ECONOMISTA

La amiga de mi mujer estaba espectacular, si lo que quería era excitarme, puedo asegurar que lo consiguió en cuanto la vi. Su falda era cortísima, la tela llegaba lo justo para cubrir su culo, no me extrañaba que semejantes nalgas fueran la debilidad de mi mujer. Aquella falda resaltaba su forma y volumen y los zapatos de tacón hacían que todavía estuvieran más prietos sus glúteos. Por si fuera poco, se notaba que no llevaba sujetador debajo de la camiseta negra que dejaba ver parte de sus tetas. Iba perfectamente maquillada, al contrario que Claudia que apenas se había pintado un poco. Me encantaba la amiga de mi mujer, con los labios de color rojo intenso, a juego con las uñas y el sombreado de ojos que se había hecho.

¡Estaba irresistible!

Prácticamente me quitó la botella de vino de las manos.

―Muchas gracias por el detalle, no teníais que haber traído nada, voy a ponerla a enfriar…

Pasamos al salón y Mariola había preparado la mesa como si fuera una cena de gala. No le faltaba detalle. Copas de vino, servilletas enrolladas, velas y un par de adornos. Había varias bandejitas de canapés que ella había preparado uno a uno.

―Hoy he hecho mi mejor receta, una merluza al horno, en lo que se va haciendo vamos comiendo los canapés… ¿qué queréis beber?
―A mí una Coca Cola, por favor…
―¡David, no seas soso! ―me dijo Mariola―. ¡Que luego no tenéis que conducir!
―Está bien, pues un vinito…
―Traigo el vino blanco vuestro y lo vamos bebiendo, si os parece bien.
―Perfecto…

Mariola estaba muy animada y de momento me estaba gustando su manera de actuar. Me esperaba más que su comportamiento iba a ser parecido a cuando fuimos a Madrid, aunque aquello parecía una cena informal entre un matrimonio y una amiga. Es verdad que en el fondo se percibía una pequeña tensión sexual, pero estaba claro que Mariola quería ir poco a poco y no precipitar la cosa.

Lo primero fue degustar los canapés, que estaban estupendos, y beber nuestra primera copa de vino. Estuvimos hablando un poco de trabajo y Mariola nos contó un par de anécdotas muy simpáticas del banco. Veinte minutos más tarde sonó la alarma del horno, indicando que la merluza estaba lista. Mariola se puso de pie.

―¿David, me ayudas?
―Claro, por supuesto.

Me fui con ella a la cocina y sacamos juntos la bandeja del horno. Luego preparamos unos platos y Mariola fue sirviendo la merluza que yo llevé al salón. Antes de empezar con el segundo plato hicimos un brindis.

―¡Por esta noche y por muchas más como esta! ―dijo Mariola.

Si los canapés estaban ricos la merluza estaba deliciosa. Cuando terminamos de cenar ya habíamos vaciado la botella de vino y Mariola se levantó para abrir otra.

―Os he preparado un postre también, una founde de chocolate…
―¡Eso debe de estar de muerte! ¡Con lo bien que cocinas! ―dije yo.

Pensé que me dejarían más al margen, pero estaba perfectamente integrado en la cena, hablábamos los tres por igual, y el ambiente era relajado y distendido. Aunque mentiría si dijera que en algún instante llegué a olvidarme del motivo por el que realmente estábamos allí Claudia y yo. Todavía no habíamos hecho alusión al tema sexual, ni nada por el estilo, pero alguien tendría que romper el hielo en algún momento. Y Mariola desató las hostilidades.

―¿Y qué tal ayer, Claudia?
―Bien, bien, estuvimos cenando en… con el alcalde y unos concejales, poca cosa…
―¿Y con el jefe?… ¿no intentó nada?
―Noooo, ¡que se le ocurra!

Claudia estaba cortada, no le gustaba hablar esas cosas delante de mí, pero se notaba que Mariola disfrutaba con aquello. Quería empezar a jugar con mi mujer y a calentar el ambiente.

―¡Pues yo creo que os vais a enrollar otra vez! ¿Tú qué piensas, David? ―me preguntó de repente llenándome la copa de vino.
―¡Mariola! ―le dijo mi mujer.
―No pasa nada, Claudia, podemos hablar de ello, ¿no?, a David no le importa.
―Pero a mí sí, anda vamos a cambiar de tema que no estoy cómoda hablando de esas cosas…
―¡Como quieras!, ven conmigo a por el postre…

Mi mujer y Mariola se fueron a la cocina dejándome solo en el salón. El momento cumbre de la noche se acercaba y lo único que lograba calmarme los nervios era el vino. Pasaron cinco minutos y ellas no regresaban de la cocina.

