ALIENHADO

Me desperté tumbado en el sofá del salón. Mareado y con un molesto dolor de cabeza. Mi abuela estaba sentada a mi lado, sujetando una bolsa con hielo picado contra mi cráneo. Tenía los ojos enrojecidos, como si hubiese llorado, y pude ver el alivio en ellos cuando se dio cuenta de que los míos estaban abiertos.

—¡Ay, hijo, menos mal! ¿Estás bien?

Que se preocupase tanto por mí a pesar de lo que le había hecho decía mucho de lo buena y compasiva que era. Al recordar lo ocurrido en la cocina me sentí culpable y sentí ganas de abrazarla, aunque no me pareció buena idea tocarla en ese momento. Mi maltrecho cerebro intentó encontrar una forma de justificar lo ocurrido sin quedar como un maniaco sexual. No pensaba hablarle del tónico, eso lo tenía claro. Me quitó el hielo de la cabeza y toqué con mis dedos el doloroso chichón.

—No te lo toques, cielo, o se pondrá peor.

—¿Qué… ha pasado? ¿Me he caído? —pregunté, fingiendo confusión.

—¿No te acuerdas?

  Me miró sorprendida, pero no daba muestras de dudar de mi palabra. Si lograba convencerla de que mis actos habían sido involuntarios, cosa que al fin y al cabo era cierta, quizá saliese airoso de aquella situación. Miré al techo entornando los ojos, como si tratase de recordar algo.

—Me acuerdo de estar sentado en la cocina. Me dio como un mareo, se me nubló la vista y… me he despertado aquí. ¿Me desmayé?

Volví a palparme el chichón con los dedos. Mi abuela me apartó la mano y me puso la bolsa de hielo en la cabeza. Sus ojos volvían a estar húmedos. Suspiró y se quitó las gafas para secárselos con su pañuelo.

—No, verás… Eso te lo hice yo. Me puse muy nerviosa y… Lo siento, hijo, pero es que estabas como loco. Parecías un animal.

  Me incorporé un poco en el sofá, con un gesto que mezclaba sorpresa y preocupación. No me considero un gran actor pero ese día mi interpretación fue digna de un Oscar.

—¿Pero qué ha pasado? ¿No te habré hecho daño, verdad?

—No, no ha sido eso. Verás, tu… Tu has… me has…

  La pobre estaba roja como los tomates de su huerta cuando maduraban. Balbuceaba y evitaba mirarme a los ojos. Cogí una de sus manos entre las mías y me alegró comprobar que no rehuía mi contacto. Lo estaba pasando mal y era obvio que no quería hablar de lo ocurrido, pero para mantener mi farsa tenía que hacerla hablar.

—Vamos, dímelo, por favor. ¿Qué te he hecho, abuela?

—Me has… Me has tocado —dijo al fin.

—¿Cómo que te he tocado? ¿Que quieres decir?

—Pues eso, Carlitos, que me has tocado. De repente empezaste a sobarme las… el cuerpo, de una forma muy… obscena.

  Volví a dejar caer la cabeza en el cojín del sofá y me tapé los ojos con una mano, con aire melodramático. Estaba rozando la sobrectuación pero la cosa marchaba bien. A todo esto, mi polla seguía dura y palpitando en mis pantalones. El efecto del tónico había desaparecido de mi cerebro pero continuaba activo en mi cuerpo. Caí en la cuenta de que ella me la había visto, en todo su esplendor, y me había subido los pantalones cuando estaba inconsciente. Seguro que no había podido evitar echarle un buen vistazo antes de devolverla a su guarida de algodón y poliester. Imaginar esa escena y escucharla describir mis deplorables actos me excitó bastante, pero no podía dejar que eso me distrayese de mi notable actuación.

—No puede ser… ¿Cómo he podido hacerte algo así? Pérdoname. Lo… Lo siento mucho —me lamenté, compungido.

—No pasa nada, cariño, tranquilo. No eras tú mismo. Te debió dar un tabardillo y se te fue la cabeza.

  Me limité a asentir, como si fuese incapaz de hablar. Me sorprendí de mi buena suerte: la víctima de mi arrebato lascivo no solo no estaba enfadada conmigo sino que trataba de justificar mis actos.

—Pasaste mucho rato a pleno sol lavando el coche —continuó, en tono comprensivo.— Y después trabajaste como un burro en el trastero, que es un horno.

—La verdad es que comencé a encontrarme mal a media mañana. Me dolía la cabeza y se me nublaba un poco la vista, pero no le di importancia.

—Sí, si ya te notaba yo raro. Estabas muy callado y me mirabas como un conejo asustado. A partir de mañana te vas a poner algo en la cabeza cuando salgas fuera. Y nos vamos a tomar con más calma las faenas, que no hay prisa ninguna.

  Había salido mejor de lo que esperaba. Estaba seguro de que ella se sentía más culpable por el sartenazo que molesta por mi intento de darle matraca contra la encimera. Me quitó el hielo de la cabeza, peinó con su mano mis húmedas greñas y se inclinó para darme un beso cerca del chichón. Sus tetazas reposaron un segundo sobre mi pecho y eso me alivió más el dolor que el puñetero hielo.

—Oye, abuela. No… No se lo dirás a mis padres, ¿verdad?

—Claro que no. Esto queda entre nosotros, y no hablemos más del tema.

—Gracias. Lo siento mucho, de verdad.

—Ya te he dicho que no ha sido culpa tuya. Anda, descansa que voy a terminar las albóndigas. Con tanto lío al final vamos a comer a las tantas.

  Se levantó y vi alejarse hacia la cocina el imponente trasero que mi polla había rozado hacía un rato. Desde luego era una mujer extraordinaria, y tenía que evitar por todos los medios volver a perder el control de esa forma. Aunque técnicamente era inocente, me sentía un poco culpable, y decidí que debía hacer algo para compensarla.

Pasé el resto del día allí tumbado, y en unas horas ya apenas me dolía el golpe. Mi abuela me hizo compañía sentada en un sillón, y pasamos una tarde agradable viendo la tele y charlando, sin mencionar ni de pasada el incidente. Solo se separó de mí para hacer algunas tareas domésticas menores y para preparar la cena. Por la noche me duché y me hice una buena paja bajo el agua tibia, rememorando lo ocurrido en la cocina, sobre todo la sensación de esos pechotes en mis manos y el roce de mi verga en su culazo. Los efectos del tónico debían estar atenuándose, pues al fin conseguí librarme de la permanente erección, que ya comenzaba a ser dolorosa.

  Ya en la cama, me regalé un porrito y medité sobre los efectos de la peculiar poción. Estaba claro que funcionaba, y que sus efectos secundarios eran peligrosos, al menos para alguien con mi hiperactiva líbido. Supuse que el problema había sido la dosis. A juzgar por el tamaño de la botella, el tónico debía estar pensado para tomar una cucharada, y yo había engulido de un trago casi la mitad del contenido. Dejaría pasar unos días y probaría una dosis más pequeña. ¿Qué era lo peor que podía pasar?

  Como había prometido mi anfitriona, a partir del día siguiente nos tomamos el trabajo con más calma. Para protejer del sol mi calenturienta cabeza, me dio una horrible gorra de béisbol de las que mi tío usaba cuando era adolescente. Por supuesto le dije que me encantaba y la llevé puesta todo el día. Retomamos la limpieza del trastero pero deteniéndonos a menudo a descansar. A veces nos sentábamos a la sombra del porche, en unos cómodos sillones de mimbre que estaban allí desde que tengo memoria.

  En su actitud no había rastro de que lo ocurrido el día anterior hubiese enturbiado nuestra relación. Al contrario, se mostraba más atenta y cariñosa que nunca. A cada rato me preguntaba si me encontraba bien, si quería descansar o si me dolía la cabeza. Al pasar junto a mí a veces me acariciaba la nuca o me tocaba el brazo. Eran gestos inocentes de afecto, pero para mí su actitud cada vez más cercana suponía paladas de combustible para mis fantasías.

  Después de comer se quedó dormida en el sillón de la sala de estar, cosa habitual en ella, y aproveché para encargarme de un asunto. Sus siestas eran breves así que me dí tanta prisa como pude. Fui hasta la montaña de desperdicios que habíamos sacado del garaje y busqué la caja de madera que contenía las nueve restantes botellas de tónico. No podía dejar que aquel tesoro fuese a parar a la basura. Por suerte no estaba enterrada muy hondo y solo tuve que apartar un par de trastos, muy despacio para que el ruido no despertase a la abuela.

  No podía esconderla dentro de la casa porque ella conocía hasta el último rincón y la encontraría en una de sus meticulosas sesiones de limpieza. Abrí la puerta trasera del Land-Rover y levanté uno de los bancos del habitáculo trasero, revelando un compartimento lo bastante espacioso como para albergar la caja. La metí allí, la tapé con una vieja manta y volví a colocar los asientos en su lugar. Era un buen escondite provisional hasta que encontrase uno más seguro.

