ALMUTAMID

Por la tarde compré en un almacén oriental el juego de cama y tras dejar mi cuarto preparado, decoración incluida, un poster de Semana Santa con una foto de mi hermandad, una bandera de España y una bufanda de mi equipo, me fui a la facultad a comprobar el camino y la ubicación de las aulas.

La facultad de letras está en el edificio antiguo de la universidad junto a su famosa biblioteca. La mayor parte de las facultades están en un campus nuevo y moderno situado cerca de la estación de ferrocarril, pero varios grados se siguen estudiando en un par de edificios antiguos de modo que el ambiente universitario de la ciudad se divide con las carreras de ciencias sociales, técnica y científicas en el nuevo campus rodeado de colegios mayores y residencias, frente a las carreras de humanidades que se quedaron en el centro de la ciudad. De modo que no había mucha población universitaria y sólo unas pocas pensiones y pisos de estudiantes en esa parte de la ciudad.

Mi pensión estaba a unos 20 minutos andando atravesando una zona residencial muy tranquila, algunas calles peatonales llenas de comercios regidos sobre todo por magrebíes y el río Mosa que aquella parte de la ciudad se abría en dos brazos. El casco viejo de la ciudad se arracimaba entre el río y la catedral como había comprobado por la mañana.

Pude comprobar dos cosas. Que podría ir andando bien pertrechado de abrigo impermeable pues aunque no hacía frío el calabobos permanente te empapaba con una humedad que atería de frío. Y que al ser un país católico tenían vacaciones desde el viernes de Dolores hasta el lunes de Pascua.

A la vuelta me paré en un shawarma de los que abundaban en las calles peatonales de camino a la pensión. A las 5 de la tarde ya oscurecía y entresemana las calles del centro se vaciaban a pesar de que estaban llenas de cervecerías. Tras mi cena musulmana de cordero, verduras y un zumo regresé a la pensión parando en un pequeño supermercado también regentado por magrebíes a comprar leche, cápsulas de café y cereales para el desayuno.

Siguiendo mi costumbre me duché antes de acostarme. Estaba reventado por no haber dormido nada la noche anterior. Efectivamente las duchas eran mixtas. Cuando entré vestido con el albornoz que mi madre me había comprado mi primer año en la residencia me encontré con una chica negra depilándose las cejas en uno de los espejos en la zona de lavabos sólo envuelta en una toalla blanca que contrastaba con el color de su piel. Saludé en francés educadamente y ella respondió siguiendo con su cuidado personal sin reparar más en mí.

Mi problema es que algo en mi interior empujaba por salir y no era ni un sentimiento ni un pensamiento. La presencia de la chica me cohibía a la hora de dejar escapar esa presión por lo que me encerré en uno de los retretes rezando porque al dejar escapar aquello no viniera acompañado de fanfarrias ni de un olor excesivo. Afortunadamente el shawarma no llevaba demasiadas especias.

Tras dejar salir aquella presión de mi cuerpo con cierto éxito en cuanto a la música de acompañamiento salí del retrete encontrándome conque la chica ya no estaba pero había un tío alto y rubio con una toalla anudada a la cintura lavándose los dientes. Saludé también en francés y me respondió con la misma displicencia que la chica. Ojala conociera a la chica española y tuviera alguien con quien hablar en confianza.

Me duché cerrando la puerta que dejaba ver las pantorrillas y pies de quien se duchaba, aunque mi altura no excesiva hacía que mi cabeza quedara oculta. Tras ducharme con cuidado de no salpicar el albornoz me lo puse y salí de nuevo a los lavabos donde ya no estaba el rubio pero había un pedazo de tío negro enorme en altura y fuerza completamente desnudo. Pensé que estaría esperando para meterse en una ducha pero se estaba lavando los dientes. Yo, que iba a hacer lo mismo me quedé algo cohibido cuando el tío se giró para saludarme. ¡Madre mía de mi vida! Eso no era normal lo que le colgaba a esa criatura. Me quedé cortado intentando evitar mirar al pedazo de mandado que tenía Georges, como me dijo en ese momento tendiéndome la mano.

