ALIENHADO

Se quitó las gafas y se secó con los dedos una lágrima. Soltó un largo y tembloroso suspiro que me conmovió. No me gustaba verla triste, y menos aún sin saber el motivo.

—¿Qué es lo que pasa, abuela? ¿Quién ha llamado? —pregunté de nuevo, nervioso.

—Era Jacinta —dijo. La tal Jacinta era una de sus amigas beatas del pueblo. Suspiró de nuevo y continuó hablando con voz temblorosa—. Dice que… esta tarde han detenido al padre Basilio. Se lo ha llevado la guardia civil.

—¿Que han detenido al cura? ¿Qué ha hecho?

  Un escalofrío me recorrió la espalda. Que lo hubiesen detenido el mismo día en que había bebido vino con tónico no podía ser casualidad. Le puse a mi abuela una mano en la rodilla para animarla a seguir hablando.

—Resulta que… ¡Ay, hijo no se ni cómo decirlo! Resulta que lo han pillado… abusando del monaguillo.

—¿En serio? No me jodas.

—Ojalá fuese mentira.. Ojalá —dijo. Comenzó a llorar y sacó un inmaculado pañuelo blanco del bolsillo de su bata—¡Ay, pobre Luisito! Con lo inocente y bueno que es el pobre. Dice Jacinta que se lo han llevado al hospital. Imaginate lo que le habrá hecho ese… ese…

—Ese hijo de puta —terminé la frase.

—Sí, ese hijo de puta —repitió ella, para mi sorpresa.

  Nunca la había escuchado usar ese tipo de lenguaje, y he de reconocer que me excitó un poco. Hice que se sentara en el sofá junto a mí y rodeé sus hombros con mi brazo, consolándola. Luisito, el monaguillo, era uno de los pocos niños que había en el pueblo, y su puesto quedaría vacante durante mucho tiempo.

—¿Quien lo iba a decir? El padre Basilio… tan devoto y tan caritativo, un santo varón… y fíjate —se lamentó.

—Hay que joderse. No te puedes fiar de nadie —afirmé, cariacontecido.

  Intenté no sentirme culpable por lo ocurrido. Hasta donde yo sabía, el tónico solo aumentaba el deseo, no cambiaba las preferencias sexuales de quien lo bebía, y el cura no había tomado tanta cantidad como para perder el control hasta el punto de follarse lo que se le pusiera a tiro. Podría haberse matado a pajas, podría haberse ido de putas o engatusar a una de las solteronas beatas que lo miraban con adoración en misa. Si había hecho lo que había hecho era porque ya tenía esas tendencias. Seguramente no era la primera vez que abusaba del monaguillo, pero debido al inusual calentón se había pasado de la raya y lo habían trincado.

  Pasamos un buen rato sentados en el sofá. Mi abuela necesitaba desahogarse y mi obligación era reconfortarla. Mientras le acariciaba la espalda y le daba besos en la húmeda mejilla, pensé que debía deshacerme de la botella de vino trucado cuando tuviese ocasión. No podía hacerlo esa misma noche, desde luego. Puede que fuese una mujer sencilla y un poco ingenua pero mi abuela no era tonta en absoluto, y si desaparecía la botella podría sospechar y atar cabos, e incluso relacionarlo con la cena que le preparé y lo que pasó esa noche. Pero debido a ciertos acontecimientos que ocuparon mi dispersa mente me olvidé del asunto, y como ya dije el puñetero vino volvió a dar problemas más adelante.

  Cuando dejó de llorar cenamos, volvimos a la sala de estar y yo vi una película mientras ella hablaba por teléfono con algunas de sus amigas, comentando la inesperada tragedia, lamentándose por Luisito y maldiciendo al malvado cura. También habló un rato con mi madre, y eso me recordó que tenía que ir a verla a la ciudad y aclarar nuestra extraña situación.

  A medianoche nos fuimos a la cama. A su cama, concretamente, ya que me permitía dormir con ella desde la noche anterior, un logro casi tan placentero como el fornicio. Por desgracia no estaba de humor para darle al vicio y me tuve que conformar con sentir su cuerpo junto al mío, pues no quise insistir y enfadarla, sobre todo después de la gloriosa mamada que me había regalado esa tarde. Ella no tardó en dormirse pero yo me desvelé. Me hice una paja ninja con cuidado para no despertarla y salí al porche a fumarme un porro, preguntándome si el dichoso brebaje me traería más problemas. Al día siguiente tuve mi respuesta.

  En el desayuno me alegró comprobar que estaba más animada. A las mujeres de ahora les dan ataques de ansiedad si se les acaba la batería del móvil o un obrero les echa un piropo al pasar cerca de una obra, pero las de la generación de mi abuela estaban hechas de otra pasta, más preparadas para procesar y superar las vicisitudes de la vida. Cuando te has criado en la posguerra te suda el coño no salir guapa en un selfie.

  Reanudamos el trabajo en el garaje, no tan alegres como el día anterior pero con energía. Llevé el transistor a pilas de mi habitación y puse una emisora de copla y música folclórica, y volví a escuchar su risa cristalina cuando la agarré y la hice bailar conmigo, sin tocamientos ni besos inapropiados ya que estábamos en el exterior y me había propuesto respetar sus normas. Su humor mejoraba por momentos y el trabajo avanzaba a buen ritmo. Terminamos de rascar y preparámos los bártulos para comenzar a pintar por la tarde.

  Al mediodía, mientras ella se duchaba antes de hacer la comida y yo me fumaba un cigarro en la cocina, sonó el teléfono. Fui a cogerlo, pensando que sería alguna de las viejas del pueblo con alguna novedad sobre el caso del cura violador, o tal vez mi madre. Descolgué y me puse el auricular en la oreja.

—¿Diga?

—¿Eres Carlos? —preguntó una voz grave y áspera al otro lado de la línea.

—Sí. ¿Quien habla?

—Soy Ramón Montillo.

  Tras escuchar el nombre se me aceleró el pulso. ¿Que quería ese gañán y por qué me llamaba a casa de mi abuela? Lo último que deseaba era que ella supiese que tenía tratos con los Montillo, una familia que le desagradaba tanto como a los demás habitantes del pueblo.

—¿Qué quiere, Don Ramón? ¿Ha tenido algún problema con… ya sabe qué?

  Fui directo al grano, pues no quería que la conversación se prolongase demasiado. Además, no había otro motivo que no fuese el tónico para que el criador de cerdos quisiera hablar conmigo.

—¿Problema? Todo lo contrario, chaval. —Hizo una pausa y escuché una risita obscena, parecida, cómo no, al gruñido de un cerdo—. Le eché dos polvazos a mi señora que la dejé doblada. No se va a quejar en una temporada, la gorda hijaputa. Y mi amiguita… ni te cuento. No se la habían jodido como me la jodí anoche en su puta vida.

