C. VELARDE

PREFACIO

LIVIA ALDAMA

Tiempo presente.

El mundo es imperfecto, irracional, depravado y envilecido. Condena a las buenas personas y premia a las malas voluntades. El mundo se ha prostituido con los poderosos, esos que se han erigido sobre los cimientos de los débiles y desfallecidos. 

Qué tarde he abierto los ojos.

Qué tarde he comprendo lo ciega que estuve siempre.

Que tarde el tiempo me ha hecho ver la burbuja de fantasía y de arcoíris en la que estuve atrapada y que un día decidí romper en millones de fragmentos.

¿Soy cobarde? Creo que no. Ya no. Antes sí.

Ahora mismo sé que he cambiado, pero no sé si para bien o para mal; todo en mí ha evolucionado: mis pensamientos han tenido una subversiva transformación: incluso  mi cuerpo es diferente.  Ya no soy la misma Livia de antes.

De hecho, a menudo tengo la certeza de que ya no soy yo. Y me siento bien. Muy bien.

Miro a mi alrededor para tener una idea de hasta dónde he llegado y me pregunto si ha valido la pena o, de perdido, si he tomado las decisiones correctas.

Trato de averiguar cuán feliz soy en mi estado actual y si es esto lo que quería. O, de lo contrario, si todo es producto de un espejismo visceral.

Quiero pensar que me siento plena, realizada y orgullosa de mi recorrido.  

Si bien no entiendo bien lo que me pasa,  sé que he actuado en función de lo que necesitaba.

Selección natural, le llaman.

Sí. Estoy segura de que he procedido haciendo aquello que debía de haber hecho desde hace mucho tiempo; eso que nunca hice por cobardía.

Pero ya no soy cobarde.

Ya no más.

Y ahora entiendo que todo ha mejorado. Eso debe ser. De lo contrario me sentiría arrepentida.

La pregunta es si el cambio es beneficioso o perjudicial.

¿Hice todo bien?

No lo sé.

Lo cierto es que no puedo dejar de pensar en todo lo que ha ocurrido durante este tiempo.

Y tampoco puedo dejar de masturbarme, aquí, tendida sobre esta inmensa cama de agua tibia que me hace estremecer de placer.

—Ahhh, ahhhh, mmmm, por dioooos —gimo.

Jorge, mi querido Jorge.

¿Cuándo cambiamos tanto? 

1. MI AMOR POR LIVIA

Jorge Soto

Martes 20 de septiembre

23:25 hrs.

Lo que más me gustaba de Livia era su forma de gemir cuando hacíamos el amor, aun si lo hacía con timidez tras cuatro años de noviazgo y dos de vivir juntos. Era como si a Livia le pareciera un pecado mortal gritar y jadear como respuesta al hormigueo que sentía justo en el interior de su encharcada vagina cada vez que la penetraba o acariciaba su clítoris con mis dedos o mi lengua.

—Gime, cielo, gime —le pedí, removiendo mi pene dentro de su sexo—, no te cohíbas, mi ángel, los gemidos y los gritos son expresiones naturales del placer. —Ella suspiraba, agitada, emitiendo soniditos cachondos que, por el contrario, no lograban convertirse en gemidos—. A veces se grita y se llora de dolor y de tristeza, Livia; en el sexo se grita de placer.

Livia estaba sentada sobre mis testículos, con mi pene encajado dentro de su estrecho coñito, donde lo removía como si fuese una cuchara meneándole a la olla. Con sus piernas rodeaba mi columna lumbar, de donde se aferraba cada vez que subía y bajaba. Sus uñas se enterraban en mi espalda y sus labios me comían por poco la oreja izquierda, donde tenía su cabeza, presa de la excitación, sollozando.  

—Ahhh… por Dios… Jorge… —logré que al menos evocara esas palabras.  

A Livia le daba vergüenza expresar sus excitaciones durante el sexo. Apenas hablaba y, cuando lo hacía (a duras penas), era porque estaba verdaderamente caliente, como esa noche… que estaba cachonda de manera inusual.

—Gime más, mi ángel, suéltate… dime guarradas —la insté, sintiendo cómo sus músculos vaginales se contraían y apretaban mi trozo de carne a través del condón.

Aquella era una sensación delirante, casi inédita para mí. ¿Por qué Livia estaba tan mojada esa noche? ¿Qué había de diferente en esa ocasión a las otras para que incluso el obsceno sonido de los chapoteos (resultado de la abundante humedad en su vagina) a través de las embestidas fuera tan sonoro e impúdico? Muy pocas veces la había hecho humedecerse tanto como esa noche. De hecho, hasta donde recordaba, Livia jamás se había mojado en abundancia.

