ALIENHADO

Al día siguiente, una soleada mañana de miércoles, estábamos de tan buen humor que desayunamos en el porche, colocando una mesita junto a los sillones de mimbre. Si un vehículo pasaba por la carretera de tierra al otro lado de la verja y miraba en dirección a la casa podría vernos, así que tuvimos que reprimir muestras de afecto demasiado efusivas. Aun así pasamos un rato muy agradable, charlando y bromeando, en voz muy baja cuando comentábamos algo relacionado con nuestra relación secreta.

  Aunque nadie más que yo hubiese podido reparar en ello observándola, la actitud de mi abuela cambiaba de forma gradual y sutil. Cuando se sentaba, cruzaba las piernas y no se preocupaba de taparse si el comienzo de su muslo asomaba, y si el prieto canalillo quedaba a la vista no se apresuraba a cerrarse la bata como hacía antes. Se la veía más relajada, su humor era más mordaz y picante, sin llegar nunca a la crueldad o la obscenidad, e incluso su forma de andar era más insinuante, dentro de los límites de su ineludible discreción y el recato implantado por la sociedad puritana de la dictadura en la que creció.

  Nuestra relación no solo se hacía más estrecha en lo carnal, sino que cada vez teníamos más confianza y nos conocíamos mejor. Me hablaba de aspectos y épocas de su vida que desconocía, me confesaba anhelos secretos, sueños incumplidos y decisiones de las que se arrepentía. Descubrí que su aparente sencillez ocultaba una complejidad y profundidad insospechadas. Quizá no era una mujer brillante, pero sí lo bastante inteligente como para haber aspirado a algo más que ser madre y ama de casa, algo de lo que por otra parte no se arrepentía en absoluto. Hablaba de sus años de matrimonio con nostalgia y cariño, y quería a sus hijos (y a su nieto) más que nada en el mundo.

  A pesar de algunos momentos de duda en los que salía a relucir su adoctrinamiento católico o el miedo a ser descubierta y juzgada por propios y extraños, tampoco se arrepentía de la impúdica intimidad que compartíamos de puertas adentro. La noche anterior, después del salvaje polvo en la sala de estar, me atiborró de huevos fritos, patatas y fruta, y tuvimos en el dormitorio un segundo asalto más largo y pausado, sin lencería fina ni tacones, solo nuestros cuerpos a la luz de la luna, pues por primera vez se atrevió a hacerlo con la ventana abierta.

  Después del desayuno y los quehaceres campestres de cada día comenzamos a pintar el garaje. El sofocante calor de días atrás estaba dando una tregua y el trabajo me resultaba incluso agradable. Mi compañera canturreaba y yo silbaba al ritmo de la música del transistor, moviendo el rodillo o la brocha con brío.

  A mediodía sonó el teléfono. Por suerte no era ninguno de mis desagradables clientes, ni ninguna de las cotillas amigas de mi abuela que podrían haber enturbiado su buen humor con noticias sobre el infame padre Basilio. Era mi madre, quien llamaba solo para charlar un rato con su suegra, cosa que hacía cada varios días. Aproveché la pausa para beberme un refresco y fumarme un cigarro en la mesa de la cocina, desde donde podía ver parte de la sala de estar, incluido el sillón en el que mi anfitriona hablaba por teléfono con las piernas cruzadas, balanceando un pie en el aire y jugueteando con el cable rizado del auricular como hacían las secretarias macizas en las películas, cosa que me hizo sonreír pues era consciente de que la estaba mirando.

  Tras una media hora de conversación, se levantó y me miró desde el quicio de la puerta, en una postura que resaltaba la curva de sus caderas. El desgastado vestido de faena que llevaba ese día se cerraba por delante, con una hilera de botones que iba desde el cuello hasta las rodillas, y en la parte del escote había más botones desabrochados que cuando habíamos entrado en la casa. El pañuelo azul que protegía su pelo de las salpicaduras de pintura solo dejaba a la vista los rebeldes rizos de su nuca, y en el rostro redondeado lucía una expresión traviesa. Me excitaba y me desconcertaba a partes iguales que se mostrase tan juguetona estando mi madre al teléfono, pues no había colgado. El auricular estaba cuidadosamente colocado en el reposabrazos del sillón.

—Tu madre quiere hablar contigo —me dijo.

  Fui hasta donde estaba y le lancé un beso que esquivó por los pelos. Le di un cachete en la nalga y soltó una risita mientras se alejaba hacia la nevera. Me senté en el sillón y cogí el auricular. No era extraño que mi madre quisiera hablar conmigo, pero teniendo en cuenta los insólitos acontecimientos que rodeaban mi hasta entonces anodina existencia, hasta el hecho más cotidiano me ponía en guardia. En cualquier caso, fue agradable escuchar su voz al otro lado de la linea. Inmerso en mis negocios y en mi veterana amante, apenas pensaba en ella, y cuando lo hacía era para rememorar la sensación de su menudo cuerpo culebreando sobre mi polla.

—Dime, mamá.

—¿Como estás? ¿Tanto te gusta de repente el campo que no tienes tiempo de llamar a tu madre? —me regañó, en tono burlón pero con un poso de genuino reproche.

—Joder, mamá, que nos vimos hace un par de días.

—¿Y no me echas de menos?

—La verdad es que no. La abuela cocina mucho mejor que tú —dije, para picarla.

—Veo que sigues tan idiota como siempre. —Hizo una pausa durante la cual solo escuché su respiración — ¿Está tu abuela cerca?

  Miré hacia la cocina y la vi inclinada frente al fregadero, lavando unas verduras. No era de las que escuchan conversaciones ajenas y aunque lo hiciese la distancia y el ruido del grifo le impedirían entender una palabra. Por si acaso, bajé un poco la voz, no tanto como para resultar sospechoso.

—Estoy solo. ¿Que ocurre? —pregunté.

—Tu y yo tenemos una conversación pendiente, ¿te acuerdas? —dijo. Ella también hablaba más bajo.

—Joder, como para olvidarme. No se me va de la cabeza lo que pasó esa noche —afirmé, exagerando un poco.

—¡Sssh! No hables de eso, imbécil —exclamó, con un furioso susurro—. Ven a cenar a casa esta noche y hablamos.

—¿Va a estar papá? —pregunté, aunque ya imaginaba la respuesta.

—Claro que no. Hoy hace el turno de noche.

  Entonces tuve una feliz ocurrencia. Tenía dinero en el bolsillo, un vehículo a mi disposición y una madre que me echaba de menos y no solo quería verme sino verme a solas.

—Tengo una idea… Te invito a cenar fuera —dije.

—¿Invitarme a cenar? ¿Con qué dinero? —preguntó, desconfiada, pues conocía mejor que nadie mi situación financiera.

—Ya te contaré. ¿Quieres o no?

  Hubo una larga pausa seguida de un suspiro. A pesar de no tenerla enfrente casi podía ver su expresión, entre la desconfianza, la ternura y el sarcasmo. El tacaño de mi padre no la sacaba por ahí muy a menudo, y yo tampoco tenía muchos detalles con ella, por lo que la invitación la ilusionaba. Por otra parte, le había dejado claro durante nuestro incidente nocturno que la deseaba, y eso la llevaba a sospechar de mis intenciones.

—Está bien —dijo al fin.

—Paso a recogerte a las nueve. Ponte guapa.

  Antes de que tuviese tiempo para replicar colgué el teléfono, con una sonrisa lobuna en los labios. Intenté no hacerme demasiadas ilusiones. Mamá estaba a la defensiva, y que quisiera cenar conmigo a solas quizá solo significaba que iba a poner las cosas claras, a rechazarme de forma tajante. Pero al menos tenía una oportunidad para tentar a la suerte. Y tenía el tónico. No me entusiasmaba la idea de usar el brebaje para seducirla, pero si se presentaba la ocasión no iba a dejarla pasar. Además, si en una viuda que casi ni se acordaba del fornicio había sido tan efectivo, no imaginaba como afectaría a una mujer casi veinte años más joven, cuyo marido no le daba lo suyo (o eso sospechaba yo), y cuya fogosidad ya había podido comprobar en mis propias carnes.

