MOISÉS ESTÉVEZ

Miranda renegaba de aquella realidad que le había tocado vivir, una
realidad jodida, sucia, asfixiante… realidad que se ensañaba con ella cada día,
sin embargo, había llegado a un punto en el que no es que negara esa puta
realidad, es que le importaba una mierda – qué les jodan a todos – pensaba.
Iría a lo suyo, como la mayoría de la gente que habitaban el planeta,
que además de ir a lo suyo, la trataban con la punta del pie, empezando por el
supervisor del súper en el que trabajaba durante jornadas interminables, y
terminando por uno que decía ser su padre.
Hoy le tocaba trabajar, hoy, qué ironía, como casi todos los días, diez
horas, aguantando a aquellas pseudopersonas egoístas y embusteras, por
menos de mil euros al mes – en esta mierda de trabajo no me pienso jubilar, o
sí, quién sabe – como estaba el mercado no tenía muchas esperanzas, a no ser
que le tocara la lotería, por cierto, una lotería que nunca echaba, o atracara un
puto banco – pues mira, no es mala idea. Se lo diré a la Desi y a la Vane a ver
que dicen

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