―¿Chicas, va todo bien? ―pregunté como un imbécil desde el salón.

Al no recibir contestación me levanté a ver qué sucedía. Entonces me las encontré en la cocina. Mariola de espaldas a mí agarraba por la cintura a mi mujer mientras se daban pequeños besos en la boca. Cuando Claudia reparó en mi presencia dijo en bajito.

―Está David detrás…

Mariola cogió las manos de mi mujer para ponerlas en su culo, y Claudia no desaprovechó la oportunidad de palpar los glúteos de su amiga por encima de la minifalda. No me hacía falta tocarlo para ver que aquel culo redondo y carnoso estaba en su punto justo.

El microondas sonó y ellas terminaron dándose un pequeño beso en los labios.

―Ya están listos los postres, ¿nos ayudas a llevarlos? ―me preguntó Mariola.

Me fijé en Claudia que se limpiaba la boca con cuidado para que no se le corriera el pintalabios. Ese pequeño beso con Mariola había encendido a mi mujer. Conocía perfectamente la cara de Claudia cuando se ponía cachonda y aquellas caricias sobre el culo de su amiga, delante de mí, habían terminado por calentarla del todo.

Llegamos al salón con los postres de la mano, tenían una pinta buenísima, un pequeño bizcocho con chocolate fundido por dentro.

―¡Mmmmm, está delicioso! ―dije yo―. Tienes muy buena mano.

Entonces Mariola comenzó a reírse, estaba claro que se tomó el comentario por otro lado. Lo que había querido ser un cumplido culinario terminó siendo una gracieta sexual. Me di cuenta que no había estado muy afortunado. No habían pasado ni dos semanas desde que Mariola me había hecho una paja en el hotel.

―Por cierto, quería disculparme por lo que pasó en Madrid ―me dijo Mariola alargando la copa de vino para brindar conmigo.
―No pasa nada, no tienes por qué disculparte…
―¡¡Os voy a dar yo a los dos!! ―intervino Claudia medio en broma.
―¡Tú cállate, tía!, que fuiste la culpable de todo…
―¿Yo?
―Sí, tú, ¡¡vaya manera de gemir, cabrona, parecía que te estaban matando!!

Claudia y yo nos pusimos rojos ante el comentario de Mariola, que quiso hacerme cómplice en su afirmación.

―¿Verdad, David?, se escuchaba todo desde nuestra habitación, ¡¡qué pasada!!
―Ehhh… sí, sí, se escuchaba todo ―dije yo.

No sé si Mariola quería ponerme de su lado o empezar a humillarme. Cuando contesté y escuché mi propia voz me pareció más bien lo segundo. Estaba afirmando tranquilamente, delante de ellas, que se oían los gemidos de Claudia, lo que me dejaba en una situación incómoda.

Mariola sonrió maliciosamente y puso una mano sobre la de Claudia.

―Ahora no te avergüences, cuando quieras repetimos lo de Madrid… ya sabes que por David no habría problema ―dijo mirándome sin dejar de acariciar los dedos de mi mujer.

Ya hacía un rato que tenía la polla dura bajo los pantalones, exactamente desde que había entrado en la cocina y las había sorprendido besándose. No solo eso, desde que habíamos llegado a su piso me había embargado esa sensación de cornudo, sabedor que llevaba a mi mujer para que follara con su mejor amiga delante de mí. Y por cómo se tocaban estaba claro que no iban a tardar mucho en empezar.

