ARCADIO M.

Por extrañas circunstancias del azar, mi mirada ausente chocó con la suya.

Yo apoyado en la pared, en la esquina de la barra, con mi refresco en la mano, en un respiro de esos que acostumbraba a tomarme en medio de la noche, aplastado en el pub de turno cuál sardina en lata fuese. Mientras mis amigos divagaban, bebían, bailaban o intentaba ligar, yo entraba en reflexión y analizaba el entorno, desbocado casi siempre, pensando en la verdadera realidad de cada uno de los que estábamos allí.

Ella, en la otra punta del local, en su corrillo de amigas, bailoteando y riendo, con su bebida en la mano, tomando por una pajita que al tiempo servía para remover la mezcla. ¿Por qué me miraba? Igual he sido muy pretencioso al creer  que lo hacía.

Pero en un alarde egocéntrico de valiente  cobarde, le sostuve la mirada. Y ella no se amilanó. Nuestros ojos se clavaron y se miraron. Y por un momento abandoné el vaso en la barra y me dispuse a acercarme a saludarla. Fue un instante fugaz, justo antes de que mi triste timidez me hiciera desechar la idea. Pero nuestras miradas todavía se sostuvieron un tiempo.

Y, aunque solo es una corazonada, aquel día debería haber sido el comienzo de una historia que empezó a escribirse años después. Y lo sé porque recuerdo el lugar, la hora y el día. Aunque no recuerdo su rostro, si me quedó clavada su mirada. Y lo que recuerdo con total nitidez, es la canción que sonaba:  »Y hoy estoy aquí/Borracho y loco/Y mi corazón idiota/Siempre brillará…»

Y antes de dormir, cada noche, susurro al oído a aquellos ojos: «yo te amaré, te amaré por siempre…»

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