C.VELARDE

4. SOSPECHAS

JORGE SOTO

Miércoles 21 de septiembre

14:35 hrs.

Livia se apareció en el Lobby a la hora acostumbrada. Me dio un beso en las mejillas y nos dirigimos en silencio a nuestro auto amarillo (que habíamos comprado hace un año de segunda mano) que ella había nombrado “pollito”. Fuimos a comer a una fonda que estaba a cinco minutos de La Sede. Nos sentamos frente a frente en una pequeña mesa cuadrada y, como desde el día anterior, seguí notando a mi novia retraída, nerviosa y hasta un poco molesta por algo que intentaba ocultarme mientras pedíamos al mesero un par de órdenes de enchiladas suizas.

—¿Te ocurre algo, princesa? —le pregunté, ahora sintiéndome nervioso yo.

Concluí en que todo lo que había escuchado a hurtadillas en los baños tenía que tener una explicación.

—Estoy… un poco nerviosa. Es todo, bebé. —Livia no me miró a la cara cuando me respondió.

—¿Nerviosa por qué? —quise saber.

—Por nada.

—Livy —insistí.

—No me lo tomes en cuenta, cielo —intentó sonreír, mirándome a los ojos por primera vez. Joder, ella era tan bonita—. Ya sabes, me sigue preocupando bastante el tema de Catalina.

No, no, no. Mi novia no podía irse por la tangente. Ella y yo sabíamos que su preocupación esta vez no era por el asunto de Catalina. Esta vez se trataba de Valentino. Se lo había dicho a Leila. Y su preocupación a mí me preocupaba también.

¿Qué carajos había pasado entre ella y él?

Mi confianza en Livia era plena; indudable. Ella era una niña buena, ni niña. Era ingenua, inocente, incapaz de faltarme al respeto de ninguna forma. Livia era Livia. Ella… no tendría el valor para… ¡Mierda! Incluso pensar lo que estaba pensando era absurdo: ilógico, ¡una estupidez!

¿Entonces?, ¿de qué se trataba todo esto?

—¿Pasa algo con Valentino? —le pregunté sin rodeos.

Livia abrió los ojos como platos y la vi palidecer.

—¿Cómo dices? —me supo mal verla tan asustada. No me gustaba tener que ponerla en esta situación.

—Valentino, Livy, que si pasa algo con Valentino.

Ella sonrió. Tragó saliva, negó con la cabeza y se echó sus largas trenzas hacia delante, para después beber agua de su botella.

—¿Qué tiene que ver Valentino en todo esto?

“Es lo que quisiera saber, princesa.”

—Es que —intenté arreglar mi comentario—, cada vez que estás nerviosa… es por algo que él te hace. Me refiero a trabajo extra… presiones, no sé, algo así. Valentino es causa de muchos de tus problemas últimamente, Livy.

—Ah —musitó, como sintiéndose aliviada. Meditó una reflexión interna un par de segundos y me sonrió. Esta vez su sonrisa fue casi natural. Como el de una niña traviesa que intenta redimirse—. Pues sí, bebé; sin duda Valentino otra vez es la causa de mis problemas.

—¿Y…? ¿Qué pasó ahora?

Livia volvió a sonreírme con inocencia, remarcándose sus bonitos hoyuelos en las mejillas. Sus hermosos ojitos, coronados con unas pestañas largas, negras y espesas, me robaron el aliento momentáneamente, antes de responderme:

Cuéntamelo, Livy, por favor, cuéntamelo… dime la verdad de lo que te pasa.

—Mi jefe ha decidido que a partir del próximo lunes 26 de septiembre, será indispensable que todas las mujeres del departamento usemos faldas tipo sastre arriba de la rodilla, pantimedias, tacones de aguja y blusas de oficina.

¿What The Fuck?

Tragué saliva; aunque Livia no se hubiera atrevido a contarme la verdad respecto al tema que tenía con Valentino, este nuevo código de vestimenta de oficina que el cabrón estaba implementando para el departamento sí que me sacó de quicio. El asqueroso pervertido ese quería saciar sus fetiches vistiendo a todas las mujeres como a él le gustaban.

Así que de momento dejé de insistir con mi novia respecto a lo otro (esperé que Livia tuviera la confianza para revelarme lo que había ocurrido entre ella y su jefe) y el resto de la comida la pasamos conversando sobre el dinero extra que sacaríamos de nuestros ahorros para que ella pudiera renovar su guardarropa a fin de complacer al hijo de puta de su jefe.