―Tengo muchas cositas en mente que me gustaría hacer… es una pena que tu mujer no quiera follar con Lucas y Mario porque habían sido alumnos suyos, pero ellos están deseando hacerlo… ¿a ti te importaría que Claudia follara con esos jovencitos? ―me preguntó Mariola que ya había cogido carrerilla.
―Eso lo tiene que decidir ella…
―Ya sé que eso lo tiene que decidir ella, pero yo te pregunto a ti si te gustaría que Claudia follara con dos chicos que han sido sus alumnos, no me digas que no sería morboso…
―Sí, suena morboso… pero decidimos que mejor no…
―Vale, Mariola, vamos a dejar el tema, venga que te ayudo a recoger ―dijo Claudia poniéndose de pie para retirar su plato.
―No tengas prisa, tía, solo estamos hablando, a David no le importa…
―Pero a mí sí, no me gusta hablar de estas cosas…
―Esta biennnn, anda vamos a recoger, ¿te apetece algo, David?, una copa, un chupito…
―Sí, un chupito estaría bien, de lo que tengas…
―Tengo un licor de almendras que tienes que probar, lo hacen unos amigos de mis padres…
―Sí, perfecto, uno de esos estaría bien…
―Ahora venimos ―me dijo maliciosa mientras volvía a desaparecer con mi mujer en dirección a la cocina.

Me imaginé que tardarían en regresar al salón. No hacía falta ser adivino para saber lo que estaban haciendo otra vez. Dejé pasar un par de minutos y luego me levanté impaciente de la silla.

Nervioso y excitado me acerqué silencioso a la cocina y las encontré exactamente en el mismo punto de antes. Era como si me estuvieran esperando, la única diferencia es que ahora Mariola tenía la falda subida hacia arriba, y pude ver como Claudia apretaba su culo con ganas directamente sobre su piel.

No tardaron en darse cuenta que yo las estaba observando, está vez Claudia no dijo nada, solo tiró más de la falda mostrándome el poderoso culo de Mariola, que estaba cubierto por un tanguita que se metía entre sus cachetes. No me extrañaba la devoción de mi mujer por aquel trasero, bajó las manos para sobárselo fuerte, con intensidad, tiraba de sus glúteos hacia fuera y yo veía como la tela de su tanguita aparecía ante mis ojos, luego le clavó las uñas e incluso se las llegó a dejar marcadas en la piel.

Ni la polla de Víctor tocaba mi mujer con tanta devoción.

Ya se estaban comiendo la boca apresuradamente y las manos de Mariola no dejaban de sobar las tetas de Claudia por encima de la camisa. Entré en la cocina y me situé a su lado para verlas mejor.

―Ven aquí ―dijo Mariola girando su cuerpo y poniéndose detrás de Claudia mientras la rodeaba con los brazos.

Las dos estaban ahora frente mí y Mariola sujetó de las manos a Claudia bajándoselas hacia abajo.

―No te muevas ―susurró, empezando a darle pequeños besitos por el cuello.

Claudia cerró los ojos y ronroneó echando la cabeza hacia un lado. Mariola subió las manos y comenzó a desabrochar los botones de la camisa a su amiga, uno a uno, sin dejar de mirarme a los ojos fijamente.

Me sorprendió la escena, pues no me la esperaba y no supe reaccionar cuando Mariola apartó la camisa de Claudia subiendo las manos y agarrando las tetazas de mi mujer por encima del sujetador, a la vez que besaba su cuello.

―¡Me encantan estas tetas! ―dijo intercambiando los papeles, y ahora siendo Mariola la que tocaba a mi mujer, haciendo bambolear sus pechos de arriba a abajo.

Claudia, dócil, se dejaba hacer, los besos de su amiga por el cuello estaban empezando a hacer efecto y Mariola me miraba a los ojos desafiante mientras le seguía acariciando las tetas.

―¡¡Qué ganas tengo de follarme a tu mujercita!! ―me dijo, haciendo palpitar mi polla.

Solo con esa frase estuve a punto de correrme en los pantalones, por suerte para mí, no fue en aquella ocasión cuando mi semen manchó mis calzones, pero el momento ya estaba muy próximo. Dudé si sacarme la polla o no en la cocina, pero Mariola quería hacernos sufrir un poco más.

―Vamos a tomarnos esos chupitos ―dijo mostrando los tres vasos que ya estaban preparados en la encimera de la cocina.

Cuando mi mujer fue a abrocharse los botones de la camisa Mariola se lo impidió.

―Quédate así, por favor…

Y de esa guisa se dirigieron con los vasos hacia el salón. Claudia con la camisa desabrochada mostrándome los pechos bajo el sujetador negro y Mariola con la falda subida, luciendo su culazo.

Eché a andar detrás de Mariola, no quería perderme detalle de su culo, se le meneaban los glúteos a cada paso que daba y yo estaba hipnotizado deleitándome con ese movimiento. En cuanto llegamos al salón ella se bajó la faldita antes de tomar asiento.

