C.VELARDE

6. EL HOMBRE

LEILA VELDEN

Jueves 22 de septiembre

13:11 hrs.

Livia siempre me pareció una mujer hermosa, dulce, amigable y de maneras afectadas. Incluso tenía gracia hasta para parpadear. Su forma de caminar era naturalmente refinada, grácil, fascinante. Me encantaba mirar su inocente expresión cuando pensaba en silencio, reflexionando sobre repercusiones del pasado, objetivos del presente, e ilusiones para el futuro, creyendo quizás que nadie la estaba observando.

Sobre todo amaba cómo se ruborizaba cuando le hacía comentarios de índole sexual.

“Tan inocente, Livia.”

Siempre agradecí la atención que me ponía cuando le contaba mis cosas, la mayoría de las veces sin juzgarme, por más soeces o insignificantes que estas fueran, interesada en cada detalle y acontecimiento que yo le reproducía. Sus ojos parecían de cristal cuando me observaba, matizados por un par de iris que emulaban dos gotas de chocolate derretido mezclado con avellana y miel.

Pero lo que más me fascinaba era escucharla hablar; la forma en que movía los labios cuando lo hacía, dependiendo del impacto que quería tener en cada una de sus palabras según las opiniones o advertencias que pretendía darme. La modulación en la entonación de su voz también era parte de la maravilla de ser “Livia”; podía ser tan dulce y siniestra como se lo propusiera.

Ella era la única persona que podía influirme de verdad, pero nunca se lo decía por temor a que hiciera de mi confesión un arma para dominarme.

Envidiaba de ella su irreprochable capacidad para trasmitir sosiego y armonía con sólo sonreír o mirar, así como ese don innato que tenía para expresar la palabra exacta en cada conversación. Adoraba el sonido de su risa, que parecían campañillas de castañas haciendo ecos en un claro nocturno y silencioso.

“Livia, mi querida Livia…”

¿Qué ocurriría el día que Livia abriera los ojos y se diera cuenta de la poderosa mujer que era, y de lo que podría hacer con el mundo entero si se empeñaba en emplear todas esas armas cognitivas y físicas de las que era dueña para someter a los hombres y mujeres, cumpliendo así su voluntad?

Livia pues, era perfecta. Su único defecto era el odioso de su Zanahorio descolorido: un tipo acomplejado que solía manipularla a su antojo para tener el control sobre ella. Y lo peor, para separarla de mí. ¿Cómo una mujer tremenda como Livia se había podido fijar en un monigote como él? Era denso y cansino por donde se le viera, y por eso me caía mal.

Desde que mi madre me echó de casa en mi adolescencia, por revelarle que el cabrón de su nuevo marido me acosaba sexualmente y ella me descreyera, mi vida se convirtió en una odisea digna de una mala película hollywoodense. Dos días dormí en la calle, sobre unas bancas de metal cerca del centro de Monterrey. Después, cuando dos mendigos comenzaron a hostigarme, me escondí una semana entera en el interior de una iglesia hasta que un asqueroso sacristán me lo prohibió.

Esos días apenas comí con el dinero que le había robado a mi madre cuando me echó. Mamá nunca me dijo quién había sido mi papá, y yo no tenía más familia en Monterrey que un tío solterón de cuarenta años llamado Andrés al que casi nunca veía.

Al final me fui a vivir a la casa de un hombre que no conocía de nada pero que me recogió una noche que me encontró desmayada afuera de una farmacia. Con mi depresión no quería comer y me estaba consumiendo por el rencor y odio que sentía hacia mamá. El hombre no me preguntó quién era yo, ni yo le pregunté por él. No había tiempo para protocolos estúpidos cuando el hombre me estaba dando de comer.

Aunque él debía doblarme casi tres veces la edad, me había salvado y no me importaba más. Si hubiera querido matarme o violarme lo habría hecho desde el primer día. Así que con el paso del tiempo me sentí en confianza con él.

Vivía solo en un pequeño apartamento de una zona barriobajera y, por lo que supe después, era dueño de un taller mecánico donde ganaba muy bien y hacía que viviera con lo necesario.

Todas las noches llegaba oliendo a gasolina y aceite, pero una vez duchado, se convertía en el tipo más limpio que conocía.

