LOLA BARNON

Capítulo 12

Amalfi

He llegado a Nápoles. Hace calor y la ciudad es desordenada, bullangera y parece sacada de una película antigua. Cuando salgo de la terminal, veo a Macarena y a otra mujer, esperándome. Las dos me sonríen y la que no conozco le dice algo a mi cliente. Ninguna me quita el ojo de encima y se ríen cuando la segunda le susurra a Macarena aquello que no puedo escuchar.

Están morenas, con la piel tersa, bronceada, y que resalta con los colores claros que visten. Macarena de blanco impoluto, camiseta y shorts. La amiga, azul celeste la camisola y pantalón también corto de color amarillo desvaído.

A la amiga le calculo casi los mismos años que a Macarena. Mi cliente sé que tiene treinta y nueve, porque una vez lo vi en su documento nacional de identidad, que cayó al suelo al pagar una cena con la tarjeta de crédito.

Mientras avanzo, me pregunto qué papel tiene en realidad esa amiga que se ha traído y que me mira descaradamente, escaneándome de arriba abajo. Quizá también entra en el trato que me ofreció y por eso me paga tanto dinero. No voy a discutirlo si es así.

—Hola, encanto —me dice Macarena cuando llego hasta ellas.

Se acerca y, de puntillas, me besa en la boca ligeramente. Su amiga sonríe.

—Es Eva. Una amiga mía —me dice—. Joder, qué guapo eres… —susurra volviéndome a besar, esta vez con un poco más de fuerza.

—Sí que lo es… —secunda la tal Eva colocándose las gafas de sol y empezando a andar hacia el parking.

—¿Qué tal el viaje? —pregunta Macarena, también poniéndose unas gafas de sol, más de espejo que las que lleva su amiga.

—Bien, sin problema. Un vuelo tranquilo.

Andamos hasta un coche deportivo de cuatro plazas. Es descapotable y de color negro.

—Toma… —me tira las llaves Macarena con una amplia sonrisa—. El GPS está en italiano, pero así es más gracioso.

Abro con el mando a distancia, coloco mi equipaje en el maletero y ellas se acomodan. Eva detrás y Macarena en el asiento delantero de al lado del conductor. Me siento y ajusto el volante, los espejos, y regulo la distancia del asiento.

—Te tengo ganas… —me dije sonriendo mientras pasa su mano por mi pierna.

Eva se ríe sin disimular.

—Ella, también, no te creas. —Y Macarena vuelve a carcajearse.

No digo nada, me limito a asentir con una sonrisa, y arranco el coche. Macarena manipula el GPS y empieza a guiarme —en italiano— hacia la costa de Amalfi.

—Espero que te guste la villa —me dije ella jovial.

—Te irías igualmente con él a una chabola, guapa —apunta Eva—. Yo también, la verdad. —Ambas vuelven a reír.

Hace un día magnífico. De un cielo azul claro y un calor tibio de brisa permanente. El trayecto es de unos sesenta kilómetros hasta la casa, que está en Positano. Vamos hablando, tranquilamente. Ambas están de buen humor y bromean constantemente conmigo. Sé que a Macarena le excita y disfruta poniéndome en aprietos. En realidad, no solo a mí, sino a cualquiera de su alrededor. A mí no me importa, porque ese juego de dobles sentidos, de palabras que quieren expresar sexo de manera suave y contenida, pero firme, me hace gracia. Eva le sigue la broma y parece que, no solo está acostumbrada, sino que también se divierte.

Tras una hora de conducción, la carretera empieza a serpentear y subir paralela a la costa. Hay tráfico y los italianos no son conductores tranquilos. Muchos van a considerable velocidad, sin disfrutar el maravilloso paisaje que se va abriendo según ascendemos. Macarena mira hacia el mar que se extiende desde aquella altura y respira con profundidad. Me acaricia el brazo, llegando hasta la mano que tengo en la palanca de cambios, y sonríe.

Cuando llegamos a la villa, me quedo absorto por las vistas. Son magníficas. Desde la terraza, rodeada por una balaustrada amplia, blanca impoluta, se ve todo el mar, espléndidamente azul y un cielo sin una nube. Apago el motor y me quedo mirando extasiado. Es muy bonito. Noto el brazo de Macarena que me rodea por la cintura.

—¿Te gusta?

—Mucho —digo con una amplia sonrisa.

—¿Tú crees que follaremos bien aquí? —me pregunta con picardía, mientras me da una suave palmada en el culo.

Me limito a sonreír. Yo también llevo gafas de sol y me resguardo en ellas. En ese momento estoy pensando en Vicky y que me gustaría un día poder traerla a un sitio como estos.

—¿Vamos? —me dice Macarena—. Tengo hambre. Ya nos distraeremos con las vistas… —vuelve a incidir con picardía.

Empezamos a andar hacia el coche que se ha quedado en la entrada de la villa. Cojo mi maleta y sigo a Macarena.

—¿Te parece atractiva Eva? —me pregunta enfilando la entrada de la casa.

—¿Por qué lo dices? —pregunto, aunque intuyo la respuesta o intención,

Ella se ríe ampliamente y vuelve a acariciarme la cara.

—Me encantas. Y todavía más, cuando te haces el inocente…

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Las chicas como yo nunca


besamos en la boca


(Vicky)




Las putas no besamos en la boca nunca. O casi nunca. Y si lo hacemos con un cliente, mentimos. Lo cierto es que muy pocas veces decimos la verdad. Aunque con quien estemos esa tarde o esa noche sea agradable o nos caiga bien. Es inevitable pensar en un sentido estrictamente monetario y evitar contactos que puedan significar, aunque sea mínimamente, otra cosa. Y un beso, en ocasiones, es mucho más íntimo que acostarse con alguien.


Un cliente es lo mismo que un fajo de billetes. Nada más. Ni tampoco podemos permitir que traspase esa línea. Una hora, una noche. Sexo, conversación, paseos por la playa, cenas… Lo que sea, pero monetizado.


No somos mujeres normales, aunque tengamos como todo el mundo, sentimientos o ilusiones. En mi caso, todo lo que yo considero como el inicio de mi vida en la prostitución, viene de mi familia. O de lo que a duras penas puedo llamar así. No conocí a mi padre. Las pocas veces que mi madre me contó algo sobre él, siempre me dijo que era un hombre muy apuesto, de una gran familia y que no podía hablar porque se formaría un escándalo mayúsculo. Tonta de mí, yo me lo creí… Hasta que, con doce años, supe la verdad. Mi padre era parecido a mi madre. Alguien sin futuro y un pasado turbio. Al parecer, con alguna condena en firme y una huida a algún país sudamericano. Ni siquiera lloré cuando lo supe. Creo que fue tanto el impacto de conocer la realidad, que me dejó absolutamente noqueada, impactada. Incapaz de reaccionar.

Las malas noticias y el mal fario me ha perseguido siempre. Nunca he dejado de tener mala suerte o, muy posiblemente, mi pasado es el que me persigue sin descanso. Seres como mi madre, mi padre o Marcelo, han marcado mi vida. Y lo siguen haciendo…

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