ADRIANA RODRÍGUEZ

—¡Aaaaaaaaaargh!— desperté a mitad de un grito que me desgarró entre sueños. Lágrimas brotando como fluviales. El ardor insoportable quemando mis adentros. El dolor me hacía querer arrancarme la piel.

Los días en el supermercado pasaban todos igual. Registrar en la mañana la entrada; llegar al área de casilleros, escuchar las mismas charlas absurdas de que Miguelito anda quedando con Manuelita o que se han dado cuenta «otra vez» que se esconden entre los anaqueles de bodega para darse amor. El mismo lío diario, aumentado sólo en la intención del chisme. Cada turno nos asignan un número de caja; donde cobramos los suministros. Deberían de darnos siempre la misma, pero por cuestiones de «seguridad» para la empresa, nos mueven de lugar de manera constante. Hoy me sucedió estar en la caja número uno. No me había tocado estar aquí, tampoco es como si jamás fuese a suceder, pero en esta ocasión, me sentí identificada con el número. Es complejo explicarlo, si no me conoces ¿Mi nombre? Nadie se lo aprende, no es difícil, tampoco escrito en otro idioma o dialecto, es genérico, conozco a varias personas con ese nombre, digo tampoco es Maria, Guadalupe o Rosa, pero no es cómo para ser olvidado, y en realidad ya me cansé. Unos me dicen Abigail, otros Alondra, Andrea, Alicia, Ángeles, lo cierto es que mi nombre comienza con la letra «A», pero nada tiene que ver con los nombres antes descritos. ¿Mí vida? Es un sube y baja de emociones intensas que van de extremo a extremo. Un día, tan feliz que pudiera morir en ese mismo instante sin temor o arrepentimiento. Al otro; la persona más infeliz sobre la tierra, queriendo morir en ese momento, temerosa del ayer y arrepintiéndome de todo. Aunque es más que eso ¿Desórdenes mentales? Todos los tenemos, lo que sería igual a qué nadie los tiene o que es normal tenerlos, minimizando el impacto sobre las letras ¿Mi complexión? Es normal. Normal tener sobrepeso, con turnos de doce horas, descansos de 15 o 20 minutos para comer, en los cuales te embutes el alimento, mientras te atragantas el bocado intentando no morir en el proceso, teniendo que dejar tiempo para ir al sanitario y regresar a tu lugar. No soy agraciada, menos simpática, tengo cara de «pocos amigos», ceño fruncido a causa de necesitar lentes, pero no poderlos traer porque gracias a qué tengo nariz pequeña; las gafas nunca se quedan donde las ocupo ¿De la vestimenta? Fuí criada por una generación de mujeres anticuadas, donde usan falda larga, con fondo debajo, blusa formal, abotonada hasta el cuello, de mangas largas, saco tejido a colores sobrios, zapatos escolares con medias a tono blanco no translucido, para ocultar las piernas aún con vellos que me sostienen, sin dejar de mencionar el bozo que decora la boca pálida que llevo sin labial, las cejas tupidas que enmarcan los ojos, el cabello hecho un molote sobre la cabeza; podría seguir, pero por respeto, nos quedaremos en este punto, dónde ya materializaron mi imágen. Me paso gran parte de mi vida en el trabajo, antes también en la escuela. Tengo una carrera profesional, pero jamás me han dado la oportunidad. Muchos dicen que no, pero es por no ser bonita. La sociedad encasilla a las feas trabajadoras; condenándolas a no ejercer, ejercer desde las sombras o ni siquiera ser consideradas para ningún puesto. Ni bien cumplí la mayoría de edad, comencé a buscar empleo, donde fuese, de lo que fuese, porque sé que la tenía difícil. Pagué mis estudios, me hacía cargo de mí. Quisiera decirles que sufría de abusos en la escuela, pero era tan invisible que rara vez se daban cuenta que estaba ahí. En una ocasión iban a sacar un duplicado de copias para estudiar, la maestra solicitó que todos tuviéramos la guía, nadie me consideró, ninguno de mis compañeros recordó que yo iba con ellos en clases, así que al repartir las copias faltaba un juego. Al registrar el listado, la maestra no había puesto mi nombre, la que se quedaba sin copias era yo. Sé que quizá esto fue un tipo de abuso, pero estoy consciente que la maestra no lo hizo con el afán o eso me gusta creer. Cómo les digo, mi vida siempre ha sido así. Por eso me cuesta trabajo creer que en el mundo exista alguien para mí. Hablando del plano afectivo en pareja. En el plano de la amistad, no existen; tengo un gato, que tampoco deja que me acerque. Cuando le sirvo la comida, me gruñe, tirándome un arañazo, aunque ya tengo cerca de diez años con él.

