ANA MADRIGAL

CAPÍTULO PRIMERO

Cuando Margarita bajó del autobús, se vio sorprendida por un golpe de calor que casi la hizo retroceder después del frescor que, a causa del aire acondicionado, se respiraba en el interior del vehículo. Esperó a que el semáforo le diese permiso antes de cruzar la avenida y dirigirse a la calle en la que se encontraba la guardería de su hijo. Estaba cansada tras la larga jornada laboral. El peso de la bolsa con las naranjas y la barra de pan no contribuían a disminuir su fatiga; mas ello no impedía que su paso juvenil fuese ágil y apresurado, que anduviera casi corriendo.

Al alcanzar la acera que la conducía a la escuela infantil, subió el escalón casi de un salto y se torció levemente el tobillo izquierdo. Tras detenerse un instante para recuperar el aliento, se inclinó y se dio un pequeño masaje en el pie dolorido. En ese momento, las vio. Pese a los más de quince años transcurridos, no tuvo ninguna duda: se trataba de ellas. Allí estaban, a pocos metros, frente al escaparate de una tienda de artículos deportivos, hablando con otras chicas que Margarita no conocía. Su corazón se aceleró al momento; cada latido golpeaba con fuerza en su pecho. Un zumbido semejante a un enjambre de abejas le susurraba al oído; las manos le temblaban ligeramente y le pareció que se le llenaba la boca de tierra. Los labios le escocían, tan tirantes estaban. Se cubrió el rostro con la melena para, así, esconderse de ellas. Si hacía algún movimiento brusco, podía llamar la atención de las jóvenes y, si tal cosa sucedía, se podía dar por perdida. Tenía que encontrar con rapidez la forma de esquivarlas; pensar con lucidez antes de que el pánico se apoderase de ella. Pero sus pensamientos, volátiles, se le escapaban antes de hacerse con ellos.

Tras inacabables segundos en cuclillas, Margarita se incorporó. Lo mejor sería darse la vuelta despacio, caminar en la dirección opuesta y rodear la manzana, aunque ello la retrasase un cuarto de hora. Tal vez las cuidadoras la recriminaran por la tardanza, pero aguardarían su llegada. Al comenzar a caminar, un fuerte dolor en el tobillo atravesó su cerebro como un relámpago que parte en dos el firmamento en una noche de tormenta. El pánico perló su frente de sudor frío: lo peor que le podía suceder en aquel momento era que la vieran cojear. Respiró hondo y cambió de mano la bolsa con las compras que, en aquel momento, había doblado su peso. Con caminar lento y no muy seguro, comenzó a recorrer los doscientos cincuenta metros que tenia por delante hasta la siguiente calle, alargando poco a poco la distancia que la separaba de las dos jóvenes. Tuvo que dominar el impulso de volver la cabeza para comprobar si la seguían. Se acercó a la pared del edificio para, así, andar con mayor estabilidad. El miedo se convirtió en una bola que le obstruyó la garganta. Al fin, una señora que paseaba un labrador canela se ofreció a acompañarla hasta su destino y llevarle la pesada bolsa. Le dio el brazo y, apenas unos minutos más tarde, la dejó, sin ningún percance, en la puerta de la guardería. Después de darle las gracias y despedirse de ella, respiró hondo, mientras cruzaba la puerta y se dirigía a la sala de juegos donde la esperaba su hijo.

Había logrado burlarlas.

II

Margarita tenía catorce años cuando llegó al instituto, aunque no aparentaba más de diez. Era, entonces, de baja estatura y de aspecto menudo: una niña insignificante. La ropa colgaba de su cuerpo sin gracia debido a la delgadez de su cuerpo todavía infantil, y unos correctores dentales afeaban su sonrisa. Estaba predestinada a pasar inadvertida en un aula de veinticuatro alumnos, y así hubiese sido de no ser porque la fatalidad hizo que se cruzase con ellas. Tal vez si no hubiera sido tan tímida; tal vez si su miedo a aquella clase para ella desconocida no la hubiese hecho titubear cuando los profesores se dirigían a ella; tal vez, digo, si no hubiese sido tan semejante a un ratoncillo asustado; tal vez, Amparo y Pilar, las chicas más populares de la clase, no hubiesen reparado en su presencia. Pero no fue así. Se fijaron en Margarita e hicieron de ella el blanco de sus burlas.