Torpemente se la estreché cohibido. Pero Georges resultó ser la persona más amable con quien me había cruzado hasta ese momento en las duchas. A pesar de que me resultaba incómodo hablar con él con aquello ahí colgando establecimos una conversación presentándonos. Era francés y no estaba de Erasmus. Tenía ya 25 años y estaba haciendo su tesis sobre las diferencias fonéticas entre el francés valón, el del norte de Francia y sus implicaciones en las modalidades coloniales. Me explicó que su familia era congoleña y que había conseguido que un profesor de allí de Lieja dirigiera su tesis pero tenía que hacer los cursos de doctorado allí y no en su país para que este hombre se la pudiera dirigir.

Mientras hablábamos dos chicas habían entrado en los baños con sus toallas anudadas. Las dos habían saludado con la mano a Georges que se volvió con naturalidad a devolverles el saludo mientras las chicas no perdían detalle de semejante espécimen. Ambas eran blancas aunque una castaña y algo gordita y la otra morena y muy delgada con piercings en la cara. La actitud del francés no sabía como interpretarla, si como una exhibición para decirla a las chicas “Mirad lo que tengo aquí y lo bien que os lo podéis pasar” o simplemente se basaba en su natural forma de ser donde la desnudez no tenía importancia.

Lo que sí vi es que las chicas se despojaron de las toallas colgándolas por fuera, supongo que para que no les salpicara el agua de la ducha como me había pasado a mí con el albornoz pudiendo verles el culo a ambas. Mi mentalidad mediterránea empezaba a chocar con las costumbres del norte de Europa y no sería sólo por estas cosas. Georges tras terminar de asearse se despidió de mí colocándose una toalla para volver a su dormitorio.

Yo me fui a dormir. En la escalera me crucé con Astrid que bajaba al baño con una camiseta larga y sin sujetador bamboleando sus enormes tetas nórdicas. Me saludó cordial con una sonrisa preguntándome por el día. Al final recordé que ella también iba a letras y quedamos en salir juntos de la casa por la mañana. Nos despedimos que un “bon soir” y me fui a dormir.

Estaba reventado y no extrañé la cama cayendo en un sueño profundo del que me sacó la alarma del móvil. Al apagarla descubrí que tenía varios mensajes de mis amigos preguntándome por la llegada. Cuando tuviera tiempo respondería. Me vestí. Bajé a la cocina y me preparé un café y un tazón de cereales que me tomé en una mesa larga que había allí. Me sorprendió ser la única persona allí desayunando. Limpié la taza y el cuenco y me fui al baño a orinar y lavarme los dientes. Tras soltar el neceser en mi dormitorio cogí la mochila pequeña con el portátil y los materiales de clase y me fui a buscar a Astrid.

Llamé a su puerta y me abrió.

-One minute please, I just go.- respondió abriéndome la puerta.

Aquel dormitorio era una leonera. La cama sin hacer. Ropa tirada en la cama, la mesa, la silla y por el suelo. Y además Astrid no estaba aun vestida. Llevaba una especia de camiseta ajustada o sujetador deportivo y unos vaqueros. Vi como se ponía una camiseta y buscaba algo más.

-Te espero abajo si quieres- le dije.
-No. Ya estoy.

Cogió un abrigo bastante grueso y una mochila. Iba abrochándose el pantalón mientras bajábamos la escalera. Curioso contraste el nuestro, un español puntual esperaba a una nórdica impuntual.

De camino a la facultad nos pusimos al día de estudios y asignaturas. Resultó que no compartíamos ninguna clase. Yo tenía asignaturas de 3º y 4º de traducción y ella de 2º de Historia. Pero al menos podíamos ir juntos o volver más de un día. De hecho tras entrar en el enorme edificio de la universidad nos separamos y no volvimos a vernos en todo el día. Ni en el enorme comedor.

El modelo universitario de optativas de pocos alumnos y mi mezcla de asignaturas hicieron que no coincidiera en las tres clases que tuve con nadie obligándome a comer solo. Empecé a sentir un inmenso vacío y sensación de soledad con pánico a pasar así los próximos meses. Acababa de llegar pero el ambiente plomizo permanente y la poca empatía encontrada hasta entonces me causaron tanto pánico que en cuanto regresé por la tarde a la pensión lo primero que hice fue buscar un vuelo barato para Semana Santa. Y tras consultar en varias webs encontré un vuelo directo a mi ciudad con ida y vuelta desde Charleroi con salida el jueves antes de Semana Santa y regreso el lunes de Pascua. Sólo perdería un día de clase. Sin dudarlo lo compré.