Por eso, aprovechando su predisposición para su entrega durante el sexo, insistí en que gimiera; que gritara, que me dijera lo mucho que le excitaba que la penetrara. Pero, al parecer, ahí sí que continuaba intransigente.

—No puedo…  —lloriqueaba, apretando la mandíbula en tanto el chapoteo de nuestras penetraciones se dejaba oír en nuestro cuarto.

—¡Dime que te gusta que te meta el pene hasta el fondo, Livy!

—¡Ay, por Dios… Jorge!

—¡Vamos, mi Livy! ¿Sientes la humedad de tu chochito? ¡Estás apunto de correrte, cielo! ¿Lo sientes? ¡Por fin estás apunto de correrte!

—¡Para, Jorge, para… por favor! —comenzó a lloriquear, empleando esos quejidos y lamentos semejantes a las asiáticas de las películas porno.

—¡Dime que te lo haga más duro! ¡Dime que te gusta cómo te lo hago! ¡Dime guarradas…! —insistí, mientras ella aceleraba las cabalgadas en cada segundo, aun si continuaba con su petición de parar, cuando era ella la que había tomado el control de la situación.

El sonido de sus nalgas chocando contra mis muslos en cada embestida era lo que más morbo me estaba generando en ese momento.

Y volví a sentir esa humedad caliente que me mojaba. ¡Carajo! ¿Eso sería un orgasmo? ¿Por fin Livia estaría experimentando un orgasmo, su primer orgasmo? Pudiera ser. Aunque no tenía mucha práctica en esos temas (mi lista de experiencias sexuales con féminas se reducía a tres), yo sabía que los orgasmos femeninos se notaban cuando la chica en cuestión convulsionaba y, si la excitación era tal, hasta podía llegar a producirse una eyaculación femenina, los famosos squirt que, para entonces, sólo había podido mirar en los videos porno.

¡Pfff! ¡Joder!

¿En verdad aquella mujer tan chorreante era Livia, mi Livia, mi inocente e inexperta Livia?

Acaricié su espalda y la empujé aún más hacia mi pecho, de manera que sus hermosos senos se aplastaran contra mí. Sentí sus duros pezones calientes sepultarse en mi piel, y de nuevo sus uñas arremetieron contra mi espalda.

—Ay, bebé, bebé, mi cielooo —gemía.

Estábamos bañados en sudor, y los sonidos de nuestros cuerpos desnudos restregándose entre sí era un casi apoteosis.

—¡Oh, sí, mi Livy, aprieta más mi pene, apriétalo más con tu coñito mojado, así como te estás contrayendo!

—Por Dios… Jorge… —gimoteó en mi oreja como si se estuviese desvaneciendo—, para… por favor… para… siento que…

No sé cómo conseguí sujetarla de sus poderosas nalgas (si era un tanto escuálido), a fin de levantarla y ser yo quien la penetrara durísimo desde mi posición. La penetré lo más fuerte que pude, pues mi problema de fimosis no me dejaba acelerar como quería; y ella gimoteó. Quería que explotara en un orgasmo y gritara de placer. Mi mayor fantasía era que detonara un chorro de fluidos vaginales y me empapara las piernas y los huevos.

—¡Es un orgasmo, pequeña… lo que estás apunto de sentir es un orgasmo… no te contengas!

—¡Jorge, para, por favor… siento… como si…. Quisiera hacer… pipí… como si quisiera orinar…!

—Libérate, Livy, suelta tu cuerpo, déjame a mí, pequeña… déjame a mí.

Mi pene debajo del látex del condón estaba tan sensible y encantado de esconderse dentro de sus acuosos y carnudos pliegues, dentro de su caverna caliente y estrecha, que estuve seguro que en cualquier momento iba a eyacular.  

—¡Jorge… Sácamela, por favor, Jorge…!

—¡Ahhh! ¡Livy! ¡Ahhh!

—¡Jorge, para… no quiero… siento… un fuerte hormigueooo… ganas… de orinar…!

Las piernas me vibraron, y pronto sentí un cosquilleo intenso que fue ascendiendo hasta mi pene.

—¡Córrete, cielo… córrete, Livy, eso es un orgasmo…!

—¡Me da vergüenza, no puedo, no puedo…!

—¡Suéltate… estás muy mojada… tu panochita está vibrando! ¡Suéltate, Livia, suéltate! ¡Mójame los muslos, las piernas! ¡Córrete, princesa!