  Me quedé unos minutos sentado en el sillón pensando en una excusa creíble para contarle a mi abuela, hasta que me di cuenta de que era absurdo. Ir a cenar con mi madre no tenía nada de malo, así que bastaba con decirle la verdad. Había mentido tanto en los últimos días que comenzaba a acostumbrarme demasiado. Por si acaso no le daría detalles. Al fin y al cabo a ella me la había empotrado después de invitarla a cenar, y si lo había hecho con ella podría creerme capaz de hacerlo también con su nuera.

  Me acerqué al fregadero y la encontré lavando unos calabacines. Los manejaba bajo el grifo con movimientos rápidos y precisos de sus manos, fruto de sus muchos años de experiencia manejando verduras de forma fálica. Recordé la noche de la zanahoria y me pregunté cuantas veces habría aliviado su soledad con productos de su huerta. Calabacines, pepinos, quizá incluso gruesas berenjenas habrían saciado la voracidad de su tierno coñ…

—¿Que pasa, cariño? ¿Tienes hambre? —preguntó, interrumpiendo mis pensamientos.

  Sin darme cuenta me había quedando embobado mirando las verduras. Cuando apreté el paquete contra su cadera y le acaricié la nalga me olvidé de lo que iba a decirle. Ya habría tiempo para hablar más tarde. Si tenía suerte, esa noche no dormiría con ella, y no quería dejar pasar un solo día sin disfrutar de sus maduros encantos, ni quería darle tregua a su resucitada libido y arriesgarme a que recapacitara sobre nuestra relación prohibida y le pusiera fin.

—Sí, tengo hambre. ¿Y tu?

  Acallé su respuesta con un beso, que esta vez no solo no rechazó sino que correspondió, dejándome saborear su lengua. Ya no tenía tantos reparos en hacerlo fuera del dormitorio, incluso durante el día, siempre que la puerta principal de la casa estuviese cerrada y las cortinas echadas. Eso sí, en el exterior no permitía el más mínimo gesto que pudiese considerarse inapropiado entre una abuela y su nieto. Me arrimé más a su cuerpo y eché un vistazo a su escote. Estaba un poco inclinada sobre el fregadero y sus tetazas se apretaban bajo la tela manchada de pintura del vestido, temblando un poco debido a los enérgicos movimientos de sus manos. Sus labios lucían una sonrisa traviesa y percibí el familiar aumento en el rubor de las mejillas.

—Carlitos… Déjame hacer la comida, anda… O se hará tarde —dijo cuando metí la mano bajo el vestido para magrear a gusto sus grandes nalgas.

  Había tan poca autoridad en su voz que ni me planteé la idea de obedecer. Cogí uno de los calabacines limpios del fregadero, un lustroso ejemplar que superaba con creces los treinta centímetros. Uno de sus extremos era tan grueso como una lata de cerveza y el otro algo más delgado. La piel verde y suave de la vistosa cucurbitácea brilló bajo los rayos de sol que se colaban por el tragaluz de la cocina cuando lo sujeté a dos palmos de su rostro.

—¿Has visto qué hermoso? Este año están saliendo buenísimos y bien grandes —dijo, orgullosa de su pericia horticultora.

—Dime, ¿te has metido alguna vez uno como éste? —pregunté, poco interesado en la agricultura.

—¡Carlitos! Pero qué cosas dices —se quejó, apartando la vista de la verdura.

—Vamos, no pasa nada. No tienes por qué avergonzarte de esas cosas, y menos conmigo —dije, hablando muy cerca de su oreja.

  Cerró el grifo del fregadero y suspiró. La besé en el cuello y acaricié muy despacio su pecho pecoso con el calabacín, desde la clavícula hasta el profundo canalillo. El leve temblor de su cuerpo me indicó que había tenido un escalofrío cuando la piel fresca y húmeda rozó la suya.

—Alguna vez… Pero no uno tan grande —confesó al fin, avergonzada.

  Llevé el extremo más delgado del calabacín hasta sus labios y los rocé con suavidad. Con la otra mano había desabotonado por completo su vestido sin que se diese cuenta, por lo que se sorprendió un poco cuando se lo quité con facilidad, dejándola en ropa interior. Uno de sus sencillos conjuntos blancos, cómodo y sin adornos, encajes o transparencias.

—Abre la boca, a ver si te cabe.

—No digas tonterías. ¿Como me va a caber con lo gordo que es?

—Por este lado no es mucho más gordo que mi polla, y con ella no tuviste problemas —dije, recordando la gloriosa mamada en el sofá.

  Como una niña negándose a comer más papilla, apretaba los labios y giraba la cabeza cada vez que le acercaba a la boca el verde manjar. Su actitud era risueña, por lo que supe que el juego la estaba divirtiendo.

—¿No quieres comerte la verdura? Pues te voy a tener que castigar —amenacé.

  De un rápido tirón le bajé las bragas lo justo para dejar al aire las nalgas y azoté con fuerza una de ellas. La tierna carne vibró y el sonoro latigazo se escuchó en toda la casa. Dio un respingo y, como esperaba, abrió la boca.

—¡Ay! No seas brut…

  Antes de que terminara la frase tenía la boca llena de saludable verdura. Una vez dentro dejó de resistirse y accedió a mis deseos, chupando el tronco duro y verde con los ojos cerrados y respirando con fuerza por la nariz. Sus labios se deslizaban por la piel a medida que mi mano empujaba y consiguió tragarse un buen trozo, hasta que el grosor fue demasiado para ella. Lo dejé dentro unos largos segundos, disfrutando de la excitante estampa. Sus mofletes se hincharon, me agarró la muñeca y sus ojos húmedos me miraron suplicantes mientras se ponía cada vez más roja. Cuando se lo saqué boqueó como un pez y se limpió con la mano la saliva que manchaba su barbilla, la misma que cubría el extremo del largo calabacín.

—¡Pero qué.. bruto eres! —me regaño, dándome un manotazo en la muñeca.

  No estaba realmente enfadada así que continué con el juego. La hice girarse, de forma que le daba la espalda al fregadero, le quité el sujetador y las bragas, dejándola vestida solo con el pañuelo azul de la cabeza y las pesadas botas que se ponía para trabajar. Antes de nada me di un breve banquete con sus tetas, cosa que me resultaba inevitable y que a ella le encantaba, y escuché el primer gemido cuando froté su coño con el calabacín, esta vez usando el extremo más grueso.

—¿Crees que entrará también por aquí? —pregunté.

—No… No hagas el tonto, hijo… A ver si me vas a hacer daño —dijo ella. No se resistía pero pude ver cierta desconfianza en su mirada.

—Tranquila. Yo nunca te haría daño. Si quieres que pare dímelo.

  Escupí en la redondeada punta del calabacín y extendí la saliva con la mano, mezclándola con los fluidos que ya comenzaba a destilar el sexo de mi compañera, quien separó los muslos, con las piernas rectas, las manos y las nalgas apoyadas en el borde del fregadero y el tronco ligeramente inclinado hacia atrás. Apretó los dientes y resopló cuando el vegetal se abrió paso entre el vello y los carnosos pliegues que rodeaban la entrada a su cuerpo. Lo introduje solo unos centímetros, excitado a más no poder al comprobar la elasticidad del voraz chocho.

—Auh… Más… Más despacio…

—¿Te duele?

—Un poco… solo un poco.

—¿Quieres que pare?

—No… No pares. Mételo más… Un poco más.

  Por supuesto obedecí a sus deseos. Empujé un poco más. El verde ariete se hundió hasta la mitad en el exuberante cuerpo de la mujer que lo había cultivado. Lo saqué, más húmedo de lo que había entrado, y volví a meterlo. Repetí la operación varias veces, y cada vez entraba con más facilidad. Mi abuela se agarraba al borde del fregadero con fuerza, gimiendo y suspirando. Yo me bajé los pantalones hasta las rodillas y me masturbé con calma, disfrutando de su creciente excitación. Aceleré un poco el ritmo, lo cual la hizo ponerse de puntillas, con todo el cuerpo en tensión, lo que resaltaba las formas de sus piernazas. Las acaricié de arriba a abajo, deleitándome con el vigor de la musculatura que ocultaban las maternales curvas de su cuerpo.

—Ay Dios… Dios bendito…

—¿Te gusta?

—Si… cariño… sigue…

  Conocía lo suficiente su cuerpo como para detectar la cercanía del inminente orgasmo, pero no iba a dejar que llegase tan pronto. Me gustaba la sensación de tener el control, y la forma en que ella me dejaba ejercerlo me resultaba especialmente placentera y morbosa, quizá era porque, al ser mi abuela, su sumisión nunca era completa. Me cedía durante un rato la autoridad que por derecho le pertenecía, y yo la disfrutaba como un mocoso al que le conceden un capricho.