Si no era capaz de soportar la soledad que me temía quizá fracasaría en cumplir mi plan. La tarde de mi segundo día en Lieja la pasé encerrado en mi dormitorio angustiado pero no por mi situación que supuse pasajera. Sino que no pude evitar intentar imaginar como se sintió Claudia en Bolonia cuando llegó viéndose forzada a aparentar una amistad que no quería con aquellos compañeros de piso, incluso disimulando conmigo. Y yo mientras poniéndole los cuernos con Nieves y con Blanca. Lo mío no tenía nombre.

Pensé en salir a correr pero el ambiente oscuro, con calles peor iluminadas que en España, la escasa presencia de gente en las calles, esa oscuridad permanente con el nublado de día y la noche llegando tan pronto. Necesitaba empezar a moverme. Tratar con alguien. Ser más sociable siendo yo el que provocara las sensaciones.

Me puse unos pantalones de chándal y bajé al salón. Me encontré casualmente a Yousef. Le pregunté por la chica española y me indicó su habitación. Llamé a la puerta. Era en el pasillo que daba a los baños. Abrió la puerta. Era la chica que había visto la tarde anterior en las duchas junto con la gordita. Efectivamente era delgada, de media altura, algo más baja que yo, y con bastantes piercings, varios en una oreja, en la nariz y bajo la boca. Además tenía un flequillo recto a media frente con una media melena descuidada. Vestía una camiseta suelta y tampoco llevaba sujetador como todas las chicas con las que me había cruzado en esta nueva residencia. Me observó extrañada y hablé algo cortado en castellano:

-Perdona, acabo de llegar a Lieja. Me han dicho que había otra chica española y, bueno, me he acercado a saludar. La verdad es que tampoco conozco todavía a mucha gente aquí.

Fruñó el ceño y en inglés respondió:

-¿Quién te ha dicho que soy española?

Me quedé más cortado todavía.

-Pues, uno de los chicos de la residencia- contesté en inglés extrañado pues me había entendido perfectamente en castellano.
-Pues no te han indicado bien- explicó- Yo no soy española, soy catalana…
-Ahn- me dejó sin palabras pero ella continuó:

-Si quieres hablar conmigo tendrás que hacerlo, en catalán, inglés o francés.
-No sé catalán. Pero, no sé, tú debes saber castellano ¿no?
-Sois todos iguales imponiendo vuestra lengua y no respetando a los demás- me espetó.

Me estaba dejando anonadado. También era mala suerte. Que diera con una española en la residencia y me tocara una radical. Si verme solo en esas tierras era mi castigo por todos mis errores en el pasado lo tenía merecido, pero qué dura se me iba a hacer mi estancia en Bélgica.

-Perdón- respondí en castellano- No quería molestarte. Que pases una buena noche- me despedí apesadumbrado retirándome por el pasillo mientras la chica me observaba desde la puerta de su dormitorio.

Pasé la tarde respondiendo a mis amigos evidentemente contándoles a todos que muy bien, pues en dos días me había agobiado demasiado con mis necesidades de socialización y debía dar más tiempo. Después me fui a correr con un chubasquero para no calarme con el calabobos casi permanente. La oscuridad de las calles me frenaba un poco pero al final descubrí un parque al final de la misma calle donde estaba la residencia y al estar algo transitado de padres con niños y más gente haciendo deporte pese a la llovizna constante corrí casi una hora en su interior.

De regreso a la residencia pasé por el salón donde estaba Georges que me saludó afablemente invitándome a tomar una cerveza con él, pero le dije que prefería ducharme antes pero que se la debía. Era un tío tan seguro de sí mismo que me emplazó a tomárnosla después de la cena. Y por supuesto acepté. Era el único que me daba bola hasta el momento.

Tras beber agua subí al dormitorio para terminar de hacer ejercicios en el suelo antes de irme a la ducha. Al pasar por el descansillo de la última planta de camino al dormitorio vi que la puerta de Astrid estaba abierta. Saludé al pasar por educación. Estaba vestida con unos leggins a media pantorrilla y un sujetador deportivo haciendo ejercicios. Al verme paró observando que yo también venía de hacer ejercicio.

