ESTRELLADELASNIEVES

Angelines pasaba una y otra vez la mano sobre aquella cabeza malherida, sobre aquel cuerpo golpeado por el dolor y por tanta traición. Sus labios besaban una y otra vez aquel pelo que con tanto amor había sido peinado cuando era niño. De los ojos de él manaba de forma incansable lágrimas que no dejaban de ser cuchillos que recorrían, sin descanso, las maltratadas mejillas de la indiferencia. Nadie, salvo aquella anciana mujer, estaba a su lado en uno de los peores episodios de su vida; la separación y divorcio de aquella mujer a la que había querido más que a su propio ser, la pérdida de la persona con la que soñó  vivir hasta el final de sus días. La quiso, la quiere y la querrá aunque como pareja no fueran capaces de crear un vínculo tan fuerte como para desterrar de su alma la traición y la mentira. Él para ella y ella para él, pero de igual forma pudo ver, experimentar y sentir qué recorrido más corto puede llegar a tener el amor.

Necesitaba estar solo, tenía que ser capaz de encontrarse a sí mismo, debería comenzar a ser consciente de su soledad y desterrar, por fin, la imagen de ella, la idílica figura que había dibujado en su mente y en su corazón. Sin embargo qué fácil es decirlo y qué difícil es hacerlo, que fácil es aconsejarlo y qué difícil es recomponer tus sentimientos. Y en esas estaba.

Y así fueron pasando los días, las semanas, los meses, centrándose en el trabajo, alejándose de las amistades comunes, delegando en otros los actos sociales y la representación de la empresa. Cada día era más huraño, hasta consigo mismo, independientemente de que en algún momento pudiera llegar a sentir la necesidad de mostrarse hasta humano, hasta terrenal. Y de esa forma, quizá fue con la persona que más se había volcado en él, su secretaria y amiga, con quien lo hizo y por ello retomaron los cafés, alguna cerveza y pocas copas, pero algo era algo en aquella vorágine de ensimismamiento pues pocas personas habían conseguido entrar en su coraza de acero, simplemente, acercarse a él,  en todo ese tiempo.

La empresa recuperó el prestigio que podía haber perdido en un momento determinado como consecuencia de la sinrazón que albergó en un alocado periodo, el mundo de Alfredo, y sin embargo, con el paso de los días se afianzaba en su estratégico mercado. Los accionistas recogían los dividendos con extrema facilidad y él, como el principal, engordaba sus bolsillos. ¿Eso le hacía más feliz? En absoluto pero era lo único que sabía hacer y lo hacía bien, ya hubiera querido ser capaz de tener tanta suerte en otros campo, como el del amor.

Si conflictiva había sido la vida interna de Alfredo, no menos exenta de disputas diarias entre el amor y el odio, la pasión y el desprecio, entre el orgullo y la rebeldía y la humildad, era la de ella. ¿Cómo era posible que hubiera traicionado al amor de su vida? No era capaz de entenderse y todos los días se repetía la misma pregunta sin ser avezada para obtener respuesta mientras se abrazaba con fuerza sobre su vientre.

Alfredo la había bloqueado en su móvil o en el acceso a su trabajo o casa, o a los actos sociales en que pudieran coincidir, especialmente con amigos, por lo que era totalmente imposible poder tener un mínimo acercamiento, ni tan siquiera una pregunta aunque no hubiera respuesta, así que no tuvo más remedio que aceptarlo y conformarse con los recuerdos y algún que otro día, que metida en el coche, frente a la sede de sus oficinas, podía verlo salir extremadamente delgado, tan serio que era imposible disimular su tristeza. Cuánto daría por poder estar frente a él, cogerle sus manos, besarlas si se lo permitiera, mirarle a los ojos y decirle que si hoy pudiera volver a comenzar le contaría todo su pasado, sin esconder nada, renunciando a las palabras bonitas pero envenenadas de Gonzalo. Si lo tenía todo ¿qué pudo buscar en su expareja? ¿Sólo sexo? Qué sin sentido más si cabe cuando su marido le daba todo lo que necesita, con colmo, ¡maldita la hora en la que bebió de ese brebaje tóxico! Pero no tenía más remedio que aceptar las consecuencias de sus malos actos, sobreponerse, mirar hacia el frente y eso fue lo que hizo desde el mismo momento en que fue consciente de que esperaba un hijo, un hijo cuyo padre no estaría a su lado.