El coño de Livia comenzó a palpitar como nunca antes lo había hecho: vibraba de forma intensa sobre mi falo (que de por sí ya casi tenía todo mi semen en la punta del glande) al tiempo que sus piernas se sacudían y de su garganta escapaba un ligero bramido. 

—¡No! ¡No! ¡NOOO! —gritó al fin.

Justo en ese momento Livia se echó hacia atrás, emitiendo un fuerte sollozo, saltó sobre la cama y se posicionó en el otro extremo, al tiempo de que yo me corría en el condón. ¡Diablos! Livia había decidido quitarse antes de que su orgasmo llegara.

¡Carajo! ¡Carajo! Casi lo habíamos logrado, su eyaculación femenina, ¡casi habíamos conseguido que mi Livia explotara en un fascinante squirt! Pero ella había tenido miedo, vergüenza… otra vez, como siempre. 

Menos mal yo había logrado correrme… pero ella no, si lo estaba disfrutando, porque estoy seguro de que lo estaba disfrutando, ¿por qué se había apartado?, ¿por qué se había negado al placer?

—Lo siento, bebé… pero no pude —me dijo con la voz temblando, escondiendo su cara con una almohada.

Y se echó a llorar.

—Hey, hey, preciosa, tranquila, ¿qué ocurre?

—Te defraudo, siempre te defraudo.

—¡No, mi ángel! ¿Cómo puedes decir algo así? —intenté consolarla—. ¿Has visto cómo me he corrido? ¡Me pones cachondísimo, mi amor! ¡Es una locura sentir tus nalgotas rebotando contra mis testículos y mis piernas!

—Sí, pero yo…

—Pero tú no quisiste terminar —me lamenté, rodeándola con mis brazos. Atraje a Livia, poniendo su esbelta espalda sobre mi pecho, y con mis manos acaricié las enormidades carnosas de sus senos. Livia acomodó su gordo culo sobre mi polla (que se había desinflado dentro del preservativo) y allí se acurrucó, dejando caer su cabeza junto a mi cuello, triste—. Ese es el problema, mi ángel, que nunca te permites… llegar hasta el final. ¿Por qué no te das la oportunidad de sentir esa experiencia? ¿Has visto cómo te has mojado hoy, cariño? ¡Ha sido bestial, cachondísimo! ¡Nunca te habías mojado tanto como esta noche!

—Lo sé… —dijo con un tono de asustada, todavía lloriqueando—, no lo entiendo. Ha sido muy raro. Nunca… me sentí tan… así.

Acaricié su cabello color chocolate y besé sus hombros. Estaba tensa. Desde esa noche en que Livia volvió a la oficina por su bolso estaba seria, tensa, nerviosa. Por suerte durante el sexo se había comportado de una manera inusualmente receptiva, pero ahora que todo había terminado, la volvía a sentir rara.

—¿Hay algo por lo que estuvieras más cachonda que otros días, Livy? —quise saber—. ¿Leíste alguna de las novelas eróticas que te regalé?

Aquella había sido una idea que se me había ocurrido para promover que Livia perdiera el miedo al sexo, regalarle una novela romántica (sí, porque ella era muy romántica) con tintes eróticos (de momento una trama erótica ligera). Me dije que si le tomaba el gusto a esta clase de historias, con el tiempo, a lo mejor, querría replicar conmigo algunas escenas.

—Bueno —murmuró ella un poco intranquila—, pudiera ser que haya influido la lectura de ese libro.

—Debe ser así, Livy, porque, en serio, nunca te habías mojado tanto como hoy.

Ella emitió un último gimoteo.

—¿Me contarás qué fue eso que leíste que te puso tan… cachonda?

—Jorge, por favor —sorbió la nariz—, me da pena hablar de esas cosas contigo.

—Está bien, Livy, no me lo digas si no quieres. Pero, por favor, síguelo leyendo, que mira tremenda noche hemos tenido.

—Pero no lo hice bien, al final lo arruiné todo —se volvió a entristecer.

—Lo hiciste maravilloso, mi ángel —volví a besar sus hombros mientras mis manos acariciaban sus dos enormes pechos y los amasaba.

¡Joder! Eran tan carnudos y grandes, que la polla me volvió a palpitar.

—Lo único malo fue que te diera miedo correrte, princesita.

—Es que me da mucha vergüenza, Jorge… —se sinceró lloriqueando de nuevo como una niña. Y quizás sí, lo era, a sus escasos veinticuatro años, ella lo era, una pequeña e inocente niña con cuerpo de mujer, expuesta a las insanas fantasías de su novio. Yo era mayor que ella apenas con tres años—. Creí que me orinaría encima de ti, bebé, y se me fue el libido.