JORGE SOTO

Miércoles 21 de septiembre

21:15 hrs.

Esa noche quise consentir a mi novia haciendo la cena para los dos. Y también lo hice porque necesitaba distraerme y pensar en otras cosas. Me exigí a no continuar comiéndome la cabeza pensando babosadas que no venían al caso.

El asunto de Valentino y Livia debía de tener una explicación coherente y estuve seguro que ya habría tiempo para aclararlo todo.

Mi hermosa novia, feliz con mi propuesta gourmet, aprovechó para ducharse y luego ponerse a trabajar un rato en la computadora portátil que compartíamos los dos, acompañada de Bacteria. Ya era una laptop vieja (que había comprado yo en mi época universitaria) pero, por ahora, no había modo de hacernos de una nueva.

Cuando terminé de hacer los hot cakes y un delicioso licuado de fresa con leche deslactosada (ya que padecía de gastritis), fui a nuestro cuarto a avisar a Livia sobre la cena. Como dije antes, nuestro apartamento era tan grande como una ratonera, así que la habitación la usábamos como dormitorio, biblioteca y despacho.

—Cielo, la cena está list…

Livia pegó un grito de susto de muerte cuando entré, y en seguida cerró el portátil en un ipso facto. La noté tremendamente nerviosa. Allí, sentada, (con el gato echado en sus pies), todavía con el pelo mojado y la toalla rosa enrollada en el cuerpo, mordiéndose su labio inferior, ella me miró con inquietud y forzó una sonrisa.

—Pasa algo, ¿Livy? —le pregunté con sospechas, todavía con mi ridículo mandil de concina atado en mi cuello y cintura.

—Nada —dijo, con sus ojos color chocolates bastante entornados—, bueno, creo que el mandil te queda mejor que a mí, pecosín.

Dicho esto, Livy se levantó en seguida, como un resorte, se acercó a mí y comenzó a besarme como no lo había hecho en mucho tiempo. No, no; como no lo había hecho nunca, bajo ninguna circunstancia.

—Princesa… la cena —dije al tiempo que su aliento se enterraba en mis entrañas y sus carnosos senos se aplastaban contra mi pecho.

—¿Crees que la cena pueda esperar? —me preguntó coqueta mientras metía sus manos debajo de mi camisa, por mi espalda, y comenzaba acariciarme, al tiempo que mi polla se inflamaba y palpitaba dentro de mi pantalón.

—¿Y si se enfría la comida? —le pregunté mientras su lengua húmeda reptaba dentro de mi boca con intensidad.

—¿Y si me enfrío yo? —me preguntó con una voz sensual que nunca le había escuchado emplear.

—Mejor que se enfríe la comida —admití con morbosidad, súbdito de su belleza.

Nos separamos un momento para quitarme el mandil, y luego Livia volvió a besarme con intensidad. Ya empalmado, la tomé de las manos y la tumbé en la cama, que estaba muy cerca del escritorio. Intenté quitarme el pantalón mientras ella me miraba con curiosidad, hasta que me dijo:

—Ven, bebé, yo te ayudo.

—¿En serio? —le pregunté incrédulo.

Jamás le había dado por quitarme la ropa. En realidad nunca lo había hecho. Nuestras relaciones se limitaban a desvestirnos cada cual por su lado, (salvo excepciones en que me había dejado desvestirla) y luego acostarnos sobre la cama para comenzar con los preliminares, que tampoco eran excesivos.

Livia frunció los labios, con una media sonrisa. Desabrochó el cinturón y luego el pantalón, el cual cayó por el peso de la hebilla.

Mi bóxer enseñaba una protuberancia producto de mi calentura. Ayudé a Livy a quitármelo y mi pene apareció delante de su cara, duro e inhiesto. Ella lo observó con las cejas enarcadas.

—¿Esto… es tu pene? —dijo, con los ojos enormes.

Estaba ruborizada. Miró mi polla con atención desde diversos ángulos. Luego la tomó con las manos y sonrió. Nunca la había agarrado con sus manos. Ni siquiera para masturbarme o ayudarme a metérsela en su vagina.