Cuánto hubiera deseado poder compartir esos momentos de dicha tan indescriptible, poder decirle mirándole al alma, frente a frente, cogiéndole las manos para posarla sobre su hijo a través de su piel, pero por más que lo deseara eso no era posible pues era tan grande la muralla que los separaba que todo eran fuegos artificiales en el mundo de sus deseos, bonitos en el pensamiento e imposible en la realidad.  Tuvo que ser a través de una antigua amiga de ella, a quién contó el desastre de vida en la que se estaba moviendo por un error que no tenía perdón posible,  cómo le hizo llegar una carta, una carta que no esperaba respuesta o quizá sí, porque era demasiado importante lo que en ella contaba:

Hola, Alfredo. Por favor, no rompas esta carta sin antes haberla leído. No espero respuesta pero quiero que, al menos, lo sepas.

En primer lugar, déjame un poquito de espacio para mí. Te pido perdón, con una mano sobre mi pecho y con la otra sobre mi vientre, perdóname, Alfredo. Fuiste lo más importante para mí y sin embargo, por estúpida, te perdí; ojalá estuviera en mi mano arrebatarte todo el dolor que en aquellos momentos sé que te hice sentir.

En segundo lugar, y quizá lo más importante de esta carta, es decirte que estoy embarazada de ti. Cuánto me hubiera gustado poder vivirlo juntos pero sé que es imposible, aunque espero que la noticia que llevan estas letras, al menos pueda imprimir un poco de dulzura en el odio que pudieras estar sintiendo hacia mí. Sí, no lo dudes, eres el padre del hijo que espero aunque puedas tener todo el derecho del mundo a dudarlo. No pretendo con esta noticia alcanzar nada económico para mí, ya fuiste muy generoso cuando nos divorciamos, aunque lo que me negabas, tu amor, fuera muchísimo más importante para mí que todo el oro del mundo. Me negaste el derecho a defenderme, no te lo reprocho, quizá me merezco esto y todo el mal que pase en mi vida.

Sí, eres el padre de mi hijo, y por eso quiero compartirlo contigo. Puntualmente te haré ir llegando los resultados de las pruebas o analíticas o lo que tenga que ver con nuestro hijo, y cuando llegue el momento, si quieres estar presente, me harías la mujer más feliz, pero si no fuera así, no te culpo de nada, sólo quiero que sepas que la puerta de mi casa siempre estará abierta para el padre de mi hijo, para que puedas verlo siempre que quieras, aunque me tenga que ausentar en los momentos que estés con él. Y si llegado el caso, no pudieras superar tus dudas, tienes todo el derecho del mundo a hacerte las pruebas de paternidad que te permitan comprobarlo.

Siempre te quise, hoy te quiero con toda mi alma y siempre serás lo más importante para mí, junto a nuestro hijo.

Un beso enorme.- Marta

Y efectivamente, aquella carta llegó a su destino y fue leída aunque al finalizar terminara por estrujarla entre sus dedos aunque no fuera capaz de tirarla a la papelera o a la basura. No, no había terminado por exculpar sus pecados, muy malo tuvo que ser en otra vida para que una tras otra descargaran todos los males sobre su espalda, tan duros castigos. Así sería imposible olvidarla, así sería incapaz de arrancarla de su alma, así arruinaría su vida, así no podría vencer ni destrozar a los recuerdos. Y ahora esto, ¡maldita sea! ¿sería verdad que él era el padre?, o por el contrario ¿era una nueva treta o patraña para recuperarlo?

Aquella noche durmió como un niño, acurrucado en su cama, con las rodillas cerca del pecho mientras encogía en su puño las letras de aquella carta. Y volvió a llorar por ella.

Semana tras semana llegaba a él los resultados de las pruebas o las analíticas, junto con unas palabras que describían el momento, las sensaciones, las emociones, las vivencias, las frustraciones, los alborotos, las inquietudes, los temores… pero uno tras otro fueron depositados sobre el mueble de la entrada, nunca miró dentro de aquellos sobres, nunca leyó ni una sola línea ni lógicamente respondió a ellas. Lo recibía, cortésmente agradecía el hecho a Carla, nunca preguntó nada, ningún mensaje de vuelta. Por su parte, Marta siempre esperaba noticias y casi ahoga con angustioso yanto lo que Carla podía decirle de aquella corta visita. Ésta, por su parte, no profundizaba en la herida, simplemente se limita a describir y en todo caso, cuando la veía tan hundida, algo se inventaba con la única intención de provocar en ella una pequeña sonrisa llena de ilusión y esperanza.

El destino es curioso, a veces, caprichoso, si se quiere, ¿habría días en el año en los que aquel niño pudiera venir al mundo?, pues tuvo que hacerlo un 14 de febrero, día de los enamorados.

