ALIENHADO

Subí las escaleras del bloque mientras sacaba mis llaves del bolsillo, como de costumbre, pero cuando llegué a la puerta dudé entre abrir o llamar al timbre. Mi madre me había advertido que llamase por teléfono antes de ir, cosa que en ese momento me pareció absurda. ¿Por qué tenía que avisar para ir a mi propia casa? ¿Acaso temía que entrase derribando la puerta, polla en mano, y me la follase delante de mi padre? Si pensaba que no era capaz de comportarme le iba a demostrar que se equivocaba.

  Entré y en primer lugar eché un vistazo a la cocina. Eran alrededor de las siete de la tarde, por lo que era poco probable que mamá estuviese allí, y de hecho no estaba. En el salón encontré a mi viejo sentado en un sillón, medio dormido frente a la tele y el ventilador. Llevaba unos viejos pantalones de baloncesto (había jugado un poco de joven) y una camiseta azul de tirantes que estaba a dos siestas de quedarle pequeña. No se sorprendió demasiado al verme, y bajo su bigote apareció una sonrisa somnolienta.

—¡Hombre, el chófer! ¿Qué? ¿Como te ha ido? —preguntó.

—Bastante bien. La alcaldesa no es tan fiera como la pintan.

—Si, eso dice siempre tu abuela, pero con estas señoronas ricas es mejor andarse con pies de plomo. He llevado yo a cada una en el taxi que… —Pensaba que iba a deleitarme con alguna de sus batallitas de taxista, pero por suerte cambió de tema— ¿Y qué coche llevas? ¿El Mercedes blanco ese que aparca a veces cerca del ayuntamiento?

—Si, ese. Menudo carro.

  Dediqué unos minutos a hablarle de Klaus, como había hecho con mi tío, e intercambiamos opiniones sobre las virtudes y defectos de los coches alemanes. Al cabo de un rato se dio cuenta de que yo estaba de pie, a un par de pasos del sillón y el televisor.

—Pero siéntate, hombre. No te quedes ahí de pie —dijo.

—Eh… no. No voy a quedarme mucho. Solo he venido a saludar y a coger unas cosas de mi cuarto. —Eso me recordó que realmente necesitaba coger unas cosas de mi cuarto—. ¿Donde está mamá? —pregunté, como si no me importase mucho.

—No se. Estará en el baño —respondió mi padre, demostrando la poca atención que le prestaba a su sexualmente frustrada esposa.

  Fui a mi habitación y en el pasillo comprobé que, en efecto, la puerta del baño estaba cerrada y se escuchaba el rumor acuoso de la ducha. Saqué de mi armario una mochila vacía y embutí dentro sin mucho esmero unas cuantas mudas de ropa interior, un par de camisas y la radio despertador de la mesita de noche. Metí también una de las revistas guarras que escondía bajo el colchón. Con mi abuela fuera de mi alcance y Bárbara paseándose en tanga iba a ser un fin de semana muy largo plagado de erecciones inoportunas, y tenía que aliviarme de alguna forma. No es que necesitase la revista, pero nunca venía mal una ayuda.

  De vuelta al salón, encontré a mi madre en el sofá, recostada en el reposabrazos y con las rodillas flexionadas sobre el cojín. La postura podía parecer casual, pero las mujeres que tienen las piernas bonitas y pocos reparos a la hora de mostrarlas tienden a colocarlas por instinto de la forma más atractiva posible. Vestía una de sus camisetas holgadas que dejaba al descubierto uno de sus hombros y casi toda la breve longitud de las susodichas piernas. Se había lavado el pelo y llevaba el flequillo rubio repeinado hacia un lado. Me miró con una ceja ligeramente arqueada, con un brillo en sus ojos que oscilaba entre la alegría y la desconfianza y su sonrisa asimétrica curvada en esa combinación de ternura e ironía que tanto me gustaba.

—¿Como te ha ido paseando a Miss Daisy? —preguntó, repitiendo la broma que yo había hecho el día anterior.

—Muy bien. No tiene tan mal genio como tú.

—Muy gracioso. —Me miró de arriba a abajo y su sonrisa disminuyó cuando reparó en la mochila colgada de mi hombro—. ¿Ya te vas? Vaya visita tan corta. No querías irte al campo y ahora no hay quien te saque de allí.

—Voy al cine. Tengo ganas de ver una peli y en el pueblo lo más parecido a un cine es la tele vieja que tiene Pedro en el bar —dije. Entonces un plan cobró forma en mi mente. Una idea que ya revoloteaba por mi recalentado cerebro desde hacía un rato—. ¿Queréis veniros?

  Invitarlos a ambos era solo para no levantar sospechas. Era muy poco probable que mi padre quisiera abandonar su rutina, levantarse del cómodo sillón, vestirse y meterse en el bullicioso centro comercial para ver una película que darían por la tele tarde o temprano. Su mujer, en cambio, estaba ansiosa por escapar un par de horas de la misma sofocante monotonía, ansia que disimuló mostrándose reacia.

—¿Al cine? ¿Ahora? ¿Qué vas a ver? —preguntó, como si fuese la peor idea del mundo.

—El silencio de los corderos. Dicen que es buena —respondí, nombrando el primer título de la cartelera que me vino a la mente.

—¿Esa no es de miedo? —No era muy aficionada al terror, como la mayoría de las madres.

—No. Es policíaca. De asesinos en serie, creo. ¿Os venís o no? —insistí.

—Buff, yo paso de salir con el bochorno que hace —dijo mi padre, tan previsible como siempre—. Además, mañana salgo muy temprano.

—No se… —vacilaba mamá, aunque se había incorporado en el sofá y tenía las puntas de los pies en el suelo.

—Venga, vete al cine con el niño. Que siempre te estás quejando de que no te saco a ninguna parte—dijo papá, delegando en mi persona su obligación de ser atento con su mujer.

—¿Sacarme? Ni que fuese un perro —se indignó ella, medio en broma pero con un poso de genuino resentimiento.

—Dame la correa y ya la saco yo —bromeé.

  Mi madre se levantó del sofá, pasó entre la televisión y mi padre, quien no le dedicó ni media mirada a su menudo y hermoso cuerpo, y me castigó con un juguetón pero doloroso pellizco en el costado.

—Está bien, voy a vestirme. No tardo nada —dijo, sin poder ocultar del todo su entusiasmo.

—No hay prisa. La próxima sesión no es hasta las ocho y pico —aventuré, pues apenas recordaba los horarios del cine.

  Me quedé de pie en el salón y ella desapareció por el pasillo dando graciosos saltitos que solo yo pude ver. Sonreí al pensar que mi madre debía de ser una de las pocas mujeres del mundo cuyo amante la recogía en casa, delante de las narices de su marido, sin que el pobre cornudo sospechase nada. ¿Por qué iba a sospechar de su propio hijo? En lugar de ello, continuaba mirando el estúpido concurso que daban en la tele, ajeno al hecho de que su mujer estaba a punto de ser penetrada por una verga joven y vigorosa. Una verga que ya aumentaba de tamaño entre mis piernas, lo cual me obligó a meter la mano en el bolsillo y acomodarla con disimulo para que no abultase en mis pantalones de chándal, muy cómodos pero poco apropiados para ocultar erecciones.

  Fiel a su palabra, mamá regresó en apenas cinco minutos. Se había puesto un sencillo vestido veraniego sin mangas, largo hasta casi las rodillas, amarillo claro con un discreto estampado de flores blancas, una variedad cromática que combinaba muy bien con su piel bronceada. Calzaba unas sandalias planas, cuyas tiras de cuero eran tan finas que desde cierta distancia daba la impresión de que iba descalza. No se había maquillado y sus únicos complementos eran su bolso verde, unos discretos pendientes plateados con forma de media luna y su alianza de casada. En conclusión, un atuendo más que adecuado para una madre que sale a dar un paseo con su hijo una tarde cualquiera de verano. No me atreví a hacerle cumplidos, pero mi mirada de perro famélico sin duda bastó para hacerle saber lo guapa que estaba.

  Nos despedimos de mi padre, quien apenas apartó los ojos de la pantalla, y salimos del piso. Al bajar las escaleras del bloque ella se adelantó y pude ver que aunque el vestido no era escotado por delante, por detrás dejaba al aire gran parte de la suave espalda. Reparé en que no llevaba sujetador, y casi pude sentir en mi boca el sabor de sus pequeños pezones color café.

  Una vez en el coche, rompí el protocolo dándole un beso en la mejilla, lo bastante cerca de los labios como para evidenciar mis deseos pero no tanto como para que pudiese resultarle inapropiado a un espectador inoportuno. Aún así, ella miró en todas direcciones a través de las ventanillas y correspondió a mi muestra de afecto con una breve pero significativa caricia en el muslo.