  Le saqué el calabacín, caliente y empapado, y le usé para darle unos golpecitos en la raja, a los que reaccionó apretando los dientes y soltando una especie de siseo. Repetí el castigo varias veces, sonriendo con malicia, observando como cada vez se alzaba más sobre la punta de las botas y arqueaba la espalda hacia atrás, agregando volumen a su ya excesivo pecho.

—No seas malo… Ufff… Virgen santísima… ay…

—Date la vuelta.

  Obedeció sin rechistar y la hice inclinarse sobre el fregadero, con los codos apoyados en el borde y las tetas dentro, tocando las demás verduras mojadas que había en el fondo. Separé sus piernas hasta que el culazo pálido quedó a la altura de mi entrepierna y de nuevo busqué la entrada a su coño con el calabacín, que entró sin dificultad. Reanudé el mete-saca vegano, sin prisa pero sin pausa, y sobando sus nalgas dejé al descubierto el ojete, prieto como un asterisco, de un bonito color rosa oscuro y rodeado de suave vello pelirrojo. Sus gemidos se interrumpieron con un jadeo de sorpresa cuando dejé caer un goterón de saliva y conseguí meter mi pulgar hasta la mitad en el desprevenido esfínter, que reaccionó estrangulando con saña al intruso.

—¿Qué.. Que haces, Carlos? Por ahí no, ¿eh?

  Me miró por encima del hombro con gesto serio. Tenía el rostro encendido y las gafas le habían resbalado hasta la punta de la nariz.

—¿No te gusta?

—No, no me gusta. Además, es una guarrería —dijo. Me pareció divertido que saliesen a relucir sus prejuicios puritanos mientras su nieto se la follaba con un calabacín.

—¿Pero lo has probado alguna vez?

—Una vez —confesó, tras una pausa durante la cual se quitó las gafas y las dejó en la encimera—. Tu abuelo insistió y le quise dar el gusto, pero me dolía mucho y no hubo manera.

—Será que no lo hizo con cuidado. Relájate y ya verás como te acaba gustando.

—Carlos, he dicho que no —insistió, con toda la firmeza que le permitía su situación.

  Desvirgar el ojete de una mujer madura era tentador, pero se la veía muy reacia y no quería presionarla demasiado, así que opté por un termino medio. Me asomé al fregadero y eché un vistazo a las verduras que había bajo sus tetas. Cogí una zanahoria pequeña, tan delgada como mi dedo índice. Ella la miró como si fuese un cuchillo afilado.

—¿Qué vas a hacer con eso?

—Tranquila. No te voy a hacer daño.

  Chupé la zanahoria y volví a escupir en el cerrado orificio antes de introducirla con cuidado. A todo esto, mi otra mano movía sin descanso el calabacín, sacándolo casi entero y volviendo a meterlo en cada estocada.

—Uyuyuyuy…

—¿De verdad te duele? Pero si es muy fina.

—Un poco… Hazlo más despacio, por favor…

  Introduje la zanahoria hasta la mitad y la moví en círculos, venciendo poco a poco la resistencia del fuerte músculo. Los gemidos de placer por lo que ocurría en su puerta delantera se mezclaban con los lamentos por los insólitos hechos en la puerta trasera. Tras varios escupitajos más y bastantes minutos de trabajo, conseguí que el tronco naranja entrase y saliese de su orificio al mismo ritmo que su verde compañero.

—Uy… Aún duele un poco…

—Es normal que duela un poco al principio. La primera vez duele, la segunda escuece y la tercera apetece —recité, y como imaginaba no pudo evitar soltar un par de carcajadas.

—¿Pero qué refrán es ese, tunante? Uy… Ay dios… Uff

  Los gemidos, suspiros y gruñidos de placer mezclado con una pizca de dolor no le permitieron hablar más. Las anchas nalgas se balanceaban al ritmo que marcaban mis manos al penetrarla por partida doble con los vegetales, cada vez con más fuerza, y sus tetas temblaban dentro del fregadero. Mi verga, dura como el mango de una azada y desatendida por mis ocupadas manos, se limitaba a palpitar en el aire y gotear presemen, como si se le cayese la baba al ver frente a ella tan lúbrico espectáculo.

De pronto se irguió, con las manos aferradas al borde del fregadero, tembló de pies a cabeza y fue un milagro que sus agudos gritos no reventasen los cristales de las ventanas. Se revolvió de tal forma que tuve que soltar las verduras y apartarme de ella. Tanto la zanahoria como el calabacín cayeron al suelo, entre sus agitadas piernas. Le fallaron las fuerzas y cayó de rodillas, sin dejar de temblar de pies a cabeza. Por un momento me asusté, temiendo que sufriese alguna clase de ataque, pero lo que contemplaba asombrado solo eran los efectos de un orgasmo bestial, el más intenso que la había visto tener hasta entonces, y los había tenido muy gordos.

  Se tumbó de lado en el suelo, con los muslos apretados y ambas manos en la entrepierna, convulsionándose y con los ojos en blanco como una endemoniada. Verla en ese estado, arrebatada por una descarga tras otra de placer puro y salvaje, llevó mi calentura a tal extremo que solo pude arrodillarme cerca de ella y cascármela a toda velocidad. Profirió una última serie de fuertes gemidos y yo descargué una buena cantidad de lefa sobre sus tetas y sobre el impoluto suelo de la cocina.

  Me quedé sentado a su lado mientras volvía a la realidad y recuperaba el aliento, jadeando y respirando profundamente mientras miraba al techo. Se llevó una mano a la sudorosa frente y separó las piernas, quedando despatarrada y exhausta en el suelo.

—Qué barbaridad… —dijo, con la voz ronca debido a los gritos.

  Me incliné para besarla y le dí una amistosa palmada en la parte interior del muslo, tan mojado como las verduras del fregadero.

—Bueno, ¿que hay para comer? —dije.

  Me miró con las cejas muy levantadas un segundo y se echó a reír, al igual que yo. Después pronunció las palabras que ya se habían convertido en el tradicional colofón a nuestra desaforada actividad sexual:

—Ay, qué locura… qué locura, hijo…

  Después de la locura vino la apacible y cálida normalidad de nuestra vida en común. Nos duchamos, ella cocinó mientras yo me bebía una cerveza y después comimos. Desde ese día, cada vez que en el menú había calabacines o zanahorias compartíamos una broma privada. Tal vez la broma privada más obscena y peculiar que nunca han compartido una abuela y su nieto. Por si alguien lo duda, su pulcritud le había impedido usar en la comida las verduras que habían estado dentro de sus orificios, por lo que acabaron en la basura.

  Aproveché la sobremesa para comunicarle mi nuevo viaje a la ciudad.

—Después voy a ir a casa. Necesito coger unas cosas de mi habitación, y cenaré allí.

—Muy bien, cielo. Dale un beso a tus padres de mi parte —dijo, sin dar muestra alguna de sospecha.

—Si se me hace tarde a lo mejor me quedo a dormir —añadí.

—Muy bien. No me gusta que salgas de noche a la carretera.

  Por supuesto, omití detalles sin importancia como que mi padre trabajaba esa noche o que mi madre y yo íbamos a cenar fuera. El resto de la tarde transcurrió sin incidentes. Decidimos darle un descanso a la pintura del garaje y nos relajamos en la piscina, chapoteando, jugando a las cartas en la hierba o charlando. Cuando llegó la hora de marchame me puse mis tejanos más decentes, una camisa bien planchada y un buen chorro de colonia. Me despedí de la fogosa horticultora con una breve sesión de besos y caricias que terminó cuando salimos al garaje, donde un observador inoportuno podría vernos. Me subí al Land-Rover y la vi agitar la mano desde la verja, con una amplia sonrisa, mientras me alejaba por la carretera polvorienta.

  De camino a la ciudad, bajo la tardía puesta de sol veraniega, me di cuenta de que estaba un poco nervioso por la dualidad del encuentro que me esperaba. Por una parte era una cena con mi madre, en la que íbamos a tratar un tema delicado que quizá cambiase nuestra relación para siempre, si es que no lo había hecho ya. Por otra parte, era una cita con una atractiva mujer de cuarenta y tres años a la que deseaba desde hacía mucho tiempo. También me planteaba dudas el frasquito de tónico que llevaba en el bolsillo del pantalón. No estaba seguro de querer usarlo, y en caso afirmativo no sabía si tendría la oportunidad de hacerlo.

