MIRZA MENDOZA

Cuando los libros se vendían bien fue invitado a dar una conferencia. Le enviaron los boletos de avión de cortesía. Mientras volaba se sintió en las nubes, la metáfora era real. Danny Colmenares disfrutaba las mieles de su oficio. Claro que no cuenta a nadie que la bolsa de viaje le salió carísima y aún paga las cuotas de su tarjeta de crédito. ¿Vendió más libros luego de la conferencia? Él quiere creer que sí. Sin embargo, los números no mienten. Los años han pasado por él y sus libros de autoayuda ya no se venden como antes. Nota la diferencia en la gráfica de Excel que demuestra el declive. En las portadas de cada nuevo lanzamiento sale más viejo, con entradas tan grandes como campos de golf y patas de gallo que parecen de avestruz. Si tan solo tuviera dinero para hacerse unos retoques, sus libros se venderían más, piensa. Su mejor amigo le recalca que la sabiduría se asocia con las canas y arrugas. Danny Colmenares opina que su amigo no sabe nada de marketing. No se enoja con él, lo comprende. Culpa a la envidia y se promete que aquella no romperá su amistad. Ya no volverá a sacar otro nuevo tiraje ni reimpresiones. Las deudas lo avasallan y no hay libro de autoayuda que lo respalde. Solo que no debe mostrarse vencido y acabado. Se toma una foto con su libro junto a su taza de café predilecta que por las vacas flacas lleva anís de sobre como fondo para darle sabor a su desayuno tomado al medio día.

Recuerda la conferencia junto al sonido de los aplausos y los sueños de una vida mejor; mientras busca empleo como columnista de un periódico que le permita resaltar nuevamente. Las cajas, con sus libros dentro, se empolvan y su esposa ya empezó a hablar de divorcio en las cenas.

Su gran despegue debería llegar pronto. Danny anuncia el éxito personal a sus lectores si cumplen las reglas de oro que él no se cansa de enumerar. El concepto de éxito es algo tan subjetivo. ¿Rendirse también es de exitosos? Se pregunta.

Sale a correr y ve a su libro en el quiosco que está en la avenida cerca de su casa. Le parece extraño. Se soba los ojos. El cuerpo caliente por el esfuerzo destila sudor y su mente está confusa. Es su libro, ya no tiene dudas. Lo compra y regresa a casa caminando. Sosteniendo incrédulo el objeto que lleva su rostro en la portada.

Su casa está vacía, la que trae el sustento está trabajando y él no tiene con quién compartir sus confusas emociones. Prende el televisor y revisa su celular. ¿A quién debería llamar primero? Duda un rato, luego se decide. Su mejor amigo es su mejor amigo. Lo llama. Timbra, timbra y luego deja de timbrar. Escucha el buzón de voz. Un mensaje de texto es lo más práctico. Escribe, luego borra y vuelve a escribir. Sonríe y pone enviar. Su amigo lo llama de inmediato. ¿Estás seguro de lo que dices? Danny Colmenares suelta una carcajada victoriosa. Lo ha logrado, no sabe cómo, pero lo ha logrado. Por fin sus sueños se harán realidad. Su amigo cuelga no sin antes hacerle prometer que llevará el libro al bar en la noche.

El autor besa su rostro sonriente impreso en material de mala calidad. Va a al clóset para buscar sus mejores sacos. ¿Debería comprar una nueva corbata? Mejor no. No hay presupuesto. Busca entre las cosas de su mujer. Encuentra la crema antiarrugas y roba un poco. Se la echa con esmero. Siente paz interior. Saca un ejemplar de la caja y lo analiza minuciosamente. Es el mismo título del libro que compró en el quiosco.

Se arremolina en el sofá y empieza a elucubrar escenarios. No encuentra indicios que lleven a la situación que está viviendo. Danny Colmenares decide luego de pensar mucho que debería disfrutar el momento. Sale con los dos libros. Está nervioso y llega media hora antes al bar. Su mejor amigo es puntual así que la espera no será larga ni infructuosa. Pide un Cubalibre. Pone un libro al lado del otro y admira al pirata. El éxito por fin ha llegado a su vida.

Un comentario sobre “El éxito de Danny

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