—Estate quietecito y arranca, anda—ordenó, como si tuviese cinco años y me hubiese sorprendido a punto de jugar con una caja de cerillas.

  Metí la llave en el contacto, dando ya por hecho que esa tarde iba a meter otro tipo de llave en una cerradura mucho más cálida y acogedora. Lo del cine había sido buena idea, pero no había tenido tiempo de planificar el siguiente paso. Obviamente meter el Land-Rover en un callejón estaba descartado, y repasé mentalmente los picaderos locales más conocidos, esos lugares apartados y poco transitados donde los jóvenes iban a aliviar los picores que acompañaban a sus revolucionadas hormonas, donde las fulanas callejeras vaciaban con indolente maestría los huevos de sus clientes, o donde algunos homosexuales satisfacían los impulsos que ocultaban durante el resto del tiempo. La mayoría los descarté por no parecerme lo bastante discretos, o porque sabía que a mi madre no se lo parecerían. Al fin y al cabo, a ojos de la sociedad nuestra relación estaba peor vista que el sexo prematrimonial, irse de putas o ser marica. Caí en la cuenta de que me acompañaba una mujer más experimentada, inteligente y resolutiva que yo, así que decidí preguntarle.

—¿Dónde vamos? —dije, mientras conducía despacio hacia la salida de nuestra calle.

—¿Que te parece si vamos al cine? —dijo ella, socarrona.

—¿En serio?

—Tenemos que ver la película. ¿Qué pasa si tu padre me pregunta por ella? ¿Qué le voy a decir?—explicó.

—No te va a preguntar nada. No te hace ni puto caso. —Me di cuenta de que mi comentario había sido un poco cruel e intenté quitarle hierro—. Además, solo le interesan las pelis del oeste y esas chorradas de Pajares y Esteso.

  Los gustos cinematográficos de mi padre eran limitados y poco entusiastas, aunque había otro tipo de películas que le gustaban: las que escondía encima del armario, las cintas guarras de las que yo también disfrutaba cuando me quedaba solo en casa. Mi madre sin duda sabía de la existencia de esas cintas, lo cual me entristeció y cabreó, pensando cómo se sentiría al saber que el mismo marido que la tenía desatendida en el dormitorio se la cascaba frente a una pantalla. Puede que ella no fuese tan espectacular como esas zorras que se dejaban lefar la cara frente a una cámara, pero desde luego no tenía nada que envidiarles, y yo lo sabía muy bien. Que se joda el viejo, pensé. Si él ya se había cansado del exquisito manjar con el que compartía la cama yo estaba dispuesto a devorarlo una y otra vez.

—Mira, prefiero no arriesgarme. Ya sabes como es tu padre, lo mismo se pasa una semana sin apenas abrir la boca que de pronto le da por charlar —dijo mamá. De nuevo movió su mano a lo largo de mi muslo, en una caricia más maternal que sexual—. Además, hace mucho que no vamos al cine juntos, solos tu y yo. Me hace ilusión.

  Tenía razón. En los últimos años no hacíamos nada juntos, solo por el placer de la mutua compañía. A pesar de lo cachondo que estaba, consiguió que me resultase atractiva la idea de simplemente pasar el rato con ella, y también me hizo sentir culpable, algo en lo que las madres son expertas.

—Está bien —dije, resignado.

  En ese momento paramos en un semáforo. Tras asegurarse de que nadie nos miraba desde los otros coches, culebreó sobre la palanca de cambios y me dio un rápido beso en los labios, mientras la caricia de su mano en mi muslo se volvía inequívocamente sexual. Intenté prolongar el contacto sujetándola por la cintura pero se escabulló y volvió a acomodarse en su asiento.

—Vamos a ver la película, y después… ya veremos. ¿De acuerdo? —dijo, dejando que la mitad izquierda de su sonrisa adoptase una curvatura enigmática, una compleja ecuación de lujuria y amor maternal.

  Por supuesto que estaba de acuerdo. Si había podido esperar varios años para gozar por primera vez de su cuerpo podía esperar un par de horas para volver a hacerlo. Aunque después de haber probado ese licor prohibido las ganas de emborracharme con él eran más intensas que cuando solo fantaseaba con darle un sorbo.

En el aparcamiento subterráneo del centro comercial, aparqué junto a una gruesa columna de hormigón y miré el reloj del salpicadero. Quedaba más de media hora para que comenzase la película. En lugar de bajarme del coche, me acomodé mejor en el asiento y saqué el paquete de tabaco.

—¿Vamos a mirar escaparates o a tomar algo hasta que sea la hora? —propuso mamá, que ya había agarrado su bolso.

—¿Y si nos quedamos aquí relajándonos? —sugerí yo, mientras sacaba de la cajetilla la china de hachís que me quedaba y comenzaba a quemarla.

  Mi madre levantó una ceja, mirando mi maniobra con sarcástica desconfianza. Ya había comprobado que toleraba bien los porros, y no me daba miedo que perdiese el control como la noche en la que el alcohol y el tónico casi nos hacen acabar entre rejas.

—Deberías dejar eso, ahora que trabajas —me aconsejó, ejerciendo el papel de adulta responsable con sus palabras pero mirando con avidez el porro que tomaba forma entre mis dedos.

—No te preocupes, no fumo en el trabajo. Y además, hoy es una ocasión especial, ¿no?

—La verdad es que sí. Para mí venir al cine es una ocasión especial, por triste que suene —dijo, antes de soltar un suspiro de resignación.

  No quería verla así, y lo mejor que se me ocurrió para consolarla fue inclinarme sobre ella y besarla. Esta vez me permitió saborear su lengua y acariciar su muslo durante unos segundos antes de apartarme empujando mi pecho. Miró por las ventanillas hacia las hileras de vehículos aparcados en la penumbra y las escasa siluetas que se movían entre ellos empujando carritos o cargando bolsas.

—Aquí no, cielo… Por favor —dijo, casi susurrando—. Todos nuestros vecinos vienen aquí a comprar.

  De nuevo acaté sus deseos. Cuanto mayor fuese la espera más placentera sería la recompensa. Encendí el porro y se lo pasé. Lo cogió entre sus pequeños dedos sin dudarlo un segundo y le dio dos largas y profundas caladas, sin toser ni hacer gesto alguno de desagrado. Era evidente que no solo estaba hambrienta de orgasmos sino de cualquier clase de emoción que la hiciera sentir viva. Si mi padre no se daba cuenta de lo que le ocurría a su mujer estaba ciego o era estúpido, y si lo sabía y lo ignoraba no se la merecía en absoluto.

  Fumamos un rato en silencio, pasándonos el canuto como haría con cualquiera de mis amigos, solo que a ellos no les miraba las piernas ni me los imaginaba desnudos rebotando sobre mi cipote. La vi tan relajada que me atreví a sacar a relucir una cuestión que me rondaba la cabeza desde hacía días.

—Oye, mamá.

—Dime. —Tardó en responder medio segundo más de lo habitual pero no daba la impresión de estar muy colocada.

—Quiero hacerte una pregunta —anuncié. Me aclaré la garganta mientras ella me miraba, expectante—. Verás… esto que hacemos, tu y yo… ya sabes… ¿lo consideras… en fin… ponerle los cuernos a papá?

  Su primera reacción fue una carcajada, seguida de un breve golpe de tos que la hizo expulsar humo por la boca y la nariz. Me pasó el porro, mirándome con una mezcla de sorpresa e ironía.

—A ver, cariño… Estoy casada y ando follando con otro, ¿como llamarías tu a eso?

—Si, eso es cierto. Pero en fin… no soy un tío cualquiera. Soy tu hijo —dije, como si fuese evidente que nuestro cercano parentesco anulaba el adulterio.

—Carlos, joder… Eso es todavía peor. Además de adúltera soy una degenerada —afirmó, en un tono indescifrable que hacía equilibrios de funambulista entre la comedia y el drama.

—No digas eso —dije, acariciándole el hombro.

—¿Y que quieres que te diga, hijo? —preguntó, pronunciando la palabra “hijo” en un extraño tono burlón—. ¿Quieres que te diga que follarme a un extraño sería mucho peor? ¿Quieres escuchar que tu padre es menos cornudo porque eres tu quien me la mete? ¿Es eso?

  Hablaba en un tono tranquilo, casi alegre, pero la conocía lo suficiente como para saber que podía explotar de un momento a otro. Estaba claro que ella también había pensado en el tema, probablemente más que yo y de forma más acertada. Quizá era ella quien tenía razón, y mi percepción solo era parte de mi fantasía, o una forma de sentirme menos culpable mientras ella era lo bastante fuerte y madura como para lidiar con la culpa. Era mejor, de momento, no discutir las implicaciones morales de nuestra relación, aunque una vez abierto el melón me resistía a dejar de lado el tema de la infidelidad. Tras una prudente pausa, volví a plantearle una duda.