Cuando tuvo los primeros síntomas, no fue precisamente al médico a quien llamó, primero fue a su amiga Carla, con la clara intención que lo antes posible se lo dijera a Alfredo. Éste se encontraba en su despacho, trabajando, como siempre, como si sólo fuera capaz de hacer eso, y, aunque exteriorizara ser un tempano de hielo, por dentro brotó una inmensa alegría, la pasión de algo con lo que siempre había soñado, si aquel niño era su hijo, lo querría con locura aunque sobre él se cerniera la oscura sombra de una traición. Pero no quería, no podía mostrar su debilidad ante él mismo, no ya ante los demás, porque, si por casualidad no fuera hijo suyo, terminaría por hundirse en la mayor de las miserias, y a eso le tenía un miedo atroz.

Una de las cosas buenas que tiene el dinero es que abre infinidad de puertas y, si es posible, muchas más ventanas. Gracias a ello pudo hacer las pruebas de paternidad sin levantar sospecha alguna para un personaje tan conocido como él y, además, de hacerlo de forma inmediata. Y los resultados fueron contundentes, sí, era el padre de la criatura, y lo más importante, se había cumplido por fin su mayor deseo, el de ser padre, por eso no pudo contener ni reprimir las lágrimas, por eso abrazó con fuerza a la persona que siempre había demostrado estar a su lado en todo momento, sin pedir nada a cambio pero dándolo todo por él, Angelines.

¿Y ahora qué? Varias noches no fueron suficientes para serenar su espíritu y ser capaz de tomar una decisión, la que fuera, pero dejar al fin esa inacción que le tenía totalmente al margen de la realidad. Así que armándose de valor, sabiendo lo que quería pero sin tener claro cómo hacerlo, llamó a Carla, la amiga de Marta para hablar con ella sobre el tema de su hijo.

Cuando llegó a casa de Alfredo y recorrió el largo pasillo que daba paso a un lujoso apartamento, se encontró sobre el mueble de la entrada, con todas las cartas que semana tras semana ella, actuando como correo de Marta, le había entregado para que pudiera seguir la evolución del embarazo y hacerle partícipe de ese momento para que nunca pudiera alegar que no se había contado con él para nada. Y las vio allí, pero sin abrir. Alfredo no fue capaz de abrir ninguna de ellas. Carla no dijo nada, simplemente se limitó a ser intermediaria de aquellos sentimientos que confluían en amor, en un camino lleno de miserias que les destrozaba.

-Bueno, Alfredo, aquí me tienes. Tú dirás qué deseas de mí.

-En primer lugar, agradecer tu presencia, y no sólo en el día de hoy, sino a lo largo de tantos días y tantas semanas. Lamento mucho si en algún momento me he llegado a mostrar descortés; lo lamento, de veras.

-No estamos aquí para lamentarnos por el pasado sino para mirar al presente y si es posible al futuro, con serenidad y valor. ¿Me has llamado por eso?

-La verdad es que no sé realmente por qué y para qué te he llamado, ni tan siquiera sé qué paso tengo que dar en este momento.

-Pues mira, eso no es precisamente lo que le ocurre a la otra persona, a la otra parte, a esa que aun teniendo nombre te niegas a pronunciarlo. Sí, Alfredo. Yo sé la versión que me ha contado Marta, la tuya, la ignoro aunque imagino que tampoco distará tanto de la que ya conozco. Pero eso es algo entre vosotros dos, ahora estamos hablando, sin haberlo nombrado aún, sobre el niño.

-Bueno, sí, así es.

-Me imagino que ya sabrás que es hijo tuyo, ¿verdad?

-Sí. Yo no tuve más remedio que comprobarlo con mis propios ojos, entiende que me doliese creer que yo pudiera ser el padre después de…

-No te hagas más daño, es lógico tu recelo y lo entiendo yo y hasta lo entiende ella, aunque ahora has comprobado que te lo dijo desde el primer momento y siempre manifestó la verdad, pero nunca la creíste.

-No es que no la creyera, es que me era imposible creerla. Clara, Marta me fue infiel, traicionó todo lo que puse en ella e incluso estuvo a punto de arruinar mi carrera profesional. No me creo ningún monstruo, ponte en mi lugar y dime con total sinceridad, cómo te sentirías tú si estuvieras donde yo me encuentro.

-De poco ha de servir lo que yo pueda decirte pero igual llevas razón aunque no siempre todo lo que presupones sea así de simple

-Sí, fue así, no sé lo que ella te llegó a contar, pero la realidad fue que me hundió de tal forma que aún no he sido capaz de recuperar mi vida, llevo semanas intentando normalizar mi existencia sin ser capaz de salir del pozo en el que entré por su culpa.