Hablábamos poco, pero nos mirábamos mucho. Tenía la impresión de haberlo visto alguna vez aunque mi él siempre lo refutó. Me hizo un espacio en su casa, y me dio toda la privacidad que una mujer de mi edad debería de tener. Todas las mañanas me dejaba dinero para que me fuera a la escuela seguramente pensando que no volvería. Pero siempre volví, hasta que me titulé como licenciada en relaciones públicas.

Él nunca me lo pidió, pero yo le ofrecí mi cuerpo, como agradecimiento a su protección. Además… me faltaba cariño, y en cierto modo me sentía atraída por él aun si era mayor que yo y no me resultaba tan atractivo. Las primeras veces me rechazó, pensando quizá que sería un aprovechado si accedía a mis insinuaciones. Después de todo, para él yo debía de ser una chiquilla que ni siquiera era mayor de edad.

Pero yo no claudiqué e insistí ofreciéndomele desnuda muchas veces, y él resistiéndose con fuerza de voluntad: hasta que una noche, en que lo encontré borracho (aunque no lo estaría tanto ya que su erección era tremenda) hice añicos su perseverancia.

Al día siguiente parecía disgustado, furioso, gritándome lo estúpida que había sido “Esto ha sido un gravísimo pecado, niña, un pecado mortal e irremisible”.

Pero yo me reía por dentro. Ya se le pasaría y continuaríamos cogiendo. Ahí entendí que la primera vez que tienes sexo con un hombre prohibido puede ser un desliz. La segunda vez ya es putería.

Y dicho y hecho. Desde esa ocasión pasamos muchas noches follando a mansalva, hasta altas horas de la madrugada. Él era huraño y torpe mientras me cogía, pero lo hacía bien. Eso nunca lo discutiré. La gente del barrio nos veía como un par de degenerados, pues él, que hablaba poco con los vecinos, alguna vez me presentó como su hija: una hija a la que por las noches hacía bramar de placer.

Cuando me titulé, dos años atrás de donde sitúo esta narración, él me dio la libertad. Más bien me echó de casa como una vez lo había hecho mamá.

“Vive tu vida, Leila, que a mi lado sólo te harás vieja y mediocre. Además… no quiero que por mi culpa vivas en un pecado mortal constante.

“Pero ya soy mayor de edad” recuerdo que le recriminé dolida en esa ocasión, “¿acaso es pecado tener sexo con un hombre que triplique tu edad, siendo yo mayor y teniendo ambos nuestro consentimiento?”

Y su respuesta fue una que todavía persiste clavada en mi pecho.

“Lo que es pecado es que padre e hija tengan sexo sin pudor. Ahora recoge tus cosas, que mi misión de cuidarte y hacer una mujer de bien está cumplida. Lárgate de aquí y, por el bien de ambos, sobre todo del tuyo, Leila, no quiero volverte a ver nunca más.”

Nunca supe si lo que me dijo era verdad o era mentira, lo que sí es que se aseguró de darme una buena cantidad de dinero y de que yo tuviera un trabajo fijo. No sé cómo lo hizo, pero por él me aceptaron en La Sede. Desde entonces no lo volví a ver, aun si sabía dónde vivía y muchas veces me tentaran los deseos de encontrármelo.

Me costaron lágrimas desprenderme de su protección pues le tenía cariño y bastante devoción. Pero también sentía asco. Asco por sus mentiras. Asco por su traición.

Con mi libertad me volví promiscua. Amaba follar con hombres mayores que conocía de una sola noche. Incluso uno de ellos se convirtió en mi sugar daddy, y fue él quien me puso el apartamento en el que actualmente vivo. Sin ataduras ni sentimientos, cogí con muchos hombres. A mis veinticuatro años ya había hecho orgías, tríos y toda clase de perversidades. Tuve tres novios formales a los que fui incapaz de amar, salvo al último (que más bien fue enculamiento) que terminó por mandarme a la mierda cuando se hartó de mí.

Desde entonces amaba la soledad, pero seguía extrañando una buena compañía o, al menos, una amistad sincera que me hiciera sentir viva.

Y conocí a Livia… y mi proclividad a la soledad se esfumó, pues amaba su compañía.