—¿Cómo dices, Livy?

—Pues eso, bebé; que sentí un hormigueo intenso dentro de mi… sexo, que se extendió sobre mi vientre, mulsos y mis piernas. Y de pronto sentí como si fuera a explotar por dentro, como si un chorro de orina fuera a escapar y… me asusté: eso propició que toda la calentura que llevaba dentro se apagara como por un interruptor. ¿Tengo algo malo en mí, Jorge? —me preguntó llorando—, ¿acaso seré frígida?

—No, no, Livia —sonreí—. Si fueras frígida no podrías siquiera mojarte. Y tú te mojaste hoy en exceso. Y cuando estás caliente los pezones se te ponen duros —me prendé de sus pezones sonrosados con las puntas de mis dedos y los estiré hasta que emitió un sexy gemido—. Yo siempre he dicho que eres una mujer muy cachonda, pero con miedo a liberar tu sexualidad.

—¿Y… cómo se hace eso… de liberar tu sexualidad? —quiso saber, removiendo su culo sobre mi entrepierna para acomodarse mejor.

El movimiento me puso duro otra vez. Ufff, Livia.

—Dejándote llevar, mi Livy, olvidándote de prejuicios absurdos que sólo provocan que sientas que tener sexo es malo, como te hicieron creer las amargadas de tus tías y madre. Mira, mi ángel, tienes que tenerme confianza. Llevamos cuatro años de relación, dos viviendo juntos, y precisamente dos años cohabitando. Si todo marcha bien, el próximo año nos vamos a casar (para que tu madre deje de odiarme por lo que considera que es, tenerte viviendo en amasiato), y por tal razón es momento de que nos redescubramos ambos sexualmente. Como ves, yo tampoco es que tenga mucha experiencia, pero aprendo cosas viendo películas… de esas que tú odias que yo mire. Pero ya ves que, si bien no son un manual de sexo, al menos me dan ideas para implementarlas contigo.

”Claro que no tengo valor para proponerte todas ellas, porque no quiero forzarte. Pero, estoy seguro, que en algún momento podremos experimentar. La innovación en el sexo es un gran aliciente para evitar caer en la rutina y monotonía, mi ángel.   

—Tengo miedo de que me dejes por otra, Jorge…

Tal despropósito de su parte me hizo reír a carcajadas. ¿Cómo se le ocurría cosa semejante?

—¿Con lo que me costó conquistarte, mujer?, ¿con lo que me costó convencerte de que yo era un muchacho digno para ti?, ¿con lo que me costó que te fijaras en este pelirrojo pecoso y horrendo que ni en sueños creyó que una mujer como tú se fijaría en él? Estás loquita, mi preciosa.

—Eres un pelirrojo guapísimo —dijo, girando su cabeza para darme un besito—, por eso me da miedo que me dejes, por no cumplir tus expectativas.

—¡Primero me entierro clavos al rojo vivo en cada una de mis pecas antes que cambiarte por nadie, mi ángel! ¡Eres una diosa en todos los sentidos! Además de hermosa, eres muy cariñosa, afable, simpática, trabajadora. ¿No lo ves? Y, como digo, la cereza del pastel: tienes un cuerpo glorioso. ¡Todos querrían tener en sus manos ese enorme trasero que posees! ¡Todos quisieran comerse tus pechos!¿Cómo puedes decir eso? ¡Nunca te dejaría por nadie, ¿oyes bien, Livy?! ¡Jamás! Y con mi aspecto de lerdo tampoco es como si tuviera oportunidad.

—Tampoco digas que todos quieren comerme…—sonrió al fin, limpiándose las lágrimas e incorporándose. Livia era una mujer espectacular—. En La Sede yo siempre he sido un cero a la izquierda para todos, tanto como profesionista como también como mujer.

Livia y yo trabajábamos desde hace cinco años en un partido político (donde nos conocimos), al que llamábamos La Sede; el núcleo principal de un partido conservador. Livy entró de becaria a La Sede en el área de prensa (haciendo notas publicitarias que su primer jefe se adjudicaba) y, cuando se licenció de la carrera de relaciones públicas, fue contratada formalmente aunque quedó en el mismo miserable cargo; la única diferencia es que ahora le pagaban y antes no.

