MIRZA MENDOZA

Estaba entusiasmada por cumplir el pacto de amistad que hicimos luego de terminar secundaria por allá en los noventas. Quedamos en que nos encontraríamos en el parque cerca de la escuela el primer domingo de cada mes. La primera vez llegué tarde, ella me esperaba en la banca ojeando una revista mientras se mordía las uñas. No se percató de mi presencia por un rato. Estaba ensimismada en su lectura. Le toqué el hombro y dio un saltito. Reímos juntas y nos pusimos al día. Ella tenía un noviecito de barrio. Yo, aún no daba mi primer beso, aunque no tenía apuro.

Mes a mes nos reunimos con la incertidumbre de que la otra podía fallar a la cita. Es que en esas épocas ni siquiera era usual tener el teléfono fijo en casa. Al octavo mes me comentó que estaba pasando por un momento difícil y que debía trabajar y seguir estudiando enfermería. Por lo tanto, no podría venir el primer domingo del siguiente mes. Comprendí y le di el número de mi vecina para que me llame y me avise que domingo podríamos vernos. Nos abrazamos y nos despedimos. Pasaron unos meses de no vernos y no me alarmé. Entendía que estudiar y trabajar no era fácil. Por mi parte el tiempo lo invertía en hacer las tareas universitarias. Pasados seis meses toqué la puerta de mi vecina para preguntarle si alguien me había llamado. Nada. Para el siguiente mes sin comunicación pisé tierra y me convencí de que la amistad de más de cinco años había terminado. Me concentré en mis asuntos y cerré ese capítulo. Pensaba en ella cuando comía menestras, era el único alimento que aborrecía, y cada vez que podía lo mencionaba. Cuando pasó un año completo fui al parque el primer domingo del mes, sin esperanza de encontrarla. No sabía dónde buscarla. Regresé a casa con el corazón desinflado. Cerca de la fecha de finalizar mi carrera se abrieron en la capital los primeros cibercafés. Mis compañeros y yo empezamos a frecuentar los salones de chat y las primeras plataformas sociales. Me creé un correo y para mí contraseña utilicé el nombre completo de mi mejor amiga de la secundaria. Pasó un tiempo más cuando ya egresada de la universidad recibí (en mi estrenada red social) una notificación me mostraba un nombre conocido. Era ella. Luego de mucho tiempo nuestros caminos se entrelazaban. La acepté y chateamos escuetamente. Quedamos encontrarnos en el parque de siempre, el primer domingo del siguiente mes. Así sucedió. Yo estuve nerviosa desde la noche anterior y llegué antes de lo acordado. Me senté en la banca a esperar. Llegó veinte minutos tarde junto a dos pequeños. Me los presentó como sus mellizos. Me sorprendí al escuchar que tenían cinco años. No pudimos conversar mucho por las constantes interrupciones de los niños. La noté diferente, algo triste y cansada. Incluso su rostro era distinto. Había abandonado su carrera de enfermería. Los niños eran hijos del noviecito del barrio que resultó ser buen padre, pero limitado económicamente. Me percaté de que su ropa era vieja e incluso el abrigo de uno de los pequeños estaba desteñido. A la media hora de una conversación forzada respiró hondo y luego con la cabeza gacha me pidió dinero prestado. Me quedé callada. Tenía unos ahorros que usaría para mí titulación. No imaginé que me pediría un favor así. Ella se llevó la mano a la boca y se mordió la uña del índice. Recordé que solía hacerlo cuando estaba incómoda con alguna situación. Abrí la boca para negarle el préstamo, entonces ella habló antes que yo pudiera hacerlo. Abrazó a uno de sus hijos mientras el otro daba vueltas a nuestro al rededor. «Tuve vergüenza de volver a comunicarme contigo porque salí embarazada. De las dos yo era la que metía la pata en el colegio. ¿Recuerdas mis travesuras? Olvida el dinero que te acabo de pedir, creo que estoy cometiendo un error, no quiero que pienses que soy una convenida. Retomemos nuestra amistad”

Hubo de mi parte un silencio incómodo que se cortó con el llanto de un mellizo. Mi amiga se paró y lo levantó. Le cantó el “sana, sana colita de rana” y volvió a sentarse. Me sorprendió verla en su faceta de madre: cariñosa y paciente. Antes de despedirnos le hice prometer que nos veríamos el primer domingo del siguiente mes. Me abrazó fuerte, y me juró que sí. Sin embargo, nunca más volvimos a vernos.

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