—Bueno… Me alegro de que le haya ido bien. ¿Algo más? —dije, impaciente.

  No quería ser demasiado brusco con aquel tipejo, pero mi abuela saldría del baño de un momento a otro. Como imaginaba, Montillo no me había llamado solo para contarme sus hazañas amatorias.

—Verás, quiero comprarte más. Y tengo un amigo al que le gustaría probarlo.

—Don Ramón, le dije que no se lo contase a nadie, joder —le recriminé.

—Eh, tranquilo, chaval, que no es un cualquiera. Es un compadre de toda la vida, y es de fiar.

  Suspiré y miré nervioso hacia el pasillo.

—Está bien. ¿Dónde quiere que nos veamos? —dije.

—Pásate por mi finca cuando se vaya el sol. ¿Sabes dónde queda?

—Sí. Lo se.

—Y sé discreto. Mi compadre no es un cualquiera —me advirtió.

—¿Que sea discreto? Hay que joderse.

—No rezongues tanto, coño, que te vas a ganar unos buenos duros. Bueno, hasta mañana, y dale recuerdos a tu abuela.

—Los cojones.

—¡Ja ja! Me estás empezando a caer bien, chaval.

  Colgué el teléfono, más fuerte de lo necesario. No me agradaba la idea de ir de noche al criadero de cerdos de los Montillo, un lugar que todos los lugareños evitaban. Por otra parte, me agradaba la idea de aumentar mi capital. Lo que más me había molestado fue el tono lascivo con el que Don Ramón había mencionado a mi abuela. Era lógico que todos los hombres del pueblo (excepto el cura, por lo visto) la desearan, pero pensar que un tipejo así quería ponerle encima sus sucias manos me enfermaba. A todo esto, la susodicha ya había salido del baño y me miraba desde la cocina, anudándose el cinturón de la bata a la cintura.

—¿Quien ha llamado, cielo? ¿Era Jacinta otra vez? —preguntó.

—Eh… No. Era un amigo —dije. Casi me dan náuseas al llamar “amigo” al porquero—. Mi amigo Julio. Ha estado aquí un par de veces, ¿te acuerdas de él?

—Ah, sí, ese chico rubio tan simpático —dijo mi abuela, haciendo memoria—. ¿Como está?

—Bien, bien. Resulta que no me acordaba de que hoy es su cumpleaños, así que esta tarde iré a la ciudad y a lo mejor vuelvo tarde. No te importa, ¿verdad? —improvisé.

—Claro que no. Ve a divertirte, que te lo mereces. Pero no bebas mucho, ¿eh?, no vayas a tener un accidente.

—Descuida. Y tú no me esperes despierta.

  Me acerqué a ella y la besé, agarrándola por la cintura. Olía a jabón y a hierba recién cortada, y a pesar del calor veraniego el contacto de su piel era refrescante. Me dejó magrearla un poco y me apartó, sonriendo.

—Anda, quita. Que me acabo de duchar y estás lleno de polvo del garaje —se quejó.

—Polvo el que…

—Sí, polvo el que me echabas, ¿no? —se adelantó a mis palabras, burlona.

—Oye, te estás volviendo una deslenguada —le dije, riendo.

—¿Y de quien es la culpa, tunante? —Me dedicó una sonrisa traviesa y se giró hacia la encimera—. Anda, ve a darte un agua que voy a hacer la comida.

  Después de la comida y la telenovela pensé que podríamos intimar un rato en el sofá de la sala de estar, pero aún no habían terminado los créditos del culebrón cuando sonó el teléfono y se levantó a descolgarlo. Por un momento temí que pudiera ser Don Ramón, pero era otra vez su amiga Jacinta, para ponerla al día sobre el caso del sacerdote. El padre Basilio seguía entre rejas y al parecer le iba a caer una buena. A Luisito le habían dado el alta en el hospital pero el pobre no iba a poder sentarse en una temporada.

  Hablaron un buen rato y noté que mi abuela volvía a estar triste y de mal humor. Las posibilidades de diversión horizontal se esfumaron, así que un rato después me vestí y me subí al Land-Rover, rumbo a la ciudad.

  No es que realmente fuese a ver al patán de mi amigo Julio. Conduje hasta un enorme centro comercial en las afueras y entré en busca de algo que me sirviera para repartir las dosis de tónico. Si iba a dedicarme a venderlo, era mejor hacerlo bien. Después de visitar varias tiendas sin éxito, el dependiente de una ferretería me dijo que tal vez en una farmacia encontraría lo que buscaba. En efecto, en la farmacia pude comprar diez pequeños frascos de vidrio marrón con pipeta incorporada, ideales para albergar varias cucharadas de tónico.

  Era temprano, así que me puse a pasear por el centro comercial. Barajé la posibilidad de una rápida visita a mi madre, pero quería respetar su advertencia de llamarla antes. Si mi padre estaba en casa no podríamos resolver los asuntos que teníamos pendientes, fuesen cuales fuesen. Pasé frente a una tienda de lencería y al ver las sugerentes prendas del escaparate tuve una idea.

  Entré y me atendió una dependienta de unos treinta años, rellenita y bastante follable, con los ojos muy pintados y el pelo como Uma Thurman en Pulp Fiction, aunque aún quedaban años para que se estrenase esa película. Me miró con una sonrisa forzada y cierta desconfianza. Seguramente no solía atender a muchos jovencitos de metro sesenta vestidos con unos desgastados pantalones de chándal y una camiseta de Los Ramones, por no hablar de mis rasgos agitanados y las greñas que me cubrían la nuca.

—Buenas tardes —saludé, con la mejor de mis sonrisas.

—Hola, ¿en que puedo ayudarte? —dijo ella, con una amabilidad impostada y excesiva.

—Verás, quería regalarle un conjunto a mi novia por nuestro aniversario. Hacemos dos años —mentí cual bellaco. A decir verdad, mi “novia” y yo llevábamos juntos apenas dos días.

—¡Ah, enhorabuena! —me felicitó, mostrándome dos hileras de dientes perfectos. Creo que no había visto una sonrisa tan forzada en toda mi vida— ¿Y en que habías pensado?

—Un conjunto. Ya sabes, sujetador y bragas. Que sea sexy y a ser posible verde. Es pelirroja y le sienta muy bien ese color.

—Vaya, parece que lo tienes muy claro, ¿eh? Ven, te enseñaré algunos modelos.