Esto de ser feo tiene sus ventajas. Puedo caminar por las calles sin temor a ser violentada. Cuando me toca ir en el autobús, voy más despejada, por alguna extraña razón, los que me pueden ver en el transporte, prefieren evitar cualquier tipo de contacto conmigo. Puedo ir al cine, nadie se molesta por criticar mi soledad.  Me puedo empaquetar un combo de amigos, sin preocuparme si soy vista. Es cómo si fuese una persona viviendo en un plano diferente.

Cumpliendo el turno, salgo vuelta loca, para llegar a casa. Llegando, me saco los zapatos, le doy de comer a Misifus el gato. Voy a la habitación a mudarme de ropa, optando por mi atuendo de vagabundo para andar cómoda. Enciendo el microondas, poniendo una bolsa de palomitas de maíz, mientras preparo un sándwich. Ya en la sala, tomó el mando, revisando el historial de la programación, buscando una buena película, me encuentro con «Una casa en un lago» «¡Oh que bonita película!» Recojo mi sandwich, paso por las palomitas, tomo un vaso de jugo del frigorífico, sentándome a disfrutar de mi tiempo. Para cuando he terminado el emparedado, los lagrimones caen por todo el rostro, el escurrimiento nasal me obliga a tomar algunos pañuelos. Termino de verla con el sentimiento de confusión llenándome en pleno «¿Será que existe alguien para mí? ¿Será que algún día podré amar? ¿Será que algún día alguien me verá? ¿Me amarán algún día?¿Será posible que aún no haya nacido el amor de mi vida o quizá que venga de otro plano, qué sé yo, de otra época, de otro mundo?» nada que un buen tazón de nieve con fruta, crema batida, nueces y jarabe de chocolate no pueda remediar. Me fuí a la cama, con la esperanza del mañana, con las ganas que se agotan cada vez.

En el sueño: él venía, tomándome del rostro, casi me besaba para al final perderse entre la negrura de la nada.  Desperté. Fue así durante algunas noches. Esa tarde después del supermercado, pasé por una tienda de conveniencia por un enlatado de alcohol, me sentía con ganas de revelarme, llegué temeraria, decidida a hacer mis compras. Entré, ví al tiendiario con el orgullo del empoderamiento femenino que me hervía en las venas, me dirigí al frigorífico con la puerta de cristal que dejaba ver el producto y como buena compradora, poco conocedora del tema, me enfoque en el precio, repitiendo en pensamientos «¡Entre más caro, mejor!… ¡Ajá!» justo frente a mí, encontré las mejores seis latas plateadas, con letras doradas. Ahora estaban sudorosas por el momento de entrar en contacto con el ambiente, las del precio más elevado, las que no se miraban tan mal. Caminé de prisa a pagar, situando frente al cajero la credencial oficial, que me permitía realizar aquella compra. Salí de ahí, pasando por un platillo de carne asada. Había visto en las películas que era su acompañamiento ideal. Me fui directo a casa. Me senté frente al televisor, cómo me sentía rebelde, busqué películas de «A todo gas», la música estrepitosa, las mujeres voluptuosas, los machos grandes, un cúmulo de tentaciones. Me solté el cabello, caminando sensual a mi manera, con la lata casi vacía aún entre las manos. Una risa estúpida salía sin control. Caí tendida en el sofá, me quedé dormida con el televisor encendido. La almohada empujando la quijada dispareja, hacía que se acumulará la saliva en un charco. Las marcas del tapizado a flores iban dejando rastros impresos en la piel de la mejilla. El sonido que escuché entre sueños, me pareció extraño, recordé el televisor encendido, levantándome de golpe para apagarlo, cuando ví en la programación a una mujer, tipo gitana, médium o algo así, hablando con una voz que me resultó familiar. Podría jurar que me hablaba a mí.

—¿Buscas al amor de tu vida? ¿Cansada de preguntarte cuándo podrás amar? ¿Sí te amarán algún día? ¿Te estás preguntando cómo puedo yo saberlo?— les juro que me hablaba a mí, leía mis pensamientos —Llama al 01 800 amor mitad, dónde contestaré todas tus dudas.

Limpiaba las babas, las lagañas, acomodando el cabello. Apague el televisor, yéndome a dormir. Me dolía la cabeza, me sentía desforzada, la boca seca, todo me daba vueltas. Me quedé tirada en cama, aprovechando el día de descanso. Levantándome me preparaba un café en la cocina, cuando escuché de nuevo esa voz.

—¿Buscas al amor de tu vida?…

Mi extrañeza fue, pues recordaba haber apagado el aparato. Al llegar a la sala, Misifus sentado sobre el mando, me hizo entender. Me sentía mal, no tenía ganas de nada, el pijamas aún me daba ese aspecto sucio que todos evitan. Al dirigirme de nueva cuenta hacia la cocina, el televisor se encendió de nuevo

—¿Buscas al amor de tu vida?…

—¡SÍ, sí lo buscó! ¿Y QUÉ?

