ALIENHADO

Después de ducharnos (de nuevo por separado, lamentablemente), tomamos una cena ligera en la cocina. Barajé la posibilidad de sacar el vino mezclado con tónico, pero reconozco que me acobardé. Aunque las dos se pusieran como gatas en celo, la posibilidad del ya citado trío era harto improbable, y complacerlas a ambas por separado sería una misión arriesgada con escasas posibilidades de éxito. Mi autoestima había aumentado en los últimos días, pero no tanto como para creerme capaz de satisfacer a dos mujeres hechas y derechas, incluso con la ayuda del estimulante brebaje. A pesar de su reticencia y del miedo a ser descubierta ya había conseguido un satisfactorio pajote de mi abuela, y me resigné a no hacer nada más hasta que nos quedásemos solos de nuevo. Pero como ya dije, el día no había terminado.

  Tras la cena salimos al porche. Esa noche el calor tropical daba una tregua y corría una agradable y fresca brisa nocturna. Ellas se sentaron en los cómodos sillones de mimbre y yo en una silla plegable. Mi madre se había puesto una camiseta muy holgada, blanca y con descoloridos estampados surferos, que la cubría hasta la mitad del muslo y dejaba al aire uno de sus bronceados hombros. Iba descalza y, sentada con las piernas cruzadas, uno de sus pequeños pies se balanceaba arriba y abajo de vez en cuando. Su suegra vestía la habitual bata floreada y tenía que conformarme con la siempre agradable vista de sus carnosas pantorrillas.

  Charlaban animadamente y yo las miraba, participando poco en la conversación pero con actitud afable, riendo con el sencillo ingenio del que a veces hacía gala mi abuela o con el ácido humor de mi madre. Casi me ruborizo cuando la anfitriona se puso a alabar de forma exagerada mi buen comportamiento y buena disposición para el trabajo duro. Mamá hizo bromas sobre lo mucho que le costaba creerlo pero era evidente que en el fondo se alegraba por el aparente cambio que el aire rural había operado en mi persona.

  Pasada la medianoche nos fuimos a la cama. Mi abuela se fue a su dormitorio y me tuve que conformar con darle un casto beso de buenas noches en la mejilla. Mi madre fue al baño y yo a mi habitación, donde me puse el pijama (solo los pantalones y sin nada debajo, como era mi costumbre) y me dispuse a hacerme un porrito para relajarme. Mi sorpresa fue mayúscula cuando mi madre entró por la puerta, la cerró y caminó como si nada hasta la otra cama del dormitorio. Apartó la colcha y se sentó en las inmaculadas sábanas, ante mi interrogante mirada.

—Eh… ¿vas a dormir aquí? —pregunté. Por suerte aún no había comenzado a quemar el hachís y tuve tiempo de esconder la bellota bajo la almohada.

—Sí, ¿te molesta?

—No… Claro que no. Pero pensaba que dormirías donde siempre.

  Ahuecó la almohada y se tumbó. Su camiseta se deslizó muslos arriba y por un segundo vislumbré unas braguitas negras. Sus gustos en cuestión de lencería eran más variados y coloridos que los de su suegra. Me constaba que tenía ropa interior negra, rosa, morada y de otros colores.

—No quiero dormir allí sola —dijo.

—¿Es que te da miedo? —me burlé.

—Pues mira, sí. Esta casa de noche me pone los pelos de punta ¿A ti no?

—No. A mi no —afirmé, tras encogerme de hombros.

  La verdad es que me sorprendió su revelación. Consideraba a mi madre una mujer valiente y que la inquietase el silencio de una casa rural normal y corriente era extraño, pero comprensible al fin y al cabo. Si no me había enterado antes era porque siempre que nos quedábamos allí dormía con mi padre. Me tumbé de lado y apagué la lámpara. La otra cama estaba justo bajo la ventana y la luz de la luna bañaba la piel de mi inesperada compañera de habitación. En la penumbra pude ver como se apartaba el flequillo rubio de la frente y me miraba.

—Escucha. Si quieres volver a casa puedo convencer a tu padre. Ya sabes cómo es. Se pone hecho un basilisco pero enseguida se le pasa.

—No. No hace falta. La verdad es que no me importa pasar aquí el verano —dije.

—¿De verdad? —preguntó ella, sorprendida—. ¿No echarás de menos a tus amigos?

—Ya iré a verlos un día de estos.

  En apariencia satisfecha con mi respuesta, se tumbó también de lado, con la cara apoyada en una mano. Estaba claro que no tenía sueño, y aunque no me disgustaba la idea de charlar con ella un rato, pensaba que si se dormía pronto tal vez pudiese hacerle una sigilosa visita a mi abuela al otro lado del pasillo. Me sobresalté un poco cuando la siguiente frase se mi madre incluyó a la protagonista de mis ensoñaciones eróticas.

—Parece que te llevas muy bien con tu abuela, ¿no? —comentó.

—Sí, nos llevamos bien. ¿Qué pasa? ¿Estás celosa? —bromeé, temiendo que indagase más en el tema y llegase a deducir más de lo recomendable.

  Respondió lanzándome uno de los cojines que había quitado de la cama antes de acostarse, y por suerte eso puso fin al tema. En el fondo puede que estuviese celosa. Debido a mi pasotismo juvenil de los últimos años no estábamos tan unidos como antes, discutíamos de vez en cuando y durante las broncas de mi padre siempre la ponía en la incómoda situación de elegir entre apoyar a su marido o a su hijo. No recordaba la última vez que habíamos estado así, bromeando y hablando tranquilamente los dos solos, o jugando en la piscina como niños durante la tarde.

—¿Te importa que me fume un cigarro? —pregunté.

  Al igual que mi padre ella no fumaba y en casa solo podía darle al vicio en mi habitación. Su respuesta no fue la que esperaba.

—¿Un cigarro? ¿No prefieres el porro que te estabas haciendo antes de que yo entrase?

  No supe qué responderle. Su tono era sarcástico pero no parecía enfadada. Mi confusión la hizo reír.

—Anda, fúmatelo si quieres. Pero no le digas a tu padre que te he dejado. Y ponte cerca de la ventana.

  Estaba sorprendido, y también contento por la confianza y actitud relajada de mi madre. Mientras liaba el canuto me pasó una idea por la cabeza. ¿Y si…? No, me habría dado cuenta. De todas formas tenía que preguntar, por si acaso.

—Mamá, ¿has bebido vino antes de cenar?

—Una copita de ese que toma tu abuela mientras cocina.

—¿Vino blanco?

—Sí, vino blanco. ¿Por qué lo preguntas?

—No, por nada. Da igual —dije.

  Me alegró comprobar que su simpatía no se debía a los efectos del tónico. Tal vez solo estaba de buen humor y disfrutaba de mi compañía, y quizá se sintiera un poco culpable por no haberme defendido cuando mi padre decidió castigarme con un verano de destierro rural. Un castigo que no había resultado serlo, después de todo. Apoyé el codo en el alféizar de la ventana como si fuese la barra de un bar y comencé a fumarme el porro, cosa que nunca imaginé que haría frente a mi madre. Estaba de pie muy cerca de su cama, con una vista inmejorable de sus piernas. Recordé que no llevaba nada bajo el holgado pijama e hice todo lo posible por no empalmarme. Una inoportuna erección a pocos palmos de su cara podría acabar con el ambiente relajado de la habitación.

  Entre calada y calada, hablamos un poco de lo que había hecho durante la semana, omitiendo obviamente todo lo relacionado con el tónico, mi faceta voyeur en el estanco o el hecho de haber penetrado a su suegra. Al cabo de un rato se me ocurrió bromear extendiendo el brazo para ofrecerle el porro. Dudó unos segundos, mordiéndose el labio inferior, y de nuevo me sorprendió.

—Bueno, venga, una caladita. Pero que no se entere tu padre.

  Dicho y hecho, cogió el humeante peta entre el pulgar y el índice, se lo llevó a los labios y aspiró con decisión. Retuvo el humo unos segundos y solo tosió un poco después de expulsarlo. Yo la miraba como si se hubiese sacado un ramo de flores de la oreja.