  La seguí por la tienda entre estantes y perchas llenos de bragas, corsés, ligueros, medias, y otras prendas íntimas pensadas para realzar la follabilidad de las mujeres que pudiesen permitirse pagarlas. Nos detuvimos frente a un expositor donde colgaban una gran variedad de sujetadores. Localicé uno que me encantó, de un bonito verde mar. El tejido de la copa era muy fino, pensado para que los pezones se transparentasen, y tenía finos encajes en los bordes de caracolas y estrellas de mar.

—Me gusta ese —dije, señalándolo.

—Ah, ese es precioso. Tienes muy buen gusto —me alabó la dependienta—. ¿Me dices la talla?

—Uff, la verdad es que no sé la talla exacta. Ya sabes como somos los tíos para esas cosas —bromeé, aunque realmente me fastidiaba no saber la talla de las tetas con las que tanto disfrutaba.

—¡Qué me vas a contar! —dijo ella, riendo, esta vez de forma casi sincera.

—Las tiene grandes, eso sí —afirmé, con cierto orgullo.

—Para que me haga una idea… ¿Más grandes que las mías o más pequeñas?

  La tipa se señaló el pecho, mirándome con aire interrogante. Tenía un buen par de peras, no cabía duda, apretadas bajo su camisa blanca, pero ni por asomo se acercaban.

—Más grandes. Mucho más grandes. Yo diría que el doble de las tuyas.

  La dependienta levantó una ceja y su sonrisa se torció un poco. Debía estar acostumbrada a recibir cumplidos y mi aparente falta de interés hacia sus por otra parte atractivas curvas debía desconcertarla un poco. Parecía el tipo de piba que te pregunta si está gorda solo para que le digas lo buena que está. Me enseñó el sugerente sostén verde en varias tallas y ninguna me convencía. Finalmente me llevé la más grande, esperando que sirviese. Elegir la talla de las braguitas fue más rápido. Solo tuve que indicarle con las manos la anchura aproximada de las caderas. Al igual que la parte de arriba, las bragas tenían mucha transparencia y la parte trasera dejaba a la vista casi toda la nalga, aunque no llegaban a ser tipo tanga. Era un conjunto sexy pero no era vulgar ni hortera. Y era caro de cojones.

  Cuando lo pagué me quedó lo justo para comprar tabaco y echarle algo de gasofa al Land-Rover. Menos mal que esa noche iba a recibir nuevos ingresos, y por partida doble. Guardé la lencería en la guantera y me deslicé al habitáculo trasero del vehículo. El aparcamiento del centro comercial estaba tranquilo a esa hora, así que saqué el tónico del compartimento bajo los asientos y me dediqué a llenar los frasquitos con cuidado de no derramar nada, pues no había sido tan listo como para comprar un embudo. Me guardé dos en el bolsillo y dejé los demás en la vieja caja con las botellas.

  El sol comenzaba a ponerse cuando enfilé el camino de vuelta. La finca de los Montillo estaba más lejos del pueblo que la parcela de mi abuela, y cuando llegué ya era de noche. Hice sonar una herrumbrosa campana que colgaba en el muro junto a la verja de entrada y me abrió un tipo al que no conocía, con ropa de faena sucia y cara de pocos amigos. Debía ser un empleado o un pariente de Don Ramón. Sin responder a mi educado “Buenas noches” me indicó con un gesto que continuase por el camino de tierra que llevaba hasta la fachada de una casa de dos plantas, grande pero de aspecto descuidado. No parecía una casa abandonada, sino habitada por gente no tan civilizada como debiera.

  En el pueblo siempre se había comentado que los Montillo tenían mucho más dinero de lo que aparentaban y debía de ser verdad, a juzgar por el tamaño de la finca. A cierta distancia de la vivienda pude distinguir los tejados de las pocilgas. Eran varias y muy grandes, con espacio para albergar a miles de gorrinos. Como es de suponer, en cuanto comencé a acercarme el intenso pestazo que transportaba el aire atacó mi prominente napia como un enjambre de abejas africanas. Por suerte no soy especialmente melindroso y pude soportar el hedor.

  Bajé del coche y me acerqué a la casa, rodeada por toda clase de chatarra y desperdicios. En la oscuridad pude distinguir el chasis oxidado de un tractor, montones de neumáticos usados y algunos muebles rotos. Me sorprendió que no saliera a recibirme ningún perro, pues en ese tipo de fincas solían tener varios. En su lugar apareció Don Ramón, en el porche iluminado por una bombilla que colgaba de un cable. Me llamó con un potente silbido y movió una mano hacia el interior de la casa. Llevaba una camisa de franela como las que usaba siempre su hijo, remangada hasta los codos y con manchas de grasa. Al acercarme vi que su nariz estaba más roja de lo habitual y su aliento apestaba a vino, aunque no parecía estar borracho.

—Ya era hora, coño —se quejó, con una sonrisa aviesa en sus labios.

—He tenido que ir a la ciudad. Ya sabe —me disculpé.

  El porquero se había tragado el cuento de que el tónico lo fabricaban en la ciudad y tenía que mantener la farsa. El interior de la casa no olía mucho mejor que el exterior. Además del aroma porcino que entraba por las ventanas, flotaban en el denso ambiente los olores propios de un hogar donde la higiene y la limpieza no eran una prioridad. Había ropa sucia amontonada por doquier, polvo acumulado en todos los muebles y basura por el suelo, colillas, envoltorios de dulces y latas vacías. La iluminación era escasa así que caminé con cuidado para no tropezar con nada. En un pasillo de paredes desconchadas esquivé por los pelos un cubo lleno de agua sucia. Al menos esperaba que fuese agua.

  Acostumbrado a la extrema pulcritud de mi abuela, y a la más relajada pero eficiente actitud de mi madre hacia la limpieza, aquel ambiente me asqueaba y deprimía. Hice lo que pude para ocultar mi incomodidad y seguí a mi anfitrión hasta una amplia sala de estar, ligeramente más limpia que el resto de la vivienda. El sofá y los sillones estaban cubiertos con sábanas, la mesa por un mantel casi limpio y en el suelo solo advertí un par de colillas recientes. Las paredes estaban decoradas con cabezas de animales disecados, cornamentas de ciervo y unas cuantas manchas de humedad. Había un ventilador de techo que traqueteaba con cada giro, haciendo vibrar la lámpara de cristal esmerilado que esparcía por la estancia una luz mortecina. Al entrar encontré allí a tres personas.

  Desde un sillón orejero me miró un hombre de unos sesenta años, estatura media y tirando a gordo. Vestía una guayabera blanca, pantalones a juego y zapatos de rejilla marrones sin calcetines. Llevaba el pelo canoso peinado hacia atrás con gomina y lucía un cuidado bigote negro, además de un grueso reloj de oro en la bronceada muñeca. Enseguida reconocí a aquel tipo con aspecto de mafioso caribeño, pues no era otro que Jose Luis Garrido, el alcalde del pueblo. Montillo no había mentido cuando me dijo que su compadre no era un cualquiera.