  Me animé al pensar que, si no tenía suerte con mamá, en el pueblo me esperaba su suegra, cada vez más libertina y dispuesta a cumplir mis deseos. En el aspecto sexual, esa noche no podía perder.

  A las nueve menos diez llegué a la calle en la que vivía desde que había nacido. Mi madre era muy puntual y siempre se lamentaba de que yo no hubiese heredado esa virtud, así que me había propuesto sorprenderla llegando antes de la hora acordada. Aparqué frente al portal de nuestro bloque y esperé. Podría haber simplemente subido y entrar en casa a buscarla, pero quería aumentar la ilusión de que aquello era una cita. No tuve que esperar mucho: cuando quedaba un minuto para las nueve vi abrirse la pesada puerta del edificio y apareció.

  Caminó hacia el coche bajo mi atenta y sorprendida mirada. Se había puesto un vestido veraniego sin mangas, de un alegre tono naranja y con estampados geométricos de diversos colores, un diseño muy de los noventa. No la acomplejaba tener el pecho casi plano así que la parte superior de la prenda se ceñía a su torso, dejando a la vista la mitad de la espalda, la piel bronceada que cubría su delicado esternón y las elegantes líneas de las clavículas. De cintura para abajo, el vestido se ensanchaba en una falda plisada, cuya ligereza la hacía ondear con gracia al caminar. Era tan corta que dejaba a la vista la mitad del muslo, quizá unos centímetros más. Remataba el conjunto con unas sandalias amarillas de tacón alto que elevaban su corta estatura hasta casi igualarla con la mía y un bolso de vinilo verde.

  Cuando se acomodó en el asiento del copiloto y cerró la puerta la falda subió, revelando aún más piel, y no pude hacer otra cosa que mirarla embobado. No iba muy maquillada, lo suficiente como para que resultase obvio que esa noche era una ocasión especial pero no tanto como para hacerme pensar que quería llamar mi atención, cosa que logró de todas formas. El pintalabios rojo oscuro en sus finos labios resaltaba el encanto de su sonrisa asimétrica, y la sombra de ojos aumentaba la intensidad de su mirada bajo las largas pestañas. Se había peinado el flequillo con gel fijador y en su pelo corto y rubio no se apreciaba ninguna raíz oscura, por lo que deduje que se lo había vuelto a teñir esa misma mañana.

—¿Qué pasa? ¿Es que ni me vas a decir hola? —preguntó, en su habitual tono socarrón.

—Joder, te has tomado en serio lo de ponerte guapa —dije, intentando apartar la vista de sus preciosas piernas.

  Respondió a mi cumplido con un beso en la mejilla. Después se lamió el pulgar para limpiarme el carmín de la cara. Un gesto maternal que me excitó de una forma absurda. Su actitud me pareció relajada y afectuosa, pero con mi madre uno nunca podía estar seguro de lo que realmente pensaba. Habría sido una estupenda jugadora de póker.

—¿Dónde me vas a llevar, si se puede saber?

—Ya lo verás —dije, poniendo el coche de nuevo en movimiento.

  Yo no era aficionado a ir a restaurantes y no conocía muchos, pero había oído hablar de uno en el centro, no muy caro y con comida decente. Nos alejamos de nuestro barrio mientras el sol terminaba de ponerse entre las fachadas de ladrillo rojo y los tendederos donde la ropa ondeaba con la débil brisa.

—Bueno, ¿me vas a decir de dónde has sacado el dinero para andar invitando a cenas? No se lo habrás pedido a tu abuela, ¿verdad? —me interrogó.

—Claro que no. He estado haciendo algunos trabajos en el pueblo. Poca cosa, pero he sacado unos billetes —dije.

  No había elaborado mucho esa mentira, así que esperé no tener que entrar en detalles. Pero como suele pasar con las madres la mía quería detalles, y cuantos más mejor.

—¿Trabajos? ¿Qué trabajos? —inquirió, levantando una de sus finas cejas.

—Cosas del campo, ya sabes. Por allí hay mucha gente mayor que vive sola y no le viene mal una ayuda.

—Pero estarás ayudando también a la abuela, ¿no?

—Pues claro. El día es muy largo, mami, sobre todo en el pueblo.

  Mi explicación la dejó aparentemente satisfecha, o al menos no quiso ahondar más en el tema. La próxima vez que hablase con su suegra descubriría mi mentira, pero ya me preocuparía por eso cuando llegase el momento.

—Quién te ha visto y quien te ve, hijo. De pasarte el día haciendo el vago a currar sin que nadie te lo diga —comentó mi madre, medio en broma pero con cierto orgullo.

—Será el aire del campo —dije.

—La verdad es que se te ve cambiado. —Me miró de arriba a abajo, y me alegré de haberme puesto ropa decente—. Hasta pareces un hombre.

—Mejor no digo lo que pareces tú.

  Reaccionó a mi broma con un fuerte pellizco en el costado que intenté devolverle sin éxito.

—¡Oye! Mira a la carretera, idiota, a ver si nos la vamos a pegar —me regañó, riendo.

  Llegamos a las animadas y anchas avenidas del centro, iluminadas por las altas farolas y los neones de los comercios y locales varios. En un semáforo un taxi se detuvo junto a nosotros. El conductor era un tipo con gafas al que no había visto nunca.

—Papá suele trabajar por esta zona, ¿verdad? —pregunté. Ya sabía la respuesta y me molestó no haber previsto que el viejo podría vernos.

—Creo que sí —dijo mi madre, mirando también al taxista desconocido.

—¿Y si nos ve?

—¿Qué más da si nos ve? Vamos a cenar. No estamos haciendo nada malo —contestó, un poco molesta.

—¿Le has dicho que ibas a salir esta noche?

  No contestó de inmediato. Soltó un rápido suspiro que no auguraba nada bueno y miró hacia el luminoso escaparate de una tienda de ropa.

—No tengo por qué decirle todo lo que hago. ¿No te parece?

—Sí. Tienes razón —dije, disimulando lo mucho que aumentaba mis esperanzas el hecho de que le hubiese ocultado a su marido nuestro encuentro.

  Serían las nueve y media cuando encontré aparcamiento, nos bajamos del Land-Rover y andamos un buen trecho de camino al restaurante. La mayoría de los hombres con los que nos cruzábamos la miraban con mayor o menor disimulo, cosa que lejos de molestarme me enorgullecía y excitaba, sobre todo cuando me agarró del brazo como si fuésemos una parejita cualquiera dando un paseo. No era la primera vez que hacía eso, por lo que no le di importancia, pero no fueron pocos quienes me miraron con envidia. Salvo por la estatura, no nos parecíamos en nada, y a pesar de la diferencia de edad no era descabellado tomarnos por una pareja.

  Una vez en el restaurante, el camarero nos condujo hasta una mesa para dos. Fue un golpe de suerte, ya que no había reservado y era la única que quedaba libre. El local era amplio y bien iluminado, decorado con motivos tropicales y multitud de plantas. Las mesas y las sillas eran de un material que imitaba el bambú y las cartas estaban impresas en tablillas de madera. No era el colmo de la elegancia y el buen gusto, pero para una ama de casa de clase obrera que no salía muy a menudo resultaba deslumbrante.

—Qué bonito —dijo mamá, admirando la recargada decoración— ¿Habías estado aquí antes?

—Un par de veces —mentí, en un poco inspirado intento de impresionarla.

—¿Ah si? Yo pensaba que tu eras más de litronas en el parque que de restaurantes.

—Hay muchas cosas de mí que no sabes, mami.

—Uy si, el señor misterioso, ¡ja ja!

  El camarero, un latino fornido y sonriente de unos treinta años, nos interrumpió cuando vino a tomar nota de las bebidas. Yo pedí una cerveza y ella un Bloody Mary, su cocktail favorito. No era una gran bebedora, por lo que me sorprendió que comenzase con algo tan fuerte. Puede que estuviese más nerviosa de lo que aparentaba, o que quisiera impresionarme como la noche en que fumó hachís y me pajeó a dos manos para demostrarme que no era una mojigata. Cuando llegó el Bloody Mary lo removió con la ramita de apio, la sacó y la chupó antes de dejarla en la mesa. Un gesto que no estaba destinado a ponerme cachondo pero que lo consiguió sin lugar a dudas.