Como dije, aunque ella era perfecta, su mayor defecto era el inmaduro de su “princesito” que me aborrecía por considerarme una mala influencia para su novia. El muy cabrón no podía obviar que a mi lado estaba más segura que con él: yo le brindaba la posibilidad de volar, mientras que él sólo le ofrecía los pequeños confines de una jaula gris donde la tenía confinada.  

En bastantes ocasiones la había encontrado llorando en los baños de mujeres de nuestra área, y aunque algunas veces las culpables eran su madre y sus tías, la mayor parte del tiempo era Jorge.

Por eso decreté que si el Zanahorio no cambiaba su actitud machista hacia mi amiga (y la hostilidad hacia conmigo) no me quedaría más remedio que intervenir para rescatarla de sus garras, esas que la estaban llevando a la mediocridad.

—Ya basta de hablar tanto de esa tal Livia —me había dicho Xavier (ese ex novio infiel con el que solía quedar de vez en cuando, sobre todo cuando mi vagina ardía y me exigía una polla dentro) la noche anterior mientras volvíamos a follar en mi apartamento—, hablas tanto de la tal “Livia” que hasta parece que estuvieras enamorada de ella.

Su comentario me supuso una impresión bastante fuerte que me sacó de quicio.

—¡Cállate, pendejo! —lo abofeteé mientras me tenía ensartada con mi espalda pegada a la pared. La sensación de sentir mi espalda apoyada sobre un áspero muro mientras un macho como Xavier me follaba era algo apoteósico—. ¡No vuelvas a decirlo nunca! —le grité, al tiempo que él me cogía del cuello y me lo apretaba fuerte, con odio y placer, mientras me embestía y yo rodeaba su torso con mis piernas quedando colgada de su cuello—. ¡Jamás vuelvaaa…s a… decirl…o, pendejo!

La voz se me atoró en la garganta por la presión que Xavier ejercía sobre mi cuello. De no ser porque estaba acostumbrada a que me violentara con esa parafilia suya de hipoxifilia, habría creído que intentaba asfixiarme.

—¡Suéltame, cerdo! —le escupí cuando apretó más, sintiendo arcadas.

Le rasguñé la espalda mientras su mano izquierda me seguía apretando: sus caderas continuaron envistiéndome, y yo me convertí en un péndulo humano que se meneaba hacia adelante y hacia atrás en tanto el salvaje ese me reventaba. Mi orgasmo se estaba formando dentro de mi vientre, como un poderoso fuego que parecía estar traspasándome la piel.

—¡La amas, guarra! —me recriminó Xavier soltándome del cuello y cogiéndome del pelo para jalarme la cabeza hacia atrás—. ¡Pero también te amas mis pollazos, zorra degenerada!

Patalee de odio y placer, pero me fue imposible no continuar colgada en su cuello mientras me penetraba hasta que ambos nos corrimos en dos potentes orgasmos.

Y ahora allí estaba yo, de pie en el umbral de la cafetería, desde donde pude observar cómo Livia y su princesito esperaban sus bandejas. Ah, sí, porque el Zanahorio hasta eso me había quitado ese jueves (que eran los días que Livia comía conmigo). Me la había robado porque decía… que quería hablar algo muy serio con ella. Livia me pidió que no me molestara, y aunque fingí no hacerlo, la verdad es que estaba ardiendo de cólera por dentro.

Saludé a mi amiga con la mano, fingiendo una sonrisa inocente, y luego me senté en una mesa contigua, sabiendo que esta acción molestaría a su novio. Al poco rato la mesera les llevó dos platos con pollo dorado y yo aproveché para ponerme los auriculares, para simular estar escuchando música cuando mi verdadera intención era oír la conversación de esos dos.

Miré hacia su mesa de soslayo y vi que Jorge tenía una cara de funeral. ¿Se habría enterado ya sobre lo que había ocurrido entre de Livia y Valentino? Por la forma en que ella sonreía supuse que no.

 Volví la vista hasta mi teléfono simulando mirar mis redes sociales, mientras pensaba que Livia era demasiado para él. De hecho… Livia  era demasiado para todos… incluso para mí. Pero el peor de todos era él… Jorge Soto. Su verdugo y opresor.

—Ahora sí, Livia  —dijo Jorge en un susurro casi inaudible—, anoche descubrí algo… que quiero que me aclares ahora mismo. Y sin mentir.  

Suspiré hondo imaginando lo que se venía.

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