MIRZA MENDOZA

Estando aquí solo puedo pensar en mi amigo. ¡Qué tal amigo! Desde pequeñitos compartimos el pan, y aunque supuse que seguiríamos juntos hasta que nos pinten las canas, hoy a pocas horas de su entierro, su hermana me ha pedido que diga unas palabras para él. Yo suelo quedarme mudo ante circunstancias de este calibre por eso he entrado a su cuarto para inspirarme un poco. “Una cama de una plaza para que el cuerpo no se acostumbre al ocio”, solía decir. La manta, que heredó de su abuelo, soportó cada crudo inverno. La mitad de sus cosas están para tirar a la basura. Una taza de té era su desayuno. Fumaba si le invitaban el cigarro. No bailaba mucho en las fiestas para no gastar energía y le encantaba ir a velorios de desconocidos por la taza de café hirviendo que a veces suplía su cena. Es irónico saber que hoy no cenarás en el tuyo, mi amigo.

Este lugar tiene toda su esencia. Era casi un ermitaño. Muchas veces se ahorraba el saludo y por eso en el barrio decían que era un sobrado. Andaba con el mismo pantalón por años, pero lo que nunca desperdiciaba era la sonrisa para sus amigos. “Sonreír es gratis”, una vez me dijo. Sobre su cómoda solo hay fotos antiguas. Ninguna de él. Si abro sus cajones de seguro que encontraré la ropa que muy bien conozco. A un costado de la cama hay una lámpara que supongo no prendía para no pagar de más la cuenta de la electricidad.

Mi buen amigo está muerto. Aún no lo puedo creer. Todos en el barrio tenían un sobrenombre menos él. Sobrado le decían, pero ese no era un sobrenombre. “Me llamo Luis Carranza, el nombre que eligió mi madre y el apellido que me negó mi padre”, eran sus palabras al presentarse. Creo que nadie en el vecindario llegó a quererlo a profundidad. Era un hombre extraño. No le gustaba jugar fútbol. Tampoco bebía porque no quería poner para la “chancha”. No comulgó con propios, mucho menos con extraños. Nuestra amistad era rara también. Nos unía la charla sobre películas de los sesenta. Él no iba al cine porque, ya saben, era un gasto innecesario. Nos colábamos en una famosa filmoteca limeña o veíamos videos prestados y nunca alquilados.

Era un hombre de paz que le gustaba regatear hasta el aire que respiraba. Una vez lo llevé en taxi a una reunión familiar en un distrito del cono este. Lo vi sudar en todo el trayecto. El costo del servicio le pareció una barbaridad y me pidió, me exigió que regresemos en autobús al barrio. A parte de mi vecino también coincidimos en el colegio, pero siempre en diferentes salones. Nuestro acercamiento fue más por mi propio miedo a la soledad. Me di cuenta desde pequeño que podía confiar en él y que sus rarezas no eran algo malo para mí.

Ahora me siento en su colchón que es tan incómodo. Respiro hondo y pienso que la vida que llevaba no era plena. Aunque nunca expresó disconformidad. Siento que la cama es atípicamente molesta, cómo si tuviera ladrillos debajo. Tal vez mi buen amigo Luis Carranza se creía faquir y puso algo para que sea desagradable al tacto. Levanto la delgada colchoneta y me quedo atónito. Fajos de billete milimétricamente predispuestos descansan debajo de su improvisado colchón.  Su familia ha tenido que pedir fiado el ataúd y han hecho colecta para su nicho.  Doy por hecho que ellos encontrarán este botín cuando mi amigo esté bajo tierra. Tomaré un paquetito a modo de resarcir las incontables veces que le invité a comer incluyendo el pasaje. Descansa en paz amigo mío. Tú decías que todo muerto siempre es bueno y es verdad.

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