ALBERTO MORENO

«Rubiales”, diez minutos antes de morirse mando a la mierda a todo el mundo.
Todo el mundo era su familia, sus pocos amigos y no tuvo tiempo de censar al resto.
El apodo “rubiales” se lo pusieron de niño. Tenia un flequillo rubio y el resto del pelo era oscuro, sin llegar a negro.
Su nombre Fulgencio Muñoz Pacheco, solo se usó para pasar lista cuando hizo el servicio militar,
cuando se caso y el cura le pregunto si quería casarse y las dos veces que fue a votar.
El mismo, casi no recordaba su nombre.
Murió de viejo, en paz con dios, pero no con los hombres.
Su escasa instrucción le impedía razonar. Las cosas eran blancas o negras, las medias tintas le sacaban de quicio.
Había salido de su pueblo dos veces, cuando hizo el servicio militar en otra provincia y cuando el cura organizo un viaje, en realidad una cruzada, en dos autobuses a ver al Papa en Roma.
La organización de la odisea duro un año. Entonces ya estaba casado, trabajaba de peón en la fábrica del tabaco de su pueblo. Rondaría los cuarenta.
La peregrinación fue idea de Mercedes, la beata que abria y cerraba la iglesia, encendía los cirios y las velas y lavaba las sotanas al cura.
Al padre Dimas, le parecio bien, lo hablo con el alcalde y este dio su aprobación.
Una mañana de domingo, durante la misa mayor de las once, se encaramo al púlpito y anuncio el proyecto.
Estuvo encendido, el sermón, vehemente y acalorado llego a prometer que a los viajeros, El Hacedor les protegería por vida.
Al “Rubiales”, el favor de Dios le traía sin cuidado, pero el torrente que se formo en el pueblo dejo si capacidad de decisión a los vecinos. ¡O ibas o eras un mierda!.
Asi lo expreso el sargento de la guardia civil en el mostrador de la taberna una tarde.
En un principio no se sabia la fecha y nadie se atrevia a preguntar cuanto costaba.
Con el paso de los días, el plan empezó a tomar forma, consultaron con una empresa de autobuses y esta acostumbrada a estos eventos facilito algunos datos.
Ir a Roma requeria dos días enteros para llegar y otros dos días para volver, habría que estar en el Vaticano otros dos días y habría que solicitar la audiencia al menos con seis meses de antelación.
Consultaron con el Obispo de la provincia y este prometio hacer el tramite.
El proyecto acaparo la vida del pueblo. Algunas vecinas comenzaron a comprarse modelitos, el director de la agencia bancaria no cejaba de pensar como sacar tajada. Al final el importe del viaje se perfilaba, entre mil y mil quinientas pesetas por barba.
Algunos bolsillos se alarmaron, otros los pudientes, dijeron ¡Que caro!, pero dieron su visto bueno.
¿Y hace falta pasaporte pregunto el boticario?.
La empresa de autobuses, dijo que eran necesarios.
Como el obispo no hablaba de fecha, las cosas iban despacio. El director del banco se ofreció a tramitar los pasaportes, de paso informo de prestamos con intereses modestos, la mujer del “Rubiales” pidió uno.
Al fin, el dia uno de Julio, a las seis de la mañana, los dos autobuses, desde la plaza del pueblo empredieron el viaje. Eran ochenta adelantados, con el animo henchido de los conquistadores del Orinoco.
Don Dimas y doña Mercedes comandaba un autobús, en el otro el Alcalde y el sargento de la guardia civil el otro.
Con los nervios, el “Rubiales se habia subido en uno y su mujer en el otro. En la primera parada, cuatro horas después, se acomodaron juntos.
La parada sirvió para aliviarse y para comer un bocadillo. Los conductores avisaron que no pararian hasta el final de la jornada. La dormida no estaba organizada, dormiririan en el autobús.
El segundo dia del viaje fue un calco del primero, a las nueve de la mañana del tercer dia hacían su entrada en Roma. Nunca habían visto una ciudad tan grande, por las ventanillas, miraban patidifusados. Los conductores se dirigieron al Vaticano, en una explanada colindante aparcaron los autobuses, tampoco la dormida estaba organizada.
Los ochenta peregrinos, como un rebaño de borregos se dirigieron a la plaza de San Pedro. La audiencia estaba prevista para las doce. En los prolegómenos surgió una inconveniencia: los próceres pensaban que el sargento de la guardia civil debería vestirse de paisano, el tricornio de charol negro y el uniforme verde oliva, con la inmaculada túnica blanca del Papa a escasos tres metros, como que no encajaba.
El problema es que el sargento no traía ropa de paisano. Doña Mercedes propuso vestirlo con una sotana del cura, que traía de reserva.
La idea prospero, el sargento a regañadientes consintió el vituperio.
Todo salio bien, la audiencia duro cinco minutos, el pontífice bendijo a los ochenta de una atacada.
Doña Mercedes, estuvo a punto de levitar, después no cejaba de decir que habia visto a Dios.
El Rubiales, aquella monserga ni fu ni fa, solo dijo al salir: ¡Coño, que lujo!.
El devenir fue olvidando el viaje, el pueblo volvió a su rutina, el Rubiales, se jubilo, años después se quedo viudo y su vida le dirigía a lo inevitable.
Los viernes, iba a la taberna, se bebia dos tragos, escuchaba o decía algún improperio y se marchaba a su casa.
Cuando llego el dia, primero desfilo el medico que dijo que aquello no tenia solucion, luego vino el cura, que era nuevo, llevaba en el pueblo un año.
Le dijo en latin cuatro chorradas y se fue.
Habia algún familiar.
Cuando murió, aquel dia y los siguientes, el cielo se abrió en canal y calleron chuzos y un agua marron que traía polvo del desierto. En las macetas crecieron ortigas y las gallinas no quisieron poner huevos, en el campo, las bestias no querían comer la yerba.
Habia muerto un sucedáneo de James Dean, otro rebelde sin causa.
Fin

Deja una respuesta

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s