-¡Hola! -me respondió en inglés- ¿Has salido a correr?
-Sí. Necesitaba hacer ejercicio pero con esto- señalé el chubasquero- sudo muchísimo.
-Yo también lo necesitaba pero no me gusta correr por la calle.
-He descubierto un parque aquí cerca y está bien para correr. Hay gente a estas horas.
-Cool¡ ¿Podemos ir juntos algún día?
-Yo intento salir todos los días, así que si no llueve mucho, cuando quieras.
-¡Claro!
-Bueno, voy a terminar de hacer unas flexiones y abdominales y me ducho.
-Si quieres las hacemos juntos- me propuso la sueca.
-Ahn, perfecto. Así nos ayudamos sujetando piernas. Venga empieza tú si quieres.

La chica se tendió en el suelo con las piernas flexionadas mientras que yo me quitaba el chubasquero. Se notaba que hacía ejercicio pues completó las series de forma casi cronometrada y coordinando muy bien movimientos y respiración. El problema es que se le marcaban los labios totalmente en los leggins y me costaba trabajo que no se me fueran los ojos y que ella se diera cuenta. En cuanto terminó cambiamos las tornas. Yo me tendí y ella me sujetó las piernas. Entonces caí en la cuenta de que yo solía correr con unas calzonas de fútbol sala o de atletismo. Ese día llevaba las últimas sin calzoncillos. No sabía si por el hueco se me veían los huevos a través de la tela perforada que los cubría. Pero la chica no parecía fijarse en eso ni en que mi polla se marcaba un poco más que cuando había llegado de correr.

Después hicimos flexiones de brazos en paralelo y le propuse aprovechar un tubo que iba desde la pared a una viga de mi dormitorio para hacer unas dominadas. Nos mudamos de habitación y empecé yo el ejercicio mientras ella observaba el poster de Semana Santa en mi pared. Cuando terminé la chica se elevó con facilidad mostrando su buen entrenamiento, pero lo hizo de espaldas a mí. Me quedé de piedra. Qué culazo tenía la niña. Sus hombros se marcaban al contraer los músculos para elevarse mientras que su trasero era izado hasta la altura de mis ojos aparentando estar duro y bien torneado. “Demasiada jaca para este jinete” pensé apartando pensamientos calientes de la cabeza.

Al entrar al baño no había nadie y como iba con la ropa sudada me desnudé directamente en la ducha dejando fuera el albornoz como había visto hacer la tarde anterior, pero cuando salí había un tío alto y rubio vistiéndose en la ducha de al lado de la mía y dos chicas que entraban en ese momento que debieron verme completamente desnudo.

En otras épocas de mi vida me habría muerto de la vergüenza pero a estas alturas y en un país extranjero me daba igual. Y el ejemplo más claro es que yo mismo pude ver a una de esas chicas desnudarse completamente, incluso viendo con cierta nitidez su vello púbico, bastante descuidado por cierto. La visión de aquel cuerpo habría sido causa de paja segura mientras que en esta ocasión me limité a observar de reojo y poco más, sin que afortunadamente hubiera reacción en mi entrepierna. Aunque, claro, ninguna estaba tan buena como Astrid.

De regreso al dormitorio me crucé con la chica catalana en el pasillo de la segunda planta. Iba envuelta en una toalla camino de las duchas. La saludé con un escueto “buenas noches” en castellano pero ella me detuvo hablándome en inglés.

-Perdona. No quiero parecer borde contigo.
-Me dejaste muy cortado- respondí en nuestra lengua común- Yo buscaba cercanía y me encontré una barrera absurda en el idioma. Pero ya te lo dije, no quiero molestarte. Me has visto como a un enemigo sólo por el idioma. A lo mejor a través del castellano podrías enseñarme catalán. Me has prejuzgado.
-¿Lo aprenderías?
-Estoy aquí más solo que la una. Hablo francés, inglés y algo de alemán. ¿Qué tiene de malo aprender catalán?

La chica esbozó una amplia sonrisa de satisfacción y me tendió la mano diciéndome:

-Soc Mireia, i tú?
-Luis. Encantado- respondí en castellano.
-¿Lluis?
-No te pases…
-Jajajaja- rio estrechándome la mano pero yo tiré de ella diciendo:
-Dos besos como en España…
-No te pases tú ahora- respondió en castellano provocando mi carcajada mientras nos dábamos los dos besos.
-Espero verte por aquí- me despedí de ella.
-Mañana hay una quedada Erasmus en el centro- me respondió en inglés- ¿vamos?
-Me apunto. Hasta mañana.
-Adeu.