—Estás muy guapa. En serio.

—Tu tampoco estás mal —dijo ella, añadiendo varios grados de ternura a su sonrisa irónica—. Me gusta esa camisa.

—Me la compraste tú.

—Pues claro. Si no fuese por mí solo llevarías camisetas zarrapastrosas.

  En eso tenía razón. Mi guardarropa se caracterizaba por anteponer la comodidad a la elegancia y por el apego sentimental a ciertas prendas. Tras mirar la variada carta del local pedimos la cena: unos aperitivos para ambos, una colorida ensalada para ella y cerdo asado al estilo brasileño para mí. Sin entrar en detalles, la manduca estaba buena y no era cara. Cenamos sin prisas, hablando un poco de todo, bromeando y evitando el tema más importante que planeaba sobre la mesa. A unos pocos metros un tipo trajeado que cenaba solo le miraba las piernas de vez en cuando, cosa que yo no podía hacer desde mi posición y me provocaba sobre todo envidia, pues con ese vestidito tan corto y los tacones debían ser un espectáculo.

  Cuando terminamos nuestros platos, ella iba por la mitad del segundo Bloody Mary y yo por la tercera cerveza. No parecía dispuesta a sacar el tema y yo me moría por salir de dudas, así que me lancé, a riesgo de estropear su buen humor.

—Mamá, hay algo de lo que tenemos que hablar, ¿recuerdas?

  Como me temía su rostro se ensombreció, torció un poco la boca y bajó la mirada, jugueteando con la ramita de apio entre sus dedos. Me entristeció un poco su dificultad para encarar el tema. No éramos la clase de madre e hijo que se lo cuentan todo, pero siempre habíamos tenido confianza, aunque nos hubiésemos distanciado un poco en los últimos años.

—Si quieres lo dejamos para otro momento —dije.

—No… No, es mejor que lo aclaremos de una vez.

  Miró alrededor, para asegurarse de que nadie nos escuchaba, algo imposible por el ruido ambiente y el caribeño hilo musical. El mirón estaba concentrado en un enorme filete y desde las demás mesas nadie nos prestaba atención. Me miró a los ojos, cogió aire y lo soltó muy despacio antes de hablar.

—Mira, Carlos, no se qué me paso aquella noche, pero no debí de… Hacer lo que hice, y lo siento.

  Levanté una ceja, asombrado. Lo último que esperaba era que me pidiese perdón.

—No tienes por qué sentirlo. No hiciste nada malo, y además, fui yo quien empezó.

—Si, lo que hiciste no estuvo bien, pero soy tu madre. Tendría que haberte parado los pies, darte un guantazo o salir de la habitación, en lugar de… Bueno, ya sabes lo que pasó, y será mejor que lo olvidemos.

—¿Olvidarlo? No se a ti, pero a mi no se me va a olvidar —afirmé, indignado.

—A mí tampoco, pero ya sabes lo que quiero decir. Debemos fingir que no pasó, y no volver a hablar del tema. —Hizo una pausa y su gesto se endureció—. Y no pienses que volverá a pasar algo parecido, ¿estamos?

—No lo entiendo —repliqué, poco dispuesto a rendirme—. Si crees que es tan malo, ¿por qué lo hiciste? Tu misma lo has dicho, podrías haberte ido, o pegarme una hostia.

—Mira, no sé… Debió ser el porro.

—Solo le diste dos caladas y ni las notaste. No me vengas con que estabas drogada.

—¿Y qué quieres que te diga? —preguntó, cada vez más tensa.

—Por lo menos admite que a ti también te gustó.

—Carlos… Déjalo ya, ¿vale?

—No puedes negar que te gustó, aunque te joda. Te corriste en mi polla como una…

—¡Carlos!

  No fue un grito pero levantó la voz lo suficiente como para que la mirasen desde las mesas más cercanas. Me fulminó con sus ojos, brillantes por la humedad que amenazaba con desbordarse. Lo último que quería era verla llorar. Había sido una velada muy agradable y no quería que terminase de esa forma. Alargué la mano por encima de la mesa y agarré la suya con suavidad, acariciando el dorso con el pulgar. No rechazó mi contacto, su expresión se relajó un poco y no tardó mucho en devolverme la caricia y esbozar una sonrisa agridulce.

—Lo siento —dije.

—No pasa nada, hijo.

  Usó la punta de la servilleta para enjugar una lágrima que amenazaba con escapar de su ojo. Cogió su bolso y se levantó, después de acariciarme el brazo y darle un breve sorbo al rojo cocktail.

—Voy un momento al baño. Enseguida vuelvo.

  La miré alejarse entre las mesas, rumbo al pasillo donde estaban los aseos. La falda resaltaba el volumen de su trasero, pequeño y respingón, y los tacones las irresistibles formas de sus piernas. Yo me quedé sentado bebiendo cerveza y maldiciendo mi brusquedad, un defecto que casi siempre me traía problemas cuando hablaba con mujeres. Como me temía, su interés en hablar conmigo a solas era para poner fin a una relación que ni siquiera había comenzado. Al carajo, pensé. Tal vez no iba a cumplir la proverbial fantasía masculina de regresar al vientre materno; no iba a penetrar ese coñito estrecho que, milagrosamente, diecinueve años atrás se había abierto lo suficiente como para permitirme salir al mundo, pero en el pueblo me esperaba una hembra dispuesta a darme placer y dejar que yo se lo diese, una mujer excepcional con la que todo era más sencillo y a la que quería tanto como a mi propia madre.

  En aquellos tiempos aún se podía fumar en los restaurantes, así que metí la mano en el bolsillo para sacar el tabaco y echar un cigar. Cuando mis dedos rozaron el cristal del pequeño frasco casi me doy un manotazo en la frente. El tónico. Con tanto drama me había olvidado de mi arma secreta, y ese era el momento ideal para usarla, si me atrevía. ¿Qué era lo peor que podía pasar? Si también me rechazaba bajo los efectos de la poción, volvería al pueblo y gozaría en brazos de mi pelirroja favorita. Ella se iría a casa, se masturbaría como una loca toda la noche y cuando mi padre llegase de trabajar le sorprendería con un efusivo polvo mañanero.

  Miré alrededor para asegurarme de que nadie me veía. Mi madre era de las que tardan poco en salir del baño, así que debía darme prisa o perdería esa oportunidad única. Abrí el frasco, a toda prisa vacié la pipeta en el Bloody Mary y removí la mezcla con el apio. El color no había cambiado, y esperaba que el vodka, el zumo de tomate y los condimentos del cocktail enmascarasen el sabor del tónico. Mientras volvía a guardar el frasco en mi bolsillo miré hacia la izquierda y me quedé congelado. El tipo trajeado, el que le miraba las piernas a mi madre, ahora me miraba a mí con una sonrisa zorruna en la cara. El hijoputa me había visto, y creo que el corazón se me paró un segundo cuando lo vi levantarse de su silla y acercarse a mí.

  Tendría entre treinta y treinta y cinco años, el traje era de los buenos pero le quedaba un poco grande. Se inclinó hasta que su rostro lampiño quedó cerca del mío, con la misma sonrisa astuta y lasciva, me puso la mano en el hombro y me guiñó un ojo.

—Tranquilo, chaval. Yo no he visto nada —me dijo, en tono de complicidad. Miró alrededor y habló de nuevo—. Algunas necesitan una ayudita para ser más obedientes, ¿eh?

—Eh… Ya te digo —conseguí decir.

—Muy rica la madurita, por cierto. Enhorabuena, campeón.

  Dicho esto me dio una palmada en el hombro y regresó a su mesa, dejándome al borde del infarto. Traté de calmarme fumando un cigarro y le pegué un buen trago a mi cerveza. Había tenido suerte, después de todo. El único testigo había sido un degenerado que seguramente drogaba a las mujeres para abusar de ellas. Yo no era como ese tipejo, me dije. El tónico no obligaba a nadie a hacer algo que no quisiera hacer, o eso pensaba. El misterioso brebaje aún ocultaba secretos que tardaría mucho en desvelar.

  Mi madre volvió al cabo de unos minutos, relajada y de buen humor, como si nuestra discusión no hubiese ocurrido. Intenté no mirar el vaso de Bloody Mary, aunque no pude evitarlo cuando lo cogió y se echó un buen trago. Por suerte, no hizo ninguna mueca que indicase un cambio en el sabor de la bebida. Ahora solo necesitaba tiempo para que el tónico obrase su magia.