  Se levantó, con la ensayada sonrisa propia de un político, y me saludó con un firme apretón de manos mientras me agarraba el brazo, dejando claro quién era el macho alfa en esa habitación. Don Ramón se quedó en segundo plano, confirmando que aunque él fuese el dueño y señor de la finca era su amigo quien estaba al mando.

—¿Que tal, Carlos? ¿Cómo va eso? —me dijo.

—Bien… Bien, señor alcalde —dije. Nunca había hablado antes con él y no estaba seguro del tratamiento adecuado.

—¡Ja ja! Llámame Jose Luis, hombre, que no estamos en un pleno del ayuntamiento.

—De acuerdo.

  Me dio unas palmadas en el hombro y volvió a sentarse. Yo ocupé una silla cerca de la mesa y Don Ramón un sillón junto al de su amigo. A un par de metros de donde estábamos había un sofá pegado a la pared, y desde él me miraban con desconfianza y cierta inquina otras dos personas. Eran dos chicas jóvenes. La más joven rondaría los veinte años y la mayor veinticinco, ambas morenas, de ojos oscuros y constitución recia. No eran rematadamente feas pero estaban lejos de ser guapas, y sus curvas indicaban que a no ser que se cuidasen en unos años estarían gordas como vacas lecheras. Eran las hijas de Don Ramón, las hermanas pequeñas de Monchito. Rara vez salían de la finca y nunca las había visto hasta ese día.

—¿Otro vinito, compadre? —dijo el porquero, con una botella de vino en mano.

—La duda ofende —respondió el alcalde, acercando su copa vacía.

—¿Y tu que quieres beber, chaval? —Esta vez me preguntaba a mí.

—Cerveza, si tiene.

—Pues claro que tengo cerveza, hombre, faltaría más —afirmó. Volvió su cabezón hacia las dos chicas y les habló con voz áspera—. ¡Niñas! Ya habéis oído, traedle una cerveza fría a mi amigo.

  Las dos se pusieron en pie de mala gana y me miraron como si yo fuese el culpable de que su padre las tratase como a criadas. Ambas iban descalzas, tenían las rodillas sucias y el pelo descuidado. No eran retrasadas como su hermano mayor, pero como dirían nuestros amigos anglosajones no parecían las herramientas más afiladas del cobertizo. La mayor era muy alta, y le sacaba dos cabezas a la pequeña, más o menos de mi estatura. La grandullona llevaba un ajado vestido de verano blanco con lunares negros que le quedaba pequeño, sin mangas y largo hasta la mitad del muslo. Su hermana solo vestía una camiseta larga que apenas le cubría las nalgas, descolorida y con numerosas manchas. Salieron al pasillo y pensé que, limpias y bien vestidas, podrían tener algún atractivo.

—¿Dónde está Monchito? —pregunté, por hablar de algo mientras llegaba mi bebida.

—Con su madre, dando de comer a los cerdos —dijo Montillo—. Anda enfurruñado conmigo porque le he prohibido joderse a la nuera del estanquero.

—Pero deja al pobre que disfrute, hombre —dijo el alcalde.

—Que se conforme con cascársela y con la puta que le pago una vez al mes. Como siga metiéndole el rabo a la rubia esa se acabarán enterando el marido y el suegro, y no quiero problemas con la gentuza del pueblo.

  Las chicas regresaron y la pequeña puso un botellín de birra en la mesa frente a mí, con un golpe seco y una mirada hosca. La pobre había heredado la mandíbula cuadrada y la gruesa nariz de su padre, pero tenía un buen par de tetas, al igual que su hermana. Le pegué un buen trago a la cerveza y las chicas regresaron al sofá, sin dejar de mirarme con animadversión. El alcalde me miró sonriente, dio una palmada y se frotó las manos.

—Bueno, vamos a ver ese licor mágico del que tan bien he oído hablar —dijo.

  Saqué del bolsillo los dos frasquitos y los puse sobre la mesa. Don Ramón cogió uno de ellos, impaciente, y lo miró a a trasluz. Garrido abrió el otro y lo olió con aires de sumiller.

—Hay que tomar muy poco. Con lo que cabe en la pipeta del frasco es suficiente —expliqué a mi nuevo cliente—. Tarda alrededor de media hora en hacer efecto, a veces más a veces menos. Dependiendo de la persona.

Sin más preámbulos el alcalde echó la cabeza hacia atrás, abrió la boca y vació la pipeta sobre su lengua. Tragó y torció el gesto.

—¡Puaj! Odio el regaliz —se quejó.

—Sí, el sabor no es su punto fuerte —expliqué, aunque yo lo encontraba agradable.

  Don Ramón también tomó una dosis, ansioso por volver a sentir los efectos del brebaje. Tal vez había quedado esa noche con su joven amante, o quería volver a demostrarle a su exigente esposa que no había perdido su potencia viril. El alcalde se sacó del bolsillo un grueso rollo de billetes y comenzó a contar con ágiles movimientos de sus dedos.

—Ramón me ha dicho el precio. Por esa cantidad espero que funcione.

—Ya lo creo que funciona, compadre. Ya lo creo —confirmó Ramón, antes de soltar su risita porcina.

—A esta ronda invito yo.

  Garrido me entregó una cantidad en pesetas que hoy equivaldría a cuatrocientos euros, el doble de lo que obtuve con mi primera venta. Hizo una pausa y me dio un par de billetes más del nutrido fajo.

—Toma una propina, anda.

  Cuando tuve el dinero en el bolsillo mi ánimo mejoró bastante. No quería que más gente supiese lo del tónico, pero si esos dos tipejos se convertían en clientes habituales tendría una cómoda fuente de ingresos hasta que se me terminase la mercancía.

—Por supuesto, esto queda entre nosotros —dijo Garrido, en tono casi amenazante.

—Por supuesto —afirmé.

—A ver, no es que necesite nada para que se me ponga dura, pero uno ya va teniendo una edad y hay que dar la talla, tu ya me entiendes.

—Claro, Don Jose Luis. Si yo estuviese casado con una mujer de bandera como la suya también querría tenerla contenta —me atreví a decir, quizá tomándome demasiadas confianzas.

  Para mi sorpresa, el alcalde se echó a reír, y su amigo le imitó al instante.

—¿Mi mujer? A esa arpía hace años que no se la meto. Si no fuese porque está podrida de dinero la habría mandado al carajo hace mucho.

—Ah… vaya… —balbucí, sin saber qué decir.