  Llevaba todo el día dándole vueltas a qué podía hacer para compensar a la abuela por el disgusto del día anterior, y entrar en el vehículo me hizo tener una idea estupenda. Algo que le encantaría y que además me permitiría realizar un pequeño experimento.

  Cuando regresé a la sala de estar continuaba dormida. Su pausada respiración quedaba silenciada por el zumbido del ventilador y las estridentes voces venezolanas de la telenovela. Se despertó al cabo de unos minutos y me miró, ocultando un bostezo con la mano. Yo estaba tumbado en el sofá como si no me hubiese movido de allí.

—Uy, parece que me he quedado un pelín traspuesta.

—Sí, un pelín —dije, socarrón—. Te has perdido lo mejor. Victor Alfredo le ha confesado a Esmeralda que en la boda del licenciado Valverde le puso los cuernos con la madrastra de su primo.

  En efecto, yo también me había enganchado a esa chorrada. En mi defensa diré que las actrices estaban muy buenas y el argumento se podía seguir medio dormido.

—¡No me digas! ¿Con Doña Valentina?

—Si, esa zorra.

—¡Carlitos! —me regañó, aunque se le ecapó una risita.

—Perdona. —Me senté y me estiré como si llevase horas tumbado. Era hora de poner en marcha mi plan—. Oye, abuela. ¿Te importa si dentro de un rato bajo al pueblo? Tengo que comprar tabaco.

—Claro que no me importa. Puedes ir cuando quieras.

—Tardaré poco. ¿Quieres que te traiga algo?

—No, no necesito nada. Gracias, cielo.

  Una hora más tarde me puse los tejanos y una camiseta decente y me subí al Land-Rover. Aproveché el viaje para tirar algunos trastos al contenedor, así mi abuela vería que no me escaqueaba del trabajo. En apenas diez minutos estaba aparcando cerca de la plaza del pueblo, a la sombra de la vetusta iglesia románica.

A esa hora aún hacía mucho calor, pero aún así me crucé con bastantes lugareños de camino al estanco. A todos los conocía, algunos me saludaron por mi nombre y con dos de ellos tuve que pararme a charlar un rato. Es lo que tienen los pueblos pequeños.

  Lo que en aquel villorrio llamaban estanco era en realidad una tienda donde vendían de todo además de tabaco. Bebidas, revistas, herramientas, cartuchos de escopeta, golosinas y casi cualquier cosa. Entre las atestadas estanterías encontré deambulando a Monchito, el tonto del pueblo. Era un gigantón de unos treinta años con el cerebro de un niño de cinco. A pesar del calor llevaba su habitual chaqueta de pana y una camisa de franela, lo cual explicaba en gran parte su intenso olor corporal. Llevaba la cabeza rapada y barba de tres días. Sus ojillos se clavaron en mi cara y su lengua asomó entre los labios, debido al esfuerzo de intentar recordar mi nombre.

—¿Como estás, Monchito? —le saludé—. Soy Carlos, el nieto de Doña Felisa.

—Estoy bi-bien —dijo, con su voz ronca y gangosa. Entonce estiró el grueso cuello y miró detrás de mí—. ¿Y Do-doña Felisa?

  Al contrario que otros lugareños, mi abuela siempre era amable con Monchito y de vez en cuando le regalaba fruta de su huerta o alguna chuchería. No era de extrañar que el pobre retrasado le tuviese cariño y preguntase por ella.

—Está en casa. ¿Quieres que la salude de tu parte?

—Va-vale.

  Dicho esto Monchito perdió todo interés en mi persona y se puso a ojear la revista que sujetaba con sus manazas. Yo fui hasta el estante de los vinos y continué con mi plan para esa noche. No entendía una mierda de vino, así que elegí el más caro que podía permitirse mi magra economía. Fui hasta el mostrador y me llevé una grata sorpresa. No encontré allí, como de costumbre, al viejo Don Jacinto, el dueño del local, sino a una tipa de unos 25 años. No era una belleza pero sus facciones vulgares tenían cierto atractivo barriobajero. Iba bastante maquillada y sus carnosos labios pintados de rosa fucsia llamaban la atención desde varios metros.

  Cuando me acerqué y puse la botella en el mostrador apenas apartó la mirada de la revista de moda que estaba leyendo. Sostenía un cigarrillo encendido entre los dedos, de uñas largas pintadas del mismo color que los labios. No me resultaba familiar, lo cual era raro en aquel pueblo.

—¿Algo más? —preguntó con desgana, como si me hiciera un tremendo favor al atenderme.

—Un paquete de Lucky.

  Se levantó a cojer el tabaco y pude ver que no estaba mal de cuerpo. Unas peras de buen tamaño se intuían bajo su camisa amarilla y su corta falda blanca dejaba a la vista un par de piernas largas, con bronceado de piscina municipal. Era rubia de bote, y la larga cola de caballo con que se rocogía el pelo, adornada con un llamativo coletero multicolor, se agitó cuando se inclinó sobre el mostrador para gritar sobre mi hombro.

—¡Monchito! ¡Te he dicho mil veces que si no vas a comprar nada te vayas a la puta calle, joder!

  El tonto del pueblo, que remoloneaba por el local, la miró con ojos de cordero degollado. Su corpachón se encogió como si fuesen a pegarle y salió a la calle con sus andares torpes.

—Déjalo, mujer. Es buena gente —le dije, en tono conciliador.

—Un salido es lo que es. En cuanto puede intenta rozarse o tocar teta, el tonto de los cojones.

  Desconocía la faceta calentorra de Monchito, así que no dije nada y me centré en la malhablada dependienta. Diría que no era mi tipo, pero en aquella época cualquier especimen humano con tetas y vagina era mi tipo.

—¿Como te llamas? Vengo mucho al pueblo y nunca te había visto.

—Sandra. ¿Algo más? —dijo ella, mientras metía el vino y el tabaco en una bolsa.

—Yo soy Carlos. Oye, si quieres cuando salgas de currar damos una vuelta. Tengo coche. Podemos ir a a ciudad o a donde quieras.

  Puso la bolsa frente a mí en el mostrador y me miró con una sonrisa torcida, conteniendo una carcajada y dedicándome una larga mirada de evidente desprecio. Ya imaginaba que me rechazaría, pero no perdía nada por intentarlo.

—¿Pero donde voy a ir yo contigo, canijo? Anda y vete por ahi.

—Bueno, tampoco hace falta ser tan desagradable.

  Le pagué la mercancía y me dispuse a irme. Cuando estaba a varios pasos del mostrador volví la cabeza y le dediqué una sonrisa maliciosa.

—Hasta otro día, simpática.

  Me respondió con una especie de bufido y volvió a su revista como si nada hubiese pasado. Ya en la calle, murmuré algunos insultos y encendí un cigarro. Esa zorra consiguió ponerme de mal humor, aunque se me pasó un poco al recordar que en la casa me esperaba una mujer mejor que ella en todos los sentidos. A unos metros del estanco, sentado en un banco de piedra, estaba Monchito, mirando al suelo y pensando en lo que quiera que piensen los retrasados. Por su forma de mirar hacia la puerta del local, y por lo que había pasado dentro, intuí que el desgraciado estaba enamorado, o al menos obsesionado con la tal Sandra.

  Una perversa idea tomó forma en mi mente. Quizá merecía la pena alargar un poco mi visita al pueblo para ponerla en práctica. Fui hasta el Land-Rover, guardé el vino y, tras asegurarme de que nadie podía verme, levanté el banco trasero y saqué una de las botellas de tónico. Me la metí en el bolsillo y regresé a la calle del estanco. Monchito me miró sin mucho interés y me saludó con un movimiento de cabeza cuando me senté a su lado en el banco.

—Hace calor, ¿eh? —dije, para iniciar la conversación.

—No mu-mucho.

  Yo estaba sudando en manga corta y él llevaba chaqueta y camisa, así que no puse en duda su opinión.

—He estado hablando con Sandra, la del estanco. Es guapa, ¿verdad?

—S-si, es gu-guapa —balbuceó bajando la vista, como si se avergonzase.

—Te gusta, ¿a que si? ¿Te gustaría salir con ella?

  El ancho rostro de Monchito se puso rojo, cerró sus ojillos y movió la cabeza de una forma que no supe si estaba asintiendo a mi pregunta o negando.

—Me gus-gustaría. Pero es mala con-conmigo.

—Bah, no te preocupes por eso. Las mujeres son así, te lo digo yo. A veces son antipáticas con el tío que les gusta. Y creo que tu le gustas. Deberías invitarla a salir.

—No sé. N-no sé yo… —murmuró, confuso.

  Entonces miré a ambos lados de la calle, como si temiese que nos viese alguien, y saqué de mi bolsillo la botellita de tónico. Me acerqué un poco más, a pesar de su reconcentrado olor a sudor, y le hablé en tono conspirador.

