ALMUTAMID

En medio del sopor no sabía si estaba despierto o soñaba. Había perdido la noción del tiempo pero no la del lugar consciente de estar en la cama de mi residencia. La oscuridad lo envolvía todo pero los olores, las sensaciones y las sombras me ubicaban. Pero no era consciente de que fuera mi última noche en la residencia. Parecía haber viajado en el tiempo y vuelto atrás a mi primer año cuando Óscar se había ido.

¿Soñaba o estaba despierto? Alguien yacía a mi lado. Sentía su piel desnuda y tibia. No podía verla en la oscuridad, pero respiraba con un sueño profundo a mi lado. Sentía su contacto. Pegué mi cuerpo al suyo. Dormida se acomodó. ¿Realmente estaba en la residencia y Claudia y yo seguíamos juntos? ¿Todo lo ocurrido después había sido una pesadilla? No importaba allí estaba y la abracé.

Respondió aun dormida acurrucándose más contra mi cuerpo pegando su culillo contra mi dureza como ella solía hacer. A Claudia siempre le gustaba sentir mi erección entre sus nalgas al amanecer. Le hacía gracia que siempre me despertara empalmado.

La sentía más pequeña pero podía ser por la postura en cucharita. Pero sentía su piel y su pelo en mi cara aunque no veía nada por la oscuridad de la habitación. Besé su hombro y acaricié su vientre. Parecía seguir dormida. No pude evitar acariciar sus pechos. Los notaba menos cónicos, más planos, pero pequeñitos como siempre habían sido. Sentí como sus brazos abrazaban el mío pero para apartarlo sino para pegarlo a su cuerpo como si fuese su peluche.

No sé si se había despertado pero su culo seguía pegado a mi paquete y mi mano en su pecho podía alcanzar uno de sus pezones. Su respiración había cambiado. Ya no era tan profunda. Colé mi otro brazo bajo su cuerpo, en el hueco de la cintura. Tenía de nuevo acceso a su vientre y a sus braguitas de algodón, suaves y ajustadas a su monte de Venus. Su culillo se agitó ligeramente apretándose un poco más. ¡Estaba despertándome junto a Claudia en la residencia! Era real. Su cuerpo se agitaba por mis caricias.

Y ella me deseaba. Abrazaba mi brazo con fuerza mientras mi mano se colaba por sus bragas acariciando su vello púbico hasta encontrarme con sus labios y su humedad. Estaba despierta. Su respiración profunda cuando mi dedo se coló entre sus labios la delataba. Mi chica me estaba esperando. Todo era como siempre. Yo no me iba de la residencia y Claudia estaba conmigo.

No me lo pensé, quería entrar en mi chica y sentirla. Saqué de su pecho la mano que ella abrazaba y me bajé el calzoncillo cuanto pude para liberar mi polla. Aunque torpemente conseguí que pelotas y churra quedaran fuera del elástico. Me pequé de nuevo a Claudia. Ella había echado su mano atrás y comprobaba la dureza de mi nabo tieso. Me acomodé tras ella buscando la forma de apartar su braga. Ella me ayudó. Aunque el elástico de su braga me aprisionaba conseguí colar mi glande entre sus labios.

-Arghhh- jadeó sin que su voz saliera al sentirme.
-Arghhh- un poco más.

Sentía su chocho más estrecho seguramente por la postura.

-Arghhhhhh- la penetré todo lo que pude en esa postura abrazándola mientras su respiración se agitaba.

¿Hay un mejor despertar que haciendo el amor con tu chica? ¿Pero realmente estaba ocurriendo? ¿Soñaba? ¿Despertaría con una mancha en mis calzoncillos? Incapaz de distinguir lo onírico de lo real me dejé arrastrar por mi propio deseo. Me monté sobre su cuerpo al que seguía notando más pequeños. Claudia y yo somos casi de la misma altura pero ahora su cabeza quedaba a la altura de mi hombro.

