SERGIO ROZALÉN

La hija del difunto llevaba un vestido negro ceñido que marcaba unas curvas espléndidas, sinuosas, excitantes, sobre las que se apoyaba, ondulante, un cabello cobrizo mecido por la brisa. Luis no podía evitar admirarla, con su actitud doliente pero contenida, durante el entierro de uno de los jefes de la empresa, al que había ido por puro compromiso. No fue un entierro de muchas lágrimas, su larga enfermedad, por la que todos habían sufrido, acabó por percibirse más cómo un alivio que como un castigo. Ya era hora de que descansara en paz aquel pobre hombre.

Cuando acabaron de sellar el nicho, la gente empezó a dispersarse y Luis caminó tras el grupo que acompañaba a la hija del difunto. Tras unas decenas de metros caminando tras ella entre los nichos de aquel cementerio, Luís percibió por el rabillo del ojo algo que le llamó la atención. Se giró y quedó estremecido al ver la lápida de una de las tumbas: tenía escrito su nombre y apellidos, Luis Fuentes Gandía; la fecha de nacimiento era apenas un par de semanas antes que la suya, la fecha de defunción hacía tan sólo una semana; y la fotografía… la fotografía era la de un individuo que tenía un parecido asombroso con él mismo.

¿Cómo era posible? Sintió un vértigo repentino que estuvo a punto de hacerle caer al suelo. ¿Era una broma? No, no era una broma, la lápida parecía real, con una escueta dedicatoria: “Siempre estarás en nuestra memoria”. Se acercó para observar la fotografía con más detenimiento: era la de un hombre en traje, sonriente, con rasgos parecidos a los suyos, que llevaba su mismo peinado, una corbata que podría estar en su armario, una foto que debió tomarse no hacía mucho.

Miró a su alrededor, ya no quedaba nadie, los pasillos que recorrían los nichos estaban vacíos. Empezó a caminar en busca de la salida, de forma apresurada, girándose un par de veces para observar en la distancia la tumba de su alter ego. El cementerio era enorme, no sabía cómo salir, y después de unos minutos deambulando por los caminos del camposanto se dio, otra vez, de bruces con la lápida que mostraba su nombre. Esta vez sí, el vértigo que sintió le acabó tirando al suelo.

Un trabajador del cementerio, con mono azul, que pasaba por allí, se acercó y le preguntó:

“¿Se encuentra bien?”

Luis empezó a negar con la cabeza, pero las palabras tardaron en salir de sus labios.

“No… no… Me he mareado…”.

Se percató de que Luis miraba de forma hipnótica la lápida de uno de los nichos.

“¿Sí? Es normal, estos sitios… es lo que tiene…” – dijo el empleado mientras le ayudaba a levantarse.

Otro trabajador del cementerio también se acercó:

“¿Qué pasa? ¿Todo bien?”

“Este señor, que se ha mareado” – respondió el otro mientras señalaba la sepultura.

Su compañero arqueó las cejas y respondió “¿Otro?”

“¿Cómo que otro?”, preguntó Luis.

Los dos trabajadores se miraron, uno de ellos encogió los hombros, el otro se pasó la mano sobre el cabello.

“¿Cómo que otro?”, insistió Luis.

“Vamos, Luis, vamos…”, le animaba uno de los empleados mientras le pasaba el brazo por el hombro.

“¿Cómo? ¿Luis? ¿Cómo sabe usted mi nombre?”, inquirió confundido.

Mientras tanto, el otro trabajador se afanaba en apartar la lápida del nicho, algo que hizo como si se tratara de una ligera lámina de madera en lugar de una pesada losa de mármol.

“Venga, no te preocupes, Luis, es normal, la confusión esta… es que son muchos cambios, así, de golpe…”

Luis vio frente a sí, a la altura de su cabeza, el hueco del nicho, con la lápida apoyada en el suelo.

“¿Cómo? Pero… Yo… Esto… ¿Yo?”.

“Sí, Luis, sí. Me temo que sí… Este nicho… es el tuyo…”.

Aturdido, se dejó ayudar para subir a la sepultura. Una vez dentro observó confuso como los trabajadores volvían a poner la lápida en su sitio, hasta que por fin terminaron por colocarla y todo se volvió oscuro para Luis.

Cuando los sepultureros finalizaron, se sentaron en un banco cercano a fumarse un cigarro.

“Pobrecicos… Son como animalillos, ¿verdad?”, dijo uno.

“Lo que hay que hacer es cerrar mejor todas esas lápidas, que se te escapan a la mínima. ¿Quiénes fueron los listos que cerraron aquella?”.

“La fecha de la lápida es de hace un par de semanas. Yo diría que Pedro y Germán fueron los que estaban de turno por aquellas fechas”.

“¿Pedro y Germán? Pues ya me lo has dicho todo…”, dijo antes de darle una buena calada al cigarro. “Ya hablaré yo con el encargado, ya…”.

Cuando terminaron de fumarse los cigarros los tiraron al suelo, los pisaron y empezaron a caminar en silencio por uno de los pasillos del cementerio. De vez en cuando se paraban en alguno de los nichos para comprobar que estaban bien cerrados.

Un comentario sobre “Comprobar que está bien sellado

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