—Mira, como me caes bien y eres amigo de mi abuea te voy a ayudar. Esto es un licor especial que venden en la ciudad. —Le enseñé la botella, tapando la etiqueta con los dedos, aunque lo más probable es que no supiera leer—. Este licor te da confianza cuando tienes que hablar con una chica, y hace que le gustes más. Es mano de santo, te lo juro. Yo me he ligado a muchas chicas gracias a él.

—¿De ve-verdad? —preguntó, mirando la botella con fascinación.

—Pues claro. ¿Por qué te iba a mentir? Además, te estoy haciendo un gran favor al ofrecértelo, porque no es nada fácil de conseguir. Pero por ser tú te dejo echar un trago.

  Destapé la botella y se la ofrecí, vigilando de nuevo hacia los lados. No había nadie a la vista por el recalentado empedrado de la calle. Se me daba mal seducir mujeres pero al parecer mi labia funcionaba con los deficientes mentales, porque Monchito agarró la botella y le pegó un buen trago.

—Vale, vale, ya está. Solo hay que beber un poco.

—Mmm, ta bueno… Sabe a re-regaliz —dijo, limpiándose la boca con la manga.

  Guardé la botella y le puse la mano en el hombro.

—Ahora tienes que esperar un rato ¿De acuerdo? Quédate aquí sentado una media hora y después entra a hablar con Sandra. Ya verás como consigues que salga contigo. Y no le cuentes a nadie lo del licor, ¿de acuerdo? Es un secreto.

  Asintió, con gesto serio. Me levanté y caminé unos metros, refugiándome a la sombra de un portal. No sabía cúanto tardaría el tónico en hacer efecto, pero estaba dispuesto a esperar. Si aquel idiota ya estaba lo bastante salido como para arriesgarse a toquetear a Sandra, estaba deseando ver a esa zorra enfrentarse a su pretendiente bajo los efectos del brebaje. Le había prometido a mi abuela regresar pronto y no quería decepcionarla, pero si mi broma se alargaba demasiado ya me inventaría alguna excusa.

  No tuve que esperar mucho. Al cabo de quince minutos Monchito se pasaba la mano por la frente, nervioso y acalorado. Se quitó la chaqueta y se remangó la gruesa camisa de franela. El hijoputa tenía unos brazos capaces de partir en dos a un tipo como yo. Por suerte no era agresivo, pero por si acaso tuve cuidado de que no me viese espiándole. Poco después se puso en pie y caminó alrededor del banco, como un león enjaulado. De vez en cuando se palpaba la tremenda erección que se marcaba en sus pantalones de pana. El tónico ya estaba haciendo de las suyas, y su víctima no tardó mucho en dirigirse a la entrada del estanco.

  Salí de mi escondite y me asomé a la puesta del establecimiento. Vi a Monchito acercarse al mostrador, pero la rubia no estaba allí. Supuse que estaría en la trastienda, a la que se accedía a través de una cortina. Mi tonificado amigo debió llegar a la misma conclusión, ya que apartó la cortina y entró. Yo me deslicé a toda prisa dentro de la tienda, ávido por no perderme ni un segundo de la escena. Rodeé el mostrador y me pegué a la pared junto a la cortina. La abertura era lo bastante ancha como para permitirme ver lo que ocurría en el interior.

  La trastienda era un almacén atestado de cajas y trastos, casi tan caótico como el garaje de mi abuelo. La escasa luz entraba por un pequeño y polvoriento ventanuco enrejado. Entre las cajas había un escritorio cubierto de papeles, un cenicero rebosante de colillas, un teléfono y un ordenador de carcasa gris que ya era viejo incluso en aquella época. Sandra estaba de pie junto a escritorio, de espaldas a la cortina, leyendo un albarán o algo parecido. Cuando escuchó tras ella la profunda respiración de Monchito, o cuando percibió su inconfundible aroma, se giró y pegó un respingo, sobresaltada. El miedo no le duró mucho.

—¿Quien coño te ha dicho que puedes entrar aquí, imbécil? ¡A la puta calle ahora mismo! —gritó la arisca estanquera, con las manos en la cintura.

  Me fijé en que no era tan alta como me había parecido antes. Llevaba unas sandalias amarillas y verdes con bastante tacón, pero aún así su rostro quedaba a la altura del amplio pecho del gigantón, y eso teniendo en cuenta que Monchito siempre estaba algo encorvado. Al ver que el intruso la ignoraba, mirándola fijamente, su rostro maquillado enrojeció de ira y sus ojos lanzaron chispas.

—¿Es que no me oyes, tarado? ¡Sal de aquí ahora mismo o te saco yo a escobazos!

  Esta vez Monchito sí reaccionó, pero no de la forma que ella esperaba. Con un gruñido se bajó los pantalones hasta las rodillas, dejando a la vista unos muslos como troncos y un miembro viril cuyo tamaño me sobresaltó incluso a mí. Estoy seguro de que superaba los veinte centímetros y su grosor era considerable, surcado de gruesas venas y rematado por un amenazante glande púrpura, parcialmente cubierto de piel morena. También tenía unos huevazos grandes y peludos como cocos. No negaré que sentí cierta envidia. Sandra soltó un breve grito al ver semejante salchichón, sus gruesos labios formaron una fina linea fucsia y dio un paso atrás, de forma que sus muslos toparon con el borde del escritorio.

—¿Pero qué haces, pedazo de cerdo? ¡Súbete los pantalones y lárgate, joder!

  Lejos de obedecer, Monchito resopló y dio un paso adelante, acercando más su cabeceante cipote a la estanquera, cuya valentía se esfumaba por segundos. La mano le temblaba cuando la alargó hacia el escritorio.

—¿Esas tenemos? ¡Pues voy a llamar a la guardia civil! ¡Verás como una noche en el cuartelillo te baja el calentón, tonto de los cojones!

  Por un momento temí que la llegada de las autoridades pusiera fin a mi divertimento, pero la mano de Sandra no llegó al teléfono. Monchito le agarró el brazo con una de sus manazas y con la otra le arrancó de un tirón todos los botones de la camisa, dejando al descubierto los pechos embutidos en la parte de arriba de un bikini verde lima con lunares amarillos. Seguramente planeaba ir a la piscina después del trabajo, o había ido antes de comenzar. Tenía un buen par de tetas, sin duda lo más atractivo de su vulgar físico. Un agudo chillido retumbó en el almacén y la mujer la emprendió a puñetazos y patadas con su agresor, quien apenas notaba los golpes. Por suerte, la histérica estanquera no acertó a darle una patada en los huevos, y eso que eran un blanco fácil.

—¡Suéltame! ¡Hijo de la gran puta! ¡Suelta jodeeer!

  Monchito respondió con otro gruñido y le quitó el bikini de un tirón. Al ver las marcas del bronceado en los temblorosos pechos y los pezones oscuros mi propia polla comenzó a ganar tamaño. Por estimulante que fuese la escena no podía pajearme allí mismo. Si entraba un cliente y me encontraba dándole al manubrio sería difícil explicar la situación. Tendría que conformarme con mirar y disfrutar de mi venganza.

Sin soltarle el brazo Monchito comenzó a sobarle las tetas, que cabían casi enteras en sus ásperas manazas de campesino. Ella continuaba forcejeando sin éxito, chillando y mezclando insultos con amenazas.

—Qué bo-bonitas… —dijo él. Su voz sonaba más ronca de lo habitual y respiraba como una locomotora de vapor—. Qué su-suaves…

  Cuando se cansó del tosco masaje mamario, agarró a su amor platónico por la cintura y la obligó a girarse. La manejaba como si fuese una muñeca de trapo. La hizo inclinarse con facilidad sobre el escritorio, a pesar de que ella se resistía con todas sus fuerzas, con las tetas y la cara aplastadas sobre el papeleo. Ella aprovechó la ocasión para intentar echar mano de nuevo al teléfono, pero Monchito lo lanzó de un manotazo contra la pared, dejándolo inservible. Las sacudidas y pataleos de la inagotable estanquera también hicieron caer al suelo varias carpetas, un portalápices lleno de bolígrafos y el cenicero. La ceniza y las colillas se desparramaron por el suelo mientras el tonto le subía la falda hasta la cintura y le arrancaba las bragas del bikini, revelando la parte pálida de las nalgas en contraste con los bronceados muslos.

  Tenía el típico “culo-carpeta”, ancho y más bien plano, pero en aqulla postura resultaba lo bastante atractivo como para que mi erección ya se marcase en todo su esplendor contra mis pantalones. Monchito se agarró el nabo y golpeó varias veces con él los cachetes de Sandra. El capullo estaba totalmente al descubierto y su tamaño me hizo temer lo peor. Si se le ocurría metérsela por el culo la mandaría al hospital, la policía le apretaría las tuercas y terminaría hablando de mí y del tónico. Por suerte, a pesar de su retraso mental y de su extrema calentura, el tonto sabía lo que hacía. Se escupió en la mano libre y hurgó entre los muslos de la estanquera hasta encontrar su apretada raja.

—¡No! ¡Ni se te ocurra, cabrón! ¡Paraaa!