—¡Ratona, Ratona!

No llevaba ni un mes en el instituto y ya la tenían atemorizada. La seguían a la salida de clase, a través del Paseo de los Suspiros, por la calle del Camino Viejo, y cruzaban tras ella la avenida Central. Entre risas burlonas, aquel nombre infamante se repetía una y otra vez.

 —¡Ratona, Ratona!

Al principio en susurros. Se acercaban hasta rozarle la coleta y le musitaban al oído.

—¡Ratona, Ratona!

A Margarita, al oírlas, notaba cómo le crecían las orejas y se le afilaba el hocico, cómo arrastraba una cola larga y delgada. Cómo atraía las miradas de los viandantes que se cruzaban con ella.

—¡Ratona, Ratona! —exclamaba Amparo.

A Margarita se le encogía el alma hasta tornarse en un animalillo asustado.

—¡Ratona, Ratona!

Una señora con un moño cardado volvía la cabeza sobresaltada por las estridentes carcajadas de las adolescentes.

—¡Ratona, Ratona! —respondía Pilar.

Las voces se elevaban más y más hasta convertirse en un grito. Parloteo de urracas, eso eran para la aterrorizada Margarita.

—¡Ratona, Ratona!

Cuanto más crecía la cadencia de voces, mayor era el terror de la niña.

—¡Ratona, Ratona!

Pasado un tiempo, empezaron a amenazarla con hacer público aquel terrible sobrenombre si no hacía cuanto le pedían. Y tales peticiones no siempre eran fáciles de satisfacer. La mayoría de las veces, exigían que les entregase el dinero que le daba su madre para la comida; otras la obligaban a que les hiciese las tareas escolares, que les permitiera copiar las respuestas a las cuestiones de los exámenes. O que entonase a voz en grito canciones inventadas por ellas en las que se repetía una y otra vez el infamante apodo.

—¡Ratona, Ratona!

Tales peticiones la mantenían vigilante en cada segundo de la jornada escolar, sin concederle un instante de reposo. Sin embargo, nada comparable al momento en que se dieron cuenta de que la hacían llorar si ridiculizaban su forma de vestir. Poco importaba lo que se pusiera. Cada mañana pasaba una hora entera ante el armario abierto desechando una prenda tras otra hasta elegir aquella que creía acorde con los gustos de sus acosadoras. Mas siempre acababa disfrazada de una desconocida estrambótica con una falda larga color verde, botas de militar y boina de lana roja, que provocaban una mirada de escepticismo en su madre y, lo que era más terrible, las burlas de Amparo y Pilar.

—¡Ratona adefesio!

Para entonces, ya no era sólo Ratona, sino Ratona Llorona.

—¡Ratona Llorona! —le gritaban entre empujones y zancadillas.

Y las exigencias se tornaban más y más osadas.

—Cincuenta euros o escribiremos tu nombre en la pizarra de la clase de matemáticas. ¡Ratona!, ¡Ratona Llorona! Cincuenta euros o te sacaremos en Facebook.

Al principio les entregaba la paga que le daba su padre los domingos. Luego, cogía el dinero de la caja donde guardaba sus ahorros para comprar una bicicleta nueva. Mas nunca era suficiente.

—Ratona Llorona, ¿sólo nos has traído esto? Te la estás buscando.

Cada tarde, al llegar del instituto, Margarita se colaba en el dormitorio grande. Contemplaba fascinada el cajón de la cómoda donde su madre guardaba el dinero de la compra y su padre dejaba, a principios de mes, una cantidad para gastos imprevistos. El cajón exhibía una llave diminuta de la que colgaba un cordón amarillo; una llave diminuta que la tentaba cada vez que recordaba la mirada oscura de sus perseguidoras. Si cogía un billete, sólo uno, ¿quién se percataría de ello?

—¡Ratona, Ratona! ¡Ratona Llorona!