Me puse una camiseta y unas calzonas, pues no hacía falta más con la calefacción del edificio y bajé a buscar a Georges. Nos tomamos la cerveza mientras nos preparábamos algo de cena. Bueno, algo yo. Ese hombre se comió la Última Cena para él solo. Alimentar ese corpachón debía costar lo suyo. Cenamos en el salón con un partido de la copa belga de fondo entre el Standard y otro equipo de nombre impronunciable. Resultó que el francés era muy entendido en fútbol y seguía la liga española entre otras. Al final me invitó a otra cerveza más. Era buen tío, aunque ya había descubierto su punto débil. O fuerte, según se viera. Cada vez que entraba una chica se levantaba a saludarla si la conocía o a presentarse. Daba igual la raza, la altura o la complexión. Y además momentáneamente se olvidaba de mí retomando después la conversación donde estábamos sin preocuparse de presentarme a mí también. Debía ser un semental de mucho cuidado. ¿Un Dani africano? Rechacé la idea descartando malos recuerdos y recordando la herramienta de mi compañero de residencia seguramente mayor al pollón de mi compañero de equipo. Qué barbaridad.

Me retiré pronto a la habitación dejando a Georges hablando con una chica, como no. Me sentía menos solo que el día anterior. Podía decir que tenía tres amigos ya en la residencia. O al menos tres personas con las que hacía alguna actividad.

Aunque ya metido en la cama me acordé del culazo de la sueca. Por algún motivo me trajo recuerdos del culo apretado de Blanca. Aunque ambas eran muy diferentes, mi mente las había relacionado. Recordé como había frotado mi polla contra el culo de Blanca en el baño del pub colándola entre sus muslos hasta conseguir correrme manchando sus bragas de semen. Aquel recuerdo despertó algo en mí y no fue precisamente la nostalgia. Empecé a masturbarme con el recuerdo del culo de la sueca pero sobre todo de Blanca. En ese momento en mi mente no fui capaz de relacionar la mamada que me había dado en el parque con el fin de mi relación con Claudia y en mi pensamiento sólo aparecía aquel culo que yo había estrenado meses después haciendo un trío con ella y Dani.

Me la estaba machacando con ganas cuando de golpe se me vino el recuerdo de mi última corrida y como había molestado a Ángela. Dejé de pajearme y me quedé pensativo. No había estado nada bien. Yo no era así. Tan cortado me quedé que no me terminé la paja recolocándome de nuevo el calzoncillo.

Tenía demasiadas cosas guardadas. Mis sentimientos por Claudia, mi extraña relación con Alba, los últimos días en la residencia en los que me sentí insignificante, incapaz de dejar un buen recuerdo en nadie. Necesitaba un psicólogo o un confesor. Aunque en realidad sabía perfectamente qué necesitaba. Desde que peleé con Ángela y ella había confesado sus motivos yo no había tenido nadie a quien contar mis cosas. No tenía a Claudia, ni tenía a Ángela. Y los demás habían sido compañeros de viaje pero no miembros del equipo. No había confiado en ellos, o ellos no habían sabido ganarse mi confianza. Tenía demasiadas cosas guardadas que necesitaba sacar y no tenía con quien. E iba a tardar en tenerlo, porque hasta que no regresara a mi ciudad no intentaría crear mi nueva normalidad.

Y tanta incertidumbre me generaba un vértigo enorme. ¿Y si no salía mi plan? ¿Y si tenía que volver a la residencia? ¿Y si nadie me quería nunca como Claudia? Tantas dudas me provocaban de nuevo esa angustia que había vivido meses antes. La primera vez me sacó el sexo. Follando me olvidaba. Pero, la segunda vez habían sido mis amigos simplemente entreteniéndome, dándome compañía. ¿Y ahora? No creía alcanzar una amistad profunda con nadie en Lieja. Aunque era pronto para saberlo. La solución era sencilla: tenía que estar muy entretenido. Hacer muchas cosas.

Al día siguiente cambiaría mi actitud. Buscaría yo a la gente. Iría con Mireia a esa quedada de Erasmus y buscaría actividades. Seguro que en la universidad habría un equipo de fútbol sala donde poder ir a jugar o echar pachangas. Esa sería la solución a la angustia que mis recuerdos me habían provocado. El Luis decidido tenía que volver. Pues ese Luis era el que se había llevado a la chica guapa de la residencia y se había convertido en Luisinho, la estrella del equipo de la facultad.

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