—¿Por qué me miras así? Me fumé más de uno antes de casarme —dijo, con cierto orgullo.

—Pues que callado te lo tenías. Nunca te he oído mencionarlo.

—A ver… Una madre tiene que dar ejemplo. Pero como de todas formas has salido fumeta ya da igual.

—Bah, no exageres. Solo fumo de vez en cuando.

  Dio otra rápida calada, esta vez sin toser, y me lo devolvió. Si me hubiesen dicho que esa noche iba a compartir droga porro con mi madre no me lo hubiese creído. Terminé de fumar y me tumbé de nuevo en mi cama. Ella estaba tumbada bocarriba, con las piernas un poco separadas y las manos en el vientre, mirando al techo. De vez en cuando dejaba escapar un suspiro, como si le enfadase el hecho de no poder conciliar el sueño. Yo tampoco podía dormir y me deleitaba contemplando la suave piel morena de sus piernas y el leve volumen de sus tetitas bajo la camiseta. Fuera solo se escuchaban los grillos, y de pronto una especie de crujido. Yo ya estaba acostumbrado a los ruidos nocturnos del campo y no le dí importancia, pero mi madre saltó como si le hubiesen dado una descarga y se incorporó en la cama, con los ojos muy abiertos clavados en la ventana.

—¿Qué ha sido eso? —exclamó, asustada.

—Tranquila. Será algún animal —dije yo.

—¿Un animal? ¿Cómo que un animal?

—Algún bicho del campo. No pasa nada —aseguré, mientras me levantaba e iba hacia la ventana.

  Esa habitación daba a la parte lateral de la parcela, donde solo había unos cuantos árboles y arbustos. Escudriñé unos segundos para contentar a mi asustadiza compañera y no vi nada fuera de lo normal.

—No hay nada, miedosa.

  A pesar de mis palabras seguía inquieta. En lugar de volver a mi cama, me senté en la suya y le di unas palmaditas en la cadera para que se hiciese a un lado. Gracias a nuestro tamaño, en aquella cama individual había sitio de sobra para los dos. Cuando me acosté a su lado, apoyó la cabeza en mi hombro y puso un brazo sobre mi pecho desnudo, con todo el cuerpo pegado a mi costado.

—Gracias, cariño. Y perdona por no dejarte dormir —dijo, con la boca tan cerca de mi piel que noté un cosquilleo.

—No pasa nada.

  Sin siquiera pretenderlo, por pura casualidad, me encontraba compartiendo un angosto lecho con la mujer que, desde mi precoz pubertad, ocupaba un puesto de honor en mis delirios masturbatorios. La cálida proximidad de su cuerpo, el contacto de su piel y el aroma afrutado de su pelo (usaba uno de esos champús cuya etiqueta parecía la de un yogur de macedonia), bastaron para añadir plutonio a mi condensador de flujo, solo que mi Delorean no viajaba en el tiempo sino directo hacia una inevitable erección. Por cierto, dicen que el guión de esa película es perfecto y se estudia en las escuelas de cine, pero a mí siempre me ha parecido un grave error argumental que McFly no se zumbase a su joven madre en todas las posturas posibles antes de regresar al futuro.

  Ajena a mi creciente cachondez, mi madre no se privó de buscar la postura más cómoda posible. Ronroneó, frotó la cabeza y el rostro contra mi pecho hasta encontrar la zona más confortable y dobló una pierna, colocándola sobre mis muslos. Bajé la mirada hacia su cuerpo y vi que la camiseta se le había subido aún más. Desde mi posición podía ver parte de su nalga, apenas cubierta por la tela negra de las bragas, que no eran tipo tanga pero sí de las que dejan al aire medio cachete. Notaba el calor de su piel en la mía y el de su aliento acariciando mi pecho, al ritmo de su lenta respiración. El empalme ya era irrevocable, y muy pronto elevó la tela de mi pijama a una altura casi cómica, como si fuese el típico obseso sexual en una historieta picante.

  Pensaba que mi madre ya se había dormido, pero de repente noté cómo contenía el aliento, retiró la pierna de mis muslos y cuando escuché su voz se me aceleró el pulso.

—Carlos, hijo… ¿Y eso? —dijo en voz muy baja, en un tono entre la sorpresa y el reproche.

  Supe muy bien a que se refería pues señaló con un dedo la proverbial tienda de campaña que se alzaba bajo mi cintura, visible en todo su esplendor desde su ángulo de visión. Pensé a toda velocidad cual sería la mejor respuesta. Cuando le tocaba el culo al untarle bronceador se lo tomaba a broma, así que opté por seguir ese camino. Mi madre tenía un sentido del humor un tanto retorcido a veces, y tal vez aceptaría una chanza que bordease los límites del tabú maternofilial.

—¿Que quieres que haga? Te tengo casi encima y uno no es de piedra —dije. Liberé el brazo atrapado bajo su cuerpo y rematé la frase con un suave pellizco en su nalga.

  Ella levantó el rostro para mirarme. Estaba sonriendo, cosa que me tranquilizó, y me castigó con una sonora palmada en el pecho.

—¡Oye! Que soy tu madre, guarro. Haz que eso baje y vamos a dormir de una vez.

—¿Que haga que baje? —dije, riendo—. ¿Te crees que puedo apagarla y encenderla con un interruptor como si fuese una lámpara? Para llevar casada tanto tiempo parece que no sabes mucho de pollas.

  Esta vez me castigó con un doloroso pellizco cerca del pezón. Su sonrisa se endureció y en su mirada pude intuir que estaba rozando los límites de su sentido del humor.

—No te pases de listo —amenazó.

—¡Auh! Eso duele, bruta —me quejé—. Está bien, haré que baje, pero no me vuelvas a pellizcar o te dejo aquí sola para que te coman los animales salvajes que andan por ahí fuera.

—Ja, jaaa. Muy gracioso.

  Volvió a apoyar la cabeza en mi pecho, respiró hondo y soltó el aire por la nariz, dando por terminada la discusión. En ese momento pude haber hecho varias cosas. Podría haberme esforzado pensando en las cosas más antieróticas que se me ocurrieran para mitigar la trempera y dormir plácidamente. Podría haber ido al baño y zurrármela a la salud de mi compañera de cama. Pero decidí apostar fuerte. Doble o nada. Susto o muerte. En fin, ya me entendéis.

  Dejé pasar unos minutos, durante los cuales mi empalme no solo no perdió verticalidad sino que la ganó. Metí la mano derecha bajo el pijama, me agarré el tronco e inicié con parsimonia los primeros compases del concierto pajeril. No tardé demasiado en escuchar de nuevo la voz de mi madre.

—Carlos… ¿te estás haciendo una paja?

—Quieres que se me baje, ¿no? Pues esta es la forma más rápida —dije, tan burlón y desafiante como pude. A pesar de todo, mi madre aún me intimidaba.

  Ella se apartó un poco, apoyando el codo en la cama, y su mirada atónita pasó varias veces de mi cara a la tela de mi pijama, que se movía al ritmo de mis trabajos manuales.

—¿Pero qué coño pasa contigo? ¿Se te ha ido la cabeza? —exclamó.

  Sin dejar de darle al manubrio, la miré a los ojos, que eran dos brillantes ascuas en la penumbra de la habitación. Si quería debatir sobre lo apropiado de mi conducta yo no tenía inconveniente.

—¿Te acuerdas cuando tenía doce años y me pillaste en mi habitación tocándome con una revista? —pregunté.

—Claro que me acuerdo. Era una Interviú con fotos de la Ana Obregón en pelotas. Casi te mueres de la vergüenza —respondió, haciendo gala de su buena memoria.

—Exacto. Pero en lugar de echarme la bronca o ignorarlo, me dijiste que era algo natural y que no tenía por qué avergonzarme.

—¡Y lo es! ¡Pero cuando lo haces a solas, imbécil, y no delante de tu madre! —exclamó. Se dio cuenta de que estaba levantando demasiado la voz y la bajó a mitad de frase.

—¿Y qué más da? Además, es culpa tuya. Si me enseñas las bragas y te rozas conmigo en la cama, seas mi madre o no, lo normal es que me excite, ¿no crees?