-Ni ella. Yo no sé el amor que llegaste a brindarle, sólo te puedo decir que ella no ha dejado de amarte ni un solo minuto desde que salió de tu corazón. Lo que hubo antes, no lo pude ver, pero lo que ha habido en estos últimos meses lo he vivido en primera persona a su lado. Pero en fin, eso es algo que algún día tendréis que hablar vosotros, yo no quiero entrar ni debo hacerlo porque igual no sería lo objetiva que me estás pidiendo.

-De verdad, Clara, las cosas no fueron fáciles para mí, ni tan siquiera sé cuándo seré capaz de mirarla nuevamente a su cara.

-Pues ella me ha demostrado que tiene tanto amor para darte, que desea recompensarte por el daño que te pudo haber hecho, hasta el extremo de estar dispuesta a renunciar a su hijo para que tú puedas ser feliz, con el solo deseo de que la perdones, siendo consciente que la mayor aspiración, por tu parte, era la de ser padre, y ya que no podéis compartirlo, desea que seas feliz con tu hijo. Ha decidido dártelo y ella desaparecer para siempre yéndose lejos de aquí.

Alfredo quedó en estado de shock, ¿cómo era posible que haya podido pensar por un momento en esa monstruosidad? Él no podría aceptar, por mucho que lo deseara, que su hijo no tuviera a su lado a su madre, eso, jamás. Él no era el monstruo que parece que presuponen que pudiera ser, el nunca privaría a su hijo de tener ceca a su madre. Por eso, quizá era el momento de comenzar a plantearse que no era tan disparatada la idea de volver a hablar con Marta, por el bien del niño y para desterrar de la madre ideas tan dañinas para todos. Al pensar en esa posibilidad comenzaron a temblarle las manos, hecho que no pasó desapercibido para Carla aunque ésta, en su prudencia, ni preguntara ni mirara de forma descarada. Al final, exhalando un profundo suspiro, dijo al fin.

-Alabo la decisión y la fortaleza de Marta, pero yo nunca podría aceptar esa idea, qué iba a hacer yo solo con mi hijo, él necesita a su madre tanto o más que a mí. Llamaré a Marta para concertar un encuentro, para conocer al niño y para definir nuestro futuro junto a él. No sé si la custodia la haremos compartida o si será preferible que él continúe a su lado y yo verlo siempre que sea posible. La verdad, Carla, es que estoy totalmente perdido y asustado.

Cuando ella escucho toda esta retahíla de pensamientos, no pudo evitar el abrazarse con fuerza a su cuello, llenando de besos su cara y repitiéndole hasta la saciedad, que estaba segura que sería el mejor padre para el mejor niño. Con respecto a Marta, eso era cosas de ellos dos, no estaba dispuesta a estar en medio, ya eran mayores, pero no pudo dejar de hacerle notar a Alfredo que no fuera tan duro consigo mismo.

Ese mismo día, Clara contó a su amiga la conversación que había tenido con su exmarido, cuando ésta la escuchó no pudo dejar de llorar mientras se comía a besos a su hijo.

-Por fin vas a conocer al hombre más maravilloso del mundo, tu padre, hijo mío.

Y fue al día siguiente cuando por fin Alfredo pudo superar los nervios de un adolescente tardío al marcar nuevamente su teléfono.

-¿Sí?

-Hola, Marta, ¿podemos vernos?

-Como si quieres ahora mismo.

-No, no, ahora mismo no puedo estoy en el trabajo y me están esperando para una reunión pero si quieres, esta tarde, al salir de la oficina, podemos vernos donde tú quieras o puedas, supongo que ahora con el niño no será tan fácil.

-Bueno, ya pasaron esos primeros días en donde lo veía tan frágil que daba miedo decidir qué hacer o cómo hacerlo, ahora ya comienza a ser un hombrecito. Te sentirás orgulloso, cuando lo veas.

-Bueno, bueno, me estás poniendo los dientes largos, he de reconocer que estoy deseando conocerlo.

-¿Por qué no vienes a cenar a casa esta noche y así estaremos más tranquilos todos?

-No quisiera incomodarte

-No lo haces, en serio, vienes a la casa de tu hijo.

-Gracias, Marta, mándame la dirección, ¿a las ocho va bien?

-Por supuesto que sí, de esa forma me ayudarás a bañarlo antes de que se acueste.

-De acuerdo, hasta la noche.

-Gracias, Alfredo, hasta la noche.

Al salir del trabajo tuvo muy claro que tenía que pasar por casa para darse una ducha y cambiarse, al menos, la camisa. Volvió a repasar su barba y no pudo evitar echarse unas gotas de aquella colonia que tanto le gustaba a ella. ¿Por qué lo hizo? No tenía explicación lógica, al fin y al cabo la cita era para conocer a su hijo, no por ella; sin embargo Marta siempre estaba presente en todo lo que hacía, pensaba o deseaba.