Con mi peso sobre su cuerpo delgado pude penetrarla mejor. Algo en lo que ella colaboró abriendo las piernas para permitirme colar las mías entre las suyas. Así pude penetrarla con mi pecho pegado a su espalda y mi aliento casi sobre sus orejas. Eran penetraciones profundas pero lentas a las que ella respondía con gemidos ahogados casi silenciosos. Hacíamos el amor en silencio sintiendo nuestros cuerpos. Ella desde la pasividad y yo con una actividad relajada. No era una carrera para llegar al orgasmo era un simple dejarse llevar sintiéndonos.

No sé cuánto tiempo estuvimos así, porque yo pasaba momentos quieto sobre ella sólo sintiendo su cuerpo envolviéndome a la vez que yo la envolvía a ella en una cópula sosegada. Pero sentí como empezaba a clarear fuera aunque sin capacidad aun para iluminar la habitación y menos en la litera de abajo. No sé por qué aceleré las penetraciones sustituyendo el simple movimiento de mis caderas y glúteos por una penetración más viva hasta que sentí como mi chica se estremecía.

-Aghhhhhhhhhhhh. Mmmmmmmmm. Luiiiiiiiiiiis…

¿Esa voz? ¡No era Claudia! ¡Claro! Ni flashback, ni sueño…Ángela se había venido a dormir conmigo mi última noche en la residencia. Y yo acababa de follármela…

Desconcertado me salí de ella dejándome caer boca arriba en la cama con la espalda en el reposacabezas de la litera guardando mi polla en el calzoncillo. Ángela seguía boca abajo pero se pegó a mí y al ver mi postura se encaramó a mi pecho abrazándome por la cintura.

-Mmmmm, Luis. No te esperaba, pero que buen despertar me has dado…-dijo antes de besar mi pecho mientras yo seguía aun sin saber qué decir.

Mi amiga dejaba caer su cara sobre mi pecho regalándome besos muy seguidos aparentando estar muy agradecida. ¿Le decía la verdad y la desengañaba? ¿Merecía la pena? ¿Dejaba que lo interpretara como mi despedida?

Ella seguía besando mi pecho mientras su mano bajó descaradamente por mi abdomen colándose en mi calzoncillo.

-Sigues muy duro, algo tendremos que hacer. ¿Qué es lo que más te gusta?

Con una sequedad impropia para lo que acabábamos de hacer respondí:

-No creo que lo hagas.
-Aprovéchate que sólo quiero complacerte, jiji…
-Ya te imaginarás lo que puede ser…-respondí algo menos seco acariciando su espalda.
-Karina me decía que si le comes la polla a un tío haces con él lo que quieras. Pero no me magina que ella lo practicaba tanto y menos estando conmigo…-comentó con cierta nostalgia.
-A ella le iba la marcha. Por uso dudo que tú lo hagas.
-No creo que sea algo más sucio que un chocho, jajajaja- respondió ayudándose de una mano para bajar mi calzoncillo mientras sacaba mi nabo tieso con la otra pajeándome suavemente.

Yo me destapé levantando el nórdico dejando que la tenue luz que ya entraba por la ventana mostrara mi churra aun brillante por los flujos de Ángela.

-Ahí tienes- dije con desdén.

Ángela me besó los labios estirando el cuello y después observó unos instantes mi polla en su mano diciéndome:

-Pero me tienes que ayudar ¿vale?
-Colócate entre mis piernas- le indiqué.

Angela obedeció poniéndose de rodillas entre mis piernas con sus muslos juntos. Aun llevaba una nalga fuera de la braga tal y como yo la había dejado tras follármela.