¿Engañaría a su madre?, ¿se atrevería a traicionar a su padre?

 —¡Ratona, Ratona! ¡Ratona Llorona!

Tomaba la pequeña llave y la dejaba sobre la palma de la mano, absorta en los destellos luminosos que despedía al incidir sobre ella los rayos del sol que entraban por la ventana. ¿Osaría introducirla en la cerradura?

—¡Ratona, Ratona! ¡Ratona Llorona!

Durante días, Margarita se debatió entre la posibilidad de abusar de la confianza de sus seres queridos y provocar la ira de Pilar y Amparo.

—¡Ratona, Ratona! ¡Ratona Llorona!

Un sábado por la mañana se le presentó la ocasión propicia.

—Margarita  —le dijo su padre —, tu madre y yo vamos a ir a visitar a la abuela Rosa, ¿te gustaría venir con nosotros?

El corazón le dio un vuelco en el pecho. Si se quedaba sola en casa, podría coger el dinero sin que nadie la viese. Las facciones de su padre, tan ratoniles como las suyas, se afilaron y, por un instante, se figuró que le leía el pensamiento. No, ella no era una ladrona y nunca había engañado a sus padres. El corazón latió aún con más premura. Mas, si cogía un billete, sólo uno, ¿quién se iba a enterar? Lo podía devolver al mes siguiente con lo que le diese la tía Marisa por su cumpleaños. Eso no era robar. Aquella sería, probablemente, la única oportunidad que se le presentaría para coger el dinero y librarse de las burlas de Amparo y Pilar. Las manos le sudaban al verse en la imaginación cometiendo tal atrocidad. No, ella nunca engañaría a sus padres.

—¿Vienes? —le preguntó su madre mientras se calzaba unos guantes de lana.

No, ella nunca robaría a su familia. Iría con sus padres a visitar a la abuela y se alejaría de la tentación de convertirse en Ratona Ladrona.

—El lunes tengo examen de lengua y todavía no me lo sé bien. Voy muy atrasada —se oyó decir antes de darse tiempo en pensar en las palabras que salían de sus labios.

Mintió. Ni tenía ningún examen ni iba retrasada. Mintió a su madre por primera vez en su vida. Su cara se encendió como una bombilla, pero volvió a mentir.

—No puedo ir con vosotros. El lunes nos han puesto examen de lengua y tengo mucho que estudiar.

Su madre, confiada, la besó en la frente y salió de casa detrás de su marido.

Cuando Margarita se vio sola en casa, se le vaciaron los pulmones. Tuvo que asirse al paragüero del vestíbulo para no caer desvanecida. Tan pronto recuperó el sosiego, se dirigió al dormitorio de sus padres. La cinta amarilla, invitadora, colgaba de la llave en la cerradura del cajón. El primer paso no sería difícil de dar. Ya tenía práctica. Acercó la mano al lazo, pero, antes de hacerse con la llave, un estruendo la obligó a retroceder. El corazón, palpitante, cogió velocidad. Salió despavorida hacia el pasillo y se escondió en su habitación. Con la oreja pegada a la puerta, trató de escuchar los sonidos sordos de la casa, mas sólo pudo oír los golpes de su corazón sobre el pecho. ¡Pum, pum!, ¡pum, pum! ¿Habría sido su imaginación la que la había asustado? Abrió despacio la puerta y volvió a escuchar con atención. Cerró los ojos para que nada la distrajera. A su oído avizor le llegó el monótono goteo del grifo de la cocina. Dio tres pasos hacia el dormitorio de sus padres. Volvió la vista hacia su cuarto: sobre la mesa, abierto, el libro de inglés. ¿Qué camino tomar?, ¿el de la Margarita de siempre, niña buena y aplicada?, ¿el de la cómplice de Amparo y Pilar, ladrona y mentirosa? La evocación de sus perseguidoras la espoleó. Corrió hacia el dormitorio de sus padres y cerró la puerta con un golpe seco. En un instante, se plantó ante la cómoda y, sin pensárselo abrió el cajón. Antes de ver nada, la asaltó el perfume a jazmín que desprendía el pañuelo azul celeste. Por un momento, creyó ver a su madre frente al armario, vigilando. Retrocedió unos pasos, pero la visión del dinero le hizo recordar su propósito. Allí estaban los billetes nuevos y crujientes que traía su padre cada mes del banco: tres montones ordenados con esmero. Un escalofrío le recorrió la médula. Un solo billete. Sólo necesitaba uno; uno solo, del montón de la derecha. Lo podría coger prestado. Eso no era robar. Más tarde seguro que se le ocurriría el modo de reponerlo. El reloj del salón cantó con contundencia la hora: las doce y media. Debía apresurarse o sus padres llegarían y la sorprenderían in fraganti. Antes de darse cuenta de lo que hacía, alargó los dedos, que, cual pinzas, atraparon de golpe dos billetes de cincuenta euros. Sin mirar hacia atrás, corrió a su habitación y cerró la puerta con llave.

