C.VELARDE

7. RECUERDOS DEL PASADO

JORGE SOTO

Meses antes

Livia siempre fue una chica bastante tímida y reacia para experimentar innovaciones en el sexo. No le gustaba hacer el amor con la luz encendida (salvo con la escasa iluminación que irradiaban las lámparas de nuestros burós).

Ella solía morderse los labios para no gemir y, sobre todo, para evitar gritar. Al principio pensé que su ausencia de sonidos sexuales se debía a mi incapacidad para satisfacerla (ya que por mi fimosis no podía embestirla con la intensidad que merecía), y por eso viví frustrado por mucho tiempo, hasta que comprendí que más bien se reprimía por vergüenza. 

Livia no consentía que habláramos de sexo fuera de la cama y mucho menos que le propusiera ver películas eróticas o pornográficas pues las consideraba aberrantes, obscenas y degeneradas.

Y fue precisamente esto último lo que más me impactó cuando descubrí que ella había estado mirando esas imágenes “obscenas” en la computadora de las que tanto se había quejado siempre. Las fotos mostraban rabos erectos, duros, morenos, blancos, unos gordos, otros delgados pero todos tenían algo en común, y es que eran bastante largos. Había pollas curvadas, rectas,  peludas, depiladas, venosas y descomunales.  

Y todas ellas con enormes glandes que Livia no había visto jamás ni siquiera conmigo, por mi vergonzoso problema de prepucio estrecho.

¡Dios mío! Cada vez que pensaba en cómo los ojos de mi novia se habían visto profanados mirando esas vergas tan explícitas me daban escalofríos.

Todavía recuerdo cómo se enfadaba cada vez que me sorprendía mirando porno en esa misma computadora, pero desde mi cuenta. Casi siempre elegía videos donde hubiera mujeres castañas, de busto grande y redondo, y nalgas potables que rebotaran sobre los testículos del macho en cuestión. Y es que en ellas veía a esa Livia que se negaba a mostrarse conmigo como la chica sexual que tanto me habría gustado que fuese.

Solía imaginarla en aquellas situaciones calientes y morbosas que a veces sólo quedan en los productos porno audiovisuales. Fantaseaba con Livia haciendo lo que aquellas actrices porno hacían. Chupándome la polla hasta los testículos, recreándose con su esponjosa lengua desde el capullo hasta la base, en tanto hilos de saliva formaban un puente entre sus labios y mi glande. Tragándose mi semen, o llevándoselo a su carnosa boquita cada vez que la eyaculaba en la cara. Diciéndome guarradas mientras la penetraba; frases vulgares como «¡métemela hasta el fondo, mi amor!» que, al final, sólo erotizan durante el acto sexual.

Sí. Buscaba actrices castañas que pudieran parecerse un poco en ella para fantasear: fantasear que alguna de ellas era Livia… y que cada una de las guarradas que hacían en la escena, las hacía ella… mi Livia. Para mí.

Lo que sí tengo claro es que siempre le encontré cierto parecido en cuerpo y cara con la modelo Demi Rose, aunque la mirada de mi novia era mucho más inocente y preciosa.

—Odio que veas esas cochinadas en la computadora, Jorge —me reclamó Livia una noche cuando me descubrió con el pene de fuera mientras mis ojos visualizaban la escena porno de una sensual mujer masturbándose con un enorme consolador de color carne, en tanto la actriz disfrutaba la violenta vibración de un plug que tenía insertado en el ano.

Por Dios. Hasta yo sentí vergüenza de que mi novia me hubiera encontrado en esa situación.

Livia esa noche me avisaba que la cena estaba lista, pero mirarme en aquella tesitura la hizo enfadar. Encima mi chica estaba guapísima, maquillada, con el cabello suelto y liso, vistiendo un vestidito rojo ajustado que le llegaba más arriba de las rodillas. Yo mismo se lo había obsequiado en  su cumpleaños pasado para que lo luciera en privado conmigo.

—No pasa nada, mi pequeña, todo es ficción —me justifiqué, cerrando mi portátil con la misma rapidez con que ella lo había cerrado aquella noche, quedándome a la mitad de mi paja y guardándome el pene en el pantalón. Ya me desquitaría con ella esa noche cuando hiciéramos el amor.

—Ficción es cuando se simulan las escenas, Jorge, como en las películas normales, donde los villanos matan sin matar, o donde golpean sin golpear. Allí en esas porquerías que ves, todo es real, ¿o me vas a decir que esa cosa que se metía esa mujer en la vagina era un holograma?

Cuanto más se enfadaba, más sexy era. Era fascinante cómo fruncía los labios cuando se cabreaba. Me los quería comer.

—A ver cielo, que no pasa nada. Es entretenimiento para adultos, y sólo cumplen el objetivo de erotizar —le expliqué—. A las actrices les pagan por ello, tampoco es para tanto.