—¿Que yo te he enseñado las brag…? —Se llevó la mano a la frente, como si le doliese la cabeza, y cerró fuerte los ojos—. ¿De verdad te parece normal? Tienes que estar de broma.

  Era el momento de jugármela aún más. Apostarlo todo contra la banca y salir de allí arruinado o con el premio gordo. Me bajé los pantalones hasta las rodillas y mi glorioso cipote se balanceó en el aire ante la mirada estupefacta de mi santa madre.

—Mira. ¿esto te parece una broma?

  Por primera vez en mi vida la dejé sin palabras. Se incorporó hasta quedar sentada en la cama, sin dar crédito a mi obscena conducta. Yo retomé el masaje fálico. Apreté la parte baja del tronco para que se hinchase el glande y se marcasen más las venas y lo sacudí un poco, orgulloso del resultado.

—Carlos, súbete los pantalones ahora mismo —ordenó, en un tono acerado que no auguraba nada bueno.

—¿Qué pasa? Hace un rato te hacías la moderna fumando chocolate y ahora te pones en plan santurrona por una simple paja —le recriminé, sin dejar de tocarme.

—¿Esas tenemos? Muy bien.

  Dicho esto, se levantó y salió de la habitación con pasos rápidos y enérgicos, dejándome solo. Me pregunté a dónde carajo iba. No pensaba que fuese a despertar a la abuela; no tenía mucho sentido ir a contarle lo que estaba haciendo. Tampoco llamaría a mi padre. En aquella época no había celulares y el viejo no estaba en casa, sino dando vueltas por la ciudad con el taxi. Tal vez se había ido al dormitorio de invitados, a dormir sola a pesar de sus miedos. No hizo nada de lo anterior. En poco más de un minuto regresó, cerró la puerta y se acercó a mi. Lanzó un paquete de kleenex contra mi pecho y se sentó en la otra cama, con las piernas cruzadas y las manos unidas sobre un muslo.

—¿Quieres hacerte una paja delante de mí, como un tarado? Pues venga. Hazlo.

  Su voz era un susurro enfurecido y su penetrante mirada saltaba de mi verga a mi rostro cada pocos segundos. Si pensaba que iba a incomodarme se equivocaba. Mi sonrisa maliciosa se ensanchó y sin ningún disimulo mis ojos se recrearon en sus compactas formas mientras continuaba tocándome despacio. Ninguno de los dos habló durante un rato. La situación cada vez me resultaba más excitante, pero no me gustaba el tenso silencio. Se me ocurrió preguntarle lo que todo hijo desea preguntarle a su madre.

—Dime una cosa, ¿la tengo más grande que papá?

—¡Agh! Pero qué obsesión tenéis los tíos con el tamaño —se quejó, haciendo una mueca de asco.

—Vamos, dímelo —insistí.

  Dejé de agarrármela para que la viese bien y ella le echó una mirada reticente, como si no la hubiese visto hasta ese momento.

—Sí. La tienes más grande. ¿Contento?

—Ya me lo imaginaba. Con lo pequeñaja que eres si papá tuviese pollón te partiría por la mitad —dije, y volví a darle a la zambomba.

—¿Pequeñaja? Habló el Sabonis, no te digo.

  Para quien no lo sepa, Sabonis era un jugador de baloncesto lituano que medía dos metros veinte, muy popular en la época. Me gustó que, a pesar de la situación y su aparente enojo, mi madre no dejase pasar la ocasión de hacer una broma. Entre nosotros siempre habían sido habituales las puyas y burlas sobre la estatura, uno de los motivos de que me lo tome con humor y no estuviese acomplejado, al igual que ella no lo estaba.

  Volvió el silencio, roto solo por los grillos y el “tap-tap” de su pie descalzo golpeando el suelo, un tic que tenía cuando estaba enfadada o impaciente, o ambas cosas. Cada dos por tres se apartaba el flequillo del ojo con la mano o dando un fuerte soplido hacia arriba. Su mirada cada vez se demoraba más en mi polla, que no había perdido dureza y continuaba recibiendo las sosegadas atenciones de mi mano. De pronto soltó una mezcla de suspiro y gruñido.

—¿No podrías hacerlo más deprisa? Así terminarías antes —dijo.

—¿Es que ahora eres experta en pajas? —me burlé, bajando incluso más la velocidad de mi mano para provocarla—. Seguro que eres de esas remilgadas que tocan las pollas como si les fuesen a morder, si es que las tocan.

  Por algún motivo ese último comentario la ofendió más que todo lo ocurrido hasta entonces. Plantó los dos pies en el suelo y se levantó de golpe. Por un momento pensé que iba a darme una bofetada o a marcharse de nuevo. Lo que hizo no me lo esperaba en absoluto. Prácticamente saltó sobre la cama, quedando de rodillas junto a mí.

—Así que remilgada y santurrona, ¿eh? Te vas a enterar.

  En esta ocasión fui yo quien me quedé mirándola atónito. Se escupió en una mano, después en la otra, me agarró el cipote y lo embadurnó con su saliva de arriba a abajo antes de comenzar a masturbarme con una destreza que solo puede obtenerse con años de práctica. En sus finos labios de diablesa se dibujaba una sonrisa triunfal y sus ojos entornados se clavaron en los míos.

—¿Quien es la santurrona ahora, eh? —dijo.

  Fui incapaz de articular palabra. Solo podía mirar como sus manos subían y bajaban por la tiesa y resbaladiza cucaña. Lo combinaba con movimientos de muñeca que las hacían rotar alrededor del tronco y el capullo, a un ritmo rápido y constante. Su respiración era lenta y profunda. Ya no parecía tan nerviosa, como si en lugar de darle placer a su hijo estuviese batiendo huevos para una tortilla. El flequillo rubio le tapó el ojo derecho y el otro me miró, reflejando la luz de la luna entre destellos de malicia.

  No entendía qué mosca le había picado. Quizá el sabor del hachís había despertado la faceta transgresora de su juventud, y me pregunté si habría adquirido esa habilidad manual antes de casarse con mi padre. Quizá su actitud arisca enmascaraba algún tipo de oscura compasión materna y solo quería hacerme un favor, pues conocía mi escasa suerte con las chicas de mi edad. O quizá mi padre no le daba lo suyo tan a menudo como lo necesitaba y al ver frente a ella una polla joven y dura no había podido resistirse a tocarla. Decidí no darle vueltas al asunto y observé su menudo y bonito cuerpo, inclinado hacia adelante en la cama, con las piernas dobladas y las nalgas apoyadas en los talones, el hombro asomando por el amplio cuello de su camiseta y las leves ondulaciones de sus músculos bajo la tersa piel de los brazos.

—¿Ya no dices nada, bocazas? —se burló, sin descuidar el ritmo de su enérgico masaje—. Eso debe ser que lo estoy haciendo bien.

—Joder, ya te digo… Lo haces muy bien —afirmé—. Parece que de jovencita además de fumar canutos hacías otras cosas, ¿eh?

—Es mejor que no te hable mucho de esa época o me vas a perder el poco respeto que me tienes —dijo, en tono enigmático.

—¿Qué pasa? ¿Eras un poco golfilla, mami?

—¿Y si te callas un poco? Relájate y acaba de una vez.

  Se inclinó más, hasta que su rostro quedó a apenas dos palmos de mi glande. Por un momento pensé que iba a chupármela, pero no tuve tanta suerte. Escupió para añadir más lubricante a mi irreductible nabo, volvió a su postura inicial y reanudó el pajeo con más ímpetu, decidida a vaciar mis huevos cuanto antes.

—Tengo mucho aguante. Si me lo propongo puedo tenerte una hora dándole a la manivela —presumí, exagerando un poco.

  Me miró y se sopló el flequillo, torciendo sus finos labios de una forma que en ese momento me resultó muy sexy, irritada por mi fanfarronería y dispuesta a bajarme los humos. Al parecer, desafiarla resultaba muy efectivo. Yo conocía de sobra el lado competitivo y orgulloso de mi madre, que salía a relucir durante las partidas de juegos de mesa, cartas o videojuegos. Le gustaba ganar y jamás se daba por vencida. Nunca pensé que podría sacarle partido a esa faceta suya en un contexto sexual. Cuando la sonrisa maliciosa volvió a aparecer en su rostro supe que había mordido el anzuelo.