  Los gritos y pataleos no detuvieron el grueso dedo que entró y se movió dentro del reticente coño. Al primer dedo pronto se unió un segundo, y entraban y salían cada vez más deprisa. Desde mi posición, no podía ver si la humedad se debía tan solo a la saliva o si, contra su voluntad, ella se estaba mojando. Pasados unos minutos, Monchito sacó los dedos, se los chupó como si estuviesen cubiertos de miel, se agarró la verga y acercó la punta a las nalgas de su presa. Ella se revolvió con renovado ímpetu, inútil contra la manaza que la mantenía inmovilizada contra el escritorio.

—¡Ni se te ocurra, hijo de puta! ¡Como me la metas te juro que te mato! ¡Te matooo!

  Las amenazas de muerte tampoco sirvieron de nada. El tonto soltó un largo suspiro mientras su venoso ariete se hundía, poco a poco, en el coño de Sandra. Ella apretó los dientes y estiró las piernas, como si la estuviesen empalando.

—No… No, joder… Cabrón, te voy a… Matar.

  Sus gritos perdieron volumen e intensidad, y cuando Monchito la agarró por las caderas con ambas manos, dejándole más libertad de movimientos, apenas intentó defenderse de nuevo, como si tener dentro del cuerpo semejante tranca la paralizase. Las primeras embestidas fueron lentas, y se aceleraron a medida que el estrecho túnel se rendía al imponente tamaño de su invasor.

—Joder… Me cago en la puta… Joder… Mierda…

  Entonces empecé a notar que la retahíla de palabras malsonantes y blasfemias que salían de los labios pintados de fucsia habían cambiado de tono, y se mezclaban con gemidos y continuos jadeos. O el calor y la excitante situación me estaban provocando alucinaciones o la maldita estanquera estaba disfrutando. Cuando Monchito aceleró el ritmo mis sospechas se confirmaron. La tipa dejó de hablar y solo se escuchaban agudos gemidos y gritos ahogados de puro placer.

  Las sandalias se le habían caído hacía rato y pude ver los dedos de sus pies curvándose, las piernas dobladas en el aire temblaban como si le estuviese dando un ataque epiléptico, su espalda se arqueó y sus manos se cerraron sobre los papeles de la mesa, arrugando varios de ellos. Con la frente pegada a la madera del escritorio, no dejó de gritar como una cerda durante toda la duración de aquel largo orgasmo. Porque, así es, nuestra querida estanquera se estaba corriendo como tal vez no se había corrido en su puta vida.

  Monchito no paraba de taladrar el ahora empapado coño y también estaba a punto de culminar. Tenía la cara y el cuello empapados en sudor y la punta de la lengua le asomaba entre los labios. Con cada salvaje embestida el escritorio temblaba y juraría que se había movido varios palmos de su posición original. Sandra levantó la cabeza y miró hacia atrás. Su piel bronceada también brillaba debido al sudor y respiraba como si acabase de correr una maratón.

—No te corras dentro… ¿eh? —dijo. Su voz sonaba más grave que antes, enronquecida por los gritos—. Sácala… ¡Sácala que me buscas la ruina, joder! ¡Dentro no, tonto de los cojones!

  Ya fuese porque obedeció a la mujer o porque simplemente quería hacerlo, Monchito la sacó en el último momento, la apretó contra las nalgas de ella y una impresionante corrida salió disparada de su venoso cañón. La primera oleada fue tan potente que llegó hasta la cabeza de Sandra, llenando de espesos lefazos su mejilla y su ahora despeinada coleta. Las siguientes, menos impetuosas pero más abundantes, llenaron su espalda de trazos blancos y gruesos goterones.

  Cuando recuperaron el aliento ella se sentó en la mesa y se inclinó hacia adelante para agarrar la tranca de Monchito, todavía erecta. Lamió una gota de semen que colgaba en la punta, dio varios besos a lo largo del tronco y acarició los peludos huevos.

—Joder… Si lo llego a saber antes… Ufff, qué pasada.

  La escena me había puesto más caliente que la freidora de un McDonald, pero también estaba algo enfadado. Quería vengarme de la antipática estanquera y en lugar de eso le había regalado un polvazo. Me sentía como un mamporrero que hubiese llevado la caballuna verga del tonto del pueblo hasta el ávido chocho de esa zorra. Decidí que ya era hora de volver a casa y me escabullí en silencio hasta la calle.

Pensé en lo ocurrido de camino a casa y mi mal humor desapareció poco a poco. No me había vengado, pero al menos le había hecho un favor al bueno de Monchito. Le había metido el churro a su objeto de deseo, y a juzgar por la devoción con que la estanquera le besaba la polla volvería a hacerlo más veces. Además, había podido probar los efectos del tónico en otro ser humano, y el resultado había sido satisfactorio. Aunque el verdadero experimento que me proponía hacer aún no había comenzado. Tendría lugar aquella misma noche, y no podía esperar a ponerlo en marcha.

  De vuelta en la parcela, aparqué el Land-Rover en su lugar, entré en la casa y guardé la botella de vino en la alacena, detrás de unos frascos de conservas. Encontré a la abuela en la sala de estar, planchando mientras movía los labios siguiendo la letra de una canción de Rocío Jurado que sonaba en la radio. Yo era más de rock que de copla, pero no se me ocurrió burlarme de sus gustos musicales, cosa que tal vez si habría hecho una semana antes.

  Vestía su bata de andar por casa, ligera y estampada con grandes flores. Me pregunté qué llevaría debajo. Nunca la había visto quitársela, ya que siempre lo hacía en su dormitorio o en el baño, y siempre llevaba el cinturón tan bien atado que era imposible vislumbrar nada por encima de sus rodillas. Aún así el sencillo erostismo que desprendían sus rotundas curvas bastaba para encender las calderas de mi locomotora. Supuse que llevaría solo ropa interior, lo cual ya era bastante atrevido para una mujer como ella.

  Cuando me vio acercarme me sonrió y la plancha soltó un sonoro chorro de vapor. Le rodeé los hombros con el brazo y la atraje hacia mí para darle un beso en la mejilla. Recibió el gesto sin una pizca de recelo, con la satisfacción de cualquier abuela que disfruta las muestras de cariño de su nieto. Su actitud me animó a dejar mi mano en su hombro un rato, cosa que tampoco le molestó. El olor de la ropa recién planchada y el de su cuerpo formaban una mezcla tan agradable que mi buen humor creció tanto como crecía mi polla en los pantalones.

—Te he echado de menos —dije, en un tono lo bastante burlón como para no resultar empalagoso.

—Ay, pero que tonto eres —dijo ella, y juraría que cuando bajó la vista para continuar planchando el habitual rubor de sus mejillas era un poco más intenso—. ¿Qué tal por el pueblo?

  Le hice un detallado relato de mi paseo, incluyendo a todos los conocidos con los que me había cruzado. Ella me escuchaba como si le estuviese relatando una emocionante expedición por la selva amazónica. Por supuesto no le conté nada sobre lo ocurrido entre Monchito y Sandra gracias al milagroso tónico, aunque no pude resistirme a preguntar:

—¿Quién es la chica que despacha en el estanco? No la había visto antes.

—Se llama Sandra. Es la mujer de Manolo, el hijo de Don Jacinto. Se casaron hace unos meses y le ha dado trabajo en el estanco.

  Así que estaba casada, la muy perra. Me guardé la información por si surgía la ocasión de utilizarla más adelante. A juzgar por el tono en que hablaba de ella pude intuir que no le agradaba la tal Sandra. Mi abuela siempre se resistía a hablar mal de la gente, pero si le tirabas un poco de la lengua sacaba a relucir una sutil malicia que contrastaba con su dulce carácter.

—Parece que no te cae bien —dije, deseando ver esa faceta suya.

—A ver, yo no digo que sea mala chica… Pero para atender un negocio hay que tener un poco de don de gentes, ¿no crees?

—Sí. Se la ve un poco desabrida.

—Pero bueno, ya aprenderá con el tiempo, digo yo. Don Jacinto no es tonto y sabrá lo que se hace. De todas formas yo apenas voy por el estanco desde que murió el abuelo.

  Mi abuelo era un fumador empedernido, el principal motivo por el que murió a la temprana edad de 64 años, y la causa de que a la abuela no le gustase verme fumar. De hecho, algunos de mis primeros cigarros se los robaba a él mientras dormía la siesta, y si alguna vez se dio cuenta nunca se lo dijo a mis padres. El viejo era buena gente y lo echaba de menos, pero sin embargo no me sentía culpable en absoluto por querer meterle cuarto y mitad de carne en barra a su señora viuda.

La panchá resopló de nuevo, la Jurado entonó otra sentida tonadilla y decidí que era hora de poner en marcha mi plan.

—Oye, abuela. Esta noche voy a hacer yo la cena —anuncié.

  Me miró por encima de las gafas con la cejas muy levantadas. Le sorprendió tanto que soltó la plancha y me dedicó una sonrisa entre tierna y socarrona.