El lunes siguiente, fue ella la que esperó a sus perseguidoras a la puerta del instituto. A las ocho menos cuarto de la mañana ya estaba aguardando en la acera, a pesar de que la primera clase no daba comienzo hasta las nueve. Durante más de una hora, se debatió entre el miedo a un próximo encuentro y la esperanza de librarse para siempre del horrible apodo. Se palpaba una y otra vez el bolsillo del pantalón para comprobar que no había olvidado el dinero, que no lo había perdido. A cada minuto, se volvía sobresaltada porque creía haber oído los conocidos pasos de Amparo y Pilar. Una ráfaga de viento, risotadas de alumnos del instituto, el vuelo repentino de un gorrión le causaban un sobresalto. Respiraba con alivio cuando comprobaba que se había equivocado, para a continuación invadirla la decepción: cuanto antes aparecieran, antes se vería libre de aquella tortura. Raúl, el chico más guapo de la clase, pasó por delante de Margarita con la nariz pegada al móvil. Levantó la cabeza, la miró y sonrió de medio lado. ¿Habría llegado demasiado tarde? Teresa, de primero C, la repasó de arriba abajo con sus ojos puntiagudos. ¿Habrían publicado su foto en Facebook etiquetada con aquellas horribles palabras? ¡Ratona, Ratona Llorona! ¿Se habrían atrevido a tanto Amparo y Pilar?

—¡Ratona! ¡Ratona Llorona! —oyó a sus espaldas.

Sin saludarlas siquiera, extendió la mano hacia ellas con los dos billetes de cincuenta euros.

—¿Qué es esto? —preguntó desabrida Pilar.

—Vuestro dinero —tartamudeó la Ratona: los ojos más espantados que nunca, el hocico afilado y los dientes salientes.

—¿Sólo nos traes esta porquería? ¿Te crees que con esta miseria te puedes librar de tu destino? —le gritó Amparo—. Con esto no te libras de aparecer en Facebook.

—¡Pero si me pedisteis cincuenta euros y os he traído cien…! —lloriqueó Margarita.

—Pues que sean otros cien —respondieron las malvadas al unísono.

Un día cien, otro, ciento veinte, otro, ciento treinta… ¿Cuántos euros eran precisos para detener aquella tortura? No había dinero suficiente en el mundo. Por las mañanas, a la hora de comer, entre clase y clase. Bastaba un minuto para correr y abrir la aplicación de Facebook de su teléfono, del ordenador de su padre.

Y, mientras tanto:

—¡Ratona, Ratona! ¡Ratona Llorona!

Y del cajón de la cómoda de sus padres, colgaba la pequeña llave con el lazo amarillo para tentarla.

Con el paso de las semanas, aprendió a acallar la voz de la conciencia. Ya no le causaba tanto horror apropiarse del dinero de la cómoda: un billete hoy, otro mañana. Cualquier cosa era preferible a exponerse a las burlas de Amparo y Pilar. Mas, por mucho que cogiera, nunca era suficiente.

—¡Ratona, Ratona! ¡Ratona Llorona!

El infamante apodo corrió de clase en clase y pronto se hizo público en todo el instituto. Mediado el curso, no había nadie que no conociera aquel apelativo.

—¡Ratona!, ¡Ratona Llorona!

