C. VELARDE

3. CONVERSACIONES AJENAS

JORGE SOTO

Miércoles 21 de septiembre

13:20 hrs.

Livia era una dulce niña que, además de ser preciosa, era muy alegre. Los hoyuelos que se figuraban en sus mejillas cada vez que sonreía le ofrecían a su semblante un aire coqueto e inocente que me producían enormes deseos de querer comérmela a besos. Su risa daba vida a nuestro pequeño apartamento cuando abundaba la sobriedad, y su voz cantarina solía animar los momentos tensos de nuestra relación. Muy pocas veces nos habíamos enfadado por algo, y en las ocasiones que habíamos discutido, había sido por mis constantes reproches hacia su pasividad a la hora de defenderse ante sus tías, madre o compañeros de trabajo.

El amor de su vida, además de mí, era un horroroso y enorme gato negro que un día había traído Livia de la calle porque la había seguido, hambriento. En realidad se le había pegado como una bacteria, y por ese motivo yo lo había llamado tal cual: Bacteria. Livia no estuvo de acuerdo con el nombre, pero al final terminamos llamándolo así después de una discusión de una hora en que ella se encaprichó con él y se echó a llorar cuando quise sacar al felino del apartamento.

—A duras penas cabemos nosotros dos en esta ratonera, Livy —la había intentado entrar en razón—, ¿y tú quieres que nos quedemos con este gato horroroso?

—¡Por favor, por favor, por favor! —se había echado a llorar mi novia como una niña a la que no le quieren cumplir un capricho, restregándoselo en sus grandes senos mientras el gato chantajista maullaba con ella como si supiera que yo lo quería echar fuera del apartamento—. ¡Por favor, por favor, déjame quedármelo, por favor, por favooor!

Y bueno. Yo era débil, y nunca había sido capaz de negarme a un capricho de mi novia sobre todo si la veía llorar. Me partía el alma. Y ahora ahí estaba el estúpido gato llamado Bacteria, un orgulloso felino que amaba a Livia y que a mí me odiaba con la misma intensidad con que lo odiaba yo a él. De hecho, todos los días me rasguñaba cuando me tumbaba en el sillón por el simple hecho de joder.

Pero como digo, yo no podía negarle nada a mi novia. Ella también era de la clase de chicas que nunca solía decir “no” a un favor que le pedían, aun si eso estaba fuera de su alcance o la obligaba a permanecer despierta toda la madrugada haciendo trabajos que no le competían (y encima tener que trabajar al día siguiente).

Por lo demás, teníamos una relación prácticamente serena, rosa y sin mayores exabruptos. Livia (además de los gatos) amaba los pasteles de chocolate, los dulces de chocolate (el chocolate en general) y solía reír con ingenuidad como cuando una chiquilla es sorprendida haciendo travesuras.

Cada mañana me dejaba un mensaje bonito en el espejo del baño con uno de sus labiales rosas, (adornándolo con un beso dibujado en el cristal con sus propios labios que, encima, eran carnosos y mullidos) mismo que yo leía al levantarme mientras ella preparaba el desayuno.

Sin embargo, desde la noche anterior la noté más callada y seria que antes. Pensé que esta actitud se debía a la frustración que le suponía saber que había posibilidades de que otra tipeja estuviera a punto de robarle un puesto que mi novia se merecía.

Era injusto que Livia, con su profesionalismo y cualificación, no tuviera un mejor cargo desde que estuviera trabajando en La Sede, y en mi caso, era una verdadera burla que, pese a tener una carrera profesional, además de haber tomado un curso de diseño gráfico, (y siendo el cuñado de uno de los dirigentes del partido), continuara ejerciendo como el secretario del secretario de la secretaria.

Pero bueno.

El próximo año, después de las elecciones de junio, Livy y yo teníamos proyectado casarnos, y mi meta era tener una casa propia en la que pudiéramos comenzar nuestra nueva vida, (estaba harto de vivir en ese asfixiante apartamento que, además de estar lejísimos de La Sede, era tan grande como una ratonera. Encima ahora tenía que soportar a Bacteria). Pero con nuestro sueldo no podíamos pagar algo mejor.

Estábamos ahorrando entre los dos para cumplir nuestros objetivos. Es así como funcionan las parejas y como progresan, teniendo ideales en común y trabajando juntos por ello. Livia llevaba la administración de nuestros ingresos, y los racionaba de tal forma que, pese a nuestros míseros sueldos, lográbamos llegar a fin de mes con todas nuestras facturas pagadas y dándonos ciertos lujitos de vez en cuando (y cuando digo lujitos me refiero simplemente a la posibilidad de poder ir a un bar, cine o restaurantes de vez en cuando).