—¿De verdad? ¿Pero tú sabes cocinar, tunante?

—Algo sé hacer. Siempre cocinas tú y te mereces que alguna vez te pongan el plato delante, ¿no crees?

—Ay, eres un sol, Carlitos. De cuerdo, esta noche cocinas tú. ¡A ver qué me haces! —exclamó, en fingido tono amenazante.

  “Si supieras lo que me gustaría hacerte…”, pensé. Cuando volvió a centrarse en la plancha le dediqué una discreta mirada a su curvilínea figura. Iba a decirle que la cena también era para compensar el incidente del día anterior, pero se la veía muy contenta y no quise sacar el tema. Era lo bastante inteligente como para deducir que también lo hacía por eso.

  El resto de la tarde se me hizo eterna, esperando a que llegase la hora de cenar. Trabajé en el trastero mientras mi abuela hacía la colada y otras tareas de la casa. Cuando el sol comenzó a ponerse me di una ducha, y por supuesto me la casqué a gusto rememorando la escena en la trastienda del estanco. Después comencé a hacer la cena: una ensalada sencilla y unas pechugas de pollo que encontré en la nevera. Me arriesgué con una salsa no muy complicada que recordaba de un programa matinal y no me quedó nada mal. Puse un mantel limpio en la mesa y la adorné con un pequeño florero. Pensé en buscar unas velas, pero me pareció demasiado.

  Mientras cocinaba fue ella quien se duchó, y aproveché para llevar a cabo la primera fase de mi experimento. Fui a mi dormitorio a por el tónico, volví a la cocina y descorché la botella de vino que le había comprado a la estanquera adúltera. Me bebí un trago, rellené lo que faltaba con un chorrito del brebaje y volví a colocar el corcho. Me enjuagué el boquino con limonada para que no me apestase a morapio y escondí de nuevo el tónico en mi maleta. Algo nervioso, encendí un cigarro y esperé.

Cuando llegó mi invitada me llevé una agradable sorpresa. No llevaba su bata ni uno de sus desgastados vestidos de faena. Lucía una blusa de manga corta, de un verde muy claro, que ya le había visto en otras ocasiones. La tela era tan fina y se ajustaba tanto a su abundante pecho que se marcaban los encajes del sostén, sin llegar a transparentar. Una veraniega falda tableada blanca y rosa se ceñía a sus anchas caderas y caía con gracia hasta casi los tobillos. No es que fuese arreglada en exceso; llevaba lo que solía ponerse para hacer recados en el pueblo, pero me pareció un detalle por su parte.

—¡Ay! ¡Pero fíjate que bonita has puesto la mesa! —exclamó al ver las flores.

  Separé la silla de la mesa para que se sentase, y mi gesto de rancia caballerosidad la hizo soltar una risita. Aunque siempre la trató bien, el abuelo era un hombre de los de antes, y sus hijos estaban cortados por el mismo patrón, por lo que la pobre no estaba acostumbrada a gestos como que le hicieran la cena o la ayudasen en las tareas del hogar. No es que yo fuese un “aliade feminista”, como se dice ahora, pero al menos era capaz de fingirlo si me lo proponía.

—Estás muy guapa —dije, y eso no tuve que fingirlo.

—Anda ya, pero si ni me he peinado.

  Sus rizos pelirrojos estaban perfectamente colocados alrededor de su cabeza, mucho más lustrosos que por la tarde, y había escuchado su secador de pelo cuando estaba en el baño. La coqueta mentira me hizo sonreír mientras caminaba hasta la alacena.

—Mira, te he traído una cosita del pueblo.

  Le enseñé la botella, sujetándola de forma que no notase que ya la había descorchado.

—Pero Carlitos… ¿Para qué te has molestado?

—Bah, no es nada.

  Le di la espalda para simular que descorchaba el vino en la encimera. Mi abuela no era una gran bebedora. Le gustaba tomar una copa de vino mientras cocinaba y, en ocasiones especiales (como aquella) otra durante la comida. Llené su copa hasta la mitad y recé al dios Baco para que no notase que el tintorro tenía un ingrediente extra.

—¿Tú no quieres? —preguntó.

—A mí no me gusta el vino.

—Ah, es verdad. Pues coge una cervecita, hombre, que no me gusta beber sola.

  Por supuesto obedecí y me abrí un botellín de rubia bien fría. La observé mientras daba un pequeño sorbo al vino y lo saboreaba. Abrió los ojos como platos, sorprendida, y por un momento me temí lo peor.

—¡Mmmm! ¡Qué bueno está!

—¿De verdad? —pregunté, con el pulso acelerado.

—De verdad, cielo —respondió. Dio otro breve trago y lo paladeó de nuevo—. Tiene como un… Mmm… Un toque dulce muy rico. Me encanta.

  Aliviado, dejé la botella en la mesa. Me pregunté si ese “toque dulce” era cosa del tónico o el vino ya tenía ese sabor. Lo importante era que le gustaba y que no había notado nada raro. Serví la cena, comenzamos a comer y por supuesto se deshizo en halagos hacia mis escasas dotes culinarias. Charlamos de esto y de lo otro, reímos unas cuantas veces y pronto me di cuenta de que estaba siendo la mejor cita que había tenido nunca con una mujer. Puede sonar deprimente, pero estaba disfrutando tanto que no dejé que eso me estropease la noche. Además estaba mi plan. El arriesgado experimento en el que ella participaba sin saberlo.

Cuando se terminó la copa, me sorprendió verla coger la botella y servirse otra, no tan cargada como la anterior. Yo me tomé con calma el bebercio y solo me bebí una birra. Quería estar lo más lúcido posible esa noche.

—Uy… Me estoy pasando con el vinito… Pero es que está tan bueno… —dijo. No había signos de embriaguez en su voz pero sus mejillas ya comenzaban a arrebolarse.

—Bah, un día es un día —la animé.

  Se terminó la segunda copa con el último bocado de la cena y de nuevo exageró lo bueno que estaba todo y me dio las gracias varias veces, sin escatimar apelativos cariñosos y sonoros besos en la frente y las mejillas, atenciones que disfruté mucho más de lo que ella pensaba. Hizo ademán de recoger la mesa pero le quité los platos de las manos.

—Ya recojo yo. Tu siéntate a descansar.

—De eso nada.

  Volví a quitarle un plato de la mano, me coloqué detrás de ella y la agarré por los hombros. Con firmeza pero sin brusquedad, la empujé hasta la sala de estar. Entre quejas y risas, la obligué a sentarse en el sofá, y al caer de culo en el asiento sus pechos temblaron como dos deliciosos flanes de tamaño familiar.

—Pero Carlitos… No seas tonto… ¡Uy! ¡Ja ja!

  Encendí el ventilador y le di el mando a distancia del televisor, quizá la muestra más avanzada de tecnología de aquella casa.

—Mira a ver que ponen. Vuelvo enseguida.

  En apenas diez minutos lavé los platos y recogí la cocina. Guardé el vino adulterado en la alacena y volví a la sala de estar. Ella estaba recostada en el sofá, con el codo en el reposabrazos y las piernas dobladas sobre el asiento. La larga falda se le había subido, o la había subido ella debido al calor, dejando a la vista sus abultadas pantorrillas. Tenía la cara apoyada en una mano y me sonrió cuando me senté cerca de ella, lo justo para que sus pies casi rozasen mi muslo.

  Apenas le presté atención a la película que daban esa noche. La miraba con disimulo cada pocos segundos y coloqué las piernas de forma que mi erección no fuese visible desde su punto de vista. En la sala de estar no había más luz que la del televisor, y solo con la ayuda del resplandor azulado de la pantalla pude ver que sus mejillas de manzana estaban más sonrojadas de lo normal, sus ojos verdes tenían un leve brillo y su profunda respiración no era tan reposada como debiera ser para alguien que está plácidamente recostada en un sofá. A mitad de la película resopló, se agitó la camisa sobre el pecho para refrescarse y se desabrochó el primer botón. Llevó los dedos al segundo pero debió caer en la cuenta de que no estaba sola y se detuvo.

—Uff, qué bochorno hace esta noche, ¿verdad? —se quejó.

—Ya te digo. ¿Quieres que ponga el ventilador más fuerte?

—No, hijo, déjalo así.

  Continuó viendo la película y yo contuve una sonrisa al observar lo que me parecieron los primeros síntomas del tónico circulando por su hermoso cuerpo. Ya solo quedaba esperar e improvisar en función de cómo marchase el experimento. En cuanto terminó la película, mi abuela se incorporó, apoyó las puntas de los pies en el suelo y se desperezó moviendo los brazos hacia atrás. Sus tetas se apretaron tanto contra la camisa que de milagro no saltó ningún botón por los aires. Me dedicó una de sus tiernas sonrisas y me dio unas palmaditas en el muslo.

—Me voy a la cama, cielo, que estoy rendida. Gracias otra vez por la cena y por el vino.