—¿Quieres postre, mamá?

—Uff, no gracias. Estoy llena. Pero pide tu algo si quieres.

  Yo tampoco tenía hambre, y menos después del susto que me había pegado el individuo trajeado, pero tenía que alargar la velada al menos media hora. Estaba a punto de pedir una generosa ración de tarta helada que seguramente me sentaría mal cuando mamá salió al rescate de mi estómago sin proponérselo.

—Postre no, pero otra copita si que me tomaba —dijo, antes de apurar su vaso de un solo trago.

  Nunca la había visto beber con tanta avidez, cosa que me preocupó un poco. Por mucha tolerancia natural que hubiese desarrollado en sus años de rebeldía juvenil, no dejaba de ser una mujercita de metro cincuenta y cinco que pesaba poco más de cincuenta kilos. La potencia del tónico combinada con demasiado alcohol podía tener efectos imprevisibles, y la situación se me podría ir de las manos.

—¿Que me dices? ¿Nos tomamos la última o tienes prisa por volver con tu abuelita? —se burló, jugueteando de nuevo con la rama de apio.

—No tengo ninguna prisa. ¿Quieres otro de esos? —pregunté. No le seguí la broma sobre mi abuela por temor a que se me pudiese escapar algún comentario sospechoso.

—No, que me voy a empachar con tanto tomate. Mejor un gin tonic.

—Que sean dos —dije, alzando la mano para llamar la atención del camarero.

—Oye, cuidado con pasarte que me tienes que llevar a casa —me advirtió.

—Si me mareo siempre podemos llamar a un taxi —dije, con evidente malicia.

—Muy gracioso.

  No quería volver a ponerla de mal humor, pero había otro tema que me intrigaba y era una buena ocasión para indagar. Las copas llegaron a la mesa, grandes y redondas como bolas de pitonisa. El tipejo trajeado pagó su cuenta y se marchó por fin. De camino a la puerta del local pasó por detrás de mi madre y me guiñó un ojo, sonriendo como un sátiro, cosa que me revolvió las tripas. Por suerte el gin tonic tiene efectos digestivos y el primer trago me asentó el estómago. Mi madre se relamió y comentó algo sobre la buena calidad de la ginebra. En sus manitas morenas la copa parecía aún más grande.

—¿Por qué no le has dicho a papá que íbamos a cenar juntos? ¿Estáis enfadados o algo? —pregunté, intentando no sonar como un niño preocupado porque sus papis discuten.

  La sonrisa no desapareció del todo de sus labios pero percibí la tristeza en sus ojos. No se si lo he mencionado antes, pero tenía los ojos de un marrón muy claro. Bajo la luz del restaurante, sus iris parecían dos anillos de ámbar humedecidos por el rocío de la mañana. He vuelto a ponerme cursi, así que lo compensaré diciendo que muchas veces había fantaseado con esos ojos mirándome desde abajo mientras me comía la polla hasta los huevos.

—No… No estamos enfadados. —Suspiró y dibujó lineas con el dedo en el cristal empañado de su copa—. El matrimonio es complicado, hijo, sobre todo después de veinte años. Ya lo verás cuando te cases.

—¿Es que no os va bien? Hace mucho que no escucho… acción en vuestro dormitorio.

—¿Pero es que nos espías, pervertido? —preguntó, levantando las cejas.

—Vivimos en un piso pequeño y mi cuarto está junto al vuestro. No me hace falta espiaros.

  Le dio un largo trago a su ginebra con tónica y respiró hondo. No le resultaba cómodo hablar de sus problemas maritales con su hijo, pero noté que tenía ganas de desahogarse, y el alcohol contribuía a soltarle la lengua.

—Ese es uno de los problemas, pero no es el único —dijo, sincerándose más de lo que esperaba—. Me ignora en la cama, y fuera tampoco es que me haga mucho caso.

—¿Crees que tiene una amante?

—No. Tu padre no es de esos. Creo que simplemente… Se ha cansado de mí. Y la verdad es que yo también estoy aburrida.

—Yo nunca me cansaría de ti —dije, volviendo a acariciar su mano sobre la mesa.

—No te queda otra. De mujer se puede cambiar pero de madre no.

—¿Os vais a divorciar?

—No. No… lo sé. Mira, no quiero hablar de esto ahora, Carlos.

—Si os divorciáis me quedo contigo —bromeé, para relajar el ambiente.

—Si me divorcio me voy a Cuba y me busco un negrazo que me alegre el cuerpo —dijo, recuperando de pronto el buen humor.

—Un negro te partiría por la mitad, pequeñaja.

  Reímos y continuamos con la velada, hablando de temas más triviales y trasegando los gin tonics a buen ritmo, sobre todo ella. Pasados unos quince minutos comencé a notar sutiles cambios en mi madre. Los ojos le brillaban de una forma que no tenía nada que ver con su ligera embriaguez, su respiración se había acelerado un poco y cambiaba de postura continuamente, como si de repente tuviese hormigas bajo la falda. No me cupo duda de que la obra maestra del Doctor Arcadio Montoya estaba operando en su organismo.

  Cuando nos terminamos las copas temí que quisiera pedir otra, pero en cuestión de segundos pasó de estar relajada a querer salir de el restaurante como si estuviese en llamas. Pagué la cuenta y salimos a la calle. Volvió a agarrase de mi brazo, esta vez no solo para demostrarme afecto sino porque no confiaba demasiado en mantener el equilibrio sobre sus tacones. Una vez en el Land-Rover, noté que estaba más seria y menos habladora que cinco minutos antes. Se sentó con las piernas cruzadas, jugueteando nerviosa con los bajos de su falda o con la correa del bolso. Durante el camino de vuelta al barrio no dijo nada, evitaba mirarme y se removía incómoda en el asiento.

—¿Estás bien, mami?

—Eh… Si, estoy bien —dijo, distraída.

  Estaba tan claro lo que le pasaba, al menos para mí, que era como si le leyese el pensamiento. El tónico, unido a su triste vida sexual, la había puesto cachonda como una perra en celo, y a no ser que decidiese follarse a un desconocido, cosa que no haría, la única polla que tenía a mano era la de su hijo. Una polla que ya había visto, tocado y sentido contra su cuerpo, aunque no dentro de ella. Debía ser cuidadoso, ya que después de la discusión en el restaurante intentar bajarle las bragas podría ser como desactivar una bomba.

  Llegamos a nuestra calle y esta vez no aparqué frente al portal, sino un poco más adelante, bajo un frondoso árbol y junto a una panadería cerrada. Desde las ventanas y balcones del edificio nadie podía ver lo que sucedía dentro del coche, y la calle estaba desierta. Había ideado una estrategia mientras conducía y era el momento de ponerla en práctica. Ahora o nunca.

—Oye, mamá, ¿puedo hacerte una pregunta?

El motor estaba apagado y no se había movido. Continuaba con las piernas cruzadas y sin saber qué hacer con las manos, inquieta.

—Si, claro.

—Aquella noche… ¿por qué no me dejaste besarte?

  Me miró extrañada, como si le hablase de algo que hubiese sucedido diez años atrás en lugar del sábado pasado. No le hizo gracia que volviese a sacar el tema y me lo hizo saber cerrando los ojos, con su habitual mueca de impaciencia, y dando golpecitos con el pie en el suelo del vehículo.

—Sí que nos besamos —replicó.

—Me refiero a un beso de verdad.

—¿En serio, Carlos? ¿Le estás preguntando a tu madre por qué no quiso darte un beso con lengua? —Me miraba con una ceja levantada, entre el sarcasmo y el enfado.

—Respóndeme. Me gustaría saberlo —dije, en tono firme.

—No se… —Hizo una pausa y miró a la calle desierta, evitando mis ojos—. Me pareció demasiado… íntimo.

—¿En serio? ¿Más íntimo que hacerme una paja y que restr…?

—¡Ya vale! Se acabó hablar de se tema, ¿estamos? —me interrumpió, sin gritar, en un tono más cansado que furioso.

—Dame un beso ahora y se acabó —dije.

—Carlos…

—Un beso y me olvido del tema para siempre. Te lo juro —supliqué, como si le estuviese pidiendo que me dejase acostarme más tarde.