—Ahora verás —amenazó.

  No tardó mucho en sorprenderme de nuevo. Continuó masturbándome con la mano derecha, más despacio y cerca de la base, aumentando la presión de sus dedos de forma que mi capullo se hinchó un poco más. Puso la palma de la mano izquierda en la zona del frenillo, doblando el duro tronco, y comenzó a moverla en círculos, masajeando la sensible zona. De vez en cuando bajaba la mano hasta los huevos, despacio, y volvía a subirla para reanudar la fricción circular. Tuve que esforzarme en serio para no correrme. La paja que me había hecho mi abuela en la piscina había sido increíble, ejecutada con esmero y cariño, pero la técnica de mi madre estaba a otro nivel. Tantos años cascándomela a nivel amateur y sin saber que tenía en casa a una fuera de serie.

  Aguanté como un campeón. Mi cuerpo brillaba por el sudor, mi respiración se aceleraba e intentaba mantener una expresión socarrona en el rostro, una que dejase claro que iba a necesitar un truco mejor que ese para ganarme. A medida que pasaban los minutos la sonrisa se borraba de su boca. Interrumpió un par de veces el “truco de la palma” para probar otras cosas, como masajearme los huevos mientras su otra mano recorría toda mi verga a gran velocidad o acariciarme el perineo con los dedos. Por un momento pensé que iba a meterme un dedo por el culo, pero o ese truco no estaba en su repertorio o pensó que sería ir demasiado lejos. Tras casi un cuarto de hora paró, me miró con el ceño fruncido y la mano izquierda agarrando mi polla.

—Carlos, no tiene gracia. Acaba de una vez o terminas tú solo.

  Aunque esa noche no estaba siendo tan calurosa como las anteriores y entraba una agradable corriente de aire por la ventana ella también sudaba. Arqueó la espalda, como si le doliese debido a la postura e hizo una mueca de cansancio. Decidí arriesgarme a lanzar un triple desde medio campo. Si había conseguido que desplegase sin pudor todo su arsenal de habilidades manuales, tal vez podría llevarla un poco más lejos. Si me salía mal la jugada y daba el juego por terminado, siempre me quedaba la opción de intentarlo otro día con la ayuda del tónico. Si se comportaba así en circunstancias normales no podía imaginar lo que llegaría a hacer bajo los efectos del brebaje.

—Lo haces muy bien, en serio —dije—. Pero creo que necesito algo más de… estímulo.

—No pienso chupártela, si es eso lo que estás pensando —dijo ella, cruzando los brazos sobre el pecho.

—No es mala idea. Pero yo hablaba de estímulo visual. Desnúdate.

  Levantó las cejas y apretó los labios, más hastiada que sorprendida.

—Si lo haces desnuda acabaré enseguida, te lo juro —le aseguré.

  Se lo pensó unos segundos, sin dejar de mirarme a los ojos. Suspiró y echó un vistazo a mi polla, tan erecta y lozana como antes.

—Está bien. Pero tú y yo vamos a tener una conversación muy larga un día de estos —dijo, mientras se bajaba de la cama.

  Se sacó la holgada camiseta por la cabeza sin ceremonias y la arrojó sobre la silla del escritorio. Se me hizo la boca agua al ver sus pezones, pequeños y oscuros, sobre el casi imperceptible volumen de sus pechitos, enmarcados por la marca del bronceado. Con su metro cincuenta y cinco de altura y sus formas juveniles, cuando estaba vestida podía pasar por una adolescente, pero su desnudez revelaba una seductora madurez. Sus caderas eran más anchas de lo que parecían, y por las formas de sus piernas cualquiera podría pensar que era una gimnasta retirada que se mantenía en buena forma. Las bragas negras aterrizaron sobre la camiseta y pude ver el triángulo de vello oscuro que contrastaba con el tinte rubio de su cabeza.

  Como Dios la trajo al mundo, volvió a arrodillarse en la cama bajo mi intensa mirada. De repente algo había cambiado. Evitaba mirarme, su respiración se había acelerado y a pesar de la penumbra y su piel morena juraría que estaba ruborizada. La actitud desafiante, el ceño fruncido y la mueca irónica de sus labios habían desaparecido, dando paso a una expresión que no fui capaz de interpretar. Intuí que habíamos cruzado algún tipo de frontera, que simplemente desnudarse para mí era un acto más íntimo y significativo que el hecho de haberme masturbado a dos manos.

—Venga, vamos a terminar de una vez —dijo. Su tono era distinto, serio pero con un matiz tierno que me desconcertó

  Volvió a envolver mi polla con sus manos, con menos seguridad que antes. La soltó para escupirse en las palmas y volvió a agarrarla. Esta vez lo hizo más despacio, acortando el recorrido a lo largo del tronco y apretando mucho más, sin llegar a hacerme daño. Yo no podía dejar de mirar sus piernas flexionadas, la elegancia de su espalda y los pezones que parecían dos redondos caramelos de café. Al principio de este relato dije que a pesar de mis fantasías nunca me había planteado intentar algo con ella en la vida real. Obviamente eso había cambiado. No solo me lo planteaba sino que estaba decidido a conseguirlo.

Llevé mi mano hasta la tersa piel de su muslo y lo acaricié. Ella chasqueó la lengua en señal de desaprobación y miró mi brazo extendido.

—No me toques —dijo. Su tono no sonó tan autoritario como pretendía.

—Solo un poco. Por favor.

  Volví a pasar mi mano desde su rodilla hasta la cadera y esta vez no dijo nada, pero aceleró un poco el ritmo del bombeo manual. Sus nalgas ya eran de por sí prietas y firmes, pero en aquella postura la piel estaba tensa como la de un tambor, y cuando agarré una de ellas a las puntas de mis dedos les costó hundirse en la carne. Ella soltó una potente ráfaga de aire por la nariz, murmuró mi nombre y algo más que no entendí. Animado por su permisividad, recorrí la línea divisoria, sentí su esfínter apretarse cuando mis dedos lo rozaron y una delatora humedad los cubrió cuando al fin encontré la entrada a su vulva e intenté explorarla. En ese momento una de sus manos soltó mi polla y me golpeó el brazo.

—¡Carlos! No te pases.

  Sus ojos brillaban en la penumbra y durante unos minutos obedecí. Miré las puntas de mis dedos, brillantes a causa de sus fluidos. Antes he hablado de apostar fuerte y de lanzar triples; en ese momento supe que estaba dispuesto a arrojarme por un precipicio sin saber si había una red abajo esperándome. Sin mediar palabra me incorporé en la cama, rodeé su cuerpo con el brazo y la atraje con fuerza hacia mí mientras volvía a tumbarme, arrastrándola conmigo. Se quejó pero el factor sorpresa evitó que pudiese evitarlo. Quedó tumbada bocabajo sobre mí, cara a cara, mi verga atrapada entre ambos, palpitando contra su piel.

—Carlos… ¿qué haces? Por favor…

  Le temblaba la voz y ahora sí me miraba a los ojos, tan cerca que la punta de mi larga nariz casi tocaba la suya, mucho más pequeña y bonita. Forcejeó un poco, la agarré por la cintura, apretando su cuerpo contra el mío, tanto que sentí sus pezones clavarse en mi pecho, estiré el cuello para besarla en los labios. No apartó el rostro pero tampoco abrió la boca cuando intenté empezar un pulso de lenguas. Los dos respirábamos como si luchásemos por el oxígeno de la habitación. Llevé mis ávidos besos a su cuello, le agarré las nalgas con ambas manos e hice que su cuerpo se deslizara sobre el mío. Sus pechos quedaron a la altura de mi boca y me lancé a lamerlos y chuparlos sin vacilar. Su sabor era distinto al de los de mi abuela. Eran más salados, más duros y curtidos, pero igual de deliciosos. Cuando succioné uno de ellos con fuerza, rodeando por completo la pequeña areola con los labios, ella se tapó la boca para ahogar un fuerte gemido y sentí los dedos de su otra mano clavados en mi hombro.

