ECONOMISTA

Me senté en el butacón e inmediatamente Mariola comenzó a frotar con sus dedos el coño de Claudia por encima de sus braguitas. Mi mujer echó la cabeza hacia atrás y abrió la boca empezando a jadear impaciente.

―Tranquila, no tengas prisa, queda mucha noche todavía… ―dijo Mariola abandonando su entrepierna para volver a sobar sus pechos.

Las tetas de Claudia lucían poderosas y muy apetecibles desde mi posición, no las tenía igual de grandes que su hermana Carlota, eso era imposible, pero tenían un tamaño considerable, y ahora Mariola jugaba con ellas a su antojo.

―¿Ya quieres correrte?, mmmmmm, pero si acabamos de empezar… ―le dijo a mi mujer.

Y Mariola bajó la mano, para frotar otra vez su coño, Claudia se la atrapó para que no la volviera a apartar de esa zona. Su amiga pasó varias veces, con suavidad, los dedos por el ombligo de mi mujer, arriba y abajo, sin prisa y después, con delicadeza, los introdujo por el elástico de sus braguitas. Claudia gimió cuando sintió los dedos de Mariola rozando directamente su coño y mi polla palpitó bajo los pantalones.

Pegué un último trago al licor de almendras, dejando el vaso en el suelo y luego me desabroché los botones del pantalón vaquero. Mariola me miró al ver cómo me sacaba la polla y sonrió.

―Puedes correrte en el suelo, no pasa nada… ―me dijo adivinando que no me quedaba mucho para terminar.

Casi no me la podía ni tocar, pero no quería hacerlo dentro de los pantalones, en el fondo me daba vergüenza correrme tan rápido delante de Mariola. Por Claudia no tenía ningún problema, ella sabía perfectamente que no iba a poder aguantar nada de tiempo, además, era la que me había obligado a estar toda la semana sin tocarme.

Y precisamente fue la postura de Claudia la que precipitó mi orgasmo. Subió los dos pies a la cama, recostándose y abrió las piernas delante de mí mientras su amiga la masturbaba. Movía las caderas sacando el culo hacia fuera y Mariola con la mano libre le manoseaba las tetazas sin dejar de besar su cuello. Ellas acababan de empezar y yo me bajé los pantalones cuando noté que estaba a punto de terminar.

Me agarré la polla sentado en el butacón y me pegué un par de sacudidas justo antes de comenzar a eyacular.

―¡Me corro, joder, me corro! ―dije manchando el suelo.
―¿Yaaaaa? ―rió Mariola, esta vez sin disimular.

Los restos de mi corrida fueron cayendo sobre el parquet de la habitación ante la atenta mirada de la amiga de mi mujer. Claudia no me hizo caso y siguió concentrada a lo suyo, con la cabeza echada hacia atrás y los ojos medio cerrados. Yo me sacudía la polla sin dejar de mirar a Mariola, no me quería dejar intimidar por ella, aunque era difícil en mi situación, pues ella estaba jugando a su antojo con el coño de mi mujer.

Cuando terminé me senté en el butacón, con la polla en la mano, recuperándome de la corrida.

―Sí que ha sido rápido, no ha durado nada el cornudito… ―dijo Mariola.
―No le hagas caso, vamos sigue ―le rogó mi mujer para que siguiera con el dedo que le estaba haciendo.
―Mejor quitamos las braguitas, ¿no?
―Sí, hazlo…
―¿Que lo haga yo? ¿Y entonces para que tenemos aquí al cornudo? ―preguntó irónicamente Mariola.

Se me quedó mirando impaciente, estaba claro lo que quería que hiciera, aunque no me lo hubiera pedido. Me subí el pantalón y me levanté del butacón para acercarme a ellas.

―¡Ponte de rodillas! ―me ordenó Mariola.

Claudia levantó las caderas y muy despacio le fui sacando las braguitas. Desde mi posición me quedaba el coño de mi mujer a treinta centímetros escasos de la cara y pude comprobar lo mojado que lo tenía. Me encantaba como lo llevaba perfectamente depilado, entonces Mariola lo golpeó varias veces con su mano, pegando unos pequeños azotes en él.

―¡¡Ahhhggggg!! ―exclamó Claudia tensando las caderas.