—Vaya —murmuró, aunque no supe interpretar su gesto ni palabras. Ella continuó mirándola, mientras la recorría con los dedos lentamente, de la base a la punta, pues no tenía hecha la circuncisión. Mi polla palpitó y se puso más dura.

La verdad es que me estaba poniendo nervioso. Ella nunca me la había visto con tanta atención como esa noche. ¿Qué le ocurría?

—¿Te gusta? —le pregunté para romper el hielo.

—Es bonita —respondió.

Tragué saliva. Supongo que esperaba cualquier otra respuesta, no un “está bonita”. Pero vale.

—Anda, guapa, que se me va a desinflar, que me pones nervioso.

—¿Por qué? —quiso saber, todavía asombrada.

—Es que… actúas como si nunca me la hubieras visto —determiné.

—Sabes que, literalmente, nunca te la había visto. O al menos no así, bebé, sin condón.

—¿Dos años y nunca me la habías visto con tanta atención? —dudé—, ¿ni siquiera a hurtadillas?

Livia reflexionó sobre lo que le decía.

—Bueno sí… te la habré visto alguna vez, pero no así, con tanto esmero como ahora.

—¿Y por qué te ha dado por inspeccionarla? Y no es que me moleste, todo lo contrario. Pero es raro.

—Por curiosidad. —Sus pequeñas y cálidas manos rodearon la base de mi tronco y con sus dedos acarició su mediana longitud.

Me estremecí como un idiota: que unas manos tan suaves y abrasadoras como las suyas te acaricien la polla siempre es motivo para que se te ponga dura. Mi chica era como una niña curiosa con un juguete nuevo. No paraba de mirarlo, apretarlo y asombrarse.

—¿Curiosidad de qué? —le dije, quitándole la toalla que llevaba encima.

—De ver… cómo es. De tocarla… con mis manos.

Livia se veía preciosa desnuda, allí sentada en el borde de la cama, con sus muslos juntos, sus caderas anchas dando figura a su hermosa y delgada cintura, su abdomen plano y sus enormes senos brillantes, turgentes, colgando excelsamente sobre su pecho, con sus pezones duros, inflamados, rositas, como un par de pálidas fresas que exigen que te los lleves a la boca y los lamas.

—¿Alguna vez me lo chuparás? —le pregunté, mientras ella continuaba acariciando mi miembro.

—¿El qué? —me preguntó extrañada.

—El pene, Livy —sonreí, al tiempo que estiraba mis manos hacia ella para estrujar sus esféricas montañas de carne.

Ufff. Se sentía tan bien.

—¿Con la boca? —me preguntó con ingenuidad, ruborizándose, estirando, juguetona, mi prepucio.

—¿De qué otra forma se chupan los penes, princesita? —me reí.

Gimió cuando me prendé de sus pezones con los dedos y los estiré. Luego volví amasar sus redondos melones y mi pene se puso más duro que antes.

—Bobo, que nunca he chupado uno —dijo entre jadeos, entrecerrando sus ojos. Le estaba tomando el gusto a mis estrujadas de tetas.

—¿Y no te gustaría chuparlo, Livy?

—No sé…

Sus dedos continuaron sobándome la polla, mientras con sus dedos libres volvía a estirar mi prepucio como intentando mirar más de cerca mi glande. Yo estaba caliente a más no poder.

—Una vez te lo propuse, mi ángel —le recordé—, y me dijiste que te daba asco.

—Pues… ¿cómo no?… —sus ojitos estaban perdidos en el limbo. Mis manos la amasaban, la acariciaban. Sus pezones estaban más duros e hinchados que antes, y ella removía su pelvis, sentada, sobre la cama, como si estuviera sentada sobre una polla y la quisiera enterrar hasta sus entrañas—, mira si no me iba a dar asco la sola idea de chupar… un órgano por donde se orina.

—¿Por eso nunca me has dejado hacerte un oral?

—¿Qué?

—Chuparte… tu vulva. He tenido muchas ganas de hacerlo, Livy, comértela hasta que te chorrees.

—¿A ti no da asco, bebé?

—No, al contrario, Livy, huele muy bien. A veces, cuando te beso los muslos y tus nalgas, te la he podido oler. La tienes muy limpia y aseada. Tu rajita es rosita, y me gusta mirarla, a través de tu fino vello castaño… observar cómo se dilata mientras te meto mis dedos y cómo me los mojas cuando estás demasiado cachonda.