Yo no tenía un mejor puesto que ella, pues me desempeñaba como el secretario del secretario de la secretaria de mi cuñado Aníbal (que estaba casado con mi hermana mayor, Raquel) que fungía como uno de los dirigentes del partido político, y que ahora mismo se destacaba por ser uno de los dos aspirantes en las primarias internas para ser elegido como el candidato para contender a la presidencia municipal de Monterrey, Nuevo León, el próximo año.

—Es que soy bastante ordinaria y sin gracia, Jorge —suspiró.

—Pero ¿tú qué dices, mujer? —me molestaba su falta de autoestima.

Su madre y sus solteronas tías se habían encargado de mermar el carácter de mi novia. La habían sobreprotegido demasiado, sesgando su personalidad; reprimiendo su temperamento, con el único propósito de convertirla en una réplica exacta de ellas mismas; amargadas, con complejo de inferioridad y con rencor hacia los hombres.

Mi suegra solía culpar a mi prometida de que su padre las hubiera abandonado, recordándole cosas horribles como “tu padre quería un varón, pero naciste tú Livia, y no lo pudo soportar, por eso nos dejó”. Luego estaban las dos tías cotorras sesentonas, la señorita Angustias y la señorita Caridad  (de esas mujeres mal folladas que se la pasaban de argüenderas todo el día mirando a la gente desde el balcón) que no se cansaban de decirle: “las mujeres sólo venimos a sufrir a este valle de lágrimas, Livita: nunca esperes nada bueno de este mundo”, “Nunca confíes en los hombres: ellos sólo te quieren para perderte, robar tu virtud y dejarte.”

 Todas estas situaciones habían convertido a Livia en una chica frágil a la que le daba miedo enfrentarse a la vida.  Y ahí estaban las consecuencias: una mujer tímida, retraída e incapaz de defender sus derechos laborales en el departamento en el que se desempeñaba.

Por fortuna, allí había aparecido yo: Jorge, su Jorge, su pecosín; un hombre que, aun si no era tan rebelde o severo, (más bien idealista y romántico) había conseguido rescatarla del túnel de la mediocridad en la que la habían mantenido enterrada esas odiosas mujeres, razón de más para que ellas me odiaran con todas sus fuerzas y yo no las tolerara.

—Livia, ¿en qué quedamos?, en que te ibas a dar tu lugar como mujer.

—Eso hago, mi pecosín.

—No es cierto: ahora mismo te has demeritado. Has dicho que eres ordinaria y sin gracia.  

—Pues es verdad —dijo, poniéndose en pie para meterse a la ducha. Habíamos quedado sudados y necesitábamos lavarnos—. En el departamento, es hora que nadie ha valorado mi trabajo. Y con lo otro… tú dices que soy una diosa, Jorge, pero nunca, jamás de los jamáses nadie me ha mirado como tú crees. O al menos no me miran con la morbosidad con que miran a la alzada esa de Catalina Ugarte.

Catalina era una mujer voluptuosa y guapa de algunos treinta y muchos años, (no más guapa que mi linda niña, por supuesto) con cara de sexosa y pervertida que, sin embargo, era muy elegante y aparentemente íntegra.  

—¿O sea que te gustaría que te miraran con morbosidad? —le pregunté con curiosidad, viendo cómo su estrecha cintura se contoneaba a fin de que sus dos enormes nalgas chocaran una contra la otra mientras se dirigía a la ducha.

—No, no —intentó componer su respuesta—, quiero decir que…

—¿A ti te gustaría ser parte de las fantasías eróticas de nuestros compañeros de La Sede? —En verdad que estaba pasmado.

—¡Por Dios, Jorge…!

—¿A ti te gustaría que se masturbaran hasta correrse pensando en tu culo y tus tetas?

—Basta ya —dijo abriendo la regadera.

Salió a los quince minutos, oliendo deliciosamente a jabón y champú de flores y la continué atosigando. No me podía creer lo que Livia había dicho.

—¿Entonces, Livy?, ¿a ti te gustaría que te miraran con la morbosidad con que miran a Catalina Ugarte?

—Por supuesto que no. Si serás enfermo, Jorge —me recriminó, tirando la toalla y contoneándose desnuda por la habitación en busca de sus cremas de noche.

Verla así de buena cerca de mí me puso caliente otra vez, pero ella era de las que evitaba tener sexo después de ducharse. Me quité el condón, fui al baño y me duché. Luego volví al cuarto.

—Enfermo no, Livy, pero es que, en serio, estás mal si piensas que nadie te mira… teniendo la belleza y cuerpo que tienes. Además a la mayoría de los hombres les gusta la carne fresca… y tu edad es la ideal.

Deja una respuesta

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s