Marta no se quedó atrás. Los nervios la tuvieron activa durante todo el día, llamó incluso a Carla para que la peinara, le ayudara a cocinar y eligieran la ropa que mejor pudiera quedarle. Hizo unos huevos rellenos que eran el delirio de Alfredo, con respecto al peinado Carla le gastó una pequeña broma haciéndole unas coletas de colegiala, aunque en realidad, lo que hizo fue arreglarla como si tuviera su primera cita, sin llegar a ser chabacano pero con un cierto tinte de normalidad, nada que hiciera ver lo que realmente sentía por dentro. Serían las siete de la tarde cuando Carla abandonó la casa de su amiga, haciéndole burla y pedorretas por ver lo ilusionada que estaba Marta, a la que dio un abrazo tan fuerte que ésta no tuvo más remedio que quejarse pues sintió que le iba a juntar el pecho con la espalda.

Y fiel a su costumbre de no llegar nunca tarde, a las ocho menos un minuto Alfredo estaba llamando a la puerta de su ex, cuando Marta la abrió, los dos se quedaron mirando como dos pasmarotes, sin saber cómo saludarse o qué decir, en ese momento Alfredo alarga sus manos para entregarle un precioso ramo de flores y una botella de vino que trajo para la cena.

-Hola, Marta.

-Hola, Alfredo. Gracias por las flores, son preciosas -aunque éstas estuvieron a punto de caer al suelo porque las manos no respondían a ninguno de los dos.

-Qué tonto, por pocas si las tiro.

-Sí, bueno, quizás estemos los dos más nerviosos de lo que deberíamos, esperemos a tranquilizarnos antes de coger al niño para que al menos no corra peligro -y comenzaron a reír, ambos.

Y ambos se dirigieron hacia la cuna del niño donde dormía bajo el influjo de una suave melodía. Marta lo cogió en brazos mientras éste se desperezaba sin protesta alguna porque le interrumpieran su angelical sueño. Girándose hacia Alfredo, se lo ofreció como el tesoro más preciado que tenía, la mayor de las ofrendas, regada por las lágrimas de sus ojos.

-Te presento a tu hijo, Alfredo.

-¿Le has puesto mi nombre?

-Le he puesto el nombre de su padre, era lo lógico, si además me parece precioso, no había nada más que pensar ni qué decidir, por eso no lo dudé en ningún momento.

-Vale, vale, te lo agradezco. La verdad es que es guapísimo, en eso le ha salido a su madre.

-Gracias pero es una gota de agua a ti.

Y siguió sus pasos hipnóticos hasta la habitación del crío donde en una pequeña bañera lo vieron chapotear con el agua mientras con unos ojos azulados que rasgaban el alma, miraba a aquella persona extraña como insólita era su magnética mirada. Y sonrió o al menos él quiso verlo así, era feliz, qué ganas sintió de estrecharlo entre sus brazos y comérselo a besos.

Y salió de su ensoñación cuando escuchó la voz de ella

-Bueno, vamos a darle de comer al crío que si no es capaz de volver a dormirse, es muy tranquilo.

-Claro, claro. Hoy es el primero para todo. ¿Qué come?

-Pollo desde luego que no. -se puso rojo por la simpleza que había dicho pero es que realmente no sabía ni cómo cogerlo ni qué hacer.

-Lo siento.

-No tienes que sentir nada, Alfredo, somos primerizos y eso lo dice todo. ¿Es que te crees que no lo pasé mal yo? Pues lo pasé fatal, hasta el punto que no tuve más remedio que llamar a Carla para que estuviera conmigo porque temía que el corazón se me saliera en cualquier momento. Pero te aseguro que eso es en las primeras horas, en los primeros días, luego es como comer y cantar.

-Ya veo que has hecho un buen trabajo.

-Bueno, la verdad es que me llena totalmente la vida, cosa que si no fuera así estaría muy vacía.

En fin, que voy a darle el pecho que ya comienza a desesperarse, jejej…

Y él se sintió ridículo pues no sabía para donde mirar ni qué hacer en esos instantes, ella se sonreía y al mismo tiempo se sentía la mujer más feliz.

-No es preciso que vuelvas la cara, tampoco vas a ver algo que no hayas visto antes.

-Ya, bueno, no quería incomodarte.

-No lo haces, estás viendo y disfrutando de unos momentos  muy hermosos de tu hijo y eso también me hace feliz a mí.

Y cuando terminó, volvió a cogerlo entre sus brazos y sintió el eructo que dio cerquita de su oído, sabiéndole a gloria.