Livia se mordió el labio inferior, dejándose llevar por mis caricias. Echó la cabeza hacia atrás y relució su fino cuello color nácar, como toda su piel. Le seguí apretando sus blandas carnes redondas, intentando exprimírselas como si fuese a darme leche de sus pezones. Y de pronto me dieron ganas de meterle el pene en su boca. Pero no, no quería arruinarlo todo. No ahora que, sin planearlo, habíamos logrado avanzar en algo: Livia me estaba acariciando mi falo por primera vez.

—Me daría vergüenza, bebé —me dijo con la voz entrecortada—, de que… me chuparas ahí y que… pues… luego sintiera ganas de… orinar, como anoche, y que… ¡Ay, no, Jorge, de solo pensarlo me muero de la pena! Ufff… me encanta cómo me las… acaricias nene.

—A mí no me importaría que me orinaras la cara, Livy, que me orinaras mi pene, mis testículos, mis dedos, mis brazos, mi pecho… mi cuerpo entero. Todos los fluidos que emanes y me rocíes encima me serían muy placenteros. Me gustaría beberme tu néctar, princesita. Me gustaría comerme todo de ti. ¿Me dejarás?, ¿me dejarás chuparte tu rajita?

—Así… como lo dices… suena muy bien.

No sé cómo fue que de pronto Livia comenzó a jalarme el cuero del pene de arriba hacia abajo, con movimientos de masturbación. Joder, joder.

—Y sentirás mejor, Livy. He visto películas, he leído cosas… y sé que las mujeres sienten llegar a la gloria. ¿Puedo chuparte tu rajita, mi amor?

—Sí, sí, pero hoy no. Quiero primero estar preparada, leer yo también un poco sobre eso.

Con su cabeza todavía echada hacia atrás, sus ojitos cerrados, sus labios mordiéndose, mis manos amasándole sus tetas y ella masturbándome lentamente, mi capullo comenzó a palpitar debajo de mi cuero. Era una pena que el cuero que cubría la sensible cabeza de mi pene no se pudiera retraer. No obstante, un hormigueo me ascendió hasta mis piernas y luego hacia mi polla que empezó a latir con fuerza.

Joder. Lo que estábamos haciendo era algo nuevo para los dos, será por eso que sentí que en poco tiempo me iba a correr.

—Y… ¿alguna vez… tú… te atreverías a…? pues… a eso, Livy… a chuparme ahí.

Ella continuó exhorta, pero asintió.

—A lo mejor sí. Seguro que sí. Déjame prepararme para esto, bebé, ¿quieres?

—Esperaré lo que necesites, cielo.

—Gracias, Jorge.

Livia comenzó a jadear al tiempo que mis manos le exprimían las tetas y le retorcía con cariño sus pezones. Y ella continuó masturbándome ¡carajo!, mi inocente novia me estaba masturbando. ¿Cómo y cuándo había aprendido hacer eso?

—Livy… para, cielo, para… por favor, que me corro.

Ella se incorporó de nuevo, me miró a los ojos con una sonrisa inédita y maliciosa y luego puso atención a cómo se estaba enrojeciendo la punta de glande en medio del prepucio, a medida que ella me la sobaba de arriba abajo. Vio el líquido preseminal que se formaba en la punta de mi glande y lo frotó con su dedo, provocándome un punzante dolor y placer que me hizo saltar.

—¡No! ¡No!¡No haga…as… eso! ¡Li…vy! ¡Soy… muy sensible de ahí porque no estoy circuncidado!

Livia era una niña muy traviesa. Lo supe porque a medida que le exigía que parara, ella me frotaba con más vehemencia e intención mi capullo. Por la ridícula forma en que me estremecía delante de ella, mi novia sabía lo que me provocaban sus fricciones y no estaba dispuesta a parar.

Probablemente había descubierto una nueva forma de excitarme, y no la dejaría pasar de largo.

—Livy ¡joder! ¡joder! ¡no sigas! ¡Nooo!

Me estaba retorciendo allí de pie como un pollo al que han echado en una cacerola con aceite. Me pregunté cuán patético y risible era mi apariencia ahí temblando como idiota. Y ella sonriendo, feliz de tenerme bajo su dominio.

Ay, mi dulce niña malvada.

