ADRIANA RODRÍGUEZ

     Todo parecía ir bien. Aquella mañana, me preparaba el desayuno, después de la ducha. Me senté tranquila a beber el café, con el pie doblado encima de la silla; hojeando unas hojas del libro en el capítulo IV en el que me quedé.  Miraba el reloj, esperando a que llegase la hora de salir tarde; para poder llegar a tiempo al trabajo. Las manecillas dieron el punto, activando las campanadas del viejo reloj. 1, 2, 3… lo escuché llegar a los 8 timbres

—¿Las ocho? ¡Dios santo, Dios mío!… ¡Bendita sea!— con los ojos en blanco por mi descuido. Bajé de la silla con los pies desnudos. Me apresuré a aventurarme en la búsqueda de los zapatos, que hicieran el juego perfecto, con los pantalones aterciopelados; color fiusha de la colección pasada.

Corrí con inatención propinando un golpe certero en el dedo chiquito del pie izquierdo;  al pasar demasiado cerca de la mesa del comedor. El color se subió al rostro, las lágrimas caían sin control, mordía los labios esperando aminorar el dolor, pero no pasaba. Seguido de un par de minutos, otro par de palabrotas; cesó.

Decidí llevar sandalias con pedrería en tonos arcoiris para no desentonar; además de, para poder descansar la inflamación del dedo, por el pequeño incidente. Tomé el bolso de lentejuelas moradas, mi torera a tono camel; para variar la carpeta de los oficios diarios. Antes de salir de casa; corría apresurada, esperando encontrar las llaves dentro del bolso cualquiera, en el que fuí esconderlas de mí; como cada día.

—¡Gracias Dios por bendecirme con esta mente! ¡Ah qué soy de tus creaciones la más olvidadiza!— buscando entre los cajones, los zapatos, los bolsos; hacía parloteo irónico de mi jodida situación.

Después de una exhaustiva búsqueda, los encontré en el bulto de un calcetín sucio; del gimnasio del día anterior; que pateé al caminar por la habitación.

—¡Aquí están! ¿Cómo terminaron aquí?— extrañada las puse en el arillo metálico de las llaves

Me dirigí al garaje para ir en auto, como era de esperarse por el tiempo perdido persiguiendo aquellos «pedazos de metal» escurridizos. Entré al coche, algo extraño sucedió; al girar la llave, el sonido muerto del motor, hizo que decepcionada, golpeara la frente en el volante. Me giré hacia la puerta del copiloto que en un intento desesperado por notarse aún estaba abierta. Entendí de qué se trataba todo este silencio.

—¿Es en serio?— algo no tan bueno debí haber hecho, para enfurecer así a los dioses del universo

Saque la cartera del bolso; tarjetas y más tarjetas: de crédito, débito, de regalo. Ni un quinto con el que pagar el taxi. Reuní como pude los céntimos de mis cambios pasados. Logrando juntar para el colectivo; que muy a mí parecer iba por demás abarrotado. El bullicio de la gente riéndose, los niños peleando, señoras hablando a gritos por sus teléfonos. El aroma inconfundible de la humanidad enclaustrada, inundando el espacio. Un fuerte olor a sobaco, abrazaba el aroma intenso a entrepierna, un sutil hedor a «quesito» pulular en el aire, que al buscar; dí con un pequeñín que jugando a quitarse los zapatos oreaba sus calcetines llenos de tierra con húmedad. Todo esto opacando el perfume «Forever Wisconsin» del hombre viril, cuerpo de leñador, pelo en pecho, lomo arqueado que se subió en la esquina siguiente; quién parecía disfrutar pegarse contra mi. No pude más que dedicarle una sonrisita incómoda, intentando no delatarme haciendo muecas.

—¡Córrase! ¡Córrase! ¡Dele, dele… Por enmedio que todavía hay lugareeees!— escuchaba decir al chófer que motivado por su ignorancia invitaba a que subieran más pasajeros. Pasando la propiedad de la materia de «la impenetrabilidad» por el arco del triunfo.

Arremocholada en la última esquina del autobús, sosteniéndome por la presión que ejercían sobre el cuerpo mis congéneres; no miraba más que cabezas. Escuché decir a una mujer que se encontró con otra al subir

—¿¡Aquí vienes!?

—¡Sí! ¿¡Tú también!?

Parecía tan interesante su charla, que me hizo reaccionar en la parte que dijo venir de «Landeros». Dos estaciones delante de dónde debía bajar.

—¡Santo cielo! Lo que me faltaba— cómo pude alcance el timbre de parada, que en un intento desesperado accione insistente, causando la irá del amable conductor, que decidió detenerse para mí bienaventuranza; todavía dos estaciones más

—¡Reverendo hijo de… Dios! — me bajé frustrada, teniendo que regresar caminando las estaciones que pasé.

Llegué exhausta, con el sudor rodando por la frente, con el calor en las mejillas, con los pies ampollados, con el peinado que el viento en su existencia divina, decidió plasmar en la cabeza. Al alcanzar la puerta de la oficina; dando tremendo empujón que me detuvo en seco; salió Don Jaimito

—¿Qué hace aquí señorita?

—¡Vine a trabajar Don!

—¿En domingo?

Cerré los ojos elevando la cabeza al cielo. No pude hacer otra cosa que exclamar

—¡Mujer de Dios!

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