Se sentaron juntas en el sofá grande y yo me puse en un sillón individual frente a ellas. La falda de Mariola era tan corta que en cuanto se sentó se le subió un poco y casi podía ver su tanguita. Yo no era tonto, la amiga de mi mujer se estaba mostrando descaradamente para mí, cruzó sus fantásticas piernas lo que hizo que la falda se le subiera más. Ahora me enseñaba todo el muslo y se acercó a mi mujer.

―¡Está muy bueno esto! ―dijo Claudia dándole un trago al licor de almendras.
―¡Tú sí que estás buena!

Se quedaron mirando a escasos centímetros, estaban frente a frente, con las piernas cruzadas y Claudia con la camisa abierta. Tenían los labios casi pegados y la escena era digna de foto. No quise desaprovechar el momento, saqué el móvil y les hice unas capturas, pero ellas siguieron a lo suyo, ni se inmutaron porque yo estuviera allí haciéndoles fotos como un pervertido.

―¡Quiero hacer tantas cosas contigo!, me das mucho morbo y te voy a llevar al límite ―dijo Mariola rozando con la yema de sus dedos los labios de mi mujer.

Luego apartó su camisa mostrándome los pechos de Claudia.

―¡Sigue haciendo fotos, cornudo! ―me ordenó Mariola.

Yo continué con el móvil en la mano mientras Mariola empezaba a acariciar las tetas de Claudia.

―A tu mujercita le gusta mucho mostrarse, ¿lo sabías?…

Y se acercó a ella metiendo las manos por su espalda. Con facilidad le desabrochó el sujetador y apartó un poco la camisa para poderlo sacar. Volvió a poner la camisa blanca en su sitio y la retiró hacia un lado para que yo fotografiara las tetas de mi mujer ahora desnudas.

Era increíble la escena que yo veía a través de la pantalla del móvil. Pero quería verla en directo, me temblaron hasta las manos cuando Mariola se puso a jugar con los pezones de Claudia, seguían casi pegadas sin llegarse a besar. Y yo tiraba una foto tras otra.

Se pusieron de pie y Mariola estiró el brazo para ayudar a levantarse a mi mujer. Se abrazaron mutuamente por la cintura y echaron a andar en dirección a las habitaciones.

―Espéranos aquí ―dijo Mariola.

Y me quedé sentado viendo como desaparecían por la puerta del salón agarradas de esa manera tan sensual. Intenté tranquilizarme, y me serví otro licor de almendras. Estuve tentado de mirar las fotos del móvil para ver qué tal habían quedado, pero si lo hacía me iba a correr encima y no quería que cuando ellas regresaran yo tuviera los calzones empapados. Aquello ya hubiera sido demasiado humillante.

La espera me puso más nervioso si cabe. Fueron quince minutos que se me hicieron eternos, pero al fin escuché el ruido de los tacones por el pasillo de la casa. Entraron al salón juntas, agarradas de la mano.

Casi se me cae el vaso de la impresión.

Se pusieron de pie delante de mí, Claudia estaba desnuda, solo llevaba los zapatos de tacón y las braguitas negras, sin embargo, Mariola se había puesto un conjuntito negro, con sujetador transparente, liguero, tanga, y ligas que unían las medias hasta medio muslo. Una vez que se habían mostrado ante mí se pusieron una frente a la otra y comenzaron a besarse.

Me parecía un espectáculo grandioso ver a mi mujer morrearse con su mejor amiga, las lenguas de las dos entraban sin descanso en la boca de la otra y se chupaban y mordían los labios con desesperación, no solo eso, también con las manos se acariciaban mutuamente el culo y de vez en cuando Mariola subía una mano para hacer bambolear las tetas de Claudia.

Luego Mariola se puso detrás mi mujer como había hecho en la cocina y sobó sus tetas desde atrás, mirándome a los ojos. Claudia no decía nada, solo se dejaba hacer.

―¿Te gusta lo que ves? ―me preguntó Mariola.
―Ya lo creo…
―Acompáñanos ―me ordenó.

Y otra vez volvieron a la habitación de Mariola, yo salí detrás de ellas, antes cogí el vaso de chupito y lo llevé en la mano. Cuando llegué al cuarto de Mariola las dos se habían sentado en el borde de la cama y justo enfrente había un butacón blanco reservado para mí.

Tenía entrada de primera fila.

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