Además, en ocasiones me era posible ganar dinero extra cuando hacía los vergonzosos trabajos sucios que mi cuñado Aníbal me pedía. Me refiero a hacerle coartada ante mi hermana Raquel cuando él tenía que salir de viaje o cuando ocupaba de mí para persuadirla en algo que ella sólo aceptaría si se lo pedía yo.

Aquello no era algo de lo que me sintiera orgulloso, pues amaba a mi hermana desmedidamente (sobre todo sabiendo su problema de los nervios que la aquejaba desde hacía muchos años) y me sabía mal que por mi culpa Aníbal pudiera salirse con la suya (follándose a cuanta amante se le atravesara) mientras Raquel tenía que contentarse con estar encerrada y medicada todo el tiempo en su mansión. Pero a veces tu pretensión de querer vivir de mejor manera y darle a tu novia una vida más digna te hace hacer cosas que, de otra manera, jamás accederías.

Me dije que las cosas tenían que cambiar, y durante toda la mañana me la pasé ideando formas para conseguir que nos ascendieran o, de perdis, que nos dieran mejores puestos de trabajo de acuerdo a nuestros perfiles profesionales. Desgraciadamente, pese a que Livia se opusiera, sabía que la mejor manera de hacerlo sería pidiéndoselo a Aníbal. Y me convencí de que tendría que hablar con él tan pronto llegara del viaje que había hecho a la capital.

Aníbal, a sus cuarenta y tantos años, era un tipo bastante apuesto, regio y fornido, que llamaba la atención de todas las mujeres que gustaban de tipos como él, tanto por su apariencia varonil, como por su dinero. Por supuesto, este zorro viejo se follaba a quien se le metía entre ceja y ceja. Y donde ponía el ojo, ponía la bala. O más bien el rabo. No había culo femenino del que se encaprichara que se le fuera vivo y sin reventar si se lo proponía.

Maldita la hora en que mi hermana se casó con ese cabrón.

Raquel le suponía un obstáculo para que él pudiera seguir con sus andadas, follandóse a cuanta mujer se le antojara, y dado el problema de depresión que padecía mi hermana, estuve seguro que sería muy peligroso (casi mortal) si ella se llegaba a enterar que Aníbal Abascal, su marido, se acostaba con todas las hembras de las que se encaprichara.

Suena horrible (incluso pareceré un hijo de puta) pero, haciéndome de la vista gorda, prefería cubrirle las espaldas al adúltero de mi cuñado, antes que permitir que mi hermana cometiera una locura si se enteraba de las constantes infidelidades de su marido. No me perdonaría si Raquel cometía una locura por tal razón.

Cabe destacar que Livia desconocía que yo me prestaba a los juegos macabros de Aníbal, de manera que él pudiera ponerle los cuernos a mi hermana… a cambio de ciertos favores. Si ella se llegaba a enterar, seguro me arrancaría los huevos con una sierra.

«Favor con favor se paga» pensé. Y Aníbal tenía que hacerme el favor de que mi prometida y yo pudiéramos prosperar en La Sede.

Durante la mañana hice los reportes de proyecciones electorales estatales que Lola, la secretaria de Aníbal, me había solicitado a través de su secretario. Lola se había marchado con Aníbal a la capital para realizar las diligencias.

Yo trabajaba en el departamento de Gestión de recursos públicos de La Sede, como ya dije antes, ejerciendo del secretario del secretario de la secretaria de Aníbal, y aunque mis funciones aún no las tenía muy claras (después de tantos años en la oficina), me limitaba a realizar con eficacia lo que me encomendaban.

—Jorge, Leila me dará su número de teléfono, al fin, esta tarde —me dijo Fede, mi compañero de oficina (el único compañero de trabajo que tenía en esa pequeña área de cubículos y que estaba frente al mío). Fede era un tipo menudo y gordito de mi edad que estaba locamente enamorado de una de las mayores zorras que había en La Sede, una chica que, por cierto, era compañera y amiga de mi novia.

—Mira, Fede, no es por desanimarte, pero la última vez que Leila te dio su número de teléfono, terminaste llamando a los bomberos —le recordé la mala broma que esa arpía le había jugado.