—Para… Suéltame, joder…

  A pesar de sus entrecortadas súplicas no hacía grandes esfuerzos por liberarse. A decir verdad ni siquiera la estaba sujetando; mi mano izquierda acariciaba su cuerpo, disfrutando de cada suave centímetro de piel, y la derecha fue hasta mi rabo, que se había liberado de su aprisionamiento y cabeceaba cerca de sus nalgas tieso como el bastón de un peregrino. Lo empuñé, lo agité adelante y atrás y el glande golpeó un par de veces en algún punto indeterminado entre las nalgas de mi madre. Sin proponérmelo, debí dar cerca de la diana, porque pensó que iba a penetrarla y se revolvió, se quitó de encima pero no intentó huir.

  Forcejeamos un rato, entre susurros, resoplidos y jadeos, de rodillas en la cama donde muchos años atrás dormía su marido antes de conocerla. Intenté tumbarla y ponerme sobre ella pero se resistió, y aunque yo era más fuerte no quería forzarla. A pesar del inmenso calentón que llevaba encima, aún conservaba el raciocinio y no perdí el control, como me había ocurrido cuando probé el tónico y casi empotro a mi pobre abuela contra la encimera de la cocina. De hecho, fue mi madre quien se impuso y me volvió a tumbar de espaldas.

—Estate quieto… Vamos a terminar de una puta vez.

  Tras esta inesperada muestra de autoridad, se subió a horcajadas sobre mí y se sentó en mi verga, aplastándola de nuevo contra mi vientre. Me aferré a sus muslos morenos como si temiese que fuera a elevarse en el aire, aumentando la presión. Ella puso las manos en mi pecho y me miró a la cara, con una expresión que nunca antes había visto, una intensa seriedad combinada con la sensualidad de sus labios entreabiertos. Sin necesidad de palabras, me comunicó que a partir de ese momento ella estaba al mando. Movió las caderas lentamente y sentí en la parte inferior de mi polla la humedad y el calor de su coño. El mismo calor que me engendró y que, 19 años después, deseaba volver a sentir en toda su plenitud más que nada en el mundo.

  Sin dejar de acariciarle las piernas, miré hacia abajo y pude distinguir en la penumbra mi capullo rosado, mirándome como un cíclope deslumbrado por la luz de la luna. Cuando movió las caderas hacia atrás vislumbré los discretos volúmenes de sus labios mayores y las aletas que sobresalían, besando mi tronco como una boca lasciva. Sus jugos rezumaban, lubricando y dando fluidez al enloquecedor roce de su sexo contra el mío.

—Joder, mamá… —dije, comenzando una frase que no supe continuar.

—Sshh… Cállate.

  Obedecí sin rechistar y su sinuoso movimiento pélvico se aceleró. Su cuerpo sudoroso culebreaba sobre el mío, desde los hombros hasta las nalgas, como el de una bailarina moruna ejecutando una apasionada danza del vientre. La tierna almeja frotaba y estrangulaba al duro pepino de mar, sin permitirle entrar en la incitante oscuridad de la estrecha gruta, pero regalándole un placer indescriptible.

  Cuando la cabalgada llegó a su punto más frenético, mi amazona enderezó la espalda y se tapó la boca con las manos para acallar sus agudos gemidos, respirando con fuerza por la nariz, con los ojos cerrados. Mis manos, aferradas a sus nalgas, la ayudaron a mantener el ritmo hasta que su cuerpo comenzó a agitarse con los espasmos de un prolongado orgasmo. Se dejó caer sobre mí, su rostro quedó junto al mío, la abracé y le besé el cuello y las manos que tapaban su boca mientras continuaba restregándose sin control y la humedad aumentaba entre nuestros cuerpos, mojando mi vientre y mis muslos, además de mi ya empapado cipote.

  En ese momento ya no pude más. Me corrí apretando mi rostro contra su cuello, abrazándola tan fuerte que noté sus costillas contra las mías. El semen brotó abundante, añadiendo más calor a el horno que había entre nuestros cuerpos, embadurnando tanto mi vientre como el suyo y mezclándose con sus fluidos.

Mi madre se quitó las manos de la boca. Jadeaba, exhausta, y se quedó tumbada sobre mí mientras recuperábamos el aliento. Después rodó sobre la cama y quedó tumbada bocarriba a mi lado. Durante un buen rato no dijimos nada. Mi mente trataba de entender lo que había ocurrido y supuse que la suya era un torbellino de sentimientos encontrados. Alguien tenía que romper el espeso silencio y fui yo quien lo hice.

—Mamá.

—Dime. —No detecté nada extraño en su voz, solo el cansancio de la impetuosa cabalgada.

—Gracias.

  Se giró hacia mí, me acarició la cara y me dio un largo y tierno beso en la mejilla. Echó un vistazo a nuestros cuerpos, cubiertos por las pruebas de nuestra ilícita actividad, y la plácida sonrisa de sus labios se transformó en una graciosa mueca de asco.

—Mira qué desastre. Será mejor que nos lavemos —dijo. Se levantó de la cama y abrió una rendija en la puerta para asegurarse de que no había moros en la costa—. Voy al baño a lavarme. Cuando vuelva vas tú.

  Salió desnuda a la oscuridad del pasillo, dando saltitos sobre las puntas de sus pequeños pies. Me quedé tumbado mirando al techo, disfrutando de la brisa nocturna que entraba por la ventana con la satisfacción dibujada en el rostro. A pesar de la mezcla de fluidos que cubría mi abdomen aún me costaba creer lo que había ocurrido. Me pregunté cómo afectaría lo ocurrido a nuestra relación. Por el momento, su actitud era una curiosa mezcla entre amante satisfecha y madre cariñosa, y me sentía más unido a ella que nunca. No me había permitido penetrarla, besarla con lengua ni introducirme dentro de su cuerpo de ninguna forma, pero ya habría tiempo para saldar esa cuenta. La idea de someter su lujuria natural a los efectos del tónico ganaba fuerza en mi mente.

  Cuando regresó, limpia y fresca como si nada hubiese pasado, se puso su camiseta y escondió las bragas húmedas debajo del colchón. Me señaló con gesto autoritario la puerta de la habitación, pues me había quedado mirándola embobado. Una vez en el pasillo, antes de entrar al baño, no pude evitar mirar hacia la puerta del dormitorio donde descansaba la dueña de la casa. La luz estaba apagada. Me pregunté si habría pensado en mí antes de dormirse. Si incluso habría esperado a que le hiciera una visita furtiva, o si se habría tocado recordando nuestro encuentro de la noche anterior. Al día siguiente debía encontrar el momento para estar con ella a solas. Que minutos después de correrme con mamá ya pensara en metérsela a mi abuela os dará una idea de lo hiperactiva que era mi libido en aquella época.

  Una vez limpio, volví a la habitación, me puse el pijama y me tumbé junto a mi madre. Estaba de lado, con las manos bajo la almohada y los ojos cerrados. Besé con suavidad su hombro desnudo y me dispuse a dormir. No sabía que pasaría al día siguiente, pero sospechaba que me vendría bien estar descansado.

  A eso de las once de la mañana me despertó el contacto de una mano en mi hombro. Al abrir los ojos vi a mi madre inclinada sobre la cama, perfectamente vestida y peinada, con sus pantaloncitos tejanos y una camiseta blanca de tirantes.

—Venga, despierta, que ya es hora.

  Sonreí, le agarré el brazo y tiré de ella, obligándola a tumbarse sobre mí. Se resistió y apenas conseguí darle un beso en la mejilla. El breve contacto bastó para añadir varias magnitudes de dureza a mi empalme mañanero.

—¡Carlos, joder! ¿Y si nos ve tu abuela? —me amonestó, en voz muy baja—. Olvídate de lo de anoche y no hagas estupideces.

—¿Que me olvide de lo de anoche? —pregunté, entre sorprendido y burlón—. No te entiendo. ¿Qué paso anoche?

