ISA HDEZ

Se inventaba historias en su mente, en secreto y a solas. Por ello se quedaba abstraída en muchos momentos que, incluso, le causaban riñas de su madre y, hasta de su maestra, porque a veces le pasaba en la escuela. No lo podía evitar, acudían personajes por doquier y enmarañaban sus pensamientos. Sus amigas de la escuela la observaban en silencio porque sabían que ese estado era el de la inspiración para crear un cuento nuevo. Su imaginación era inagotable, tenía un mundo de fantasía en su cabeza comentaban a veces los niños de la escuela. Por las noches las escribía con un lápiz color morado que le había regalado una compañera de clase, y al día siguiente en el recreo contaba el cuento. Se sentaba en el suelo y las niñas la iban rodeando, haciendo un corro que cada vez se hacía mayor. También acudían los niños que bordeaban el corro y se quedaban de pie, y todos sumidos en un silencio sepulcral escuchaban la única voz, la de Melisa, que con una dicción exquisita y la suavidad de la seda narraba el cuento, describiendo a los personajes como si fueran reales. Más de una vez, alguno de los niños del corro se veía definido en los cuentos de Melisa y, todos al unísono lo miraban con envidia sana porque todos quisieran ser esos personajes maravillosos de los cuentos. Alguna vez acudían las maestras a buscarlos, porque se pasaba el recreo y no regresaban al aula, y esperaban con emoción para oír el final del cuento. Melisa se transformaba en el personaje principal y le costaba desprenderse, hasta el punto de tener que zarandearla en ocasiones, para que volviera a la realidad. ©

Un comentario sobre “La inventora de cuentos

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