—Pero no pasa nada. Yo tengo mis líos y ella tiene los suyos, ¿me entiendes? —Antes de que pudiese responder se inclinó un poco en mi dirección, con aire confidente—. Ahora tengo a dos zorritas en la ciudad. En las afueras tengo a una madre soltera que hace lo que sea por dinero. La muy infeliz cree que voy a dejar a mi mujer por ella, ¡ja ja!, va lista. En el centro tengo a una abogada jovencita que la chupa mejor que cualquier puta. Esta lo hace por los contactos. Piensa que siendo alcalde de un villorrio de mala muerte la puedo enchufar en algún puesto importante. Mis cojones treinta y tres.

  Asentí a las confesiones del rijoso alcalde sin inmutarme. Lo peor de mi incipiente negocio era tener que escuchar la sórdida vida sexual de aquellos tipos. Me habría gustado salir de allí en cuanto acabó la transacción, pero insistieron en que me quedase un rato. No se si por amabilidad o porque el alcalde quería asegurarse de que el tónico hacía efecto. Eso no me preocupaba. El brebaje ya había demostrado su eficacia en cinco personas distintas y era improbable que Garrido fuese inmune.

  Me acabé la cerveza y las chicas me trajeron otra sin escatimar miradas ariscas. Cuando no estaban ejerciendo de camareras se sentaban en el sofá, hombro con hombro, y cuchicheaban o miraban por la ventana. Los hombres bebíamos y hablábamos de esto y de aquello. Cuando el alcalde descubrió que yo estaba en paro me dijo que me buscaría algún trabajo por la zona. Se lo agradecí educadamente, no muy seguro de querer deberle un favor a ese tipo.

Pasada una media hora, puede que más, el alcalde dejó de hablar, soltó aire por la nariz y una amplia sonrisa se dibujó bajo su bigote.

—Joder, ya lo noto —dijo.

—Yo también. Desde hace un rato —dijo Don Ramón.

  Garrido se llevó la mano a la entrepierna y apretó el bulto que se marcaba en sus inmaculados pantalones blancos.

—Hostia puta. La tengo tan dura que podría partir nueces con el capullo. Ahora mismo me follaría hasta a mi mujer.

  Don Ramón soltó una carcajada y también se sobó el paquete, igualmente abultado.

—No te preocupes, compadre, que no te vas a ir de aquí sin aliviarte —Sin dejar de tocarse el rabo por encima de la tela de los pantalones se volvió hacia sus hijas y las llamó en tono autoritario—¡Niñas! Venid aquí.

  Las chicas obedecieron sin vacilar. La mayor se acercó al sillón de su padre y la más joven al del alcalde, quien la miró de arriba a abajo con lascivia. Estaba claro lo que iba a ocurrir, y me dio la impresión de que no era la primera vez. Tal vez el porquero ni siquiera tenía una amante en el pueblo de al lado y usaba el tónico para divertirse con sus obedientes hijas. Desde luego yo no era el más indicado para juzgarlo, teniendo en cuenta mi reciente actividad amatoria, pero la sordidez de aquella escena no podía compararse con los momentos de amor y pasión que yo había compartido con mi abuela y mi madre.

  En pocos segundos tuve el dudoso honor de contemplar el miembro erecto del señor alcalde. No muy largo y de un grosor notable, a la más joven de los Montillo le costaba abarcarlo con la boca cuando se inclinó hacia adelante y empezó a mamarlo con diligencia. En esa postura se le levantó la camiseta hasta la mitad de las nalgas y pude ver que la muchacha no llevaba bragas. El vello negro asomaba entre sus muslos y rodeaba el ojete rosado que quedó a la vista cuando Garrido extendió los brazos para sobarle el culo, separándole los cachetes y amasándolos con fuerza.

  La culebra de Don Ramón también salió de su guarida, larga, cabezona y curvada hacia un lado. No era tan grande como la de su hijo pero de sobra sobrepasaba los quince centímetros. Su hija mayor le tenía tomada la medida y la engullía una y otra vez, tragándosela entera con cada sumiso cabeceo. Su padre le levantó el vestido hasta la cintura revelando unas nalgas grandes y pálidas, que muy pronto quedaron enrojecidas por los azotes del porquero. Ella no se quejaba ni hacía gesto alguno de dolor.

  Sentado en mi silla, yo me limitaba a dar breves tragos al botellín y contemplar la escena, moviéndome entre la repugnancia y una morbosa excitación que, contra mi voluntad, me la puso dura. El alcalde resoplaba. Agarró la cabeza de la joven con ambas manos y le folló la boca sin importarle que se atragantara. La chica debía tener experiencia y encajó sin problemas las acometidas, llenando de babas los huevos del tipo. Don Ramón seguía recibiendo las atenciones orales de su experimentada hija mayor, y me sobresalté cuando me miró, hizo un gesto con la mano y señaló el amplio trasero de la joven.

—Fóllatela, chaval, no te cortes. Dala por el culo, que le gusta —dijo, con un matiz cruel en su voz ronca.

  En otras circunstancias no habría tenido inconveniente en disfrutar de un culazo como ese, pero a pesar de que comenzaba a estar realmente cachondo no me seducía en absoluto la idea de participar en esa retorcida orgía.

—No, gracias. Creo que mejor… me voy —dije, en un tono bastante educado teniendo en cuenta la circunstancias.

—¿Qué pasa, hombre? Mira que hermosa está —dijo Don Ramón, al tiempo que hacía temblar la nalga de su hija con una fuerte palmada—. ¿No serás marica, eh?

—No. Lo que pasa es que… tengo novia.

  Los dos hombres se echaron a reír ante mi excusa. Para dos adúlteros redomados como ellos sonaba ridícula. Por suerte no insistieron más, y poco después me escabullí hacia el pasillo. Antes de salir de la estancia pude ver que el alcalde había puesto a la chica a cuatro patas en el sillón y le estaba castigando el coño con tal energía que el pesado mueble crujía y rechinaba como si lo estuviesen apaleando.

  Una vez fuera respiré aire puro (con olor a mierda de cerdo) y encendí un cigarro. Esperé que las chicas al menos estuviesen disfrutando, pues gracias al tónico puede que les esperasen varias horas de matraca con su padre y su compadre. Antes de subir al coche, miré hacia las pocilgas y se me ocurrió echar un vistazo antes de irme. Los cerdos siempre me han resultado graciosos, sobre todo los lechones, y además quería saludar a Monchito. Cuanto más conocía a su familia más compasión me inspiraba el pobre retrasado.