-Ahora agárrala con la mano y ponla derecha. Así. Y toca probar…

Con cierto cuidado Ángela acercó su cara a mi nabo acercando la punta de su lengua a mi glande. Llevaba cierta precaución. Pero tras un primer lametazo se relajó:

-Sabe a chocho…
-Al tuyo, jajajaja.
-Verdad, que tonta, jajajaja. Pues está bien…

Repitió varias lamidas y entonces le indiqué:

-Tienes que metértela en la boca. Como un chupachups…

Ángela puso una carilla rara muy graciosa pero terminó metiéndose mi glande completo en la boca provocándome sensaciones de placer que demostré con un:

-Uffff, así…ahora un poquito más…

Ángela pillaba el sentido de mis frases e introducía más adentro mi polla en su boca aunque sólo la mitas aproximadamente. Yo apoyé mi mano en su cabeza para que tragara más hondo. Se le saltaron las lágrimas pero no protesto. Aunque se sacó un instante mi nabo de la boca limpiándose las babas con la mano mientras forzaba una sonrisa:

-¿Qué tal lo hago?
-Vas bien…
-¿Te gusta?

Asentí con la cabeza mientras con mi mano empujaba su cabeza de nuevo para que empezara a mamar de nuevo. Sin soltar su cabeza le indiqué que iniciara un sube y baja chupando con ganas mientras sentía en mi polla su buen hacer. El cosquilleo en mis pelotas era señal de que la mamada funcionaba.

De nuevo sujeté su cabeza con mi polla casi entera clavada hasta su garganta y Ángela aguantó como una campeona aunque en cuanto la solté dejó de chupar para tomar aire. Esta vez no tuve que insistir, fue ella la que volvió a mamar con chupadas intensas e intentando tragar bastante.

-Ufffff, así, así…-la premiaba.

Mi corrida iba a ser inminente. Entonces llevado por un inmenso morbo sujeté de nuevo su cabeza haciendo que mamara profundo. Iba a soltarse pero le rogué que siguiere:

-No pares…sigue…sigue…

Mi amiga se esmeró aunque seguramente no se esperaba mi reacción pues en vez de avisarla como yo solía hacer cuando sentí que ya no había marcha atrás presioné su cabeza haciendo que mi polla se incrustara hasta su garganta en el momento en que empecé a correrme. No fueron muchos chorros ni muy abundantes pues menos de 24 horas antes ya había vaciado mis huevos en la boca de Mamen, pero el efecto fue muy diferente pues Ángela empezó a golpearme la barriga mientras ponía cara de asco. Solté su cabeza y se apartó con prisa poniéndose de pie junto a la cama con arcadas que no llegaba a concretarse en vómitos y su cara muy congestionada.

-¡Joder eres un cerdo!- dijo tras escupir en mi papelera- ¿Por qué no me has avisado?
-Dijiste que querías complacerme y es lo que más placer me da.
-Joder, que asco. Me he tragado tu corrida.
-No creo que te dé más asco que un chocho empapándote la cara cuando te lo comes…

Mi comentario no le debió gustar porque no contestó. Se puso su ropa y se fue sin decir nada más. Quizá se le habían quitado las ganas de estar con un tío.

Yo miré la hora. Se me hacía tarde. Me levanté. Tenía que darme una ducha rápida para quitarme el olor a babas de la polla. Mientras lo hacía sentí una extraña mezcla de culpabilidad y morbo. No era la primera vez que lo experimentaba. Ma había pasado por primera vez cuando Silvia me comió la polla en la calle y se lo solté todo sin preguntar ni despedirme. También cuando le había hecho el primer anal a Claudia, aunque ese sí me dolió después en el alma. Y cuando me follé a Nieves por el culo. El morbo pudo a mi delicadeza habitual. Lo acababa de hacer. Pero con Ángela no me sentía tan culpable. En el fondo le había dado un motivo para odiarme. Mi último amanecer en la residencia no podía haber sido más significativo: nostalgia por Claudia y mal rollo con Ángela por culpa del sexo.

Tras la ducha me vestí ligero. Recogí el neceser y los calzoncillos sucios y me dirigí a la cafetería para llevarme un café en vaso de papel y un par de cruasanes para ir desayunando de camino a la estación. Pero cuando iba por el pasillo me sentí mal por Ángela. No era mi forma de hacer las cosas.