  No tenía aspecto de estar cansada en absoluto, y juraría que tenía prisa por marcharse a su habitación. En circunstancias normales me habría dado un fuerte beso de buenas noches en la mejilla y no esas ridículas palmadas. Me estiré y hablé con voz somnolienta, como conteniendo un bostezo.

—Yo también me voy a acostar. Hasta mañana, abuela.

  Ni siquiera me contestó. Salió de la sala de estar y al poco escuché cerrarse la puerta de su dormitorio. Ya en mi habitación, intenté serenarme fumando un cigarro. Si tenía suerte la noche no había hecho más que empezar. Me desnudé por completo y me puse un pantalón de pijama holgado, con el que mi empalme era más que evidente.

  Me senté en la cama, preguntándome cuanto tiempo era prudente esperar. Yo había perdido el control varias horas después de tomar el tónico, aunque la calentura había empezado mucho antes. En Monchito había tardado mucho menos, pero teniendo en cuenta su limitado cerebro quizá no era un dato relevante. Mi abuela había tomado menos cantidad que ambos, y mezclado con vino. Podría ser que la mezcla hubiese atenuado los efectos del tónico, o que a las mujeres no les afectase de la misma forma.

  Harto de elucubrar, a los quince minutos salí al silencioso pasillo y fui de puntillas hasta el otro extremo. Me detuve frente a la puerta de su dormitorio y observé que se filtraba algo de luz por debajo, tenue y amarillenta. Era la pequeña lámpara de su mesita de noche, la cual rara vez encendía para que no entrasen mosquitos por la ventana. Que estuviese despierta era buena señal.

  Pegué la oreja a la puerta y esperé. Solo escuché algún leve chirrido de los muelles del colchón, lo habitual cuando alguien tumbado en una cama cambia de postura. Al cabo de un rato largo, cuando ya me dolía el cuello, lo escuché. Un gemido, agudo y suave. Después un largo suspiro, seguido de varios gemidos más, separados en el tiempo pero constantes. Se estaba tocando, no cabía duda. El experimento había sido un éxito, y ahora dependía e mí sacar provecho del resultado, cosa que tal vez no sería tan fácil como aparentaba. Por intensos que fuesen los efectos del tónico, quizá no vencerían los prejuicios y tabúes, más fuertes en ella ya que era muy religiosa. Que al ponerse cachonda hubiese optado por tocarse en lugar de ir a mi habitación, ya indicaba que follarse a su nieto de 19 años no era una de sus fantasías, y si lo era había reprimido el impulso de usar mi siempre dispuesta verga en lugar de su mano.

  Mientras me preguntaba cual sería mi próximo paso, el colchón crujió más fuerte que antes y percibí una sombra en la luz bajo la puerta. Se había levantado de la cama y pude escuchar sus pies descalzos caminando hacia la puerta. ¿Mi respiración era tan fuerte que la había escuchado a través de la recia madera de la puerta? ¿Se había corrido ya e iba al baño a refrescarse? ¿Tenía sed? ¿El calentón había vencido al tabú y salía a buscarme?

  No lo sabía, así que contuve la respiración y me escabullí hacia la habitación más cercana. Era otro dormitorio con cama de matrimonio, en el que dormían mis padres o mis tíos cuando iban de visita. Estaba tan oscuro que aunque mirase dentro no me vería. Agazapado junto a un armario, la vi pasar y salir del pasillo en dirección a la cocina. Me moría de ganas por echarle un vistazo. Pensaba que yo estaba durmiendo y cabía la posibilidad de que hubiese salido desnuda a beber agua o a picar algo.

Sigiloso cual fantasma, salí al pasillo y me asomé a la cocina. Estaba de pie, bañada por la luz del refrigerador abierto frente a ella, dando sorbos a un vaso de agua. No estaba desnuda pero tampoco me decepcionó su imagen. Llevaba un camisón corto de tirantes, muy parecido al de la noche en que la había visto dormida, solo que esta vez era blanco y se transparentaba. Me quedé sin respiración al ver que no llevaba bragas. Las amplias curvas de sus caderas, la apretada raja entre las nalgas y el pliegue donde se unían con los muslos se distinguían con nitidez bajo la ligera tela. Por supuesto tampoco llevaba sostén. El camisón dejaba a la vista gran parte de su espalda rubensiana, y cuando se inclinó para abrir el cajón de la verdura pude ver parte de una de sus tetazas, blanca como la nieve bajo aquella extraña luz.

  Lo que hizo a continuación me sorprendió tanto que casi se me escapa un inoportuno “¡No me jodas!”. La sofocada viuda tenía en la mano una de las zanahorias que cultivaba e su huerta; una especialmente larga y gruesa. La longitud rondaría los 20 cm y la parte más gruesa no tenía nada que envidiar en grosor a el glande que se apretaba contra mi pijama. Miró la verdura con ojo experto, la acarició un par de veces de arriba abajo envolviéndola con su mano y, satisfecha con el examen, fue hasta el fregadero y le quitó los tallos con un cuchillo. Raspó el extremo grueso hasta dejarlo liso y la lavó a conciencia, frotándola de arriba a abajo. Sí amigos, mi querida abuelita acababa de fabricarse un consolador cien por cien vegano.

  Cuando cerró la nevera y se giró para salir de la cocina yo tomé una decisión rápida y arriesgada. No podía permitir que semejante hembra se diese placer con un inerte vegetal teniendo yo una ración de carne en su punto y bien sazonada. Not on my watch!. Así que me escabullí hasta su dormitorio y la esperé sentado en la cama, intentando simular que estar allí era lo más normal del mundo. Las impolutas sábanas blancas aún conservaban el calor de su cuerpo, la ventana estaba cerrada y las cortinas echadas, a pesar del calor. Sus gafas estaban en la mesita de noche, su ropa interior perfectamente colocada en una silla y la bata floreada colgada en un perchero cerca de la puerta.

  Entró zanahoria en mano y dió un respingo al verme, llevándose una mano al pecho. Al verla de frente comprobé que sus pezones también se adivinaban bajo el camisón, mucho más escotado de lo que esperaba, con intrincados encajes y un pequeño lazo rosa en el pecho.

—¡Carlitos! Hijo… Qué susto me has dado —dijo.

  Su voz temblaba y se puso aún más roja de lo que ya estaba. Cerró la puerta tras de sí pero no se movió del sitio. Al percatarse de que yo miraba la zanahoria estuvo a punto de esconderla a su espalda, pero ya era tarde para eso, y tomó una desición sobre la marcha que casi me hace soltar una carcajada: se llevó a la boca la punta estrecha del vegetal y le dio un buen mordisco.

—Me… Me entró un poco de hambre —afirmó, masticando como una enorme y sensual conejita—. ¿Qué haces aquí, Carlitos? ¿Te encuentras mal?

—Estoy bien. No podía dormir, y como vi que tenías la luz encendida se me ocurrió que podríamos charlar un rato… Si te apetece. —Di unos golpecitos con la palma de la mano en la cama, junto a mí.

—Ah… Claro que sí, cielo…La verdad es que a mí también me está costando cojer el sueño. Eh… Espera un segundo.

  Dio un paso hacia el perchero y extendió la mano hacia su bata. De ninguna manera iba a permitir que se la pusiera.

—¿Qué haces? ¿Te vas a poner eso con el bochorno que hace? —exclamé, en un tono amable pero con una pizca de autoridad.

—Pero hijo… Estoy casi en cueros.

—Anda, no exageres. Además, estamos en familia ¿no?

  No del todo convencida, se sentó junto a mí en la cama, con las rodillas juntas y las manos en los muslos. Me acerqué cuanto pude y apoyé una mano en la cama, detrás de ella, de forma que mi cabeza quedaba muy cerca de su hombro. Tenía una vista excelente de su tentador escote. No dejaba de sorprenderme lo grandes que eran sus tetas. Evitaba mirarme a los ojos y daba mordiscos ansiosos a la zanahoria.

—Qué camisón tan bonito —dije, para justificar mis largas miradas a su cuerpo.

—Bah, es un trapo viejo. Tiene muchos años y se me ha quedado pequeño.

—¿Qué dices? Te queda como un guante. Estás guapísima.

—Anda, anda… No seas tan zalamero, tunante.

  Mientras hablaba le acariciaba la espalda. Comencé por el hombro y fui bajando poco a poco, sin llegar a los límites del decoro. Ella intentaba aparentar calma, pero su respiración se aceleraba por momentos, como atestiguaba el movimiento hipnótico de sus pechos. Cada nuevo trozo de zanahoria que entraba en sus labios rosados lo masticaba más deprisa y lo tragaba con más dificultad.

—Oye, abuela… Tu y yo somos amigos, ¿verdad? Quiero decir, tenemos confianza.

—Sí… Claro que sí, cielo —respondió, algo confusa.

—¿Te puedo hacer una pregunta un poco personal?

—Pues… Claro, pregunta lo que quieras.

—Verás… Me preguntaba si… ¿has estado con algún hombre desde que murió el abuelo?