—Dime una cosa, mamá… Si quieres, claro. ¿Antes de mí… has estado con algún otro?

—¿Con algún otro de mis hijos, quieres decir? ¿Follando pero sin ponerle de verdad los cuernos a mi marido? —dijo ella. Si su humor ya de por sí era ácido, el hachís y el incómodo tema de conversación lo estaban volviendo especialmente corrosivo.

—Vale.. déjalo. Da igual.

  Pensé que mi rendición daba el tema por zanjado. Mi madre le dio una última calada al porro y lo apagó en el cenicero del coche. Había fumado mucho más que yo y, en apariencia, no estaba ni la mitad de colocada. Dejó pasar más de un minuto de silencio envuelto en aromático humo, suspiró, cerró los ojos unos segundos y habló.

—Una vez.

—¿Una vez? —exclamé, aturdido por la inesperada confesión.

—Hace unos seis años, cuando empezabas el instituto —confesó. Miraba su propio reflejo en la ventanilla de la puerta, avergonzada pero con un leve deje desafiante—. Por aquella época tu padre ya no me hacía mucho caso, y tú estabas creciendo y ya no te interesaba pasar tiempo conmigo. Me sentía sola… y aburrida.

—Lo siento —dije, rememorando esa época en la que empezaba a salir con mis colegas.

—No tienes por qué sentirlo. Es lo normal a esa edad. Lo raro hubiese sido que te pegases a mis faldas —dijo ella, mirándome de nuevo.

—¿Y con quien fue? —pregunté. Estaba ansioso por saber más, presa de esa perversa mezcla de celos y morbo.

—¿Te acuerdas de Don Roberto?

  Tras un instante de incredulidad, esta vez fui yo quien soltó una carcajada. Don Roberto fue mi profesor de matemáticas y tutor durante el primer año de instituto. Lo recordaba como un cuarentón insulso, serio y flemático. Era alto, entrado en kilos y medio calvo. No es que fuese rematadamente feo, pero tenía los ojos grandes y saltones, lo cual le había hecho ganarse el apodo de “Gustavo”, en honor al dicharachero batracio, también conocido como Kermit o René.

—¡No me jodas! ¿Te follaste a la rana Gustavo? —exclamé, riendo.

—¡Oye! Menos guasa —se quejó, dándome uno de sus pellizcos en la cadera. Fingía estar indignada por mis burlas pero luchaba por no echarse también a reír—. Era un hombre muy agradable, una vez lo conocías. Después de una tutoría nos quedamos solos, charlando… y bueno, ya te imaginas.

—Qué cabrón… Se follaba a mi madre y no me aprobó ni una vez —dije, resistiéndome a dejar de bromear.

—Solo lo hicimos un par de veces. No fue nada serio. —La sonrisa desapareció de sus labios y me miró muy seria—. Ni se te ocurra contárselo a nadie, ¿estamos? Él también está casado.

—Tranquila. No es que me entusiasme la idea de que mis amigos sepan que Gustavo te metía el pito.

  Eso me hizo ganarme otro doloroso pellizco, al que intenté responder agarrándola por la cintura. Se escabulló de mis impacientes manos, riendo y provocándome.

—¿Y ya está? ¿Solo ese? —pregunté.

  Una parte de mí quería que Don Roberto fuese su único desliz, y otra parte, más oscura y viciosa, se excitaba con la idea de que mi madre fuese una zorra. Ella miró de nuevo su reflejo en el cristal y bajó los ojos, jugueteando con los bajos de sus vestido.

—Bueno…

—Joder, mamá, ¿en serio? —dije, levantando las cejas.

—¿Te acuerdas del chico que alquiló el apartamento del ático el año pasado? —preguntó, y esta vez parecía más orgullosa que avergonzada.

—¿Con ese? No me jodas… Pero si tenía mi edad —exclamé, indignado.

  Esta vez los celos se impusieron a la curiosidad morbosa. Ya no se trataba de un cuarentón de ojos saltones sino de un estudiante de constitución atlética, mucho más alto y guapo que yo. Me había cruzado muchas veces con ese tipo en el portal y nunca se me pasó por la cabeza que pudiese estar dándole matraca a mi señora madre. Por suerte se había marchado cuando terminó el curso y no tenía que preocuparme por él, pero imaginar su blanco y musculoso culo de universitario subiendo y bajando entre los muslos de su simpática vecina me hizo hervir la sangre.

—No exageres —dijo la vecina en cuestión—. Era mucho mayor que tú. Estaba en el último año de universidad. Además, solo tomamos café un par de veces.

—¿No hicisteis nada? —dije, aliviado y un poco decepcionado.

—No, no hicimos nada. Me arrepentí en el último momento —admitió.

—No creo que eso cuente como infidelidad.

—Para mí cuenta —afirmó, demostrándome de nuevo lo lejos que estaba de entender a las mujeres en general y a ella en particular.

—¿Alguien más? —pregunté.

—No. Nadie más. ¿Contento?

  En términos generales, se podría decir que estaba contento. Ni quería juzgarla por sus insignificantes infidelidades ni estaba en posición de hacerlo. Lo único que me molestaba era no haber intentado antes convertir en realidad las fantasías que ella protagonizaba, ahora que sabía lo insatisfecha que estaba desde hacía años. Después de nuestra reveladora conversación, el silencio se adueñó de nuevo del interior del coche. La vergüenza había desaparecido de su rostro y se la veía aliviada, como si se hubiese quitado un peso de encima al contarme sus pecados extramaritales. En ese momento entendí mejor a mi abuela, su necesidad de confesarse cada domingo. No se me ocurrió nada que decir así que me limité a abrazarla, apretando su pecho contra el mío.

—Te quiero. No voy a dejar que te sientas sola nunca más —dije, con la boca muy cerca de su cuello.

  Ella me devolvió el abrazo, rodeando con fuerza mi torso, apoyó la cabeza cerca de mi hombro y suspiró, acariciándome con la mejilla. La empalagosa escena de afecto maternofilial no duró mucho, ya que en cuanto sentí su calor envolviéndome y aspiré su aroma se me puso dura como un leño. Acaricié su morena espalda con una mano y la otra ascendió por su muslo, exploró bajo la falda hasta que las puntas de mis dedos tocaron la tela de sus bragas. Presioné con delicadeza, buscando la zona más sensible, le besé el cuello y el hombro, muy despacio. Estuvo a punto de rendirse, pero cuando intenté que separase más los muslos y busqué su lengua con la mía se apartó y regresó a su asiento, mirando al sombrío aparcamiento.

—Aquí no, Carlos… No me hagas repetírtelo, ¿vale? —dijo, intentando normalizar el ritmo de su respiración. Miró el reloj del salpicadero, se alisó la falda sobre los muslos y cogió su bolso—. Anda, vamos al cine, que al final se nos va a pasar la hora.

  Bajamos del coche y nos sumergimos en la luminosa animación del centro comercial, que nos deslumbró y aturdió durante unos segundos. Su equilibrio no acusaba en absoluto los efectos de la droga porro, pero al igual que la noche de la cena se colgó de mi brazo, caminando tan pegada a mí que nuestras caderas se rozaban. Y de nuevo me hinché como un gallo al notar que muchos hombres la miraban con mayor o menor disimulo, sobre todo sus cortas pero bien formadas piernas, atractivas incluso sin la ayuda de los tacones, y las firmes nalgas de gimnasta veterana que se adivinaban bajo el ligero vestido.

  Llegar tarde a la proyección no me preocupaba lo más mínimo, así que no me quejé cuando se detuvo frente a cualquier escaparate que le llamase la atención, cual polilla atraída por la luminosidad que rodeaba a los estoicos maniquíes. También se detuvo, para mi sorpresa y perversa diversión, ante cierta tienda de lencería que yo conocía muy bien. Allí seguía el picardías rojo con encajes negros que yo había visualizado horas antes sobre el cuerpo de mi abuela, tan diferente al suyo, menos voluptuoso pero igualmente digno de tan sugerente prenda. Con cuidado de no decir nada sospechoso, no me privé de bromear cuando noté que la miraba.

—Eso te quedaría muy bien, ¿no crees? —dije, inclinándome hacia su oreja para que nadie nos escuchase.

—Hijo, que mal gusto tienes. No me pondría esa horterada ni loca —afirmó. Sus gustos en cuanto a ropa interior no eran conservadores, pero al parecer tenía preferencias estéticas que aún se me escapaban.

—¿De verdad no te gusta?

—¿Estás de coña? Parece algo que llevaría una puta de los años cincuenta —dijo, casi riendo.

—Bueno, ya encontraré a otra que sepa apreciarlo.