Me fui a su dormitorio pero al llamar a la puerta nadie me abrió. El pestillo estaba echado. Ambas debían haber salido ya. La llamaría por teléfono. Bajé entonces a la cafetería. Estaban allí. Me serví el café y lo azucaré y guardé las dos piezas de bollería en una bolsa. Me acerqué a su mesa. Estaban terminando de desayunar.

-Chicas, ya sí. Me voy corriendo que no llego al tren.

Las dos se levantaron y Sol dijo:

-Te acompañamos.

Ella cogió mi trolley mientras que yo me tomaba el café y uno de los cruasanes. Ángela estaba en silencio. Por el camino Sol hablaba pidiéndome que no me olvidara de ellas y las tuviera al corriente de mi vida. Yo prometía que sí. Cuando terminé el segundo cruasán estábamos entrando por la puerta de la estación, tan cercana a la residencia. Compré el billete con apenas 5 minutos de antelación a la salida y nos dirigimos al andén. Ya allí tenía que subir al vagón, pero tras agradecerle a Sol que me acompañara me dirigí a la taciturna Ángela:

-Perdóname, yo no soy así. No quería que te sintieras mal.

Con pucheros en los ojos Ángela me respondió:

-Eres un hijo de puta como la copa de un pino, pero no se puede evitar quererte…pero he tomado nota de tu lección.

Nos abrazamos como dos amigos mientras Sol me metía prisa pues se iban a cerrar las puertas. Subí al vagón y me senté junto a una ventana mirando hacia el andén donde estaban mis amigas. Ángela lloraba mientras Sol le pasaba el brazo por el hombro. Me habría gustado saber qué hablaban pero me pareció leerle a Ángela en los labios: “Es un cabrón…”.

En el tren me puse a pensar. Mi intención era pasar página, pero no podía borrar de mi memoria todo lo ocurrido en aquellos dos años y medio. Ahora tenía otro reto por delante y cuando terminara llegaba el momento de decidir qué camino tomar y jugarme de verdad mi futuro. Y no estaba pensando sólo en el profesional. Por eso empecé a sentir una mayor sensación de culpabilidad por lo que había hecho con Ángela esa mañana. ¿Esa era la huella que yo quería dejar?

Y eso era lo que me comía la cabeza atravesando un paisaje de montañas abruptas entre dehesas que poco a poco se iba suavizando dominado por olivares que se alineaban perpendiculares a la vía férrea. ¿Qué había quedado de mí en aquella ciudad? ¿Un rompecorazones que anteponía un polvo ante todo? ¿Luisinho la gran estrella del equipo? ¿Un buen estudiante? ¿Un buen amigo? O un cabrón desconsiderado…

¿Podía trasladar mis errores de vida en pareja a mis amistades? ¿Habría sido más feliz si hubiera sido el pardillo que llegó a la residencia? Pero ya no había marcha atrás. Y pese a que ni yo mismo sabía ya como justificar alguno de mis actos siempre había sido una persona con conciencia. Y es que en realidad esa conciencia mía actuaba con la gente que realmente me importaba. Por eso había funcionado con Alba, porque ella era importante para mí. Y sin embargo, había fracasado con personas que no representaban tanto. ¿Y por qué con Ángela? Sólo encontré una respuesta cuando el paisaje de sierra daba paso a las campiñas salteadas de olivares, pinares y campos de cereal: miedo.

Tenía miedo a gustarle a Ángela. Tenía miedo de creerla enamorada de mí. Tenía miedo de que mi plan no salieran. Y sobre todo tenía miedo a darme cuenta de algo que llevaba demasiado tiempo evitando. Tenía pánico de descubrir que Claudia era el pasado y nunca más estaríamos juntos. Y esa verdad es la que me hacía no abrirme a otras posibilidades. Relaciones en las que sólo encontraba el aliciente del sexo y para las que yo era el primero que ponía trabas a algo más. Era una quimera. Vivía aferrado a un recuerdo. De hecho, me daba cuenta de que había idealizado cada segundo que había compartido con Claudia.