  Esta vez sí me miró a los ojos, con los suyos muy abiertos y brillantes, casi febriles. Se giró un poco y su teta derecha rozó levemente mi torso desnudo.

—¡Carlitos! ¿Pero qué pregunta es esa?

  Bajó un poco la voz, como si temiese que alguien pudiese escucharnos allí, encerrados en una habitación en una casa a kilómetros de la civilización, pero no estaba tan escandalizada como pretendía aparentar. De hecho, juraría que se esforzaba por ocultar una sonrisa.

—Vamos, dímelo. Escucha, yo no he estado con una chica desde hace más de seis meses.

—¿De verdad? ¡Con lo guapo que tú eres! Deberían salirte las novias a pares —dijo, dejando aflorar su lado más abuelil.

—Venga, ahora te toca a ti —insistí.

  Soltó un largo suspiro y de nuevo evitó mirarme. Una de mis manos estaba en su cintura y la otra la posé con disimulo en su muslo, cerca de la rodilla. Mi costado se  apretaba contra el suyo y no pude evitar darle un beso en su pecoso hombro.

—Claro que no, hijo… No he… Estado con nadie desde que enviudé —confesó al fin, y no tuve ninguna duda de que decía la verdad.

  Eso explicaba que los efectos del tónico la hubiesen llevado tan rápido, no solo a tocarse sino a buscar un sustituto fálico que introducir en su cuerpo. Llevaba dos años sin catar varón. Más que eso, ya que el abuelo había estado varios meses muy enfermo antes de entregar la cuchara. Eso era mucho tiempo para una mujer aún joven y llena de vitalidad.

—Seguro que pretendientes no te faltan.

  Me arriesgué a un segundo beso, esta vez entre el hombro y el cuello. Mi mano acarició su muslo hasta la mitad y volvió a la rodilla. Su piel me volvía loco, tan suave que a su lado la seda parecía lija y tan caliente que por un momento temí que tuviese fiebre. Su respiración se entrecortó cuando sintió mis labios pero no se quejó ni se apartó. Cada vez le costaba más articular las frases y apretaba con fuerza la zanahoria en su mano.

—Bah, cuatro viejos del pueblo… Viejos verdes… Por eso no me gusta bajar sola al pueblo. Me miran… Si vieras como me miran… Hasta en misa, ¿sabes?… Me… Miran…

  Llevé mi mano hasta su nuca y acaricié los rizos pelirrojos que la cubrían. Mis labios deambulaban entre el hombro y la clavícula, bajando poco a poco hacia el agitado pecho. Mi mano se movió hacia la parte interior de su muslo, con la esperanza de que sus rodillas se separasen.

—Y dime… ¿Te gusta que te miren? ¿Te excita?

—Qué tonterías dices… Claro que… No… No digas… Bobadas…

  Nerviosa y al borde de la taquicardia, se llevó la zanahoria a la boca para darle otro mordisco. Se lo impedí agarrando su muñeca. Le quité el vegetal de la mano y lo dejé en la mesita de noche, junto a sus gafas, el rosario y la lámpara que nos iluminaba con su luz cálida y crepuscular. Era hora de pasar a la acción. Si no aprevechaba la oportunidad que se me presentaba esa noche lo lamentaría el resto de mi vida. Me bajé los pantalones y me eché hacia atrás en la cama, apoyado en los codos. Mi moreno ariete de cabeza rosada quedó libre, más duro y dispuesto para la acción de lo que nunca había estado. Fui tan rápido que no le di tiempo a reaccionar. Solo pudo mirarlo con las cejas levantadas mientras cabeceaba al ritmo de mis latidos, apuntando al techo.

—Deja eso. Tengo algo mejor que puedes llevarte a la boca.

  No fue una frase precisamente sutil pero ya os dije que no se me da muy bien hablar con mujeres, sobre todo cuando estoy muy cachondo. Ella apartó la mirada después de unos largos segundos y suspiró.

—Ca-Carlitos… Por el amor de Dios… ¿qué haces?

  Su voz era apenas un susurro agudo y trémulo. Al menos no me había llamado “Carlos”, cosa que solo hacía cuando estba muy enfadada, ni se había apartado de mí.

—Al menos mírala y dime si es más grande —dije, sonriendo con malicia.

—¿Más grande? —preguntó. Volvió a mirar mi polla y ésta la saludó con un ligero cabeceo.

—Más grande que la zanahoria. ¿Es más grande?

—Sí… Sí, es mas grande. ¿Contento?

—¿De larga o de gorda? —volví a preguntar, intentando que no dejase de mirármela.

—Ay, qué pesado… Las dos cosas. Es más larga y más… Gorda. Ahora déjate de tonterías y súbete el pijama.

—Venga, no seas así. ¿Por qué no la acaricias como has hecho antes con la zanahoria en la cocina?

—¿Qué? ¿Me has visto? —exclamó, avergonzada.

—Sí. Ya sabía que no la habías cojido para comértela, tunanta.

—Pero serás… sinverguenza —dijo, simulando más enfado del que sentía.

—Vamos, solo un poco.

  Agarré su mano y la conduje hasta mi majestuoso totem de la virilidad. Lentamente rodeó el tronco con los dedos y ejerció la presión justa para notar lo duro que estaba, y para que el capullo se hinchase un poco más. Mi abuela, mujer de campo, no tenía las manos suaves de una señora de ciudad, pero en ese momento no podía imaginar nada más agradable. Eran unas manos de arcilla húmeda, de tierra mojada por la lluvia y de pastel recién hecho. Cuando comenzó a moverla, muy despacio, arriba y abajo, tuve la sensación de estar en casa por primera vez. En el verdadero hogar que tantos años en la ciudad me habían hecho olvidar.

—Solo un poco, ¿eh? Un ratito y… Te vas a tu habitación —dijo, con una halagüeña falta de convicción.

  Mientras me regalaba una pausada y afectuosa paja, sus ojos verdes dividían su atención entre mi rostro embelesado y mi verga, en cuya punta brillaba una gota de presemen. Tardó poco en resbalar hacia abajo y deslizarse por sus dedos, cosa que no le molestó. Yo no quitaba ojo de su cuerpo. Se había inclinado un poco sobre mí, subiendo una rodilla a la cama. En esa postura su cadera formaba una curva que me volvía loco y su prieto canalillo un profundo barranco por el que gustosamente me hubiese arrojado. No era una postura premeditada, como las de las zorras de las revistas o las películas. De forma instintiva su cuerpo sabía cómo resultar sensual y atrayente.

—¿Por qué no te quitas el camisón? Hace mucho calor.

  De repente miró a la puerta del dormitorio y a la ventana, como si temiese que alguien pudiese entrar o espiarnos desde la oscura noche. El movimiento de su mano se hizo más lento pero no se detuvo.

—De eso nada. No me voy a desnudar.

—No es justo. Yo estoy desnudo.

—Tú no tienes vergüenza —dijo, sonriendo.

—Al menos bájatelo. Enséñame las tetas, porfa —supliqué, como si tuviese cinco años y le estuviese pidiendo un helado.

  Por suerte, nunca le había negado a su nieto un helado, y me moría por esas dos enormes bolas de dulce vainilla. Dejó de meneármela y se lo pensó durante unos segundos que se me hicieron eternos. Me miró con el ceño fruncido y una ambigua sonrisa en los labios, entre tierna y sardónica. Deslizó los tirantes por los hombros y se bajó el camisón hasta el ombligo. Ahí estaban por fin, en todo su esplendor. Dos pechazos enormes y pálidos, llenos y desafiantes. Colgaban un poco debido al peso pero no habían perdido del todo la firmeza de épocas pasadas. Lejos de afearlos, las numerosas pecas les daban un aspecto aún más delicioso, como la canela rociada sobre el arroz con leche. Las areolas rosadas tenían el tamaño de una galleta “María” y los pezones eran gruesos y cortos, como sensibles botones listos para ser pulsados.

—¡Joder! Son la hostia —exclamé.

—Esa boca, Carlitos —me regañó.

—Perdona.

  Volvió a tocarme la zambomba, esta vez a dos manos, subiendo y bajando a un ritmo constante que se aceleraba muy gradualmente. Estaba claro que no esra la primera vez que masturbaba a un hombre. Debido a la postura de sus brazos sus pechos se apretaban uno contra otro, y temblaban a medida que su masaje se hacía más intenso. Si pretendía ordeñarme y mandarme a dormir como a un niño bueno es que no me conocía en absoluto.

  Aparté sus hábiles manos de mi verga y me levanté de la cama. La sujeté por los codos y tiré con suavidad, indicándole que se pusiera en pie, cosa que hizo sin oponer resistencia. Quedamos frente a frente, yo totalmente desnudo, con la punta brillante de mi estoque apuntando al frente. Ella con las tetas al aire y el camisón arrugado en torno a sus caderas. Se lo bajé del todo y me quedé de rodillas, acariciando sus piernas desde los tobillos hasta las nalgas. Acerqué mi rostro a su pubis y mi prominente nariz se hundió en el triángulo de pequeños rizos pelirrojos. Más abajo se adivinaba el comienzo de un coño tan carnoso y suculento como el resto de su cuerpo.