Y no quería que llegara ese momento, pero no tuvo más remedio que llegar cuando volvieron a depositarlo sobre la cuna y a los pocos minutos dormía como lo que era, un angelito.

Ahora venía el momento más crítico de la noche, salvando el del encuentro. Ahora se sentarían frente a frente para cenar y quizá algo más, pero qué habría de ser, qué habría de suceder. Ninguno de los dos lo sabía.

-Gracias por la cena, todo tiene una pinta deliciosa.

-Gracias a ti por venir. Yo quería…

-No, Marta, hoy no es el momento ni ha llegado aún el día, hoy tenemos que hablar de él, quizá mañana sea el nuestro. –La verdad es que fue un corte en toda regla, ella quería pedirle perdón como mil veces lo había ensayado pero no la dejó y por eso se sintió estúpida, boba, el sentimiento de ridículo le hacía parecer una niña pequeña e inmadura.

-Lo sien-to, llevas razón, no pretendía incomodarte.

-Ni lo has hecho. No te preocupes, hoy estamos todos algo descolocados y así los nervios es fácil que nos jueguen una mala pasada.

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Aquella velada terminó sin que ninguno de ellos quisiera que los minutos pasaran, sin que fuera ese su desenlace; pero todo tiene su punto final, quizá porque de esa forma quede menos para el próximo encuentro. Sí, nadie llegó a pensar que pudiera celebrarse éste y sin embargo ahora, ambos deseaban ya que cuanto antes volvieran a encontrarse nuevamente, quizá porque ahora tenía un punto de unión bien distinto y lo suficientemente fuerte, un hijo en común.

Con paso quedo llegaron al final del pasillo, ya con la mano sobre el pestillo de la puerta, ella no dejaba de hablarle y contarle tantas cosas del niño como si el tiempo se estuviera terminando de verdad  y surgiera la necesidad de seguir contando una y mil cosas antes de que finalizara el día, antes de que él se fuera, y por eso pretendía reducirlo todo de forma casi atropellada en tan poco espacio. Estaba muy nerviosa, ya era incapaz de ocultarlo. Él se volvió y mirando con sincero deseo cogió su mano, estrechándola hasta casi hacerle daño, se la llevó a la boca para besarla. Por su parte Marta no pudo resistir por más tiempo el deseo de abrazarlo y así lo hizo, y mil veces le dio las gracias por la noche tan maravillosa que le había hecho vivir. Ambos con los ojos casi a punto de llorar, se dieron las buenas noches y se emplazaron para mañana donde volverían a encontrarse los tres en un nuevo momento para compartir, y en un nuevo deseo de que él pudiera escucharla y perdonarla. Necesitaba que eso sucediera para que su vida, al fin, pudiera ser completa.

Cuando llegó y se sentó en el coche, respiró hondo y cerró los ojos como si con ese pequeño e insignificante gesto consiguiera aprehender lo que había vuelvo a vivir y a sentir aquella noche, era el momento de recomponer su vida, de volver a darle la posibilidad que hasta ahora siempre le había negado, quizá era el momento de darle una oportunidad al perdón. Y no pudo evitarlo, se le saltaron las lágrimas por tener tan cercanos en el tiempo los ojos de su niño.

Con estas cábalas iba cuando todo se interrumpió de forma brusca, tan brutal como que fue el inicio del fin. Un coche había invadido su carril llevándoselo por delante. Si en ese momento le hubieran hecho un electro, desde el mismo momento en el que se subió en el coche hasta el instante del impacto, todo era como los dientes de una sierra, con continuos altibajos que lo mismo le llevaban al sumun de la felicidad y del optimismo como a la angustia más perturbadora. Sus pensamientos se interrumpieron sin que él fuera consciente de que había sucedido tal cosa, ahora esa sierra se había quedado plana, dejó de sentir con un rictus perpetuo de alegría en su mirada y así estuvo por muchas horas.

El coche quedó hecho un acordeón y, de entre ese amasijo de elementos, pudieron sacarlo cuando había pasado más de media hora del accidente. La consciencia perdida al igual que una buena cantidad de su sangre que se encontraba derramada en aquel trozo de carretera. Los servicios sanitarios consiguieron estabilizarlo y que llegara con vida al hospital. Pasadas las primeras horas, vieron que su vida no corría peligro, otra cosa es con qué secuelas la viviría.

Los servicios sociales del hospital  consiguieron localizar a una persona, la que durante toda su vida había sido su ángel de la guarda, Angelines. ¡Cuántas lágrimas volvió a derramar, la pobrecita, pidiéndole, a todos los Santos por su vida!