Y era un abismo que me aterraba. Durante meses había llenado ese vacío con la esperanza. Mi éxito con las chicas, que yo achacaba precisamente a mi desdén hacia ellas. Al comportarme como si realmente no me interesaran me ganaba sorprendentemente su interés. Descubrir mis cartas de que no buscaba una relación parecía que las picaba a conseguir cambiar mi aparente desinterés. El resultado: acababa follando con alguna.

Pero salvo Mamen, que lo dejó todo muy claro desde el principio todas las demás querían algo más. ¿Qué veían ellas en mí que Claudia ya no veía? ¿Qué transmitía yo a esas chicas para que creyeran que podían tener una relación conmigo y sin embargo la persona a quien yo quería había dejado de percibir en mí eso? No soy tonto. Cometí un error. Pero después de aquello ella había querido volver a estar conmigo. ¿Por qué negaba sus propios sentimientos?

¿Pero por qué yo no salía de ese bucle? ¿Por qué no conseguía pasar página? Porque al final yo era el que insistía en volver una y otra vez al punto de inicio. Ninguna chica me enamoraba como Claudia. ¿O era yo el que ponía trabas? ¿Y si intentaba desprenderme de ese lastre? ¿Y si sacaba a Claudia de mi plan mientras estaba en Bélgica? ¿Lo conseguiría?

La entrada en el túnel que atraviesa la ciudad hasta la estación central de ferrocarril me devolvió a la realidad de que en 24 horas estaría en otro país. Si había superado el trance del abandono de Claudia en verano gracias a mis amigos, esto pasaría también.

Me bajé en la estación y tomé un autobús a casa. Por desgracia era la línea que pasaba frente a la residencia de Claudia. De nuevo mi cabeza daba vueltas. ¿Y sí…? No. Mejor no. En 45 minutos llegué a casa. Mis padres estaban en el trabajo. Mi madre, tan buena siempre y tan diligente me había dejado preparado la mayor parte del equipaje.

Vacié la ropa sucia en su cesto y me puse a comprobar el equipaje preparado y a terminar de cerrarlo. Quería tener tiempo libre por la tarde para ver a mis amigos antes de salir. De hecho, aproveché para avisarlos y confirmar la quedada. Al mediodía comí con mis padres cuando llegaron de trabajar como a las 15:30. Mi madre mostraba su preocupación por la distancia, aunque ya estaba acostumbrada a tenerme lejos.

Por la tarde acudí al lugar donde había quedado con mis amigos. Primero llegó Pablo. Estuvimos un rato solos.

-Luis, te envidio…-me dijo en un momento de la conversación.
-Pues yo te envidio a ti.
-No me jodas. Estoy pillado por los huevos mientras que tú te vas 5 meses de folleteo y fiestas con rubias nórdicas…
-Voy a estudiar.
-Ya. Eso decían todas las erasmus que me follé antes de salir con Leyre.
-Yo no soy una rubia mona.
-Si se te tiran encima. Por experiencia…-me explicaba justo cuando llegó Viqui.

Mi amiga me dio un abrazo y disculpó a Mikel que estaba trabajando. Intentaría escaparse para verme. Estuvimos charlando los tres explicándoles el viaje, la reserva de la residencia y detalles de mi beca. Después llegaron Leyre y Nieves. Me alegré de verlas a las dos. Estuvieron cariñosas pero el tiempo pasaba y yo empezaba a ponerme nervioso. ¿Dónde estaba Alba? Quería verla antes de irme.

No podía irme muy tarde porque me tenía que levantar a las 5 para estar en el aeropuerto a las 6:30 pues el avión salía a las 8:30 y tenía que facturar. Además tenía que cenar con mi madre. Así que desazonado me despedí de mis amigos, que se fueron a sus respectivas casas. Cuando ya estaba llegando a mi casa sonó mi teléfono. Era Alba.