—Sexualizan a las mujeres de tal forma que las denigran —me dijo mientras la seguía a la cocina. Llevaba puestos un par de tacones que le hacían levantar a un más sus enormes glúteos. Quería estrujárselos, pero me contuve. Estaba enfadada. Ya la contentaría—. Me parece humillante, Jorge, incluso es excesivamente enfermo y misógino que te haga sentir placer ver una mujer sometida por un hombre pervertido que la violenta y la agrede sexualmente como un vil depravado y degenerado.

—Vamos, cariño, que era una mujer masturbándose.

—¡Con un pene de goma de un tamaño… descomunal!

Esa fue la primera vez que ella tuvo referencia de un pene grande. Aunque claro, en aquella ocasión Livia había visto uno de goma, que para ella era irreal.

—Anda, mi pequeña, que apuesto que a ti también te gustaría meterte uno de esos.

El gesto de Livia cuando le dije aquello fue de terror materializado. Me eché a reír de sólo imaginarla con una cosa de ese tamaño metido en su estrecho coñito. Que vaya si era estrecho. Nos sentamos en la mesita y olí la cena. Todo tenía un tono muy romántico.

—¡Jorge, por Dios! ¡Jamás me metería una cosa… de esas en mi vagina! ¡Cada vez que la mujer se la sacaba, su vulva parecía tener un boquete, como si una enorme boa invisible se le hubiera metido!

—Pues para haberte asustado con la escena porno, me parece que viste demasiado.

Era pollo relleno con champiñones, jamón de pavo y queso, que era de sus recetas más exquisitas, para consentirme. Livia me adoraba, igual que yo a ella.

—¿Qué querías que hiciera con semejante… imagen? —Me sirvió una copa de vino, todavía con sus labios pintados en rojo.

Ufff. Me fascinaban.

—Era una escena excitante —admití, volviéndome a poner cachondo, imaginándola así, con un enorme rabo de silicona metido en su coñito, y un plug anal haciéndola estremecer mientras gritaba de placer.

—La mujer sufría —me dijo.

—Era excitante —insistí.

—¿Te excitaba su sufrimiento, Jorge? Si serás un depravado.

—Ellas no sufren, Livia, lo disfrutan.

—¿Por eso gritan como si las estuvieran matando? No me digas. Es denigrante.

—No les duele, Livia, sienten placer. —Di un trago al vino—. Además, ese es su trabajo. Y es un trabajo digno, como todos.

—¿Qué dirías tú si yo trabajara en la industria para adultos, metiéndome cosas en mi… sexo, para erotizar a hombres pervertidos?

Su comentario la verdad es que me hizo enfadar.

—Tú eres tú, Livia, una mujer decente. No te compares con esas mujeres.

Sentí que yo mismo daba un doble discurso, cuando al principio me imagina a Livia siendo una de esas chicas. Pero ahora que ella misma lo decía, me parecía aberrante la sola idea de que bromeara con ello.

—Soy mujer —se defendió—, y como mujer creo que todas somos iguales.

—Tú no eres como ellas —insistí—, tú eres íntegra, honrada y pudorosa. Por favor.

—Pues no me gusta que veas esas cosas ni que te masturbes pensando en otras mujeres. Siento como si yo no te gustara. Me haces sentir mal, Jorge. Me faltas al respeto.

—No, no, mi ángel, todo lo contrario, cuando veo a esas mujeres pienso en lo diferente que eres a ellas y que por eso te amo.

—¿Entonces por qué te gusta verlas?

—Eso es diferente. Son fantasías, Livy. A muchos hombres nos gustan así… al menos para fantasear.

—¡Pues te hubieras casado con una zorra y no conmigo! —se ofendió, poniéndosele los ojos llorosos.

—A ver cariño, que digo que a la mayoría de los hombres nos gustan las mujeres… ¿cómo te lo digo?, morbosas, que les guste de todo… en el ámbito sexual. Pero no me refiero a nuestras parejas. Ya te dije, cielo, esas mujeres sólo son parte de mis fantasías. Ningún hombre real podría vivir con una mujer como esas.

—¿Entonces yo tengo un problema, Jorge?, ¿desde cuándo actuar como una prostituta es normal?

—Son juegos sexuales, Livia —intenté explicarle, echándole a mis rollos de pollo una deliciosa salsa de champiñones—, de la puerta hacia adentro las parejas tienden a tener una complicidad. Somos jóvenes, y siento que no hemos disfrutado de los placeres de la vida de forma… plena.

—¿Y la culpa la tengo yo por no ser una zorra?