En cuanto sonaba el timbre que anunciaba la hora de la salida del instituto, Margarita escapaba de la clase a toda la velocidad que le permitían sus piernas, sin volver la vista atrás ni detenerse a respirar hasta que llegaba a casa y se encerraba en su habitación. Mas tampoco en su refugio hallaba sosiego. Desde el otro lado de la puerta, le llegaban las voces de sus padres.

—¿En qué te gastas el dinero? —preguntaba furioso su padre— ¡Traje ayer quinientos euros y no quedan más que cincuenta!

—¿Quinientos euros? No he visto yo quinientos euros juntos desde hace meses —replicaba airada su madre.

Los reproches de su padre subían de volumen más y más.

 —¿Que no los has visto? Tú, que te los gastas sabe Dios con quién. Me mato con el camión y tú te gastas mi dinero.

Margarita se arrojaba en la cama y se cubría la cabeza con la almohada en un inútil intento de acallar los gritos de sus padres, los gritos de su conciencia. Una y otra vez se prometía a sí misma no volver a coger ni un céntimo del cajón de la cómoda de sus padres; una y otra vez sus buenos propósitos se desvanecían con la llegada de un wasap.

—¡Ratona, Ratona! ¡Ratona Llorona!

Con una llamada telefónica de Pilar o Amparo.

—¡Ratona, Ratona! ¡Ratona Llorona!

Ya no encontraba consuelo en ninguna parte.

—¡Ratona, Ratona! ¡Ratona Llorona!

Margarita caminaba entre las sombras del patio del instituto, se ocultaba en los baños, en el laboratorio de química, en el vestuario del gimnasio.

—¡Ratona!, ¡Ratona Llorona!

Mas toda huida era imposible.

—¡Ratona!, ¡Ratona Llorona!

Los chicos de su clase, los de segundo, los del tercer curso, los del último…

—¡Ratona!, ¡Ratona Llorona!

Una mirada de soslayo de un desconocido en el supermercado, la sonrisa irónica del médico del ambulatorio, una cabeza que se giraba al doblar una esquina…

—¡Ratona!, ¡Ratona Llorona!

El asedio de Amparo y Pilar arreció.

—¡Ratona, Ratona! si no quieres verte en Facebook, tienes que traernos quinientos euros. En tus manos está detener todo esto.

Quinientos euros, seiscientos, setecientos… Acudía cada vez con más frecuencia al cajón de la llave con la cinta amarilla. El miedo a no encontrar suficiente dinero le atenazada la garganta; el temor a ser descubierta por sus padres le oprimía el corazón. Ya no se detenía a contar los billetes del montón, atrapaba un puñado y, hecho una bola arrugada, se los entregaba a sus torturadoras. Mas nunca había suficiente.

—¡Ratona, Ratona! ¡Ratona Llorona!

A principios de la primavera, comenzó a perder el control en casa.

—¿Se puede saber qué te ocurre? —le preguntó su madre una tarde que rompió a llorar sin motivo aparente.

—¡Vete a tu habitación! —le ordenó su padre en otra ocasión en la que Margarita se dejó llevar por la ira y descargó en su hermano pequeño toda la tensión contenida en el instituto.

Los castigos suponían para Margarita una bendición. Refugiada entre sus juguetes de niña, desaparecían los temores.

Los días pasaban y Margarita estaba más y más asustada.

No comía. Permanecía con la vista perdida en el plato, escarbando entre la carne con el tenedor. Adelgazaba de día en día. La ropa le sobraba por todas partes. Su cara se le afiló aún más. Sólo eran visibles los ojos saltones y sus dientes. Cada día más semejante a un roedor.

—¡Ratona!, ¡Ratona Llorona!

Apenas dormía y, cuando lograba conciliar el sueño, se veía convertida en un ratón perseguido por cientos de gatos gigantescos y obesos.

Dejó de acudir a clase para no encontrarse a sus acosadoras. Esperaba el paso de las horas escondida en algún rincón del parque y, poco antes de la hora de salida del instituto, se dirigía a casa fingiendo que regresaba de su jornada escolar. Mas, ni aun así, lograba escapar de las burlas de Amparo y Pilar: siempre se las arreglaban para encontrarla.