—Muy gracioso. Ya hablaremos.

  Dicho esto salió de la habitación. Me vestí, fui al baño y a desayunar. Me sorprendió no encontrar a nadie en la cocina. Ver a mi abuela y sus abundantes curvas junto a la encimera era algo que me alegraba las mañanas. Me concentré en las tostadas frías que me habían dejado en la mesa y diez minutos después escuché su voz detrás de mí.

—Buenos días, dormilón. Ya era hora.

  Me giré en la silla y la miré de arriba a abajo, sin disimulo. Me sorprendió que no llevase la ropa de faena sino un atuendo más formal. Vestía una blusa verde parecida a la que había usado en nuestra cena, pero de manga larga. La holgada prenda no conseguía disimular ni por asomo el exagerado volumen de sus pechos, aunque la llevaba abotonada hasta el cuello. Las anchas caderas se ocultaban bajo una sobria falda negra que la cubría hasta un poco más abajo de las rodillas, y calzaba unos zapatos también negros, de tacón bajo y con una pequeña hebilla plateada en la cinta que cruzaba el empeine. Llevaba los rizos pelirrojos perfectamente colocados y unas gafas distintas a las habituales, más discretas y de montura metálica.

—Pero qué guapa estás, abuela. ¿Es que vas a bajar al pueblo? —pregunté, sin dejar de admirar su estampa.

—Pues claro, cielo. Es domingo —dijo, como si eso lo explicase todo.

—Este no sabe ni en que día vive, Feli —intervino mi madre, que había aparecido como por arte de magia junto al fregadero y limpiaba unas tazas.

  La abuela rió, se acercó y me dio un beso en la frente. Se había puesto colonia, y aunque era una agradable fragancia de flores y cítricos, eché de menos su aroma natural. Mi mente confusa al fin consiguió abrirse camino entre todas las explícitas escenas sexuales que me sugerían las dos mujeres presentes.

—Ah, claro. Vas a misa —deduje al fin.

—Sí. A misa de doce —añadió ella.

  No la acompañaba al culto desde que era muy pequeño. Yo no era creyente, y además el ambiente rancio de la iglesia pueblerina me daba ganas de ahorcarme en el campanario. En cuanto a mi madre, se definía como “católica no practicante”, una forma de decir que creía en Dios por si acaso pero que pasaba de ir todos los domingos a escuchar a un cura soltando estupideces. Ese dato, unido a su informal atuendo, indicaba que no tenía intención de acompañar a su suegra al templo.

  La situación me planteaba un interesante dilema. Podía quedarme en la casa, a solas con mamá durante más de una hora, e intentar como mínimo repetir lo ocurrido por la noche. O podía ganar puntos con la abuela llevándola al pueblo, y quizá convencerla para jugar un rato en los asientos traseros del Land-Rover. No tuve que pensar mucho, ya que mi madre decidió por mí.

—Carlos, ¿por qué no te pones algo decente y la llevas en coche? —dijo, apoyada en el borde del fregadero.

  El brillo malicioso en sus ojos me decía que se había anticipado a mis intenciones. Me conocía demasiado bien. Me molestó que no quisiera estar conmigo a solas, pero quizá era por prudencia, ya que no sabíamos a qué hora llegaría mi padre y si nos sorprendía haciendo algo indecoroso su reacción no sería agradable para ninguno de los dos. O a lo mejor solamente quería fastidiarme, dejar claro que a pesar de lo ocurrido nuestras relación no había cambiado en lo fundamental y que su voluntad siempre estaría por encima de mis deseos. Por otro lado, ella no sabía que meterme en un espacioso vehículo con mi atractiva y sexualmente activa anfitriona podía terminar de una forma que ni siquiera imaginaba. Así que le seguí el juego, le devolví la mirada y sonreí como si fuera un santo inmune a cualquier clase de lujuria.

—No hace falta, hija. No me importa ir andando —dijo mi abuela, ajena a nuestro silencioso duelo.

—Anda ya, no te vas a ir andando con el calor que hace teniendo aquí a un chófer particular —insistió mi madre.

—Claro que sí —dije yo, como si fuese la mejor idea de la historia—. Me visto en un segundo y nos vamos.

  Estimulado por la idea de estar a solas con ella, fui a mi habitación. Me puse los tejanos, una camiseta presentable y me peiné. De camino a la puerta principal, pasé por la cocina, donde mi madre recogía los restos del desayuno. El culito apretado bajo la tela de sus shorts atrajo mi mirada como la sangre a los tiburones.

—¿Y la abuela? —pregunté.

—Te está esperando fuera.

  Me acerqué a ella y apreté una de sus nalgas con la mano, sintiendo su firmeza durante un segundo, antes de que me apartase el brazo de un manotazo y me mirase furiosa.

—¡Carlos, joder! Tu padre puede llegar en cualquier momento. Déjate de tonterías.

—Vale, tranquila. Ya hablaremos tú y yo —dije, burlándome de una de sus frases favoritas.

  Salí al exterior y en efecto mi abuela me esperaba junto al Land-Rover, junto a la montaña de desperdicios que habíamos sacado del garaje con tanto esfuerzo. Se rió cuando le abrí la puerta y la ayudé a subir al asiento del copiloto, como todo un caballero. Salimos a las irregulares carreteras de tierra que rodeaban el pueblo. Los numerosos baches hacían botar sus tetazas bajo la ligera camisa y me costaba mantener la atención en el volante. Al sentarse, la recatada falda había subido un poco, dejando a la vista las rodillas y el comienzo de los muslos.

—¿Me echaste de menos anoche? —le pregunté, dedicándole una sonrisa nada inocente.

—Carlitos… No empieces con eso —se quejó.

—¿Qué ocurre? Aquí no nos escucha nadie —la tranquilicé—. Me habría gustado hacerte una visita, pero mi madre durmió en mi habitación y no quería que sospechase algo si no me veía en mi cama.

—Hiciste bien. En la piscina casi me da un infarto… Haciendo eso con ella allí al lado.

—Bah, sabía que no se daría cuenta. Por cierto, fue la mejor paja que me han hecho nunca —mentí, ya que la sorprendente destreza de mamá ocupaba el primer puesto.

—Fue una locura. Al final siempre te sales con la tuya, tunante.

  Intentaba mantenerse seria pero podía ver una tímida sonrisa en la comisura de sus labios rosados. Eso me animó a quitar una mano del volante y acariciarle la rodilla, subiendo un poco por la suave piel del muslo todo cuanto me permitió la falda. Se me puso tan dura que me arrepentí de haberme puesto los tejanos.

—Coge bien el volante, cielo, no sea que tengamos un accidente —dijo, aunque no parecía realmente molesta por mis caricias.

—Tengo una idea. ¿Y si pasas de la misa y vamos a dar una vuelta por el campo? —propuse.

—Tengo que ir a misa —afirmó, esta vez con total seriedad.

  Por su tono y su expresión pude deducir lo que le ocurría. Había cometido un grave pecado, nada menos que dejarse llevar por la lujuria y yacer con su propio nieto. A ojos de Dios, eso debía ser uno de los premios gordos en la quiniela de la condenación eterna. Necesitaba ir a la iglesia para limpiar su alma, cosa que no entendía pero respetaba. Hasta cierto punto.

—Dime, ¿te vas a confesar? —pregunté.

—Claro que sí. Me confieso todos los domingos —dijo con cierto orgullo, cosa que también es pecado, por cierto.

—¿Todos los domingos? ¿Pero qué tienes tú que confesar tanto, con lo buena que eres?

—Todos tenemos nuestros pecadillos, hijo —dijo, con aire resignado.

—¿Le vas a contar al cura lo que hicimos? —pregunté, quizá en un tono demasiado malicioso.

  Eso la hizo removerse un poco en el asiento. Suspiró y miró por la ventanilla, evitando mis ojos curiosos. No terminaba de hacerme gracia que el padre Basilio, el cura del pueblo, estuviese al tanto de mi vida sexual, por pecaminosa que fuese.

—Qué remedio —dijo mi abuela, mezclando las palabras con un suspiro.