Delante de mis narices, Mariola introdujo el dedo corazón en el empapado coño de mi mujer. Vi como entró con toda la naturalidad del mundo. Luego volvió a sacarlo y le pegó otro par de golpecitos con la palma de la mano para después introducirle dos dedos.

―Me ha dicho Claudia que eres muy bueno con la lengua, ¿me ayudas a hacer que se corra? ―me preguntó Mariola.

No me lo pensé dos veces y acerqué la boca hasta ese coño que era manoseado por ella. Entonces Mariola sacó los dedos que tenía dentro y me empujó por el pelo haciendo aplastando mi cara contra sus labios vaginales. Claudia gimió al contacto de mi boca con su entrepierna. No se lo esperaba, pero aun así me dejó hacer.

―¡¡Muy bien, eso es, cómeselo, cornudo!!, chúpame el dedo para que se lo pueda meter yo también… ―me dijo Mariola.

Cerró el puño delante de mi cara sacando tan solo el dedo corazón, en un gesto obsceno, y después me lo introdujo en la boca. No me podía creer que estuviera lamiendo el dedo a la amiga de mi mujer, se lo chupé con ganas comportándome como un buen cornudo a su servicio, aunque estuve muy poquito tiempo haciéndolo. Apenas diez segundos.

Yo solo estaba allí para mirar o para hacer lo que ellas me pidieran.

Mariola me dio unos golpecitos en la cabeza, como si fuera un perrito obediente que había hecho lo que le pedían y luego volvió a follarse a mi mujer con el dedo que había tenido en mi boca. Yo me acerqué a Claudia y comencé a lamer su coño al mismo ritmo al que Mariola entraba y salía de ella.

Claudia tensó las caderas dejándose hacer por los dos, yo conocía perfectamente a mi mujer y estaba a punto de llegar al orgasmo.

―¿Ya vas a correrte? ―preguntó Mariola, que parecía también conocer a Claudia.

En ese momento mi mujer, con un último golpe de cadera, me incrustó su coño contra la boca, yo no dejaba de mover la lengua, haciendo vibrar su clítoris y Mariola aprovechó para sacar el dedo corazón y metérselo por el culo justo cuando Claudia empezaba a correrse, aullando de placer.

―¡¡Auuuuuugghhhhhhhhh!! ¡¡Síííííííí!!

Fue un orgasmo largo y duradero y cuando aparté la cara del coño de mi mujer pude ver a Mariola sonriendo mientras seguía jugando con su dedo en el ano de Claudia, que ronroneaba relajando las caderas y dejándose caer en la cama.

―¡Qué fácil es hacer que te corras!, ¡¡me encanta!!, creo que ahora es mi turno… ―dijo Mariola subiéndose a la cama para ponerse a cuatro patas.

Ahora nos estaba ofreciendo su majestuoso culo, Claudia se puso detrás de ella, a lo suyo, como si yo no estuviera, y se quedó unos segundos deleitándose ante semejante obra de arte. Yo por mi parte volví a sentarme en el butacón.

Aquello tenía que verlo bien.

Mi mujer le fue bajando el tanguita despacio, dejándoselo por la mitad de los muslos, luego apoyó las rodillas en la cama y las manos en los glúteos de Mariola tirando de ellos hacia fuera. Desde donde estaba pude ver el pequeño ano de Mariola impaciente por ser chupado. No podía creérmelo.

¡Claudia le iba comer el culo a su mejor amiga!

Por si había dudas de lo que iba a pasar Mariola echó una mano hacia atrás y ella misma se lo abrió, tirando con fuerza de uno de sus glúteos.

―¡Esto es lo que realmente le gusta a tu mujer! ―me dijo Mariola girando la cabeza.

Me hubiera gustado tener algo para beber en ese momento, la cara de vicio de Mariola me puso nervioso y Claudia seguía delante de ella sin hacer nada más, solo tocando con las manos su culo y mirando con detenimiento. Yo veía los labios vaginales de Mariola colgando y se notaba perfectamente como brillaban, señal de que también estaba realmente excitada.

Se me volvió a poner dura casi al momento y comencé a pajearme despacio visualizando esa escena. La que también empezó a tocarse fue Mariola que bajó la mano para acariciarse ella misma el coño. Estaba impaciente, deseando sentir la boca de mi mujer en su cuerpo.