-¿Sí?
-Luis, perdona. Acabo de llegar al bar y ya no estábais.
-Sí, mañana madrugo mucho y ya hemos salido.
-¿Dónde estás?
-Llegando a mi casa.
-Espéramo, quiero verte antes de que te vayas.
-No tengo mucho tiempo- dije disculpándome- me esperan para cenar.
-Normal. Tus padres querrán estar contigo. Dame 5 minutos que llego.

Le pregunté por donde venía para salirle al encuentro.

Al final nos encontramos muy cerca de su casa. Al verme salió corriendo agitando la mano y se me abrazó golpeándome sin querer con su bolso.Me sorprendió su reacción mientras nerviosa me decía:

-Ufff, venía corriendo. Tenía que verte antes de que te fueras.
-Pero si voy a estar sólo unos meses fuera.
-Pero el año pasado estuvimos juntos en Semana Santa y Feria…y…y, pues se me va a hacer muy largo.
-Te lo agradezco mucho. Me hace sentirme bien.

Después le expliqué los detalles del viaje y la estancia como había hecho antes en el bar con los demás mientras mi amiga me preguntaba con una sonrisa en la boca. Pero se me hacía tarde aunque me habría gustado quedarme más tiempo con ella. Mientras hablábamos pude verla bien, con su pelo recogido en una cola, sus mejillas sonrosadas por la carrera y su chaqueta de cuero abierta donde un pañuelo en su cuello semicubría su escote agitado por su respiración.

-Alba, me esperan para cenar…
-Perdona por retenerte. Venga dame un abrazo.

Al hacerlo nuestros rostros se pegaron. Sentía su mejilla acalorada por la prisa pegada a mi cara y como sus brazos se ceñían con fuerza a mi cuerpo. Nos separamos y nos quedamos mirándonos. Era algo que ya había pasado antes. ¿Esperaba que la besara? No niego que me habría encantado besarla. Pero no podía…no debía…este monstruo ya había hecho daño a Ángela aquella mañana. Con una persona era suficiente. Y menos aún a Alba.

No fue fácil evitar buscar sus labios. Y sé que ella buscó los míos. Pero el Luis que maltrató a Ángela no iba a hacerlo con Alba, con la dulce y discreta Alba. ¿Y si la hubiera besado? ¿Significaría que había de verdad algo entre nosotros? Y o no me iba a ir a Lieja con esa mochila y acabar muerto de remordimiento. No. No era el momento.

Entre las malas sensaciones por como me había despedido de Ángela y mis últimos instantes en la residencia. La forma como Alba me había buscado y los nervios lógicos ante la nueva aventura que se me presentaba no pegué ojo en toda la noche. Y eso que dormía en mi cama de toda la vida.

Mis padres me llevaron al aeropuerto a la hora prevista antes de dirigirse a sus respectivos trabajos. Ellos no sabían que en realidad esta despedida sería la última pues mi intención era volver a casa. Pero hasta no asegurarme no lo comunicaría. Sé que mi madre se pondría muy contenta y que quería decepcionarla si al final no era posible mi traslado.

Aunque llevaba todo previsto en cuanto a comunicaciones y dinero mi padre me sorprendió en el aeropuerto entregándome una tarjeta de crédito a mi nombre que había solicitado en su banco.

-No es para caprichos- me dijo al dármela- Úsala sólo en caso de necesidad, pero tu madre y yo estamos más tranquilos sabiendo que estás cubierto en ese sentido.

Se lo agradecí emocionado más por la confianza que depositaban siempre en mí que por el gasto económico. Haría un uso coherente de la tarjeta.

El vuelo se me hizo algo largo. Casi 3 horas y media entre mi ciudad y Bruselas. Desde allí un tren a Leuven y otro ya a Lieja, me dejaron en algo más de una hora en la ciudad donde residiría los próximos meses. Ya en el trasbordo de trenes percibí el primer choque cultural y no era sólo el cielo plomizo con una lluvia tenue pero constante. Cuando en tu billete puedes leer el tren de las 12:31, no cojas el de las 12:29. Gracias a un revisor amable que me habló primero en flamenco y después ante mi incomprensión en un francés con un fuerte acento no acabé en un tren de cercanías que tardaría más del doble en llegar.