—Llama al 01 800 amor mitad, dónde contestaré todas tus dudas.

—¡NO TENGO DINERO!

—¡La llamada es completamente gratis!

No sé a ustedes, pero eso me dio un poco de miedo. Apague el aparato e hice mi día, cómo si no fuese importante. Aunque no dejaba de dar vueltas a la cabeza, como embonaba el diálogo a la perfección. Pensaba que tanto pensar me estaba haciendo delirar. Transcurrió el día, no quise encender el televisor. Dormí temprano.

—¡Aaaaaaaaaargh!— desperté a mitad de un grito que me desgarró el pecho entre sueños. De un salto me levanté. Las lágrimas brotaban como fluviales. Un ardor insoportable quemaba mis adentros. El dolor hacía querer arrancarme la piel a puños. Cómo por inercia mire la hora: 11:11 p.m. tomé el teléfono

—0… 1… 8… 0… 0… biiiiiiip, biiiiiiip… cling… ¿¡Aló!?—«¿Qué haré ahora? ¿Por qué llame?»— ¡Sí ¿Aló?!

—Con la madame…

—Permitame

Esperaba en línea, pensando ¿Qué decir? ¿Cómo articularlo? ¡Si seré ridícula! ¿Cómo puede ayudarme una persona que ni conozco en línea? Seguro es otra estafa y uno aquí cayendo redondita…

— ¡Hola (susurro)!— ¡Mi nombre salía de sus labios!. ¡Mi nombre; no, Abigail, Alondra, Andrea o cualquier otro, mi nombre! — sé porque has llamado, pero querida, te has tardado mucho. Llevo días intentando que te comuniques

—¿Pero cómo sabe mi nombre? ¿Quién es…

— No hay tiempo para eso. Ha sucedido algo muy grave.

—¿Qué pasó? ¿Mi madre está bien?

— No te preocupes por tu madre o tú familia, les augura una larga vida, llena de salud, dicha y amor. Lo que pasó se refiere a ti.

—¿Morí y esto es una llamada para guiarme al más allá?

— ¡No niña, ves demasiada televisión!

—¿Entonces?

—¡Lo siento! ¡La persona que habíamos destinado para ti, se acaba de suicidar!

La sangre dio un recorrido raudo de la cabeza a los pies. Sentí un mareo que casi me hace caer.

—¿Qué? ¿Por qué?

— Porque tú no llegabas

— Pero ¿Cómo saberlo? No sé ni ¿Quién es? O ¿Sí?

—Debieron haberse conocido hace una semana, pero por más que te pusimos señales, que los situamos en el mismo lugar, a la misma hora, si no eras tú la distraída, era él… ¡Vaya que son… eran… el uno para el otro!. No entendías anuncios, llamadas, te dejamos pistas evidentes, que otros tomaban en tu lugar… Hasta que viendo tu fanatismo por la televisión, optamos por un comercial ¡Que vaya que ignoraste! Pero te seguimos de trayecto, mi voz en la radio, en los parlantes, en el vendedor ambulante…

—¡Espera! Por eso tu voz me sonaba familiar, pero ¿Por qué no buscarme antes?

—Te buscamos, te pusimos señales, movimos caminos para que pudieras llegar, nosotros tratábamos de ayudar, pero al final es tu destino, tú debías diseñarlo

Todo empezaba a caer en cuenta, quedé tumbada sobre la alfombra. Sumergida en pensamientos, con un silencio que ahogaba palabras…

—¿Entonces?

—¿Entonces qué?

—¿Qué pasará conmigo?

— ¡Tú tienes la respuesta a eso!

— ¿¡Por eso dolió como lo hizo!?

— ¡Sí! Todas las almas destinadas a estar juntas vienen unidas desde el corazón, sufres si el otro sufre, te alegras si el otro ríe, son y existen en sí, a través de el y para el otro. Al momento que él decidió terminar con su vida, rompió la unión que tenían. Al morir él, se va también parte de tu vida. Condenandolos a no verse nunca. A vivir una eternidad con el dolor.

—¿Y sí me suicido? ¿Podré estar con él?

— No. Al cometer suicidio quedan atados al lugar que los vio perecer. En un bucle de tiempo que los obliga a repetir el suceso una y otra vez. Hasta, durante y después del arrepentimiento.

—¿Qué haré?

— Tendrás que aprender a superar esta situación

—¿Pero cómo? ¡Me acabas de decir que la persona que tanto he esperado, en un arrebato de desesperación se quitó la vida!

—Son respuestas que encontrarás dentro de ti

—¡Esto es tan frustrante!— limpiaba el rostro aún humedecido por el rastro del llanto, buscando consuelo de alguna manera — ¿Y era guapo?