  Su pie dejó de golpear el suelo y el otro trazó círculos en el aire. Se lo pensó un buen rato, alternando su mirada entre mi sonrisa inocente y el salpicadero. Se removió en el asiento y soltó un largo suspiro. Miró en todas direcciones a través de las ventanillas y se acercó a mi asiento, tanto que su muslo casi tocaba la palanca de cambios.

—Cinco segundos, ¿de acuerdo? Y te olvidas —dijo al fin. Que usara su tono de autoridad maternal en esa situación me resultó encantador.

—¿Solo cinco? —me quejé.

—Lo tomas o lo dejas.

—De acuerdo.

  Sin darle tiempo a arrepentirse, me incliné hacia ella, le puse una mano en la cintura y otra en el hombro, y ladeando la cabeza cubrí sus labios con los míos. Abrió la boca, permitiendo que mi ansiosa lengua entrase en busca de la suya, y cuando la encontró se abrazaron como dos buenas amigas que llevasen años sin verse. Su saliva sabía a ginebra y limón, y el calor de su cuerpo se unió al del mío cuando la atraje hacia mí. Pasaron cinco segundos, diez, quince… Sentí sus manos acariciando mi pelo y mi espalda, al aire caliente como vapor que salía de su nariz y el hambre de su boca, que no solo aceptaba mi beso sino que lo devolvía con una intensidad desmedida.

  Mi pecho se apretó contra el suyo, su muslo se subió a mi pierna y lo acaricié, levantándole el vestido hasta la cadera. Dejó escapar un suave gemido cuando mis dedos tocaron la humedad delatora de sus bragas, se apartó de mí bruscamente y miró alrededor con la respiración acelerada.

—Joder, Carlos… Nos va a ver alguien —dijo, con un brillo de genuino temor en los ojos.

—Es verdad. Vamos a subir a casa —propuse.

—¡No, a casa no! —exclamó, de nuevo nerviosa—. Arranca.

—¿Y a dónde vamos?

—No sé… Tu conduce. No quiero estar aquí.

  En ese momento casi no me llegaba sangre al cerebro, tal era el tamaño del empalme que se marcaba en mis tejanos, así que obedecí sin rechistar. Mamá estaba muy caliente pero también paranoica e irritable. No iba a ser fácil manejarla pero si encontraba un lugar discreto tal vez se calmaría un poco. Por suerte conocía aquel barrio como la palma de mi mano. Conduje unas cuantas manzanas y metí el Land-Rover en un callejón sin salida, silencioso y oscuro, en que que solo había un par de persianas metálicas cerradas y unos contenedores de basura. No era el lugar más romántico del mundo pero nosotros tampoco éramos la pareja más convencional. Cuando se apagó el motor el silencio nos envolvió. Mi madre se puso de rodillas en el asiento para mirar hacia la entrada del callejón, a través de las ventanas traseras.

—Tranquila. Aquí no nos ve nadie.

  Pensé que iba a discutir, pero en lugar de eso se lanzó sobre mí, se subió a horcajadas a mi regazo, me agarró la cara con ambas manos y me besó con tanta pasión que me costó seguir el ritmo de su frenética lengua. Puse mis manos en sus firmes nalgas y ella misma se subió el vestido hasta la cintura. Cuando intentó sacárselo por la cabeza sus brazos golpearon el techo, al mover una pierna golpeó la palanca de cambios y el borde del volante se le clavó en la espalda cuando se inclinó hacia atrás. Se revolvió y resopló, impaciente e incómoda. No podía creer que la misma mujer que me había rechazado en el restaurante ahora se quejase porque no podía desnudarse lo bastante deprisa.

—Espera. Vamos atrás, que hay sitio de sobra —dije.

  De inmediato se coló entre los asientos y saltó al amplio habitáculo trasero. El espacio entre los bancos era más que suficiente para dos personas de nuestro tamaño. La seguí y saqué la gruesa manta guardada bajo los asientos, con cuidado de que no viese la caja del tónico.

—Vaya… Si que vas preparado, ¿eh? —dijo al ver la manta.

—Bueno, nunca se sabe.

—Y que lo digas.

  Extendí la manta en el suelo y cuando volví a mirarla se había quitado el vestido y las bragas, dejándolos en el asiento delantero. A pesar de la escasa luz, me quedé embobado volviendo a contemplar su menudo y bonito cuerpo. Los pezones pequeños y oscuros si que eran un postre apetecible, y el triángulo de vello negro en su entrepierna me llamaba como una tigresa llama a su crías en la misteriosa jungla.

—No te quedes ahí pasmado. Quítate los pantalones, venga —ordenó, de rodillas sobre la manta.

  De nuevo obedecí sin rechistar. En pocos segundos estaba totalmente desnudo y arrodillado frente a ella. Mi verga cabeceaba entre mis muslos separados y la miró con una expresión inescrutable, como si en lugar de un cipote fuese una complicada ecuación a resolver. Tomé la iniciativa y la arrastré sobre la manta, donde nos besamos y acariciamos tumbados de lado, bañados por la escasa luz de una lejana farola. Sus dedos rodearon mi mango y comenzó a masturbarme a buen ritmo, con mi capullo pegado a su vientre. Su habilidad manual era tal que incluso en esa postura, con el brazo en un ángulo incómodo, me pajeaba mejor de lo que ninguna otra lo había hecho. Se lo agradecí besándole el cuello y los bronceados hombros, acariciando su piel febril con mi aliento.

  Hice que separase las piernas y colocase un muslo sobre mi cadera, llevé mi mano hasta su coño y mis dedos pronto estuvieron empapados. Metí el dedo corazón y el anular en la raja y moví la mano con energía, consiguiendo que sus fluidos le salpicasen las ingles. Los descarados gemidos que brotaban de sus labios se unieron al chapoteo que mi mano provocaba en sus otros labios.

—Joder… Carlos… —dijo, muy cerca de mi oreja.

—¿Te gusta? —pregunté, aunque la respuesta era obvia.

—Uff… Me cago en la puta… Joder… —gimoteó, con una voz aguda y temblorosa que nunca le había escuchado y que me recordó al exagerado doblaje de las pelis porno.

  Como habréis comprobado, a mi madre no había que pedirle que fuese malhablada, al contrario que a su suegra. Manejaba un catálogo tan amplio de tacos, exabruptos y maldiciones que más de una vez me había avergonzado en público, y eso que no soy lo que se dice remilgado. En ese momento, su sucia y deliciosa lengua me excitaba tanto que tuve que esforzarme para no correrme contra la tersa piel de su abdomen, pues ella seguía dándole a la zambomba sin descanso.

  De repente sacudió todo el cuerpo, liberando su chochito de mi incansable garra, soltó un gruñido animal que, debo confesar, me asustó un poco y me obligó a tumbarme bocarriba empujando mis hombros. Se montó sobre mi polla como había hecho en la casa del pueblo, aplastándola contra mi vientre. Con los labios apretados en una línea de concentrada lascivia y los ojos incandescentes clavados en los míos empezó a mover las caderas, con ese enérgico culebreo que hoy en día la habría convertido en la reina del perreo. Su coño se restregaba contra mi tronco, mojándolo y aplastándolo sin piedad. El gel fijador había perdido su consistencia y el flequillo le caía sobre un ojo, dándole un aspecto aún más salvaje. Gemía, jadeaba y cabalgaba cada vez más rápido. Sabía lo que pretendía: repetir la farsa de nuestra primera noche, frotarse hasta correrse y sacarme la leche al mismo tiempo, segura de que no podría resistirme a su habilidad. Esa vez no se lo iba a permitir.

  Esperé hasta que sus contorsiones se volvieron frenéticas, pellizcando sus duros pezones o magreando sus nalgas mientras se acercaba al clímax. Entonces hice uso de mi superioridad física, me incorporé de golpe, arrancándole un ronco grito de sorpresa, la tumbé bocarriba y me coloqué sobre ella. La postura le impedía cerrar las piernas y cuando forcejeó, entre miradas asesinas y gruñidos de fiera, le agarré las muñecas y las sujeté, no sin esfuerzo, a ambos lados de su cabeza. La manta de lana nos hacía sudar más de lo normal y una gota cayó desde la punta de mi nariz hasta su frente cuando me la quedé mirando con una sonrisa diabólica.

—¿Qué… coño haces? Suelta… Suéltame, hostia…

—Esta vez no te libras.