  Caminé junto al muro de una de las grandes naves hasta encontrar una puerta abierta. En el interior, mal iluminado por mugrientos tubos halógenos, había numerosos corrales abarrotados de ruidosos cochinos. Algunos hozaban en los comederos, otros se revolcaban en la mezcla de barro y mierda que cubría el suelo y vi a unos cuantos apareándose con el indolente entusiasmo propio de los animales. Por suerte los pasillos entre los corrales estaban relativamente limpios y mis deportivas se salvaron del oloroso fango. El hedor era mucho más intenso que en el exterior, pero mi nariz ya se estaba acostumbrando y lo aguanté sin problema.

  Me interné en la nave sin toparme con ningún ser humano, acaricié unos lechoncitos que retozaban junto a su oronda madre y me asomé detrás de una pared que ocultaba una pequeña porción del recinto. Allí había otra pocilga, de menor tamaño que las demás y cercada con una vieja valla de madera. Cerca del comedero metálico se paseaba un único cerdo, un verraco enorme de piel oscura y ojillos perversos, con dos cojones como dos botijos. Pero lo que me hizo refugiarme tras el muro y me aceleró el pulso fue lo que vi en el centro del corral. Desde mi escondite pude observar a dos personas totalmente desnudas, con la piel cubierta de sudor y porquería.

  Una de ellas era una mujer de unos sesenta años, grande y obesa. Estaba a cuatro patas, con los codos apoyados en el barro y su descomunal trasero levantado. El pelo canoso se le pegaba al rostro enrojecido, ancho y mofletudo. La boca, diminuta en comparación con el resto, soltaba jadeos rápidos y roncos, al ritmo de las embestidas del hombre que se la estaba follando como si no hubiera mañana. El tipo se agarraba a los amplios rollos de manteca que tenía en la cintura y hacía temblar su culazo con cada brutal embestida. Por si aún no lo habéis deducido, la gorda era la mujer de Don Ramón, cuyo nombre nunca llegué a saber, y su entregado amante no era otro que Monchito, su hijo.

  Los observé un rato, impactado por lo bizarro de la escena pero no demasiado sorprendido. Me alegré un poco por el retrasado. Le habían prohibido disfrutar de la estanquera adúltera pero al menos podía aliviarse clavando su colosal cipote entre las abundantes carnes de su madre. Mientras la pareja continuaba copulando sin bajar el ritmo el cerdo se paseaba a unos metros, ignorándolos la mayor parte del tiempo y mirándolos de vez en cuando. Al cabo de unos minutos, la mujer movió uno de sus gruesos brazos y golpeó la mano de su hijo.

—Quita. Deja a Pancho —dijo, con una voz estridente y áspera.

—Un… po-poco más… ma-mami —suplicó el tonto del pueblo, sin dejar de empujar.

  Entonces la tipa agarró algo que tenía al alcance de la mano y que no había visto antes pues estaba medio enterrado en porquería. Era una larga y flexible vara de olivo. La usó para golpear con saña a su hijo en el pecho y los brazos. El pobre tonto se apartó, lloriqueando, y su pollón húmedo se balanceó entre sus piernas.

—¡He dicho que dejes a Pancho! —chilló la porquera.

  Abatido, Monchito se acercó al enorme puerco y lo guió hasta su madre poniéndole la mano en el ancho cuello. A estas alturas, ya sabéis que no soy precisamente pacato o prejuicioso en cuanto a prácticas sexuales, pero incluso yo tengo mis límites, y el bestialismo era uno de ellos. Sin embargo, la curiosidad morbosa fue más fuerte que mis escrúpulos y no me moví de mi escondite. Vislumbré unos segundos el pene del verraco, largo, fino y retorcido como el cuerno de un narval. La bestia levantó su corpachón y ayudado por Monchito colocó las patas delanteras sobre los cuartos traseros de la hembra, que jadeaba con los labios entreabiertos, ansiosa por completar la antinatural unión.

  En ese momento, mientras la penetraba, el cerdo giró la cabeza en mi dirección. Os juro por mis muertos que el puto animal me miró directamente a los ojos. Salí de allí como alma que lleva el diablo, corrí hasta el Land-Rover y metí la llave en el contacto con el pulso tembloroso. Antes de arrancar, escuché los sonidos que venían de la casa, los fuertes gemidos de dos chicas y los bramidos triunfales de dos hombres. El mismo tipo silencioso que me recibió al llegar me abrió la verja y pronto estuve en la carretera, ansioso por llegar a casa cuanto antes.

  Al alejarme de la finca Montillo me fui tranquilizando, aunque los ojillos malvados del enorme cochino no se me iban de la cabeza. Al menos el negocio había sido un éxito. Tenía pasta fresca en el bolsillo y sin necesidad de doblar el lomo en una obra durante horas. Eso sí, mis clientes tendrían que buscar otro lugar de encuentro pues no pensaba volver a pisar aquel abismo de depravación sexual y mierda de marrano.

  Llegué a casa poco después de las diez. Mi abuela aún estaba despierta, recostada en el sofá con aire somnoliento mientras veía una película. La miré desde la puerta de la sala de estar y cuando volvió la cabeza hacia mi su rostro limpio, sonrosado y afable me hizo olvidar al momento la sordidez de los Montillo y los inquietantes ojos del verraco. Resistí el impulso de acercarme a ella, pues antes quería eliminar de mi persona cualquier resto de inmundicia que pudiera mancillarla.

—Vaya, que temprano has vuelto —comentó, con una dulce sonrisa. La sutil picardía que asomaba a sus labios me indicó que esa noche iba a tener suerte.

—Sí. La mayoría madrugan mañana y la fiesta ha sido corta —improvisé. Por suerte ella no sabía que mis amigos eran una panda de vagos desocupados.

—¿Te lo has pasado bien? —preguntó.

—Muy bien —mentí —. Voy a darme una ducha. Hemos jugado al fútbol un rato.

—Como quieras, cielo. Aquí te espero.

  En mi cabeza, ese “aquí te espero” sonó tan sugerente como si se hubiese abierto de piernas con una señal de neón apuntando a su coño. En la ducha, me froté a conciencia todo el cuerpo y el pelo. Me perfumé con un chorro de la fresca colonia familiar que ella usaba y me puse mis mejores boxers. Antes de regresar a la sala de estar, salí al garaje y saqué de la guantera la pequeña bolsa de papel con el logotipo de la tienda de lencería. Cuando me acerqué al sofá mis esperanzas aumentaron al mismo tiempo que mi erección. Llevaba puesta su bata, pero de una forma distinta a la habitual. La parte del pecho dejaba a la vista el apretado canalillo y una de sus robustas piernas quedaba totalmente al aire, fruto de un estudiado descuido. La hermosa viuda tenía ganas de guerra y mi cañón estaba armado y cargado.

—¿Qué es eso? —preguntó, señalando la bolsa cuando me senté junto a ella.