  Por una causa o por otra, a mis 19 años nunca me había comido un chichi. Había escuchado a mis amigos hacer exagerados comentarios sobre lo difícil que era hacerlo bien, así que no quise arriesgarme a decepcionar a la diosa campestre que tan dócilmente parecía entregarse a mis deseos. Me puse en pie despacio, besando cada centímetro de piel por el camino, subí por la curva de su vientre hasta que mis mejillas se encontraron entre sus divinas mamellas. Ella encadenaba un suspiro tras otro y se estremecía bajo las caricias de mis manos y labios.

  Hundí los dedos en la mullida abundancia de sus tetas y me recreé a gusto jugando con ellas. Las amasé, las empujé una contra otra dejando mi cara en medio, aspirando el olor de su pecho, familiar y al mismo tiempo de una excitante novedad. Llevé mi lengua en círculos por los caprichosos relieves de sus areolas, como si leyese un mensaje secreto escrito en Braille. Chupé ambos pezones con la misma avidez de lactante, los apreté entre los labios, los atrapé con los dedos y me embriagué con su sabor. Los tímidos gemidos que llegaban a mis oídos me animaron a dar un paso más.

  Subienso la boca hasta su cuello metí la mano entre sus piernas. Entre el bosque rojizo encontré sus abultados labios mayores, rollizos y tiernos como las dos mitades de un bollo recién horneado. No me costó encontrar el hinchado clítoris, le dediqué un breve masaje y después introduje mi dedo anular a fondo. Entró en la cueva como un insolente hurón en madriguera ajena. Estaba más húmedo de lo que esperaba y tan caliente que la sofocante temperatura de la habitación parecía en comparación una ventisca invernal.

  Cuando lo sintió dentro, moviéndose sin recato alguno, ella se puso de puntillas, lo cual acrecentó nuestra diferencia de estatura. Las robustas piernas se tensaron y sus manos se aferraron a mis hombros. Al primer dedo se unió un segundo y un tercero, sin encontrar más resistencia que la angostura de la gruta, una estrechez que cedía poco a poco a mi invasión.

—Carlitos… Por Dios… ¿Qué haces? Ay, Señor… —rezaba, con un hilo de voz.

  Pero esa noche Dios miraba hacia otro lado, permitiéndonos consumar un pecado tan grave como placentero. El crucifijo de la pared era un simple trozo de madera y el rosario de la mesita nada más que un collar de cuentas. Aunque se quejase, mi abuela no hacía nada por detenerme. Solo se mostró reacia a separar los labios cuando los besé, tras conseguir que su cabeza bajase a una altura adecuada. La actividad incansable de mis dedos la obligó a abrir la boca para dar salida a un gemido y aproveché la ocasión. En cuanto nuestras lenguas se tocaron dejó de resistirse. Nos fundimos en un largo beso. Sus brazos me rodearon y acarició mi pelo y mi espalda mientras las lenguas jugueteaban dentro y fuera de las hambrientas bocas. Su saliva sabía a zanahoria, largas tardes de verano y mañanas de navidad.

  Por supuesto mi polla, apretada contra su muslo, no había perdido ni un ápice de su dureza. La prolongada erección comenzaba a provocar una molesta tirantez y supe que era hora de subir la apuesta. El momento del doble o nada. Sin dejar de besarla la tumbé en la cama y me coloqué sobre ella, mirándola cara a cara. Sus mejillas arreboladas ardían y los ojos verdes se clacaban en los míos con una intensidad que nunca había visto en ellos. Los labios entreabiertos, rosados y húmedos, dejaban escapar la agitada respiración. Yo estaba empapado en sudor y su piel brillaba a la luz de la lámpara

—Hijo… ¿Qué estamos haciendo? No podemos…

—No pasa nada. Relájate.

—Ay… Qué Dios nos perdone…

  Me agarré el cipote y busqué con la hinchada cabeza la abertura que ya habían disfrutado mis dedos. No me costó encontrarla. Todo el voluptuoso cuerpo de mi anfitriona se estremeció cuando la penetré lentamente, sin brusquedad pero de una sola vez. Me dejé caer sobre ella, besé su pecho y busqué de nuevo sus labios, dejando que la sintiera palpitar dentro. Sus fuertes dedos se clavaron en mis hombros y un largo suspiro envió contra mi rostro un vendaval de aire cálido. Mis primeras acometidas fueron lentas y cuidadosas. Notaba las contracciones de su poco transitado túnel apretando mi vagón de mercancías, notando como se ensanchaba poco a poco. Mientras tanto sobaba y lamía sus tetas, besaba su cuello o buscaba de nuevo el sabor de su lengua.

—Te quiero mucho —susurré cerca de su oreja.

—Y yo… Y yo a ti, cielo… Pero esto… Esto que hacemos… No…

—Sssh. Tranquila.

  Me incorporé sin sacársela, arrodillándome en la cama. Agarré sus magníficas pantorrillas y las coloqué en mis hombros, sin dejar pasar la ocasión de besarlas y acariciarlas. Apuntalé los brazos a ambos lados de su cuerpo y dejé caer con cuidado mi peso, mirándola a la cara. En esa postura mi polla se hundía más profundamente y el contacto de mi pelvis contra sus muslos levantados se materializó en sonoras palmadas de piel húmeda cuando aceleré el ritmo de mis embestidas. Ella se agarró a mis brazos como si temiese ser arrastrada por un huracán, cerró los ojos y su cuello se arqueó sobre la almohada mientras mezclaba jadeos y quejidos con genuinos gritos de placer. Cuando la vi apretar los dientes y sentí en mis hombros los rápidos espasmos de sus piernas supe que estaba teniendo un intenso orgasmo. Puede que el primero desde hacía más de dos años, al menos en compañía.

  Su clímax fue largo y ruidoso, en gran parte gracias a los muelles del viejo colchón, que chirriaban como una bandada de urracas afónicas. Yo bombeaba cada vez más fuerte. La acometía de tal forma que sus rodillas casi le tocaban el pecho. Agarrado a sus tobillos y con mis muslos rozando los suyos, me la follé como nunca me había follado a nadie, gruñendo y jadeando como un verraco. En pocos minutos me vacié dentro de ella. Acompañadas del orgasmo más intenso que había tenido nunca, oleadas de semen caliente viajaron desde mis huevos e inundaron su no menos ardiente coño.

  Agotado, le permití separar las piernas y quedé tumbado sobre ella, recuperando el aliento con la cabeza sobre su pecho. Cuando mi verga perdió parte de su dureza y salió de ella, pude notar cómo mi viscoso regalo rezumaba y manchaba las sábanas, tal era la cantidad que había descargado. Sentí su mano acariciando mi pelo, apelmazado por el sudor, y escuché un profundo suspiro.

—Ay Carlitos… ¿Qué hemos hecho?

—Echar un polvo. Ni más ni menos —dije, mientras acariciaba y besaba la teta sobre la que se apoyaba mi cara.

  Mi sinceridad me hizo ganarme una colleja, más afectuosa que agresiva. Aunque no había opuesto resistencia y claramente había disfrutado, a mi abuela no le entusiasmaba la idea de haber tenido ayuntamiento carnal con su joven nieto. Cuando se esfumasen del todo los efectos del tónico, lidiar con su arrepentimiento podría ser un problema. Pero ya me ocuparía de eso cuando tocase. En aquel momento me sentía tan feliz que nada podía preocuparme.

  De repente, el cuerpo de mi acompañante se puso tenso. Me hizo rodar sin esfuerzo sobre la cama y se sentó, con las piernas abiertas, mirando hacia abajo.

—¡Virgen Santísima! Tengo que lavar las sábanas.

—¿Ahora? Ya las lavarás mañana.

—¿Pero qué dices? Y si mañana viene alguien y, Dios no lo quiera, las ve en la cesta de la colada. ¿Qué pensarían? —elucubró mientras se ponía de pie junto a la cama—. ¿Y si vienen tus padres? ¡Ay Dios, tus padres! Ya sabes como es tu padre, que a veces se presenta sin avisar. Que no pasa nada, al fin y al cabo esta también es su casa, pero imagina que se presentan mañana y…

—Cálmate. Nadie se va a enterar —la tranquilicé.

  Pero estaba decidida a eliminar las pruebas del delito en ese mismo momento. Agarró las sábanas y tiró de ellas con fuerza. Con tanta que me pilló desprevenido y fui a parar al suelo. Me miró asustada hasta que comprobó que estaba bien. Entonces se echó a reir, como no la había escuchado reirse en años, con carcajadas de genuina alegría. Yo también me descojoné y me deleité en los temblores que la hilaridad causaba en su cuerpo desnudo. Le fallaron las piernas y cayó sobre la cama, intentando detener el ataque de risa entre suspiros e hipidos.

—Ay, qué locura… Qué locura, hijo…

CONTINUARÁ

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