Mi pobre amigo era un nerd informático que se encargaba de resolver todos los problemas de red y códigos de nuestro departamento. Había un informático para cada área, pero, por fortuna, nosotros teníamos al mejor. El problema es que lo que tenía de inteligente lo tenía de ingenuo para sus relaciones amorosas.

Todas las mujeres solamente lo utilizaban para que les hiciera favores. Le hablaban por conveniencia, y no les importaba si lo ilusionaban y luego le daban una patada en las nalgas. Y una de ellas era Leila que, por cierto, me caía como un grano en el culo. No me gustaba nada la influencia que ejercía sobre Livia.

—No se lo tengo en cuenta, Jorge —me dijo el gordito sumamente ilusionado. Hasta sentí pena por él—. Leila es así, bromista, independiente, divertida, rebelde, y, sobre todo, preciosa, ¿has visto qué guapa ha venido el día de hoy con esa faldita negra y blusa color perla que le acentúan sus pechos y asentaderas?

—No, no la he visto, pero seguramente tú sí —lo acusé—, que te encanta espiarla cada vez que sales de la oficina. Ya pareces un psicópata detrás de ella. Si supiera que la vigilas en sus redes sociales y te mantienes al tanto de todo lo que hace, seguro te denunciaría a la policía por acosador.

Fede se echó a reír. Puesto que Lola y su secretario, y Aníbal y su asistente se habían ido a la Ciudad de México, Fede y yo estábamos solos en el departamento, y el gordito no tenía nada mejor que hacer que mirar el instagram de aquella sensual pelinegra.

—No me lo reproches, Jorge, que tú haces lo mismo con Livia.

—Sí, pero da la casualidad de que Livia ya es mi novia, ¿qué digo novia?, ¡mi prometida! Y Leila de ti no es nada, ni siquiera tu amiga. Sólo te busca para que le hagas favores y luego se olvida de ti. Y tú ahí, como tonto, detrás de ella.

—Es que Leila es tan bonita. Sus ojitos verdes, su carita de ángel, su cuerpecito de ninfa. Su piel tan clara, tan fina, tan sedosa. Sus labios tan … tan… tan…

—Ya, ya, párale, que pareces campana. —Me asqueó escucharlo hablar así de una chica que no lo merecía y que, por donde le viera, no valía la pena. Porque sí, lo admito, Leila era una belleza andante, pero su hermosura quedaba invalidada por su carácter burlón, extravagante, y por ser tan interesada y de moral cuestionable—. Lo que no me explico es por qué quieres que te dé su número de celular si tú ya lo tienes, ¿acaso no accediste (ilícitamente, por cierto) a él, y no dudo ni un poco que también hayas intervenido su teléfono para mirar sus fotos… íntimas?

Fede, que era bastante rubio, se puso rojo como un tomate.

—Es verdad que tengo su número, pero ella no lo sabe. Y si no quiero que me dé una patada en el culo, es mejor que me pase su número ella misma antes de mandarle mensaje. Y con lo otro pues no, te equivocas. No he visto sus fotos de nada de nada. Yo mismo me encargué de cifrarle su teléfono para que no pueda ser intervenido por nadie. Incluido yo.

—Muy raro, ¿no? —lo cuestioné, mientras enviaba al correo electrónico de Lola las proyecciones del día—, ¿por qué una chica como Leila que trabaja haciendo notas de prensa, como mi novia, querría que le cifraran su teléfono? Ni que fuera una mujer tan importante a la que le pudieran robar información confidencial. A Valentino, su jefe, te lo creo, ¿pero ella?

—Sus razones tendrá, Jorge —me contestó mirándome con asombro—. No me explico cómo puedes sentir tanta aversión por una de las mejores amigas de tu novia.

—Pues precisamente por eso, Fede. Mira, no me lo tomes a mal, pero Leila es una chica bastante… promiscua (lo dicen todos) y a mí no me gusta que Livia tenga esa clase de amistades, ni que la relacionen con ella. Es vergonzoso.

—Leila no es como piensas, Jorge —la defendió Fede haciendo una mueca—. Ella misma me ha dejado claro que esos rumores son simples difamaciones de mujeres que la envidian y de hombres que han intentado pasarse de listos con ella, mismos que ha rechazado. Y yo la creo. Y pues nada… es cierto que tiene una peculiar forma… atrevida de vestir, pero eso no define su conducta ni su ética. Además es joven y puede lucir cualquier cosa que se ponga. Leila es una buena chica, y por eso la amo. Un día me darás la razón, mi querido pelirrojo.