  Y tenía claro quien era esa otra: una viuda llamada Felisa que, aunque no le gustase la prenda, era tan complaciente como para no decir nada, agradecérmelo con docenas de efusivos besos, ponerse unos tacones y desfilar solo para mis ojos antes de entregarse a mí con el ardor de una recién casada. Mi madre soltó una risita sarcástica al escuchar mi broma, justo antes de adoptar un rictus de severidad implacable, apretar mi brazo con más fuerza de la necesaria y taladrarme con una de sus temibles miradas.

—Oye, ni se te ocurra hacerme regalitos raros, ¿entendido? —Me habló susurrando muy cerca de mi oreja, lo cual no la hacía menos amenazante.

—Tranquila, joder, que era broma. No soy tan imbécil —dije. Intenté sonar convincente, porque la verdad es que si era tan imbécil.

—Eso espero.

  Nos alejamos del conflictivo escaparate y muy pronto recuperó el buen humor. Llegamos a los multicines e insistió en pagar las entradas, pues yo había pagado la cena en nuestro anterior encuentro. Compramos unos refrescos y entramos en la sala, justo a tiempo, pues estaban terminando los tráilers que precedían a la película. Habría en total unas cien personas, menos de la mitad del aforo, y las entradas no estaban numeradas, así que pudimos elegir asientos. Tomándola de la mano, llevé a mi madre hasta las butacas centrales de la penúltima fila, que estaba vacía, al igual que la “fila de los mancos” detrás nuestra y la de delante. Un par de filas más allá, solo vi a una pareja de mediana edad, un tipo de cuello ancho y cabeza grande y una señora con una voluminosa permanente.

—¿No estamos muy atrás? —dijo mamá, que obviamente se anticipaba a mis intenciones.

—Desde aquí se ve mejor.

—Pórtate bien, ¿eh? Nos puede ver algún acomodador —me advirtió, aunque no me soltó la mano después de sentarse.

—Los acomodadores pasan de todo.

—Muy bien, pero las manos quietecitas.

  La película comenzó e intenté prestarle atención, una tarea que me resultó imposible. Los ojos se me iban cada pocos segundos a las piernas de mi acompañante, más o menos visibles en la oscuridad dependiendo de la intensidad del resplandor en la pantalla. Las mantenía cruzadas y no las separó cuando mi mano se posó en su muslo, cerca de la rodilla, y acaricié la sedosa piel con el pulgar. No me obligó a retirar la mano pero suspiró y me miró de reojo, con el ceño fruncido a modo de advertencia pero esbozando una ambigua sonrisa.

  Ahora os confesaré algo que tal vez os haga sentir animadversión hacia mi persona: soy de los que hablan en el cine. No es que charle como una cotorra pero no puedo resistirme a comentar aspectos de la película que por un motivo u otro me resultan curiosos, sorprendentes o graciosos. Cuando Clarice Starling, protagonista del film, apareció en pantalla me incliné hacia mi madre y le hablé en voz baja.

—¿Sabías que Jodie Foster es bollera?

—¿Qué? Anda ya —susurró ella, incrédula.

—Te lo juro. Bollera perdida.

—Pues no tiene pinta. Es muy mona —opinó mamá, después de dar un sorbo a su refresco, apretando los labios en torno a la pajita de plástico de una forma encantadora, entre infantil y sexy.

—¿Y que pinta tienen las bolleras? —pregunté, burlón.

—Yo que sé, hijo. Pues más… machorras.

—No tendrá pinta, pero es bollera.

  Mi tono de voz debía ser más alto de lo que pensaba, o tal vez había dicho demasiadas veces la palabra “bollera”, pero el caso es que el tipo sentado dos filas por delante de la nuestra volvió su maciza cabeza y nos chistó. Le hice un gesto con la mano, a modo de disculpa, y volví a mirar la pantalla.

  A día de hoy El Silencio de los Corderos es una de mis películas favoritas, pero aquella tarde la odié con toda mi alma. Los minutos pasaban muy despacio y solo podía pensar en besar de arriba a abajo el cuerpo desnudo de la mujer sentada junto a mí. A pesar de la calentura, descubrir que uno de los temas de la película era el canibalismo me pareció adecuado de una forma retorcida. Hoy en día en la civilización occidental quedan muy pocos tabúes, y dos de los principales son sin duda el canibalismo y el incesto. No sentía ninguna curiosidad por consumir carne humana, pero el otro tabú, en mi opinión totalmente lícito y saludable siempre que lo practicasen adultos con el consentimiento de ambas partes, ya formaba parte de mi vida, la parte de mi vida más placentera y emocionante.

  Mi inquieta mano derecha se deslizó desde la rodilla hasta la ingle, levantando la ligera falda amarilla en el proceso. Mi madre intentó mantenerla en su sitio, con tan poco éxito como sus esfuerzos por disimular que no se estaba excitando con mis caricias y los besos que le daba en el cuello o en el hombro.

—¿No vas a dejar que te meta mano? Venga… solo un poco —dije, ante la imposibilidad de introducir mis dedos entre sus muslos apretados.

—Aquí no, Carlos. Para quieto de una vez —susurró. Miró a izquierda y derecha, preocupada por la posibilidad de que nos sorprendiese un acomodador con su linterna, cosa que no ocurrió.

—¿Es que nunca te han metido mano en el cine? —pregunté, desafiante. Ya había comprobado antes que acusarla de ser recatada o mojigata daba resultado.

—Si, cuando tenía catorce años —afirmó, sin morder el anzuelo.

—¿Catorce? Joder, yo a esa edad aún no había tocado pelo —confesé.

—Y hoy tampoco lo vas a tocar como no me hagas caso.

  Me agarró la muñeca y apartó mi mano de su entrepierna. Lejos de rendirme, me sobé el paquete y coloqué mi tieso cipote de forma que se marcase bien en la tela de mis pantalones. Mi madre soltó un exagerado suspiro de fastidio cuando cogí su mano y la puse sobre el cilíndrico bulto. En la gran pantalla Clarice y el Dr. Lecter seguían a lo suyo.

—Oye, mami. Si tanto te interesa el canibalismo puedes probar este trozo de carne que tengo aquí.

—Muy gracioso —dijo ella.

  Pretendía parecer enfadada pero mi burda broma le arrancó media sonrisa y no apartó la mano del bulto que a cada segundo se ponía más duro. Acarició toda la longitud del tronco por encima de la tela y presionó la punta doblando los dedos. Acto seguido, retiró la mano y le dio un sorbo a su refresco, sonriendo con malicia.

—Joder… Pero no pares —me quejé, tan cachondo que me costaba hablar en susurros y elevé la voz más de lo necesario.

—Te he dicho que aquí no —dijo ella, jugando a provocarme.

—Venga… hazme una paja. No me seas calientapollas.

—¿Qué me has llamado?

  Me castigó con un pellizco en el muslo y aproveché para intentar sujetar su muñeca. No tuve éxito y comenzamos un forcejeo en el que ella intentaba pellizcarme y yo sujetarla o meter la mano bajo su falda, entre risas contenidas y resoplidos.

—Para… estate quieta o verás.

  Nuestro juego se vio interrumpido de golpe cuando el tipo de dos filas más adelante se giró, levantando un poco el cuerpo para apoyarse en el respaldo y mirarnos desde arriba. No podía verle bien la jeta pero era evidente que estaba muy enfadado y me miraba fijamente, ignorando a mi también revoltosa compañera.

—A ver, ¿te vas a callar de una puta vez o qué, imbécil? —me ladró el tipejo.

  Antes de que pudiese responder, mi madre se deslizó hasta el borde de su asiento, inclinada hacia adelante, y habló a un volumen que hizo girar la cabeza a toda la sala.

—¿A quien llamas imbécil, cabezabuque? —exclamó.

  A el señor aquel no le hizo gracia la sutil referencia a el notable tamaño de su cabeza. Resopló e hizo el amago de levantarse, pero su mujer le sujetó por el codo y le habló en voz muy baja, sin mirar hacia atrás. Eso contuvo la ira del cabezón, quien nos dedicó una última frase antes de sentarse de nuevo y darnos la espalda.

—No os lo vuelvo a repetir. Callaos o la vamos a tener, niñatos.

  Me hizo mucha gracia que tomasen a mi madre por una “niñata”, aunque era comprensible debido a su aspecto juvenil, ayudado por la oscuridad del lugar, y a su repentino descaro. Le agradecí que me defendiese con un corto beso en la mejilla. Corto porque, sorprendiéndome de nuevo, buscó mis labios con los suyos y nos dimos el filete un buen rato, sobándonos por encima de la ropa, talmente como dos niñatos dejándose llevar por la esclavitud de las hormonas.