  Le di un largo beso antes de responder. El sabor de sus labios eliminó todo rastro de mi desagradable velada y el roce de su pierna en mis muslos me hizo hervir la sangre.

—Pasé por el centro comercial antes de la fiesta y te he traído un regalito.

—¿De verdad? ¿Pero por qué te has molestado? —dijo, en tono de reproche pero con los ojos brillantes de ilusión.

  Se sentó y el cambio de postura abrió más su bata, revelando más piel de su pecho pecoso y gran parte de la otra pierna. No hizo ningún esfuerzo por taparse mientras yo encendía la lamparita junto al sofá.

—Bah, no es nada. Quería tener un detalle contigo, por lo bien que lo estoy pasando aquí.

—Demasiado bien lo estás pasando, sinvergüenza —dijo ella, socarrona.

  Sacó el conjunto de la bolsa y disfruté de su expresión sorprendida. Levantó el sostén frente a sus ojos y lo miró con la boca abierta.

—Cariño… es precioso. Y se ve de buena calidad. Te habrá costado muy caro.

—Bah —le quité importancia con un gesto propio de quien está acostumbrado a el lujo y el despilfarro.

—¿Pero no será un poco… descocado? —dijo con cierta timidez, acariciando las numerosas transparencias de la prenda.

—Bueno, es lencería. De eso se trata.

—Me parece que este regalo es más para ti que para mí, tunante.

—Me has pillado —reconocí, levantando las manos.

  Me agarró por la nuca y me cubrió la mejilla con sonoros besos de abuela, seguidos de inmediato por un tórrido beso de amante en el que nuestras lenguas se encontraron con avidez. Esa dualidad me excitaba de una forma que me resulta imposible describir. Volvió a sujetar la prenda por los tirantes y se la colocó a la altura del pecho, para medirla. Se levantó e hizo lo mismo con las bragas.

—Parece pequeño para mí. ¿Me quedará bien? —se preguntó.

—Pruébatelo y salimos de dudas —sugerí.

—Vale. Espera aquí.

  Fue a su dormitorio y yo me repantingué en el sofá, dejando que mi ya totalmente erecta verga levantase la tela de mis boxers sin pudor. Estaba más que satisfecho con su reacción a mi picante regalo, y con el hecho de que se mostrase tan relajada fuera de los muros de su dormitorio. Tardó en regresar más de lo que esperaba, pero mi erección no perdió ni medio grado de verticalidad. Escuché sus pasos mucho antes de verla, pues no los acompañaba el familiar sonido de sus pies descalzos sino un rítmico taconeo.

  Cuando entró en la sala de estar y posó tímidamente para mí, con una mano apoyada en el quicio de la puerta, los pies muy juntos y una rodilla ligeramente flexionada, casi se me salen los ojos de las órbitas como a el lobo aquel cuando miraba a Betty Boop. El conjunto verde resaltaba los encantos de su maduro cuerpo, las abundantes curvas y la involuntaria sensualidad que desprendía. El sostén solo tapaba, por decirlo de alguna forma, la mitad de sus tetazas, y los pezones rosados eran perfectamente visibles, apretados bajo la tela semitransparente. También podía adivinarse el triángulo de vello pelirrojo en el pubis y la turgencia de los labios mayores que apenas asomaban entre los muslos. Se había quitado las gafas y me miraba expectante, con una encantadora mezcla de timidez y picardía.

—Joder… estás… tremenda —conseguí decir, al borde de la fiebre.

  Por si fuera poco, me había sorprendido calzándose unos zapatos de tacón alto, de un verde más oscuro que el de la lencería. Eran de diseño sencillo, con dos cintas cruzadas en el empeine y otra en los tobillos.

—¿De verdad? ¿No me queda pequeño?

—Te queda perfecto. Date la vuelta, que te vea bien.

  Giró para darme la espalda y solté un soplido de pura excitación al ver su culo. Las grandes nalgas quedaban a la vista casi por completo, coronadas por un elegante triángulo de encajes verdes. Los taconazos resaltaban el ya de por sí voluminoso atractivo de sus pantorrillas y de inmediato me imaginé sintiéndolas en mis hombros mientras la penetraba.

—¿Y esos zapatos? Te quedan de muerte —dije.

—Me los compré hace unos años para ir a una boda. Solo me los puse ese día —explicó. Miró hacia los zapatos y los movió con coquetería, consciente de lo sexy que estaba con ellos.

—Pues deberías ponértelos más a menudo.

—Qué fácil veis los hombres lo de llevar tacones, ¿eh? Como vosotros no tenéis que andar con ellos… —me recriminó, dando un simpático taconazo en el suelo con las manos en las caderas.

—¡Ja ja! Anda, ven aquí, que te quiero ver más de cerca.

  Se acercó a mí con un garboso contoneo. Rara vez llevaba tacones, y menos tan altos, pero sabía muy bien cómo moverse con ellos. Me levanté del sofá al mismo tiempo que mis manos se deslizaban por sus suaves muslos, subiendo hasta la cintura. Le cubrí de besos el pecho y el cuello y sentí sus manos acariciando mi espalda. Con los tacones me sacaba más de una cabeza, pero con su natural generosidad, se encorvó un poco para que me resultase más fácil llegar a mi objetivo.

—Te agradezco mucho el regalo, tesoro, pero tienes que ser más discreto —dijo, casi susurrando cerca de mi oído—. Si alguien se enterase de que me compras este tipo de cosas pensaría mal.

—Piensa mal y acertarás. Ya lo dice el refrán —dije. La besé cerca del lóbulo de la oreja, cosa que le encantaba, y se le escapó un tenue suspiro.

—Carlitos… no seas tonto. Lo digo en serio.

—No te preocupes ahora por eso.

  Estábamos tan calientes que la discusión terminó en ese punto. Mientras continuaba besándola disfruté del fino tacto de mi regalo, sobre todo en la parte que cubría los pezones, cuya dureza aumentó visiblemente. Pellizqué la tela y conseguí atrapar uno de ellos entre las yemas de los dedos.

—¡Uy! Ten cuidado… No lo vayas a estropear —se quejó—. Espera un momento.

  Separó un poco su torso del mío y descubrí que el sujetador se desabrochaba por delante, un dato que retuve para futuros encuentros. Las copas saltaron hacia los lados, prueba de la tensión que soportaban, y quedaron colgando junto a los pantagruélicos pechos. Me lancé a lamer y chupar pezón con tanta ansia que ella soltó una risita. Obviamente, tenía la polla dura a más no poder, y la frotaba contra sus muslos moviendo las caderas.

—Vaya, qué hambre traes, hijo. ¿Es que no has cenado? —bromeó, aunque en su pregunta también se percibía la genuina preocupación de una abuela por la alimentación de su nieto.