―¡Vamos, enséñale a tu marido lo que te gusta hacer!, mira bien, cornudo, ¡¡ahora vas a ver a tu mujercita comiéndome el ojete!!

Esa palabra tan soez no le pegaba nada a Mariola, pero pareció enloquecer a Claudia, que acto seguido metió el hocico entre las posaderas de su amiga.

―¡Ahhgggg, eso esssss!! ―gimió Mariola al sentir la lengua de mi mujer en su culo.

Tuve que ponerme de pie, pues el desnudo cuerpo de Claudia me impedía ver nada. Con los pantalones en los tobillos y sin dejar de menearme la polla, me puse a un lado. Claudia se dio cuenta de que estaba allí, a un metro de ella, para ver lo que hacía. Tiró del glúteo de Mariola hacia fuera mostrándose su ano y luego le pegó un lametón con ganas de abajo a arriba.

Después se me quedó mirando fijamente, esperando mi reacción, la que no estaba para esperas era Mariola que movía el culo ansiosa delante de la cara de mi mujer.

―¡Vamos, no te pares! ¿Por qué paras, zorra? ―exclamó Mariola.

Con la mano abriendo sus glúteos ofreciéndome el culo de su amiga para que lo viera bien, volvió a pegarle otro lametón sin dejar de mirarme a los ojos. Después se relamió y sonrió pendiente de cómo me tocaba la polla.

―Está buena, ¿eh? ―me dijo Claudia de repente―. ¿Te gustaría follártela?

En cuanto pronunció aquellas palabras tuve que agarrarme a lo primero que encontré porque literalmente me temblaron las piernas. Claudia, desnuda, tan solo con los zapatos puestos, y a cuatro patas detrás del culo de su mejor amiga me estaba preguntando si me gustaría follármela. Mariola escuchó a mi mujer y se giró para ver qué pasaba. Entonces me vio de pie allí, cerca de ellas, sujetándome la polla con la mano y no quiso decir nada.

La cara de Mariola me decía que no le importaba que se la metiera, y fue la primera vez que me vi con posibilidades reales de follármela, aunque Claudia me había advertido seriamente “nada de tocar a su amiga”.

Una vez que Claudia parecía que había tomado la iniciativa, Mariola se quedó así, esperando ver qué pasaba. Mis ilusiones se desvanecieron de un plumazo cuando Claudia me dijo.

―¡Ni lo sueñes!, además con esa polla y lo poco que duras me dejarías en evidencia…

Luego volvió a meter la cara entre sus nalgas, comenzando a chuparle el culo con ganas. Literalmente se volvió loca comiéndole el ano a Mariola, que ahora sí, lanzó el cuerpo hacia atrás buscando hacer más presión contra la boca de mi mujer.

Le faltaban manos a Mariola, con una se estaba masturbando y tuvo que apoyar la cara en el colchón cuando echó el brazo hacia atrás para sujetar por el pelo a Claudia, aplastándole la cara contra su culo.

―¡¡Ahhhhhhhgggg!!, eso es, eso es, ¡¡cómemelo, cómemelo!!

Yo aceleré el ritmo de la paja ante el aumento de los gemidos de Mariola, estaba claro que iba a correrse. Me gustaba ver su cara, babeando el colchón de su cama, disfrutando como una fulana mientras mi mujer le lamía el ojete.

Se corrió entre movimientos espasmódicos con unos fuertes temblores, ahogando sus chillidos en las sábanas. Yo también gemí en alto, pero ninguna de las dos me hizo caso cuando comencé a correrme, por segunda vez, en el suelo sin dejar de mirar a Claudia degustar el culo de su mejor amiga.

Mariola se tumbó boca abajo, apartándose pelo de la cara.

―¡¡Joder, qué bueno!!, ¡has estado genial!, ven aquí…

Y Claudia se tumbó desnuda a su lado. Se quedaron mirando tiernamente, sin prisas, mientras se acariciaban los dedos de la mano en actitud cariñosa. Era una imagen muy romántica y en ese momento me sentí ridículo de pie, con la polla flácida en la mano de la que colgaba un hilo de semen.

Preferí dejarlas unos minutos a solas y volví al salón. La noche todavía no había terminado y me serví otro licor de almendras.

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