Puse los ojos en blanco. ¿Ingenuidad o estupidez?

Me pregunté qué clase de favor le había pedido Leila a Fede para haberlo ilusionado otra vez.

Pobre de mi amigo: al parecer tenía esa clase de engrudo en los ojos que no le permitía ver la fichita que era Leila. Federico Ruelas siempre iba a justificar todas y cada una de sus inmoralidades con tal de no desilusionarse de ella. Él era una buena persona, y no me gustaba que todos abusaran siempre de su buena voluntad. Quizá me sabía mal que se aprovecharan de él porque me recordaba a Livia, que padecía del mismo problema de ingenuidad. Menos mal ella me tenía a mí. Pero Fede solo tenía su suerte… y al parecer no le era de mucha ayuda.

—Pues suerte con Leila —le dije resignado, acomodando las cosas antes de salir.

—Gracias, pelirrojo.

A las dos de la tarde era la hora de la comida, y todos los empleados teníamos derecho de salir un par de horas de La Sede y volver a las cuatro de la tarde. Livia y yo teníamos una rutina precisa que constaba de encontrarnos todos los días en el Lobby del enorme edificio de cristal que albergaba La Sede del partido político para irnos a comer.

Ese miércoles, en particular, terminé mis pendientes veinte minutos antes de lo previsto, por lo que tuve tiempo de salir del edificio a comprar una caja de chocolates para Livia en una tienda de conveniencia que estaba cerca de La Sede. Como dije, la notaba un tanto angustiada y estresada, por eso quería darle una de sus mejores alegrías: el chocolate.

Cuando volví a La Sede me di cuenta que todavía faltaban diez minutos para que mi novia saliera de su departamento, así que decidí darle la sorpresa y esperarla en las inmediaciones del pasillo donde yacía su cubículo.

Fui al ascensor y subí al tercer piso, al área de prensa, donde estaban las empleadas (entre ellas Catalina, una mujer madura y rubia, atractiva, seria, de pelo corto muy estilizado, que siempre vestía trajes sastres muy elegantes que hacían juego con sus maneras refinadas). Vaya si Catalina era atractiva: lo curioso es que sin ser tan descarada como Leila, algo debía de tener en su fuerte personalidad para que el cabrón de Valentino quisiera robarle el puesto a mi novia para dárselo a ella.

—Qué tal, Jorge —me saludó Jovita sonriendo. Ella era la afanadora del departamento de prensa—. La señorita Livia está en el baño de chicas, con la señorita Leila.

—Gracias por el dato, Jovita —le dije a la sesentona mujer, que era una de las mujeres de aseo más serviciales y jocosas del edificio.

Escondiendo los chocolates en mi portafolio, me dirigí al pasillo izquierdo, al área de baños de mujeres, dispuesto a sorprender a mi Livy cuando saliera. Pero el sorprendido resulté yo cuando me acerqué lo suficiente a la puerta para escuchar unos cuchicheos que tenían la cadencia de la dulce voz de mi novia y la extravagante tonalidad de su “amiguita” Leila.

Livia estaba conversando con Leila en los lavamanos de los baños. Se miraban la una a la otra a través del enorme espejo que cubría toda la pared (o al menos esa visión tuve los únicos dos segundos en que me asomé).

Leila llevaba puesta una pequeña faldita negra que la hacía lucir espectacular, con sus largas piernas doradas, y sus cabellos cobrizos al ras de sus pequeños pero turgentes pechos, ocultos por una blusa perlada que, de tan ceñida, parecía a punto de reventar.

Livia, en cambio, tenía trenzados sus largos y preciosos cabellos castaños (casi como el color brillante de las avellanas), y sus enormes caderas, pechos y nalgas estaban ocultos debajo de un holgado saco beige que le llegaba a las rodillas. De todos modos, su hermosa carita fina y sus ojos color miel con chocolate la hacían lucir impresionante.

Tenía sus gruesos labios rosados apretados; sus pómulos perfectos yacían tensos, y su ceño permanecía fruncido.

—¡Par favaaar, mi cielaaa! —escuché que le decía Leila a mi novia en tono de reproche, con aquél acento desgarbado de niña fresa (presumida) que yo tanto aborrecía—, deja de sentirte preocupada por algo de lo que ni siquiera tuviste la culpa.

—¡Tú no me entiendes, Leila! —se quejó Livia con su particular tono de angustia—. ¡Ni siquiera puedo mirar a Valentino a la cara!