  Pasados unos minutos recordó que, a pesar de la oscuridad y la aparente intimidad, estábamos en un lugar público. Se apartó de mí, apuró su refresco con un ruidoso sorbo, cogió su bolso y se puso en pie.

—Vámonos de aquí —ordenó.

  Acomodé lo mejor que pude mi tremenda erección para que no atrajese miradas indiscretas y la seguí hasta el exterior. De nuevo el contraste entre la penumbra y la luz nos cegó durante unos segundos. En el lobby del cine no había nadie, solo la chica que vendía las palomitas, quien ni siquiera nos miró, ocupada contando granos de maíz (no era eso lo que hacía, pero apenas me llegaba sangre al cerebro y estaba colocado, así que vete a saber). Arrinconé a mi madre tras una columna, o mejor dicho ella se dejó arrinconar, y mi lengua volvió al ataque, acompañada por mis manos, apurando cada segundo antes de que volviese a asaltarla el miedo a ser descubierta.

—Vamos a los baños —le susurré al oído mientras le besaba el cuello.

—No voy a follar en lo baños de un cine —dijo, en un tono que no dejaba lugar a réplica.

  Frustrada mi fantasía de fornicar con mi madre en los baños de un cine, una fantasía que no sabía que tenía hasta ese momento, le ofrecí el brazo y salimos al centro comercial, como si nada extraño hubiese pasado. Paseamos sin apenas hablar entre la gente, camino al aparcamiento, aparentando de nuevo no ser nada más que una madre y un hijo con una relación estrecha pero totalmente convencional. Mi piel morena y su bronceado disimulaban el rubor de nuestras mejillas, y gracias a un titánico esfuerzo mental había conseguido dominar mi erección lo suficiente como para que no diese el cante en los pasajes por los que pululaban familias con niños o ancianos ociosos.

  Una vez sentados en el Land-Rover, me abalancé sobre ella con tanto ímpetu que me clavé la palanca de cambios en la ingle. Ante mi gesto de dolor, ella soltó una carcajada y me apartó de un empujón.

—Ya te he dicho que aquí nos puede ver alguien. Arranca, anda —dijo, alisando las arrugas que habían provocado en su vestido mis manos.

—¿Y a dónde vamos?

  Nos quedamos en silencio. ¿A dónde carajo podíamos ir? Mi padre estaba en casa. En el pueblo estaban mi abuela y mis tíos. Aparcar en un callejón discreto estaba más que descartado, y sabía que ningún picadero al aire libre, por alejado y solitario que fuese, sería lo bastante íntimo como para que mi acompañante consiguiera relajarse. Tenía varios amigos que compartían piso y me dejarían usar una habitación si se lo pedía, pero la mayoría conocían a mi madre, y los que no la habían visto nunca podrían conocerla más adelante y descubrir el pastel. Devanándome los sesos, llegué a sentir envidia por lo bien que se lo montaba el asqueroso de Don Ramón con sus amantes y sus putas. Eso me hizo tener una idea, hecho que expresé en voz alta.

—Tengo una idea —dije, mientras arrancaba el coche.

—¿Qué idea? —preguntó mamá, con la habitual curva de desconfianza en su ceja.

—Ya lo verás.

  Salimos de nuevo a la ciudad. Estaba anocheciendo y conduje hacia la parte vieja de la ciudad bajo cúmulos de nubes alargadas teñidas con tonos naranjas y rosados que resultaban casi irreales.

—Al final no hemos visto la peli entera. ¿Qué le vas a decir a papá si te pregunta?

—Uff, yo que sé… Le diré que sale un caníbal y una poli bollera.

—¡Ja ja!

  Entramos en las estrechas calles del casco antiguo, moviéndonos despacio sobre el empedrado que hacía vibrar los asientos, entre iglesias centenarias, casas abandonadas por el tiempo y talleres de artesanía que habían sobrevivido a la era industrial. No conocía muy bien esa parte de la ciudad, pero no me costó mucho encontrar el lugar que buscaba, una serie de calles que habían conocido tiempos mejores, con el encanto de la sordidez y los vicios consentidos, la mayoría ilegales sobre el papel, papel mojado por la corrupción de las autoridades. En las aceras y los portales vimos a yonquis pinchándose, mendigando para la siguiente dosis o acechando en busca de algún incauto al que atracar. Vimos camellos, perros callejeros de toda índole, chulos y vividores, pero sobre todo putas.

  Las había a docenas, de todos los tamaños, razas y edades, y aquellas eran solo las que estaban a la vista, pues muchos de los sucios y pintarrajeados edificios ocultaban burdeles. Conduje despacio, como si mirase la mercancía. Algunas se ajustaban al imaginario colectivo luciendo lo que podríamos llamar uniforme de zorra: minifalda, medias de rejilla, tacones y plataformas, vestidos minúsculos que dejaban a la vista las nalgas, tops ajustados o simplemente un sujetador o la parte superior de un bikini. Otras, en cambio, vestían de forma menos vistosa, y su oficio era evidente solo por su actitud. Las que más se esforzaban en el aspecto estético eran aquellas que no habían nacido mujeres, disimulando los muchos o pocos rasgos masculinos que tuviesen a base de abigarrados maquillajes y atuendos.

—Carlos, ¿qué hacemos en el barrio de las putas? —preguntó mi madre, con evidente y justificado recelo.

—Ya lo verás —respondí, enigmático.

—Si tienes en mente alguna cosa rara no cuentes conmigo, ¿eh? —me advirtió.

  Su desconcierto aumentó cuando detuve el Land-Rover en una pequeña y sombría plazoleta y abrí la puerta para bajarme.

—¿Qué coño haces? Ni se te ocurra dejarme aquí sola.

—Tranquila, es solo un segundo. No me voy a alejar mucho —prometí.

  Antes de que pudiese protestar de nuevo caminé hasta el portal más cercano, uno de los menos sucios y malolientes de los alrededores. Dos furcias me miraron de arriba a abajo mientras me acercaba, con la burlona prepotencia de las mujeres callejeras. Una de ellas tendría unos cuarenta y cinco años, rellenita y tetona, tan bajita como yo a pesar de los taconazos de sus zapatos de leopardo sintético. La otra era alta y esbelta, como una modelo de pasarela que hubiese perdido la elegancia en una mala noche, de grandes ojos azules y una cabellera rubia que sin duda era artificial. Me detuve frente a ellas y les dediqué mi mejor sonrisa. Nunca me había ido de putas y no sabía muy bien cómo tratarlas.

—Ay, pero mira que mono —dijo la mayor de las dos, con voz potente y cazallera—. ¿Sabe tu mami que estás aquí, pequeñín?

—Si. Si que lo sabe —respondí, confiado, cosa que descolocó un poco a las zorras—. ¿Puedo haceros una pregunta?

—Depende de la pregunta, nene —dijo la rubia. Por la forma en que arrastraba las palabras y el estado de su dentadura estaba claro que su delgadez no era fruto de una estricta dieta.

—Calla, coño. Déjale que pregunte lo que quiera —le espetó la madura. Me miraba sonriendo, casi con ternura. A pesar del excesivo maquillaje y los estragos de años en la calle tenía unos bonitos ojos verdes.

  La otra me dedicó una mueca de desprecio, se acomodó su pequeño bolso en el hombro y se alejó desfilando por la acera, contoneando las escasas curvas bajo un ceñido vestido blanco. Giré un segundo la cabeza para echar un vistazo a mi madre. Estaba sentada con la espalda tiesa y los brazos cruzados sobre el pecho, con una expresión seria e interrogante.

—Verás, estoy buscando un motel de esos que alquila habitaciones por horas, ¿sabes lo que te digo? —le dije a la puta.

—Uy, claro que se lo que dices, cariño —respondió. Se había percatado de mi vistazo al coche y su sonrisa se volvió astuta. Su amplia experiencia en asuntos derivados del adulterio le permitió deducir al instante cual era la situación.

—Que no sea muy caro pero tampoco muy cutre —añadí. Tenía la cartera repleta gracias a mis negocios pero tampoco me podía permitir un hotel de lujo.

—Conozco un sitio perfecto. Limpio y discreto. A tu amiga le va a encantar.

  Me dio unas indicaciones que memoricé asintiendo. La mujer había sido agradable, así que saqué de mi cartera una propina que consideré adecuada y se la tendí. Su mano de uñas pintadas de rojo oscuro cogió el billete sin vacilar y lo metió en su bolso.

—Gracias, guapo. Que te vaya bien —dijo. Miró hacia mi madre, después de nuevo a mí, y me guiñó un ojo.

—Gracias a ti.

—Y ya que te gustan las maduritas, si alguna noche andas solito aquí me tienes.

—Lo tendré en cuenta.

  Regresé al coche y arranqué, ante la mirada inquisitiva y ceñuda de mamá. Le di un rápido beso en la mejilla al que no respondió.

