ALICIA RGUEZ

Atravesó el patio protegida con una pañoleta negra que le cubría la cabeza. Era tarde y la fina lluvia de cenizas no cesaba, no había dado tregua ni un solo minuto. Entró en la vivienda, se despojó de las viejas prendas que llevaba encima, se abrigó con su bata de franela gris y penetró en la penumbra de la habitación como un rayo de esperanza que se cuela en medio del caos. Portaba en sus manos temblorosas una palmatoria de bronce con una vela encendida. Se acercó a la cómoda y la depositó sobre el cristal que cubría la madera. La llama bailó durante unos segundos y proyectó sombras inquietantes en la inmensidad de la estancia. De pronto, la luz iluminó el espejo y reflejó el rostro apergaminado de la anciana. Ella se miró con una curiosidad infinita, como si no reconociera a esa mujer que la observaba a través del deslucido cristal y la hechizaba con sus profundos ojos negros. El paso del tiempo había sido implacable. Vio a una anciana huesuda, de manos frágiles y cabellos de plata; descubrió, entonces, que un halo de tristeza se había apoderado de su mirada. En ese instante, sus lágrimas se deslizaron apresuradamente por su rostro y observó cómo caían encima de la vela y apagaban la llama. En ese momento, un gran estruendo estremeció los cimientos de la casa y su cuerpo delicado vibró como un junco que mueve el viento. Se quedó  paralizada.

─¿Qué ruido es ese?

Una voz mortecina surgió del interior de la cama.

─Son los fuegos artificiales de la fiesta. Duerme ─dijo la anciana.

El rugido del monstruo sonaba atronador, cada vez más y más intenso, como si se arrastrara en las profundidades de la tierra y luchara desesperado por salir al exterior. Su quejido constante era un lamento infinito.

 Una nueva explosión volvió a sorprenderla. La casa se agitaba, se zarandeaba, se removía…, pero ella reaccionó y, como una equilibrista, a tientas, se aproximó al lecho, se sentó en el borde, extendió su mano y le acarició el semblante. Inmediatamente, el aroma a tierra, a especias, a madera, a cuero… inundó la habitación. Su aroma había permanecido inalterable a través de los años. Ella nunca lo descuidaba y procuraba mantener viva su esencia, aquella que la había enamorado. Él se sintió feliz y prosiguió contemplando los crisantemos dorados, rojos…, los misiles plateados, las palmeras de colores que estallaban y se extendían como una sombrilla majestuosa en el azul del cielo.

La anciana, sigilosa, se dirigió a la ventana, la abrió y un aire gélido penetró en la habitación. Un olor fétido le revolvió el estómago. Olía a demonios.

En la oscuridad de la noche pudo contemplar las llamaradas de fuego que escupía el volcán y las grandes lenguas incandescentes que salían de sus numerosas bocas y corrían montaña abajo para fundirse con el mar en un beso húmedo y apasionado.

No durmió, no podía. Las constantes explosiones y el olor a azufre la mantenían alerta, mientras que su marido, en la cama, disfrutaba con el espectáculo de innumerables fuegos de artificio.

Se concentró en el paisaje rusiente, en las coladas de lava que arrasaban sin control las viviendas, la carretera, el colegio, las plataneras… La lava lo engullía todo y ella sufría. Su corazón se retorció de dolor y su cuerpo se desplomó en el alféizar de la ventana. No entendía por qué el volcán, que había permanecido dormido, despertaba.

Hizo un gran esfuerzo y se incorporó. Fijó sus ojos en el rojo candente de la lava y su mente se perdió, por unos instantes, y se trasladó al día en que ella caminaba, nerviosa, con su imponente vestido blanco sobre el suelo empedrado de la ermita y él, impaciente, la contemplaba.

Habían transcurrido setenta y un años, aunque su esposo, extraviado en un denso mar de brumas, no lo recordara. Se habían enamorado en la Verbena de San Juan.  Él la  miraba y ella, atrevida, lo invitó a bailar, tenían catorce años. Desde ese momento, nunca se habían separado.

Rememoró lo aguerridos que habían sido en la batalla. Emigraron siendo muy jóvenes. Se arriesgaron a cruzar el océano a lomos de un una goleta de treinta y tres metros de eslora. Huían de la miseria y la represión que se apoderaba de Canarias. Se instalaron en América y dieciocho años más tarde, nostálgicos de su tierra, regresaron. Se afanaron en construir un hogar y fabricaron, con sus propias manos, su casa.

Amanecía. A través del cristal pudo percibir con nitidez  la columna eruptiva que se elevaba densa y negra, con majestuosidad, hacia el cielo. Se sobrecogió. Cerró la ventana, se dirigió a la habitación y como un espectro se introdujo en el lecho y cogió la mano de su amado. Solo se oía el rugido continuo, el tremor incesante y el ronco lamento.

De pronto, los violentos golpes la sobresaltaron. Alguien aporreaba con fuerza la puerta de la vivienda.

 Multitud de hombres vestidos de naranja, de azul, de verde…gritaban.

─Abandonen la casa, rápido. Nos vamos.

El miedo y la incertidumbre se apoderaron de la mujer. Corrió a la habitación, lo arropó y acompañados por los sanitarios se dirigieron a la ambulancia que los conduciría a la ciudad.

Solo recordaba una carretera estrecha, zigzagueante y, a lo lejos, el fuego, las coladas, la lava… Sentada en la terraza de la residencia, se conforma con otear el azul del océano, la lluvia y el intenso mar de brumas que los envuelve. Cansada y sin fuerzas, lo mira, lo acaricia y da gracias a Dios por permanecer a su lado. Se siente feliz, aún puede percibir el aroma a tierra, a especias, a madera, a cuero… que la había enamorado y confía en que pronto podrán volver a su hogar cerca de las montañas.

8 comentarios sobre “Mar de brumas

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