¿Valentino? ¿Livia había nombrado a Valentino? ¿Por qué no podía “mirarlo a la cara”?

Sentí un retorcijón en la panza.

Valentino Russo, con apenas 32 años (sólo cinco años mayor que yo), además de ser el jefe del departamento de prensa (y futuro jefe de campaña de mi cuñado, en caso de que éste último saliera victorioso en las elecciones internas del partido), era el mejor amigo de Aníbal, y tenía fama de ser tan mujeriego e hijo de puta como él.

De hecho era su réplica exacta (en el sentido de personalidad) pero en más joven.

El cabrón era un chulito y presuntuoso guaperas que se sabía atractivo y se aprovechaba de ello para conseguir lo que quería. De piel tostada, Valentino tenía la cabeza rapada, musculoso como un luchador profesional al muy estilo de La Roca. Gustaba de presumir sus gustos caros, de vestir siempre a la moda, y era de la clase de tipos que suele colgar en instagram todas las estupideces que hace durante el día. (Solo le faltaba anunciar cuando estaba cagando).

Su última novedad excéntrica había sido subir un “en vivo” de la realización de un tatuaje de la Piedra del Sol (popularmente llamado calendario azteca) en uno de sus enormísimos y fornidos brazos. Yo no lo vi, por supuesto, pero los chismes de las niñas calentonas de La Sede se corren rápido y me enteré. Así debía de ser su ego para pensar que el mundo entero estaba pendiente de lo que hacía.

—Tú no hiciste nada, mi cielaaa —continuó Leila en lo que pensé, era un nuevo intento por animarla por lo que sea que estuviera padeciendo mi novia—. Es Valentino quien debería de sentirse avergonzado por lo que hizo y no tú. Yo siempre te dije que era un degenerado… aunque…. Ufff, querida, no me vas a negar que es un semental que está para comérselo a lamidas. Todo un macho alfa. ¿Has visto el pedazo de culazo que tiene ese machote? Con cualquier pantalón que se ponga se le ve prominente, ¿y que me dices del paquete que se le insinúa por delante? Es todo un papacito.

—No inventes, Leila, que no es momento para tus bromitas —le reprochó mi novia.

—No son bromitas, Livia. Es una verdad universal que Valentino es de la clase de hombres por la que todas las mujeres perdemos la cabeza. Todas deberíamos de ser reventadas alguna vez por un machote como él, lo dice la biblia.

—Ashhh —se quejó Livy.

—Ya no te comas la cabeza, mujer, que ya te dije que la culpa la tuvo él.

—¡Pero es que ni siquiera es así, Leila! Literalmente la culpable soy yo. Ay, dios mío, me da tanta vergüenza. —Livia estaba angustiada de verdad. Yo conocía ese color de voz y me preocupé.

—A ver guapa, que tampoco te tienes que poner sulfúrica. Tampoco es para tanto. Al contrario, me das una envidia que no te cuento.

—Pues ojalá tú hubieras estado en mi lugar, Leila. Para mí fue demasiado… demasiado… bochornoso.

¡Joder! ¡Joder!¿De qué carajos estaban hablando? ¿Qué había sido eso “demasiado… demasiado… bochornoso” para que Livia estuviera tan mortificada?

La boca se me secó, el oxígeno se me fue por el culo y el corazón retumbó dentro de mi pecho con tal potencia que podía escuchar los latidos en mis orejas.

—Ni siquiera sé si debo de contárselo a Jorge.

—¿Estás loca, Livy? —la reprendió Leila como si mi novia hubiera dicho una barbaridad. Por cierto, odiaba que esa loca llamara “Livy” a mi “Livy”, pues aquél era un cariño que sólo empleaba yo—. Si tu zanahorio se entera, el lío que te va armar.

Ah, sí, la muy estúpida me llamaba zanahorio “por el color pelirrojo descolorido” de mi pelo, en sus propias palabras.

—¡Yo no tuve la culpa, Leila! —insistió Livy.

—Tampoco la tuvo nuestro jefe, y ya está. Lo que pasó pasó y ya no hay nada que puedas hacer al respecto. Anda, vámonos de aquí, prometo que cuando vuelvas de comer seguimos conversando.

Cuando las escuché venir hacia donde yo estaba escondido, huí del pasillo y me dirigí al Lobby del edificio, donde siempre solía esperarla.

¡Carajo! ¡Carajo! Con un punzante dolor en mi cabeza, suspiré hondo, imaginándome un montón de cosas que me dejaron angustiado el resto del día.

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