—No, mi ángel, yo no he dicho eso. Lo que digo es que podríamos probar… cosas nuevas, pero sin que sientas culpas. Te lo dije ayer cuando hablamos sobre cómo te reprimes en el sexo, como si tuvieras miedo de ser tú. ¿No te has mirado en un espejo, Livia? ¡Eres un mujerón del tamaño del mundo! Explota conmigo tu sensualidad como lo haría cualquier otra que se sintiera orgullosa de tener el cuerpo que tú tienes. ¡Tus nalgas son tan grandes y redondas que podría permanecer comiéndomelas todo el día! ¡Tus pechos son tan deliciosos que podría morir encantado si me mataras aplastándole la cara con ellas! Lo único que quiero es que seas más… atrevida conmigo. Que no te dé miedo enseñarme tus protuberancias, que eres una mujer hermosísima, mi amor, una diosa, una verdadera diosa.

—Cuando te escucho decirme esas cosas pareciera que estoy hablando con otro hombre y no contigo —me reclamó, tomando vino para aclararse la garganta.

—A ver, Livy, yo no soy otro hombre, soy Jorge, tu Jorge.

—¿Entonces por qué me quieres cambiar?, ¿no te gusto como soy? —me contraatacó.

—¡Me encanta como eres, mi ángel: me fascinas de pies a cabeza! Eres la mujer más fascinante que existe.

—¿Entonces por qué me quieres convertir en otra persona que no soy yo? ¿Por qué quieres que sea una zorra?

—¡Es que no me entiendes, mi pequeña! No se trata de cambiarte a ti, sino de ayudarte a redescubrir eso que eres y que no tienes el valor de sacar. Dentro de ti hay una mujer cachonda, ardiente y sensual que clama poder escapar del claustro donde la tienes aislada. No sé si yo no he podido ayudarte a redescubrirte, pero podríamos intentarlo juntos. 

—Te juro que yo no te entiendo, bebé. Tú que no te cansas de criticar la forma “libertina” e “inmoral” de actuar y vestir de mi amiga Leila, repitiéndome a diario que no quieres que ella tenga influencia sobre mí, porque es “impúdica” ¿y qué más?, ah, sí, “licenciosa”, ahora me dices que yo debo de ser como ella.

Por poco me atraganto.

—¡Jamás consentiría que fueras como Leila, Livia, por Dios!

—¡Es que me estás diciendo que quieres que sea muy abierta sexualmente!

—¡Pero conmigo, mujer, de la puerta hacia adentro! ¡Que vistas provocativa pero sólo para mí! No en público ni tan vulgar y descarada como ella lo hace, joder.

—Yo me siento plena como soy, Jorge, ya te lo dije ayer. No necesito más. Y, por favor, te prohíbo que hables mal de ella.

Suspiré y miré sus ojitos bellos. No quería hacerla enfadar esa noche. Mucho menos ahora que parecía que había dispuesto una cena romántica para los dos.

—Vamos, preciosa, no quiero que nos enfademos ahora. Y no malentiendas lo que te digo. Mejor dejemos de lado a Leila y a esas actrices feas, y mejor dime… ¿qué festejamos hoy? Todo está muy bonito.

Al fin mi novia sonrió. Amaba cuando sonreía.

—Quiero compensarte —me dijo más relajada.

—¿Compensarme por qué?

—Por no… poder ser la chica que esperas que sea en el sexo. Hoy leí una publicación en Facebook donde ponían que el 90% de hombres que no están satisfechos sexualmente con su mujer, tienden a engañarlas.

Pensé en el cabrón de Aníbal y la cornamenta que le ponía a Raquel y me pareció una ofensa horrible que Livia pudiera sugerir que yo podría hacerle algo semejante.

—Mi ángel, tendría que ser un retrasado mental para cambiarte por nadie. Eres la mujer con el rostro más lindo que he visto en la vida. Con los sentimientos más bonitos y puros del mundo. Además tienes un cuerpo que me muero.

Ella sonrió con inocencia y bebió un poco de vino.

—Es que… mi pecosín; lo único que sé es que mientras no estemos casados… yo siempre tendré miedo de perderte. Más de alguna zorrona querrá apartarte de mi lado. A ver, Jorge, que yo no soportaría que tú me fueras infiel simplemente porque… yo… no soy buena en la cama.

—¡Tú eres extraordinaria en la cama, Livy! —me levanté en seguida, y me arrodillé delante de ella, tomándola de las manos.

—No es verdad, o no me pedirías que hiciera… esas cosas que a veces me pides que haga y que yo no sé si podría lograr hacer. Tampoco me compararías con esas actrices porno que tanto te gustan ver.

—Livia —le dije, besando con cariño sus dorsos. Olía delicioso incluso en sus manos—. Yo no te quiero cambiar. De hecho, si tú no fueras tú, yo no podría amarte. Te adoro por quien eres y por cómo eres, y te juro que nunca insistiré para que hagas nada que tú no quieras.

—Gracias, mi hermoso bebé —me dijo, inclinándose para besarme la boca mientras metía sus dedos entre mi pelo—. Por eso te amo, Jorge. Por eso eres el amor de mi vida.

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