—¡Li…v…i…aaa!

¡Joder! ¡Joder! ¡Sus dedos metidos en el prepucio, acariciando mi glande y estrecho frenillo me estaban matando de placer y estremecimiento!

—¡Livy! ¡Livy! ¡Me corrooo!

Ya no pude soportar más. Un fuego ardiente me llegó a la punta de la polla y me hizo estallar de gozo. Dos chorros potentes de semen chocaron contra los enormes senos de mi novia, mojando también sus manos con las que me había masturbado.

—¡Carajooo! —exclamé, cayéndome de rodillas y con mi cabeza sobre sus piernas.

Me asusté horrible al pensar que Livia se enfadaría conmigo por lo que podría haber considerado algo asqueroso. Pero no, cuando levanté la vista, atisbé su mirada infantil observándose sus tetas llenas de mi leche.

¡Joder! Esa vista me volvió a estremecer: era un morbazo indecible ver a una linda niña e inocente como ella experimentando la sensación de tener sus grandiosas tetas llenas de lefa, y que de sus dedos estilaran pequeñas gotas que, a su vez, caían sobre sus muslos.

—Qué… caliente se siente —dijo con una sonrisa, como si se sintiera orgullosa de estar embarrada de mi semen—, esto… es tuyo, Jorge… —me dijo, pasando sus largas uñas perladas sobre los chorros de lefa que se resbalaban por sus pezones—, es producto de lo que yo te provoco, y ahora está impregnado en mi piel.

Me dio bastante vergüenza haberme venido antes de incluso penetrarla. Pero a ella no pareció importarle. Así, con sus dedos llenos de semen, acarició mis mejillas (y aspiré de cerca el aroma de mi propia leche), y luego me comió la boca con un prolongado beso que me dejó sin aliento.

—¿Por qué… tu glande es tan sensible? —quiso saber mientras yo aún me estremecía en el suelo.

—Padezco de fimosis, Livy —intenté explicarle por primera vez—; la fimosis es una afección que impide que la cabeza de mi pene se descubra naturalmente pues mi prepucio es demasiado estrecho. Por eso mi glande es… tan sensible. De hecho, como habrás notado, durante la intimidad el ritmo de mis penetraciones es lento, para evitar que me cause dolor o que en determinado momento provoque sangrados al rasgarse si lo fricciono con bastante rapidez.

Livia enarcó las cejas, asombrada. Me sentía raro estar hablando de algo tan íntimo con mi novia, tras dos años de coitos.

—¿Se puede curar la fimosis? —quiso saber.

—Sí, sí, sólo necesitaría extirparme el prepucio por medio de una circuncisión y listo.

—¿Y por qué no lo haces?

—Ay, Livy, tú sabes lo miedoso que soy para esas cosas. Además me daría vergüenza que gente extraña mirase mis genitales.

—¿Entonces prefieres sentir dolor durante el coito en lugar de envalentonarte y programar la cirugía?

—Bueno, mi ángel: te prometo que luego me lo pienso. Mientras tanto, te Joli.

—Yo también te Joli —me dijo, sonriéndome—, de hecho, te Joli más que tú.

Livia pronto se separó de mí, se mordió el labio inferior y volvió a mirarse sus grandiosas tetas impregnadas de mi simiente. Finalmente se levantó y vi cómo meneaba su potente culo mientras se dirigía a la ducha para bañarse otra vez. Cuando ella volvió, yo me metí a la ducha, y al regresar al cuarto me di cuenta que ya estaba dormida.

Vaya nochecita. Ni siquiera cenamos.

Al amanecer no la encontré en la cama. La escuché en la cocina y concluí que estaba haciendo el desayuno. Esa noche dormí como un angelito. Fui al baño y noté que mi glande todavía estaba rojo. Reí y me puse cachondo al recordar la locura que había hecho mi novia al masturbarme.

—Carajo, Livy; ¿dónde aprendiste eso?, ufff, cuánto te amo —susurré.

“Eres el hombre que da sentido a mis días. Te Joli. ATT: Tu Livia”, leí el mensajito matutino que me había dejado en el espejo del baño ese día.

Miré en el lavamanos el barniz rosa que había usado para escribirme el mensaje, y me dirigí a nuestra portátil para escribirle en la pantalla una respuesta al mismo. Estuve seguro que por la noche cuando la abriera lo encontraría y se pondría feliz.