—¿Quieres conocerlo? Te puedo llevar a dónde lo preparan para su funeral

—¿Se puede?

—¡Si!

Me gustaría decirles que como truco de magia, con un chasquido de dedos, ya estaba en el lugar, pero no, ¿Recuerdan que estaba en una llamada? La persona al otro lado de la línea, me dio una dirección y sin truco, tuve que tomar transporte. Cómo era de madrugada, esperé al día, terminando mi turno, para poder ir a verlo. Al llegar, el sentimiento me oprimió el pecho. Un anuncio donde se publicó su nombre, fecha de nacimiento y defunción aguardaba a la entrada. Tenía un nombre bonito, era apenas dos años mayor. Esperé un par de minutos afuera, parada frente a la sala fúnebre. No podía entrar, no sabía ¿Qué les diría a sus familiares? ¿Lo siento? ¿Dónde se supone qué lo conocí? Después de morderme los labios, tomé valor. Giré la perilla, empujando con fuerza. Una gran sala con asientos forrados en piel, aire acondicionado, me hizo suponer lo obvio, aún cuándo era muy elegante, el lugar estaba vacío. Solo una persona varón, sentado en la primera hilera. Sentí pena, me quise acercar a darle el pésame

—¡Mi más sentido pésame!

Era un hombre ya mayor, dormía —¡Eh! — sentí aún más pena por él, pensando en que habría pasado la noche en vela —¡Este, no! ¡Disculpe! ¿Es usted familiar? — apuntaba hacia el féretro

—¡Sí! — Contesté sin dudar

—¡Disculpe soy el enterrador! Oí rumores de que no vendría nadie por eso me metí un momento, pero ¡Disculpe usted! — comenzó a recoger su abrigo y antes de salir, se giró hacia mi— ¡La acompaño en su dolor!

—¡Gracias!

Me senté un instante, no podía acercarme así sin más. Era la primera vez que nos veríamos, bueno, que lo vería. Él ya no podía ¿O sí? Estaba nerviosa, sé que en materia estaba presente, pero era solo un cuerpo dentro de un cajón ¿Qué se supone que le diga? Jamás me he presentado con alguien muerto, ni con nadie. Me acerqué, lo ví. Era guapo ¿Están seguros que se fijaría en mí? ¿Y si se equivocaron? Y yo aquí haciéndome pasar por su señora «¡Dios ¿Quién podría creerlo?!» Quise irme, juro que quería irme, pero verlo ahí, postrado, me hacía sentirme triste y desconsolada ¿Qué tendría que ir a hacer a casa? Tal vez él ya no me viera, ni supiera que estuve ahí, pero no estaría solo, al menos ese día. Ni yo tampoco. El llanto inundó los ojos, hasta el punto de derramarse una tras de otra sus gotas, como niña perdida gimoteando, entre sollozos y sorbidos de mocos que se escurrían. Apretaba sus manos unidas, frías, inertes. Sentía el dolor hendirse en la boca del estómago. Quería gritarle, golpearlo por tonto, pero no pude más que besarlo. Sí sé que pensarán que ¡Estoy enferma! ¿Qué harían ustedes? ¿Qué harían si supieran que la persona que han esperado por tanto tiempo se quitó la vida, imposibilitandote a ti también? Tampoco es como si hubiese sido un beso de lengua, fue en la frente. Necesitaba ese consuelo de sentirlo. Un leve calor invadió mi pecho, me reconfortó ¿Qué, sí se equivocaron? Me hicieron al menos encontrar una razón por la cuál no llegar a sentirme miserable. Sí el día de mañana no encuentro al amor de mi vida, es por qué está muerto. Me quedé con él. Falté al trabajo, me reporté enferma. Asistí a su entierro, le dediqué una flor, un puño de tierra. El hombre que dormía plácido en la sala la primera vez, era quien terminaba de cubrir su cuerpo. Le dí las gracias, se retiró, después de un par de horas, de algunas flores marchitas, de miradas cansadas, pasos perdidos, le ofrendé una plegaria partiendo de su lado. Miraba a través del cristal del taxi, como el lugar se iba haciendo pequeño, hasta quedar a la vista solo los blancos muros del camposanto. El conductor vio mi rostro

—¡Siempre es difícil, damita!

—¡Lo sé, gracias!

Al llegar, sentada en la soledad de la casa. Recordé aquella entrevista que le hicieron a un personaje. Es cierto, hay gente que nacen para ser y vivir feliz, otros que necesitan ser feliz para vivir, algunos más, nos toca aprender a sobrevivir con lo que tenemos, sin esperanza a que un día la suerte cambie. No es triste, es realista. Entonces entendí sus palabras, cuando decía que no necesitaba ser feliz para vivir.

Deja una respuesta

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s