Y, a pesar de los cambios repentinos de humor, de la misteriosa desaparición del dinero, de la ostensible bajada de los resultados escolares de Margarita, sus padres aún tardaron en percatarse de que algo iba mal.

—Es la rebeldía propia de la adolescencia —justificó su padre quitándole importancia un día en que la madre insinuó que encontraba a Margarita muy cambiada.

—No sé, no sé. Está cada vez más triste, no come, apenas habla y, a la menor, rompe a llorar —respondió su esposa no muy convencida.

—Seguro que le gusta algún chico que no le hace caso o ha reñido con una amiga.

Pero la madre no se contentaba con tales explicaciones. Intentó hablar con Margarita, persuadirla para que le contase lo que le ocurría; mas sólo consiguió que le rehuyese la mirada. De nada le valieron los mimos, los enfados; que la invitase a comer, que la llevase de compras.

—Mamá, tú ves visiones.

¿Cómo contarle que se había convertido en Ratona, Ratona Llorona? Le causaba espanto sólo pensar que su madre averiguase el infamante apodo. ¿Sería posible que su madre querida empezara a ver en ella un repugnante roedor? Se le salía el corazón por la boca de sólo imaginarlo.

—¡Ratona, Ratona! ¡Ratona Llorona!

Mas ¡qué alivio poder volver a la infancia!: posar la cabeza en el regazo de su madre y llorar mientras recibía sus consoladoras caricias.

Las semanas pasaban y el acoso crecía más y más ante la ignorancia o indiferencia de los profesores. Sólo unos pocos alumnos se negaban a participar en el acoso. No obstante, tampoco se atrevían a alzar la voz en su defensa: por miedo a verse transformados en ratón de larga cola, se fingían ciegos y sordos cuando alguien se burlaba de Margarita.

No faltaban más que dos semanas para que comenzasen los exámenes finales. Margarita se encontraba en su habitación sentada en el escritorio con la vista puesta en la pantalla del ordenador, en busca de un post en Facebook con su apodo y un ojo, en el montón de folios con las tareas escolares por hacer de Amparo y Pilar. Desde el pasillo, le llegaban las cada vez más estridentes voces de sus padres a causa del dinero que entraba y salía de casa; los lloros de su hermano pequeño. Escondido en el puño, Margarita apretaba el pedazo de papel que había encontrado aquella mañana en su taquilla. «Si no quieres recibir lo que te mereces, tráenos 3500 € esta tarde. Te esperamos a las 7 en la esquina de la calle Altea con Denia. Si no apareces y nos entregas el tributo completo, a las 8 publicaremos tu foto en Facebook y todo el mundo conocerá tu verdadero nombre: Ratona, Ratona Llorona». Desde las cinco de la tarde, había pasado el tiempo contando las horas, los minutos y los segundos que restaban hasta momento de la cita. ¿De dónde iba a sacar tantísimo dinero? El día anterior ya había diezmado el cajón del dormitorio de sus padres y le constaba que no quedaban apenas unos billetes de veinte euros. La campanilla del wasap la sobresaltó. «3500 € a las 7 o tu vida se convertirá en un infierno. Ratona, Ratona Llorona». Desvió la vista a la pantalla del ordenador y creyó ver un nuevo post en el Facebook de Amparo con una fotografía suya y el infamante apodo en gigantescas mayúsculas: ¡Ratona, Ratona! ¡Ratona Llorona! Sin pensárselo, salió de la habitación y, en dos zancadas, se plantó en el umbral del dormitorio de sus padres. Con la mano ya en el pomo de la puerta, oyó a su madre a su espalda.

—¿Qué haces ahí?, ¿no estabas haciendo los deberes?

—El estómago me hace gorgoritos y me iba a preparar una merienda.

Su madre le dirigió una mirada incrédula.

—Pero la cocina está en el otro lado del pasillo. ¿Qué hacías en la puerta de mi cuarto?

