AMIIE AGUIRRE

Tus ojos se centraron en los míos, la idea que invadía nuestra mente era perversa; tanto tú como yo, sabíamos que era cuestión de tiempo. Por un instante pensé que retrocederías a la invitación, pero no fue así, tu mirada se llenó de oscuridad cuando nos volvimos cómplices ¡Fue tan caliente saberlo!

Entre tú y yo la vergüenza se había esfumado, oírte decir tantas cosas una noche atrás, me hizo comprender que cualquier juego sugerido, tú lo seguirías, y no para complacerme, sino para complacerte a ti misma; tus ganas de explotar se hacían cada vez más grande.

Lo que se necesitaba era un participante, alguien que sin miedo pudiera seguirnos el paso y acceder a tantas ideas locas. Una sola excusa bastó, una sola mirada fue suficiente y con seguirnos al interior de la casa, se envolvió en ese juego sucio que estábamos por comenzar.

Él, un tipo no muy alto, de cuerpo atlético, de brazos y manos fuertes, dedos largos, ásperos y abultados, cabello con caída libre hacia los hombros, ojos grandes y coquetos, espalda ancha y en su mirada, el hecho de no comprender del todo, pero dispuesto a participar.

Los movimientos del cuerpo iniciaron la experiencia. No hizo falta contar hasta tres o palabras como “adelante”. Sin rodeos, te veo besarle tan apasionadamente, que desde el principio me fue imposible no mirarte, te comías sus labios como queriéndolos arrancar. Como si fuera la primera vez que disfrutabas del fruto prohibido.

Tuve que moverme rápido para no quedar fuera del juego, por lo que me acerqué para quedar frente a ti mientras él nos miraba, y sin pedir permiso te besé. Ante tan inesperado acto, los ojos del chico se ensancharon y puedo decir que, si tenía alguna duda, en ese momento, no le importó nada más. Las caricias se hicieron presentes entre las dos, pero cuando él se incorporó, la ecuación fue perfecta.

Sabía cuál sería mi papel, en mi mente solo podía pensar en saciar tu libido. Miles de ideas pasaron por mi cabeza, pero solo una se quedó por el resto de la noche: quería verte jugar mi juego.

Mientras él te besaba la espalda, yo devoraba tu boca. Tus manos se sujetaron en mis brazos, se cerraron con fuerza y un suspiro profundo escapó de tu pecho; te elevaste un poco y pude sentir tu gusto por tenerlo dentro de ti. De un solo golpe llenó tu espacio, en un solo movimiento te sorprendía. Había una mueca de gozo en tu boca, te recuerdo saborearte los labios y arquear la espalda haciendo el ángulo correcto y así facilitar la tarea.

Y comenzó ese movimiento lento, fuerte, rápido, fuerte, luego suave, después fuerte.  Tus nalgas pegadas a él, tus senos pegados a mí. No sé porque, pero bajé, decidí aprovecharme de la situación y con mi lengua recorrí tus pechos, tu estómago y tu vientre hasta llegar a mi destino, vi su miembro hundido en ti, para luego alzar la mirada y verte envuelta en ese fuego como la diosa Venus.

Quería lamer tus labios, pero en su lugar me puse de pie para observar la lujuria en tus ojos. Ver tu boca apretarse y de repente dejar escapar sonidos de placer, ni la melodía más fina podía compararse, lo estabas disfrutando. Me acerqué, en mi oído se generaban remolinos con tus suplicas: ¡Sí! ¡Así! ¡Ahí! Tus uñas clavándose en mi espalda, que no importó el dolor, yo me deleitaba con la agresión, me sabia jodidamente placentero. Y tu boca en mi oído, tu oído en mi boca, tu respiración en mi cuello, la electricidad que provocaba en cada poro de la piel. Deseaba darme el crédito, claramente estaba funcionando.

Te observé con cuidado, no quería perder ningún detalle. Mis ojos pesaban por las horas en la madrugada y por el alcohol en la sangre, aun así, estaba atenta.

Agotada, te acomodaste en el sillón. Tus piernas temblaban, tu cuerpo no reaccionaba, pero pocos minutos después, al verlo listo para otro encuentro, tomaste al chico y lo sentaste, así que lo tomaste para ti. Vi como lentamente te fuiste sentando y al llegar al fondo, moviste tus caderas. Un ritmo salvaje y desesperado que en ninguna danza se había visto jamás.  Disfruté de él tomándote a su gusto, de los dos olvidándose de mí, aunque sabía bien que ambos gozaban con el hecho de sentirse observados.

Había tomado lugar en uno de los sillones de la sala, finalmente me disponía a disfrutar del espectáculo, cuando el chico se puso de pie, te tomó en sus brazos, tus piernas rodearon su cuerpo y con un solo movimiento la gravedad fue testigo cuando lentamente, tu trasero cayó sobre su pene. Te subía y bajaba a su antojo sin esfuerzo. Para después, bajarte de prisa y colocarte frente a la pared y sin avisar penetrarte de nuevo. Cuanta habilidad estaba observando. Mirar la precisión de sus movimientos me generó cierta envidia, pues de la nada, me imaginé estando en tu lugar.

Cada vez que te separabas, te jalaba con fuerza para que quedaras pegada completamente a él. Una unión entre dos cuerpos desnudos, sin espacio entre ellos, sellados a presión.

Recuerdo haberme recostado, quería tener la mejor vista, pero cuando tu éxtasis fue más grande no pude más. Me levanté del asiento y los llevé hasta el sillón para que él quedara debajo de ti, y mientras seguías montándolo, pero ahora dándole la espalda, me hinque tomando tus caderas y sincronizando el ritmo de los tres. Una de mis manos te soltó y fue hasta tu sexo, mis dedos se mojaron de ti y sin pensarlo me atreví a meterlos al mismo lugar donde él estaba. Sentí como te estremecías al tacto, cómo tus paredes se contraían ante los invasores que se resbalaban.

Cuando supe que estabas por terminar, por unos segundos dudé, pero instintivamente te probé; una mezcla de deseo con agua salada por el sudor fue el clímax de una historia sin planearse, el desenlace de una travesura, y cuando sentiste mis labios succionarte con fuerza, cuando mi boca resbaló por los pliegues de tu sexo, cuando mi lengua jugueteó con tu clítoris, por mi garganta corrió la magia de tu cuerpo.

No sé en qué momento paramos, solo sé que mi cabeza daba vueltas y mis labios estaban empapados, no supimos a qué hora la noche dejó de ser noche y los rayos del sol nos invitaba a tomar descanso. No supimos cuando fue que la ropa cubrió los cuerpos, de hecho, no logro recordar como al inicio desapareció. Solo sé, que, al siguiente pestañeo, ya nos encontrábamos tomando café.

Así, como si nada.

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