MIRZA MENDOZA

Ricardito Fogati era el niño más bonito del lugar. De cachetitos sonrojados y mirada dulce como de marranito recién nacido; me arrancaba suspiros y me devolvía miradas cómplices.

Nos topábamos en el mercado, cada uno tomado de la falda de nuestras madres, quienes, al verse, se iban por lados opuestos. Así, muchas veces, la sopa que debía contener zanahoria no la llevaba porque mi mamá apuraba el paso y ya no la compraba. Yo, que por entonces era todavía una niña, celebraba que la comida tuviera menos vegetales.

Fogati y yo fuimos creciendo y, ya en nuestra adolescencia, nos enviábamos cartas a escondidas. Coqueteábamos los domingos de misa, aunque nuestras familias se sentaran alejadas entre sí. Sentimos los rayos del sol sobre nuestras mejillas, incluso estando nublado, cuando formalizamos al cumplir nuestra mayoría de edad. Los campos de trigo fueron testigos de nuestros apasionados besos. Andábamos pegados todo el día; no nos separábamos para nada. Bueno, no lo voy a negar, me alejaba unos segundos de él, pero solo para alivianarme de los gases. Nos regocijamos del paisaje bucólico e idílico de un romance que duró oficialmente seis semanas, y no por falta de cariño, sino por la guerra que desataron ellas: nuestras madres.

La mía era una mujer de armas tomar. Andaba siempre furiosa, como si fuera su consigna de vida. Yo ya sabía sobrellevarla. No debía contrariarla; además de contestarle amén a todo lo que decía. No imaginé que su carácter marcial devendría en violencia cuando me enamoré de Ricardo. Fue por ella que sufrí mi mayor fracaso amoroso. Tuve que escapar del pueblo y Ricardo, por la vergüenza, ingresó a un seminario en la capital (la segunda opción era enlistarse en el ejército, me lo contó muchos años después, al término de una misa). Pero, bueno, mejor les cuento qué sucedió para que termináramos separados y alejados de nuestro terruño en lo que fue un autoexilio.

Envalentonados, Ricardo y yo decidimos comunicar el idilio a nuestras familias (cada uno por su lado). Esperábamos que nuestras madres, ambas viudas, no pongan muchos peros a nuestra relación. Lo que sucedió se sigue contando a los extraños que llegan de visita al pueblo, a modo de leyenda, para enaltecer el espíritu combativo de sus mujeres.

Como si se tratase de un duelo ancestral bien planeado, nuestras madres salieron iracundas de sus casas, escoba en mano, rumbo a la plaza; gritando sus nombres y los de nosotros; insultando y dando pie a que los vecinos dejaran sus ocupaciones y atestiguaran lo que sería la verdadera lucha de feroces tigresas. Ricardo y yo fuimos tras ellas, pero, no pudimos evitar el embate.

Fue tan rápido cómo inició todo que hasta ahora no se puede definir quién dio el primer golpe.

Las mujeres eran unas “jedis”. Luego de pegarse mutuamente, una tenía un ojo hinchado y a la otra le sangraba el labio. Se notaba que su lucha era a muerte o eso parecía. Los hombres del pueblo las rodearon, pero en lugar de separarlas, empezaron a apostar. Ricardo y yo les gritábamos, en vano, que se detuvieran. Él quiso levantar a su madre en peso para llevársela, pero recibió un escobazo de la mía. Fue colosal. Terminó cuando ambas, sujetadas entre sí de los cabellos, en el suelo mordiendo el polvo, quedaron exhaustas.

Entre hombros, mi hermano y yo llevamos a mamá a casa. No supe de Ricardo por días. A la semana del gran encuentro de las «pesos pesados», él y yo nos separamos y no pudimos o quisimos reconciliarnos. La pelea entre ellas fue tan feroz que cada uno defendía a su progenitora con ahínco: «Que ella le dio un derechazo, que la tuya le escupió, que la mía no mata ni una mosca».

Ambas lograron su objetivo: separamos.

Pero la pelea tenía un verdadero porqué y no era el desacuerdo de nuestra relación, sino un odio más antiguo y entreverado.

Recuerdo a mi mamá llorar a moco tendido y confesar, mientras le poníamos alcohol a sus heridas, que la madre de Fogati le había quitado al amor de su vida, el que terminó siendo el padre de Ricardo. El pasar de los años había sepultado esta historia, que nunca, ni de broma, había escuchado hasta aquel momento; al parecer Ricardo tampoco.

Cuando las heridas de mi madre sanaron, me vine a la capital. Encontré aquí un buen hombre y me casé con él. Tuve hijos y hace pocome convertí en abuela.

Con los años me reconcilié con mi madre y la invité a mi casa para que conociera a su bisnieto. Ella sigue siendo una mujer de carácter complicado, pero ya está viejita, la toleramos. Yo nunca regresé a mi pueblo natal. Es cierta esa frase que dice: «Pueblo chico, infierno grande», por eso prefiero la ciudad. Me alegra haber dejado atrás ese conflicto de intereses. Pude reponerme y vivir una vida por lo menos tranquila, alejada de peleas descomunales.

Ayer fuimos a la iglesia. Con estupor reconocí a quien oficiaba la misa. El padre Ricardo Fogati bautizó a mi nieto sin saber que también llevaba su sangre.

Un comentario sobre “La pelea

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