—¿Qué has hablado con esa puta? —preguntó.

—Ya lo verás.

—¡Déjate de ya lo verás, joder! Me estás poniendo nerviosa —exclamó, golpeando rápidamente el suelo del coche con el pie, síntoma de que en efecto estaba nerviosa y enfadada.

—Tranquila. Solo le he preguntado por algún sitio donde podamos estar solos un rato —expliqué, acariciándole la rodilla para calmarla—. Se me ocurrió que por aquí habría más de uno.

—¿Me vas a llevar a un motel para putas? —dijo, algo más tranquila pero aún desconfiada.

—No exageres. Es un sitio para… parejas.

—¿Y lo puedes pagar? Yo no llevo dinero.

—Descuida. Tengo pasta.

  Mientras me esforzaba en calmar su recelo llegamos a la dirección que me había dado la simpática fulana. El lugar era un anodino edificio de tres plantas cuya fachada necesitaba más de una mano de pintura. No tenía rótulo ni letrero luminoso sobre la puerta, solo una tablilla en la pared con la letra hache grabada. Supuse que la hache vendría de “hostal” o de “habitaciones”, pues ni el propietario más optimista consideraría que aquello se podía llamar hotel. Para mi sorpresa, tenía un aparcamiento en la parte trasera, un solar vacío vigilado por un somnoliento anciano que nos saludó con la cabeza sin mucho interés cuando bajamos del Land-Rover.

  En el corto trayecto hasta la puerta del motel mi madre se agarró con fuerza a mi brazo y aceleró el paso cada vez más, arrastrándome casi al recibidor del establecimiento. El lugar parecía haberse congelado en el tiempo treinta años atrás. El papel pintado de las paredes estaba descolorido y faltaban algunos trozos. Los numerosos cuadros, paisajes exóticos o desnudos femeninos, mostraban la pátina del tiempo, y no había un solo mueble que tuviese menos años que mi acompañante. Al menos, en apariencia, todo estaba limpio. Flotaba en el ambiente un intenso olor a lejía enmascarado por un empalagoso ambientador floral.

  Nos acercamos al mostrador, detrás del cual nos observaba un tipo flaco de edad indeterminada. El anacrónico mullet de su cabeza estaba salpicado de canas, pero podría tener treinta años o sesenta, algo a lo que contribuían los rasgos aniñados de su alargado y peculiar rostro. Su camisa de manga corta dejaba a la vista dos brazos fibrosos con varios tatuajes. En aquella época aún no estaba de moda tatuarse, no como ahora, y si alguien lucía ilustraciones en su piel lo habitual era pensar que había estado en la cárcel o en la legión, y aquel tipo no tenía pinta de militar.

—Queremos… una habitación —le dije, más intimidado por su aspecto de lo que me gustaría admitir.

  El recepcionista sonrió, mostrando una brillante funda de plata en uno de sus dientes. Mi madre no me soltaba el brazo y miraba a todas partes menos al rostro del tipo. En ningún momento agachó la cabeza, pero resultaba evidente que estaba avergonzada e inquieta.

—¿Por cuanto tiempo? —me preguntó. Su voz era sorprendentemente agradable, como la de un locutor de radio.

  Dudé un momento antes de responder. Yo estaba más que dispuesto a pasar allí toda la noche, pero sabía que era imposible. Puede que mi padre no le prestase demasiada atención a su esposa pero se daría cuenta si pasaba la noche fuera. De forma inesperada, fue la citada esposa quien respondió a la pregunta, soltando solo dos palabras de forma rápida y seca.

—Una hora.

  El tatuado miró a mi madre, sonrió de nuevo y asintió. Nos entregó una llave encadenada a un trozo de madera pulida con el número seis grabado. Me dijo el precio y pagué por adelantado. No nos pidió ninguna clase de identificación ni dijo nada más, así que fuimos hacia la escalera, subimos a la segunda planta y entramos en la habitación. Al pulsar un interruptor, una suave luz, difusa y rojiza, nos reveló la estancia.

  No era muy distinta en estilo al recibidor. El papel pintado era más alegre, de coloridas flores y enredaderas, y el olor a lejía era menos intenso. El mobiliario consistía en un par de sillas con asiento de cuero, una cómoda con un televisor encima, un pequeño refrigerador amarillento y por supuesto una cama de matrimonio, cubierta por una colcha morada. En la pared sobre el cabecero había una pintura de una mujer negra desnuda, tapándose la entrepierna con una cesta de fruta y luciendo dos bonitos pechos a lo Pam Grier. El baño era pequeño y antiguo pero no estaba sucio.

  Lo primero que hizo mi madre fue cerrar con llave. A continuación quitó la colcha de la cama y la arrojó sobre una de las sillas.

—Al menos las sábanas están limpias —afirmó, tras examinarlas.

—Pues claro. ¿Pensabas que iba a llevarte a un tugurio de mala muerte? —dije.

  Estaba de pie junto a la cama, con las manos en las caderas y una expresión socarrona en el rostro. El pelo se le había secado hacía rato y el flequillo rubio le caía sobre la ceja. Su pie no golpeaba el suelo, lo cual era buena señal.

—Cielo, esto es un tugurio de mala muerte.

Me acerqué a ella y la atraje hacia mí sujetándola por las caderas. Metió las manos bajo mi camiseta y me acarició la parte baja de la espalda mientras nuestras lenguas jugaban de nuevo, dentro y fuera de nuestras ansiosas bocas, sin preocuparnos ya por miradas inoportunas.

—Si no te gusta este sitio nos vamos —le sugerí burlón en una pausa para tomar aliento.

—De eso nada. Has pagado una hora y tendrás una hora.

—Vaya… Eso es lo que diría una puta.

  La broma me costó el esperado y doloroso pellizco en el costado. Riendo y forcejeando, le sujeté las muñecas a la espalda y la besé hasta que dejó de resistirse. Muy despacio, saboreando cada segundo y cada gota de caliente saliva, nos desnudamos el uno al otro. Cuando le bajé el vestido hasta los tobillos me recreé besando y aspirando el olor de cada palmo de su cuerpo. Chupé sus pezones endurecidos por la excitación, tan pequeños y deliciosos como los recordaba. Ella me acariciaba el pelo y los hombros, suspiraba y se estremeció cuando le bajé las bragas y la punta de mi prominente nariz rozó el vello oscuro de su pubis. Yo ya estaba desnudo y mi verga, tiesa a más no poder, palpitaba en el aire entre mis piernas flexionadas. El agradable aroma almizclado que llenó mis fosas nasales me hizo recordar algo y levanté la cabeza, encontrando sin esfuerzo sus ojos color miel.

—Me debes una clase, ¿te acuerdas? —dije. Sin dejar de mirarla, besé varias veces el triángulo oscuro enmarcado por la marca del bronceado.

—¿Una clase? —preguntó, entornando los ojos.

—El otro día te dije que nunca me había comido un coño, y dijiste que me enseñarías.

  Soltó una carcajada y me acarició la cara, mirándome con la mezcla de amor maternal, descarada lujuria y ese enigmático matiz que no conseguía descifrar, convirtiendo su rostro en la visión más excitante y perturbadora que pueda tener un hombre.

—¿De verdad quieres que te enseñe?

—Claro que si.

  Después de colocar con cuidado en una silla su vestido y de quitarse las sandalias se tumbó en el centro de la cama, con las piernas abiertas y las manos cruzadas un palmo por debajo de sus pequeños pechos. Me gustaba tanto contemplar su cuerpo desnudo que me quedé mirando sin hacer nada, hasta que levantó una ceja y me dedicó la sonrisa irónica que tan bien conocía.

—¿Te vas a quedar ahí de pie mirándome? Vamos, hombre, espabila.

  No, no iba a quedarme mirándola. Me subí a la cama y me arrodillé frente a ella. Mi polla apuntaba amenazante hacia adelante, pero la belicosa serpiente iba a tener que esperar. Uno de los pequeños pies de mi madre subió y me acarició el pecho, bajando despacio hasta la cintura. Agarré el tobillo y lo hice subir de nuevo. Besé el empeine, seguí hasta el tobillo y recorrí con los labios el volumen de la firme pantorrilla. Me incliné para descender por la parte interna del bronceado muslo, hasta llegar a la ingle, suave y depilada. Mi nariz volvió a tocar pelo y al pasar la lengua entre los apretados pliegues de su coño probé por primera vez el sabor de sus flujos, ligeramente salado y un poco amargo, distinto a cualquier cosa que hubiese probado nunca, pero en definitiva delicioso y embriagador.

