamos saltó por los aires y, con él, toda la línea de vida de todas y todos.
En segundo lugar, tenemos una lista ingente de agravios, síndromes, crisis y, por qué no decirlo?, pandemias paralelas, que mientras la COVID-19 barría el mundo, se mostraban latentes a la espera que llegáramos en su punto en que estamos ahora, expectantes.
Estamos en un momento de reconstrucción colectiva.
Se ha instalado en el imaginario colectivo e individual, y hacía falta!, que tenemos que vivir y salir adelante a pesar de las oleadas, la tasa de transmisibilidad, las variantes, etc.
Porque hemos estado demasiado tiempo postergando hechos, hitos, deseos, objetivos, proyectos, soluciones a los problemas, ayudas… a que marchara este virus. Y hemos renunciado demasiadas veces a la ahora y a la aquí.
Y, porque, de vez en cuando, las cosas mejoran, pero el virus no marcha.
La pandemia nos comporta otras pandemias, que acompañan y bailan al mismo compas que la COVID-19, y que querría recordar y visibilizar:

  • La del incremento de la violencia machista y vicaria, de las agresiones sexuales, obstétricas, de los feminicidios e infanticidios.
  • La del abandono del pequeño y medio comercio, del sector de la hostelería y de la restauración, y demás sectores de servicios
  • La de la salud mental de todas las personas, y muy concretamente, la de la generalización de los trastornos de ansiedad y los trastornos de las personas que trabajan en sectores esenciales.
  • La del empeoramiento de las condiciones de vida de las personas dependientes.
  • La de la crisis sanitaria y, en concretamente la de la despreocupación inicial hacia el virus en enero 2020 a la crisis global que afecta al personal sanitario, su agotamiento, físico y mental, su lucha sindical y activista, el empobrecimiento del sector público de salud que claramente es el error político y económico más grave de nuestra historia reciente.
  • La del empeoramiento de la crisis que ya existía.
    La de la vulneración flagrante de derechos humanos y fundamentales, en *ares
    a la protección global de la salud; estados de alarma que se prorrogan y
    gestionan más allá del que está permitido, las limitaciones de la movilidad, los
    toques de queda, los certificados autorresponsables por circular, la limitación
    del derecho de reunión…, entre muchos otros.
  • La de la estigmatización de las personas que hayan podido pasar la
    enfermedad, de las no vacunadas respeto las que sí, la de los carnéts que abrian
    puertas de restaurantes, bares, aeropuertos, etc. y que no tenerlo los cerraba
    puertas y ventanas. durante meses, sectorizando a las personas, como guetos.
  • La de la crisis de la sexualidad humana más intensa de los últimos siglos, que
    quizás nos conducirá a disfrutar de la intimidad de una manera más individual
    y virtual, y a una crisis de natalidad sin precedentes.
  • Y, entre muchas otros, la de la pulverización de la socialización humana,
    imponiendo nuevos paradigmas relacionales y convivenciales.
    Con unas víctimas –las que más– que han recibido más que nadie:
    adolescentes y juventud ya que han perdido dos años, de la mejor etapa de su
    vida, frente las víctimas más numerosas –a nivel sanitario– de la enfermedad,
    las personas de edad. Dos generaciones
    Si no fuera consciente que estoy hablando de la pandemia que nos sucede desde
    hace más de 2 años, pensaría que acabemos de pasar una Guerra Civil, un
    conflicto bélico, una catástrofe natural o que se ha instaurado un tercer Reich.
    Porque es evidente que nadie está bien después de todo esto. Fingir que no,
    sería pedante y a la vez imprudente. Porque no solo nos ha hecho daño la
    pandemia, porque seguramente este virus ha sacado el mejor pero también el
    peor de cada persona, pero ha despertado el monstruo del autoritarismo, del
    miedo, de la venganza, de la desesperanza.
    Y porque se han acentuado todavía más las diferencias sociales y económicas,
    entre aquellos que tienen poco y mucho, o nada.
    En una ciudad que ha sufrido todas estas pandemias y que quizás no siempre
    sus gobernantes locales han sabido encontrar la solución rápida, justa y más
    correcta.
    Porque en este momento de reconstrucción, la clase política tendría que estar a
    la altura y cuidar de todas las personas.
    Pronto esto se juzgará en las urnas, ningún virus lo podrá cambiar.
    Mientras tanto, que nadie nos tome prestado el derecho a la queja, el derecho a
    reivindicar.
    No quiero ser dulce, ni agria.
    Quiero que saltéis de vuestra silla o sillón, os quiero hacer pensar.

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