—¿Quieres que prepare para las dos un café con las pastitas que trajo la abuela el domingo? —preguntó a la desesperada mientras rezaba para que no aceptara una invitación que la obligara a demorarse y llegar tarde a la cita con Amparo y Pilar.

—Tú me ocultas algo —la amonestó su madre con el dedo índice rígido como un Pantocrátor severo—. ¿No serás tú la que andas cogiendo el dinero del cajón? Tú no harías una cosa así, ¿verdad, mi niña?

El reloj del salón dio las seis y cuarto. A su madre no le pasó inadvertido el respingo de Margarita.

—¿Qué es lo que está pasando?

Pero Margarita era incapaz de pronunciar palabra alguna. Su mente le daba vueltas y más vueltas: tenía que encontrar un modo de escapar de la vigilancia materna, coger el dinero y llevárselo a sus perseguidoras antes de las siete. Debía correr. El tiempo pasaba y, si se retrasaba un segundo tan sólo, se podía dar por perdida.

—¿Qué es lo que está pasando?, ¿qué hacías en la puerta de mi cuarto, Margarita?

Al final del corredor, los visillos se balanceaban con la brisa que entraba por la ventana. Margarita contemplaba hipnotizada el juego de la tela con el viento. Su madre continuaba con sus preguntas, pero ella no la oía sino de lejos. Tenía que apresurarse, despistarla y coger el dinero. Cogerlo como fuera, deprisa, deprisa; sin que la viese su madre o estaría perdida.

—No pasa nada, mamá. —La angustia de su voz desmentía la tranquilidad que quería transmitir con sus palabras —. De verdad que no pasa nada. Es sólo que he quedado con una amiga a las siete y me iba a poner unas gotitas de tu colonia.

—No me mientas, Margarita, no me mientas; que me acabas de decir que ibas a prepararte la merienda.

El aldabonazo del reloj la hizo estremecer. Las seis y media: ya no llegaría a tiempo. Como si quisieran afirmar sus pensamientos, la brisa que entraba por la ventana alzó el visillo hasta el techo. El viento le susurró al oído:

—¡Ratona, Ratona! ¡Ratona Llorona!

En su mente, se representaron las palabras infamantes repetidas cientos de veces por las redes sociales. Miles de carcajadas coreaban burlas. Millones de personas la contemplaban mientras le crecían el hocico, las orejas y el rabo hasta convertirse en un espeluznante roedor.

—Respóndeme, Margarita.

Y el viento llevaba el horrible apodo por todos los rincones del mundo.

—¡Ratona, Ratona! ¡Ratona Llorona!

Su padre, al oír las voces, salió del salón.

—¿Qué está pasando aquí?

Ya no habría ningún lugar seguro para Margarita. El reloj del salón anunció las seis y media, las siete menos cuarto, las siete en punto. El viento seguía jugando con los visillos y repitiendo una y otra vez las horrendas palabras.

—¡Ratona, Ratona! ¡Ratona Llorona!

La ventana abierta la invitaba a poner fin a toda aquella tortura.

Nunca supo cómo sucedió. Actuó sin que interviniera su voluntad. Se vio corriendo hacia la luz de la calle. La luz era más y más intensa; más y más invitadora. Detrás de ella, las voces de sus padres; en la esquina de la calle Altea con Denia, Pilar y Amparo la esperaban impacientes, rabiosas, quién sabe si tecleando en sus móviles su nombre, subiendo en Facebook el infamante apodo.

—¡Ratona, Ratona! ¡Ratona Llorona!

La brisa entraba por la ventana abierta y jugaba con el visillo. Entre susurros la llamaba. Margarita se contemplaba corriendo hacia la luz exterior, como si se viese desde algún lugar fuera de sí misma. Corría y corría hacia la luz. Huía de sus padres, de Amparo, de Pilar, de los alumnos del instituto, de los profesores indiferentes. De Ratona. De Ratona, Ratona Llorona. Al otro lado de la ventana, la esperaba la libertad. Un intento más. Ya no restaban más que unos pasos. El último intento. Un salto. Un salto al vacío. Un salto y la oscuridad.

—¡Ratona, Ratona! ¡Ratona Llorona!