  Ella respiraba de forma pausada y profunda, sin darme por el momento ninguna indicación. Tenía uno de sus pies apoyado en mi hombro y lo movía para acariciarme la espalda. Después de la prometedora toma de contacto, di un par de lametones a los carnosos labios mayores, sin dejar de acariciar los muslos y el terso vientre de mi madre, pasé la lengua de nuevo entre las húmedas aletas, acompañando con la cabeza el movimiento cada vez más rápido de la lengua. Pensaba que lo hacía bien, pero de repente mi profesora me golpeó con el pie en la nuca.

—Hijo, pareces un perro bebiendo agua. Tómatelo con más calma, ¿vale?

  Asentí y obedecí. Volví a besar con calma la parte interior de los muslos, regresé a las inmediaciones de la jugosa grieta y usé los dedos para abrirla un poco. Descubrí el clítoris, asomando en su capuchón, y decidí presentarle mis respetos al capitán del barco con una serie de rápidos golpes de lengua. Mamá tembló un poco y contuvo un rápido gemido que no me sonó demasiado bien. Acto seguido recibí un nuevo golpe en la nuca. No fue doloroso pero sí más enérgico que el anterior.

—¡Pero que bruta! ¿Qué pasa? ¿No te gusta? —me quejé.

—Demasiado pronto. Deja eso para más tarde y tómate tu tiempo —me instruyó, en tono amable pero algo condescendiente.

  De nuevo obedecí, y pasé los siguientes minutos trabajando incansable con mi lengua, lamiendo desde el perineo hasta casi rozar el clítoris, atrapando entre los labios las aletas para dar suaves tirones (eso le gustó, a juzgar por los suspiros), e introduciendo la lengua brevemente en el oscuro interior, saboreando los cada vez más abundantes fluidos que se mezclaban con mi saliva. Cuando regresé al clítoris me lo tomé con más calma, lo lamí con mucho cuidado, lo besé y lo chupé como si fuese un sensible pezón.

  No hubo más quejas ni patadas. Había encontrado, más por instinto que por sus indicaciones, la intensidad y el ritmo adecuados. De cuando en cuando levantaba los ojos para mirarla y encontraba su pecho agitado por el placer, los párpados entornados y la boca entreabierta. Bajó ambas manos para hundir los dedos en mi pelo y sus dos pies se apoyaban en mi espalda, acariciándola. Solo paré un par de veces para escupir un pelo o para tragar el néctar que extraía de su flor como un colibrí hambriento.

—Así… Muy bien… Así, así… —consiguió decir entre gemidos.

  Aumenté poco a poco la intensidad de la succión y agarré con fuerza sus muslos para compensar los cada vez más descontrolados movimientos de sus caderas. Moví la lengua a toda velocidad contra el enrojecido e hinchado glande en miniatura y eso fue la gota que colmó el vaso. Sus manos se aferraron a mi cráneo como si quisiera meterme de nuevo dentro de su útero, noté en la espalda los espasmos de sus piernas y mantuve como pude el ritmo desenfrenado que el intenso y prolongado orgasmo aplicaba a su cuerpo, que se arqueaba y estremecía sobre la cama. Se contenía para no gritar demasiado en aquella habitación extraña pero sus gemidos eran tan escandalosos que si había huéspedes en la habitación contigua sin duda la escucharon.

  Cuando los temblores se espaciaron en el tiempo y los gemidos se transformaron en profundos jadeos, interrumpí el banquete que me estaba dando en su empapado coño y subí hasta que mi rostro quedó frente al suyo. Su frente y mejillas brillaban por el sudor, y no dudó en saborear sus propios fluidos dándome un largo y apasionado beso, con las manos aún en mi cabeza.

—¿Lo he hecho bien, profe? —pregunté. Mi glande estaba rozando la entrada, listo para atacar.

—Muy bien, cariño… De maravilla.

  La besé y soltó un largo gemido dentro de mi boca cuando la penetré, de una única y certera estocada, quizá más fuerte de lo necesario, pero estaba cachondo a más no poder y no iba a tomármelo con tanta calma como durante el primer y sabroso acto de la función. Sus piernas rodearon mi cintura, aún temblorosas, y noté sus dedos en la espalda, lo cual me recordó las cicatrices que aún lucía.

—Mamá… Intenta no arañarme, ¿vale? La otra vez me dejaste la espalda hecha un Cristo —le susurré, sin dejar de bombear a buen ritmo.

—¿Ah… si? Lo siento… Lo siento, mi vida…

  Acepté sus disculpas acelerando el ritmo de mis embestidas, que hicieron chirriar los muelles de la vieja cama. Ella acató la petición de no arañarme. Echó los brazos hacia atrás, sobre su cabeza, y se agarró a los barrotes dorados del cabecero, que también vibraba al ritmo de mis empujones. Estábamos cara a cara, me miraba con los dientes apretados y la mirada más intensa que nunca había visto en sus ojos, brillante y salvaje, como la de un súcubo en pleno frenesí sexual. Le di tan duro que con cada golpe de mis caderas soltaba un breve y ronco grito. Yo gruñía y resoplaba, ciñéndome a la animalidad que estaba alcanzando nuestra cópula, desahogándome sin ser consciente de ello por todas las veces que la había deseado y no había podido tenerla. A pesar de todo, fue capaz de volver unos segundos a la realidad y pronunciar unas palabras entrecortadas.

—No… no te… corras… dentro…

  Estuve a punto de desobedecer, no por descuido sino por un irracional orgullo viril que me poseyó durante unos segundos. Por suerte me dominé en el momento justo. Cuando el primer proyectil estaba casi en la boca del cañón fui capaz de sacarla. Me corrí con la verga apretada entre su pubis y mi vientre, frotándola con una serie de movimientos espasmódicos que aplastaron contra el colchón el menudo cuerpo de mi compañera. La descarga fue tan potente y abundante que llenó de espesa lefa su abdomen, llegando casi al pecho. Tras unos segundos la liberé de mi peso y me tumbé a su lado bocarriba, jadeando y empapado en sudor, al igual que ella.

—Por los pelos. La próxima vez sácala antes —me dijo.

—Perdona… uff…

—No pasa nada.

  Se giró y me dio varios largos y tiernos besos en la mejilla, acariciándome el pecho mientras recuperábamos el aliento, sobre todo yo. No se quejó ni hizo gesto alguno de disgusto por el viscoso desastre que había dejado sobre ella. Se limitó a levantarse, caminar con gracia hasta el baño, consciente de que miraba sus prietas nalgas, y limpiarse. Cuando terminó yo hice lo mismo y volvimos a tumbarnos en la cama, desnudos y sonrientes. Según el reloj que había cerca del televisor, aún nos quedaba tiempo de sobra.

  Apoyó la cabeza en mi pecho y una pierna flexionada sobre mis muslos, igual que aquella noche en casa de la abuela, cuando ni siquiera sospechábamos hacia donde iba a llevarnos ese inocente abrazo. Me acarició un pezón con los dedos y ronroneó, como una gata feliz pero no del todo satisfecha.

—Me muero de hambre —dijo. Su voz se había vuelto un poco más grave después del breve y feroz polvo—. No me acordaba de que los porros abren el apetito.

—A lo mejor aquí tienen servicio de habitaciones —bromeé.

—No comería en este sitio ni aunque me estuviese muriendo.

  Le acaricié el pelo y le aparté con suavidad el flequillo de la húmeda frente, mientras mi otra mano bajaba hasta mi verga y la sujetaba por la base, agitándola en todas direcciones. Mantenía el tamaño de la erección pero había perdido gran parte de su dureza, por lo que se doblaba como si fuese de goma, de una forma casi cómica. Ella lo vio y soltó una risita contra mi pecho.

—¿Seguro que no quieres comer nada?

  Me siguió el juego de inmediato, bajando la cabeza por mi torso hasta el pubis, donde besó el vello rizado un par de veces antes de llevar sus labios hasta el venoso tronco, que también besó en toda su longitud hasta llegar al rosado capullo, el cual lamió antes de morderlo como si fuese una fresa. No me hizo daño, y sabía que nunca lo haría, pero la sensación de sus dientes en una zona tan delicada me puso en un excitante estado de alerta.

  Se colocó a cuatro patas en la cama, de manera que sus nalgas alzadas quedaban al alcance de mi mano, circunstancia que aproveché para disfrutar de la suavidad de su piel y la firmeza de la carne que ocultaba. Ella me miraba de reojo, con una mueca maliciosa en su hambrienta boca, aplicándome una virtuosa mezcla de besos, mordiscos y lametones que no tardó en ponérmela de nuevo dura como el mármol. Sacando de nuevo a relucir su destreza manual, me masturbó despacio y comenzó a chupar, metiéndosela en la boca hasta la mitad y girando un poco la cabeza cuando subía y bajaba. Con la otra mano me acariciaba los huevos, y yo llevé la mía hasta su coño, donde introduje dos dedos, sacándolos cubiertos de fluidos. Ella respiró con fuerza por la nariz y aceleró los cabeceos, aunque no aumentó la profundidad. Mi madre no tenía la prodigiosa garganta de mi abuela, capaz de engullir por completo la nada despreciable longitud de mi rabo, pero lo compensaba son actitud y técnica.