Me senté frente al escritorio, tras quitar a Bacteria de la silla, y abrí la laptop; no obstante, me di cuenta que Livia no había cerrado su sesión. Aunque usábamos la misma computadora, cada uno tenía su propia cuenta para tener cada quien en orden nuestros documentos. Entonces recordé que la noche anterior ella había cerrado con urgencia la computadora portátil y, ahora que veía el post que Livia había estaba leyendo, me di cuenta de la razón.

Se trataba de una página femenina, en específico, un artículo dedicado a… ¡el tamaño de los penes!

—¡Joder! —exclamé sintiendo un vuelco en el corazón.

Miré hacia la puerta del cuarto, nervioso, experimentando una punzada en el estómago, y escuché a mi novia maniobrar las cacerolas de los huevos fritos en la cocina.

Tenía tiempo suficiente para revisar su historial de búsqueda y darme una idea de lo que Livia había estado investigando.

Pulsé en la opción de “historial” en el navegador de google chrome que usaba mi prometida, y por poco me caigo de culo al leer las últimas búsquedas que había realizado durante la noche anterior.

“Masturbación masculina”

“Tamaños de penes”

“Tipos de glandes”

“¿Cuál es el tamaño promedio de un pene?”

“¿Qué tanto duele la penetración de un pene grande en una vagina estrecha?”

“¿Cómo hacer una felación a un gran pene?”

“Imágenes de penes enormes”

—¡Por Dios! —exclamé horrorizado, sintiendo un vuelco en mi alma y un temblor que me sacudió el cuerpo entero.

No, no; la información sobre “penes enormes” que ella estaba buscando con tanto interés en internet no estaba relacionada con el mío: de hecho cuando contempló mi pene la noche anterior ella ya había consultado estos datos desde antes, ¿era posible? ¡Qué puta vergüenza, carajo! Livia recién había visto imágenes de penes enormes para luego encontrarse con el mío, que no debía de ser más grande de los 15 cm. Y si bien no lo consideraba pequeño (sino más bien normal) mi pene sí que era todo, menos enorme, en comparación con esos rabos que me aparecieron en la pantalla y que mi novia había mirado.

Y ella me lo había comparado con todas aquellas pollas grandes que había encontrado en la red. ¡Carajo! ¡Carajo! ¡Qué vergüenza, Dios mío, qué puta vergüenza! ¿Cómo se habría reído de mí en silencio, mientras las comparaba? ¿O será que se había decepcionado de mí? Sí, la palabra correcta es decir “decepcionado”, porque Livia sería incapaz de burlarse de mí por algo como eso. Ella no era Leila. Livy era diferente. Y me amaba. Y me comprendía.

No obstante, me siguió preocupando que ahora mi novia hubiera abierto los ojos respecto a ello; que tuviera nuevas referencias y hubiera descubierto que había pollas mucho más grandes y gruesas que la mía.

¿Por eso había observado mi pene a detalle con tanta minuciosidad? Pero entonces, ¿por qué había buscado sobre “tipos de glandes”, incluso antes de haber mirado el mío, si por mi fimosis mi capullo ni siquiera era visible? ¿Por eso me había extendido tanto mi prepucio, pues pensaba que con sólo estirarlo como elástico hacia abajo saldría la cabeza y al fin luciría como las que aparecían en esas obscenas imágenes que había visto?

¡Joder!

A partir de esto… ¿cambiaría algo la forma en ella que veía nuestra sexualidad? ¿Cambiaría la forma en que me veía a mí como hombre ahora que había hecho semejantes descubrimientos?

Lo que más me torturaba era ignorar cuál había sido la razón por la que mi futura esposa había tenido que recurrir a internet para investigar estos detalles. Estoy seguro que Livy nunca antes se había molestado en preguntarse por los tamaños de otros penes porque no había tenido motivos para hacerlo, pero ¿entonces?, ¿por qué ahora tanto interés? ¿Qué la había motivado para ello o qué finalidad había para que…?

¡Carajo! ¡Carajo! ¡Joder!

De pronto recordé a Valentino Russo, y esa extraña conversación que había escuchado entre Leila y mi novia en los lavamanos de los baños.

¿Qué tenía que ver el jefe de mi novia en todo esto?

Continuará…

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