—Dijiste que no te arrepentías de haberlo hecho.

—Y no me arrepiento, cielo… Pero… No es lo mismo, ¿entiendes?

  No, no lo entendía en absoluto, y francamente creo que ella tampoco tenía demasiado claro como funcionaba todo ese rollo de los pecados, la confesión y el perdón divino.

—Sigo pensando que deberíamos dar un paseo por el campo, tu y yo solos, y añadir algún pecado más a la lista —dije, volviendo a acariciar su pierna.

Esta vez si me apartó la mano. Cuando me miró su semblante pretendía ser severo pero no pudo evitar sonreír.

—Anda, deja las manos quietas que estamos llegando.

  En efecto, ya estábamos en el pueblo. Aparqué cerca de la iglesia y acompañé a mi devota y moralmente confusa abuela hasta la puerta, que daba a la plaza del pueblo. Allí habría unas treinta personas, la mayoría ancianas, muchas de ellas tan decrépitas que usaban bastón o caminaban tan encorvadas como si buscasen setas en el empedrado. Comparada con ellas, mi madura acompañante era una jovencita. La única que llamó mi atención fue una cincuentona alta y delgada, a la que reconocí ya que era la esposa del alcalde. Vestía de forma más sofisticada que las pueblerinas y su rictus desabrido indicaba que no le entusiasmaba verse rodeada por esa chusma.

  Dejé a la abuela presumir un rato de nieto con sus amigas, si es que realmente podía considerar sus amigas a ese grupúsculo de viejas beatas, en nada parecidas a ella. Todas comentaron lo mucho que me parecía a mi difunto abuelo y lo mucho que había crecido (mis cojones si que han crecido, pensé). Por fin entraron al románico templo y la retuve un momento para hablarle.

—Voy a dar una vuelta. Si cuando salgas no estoy aquí mira en el bar.

—Muy bien, tesoro.

—Y dale recuerdos al padre Basilio de mi parte.

  No le hizo demasiada gracia esa última broma pero no dejó de sonreír, fue hasta la puerta de la iglesia y desapareció dentro mientras echaba un vistazo furtivo a sus bamboleantes nalgas de pecadora. Como había dicho di un paseo por las escasas calles que formaban aquel villorrio. Pasé por el estanco, que por ser domingo estaba cerrado, y me pregunté cuantas veces habría gozado la antipática Sandra del mastodóntico cipote que calzaba el tonto del pueblo.

  Aburrido y muerto de sed, orienté mis pasos hacia la calle donde estaba Casa Juan 2, el mejor y único bar del pueblo. No preguntéis el por qué de ese “dos” ni dónde estaba el Casa Juan original, porque es una historia larga y aburrida. Estaba a punto de llegar cuando alguien me llamó con un chistido desde un callejón solitario. Era un tipo mayor de sesenta años, alto y corpulento, con una desaliñada mata de pelo canoso en su macizo cabezón. Me resultaba familiar, así que me acerqué sin temor a pesar de su extraña actitud.

—Buenas —saludé.

—Sí, sí, buenas. Ven, que no nos vean —dijo, haciendo gestos con la mano para que me adentrase más en el callejón.

  El viejo no tenía pinta de ladrón. Era el típico campesino con algo de dinero que llevaba pantalones de pana y un reloj caro. Tampoco era probable que quisiera violarme o que fuese un asesino en serie, así que lo seguí. Se tranquilizó cuando estuvimos lo bastante resguardados de miradas ajenas y me miró de arriba a abajo con unos ojos pequeños y enrojecidos, propios de alguien que le pega a la botella más de lo recomendable.

—Eres el nieto de Doña Felisa, ¿verdad? —preguntó.

—Sí, soy Carlos. ¿Y usted? Me suena su cara, pero…

—Soy Ramón Montillo, el padre de Monchito —dijo el tipo.

  Entonces lo reconocí. Al igual que mi abuela, los Montillo vivían en las afueras del pueblo, solo que en una propiedad mucho más grande, en la que criaban cerdos. Eran una familia sórdida y huraña, poco queridos en la localidad. Monchito era el único de ellos que bajaba al pueblo a diario, para pasarse la jornada deambulando, más que nada porque en la finca familiar no le hacían caso y se sentía solo. En cuanto el criador de cerdos nombró a su hijo me puse en guardia e intenté aparentar calma.

—¿En qué puedo ayudarle, Don Ramón? —pregunté.

—Mi hijo me ha dicho que el otro día le diste no se qué brebaje, ¿es verdad?

  Me maldije a mí mismo por mi estupidez. Tenía que haber previsto que el retrasado terminaría contándole a alguien lo del tónico. El tipo se rascó su bulbosa y roja nariz, esperando mi respuesta.

—No sé de qué me habla. Creo que se confunde de…

—No me vengas con cuentos, chaval. Mi hijo se anda jodiendo a la nuera del estanquero, y ese tarado no es capaz de follar si no le pago una puta.

—¿Habla de Sandra? ¿Está seguro? —dije, para ganar tiempo.

—Sandra, sí, la rubia. Dice que se la ha jodido varias veces, y si lo dice es verdad porque mi hijo nunca miente. Es tan tonto que no sabe. Y además anda tan caliente que lo tengo que vigilar para que no se chusque a alguna de las cerdas. Hasta a sus hermanas y a su madre ha intentado meterles el cipote de caballo ese que tiene. A bastonazos en el lomo tuve que quitarle la idea.

—Vaya… Lo siento. Pero no entiendo que tiene todo eso que ver conmigo —dije, poniendo cara de inocente.

—No te hagas el tonto, que ya te lo he dicho. Dice que le diste algo que lo puso verraco.

  El Montillo no estaba dispuesto a salir del callejón sin aclarar el tema. No parecía enfadado, la brusquedad que mostraba era su forma de hablar habitual, pero noté que comenzaba a impacientarse. Aunque fuese viejo, el tipo podía partirme en dos como si fuese una barra de pan, así que decidí que era mejor para mi salud decir la verdad. O parte de ella.

—Bueno… Es cierto que le di un traguito de licor y le aconsejé que hablase con Sandra, porque me di cuenta de que la chica le gustaba, pero yo no sabía que estaba casada. El trago debió darle confianza, si como usted dice consiguió llevársela al huerto.

Mi historia, en gran parte cierta, no convenció al tosco padre de Monchito ni por asomo.

—¿Qué confianza ni qué hostias? Mi hijo bebe como un cosaco desde que hizo la primera comunión y nunca se ha atrevido a hablarle a una moza. Y ya te dije que ni dándole de garrotazos se le pasaba la calentura, así que de licor nada. Eso no era un licor corriente como que me llamo Ramón.

  El viejo no era fácil de engañar, y mucho menos después de haber sido testigo de los efectos del tónico. Pensé a toda velocidad, intentando encontrar la forma de satisfacer su curiosidad sin revelarle todo el secreto.

—Está bien… Tiene usted razón, no es un licor normal —dije. Me acerqué un poco más a él y miré a los extremos del callejón, con aire conspirador—. Es una fórmula que preparan en secreto en una botica de la ciudad. Es cara y difícil de conseguir, pero yo tengo un contacto. Eso es todo lo que puedo decir. Si se enteran de que lo voy contando me puedo meter en problemas.

  El porquero me miró fijamente unos segundos, rascándose su abultado vientre. Recé a ese dios en el que no creía para que se hubiese tragado la historia. Lo que dijo a continuación me sorprendió.

—Quiero probarlo.

—¿Quiere probarlo?

—Eso es, quiero catar ese licor o fórmula o lo que sea. Verás… —Esta vez fue él quien se acercó y me habló en voz baja—. Te voy a hablar en confianza, chaval. Mi mujer se queja de que ya no cumplo como antes, y me saca de quicio. La hija de puta es vieja y está gorda como el muñeco de Michelín, pero la culpa es mía por lo visto. Me llama impotente y cosas por el estilo y claro, le tengo que zurrar. Si le echo un par de buenos polvos a lo mejor me deja tranquilo una temporada, ¿me entiendes?

—Le entiendo —dije, asintiendo.