La estación de Lieja me sorprendió por su modernidad y su elegante diseño español. Me recordó a algunos edificios de mi ciudad hasta que comprobé que había sido diseñada por el mismo arquitecto. No me imaginaba que aquella estación era uno de los principales nudos de comunicaciones del continente donde llegaban los modernos trenes de alta velocidad que unían Bruselas, Londres y París, y también los trenes locales de velocidad convencional. El ajetreo era sorprendente. Allí tomé un autobús que me llevó al centro de la ciudad. Los edificios modernos del extrarradio donde estaba la estación progresivamente fueron cambiando a las tradicionales casas flamencas estrechas y altas con pronunciados tejados a dos aguas, algo absolutamente necesario en un país donde como estaba comprobando la lluvia era compañera permanente.

Y no hacía especialmente frío para lo que me temía, unos 10º C, que me resultaron agradables teniendo en cuenta que yo había partido de mi ciudad aquella mañana a unos 5ºC. Aunque sería un espejismo como también comprobaría en los días siguientes.

En vez de dirigirme directamente a la residencia en Lieja fui al centro pues en las indicaciones recibidas aparecía que estaba cerca. Pero una vez allí y cargado con un enorme trolley y una mochila me di cuenta de que tendría que haber mirado directamente un autobús a la residencia. Tuve que caminar casi media hora atravesando el río Mosa y una zona de calles peatonales hasta llegar a una avenida que daba acceso a distintas zonas residenciales en adosados que recordaban lejanamente a las casas típicas del centro pero construidas en ladrillo moderno. Así llegué a una manzana que conformaban pequeños bloques de apartamentos.

En una esquina estaba la residencia. Era un edificio de tres plantas, la última abuhardillada en el tejado por la que asomaban ventanas. En la planta baja había dos locales comerciales, una lavandería y una tienda con máquinas dispensadoras de bebidas y snacks. Parecía bien pensado en un lugar habitado por estudiantes.

Llamé a la puerta pero nadie me abría. Salió un chaval de apariencia norteafricana y proveché para entrar. Mientras me cedía el paso le pregunté en francés por la recepción. Me miró extrañado.

-¿Eres residente?
-Sí. Acabo de llegar y ando despistado.

Volvió a entrar conmigo y me indicó una especia de interfono en una pared del pequeño vestíbulo que conducía a una escalera.

-Llama ahí y vendrá la señora.
-Gracias.
-Me llamó Yusef- me dijo tendiendo la mano.
-Yo Luis- respondí estrechándosela.- ¿Vives aquí?
-Sí. Estudio en Lieja aunque soy de Bruselas. ¿Erasmus?
-Sí.
-¿De dónde?
-España.
-Hay otra chica española.
-Así no se me olvidará el idioma.
-Bienvenido. Nos vemos.
-Gracias- me despedí de él.

Me resultó agradable el tío aunque un poco seco hablando. Descubriría que era el carácter propio de aquellos países del norte de Europa aunque su raza fuese magrebí. Llamé a aquel interfono y me contestó una señora que me dijo que esperara unos 15 minutos.

La señora, de edad indeterminada, aunque le eché unos 60 años, entró en la casa con una bata y babuchas pues venía de la casa de al lado. Me dio la bienvenida y allí mismo sacó dos llaves que me entregó. La de la puerta de la calle y la de la puerta de mi habitación. Me explicó los horarios y por fin me invitó a subir las escaleras. La primera planta era la principal de aquella pensión más que residencia. En ella había un amplio salón con varios sofás repartidos sin orden quedando uno de ellos frente a un televisor. En ese momento no había nadie. Era luminoso con grandes ventanales pese a luz tristona que imperaba en el día nublado.