  En pocos minutos me llevó al borde de un segundo orgasmo, le di un sonoro azote en la nalga y levantó la cabeza, mirándome con una ceja levantada y un fino hilo de saliva colgando entre mi glande y su barbilla.

—¡Oye! No te emociones, semental, que si me dejas marcas en el culo las puede ver tu padre —me regañó.

  Estuve a punto de echarle en cara los arañazos de mi espalda, pero me pareció arriesgado. Que ella supiese, yo no tenía pareja a la que ocultarle las pruebas de una noche de pasión. Sin decir nada, me incorporé y me coloqué de rodillas detrás de ella. Sabía cuales eran mis intenciones y las alentó con una sonrisa lasciva, apartándose el flequillo rubio del ojo y mirándome por encima del hombro.

—Quiero follarte otra vez —dije. No era una petición, solo anunciaba lo que iba a pasar.

—Nada de azotes, ¿eh? —me advirtió.

  Me agarré la polla, mojada por su saliva, y busqué la entrada de su no menos húmeda raja. La penetré despacio, con las manos aferradas a la redondez de sus nalgas. De nuevo tuve esa mágica sensación, la certeza de que nuestros órganos sexuales se complementaban, de que la naturaleza los había creado para unirse. Sabía que no encontraría otro coño que me acogiese con esa calidez, y supe que debía disfrutar mientras pudiese de la mujer que, diecinueve años después de haberme parido, suspiraba a cuatro patas en la cama de un motel de mala muerte.

—Así… cariño… me encanta.

  Bastaron unas cuantas embestidas para hacerla gemir de nuevo, arrugando las sábanas con los dedos que buscaban un lugar al que aferrarse. Era maravilloso poseerla en esa postura, viendo sus nalgas temblar y su bronceada espalda brillante por el sudor. Sin dejar de bombear, me incliné hacia adelante para besarle el cuello, acariciando también sus juveniles tetitas.

  A pesar de que la postura nos acercaba más al reino animal, el segundo asalto fue más pausado y menos salvaje que el primero, sin dejar de lado la pasión y el ansia que invadía nuestros cuerpos cuando se tocaban, ese magnetismo primario que solo pueden sentir una madre y un hijo cuando han derribado todas las barreras. Ella se corrió con una larga serie de gemidos que sonaron como un llanto liberador, acompañado por las rápidas palmadas que provocaban mis caderas al golpear contra sus nalgas húmedas. Las mismas que recibieron poco después varias pinceladas de semen cuando saqué la verga, de nuevo por los pelos, y me masturbé furiosamente sobre ellas.

  De nuevo nos tumbamos en la cama, jadeantes, pero esta vez no hubo tiempo para caricias ni arrumacos. Miré el reloj junto al televisor y me senté en la cama.

—Mierda, nos quedan apenas cinco minutos —anuncié, contrariado.

—Si se acaba el tiempo no vendrá aquí el tipo ese de abajo, ¿verdad? —dijo mi madre, que ya había comenzado a limpiarse.

—No se. Nunca he estado en un sitio de estos. Mejor nos damos prisa.

  Nos aseamos lo mejor que pudimos en tres minutos, nos vestimos y abrimos la puerta de la habitación. Antes de salir, mi madre se detuvo, pegada a mí. Sus ojos color miel brillaban y la sonrisa desigual de sus labios mostraba ternura y satisfacción. Me dio un largo beso, al que correspondí con entusiasmo, saboreando su lengua por última vez esa noche.

—Muchas gracias… cielo —me susurró, con una repentina timidez que me encantó.

  Bajamos y entregué la llave al recepcionista, quien nos despidió mostrándonos de nuevo el diente de plata que relucía en su amable sonrisa. En el aparcamiento, le di una propina al viejo que vigilaba los coches y nos subimos al Land-Rover, un tanto aliviados por estar de nuevo en un lugar familiar. Conduje de nuevo entre las calles de las putas, más numerosas que antes pues ya era totalmente de noche, y cruzamos la ciudad hasta llegar a nuestro barrio.

  Cuando aparqué frente al portal de casa nos quedamos unos segundos mirándonos en silencio. Mamá soltó un largo suspiro y bajó la mirada hacia su bolso, que sujetaba sobre las rodillas.

—¿Qué te pasa? ¿No te ha gustado la película? —pregunté. Contuve el impulso de acariciarla, ya que estábamos de nuevo en territorio hostil.

—Si. Me ha encantado —dijo. Esbozó una media sonrisa en la que detecté inquietud y tristeza—. No podemos seguir así, Carlos.

—¿Qué quieres decir?

—Así… Haciéndolo en callejones y en moteles. Tarde o temprano nos va a ver alguien y… No quiero ni pensarlo.

—¿Y qué hacemos? —dije, no muy seguro de a dónde quería llegar—. Lo más fácil sería que viniese a casa cuando papá está trabajando, pero no quieres.

—No. No quiero que lo hagamos en casa. Entiéndelo, cielo…

—Lo entiendo —dije, aunque estaba lejos de entenderlo.

  Nos quedamos de nuevo callados, devanándonos los sesos en busca de una solución, sobre todo yo, pues me daba miedo que los temores de mi madre y la dificultad de encontrar un escenario adecuado para nuestros encuentros pusiera fin a nuestra placentera relación. Por suerte no era esa su intención. Suspiró de nuevo y me miró, esta vez más animada.

—Bueno, ya pensaremos algo, ¿vale? —dijo, mientras me apretaba la mano—. Céntrate en tu trabajo y no te preocupes por eso.

—Lo intentaré. ¿Cuando nos vemos otra vez?

—No sé. Ya te llamo yo el domingo o el lunes. Tómatelo con calma, ¿de acuerdo?

  Asentí, acariciándole el dorso de la mano con el pulgar. Nos despedimos con un beso en la mejilla nada sospechoso pero más largo de lo habitual y breves susurros cerca de la oreja.

—Te quiero.

—Y yo a ti.

  En el camino de vuelta al pueblo mi cerebro bullía cual olla a presión, Si hasta el momento la mejor cita de mi vida había sido la cena con mi abuela y su posterior rendición a los placeres del incesto, la aventura en el cine y el motel con mamá la había desbancado sin lugar a dudas. No solo había disfrutado del morboso manoseo en el cine y de la tórrida hora de sexo desatado, sino también de su compañía. Tenía un carácter difícil, pero también ese humor peculiar que me hacía reír siempre, y la alocada espontaneidad que había sobrevivido a veinte años de aburrido matrimonio y que la llevaba a insultar a un extraño o a intentar pegarle a un policía. Lo que más me inquietaba en ese momento no era que mi padre o el resto de la familia pudiesen descubrirnos, sino la posibilidad de estar enamorándome de mi propia madre.

  Por otro lado estaba mi abuela, la “esposa” secreta con la que compartía una vida llena de placeres sencillos. Otra mujer a la que deseaba sin remedio y adoraba, una hembra exuberante y complaciente con quien todo era mucho más sencillo. Quizá algún día tuviese que elegir entre ambas, pero en ese momento no quería ni planteármelo.

  Serían casi las doce cuando llegué a la parcela, bajo la luz de la luna campestre y envuelto en el canto de los grillos. Aparqué el Land-Rover frente al garaje y me extrañé al ver que el Audi rojo de mi tío David no estaba allí. No le di mucha importancia. Habrían decidido volver a la ciudad, o a lo mejor habían salido a cenar con mi abuela y aún no habían vuelto.

  Me equivocaba. Cuando entré en la casa la luz de la cocina estaba encendida y desde la sala de estar llegaba al pasillo el resplandor azulado del televisor. Me asomé y vi a mi tío, mirando la pantalla con semblante serio, su corpachón pecoso hundido en el sofá y los pies sobre la mesita. No se percató de mi presencia así que fui a la cocina. Allí estaba su madre, sentada a la mesa con una taza humeante en la mano. Llevaba su bata floreada ceñida a las abundantes curvas que yo no podría disfrutar esa noche.

—Ah… Hola, cielo —me saludó, con afecto pero sin su habitual alegría.

  Estaba triste, alicaída, y cuando me acerqué para darle un beso en la mejilla pude comprobar que sus bonitos ojos verdes estaban algo enrojecidos, como si hubiese llorado un rato antes. Además, por el olor de su taza supe que estaba bebiendo manzanilla, una infusión que se preparaba cuando le costaba conciliar el sueño.

—¿Qué ha pasado? —pregunté.

CONTINUARÁ…

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