—He dicho que… me sueltes, imbécil… Suelta o te juro que…

  Mi lanza estaba tan dura y lista para atacar que no necesité ayuda de la mano para encarar el objetivo. Trató de evitarlo moviendo las caderas y pataleando pero tras un par de intentos entré en la caliente y húmeda madriguera. La penetré de un lento empujón, con firmeza pero sin violencia. Ella gritó tan fuerte que los cristales del coche vibraron. No era un grito de dolor ni una llamada de auxilio, era un grito donde se mezclaban su rabia por mi desobediencia, el turbio placer de sentirme dentro y la expresión primitiva de la liberación y el caos que necesitaba su tediosa vida. Se la metí entera, sintiendo que encajaba en su coño como una espada en su vaina, y me quedé quieto, mirándola a los ojos.

—¿Qué has… hecho? Carlos… Joder… ¿Pero qué has hecho?

—Venga ya… Tu también lo estabas deseando. Admítelo —dije, alternando las palabras con tiernos besos en su cara.

—¿Y si…? ¿Y si me quedo embarazada? ¿Has pensado en eso, joder? —dijo. Su pecho subía y bajaba contra el mío, agitado, y le costaba articular más de tres palabras seguidas—. Tu padre… Tiene hecha la vasectomía, ya lo sabes. ¿Qué coño le digo si…?

—No me importaría tener un hermanito —dije, para relajar la tensión.

—¡No hagas bromas con eso, anormal!

—Tranquila, joder. No me voy a correr dentro. Te lo prometo.

—Más… más te vale. Si me preñas te corto los huevos.

—Yo también te quiero, mami.

  La palpitación de mi verga entre las estrechas paredes que la rodeaban me indicó que la conversación ya había durado suficiente. Comencé a bombear despacio, deleitándome con hasta la más sutil de las sensaciones que me provocaba el acto de penetrarla. Ya no forcejeaba, pero no le solté las muñecas. Me gustaba la sensación de tener el control. Durante diecinueve años ella había estado al mando y esa noche me tocaba a mí. En apenas un minuto sentí que nuestros cuerpos se entendían y se complementaban de forma instintiva, como si hubiesen nacido para ese momento. Sus piernas rodearon mi cintura y cuando besaba su cuello me correspondía haciendo lo mismo, suspirando y susurrando a mi oído palabras tan íntimas que prefiero guardarlas solo para mí.

  Al cabo de un rato liberé sus manos. Los pequeños dedos se clavaron en mi espalda, acepté el dolor de sus uñas en mi piel como un regalo y la embestí con más ímpetu. El abrazo de sus piernas se hizo tan fuerte como si temiese que fuese a escapar. Gritó, gimió y se estremeció debajo de mí, abandonándose al placer de un orgasmo que empapó la manta y mis muslos, retorciéndose y reteniéndome dentro de ella con la inusitada fuerza de sus piernas. Cuando el seísmo perdió intensidad llegó mi turno. La sujeté por las rodillas y puse sus tobillos en mis hombros. La cubrí de nuevo, doblando su flexible cuerpo hasta que nuestras caras sudorosas se tocaron. La penetré con más profundidad, acelerando mis acometidas de tal forma que hasta la amortiguación del Land-Rover lo acusó. Mis huevos repletos de amor le golpeaban el perineo sin descanso y sus pequeños pies se agitaban a ambos lados de mi cabeza.

  Su mano se aferró a mi nuca, la otra castigó de nuevo la piel de mi espalda y en mi frenesí empotrador me vi sorprendido por los gritos y espasmos de su segundo orgasmo. Ya no pude aguantar más. La saqué de su coño chorreante, sintiendo como mis soldados viajaban ya a toda velocidad hacia el frente de batalla. La metí entre sus prietos muslos y la hice cerrar las piernas, con los tobillos cruzados sobre mi hombro. Me corrí abrazado a sus piernas, bramé como un alce y derramé lo que me pareció una cantidad exagerada de semen sobre su vientre. Solo unos cuantos goterones blancos alcanzaron su pecho y ninguno tocó el rostro que continuaba transfigurado por el placer. Cuando la solté y me senté sobre la manta, agotado, se despatarró y se frotó el clítoris a toda velocidad, hasta que su cuerpo se arqueó y entre gemidos afónicos mandó otro chaparrón de fluidos sobre la maltratada manta.

  Pasamos unos minutos en silencio, descansando y procesando lo que acababa de ocurrir. Entonces se incorporó sobre los codos, aún tumbada en la manta, y contempló los viscosos charcos de lefa en su piel morena.

—Joder… ¿es que no has descargado desde el sábado? Qué barbaridad, cómo me has puesto.

—Lo he estado guardando para ti.

—Muy gracioso. Menos mal que siempre llevo toallitas húmedas en el bolso.

  Se puso en cuclillas para coger su bolso del asiento delantero y contemplé la firmeza de sus nalgas, adornadas por las marcas del bronceado. La observé mientras se limpiaba, con una sonrisa de satisfacción en el rostro. Sin desmerecer la entrega y experimentada pericia de mi querida abuela, había sido el mejor polvo de mi vida, y si no el mejor al menos el más salvaje y extraño. Me limpié yo también con toallitas húmedas, y una vez ambos aseados mi madre se plantó de rodillas frente a mí. Pensé que se vestiría y nos iríamos, pero en lugar de eso se dedicó a mirarme la verga, ladeando la cabeza y entornando los ojos en la caliente penumbra que nos envolvía. Mi mástil había perdido algo de verticalidad, pero mantenía el tamaño y gran parte de la dureza.

—Fíjate… A tu padre se le desinfla como un globo en cuanto se corre —dijo.

—Yo podría estar dándote caña hasta que salga el sol —presumí, aunque estaba casi seguro de que podría hacerlo.

—Cuidado, no vaya alguien a llamar a los Cazafantasmas —bromeó, recuperando su familiar sonrisa irónica.

  Iba a replicar de forma ingeniosa cuando se acercó más, gateando sobre la manta, y me agarró el manubrio. Bastaron un par de caricias para que volviese a ponerse duro como el mármol. Ella lo miraba como una niña miraría un juguete nuevo, uno con el que ya había jugado y se había divertido más que en toda su vida. Ver su rostro tan cerca de mi entrepierna me llevó a pensar en lo que cualquiera pensaría con ese rostro tan cerca de la entrepierna.

—¿Me la chupas? —pregunté.

  Me miró con una ceja levantada y una sonrisa traviesa. Se apartó el flequillo del ojo y exageró una expresión de duda, como si realmente se lo estuviera pensando, golpeándose la barbilla con el dedo. Mientras tanto no dejaba de mover la mano a lo largo del tronco, endureciéndolo cada vez más.

—Te la chupo si después me lo comes —propuso, y me pareció un trato justo.

—Vale. Pero te advierto que nunca me he comido un coño —le confesé.

—¿De verdad? Bueno, yo te enseño.

  Dicho esto, se puso casi a cuatro patas y acercó la cabeza a mi polla, le dio un lento lametón desde los huevos hasta la punta y se metió el capullo en la boca, cubriéndolo de saliva con hábiles movimientos de su lengua. Que mi madre me la estuviese mamando cumplía una de las fantasías más locas de mi repertorio, pero que además se hubiese ofrecido a ensañarme a hacer un cunnilingus era el episodio más bizarro de mi vida sexual, y lo dice alguien que ese mismo día le había metido una zanahoria por el culo a su abuela.

  Después de trabajar unos minutos el grande y el frenillo, bajó su boca por el tronco, alternando besos y lametones, para poco después engullir todo el rabo hasta la mitad, abriendo mucho la boca y esforzándose para que le entrase toda. Si resultaba que la garganta profunda era otra de sus habilidades, no me iba a quedar más remedio que buscar un país en el que fuese legal casarme con ella.

  Por desgracia no tuve ocasión de comprobarlo. En ese momento sucedió algo que casi nos mata a ambos de un puto infarto. Alguien golpeó las puertas traseras del Land-Rover. Mi madre saltó como una conejita asustada y se cubrió el cuerpo con la manta. Yo maldije en voz baja y me tapé la genitalia con lo primero que pudo agarrar mi mano del asiento delantero, y que resultó ser mi camisa. La potente luz de una linterna nos alumbró a través del cristal y tras ella distinguí una silueta.

La mano volvió a golpear, esta vez con más fuerza.

CONTINUARÁ…

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