PABLO ROJAS

Aquel día, había tenido una jornada normal como todos los lunes de rutina. Llegué a mi casa, puse ropa a lavar y luego vi una película. Cociné para esa noche y para el almuerzo del día siguiente.  Luego de cenar decidí acostarme a dormir. Apenas me escondí en mis sábanas, cerré mis ojos y calmé mi respiración. En ese momento lo sentí, esa sensación de guardia que me avisaba lo que ocurriría. No sé cómo lo hacía, pero siempre antes de pasarme lo presentía — ¿O era mi miedo lo que lo generaba? No lo sé.

Otra vez lo mismo. Ya estaba cansado, desde los doce años que me sucede, y a pesar de tomármelo con más calma, sigue atormentándome hasta el día de hoy. A esta altura ya me acostumbré al miedo.

Sentía como si estuviera despierto, pero sabía que no era así, se trataba una pesadilla. La misma pesadilla desde hace quince años. Siempre era lo mismo, estaba acostado en mi cama con la sábana tapando mi rostro. Mi cuerpo estaba paralizado, no me podía mover. Sabía que era una pesadilla, porque como todas no sentía ni frío ni calor. El sueño lúcido que se repetía durante toda mi vida. Entendía perfectamente la posición de mi cuerpo, pero cada vez que me movía, simplemente estaba en la misma posición que desde el inicio, como si nunca me hubiera movido. Un extraño hormigueo paseaba por todo mi cuerpo, no estaba seguro si sobre mi piel o por debajo. Tenía los ojos cerrados, pero vería una sombra de una silueta negra que estaba parada frente a los pies de mi cama. Era como ver con los ojos cerrados. Me estiré para quitarme la sábana que me cubría, me incliné hacia la sombra, mis manos iban a donde creía que era su cuello, pero me di cuenta de que seguía acostado; inmóvil, sin ser capaz de moverme.

Me armé de voluntad; por algún motivo movilizarme requería un gran esfuerzo, pero no físico sino mental. De un sacudón volví a quitarme la sábana, sin importar que tuviera los ojos cerrados, veía la sombra a mis pies. Pero otra vez lo mismo. Cada vez que pensaba que me había movido, me daba cuenta de que nunca lo había hecho. Supongo que fueron seis o siete veces que intenté a ahorcar esa imagen negra. Antes rogaba por despertar, pero me cansé de tenerle miedo. Ella me seguía asustando, pero en lugar de pedir “por favor despiértenme” la maldecía con todas las palabras sucias dentro del diccionario de mi mente. Quería hablar, quería gritar, pero cada vez que lo intentaba solo me escuchaba un pequeño balbuceo, como si mi boca fuera anestesiada.

Desperté, me di cuenta, ya que verdaderamente abrí mis ojos. Me quedé inmóvil recuperándome, porque cada vez que me sucede lo mismo mi cuerpo queda exhausto. No sé si es la presencia de un ser del infierno, o una simple pesadilla. Pero cada vez que sucede sé que es irreal. Aún le temo, confieso, pero cada vez menos. Me pregunto si algún día podré golpear a la sombra, aunque sé que no exista, únicamente para darme ese placer.

Un comentario sobre “Pesadilla

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