III

Margarita no salió de la guardería hasta una hora más tarde. La noche oscurecía la acera y apenas se oía el trasiego de la circulación a lo lejos, en la gran avenida. Había colgado la bolsa de las naranjas en la sillita de su bebé, que dormía con la cabeza inclinada a un lado. En otro momento, Margarita lo hubiese contemplado con ternura y le hubiera alzado la carita para regalarle con una caricia. Pero aquella noche sus pensamientos la mantenían alerta y alejada de su hijo. Cerró los ojos un segundo en un vano intento de ahuyentar los recuerdos. Miró a un lado de la calle; luego, al otro. A la derecha. A la izquierda. A la derecha, otra vez. No vio más que al músico que interpretaba, frente a la librería, El verano porteño de Piazzola con un desvencijado acordeón y prodigiosa destreza. Desde la puerta de la guardería se avistaba el edificio donde vivía Margarita. Apenas unos metros que, de no ser por el miedo, no le hubiese costado salvar más allá de unos minutos. Paseó la vista por la calle sin hallar rastro de Amparo y Pilar; no obstante, no acababa de fiarse. Una ráfaga de viento agitó las ramas del olmo que se erguía en la acera. El murmullo de las hojas la hizo estremecer. Retrocedió unos pasos. El tobillo inseguro volvió a torcerse. Un aullido de dolor despertó a su hijo que, sin comprender lo que sucedía, arrugó el gesto en un puchero antes de quedarse otra vez dormido. El corazón de Margarita bombeaba a gran velocidad. Notaba la boca seca y le costaba tragar saliva. Volvió la mirada hacia su casa y calibró la distancia. El camino que tenía por delante se extendía kilómetros y kilómetros. Unos pasos más. El dolor del tobillo se intensificó. Por un momento, su imagen proyectada en el escaparate de la librería esbozó la silueta de un ratón de larga cola. Detrás de la farola, se movió una sombra. El corazón bombeaba a la velocidad de la luz. La sombra resultó ser un perro callejero, que se acercó despacio y olisqueó los piececitos del bebé. Entre aliviada y nerviosa, revolvió en el interior del bolso en busca del teléfono móvil. Tardó unos minutos en encontrarlo. Los temblores la sacudían de la cabeza a los pies. El móvil se le cayó de las manos antes de acertar con el número que quería. De nuevo el susurro del viento entre las hojas de los árboles la hicieron estremecer. Había de apresurarse antes de que Amparo y Pilar dieran con ella y husmearan el miedo que la consumía. Abrió la libreta de direcciones y repasó los contactos. No encontró el teléfono que buscaba. Nerviosa, volvió a revisarlos. No estaba. Alguien lo había eliminado. No, no podía ser. Un nuevo repaso. Un sollozo incapaz de reprimir. Miró las últimas llamadas. Allí estaba el número buscado, comprobó eufórica. Cinco tonos de llamada antes de saltar el buzón de voz. El repiqueteo de unos tacones sobre la acera agitó de nuevo su corazón. Volvió a intentarlo. «¡Venga, venga, cógelo!». El viento le trajo las voces de otros tiempos.

—¡Ratona, Ratona! ¡Ratona Llorona!

Se giró sobresaltada. No había nadie. No había sido sino su imaginación. El niño se despertó de nuevo de su sueño y comenzó a llorar reclamando la cena. Margarita lo cogió en brazos y lo acunó para consolarlo, mientras con la mano izquierda volvía a pulsar el número de su marido. Por un momento, se le presentó en la mente. No con la mirada colmada de ternura con la que la enamoró, sino en medio de Pilar y Amparo repitiendo el infamante apodo:

—¡Ratona, Ratona! ¡Ratona Llorona!

A punto estuvo de dejar caer el teléfono sólo de imaginarlo. Espiró hondo para ahuyentar tales pensamientos y marcó una vez más el número. La euforia que le produjo la amada voz de su marido le impidió, por un momento, hablar. Llenó de aire los pulmones y pidió casi en un ruego:

—Cariño, ¿podrías venir a recogernos a la puerta de la guardería? Me he torcido el tobillo y no puedo caminar por el dolor.

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