Cuando Alfredo abandonó su casa, Marta, comenzó a llorar, en este caso de alegría, se apoyó sobre la puerta de la calle y poquito a poco fueron cediendo sus piernas hasta quedar casi sentada en el suelo. Había soñado tantas veces con volver a tenerlo cerca y por fin se había  hecho realidad su deseo, quizá fuera por eso que aquella noche tuvo la necesidad de tener cerca a su niño, tan cerca como para sentir que era a él a quien abrazaba. Fue por eso por lo que lo sacó de la cuna y lo acostó con ella en la cama grande; pero ajena a lo que por su lado estaba viviendo él, en aquellos momentos, en un hospital, en la soledad de la madrugada, jugándose a la ruleta rusa su vida.

Sin embargo se encontró con una cruda realidad cuando al día siguiente él no se puso en contacto con ella ni respondía a sus wasas. Qué desconcertante resultaba todo, ¿cómo era posible esa actitud? Si la noche anterior había respondido a los estímulos, si mostró que su hijo le importaba muchísimo, ¿se habría asustado? Por nada del mundo pensó que llegaría a acobardarse, no creía que ella hubiera hecho nada que le empujara a dar ese paso atrás. Pero la realidad era la que era, no mostró interés por volver a contactar con su hijo ni con ella, no respondía a sus llamadas ni a sus mensajes; por lo que pasado el impacto inicial por esa actitud tan demoledora decidió que ya había sufrido suficiente, que si deseaba estar con su hijo, allí estaban, que fuera él quien ahora diera el siguiente paso. Lo que ella desconocía es que él no estaba en condiciones de decidir nada.

Y fueron pasando los días sin que hubiera avances en ningún sentido, ni Marta recibía la llamada esperada ni Alfredo salía del coma en el que se encontraba, por tal motivo, un buen día cinco personas del círculo más cercano a él, recibieron citaciones para personarse en la notaría de D…., donde escucharon la lectura de un testamento vital abierto. Marta era una de esas cinco personas por lo que se presentó, sin saber para qué estaba citada ni cuál era el motivo de aquella citación; por eso, cuando se enteró de la noticia que había originado esa situación sufrió un estado de shock que le hizo perder hasta el conocimiento. Pasados unos largos minutos y, recuperado éste, tomó consciencia de la nueva realidad: Alfredo no había llamado porque estaba en estado de coma, debatiéndose entre la vida y la muerte en un hospital como consecuencia de un accidente que sufrió la noche en la que se encontró con ella y conoció a su hijo.

Normalizada la situación, el notario pasó a dar lectura de los deseos expresos de Alfredo, en el caso de que sucediera lo que se estaba viviendo. Dicho testamento vital abierto, fue redactado en el momento que se casó con Marta y nunca llegó a modificarlo o anularlo por lo que  su deseo seguía vivo a efecto de los allí presentes, de lo cual estaba dando fé el señor notario: nombraba como responsable personal, única, universal e indiscutible para decidir sobre su persona y sus bienes, a Marta…, debiendo dar, en su caso, explicaciones o justificación de sus actos, si lo considerara conveniente sólo y exclusivamente al señor notario D…, o en su defecto, a quien le sustituyera.

Sí, aquellas órdenes las había dictado Alfredo antes de su separación y nunca las revocó, por consiguiente seguían totalmente activas y válidas. La que había dejado de estar activa y válida para nada en ese momento era Marta pues desde que conoció la noticia hasta este instante no había dejado de estar noqueada. Y aún tuvieron que pasar algunos días para que poco a poco fuera tomando consciencia y como consecuencia de ella se pudiera poner manos a la obra, siempre con la esperanza de que aquello fuera algo muy corto en el tiempo y él recuperara su normalidad y esto le permitiera ser dueño de sus actos; sin embargo, nada más lejano  a lo que habría de ocurrir puesto que los días pasaban y avances no se producían por lo que hubo que tomar la decisión de si mantenerlo en la clínica o sacarlo de ella.

En primer lugar un juez determinó que, mientras se mantuviera la situación actual, Marta… sería la tutora de  Alfredo… En segundo lugar, ésta decidió que el seguimiento de su recuperación se llevara a cabo en su casa, a donde fue trasladado en un ambulancia medicalizada, donde también fue a vivir la persona que durante toda la vida había cuidado de él, Angelines. Y en esa normalidad tan extraña comenzaron a pasar los días donde el pequeñín se acostumbró a ver a esa persona permanentemente dormida. Su madre se encargo de hablar de él de forma continuada, le permitía que se montara a caballito sobre su barriga con la esperanza que en su sueño, Alfredo fuera capaz de sentir a su hijo, y en las largas veladas de invierno, ella apoyaba la cabeza sobre el  cuerpo de él, quedándose en muchas ocasiones, dormida.