  Antes de que se ofreciese a hacerme un par de huevos fritos con patatas, la silencié con un húmedo beso mientras le amasaba las tetas, apretadas contra mi pecho desnudo. Ella terminó de quitarse el sostén, lo dejó caer en el sillón y se llevó las manos a la cintura para hacer lo mismo con las bragas.

—No. No te las quites —le dije, con afectuosa autoridad.

—No quiero que se estropeen, cariño.

—No pasa nada.

  Llevé una mano a su entrepierna y froté el carnoso coño con los dedos por encima de la tela, que estaba ardiendo y húmeda. Ella se ruborizó más de lo que ya estaba y me miró con una sonrisa inocente, como si excitarse fuese una travesura e intentase disimular.

—De todas formas ya están mojadas —dije.

  Noté su cuerpo estremecerse cuando mi mano presionó la zona cercana al clítoris, cosa que me animó a sobar su entrepierna con más intensidad. Separó los muslos y dobló un poco las rodillas para facilitarme la labor. En esa postura y con los tacones, sus piernas eran un espectáculo para la vista. Apoyó el brazo en mis hombros para no perder el equilibrio, ya que mi masaje hacía que le temblasen las rodillas de cuando en cuando. Sus agudos gemidos aumentaron de intensidad y volumen cuando acompañé el manoseo con besos en el cuello y suaves mordiscos en el lóbulo de la oreja.

—No… No me hagas chupetones… ¿eh? —me advirtió, entre suspiros.

—Descuida.

  Continué frotando y manoseando las bragas hasta que la tuve más encendida que el caldero de Satán, jadeante y al borde del orgasmo. Entonces paré. Me miró con aire suplicante mientras me quitaba los boxers, liberando la palpitante barra de carne que atrajo su mirada al instante. La agarré por las caderas y apreté el glande contra la tela de las bragas, tan empapada a esas alturas que era como si no existiese. Podía notar sin obstáculo los pliegues y volúmenes de su abultado sexo, y de nuevo se estremeció cuando, empuñándola con la mano derecha, froté mi verga contra el ligero tejido.

—¿Quieres que te folle? —pregunté, con la boca muy cerca de su oreja, notando su acelerado aliento en mi cuello.

—Sí —respondió titubeante tras una pausa tensa.

—Dilo. Quiero escucharte decirlo —le ordené.

—Carlitos… —se quejó, suplicante.

—Ya sé que no te gusta hablar de esa forma, por eso quiero que lo hagas. Me pone mucho cuando eres malhablada —expliqué. Froté el capullo con más fuerza y sus rodillas temblaron de nuevo.

—Carlos… por favor…

—Vamos, dilo. Pídeme que te folle —insistí.

  Soltó un largo suspiro y añadí más leña al fuego pellizcándole un pezón y lamiéndole el lóbulo. En ninguno de nuestros encuentros anteriores la había visto tan cachonda, ni siquiera la noche en que bebió el vino con tónico, y supe que haría lo que le pidiese con tal de sentirme dentro de ella.

—Fo… Fóllame, por favor —dijo a fin, con un hilo de voz.

—Un poco más alto. No te he oído.

—Quiero que… Me folles, por favor.

—Más alto, vamos. Estamos solos en mitad de la nada. Nadie te va a escuchar salvo yo.

—Fóllame. Quiero que me folles —repitió, esta vez casi en su tono de voz normal.

—Más alto. —Acompañé la orden con un azote en la nalga, no demasiado fuerte.

—¡Fóllame! ¡Fóllame, joder! —exclamó de repente.

  Su voz potente y aguda resonó por toda la casa, vacía y silenciosa. Sobresaltada por sus propios gritos, se tapó la boca con una mano y miró a su alrededor con los ojos muy abiertos. Sin darle tiempo a reaccionar, me dispuse a cumplir su entusiasta petición. Me puse detrás de ella y la hice doblarse hacia adelante, con las manos apoyadas en el sofá y las piernas rectas. En esa postura su culo parecía un enorme y jugoso melocotón. Dediqué un rato a sobar sus nalgas, con la polla encajada entre ambas, y cuando noté que se impacientaba aparté hacia un lado las bragas, exploré su coño desnudo con el glande hasta encontrar la entrada y la penetré desde atrás, con una fuerte embestida que hizo temblar todo su cuerpo e incluso el sofá.

  De su boca brotó un largo gemido donde se mezclaban la sorpresa, el alivio y el placer. Al primer empujón le siguieron otros aún más fuertes. Si me inclinaba un poco hacia el lado podía ver sus tetazas bamboleándose en el aire. El impacto de nuestras pieles húmedas por el sudor resonaba en la sala de estar como palmadas y en la tierna carne de sus nalgas aparecían breves y rápidas ondulaciones, como las réplicas del terremoto que tenía lugar entre sus piernas. Al cabo de un rato dejó de importarle el volumen de su voz y gritaba de placer sin contenerse. Las piernas le temblaron como si la estuviesen electrocutando cuando mis embestidas y la rápida fricción de su propia mano en el clítoris la llevaron a un largo y escandaloso orgasmo.

  Fue un polvo corto pero intenso. Tras apenas diez minutos de frenético bombeo, acompañado por unos cuantos azotes que dejaron mis dedos marcados en sus delicadas nalgas, también grité como un animal y descargué dentro de ella, apretando mi cuerpo contra el suyo con fuerza mientras sentía una andanada tras otra de espesa leche llenando su coño. Cuando terminé solo tuve fuerzas para sentarme en el suelo, agotado. Ella permaneció unos segundos en la misma postura y pude ver el semen rezumando y resbalando por el interior de su muslo. Se colocó las bragas en su sitio y se dejó caer en el sofá, sin importarle manchar la sábana que lo cubría, sudorosa y también exhausta.

  Ninguno de los dos habló durante un rato, hasta que el sonido de mis tripas rompió el silencio. No había comido nada desde el mediodía y estaba hambriento. Mi abuela me miró desde el sofá, levantó una ceja y enseguida supe lo que iba a decir.

—Cielo, ¿seguro que has cenado?

—La verdad es que no —admití, sin entrar en detalles.

—Pues ahora mismo te frío un par de huevos con patatas —afirmó, sin dejar lugar a la discusión.

  Asentí, sonriente. No había rastro de cansancio en su cuerpo cuando se levantó del sofá, recogió su ropa y se fue hacia el cuarto de baño sobre sus tacones, regalándome una última estampa de su cuerpazo en movimiento. Se me hizo la boca agua al pensar en la cena. Además, la noche acababa de empezar y sospechaba que iba a necesitar mucha energía.

CONTINUARÁ…

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