—Además —continuó Don Ramón—. Tengo una amiguita en el pueblo de al lado. Un pimpollo de veinticinco años con unas tetas y un culito que… En fin, también se queja de que aguanto poco cuando jodemos, y a esta no le puedo zurrar porque no estamos casados. Vamos, que me vendría bien el licor ese para cumplir en casa y fuera de casa, como debe ser.

—Le entiendo. Pero verá, como ya le dije, es difícil de conseg…

—¿Cuanto quieres, eh? —interrumpió.

  Saco del bolsillo una desgastada billetera de cuero y la abrió, dejando a la vista una buena cantidad de billetes. La visión del dinero me hizo replantearme mi actitud. Mi economía dependía de la exigua paga semanal que mis padres me daban como si fuese una limosna, que apenas me llegaba para el tabaco, la birra y el costo. Estaría bien manejar algo de panoja para variar. El viejo sacó de la cartera una cantidad en pesetas que hoy en día equivaldría a unos doscientos euros. Debía estar bastante desesperado para ofrecer tanto. Suspiré, como si aceptar el dinero fuese una molestia, y me metí los billetes en el bolsillo.

—Está bien, le traeré un poco. Pero ni una palabra a nadie, ¿entendido?

—Descuida, chaval. No soy de los que se van de la lengua. El chivato de mi hijo ha salido a su madre.

—Espere aquí. Vuelvo en diez minutos.

  Salí del callejón y respiré aliviado. No me había llevado una paliza pero me había visto obligado a confesar gran parte de mi secreto, lo cual no me agradaba en absoluto a pesar del dinerito fresco en mi bolsillo. Quería terminar cuanto antes con el turbio negocio así que aceleré el paso hacia el bar.

  Era el típico bar de pueblo, con su olor a vino rancio, colillas por el suelo y un expositor de tapas con ensaladilla rusa de aspecto ominoso. Varios paisanos de avanzada edad jugaban al dominó en una de las mesas y otros se apoyaban en la barra, detrás de la cual estaba el barman y propietario de Casa Juan 2, quien curiosamente se llamaba Pedro. Me caía bien y en circunstancias normales habríamos charlado un rato, pero no lo eran.

—Buenas, Pedro —saludé.

  El barman, un calvo y orondo cincuentón, se giró sonriente y se colocó en el hombro con soltura el trapo amarillento con el que limpiaba la barra.

—¡Hombre, Carlos! Dichosos los ojos. ¿Qué te pongo?

—¿Me puedes vender un par de quintos? Nos hemos quedado sin cerveza en casa y hoy no hay nada abierto —dije.

—Claro que sí. Para eso estamos.

  Se giró y sacó los dos pequeños botellines de una nevera. Los puso frente a mí y le pagué con la calderilla que llevaba en los bolsillos. Los agarré y me dispuse a irme.

—¿No quieres una cañita? Una para el camino, hombre. Invita la casa.

—Eh… No, gracias, de verdad. Me está esperando… Mi abuela —me excusé.

—Ah, bueno, pues nada. Salúdala de mi parte, que hace mucho que no la veo.

—Y de mi parte también —intervino un vejestorio con cara de sátiro que bebía vino en la barra—. Dile que cada día está más guapa y más lozana.

—Deja al chaval, Venancio. Te he dicho mil veces que Doña Felisa es mucha mujer para ti —dijo Pedro, en el tono elevado de quien le habla a un sordo.

  Algunos parroquianos se echaron a reír y entendí lo que decía mi abuela sobre sus ancianos y rijosos pretendientes. Aproveché para salir del bar y fui a paso ligero hasta el Land-Rover. En la parte de atrás, saqué la botella de tónico de la que había bebido Monchito. Destapé uno de los quintos usando la base de mi mechero, con cuidado de no doblar la chapa. Me bebí la cerveza de un trago, eructé y la sacudí para vaciarla bien. Vertí dentro un poco de tónico, apenas dos dedos, y volví a tapar el botellín con la chapa.

  De vuelta en el callejón, encontré a mi cliente fumándose un grueso puro. Miré a todas partes como si fuese a pasarle heroína y le tendí el botellín. Lo levantó frente a sus ojillos porcinos y torció la boca.

—¿Solo esto? —se quejó.

—Solo hay que tomar una cucharada, como si fuese jarabe. Con eso tiene para un tiempo —expliqué, aunque aún no estaba seguro de la dosis adecuada.

—Bueno, a ver si es verdad. —Se quitó el puro de la boca y me señaló con él, amenazante—. No se te ocurra intentar estafarme, ¿eh?

—Claro que no —repliqué, indignado—. Si no funciona le devuelvo el dinero. Pero funciona, se lo aseguro.

—Ya veremos. Y ni una palabra a nadie, ¿estamos?

—Lo mismo le digo.

  Ramón Montillo desapareció por el extremo del callejón con su reciente adquisición en el bolsillo, soltando grandes bocanadas de humo. Si ese palurdo no conseguía complacer a su mujer y a su querida tendría problemas, pero conocía demasiado bien la efectividad del “Tónico recostituyente y vigorizante del Dr. Arcadio Montoya” como para preocuparme demasiado. Además, tenía pasta en el bolsillo y mi vida sexual era aún más interesante que la de ese criador de cerdos.

  Sacié mi sed con el segundo quinto de cerveza, otro brebaje que nunca fallaba, y esperé a mi abuela en la plaza. Cuando salió de misa, tan rubicunda y suculenta como había entrado, se paró a charlar un buen rato con algunas de las lugareñas. Me moría de ganas por salir del pueblo, pero no quería importunarla durante su escasa vida social, así que esperé como un buen chico junto al coche. Me sorprendió verla hablar amistosamente con la elegante y espigada alcaldesa, quien apenas dirigía la palabra a las demás mujeres. Otra prueba de que Doña Felisa valía demasiado para ese pueblucho.

  Una vez en el Land-Rover, levantando polvo por las precarias carreteras rurales, la miré de arriba a abajo. Parecía más relajada y risueña que en el camino de ida.

—¿Has estado en el bar? —preguntó.

—Sí, he ido a saludar a Pedro —dije. Hice una pausa y la miré con aire socarrón—. Por cierto, Venancio te envía saludos.

—Buff, ese viejo verde, qué pesado es —se lamentó—. ¿Ves por qué apenas bajo al pueblo?

—Deberías plantarles cara. Si les pegas un buen corte seguro que no te molestan más. No son más que unos viejos inofensivos.

—Hijo, ya sabes que yo no soy así. No me gusta discutir con la gente.

  La consolé con una cariñosa caricia en la rodilla y decidí cambiar de tema.

—Dime, ¿te has confesado?

—¿Ya estás otra vez con eso, Carlitos? Sí, hijo, me he confesado y he comulgado, como siempre —dijo, en tono cansado.

—¿Se lo has contado?

—¿El qué?

—Ya sabes el qué. Nuestros pecados en tu cama y en la piscina.

  Suspiró y miró por la ventanilla. El paisaje montañoso era bonito, desde luego, pero ella lo tenía muy visto y me molestaba que lo usase como excusa para no mirarme.

—No. No se lo he contado. ¿Contento? —dijo al fin.

—Si tu estás contenta yo también.

  Eso la hizo sonreír de nuevo. Se inclinó para darme un sonoro beso en la mejilla y también mejoró mi estado de ánimo.

—Tengo una idea. ¿Y si paramos un momento en…?

—No. Déjate de ideas —me interrumpió, severa pero aún sonriente—. Vamos derechos a casa, que hay que hacer la comida. ¿No tienes hambre?

—Tanto que te comería entera.

—¡Carlitos!

  Entre bromas y caricias furtivas llegamos al familiar garaje. Cuando aparqué el coche volvimos a ser, a ojos de los demás, nada más que una abuela y su nieto. No podía parar de pensar en lo que pasaría esa noche, cuando mis padres se fuesen y volviésemos a estar solos. Mis fantasías eran tan placenteras que apenas me molestó la inquietud provocada por la otra idea que rondaba mi cabeza: el tónico ya no era un secreto, y eso podría traerme problemas.

CONTINUARÁ…

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