Tras el salón había una cocina con dos grandes neveras y pocos artilugios para cocinar. La señora me explicó que los alumnos comían en la universidad pero que la cena no estaba incluida en el precio. Si quería cenar podía prepararme mi propia comida allí o cenar en un bar que tenían en la misma calle más abajo por 10€ al día. Le contesté que ya me lo pensaría. Me enseñó un pequeño baño junto a la cocina.

Subimos a la 2ª planta donde estaban las habitaciones. Pensé que la mía estaría allí, pero la señora me condujo hasta el final de la planta señalándome los baños. Sólo había uno con 5 lavabos, 3 retretes y 5 duchas. Pensé que sería el baño masculino pues era el que me estaba enseñando. Por ser la hora que era no había apenas nadie en la pensión.

Volvimos a la escalera para subir a la tercera planta. Como el tejado se estrechaba aquí sólo había dos habitaciones. Y una resultó ser la mía. La señora me contaba en francés que había tenido suerte, pues aunque todas las habitaciones eran individuales, las de arriba eran más amplias. Aunque entendí la causa en cuanto me indicó que abriera con la llave que me había dado abajo.

La habitación efectivamente era amplia pero sólo se podía caminar totalmente de pie en la parte más cercana a la puerta y en una gran buhardilla con un gran ventanal que ocupaba la pared contraria. Era muy sencilla, pues sólo contaba con una cama, ancha, eso sí, de 105cm, un pequeño armario, más que suficiente para mi escaso equipaje, y una mesa de estudio consistente en un tablero con dos patas de caballete y una silla giratoria sin ruedas.

Aunque sólo había un radiador se notaba la calefacción haciéndome sudar aun con el abrigo puesto. Al ver que no había baño arriba supuse que la pensión sería masculina, detalle que no había comprobado cuando a través de la oficina de atención a los estudiantes de Erasmus había realizado la reserva.

Eran cerca de las 14:00 y ya tenía hambre. Pensé en buscar algo de comer para instalarme después. Cuando miré en el móvil si había donde comer cerca, vi que los restaurantes de comida rápida estaban en el centro. Demasiado lejos para ir y volver rápidamente, así que decidí bajar a las máquinas expendedoras donde compré un refresco y unos sándwiches. Al fijarme bien en las máquinas observé que había maquinas de cerveza con diversas marcas. Evidentemente, estaba en el país de la cerveza, pero para poder usarlas había que introducir la tarjeta de residentes para comprobar que se era mayor de 18 años. Ya la conseguiría.

Me subí a la habitación y comí con verdadera fruición. No comía nada desde la 6 de la mañana. Observando la cama me di cuenta de que la ropa de cama que traía no me serviría. Comprobé el relleno nórdico y tomé nota. Tendría que salir a comprar una funda nórdica para poder hacer la cama. Sentado en la silla mientras comía oí pasos. Alguien subía seguramente sería mi compañero de la habitación de al lado.

Me giré para ver quien subía. Quizá pudiera ser Yusef. Mi sorpresa es que apareció una chica alta y rubia que al verme se acercó hasta la puerta hablándome en inglés:

-Hola, soy Astrid. Estoy en la habitación de al lado.

¿Cómo? ¿Baño compartido? La chica debió notar mi extrañeza y preguntó:

-¿Hablas inglés?
-Perdona- respondí levantándome tendiéndole la mano- Me he levantado muy temprano y estoy medio dormido. Soy Luis. De España.
-Un placer. Yo vengo de Suecia. Llevo ya una semana aquí. ¿Eres Erasmus?
-Sí.
-Yo también. ¿A qué facultad vas?
-A Letras. ¿Y tú?
-También.
-Que casualidad- respondí en español mientras observaba a la chica.

Alta. Un poco más que yo. Nórdica sin duda. Melena muy rubia y ojos marrones claros. Delgada, pocas caderas pero buen pecho. Y todo indicaba que iba a ser mi compañera. Y parecía amable.

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