Sí, así se repetían los días, en los que ella no dejaba de contarle cómo crecía su hijo, lo que había hecho durante la jornada, los besos que quiso darle. Y llegó lo inevitable, un día se puso a llorar cuando recordaba cómo habían dejado pendiente una conversación, y con la esperanza de que él pudiera escucharla, que su mente tuviera vida propia y fuera capaz de perdonar lo que dejó por decirle, comenzó a contarle lo que había sido su vida y cómo nunca estuvo en sus deseos ni de serle infiel ni de traicionarle.

-Alfredo, tuve una vida tremendamente difícil sin que eso tenga por qué servir para justificar nada. De verdad que eso no tiene por qué significar que mis actos estén motivados por todo lo vivido pero no cabe la menor duda de que han influido en ellos.

Como sabes, nací en la bella Colombia, en el seno de una familia muy humilde. Siendo muy joven fui objeto de una violación, aquello formaba parte de la sociedad en la que me crie, por lo que nadie le echaba cuentas a esto pero los efectos los sufrí en mis propias carnes y moldearon mi personalidad. En aquel ambiente de sexo, drogas y miseria, crecí. Moría un poquito cada día hasta que tuve la oportunidad de salir de las garras de esa pobreza prometiéndome a mí misma que NUNCA volvería a ella. Y quizá por ello me arrimé siempre al poder y a la holgura, al dinero y a la grandeza…, sería yo desde ese momento quien utilizaría el sexo para mi propio beneficio nunca al contrario, me aprovecharía y utilizaría a los hombres para mi propio beneficio. El problema surgió cuando me enamoré. Sí, cuando me enamoré de un malote y a la vez que de él, de otro hombre maravilloso, tierno, atento, dulce y delicado, que me colmaba de afecto hasta extremos embriagadores, algo nunca conocido por mí. Ese eres tú.

Y así fue como perdí la razón. Por un lado con Gonzalo vivía en un mundo de locura y de lujo, encaprichada a sus deseos y sus perversiones, sin objetar nada, y por otro lado crucial  fue el momento en el que apareciste tú en mi vida. Inicialmente mi pretensión era aprovecharme de ti hasta conseguir, como había hecho con todos los demás, sacarte hasta la cerilla de las orejas. Pero que equivocada estaba, por un lado me sacaste del fango en el que había vivido hasta ese momento, dejé de lado mi anterior vida y sus personajes y me centré en vivir mi historia de amor, contigo. Han sido los años más felices de mi vida, y al fin me diste lo que ha completado mi felicidad más absoluta, tu hijo.

Lamenté muchísimo que volviera a aparecer en mi vida, Gonzalo, el malote de la película. Cuando me lo encontré, por una parte se removió mi mundo y lo vivido con él y por otro lamenté y mucho que comenzara a extorsionarme, porque si algo sentí en su momento por él, terminó por destrozarlo. Y lo que más me dolió era que a tus ojos, te traicioné, y llevas razón, debería de haber sido fuerte y hablar contigo y ser yo quien te contara mi pasado y no temer a perderte si se conocía mi historia, la que él quería sacar en fotos y videos, pero no fui capaz de serlo, y me dejé arrastrar por él y te decepcioné. Si pudiera volver atrás, si pudiera borrar las malas decisiones que tomé, te aseguro que borraría de un plumazo lo que hice en aquellos días, pero lamentablemente ya no es posible hacerlo y el daño se incrustó en tu alma, destruyéndonos a los dos. Alfredo, a pesar de eso, no dudes que te quise y te quiero con locura.

¡Amor, despierta de tu sueño, necesito sentir tus abrazos y tus besos, tu hijo necesita a su padre!, ¿quién habría de contarle si no los cuentos antes de dormir? ¡Amor, te echo tanto de menos que a veces me faltan las fuerzas por no poder escuchar tu voz!

Y así, poco a poco, acariciaba sus labios con las yemas de los dedos, soplaba sobre los pómulos para darle el color que le faltaba, arropaba su cuerpo con la tibia manta. Y, otra vez esa locura se materializó aquella noche pues no pudo evitar el terminar recostada en su misma cama, desnuda, para que sintiera como latía su corazón por su presencia. Aquella noche llenó su cara de besos, limpió sus mejillas con las suyas y la mano adormecida de Alfredo la posó sobre su  maltrecho corazón, y de esa forma quiso ver cómo se dibujaba una sonrisa en su rostro y vio, al fin, cómo se apagaba su vida mientras ella le cantaba la más dulce nana.

-Fue un 23 de noviembre cuando su alma voló a los cielos donde seguro que me estará esperando para poder vivir juntos lo que en la tierra no fuimos capaces de hacer: UN AMOR DE PELÍCULA.

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