ROSA LIÑARES

La calle principal estaba abarrotada como cada domingo. Un hervidero de gente arriba
y abajo. Todo el mundo aparentaba ser feliz. Él se sentía raro. Algo le decía que aquel
día iba a ser distinto, que algo bueno, por fin, iba a pasar.
Caminaba cabizbajo entre la gente y sus cavilaciones, y estuvo a punto de perderse el
gran momento. En realidad, podría haber pasado desapercibido. No ocurrió nada
especial. Tan solo un cruce de miradas. Cuando se encontró aquellos ojos lo supo.
Tenían algo en común: su abrigo de lana gris. El de ella, enorme, parecía tres o cuatro
tallas más grande de lo que correspondía a aquel cuerpo menudo. El de él, la medida
justa para su atlético cuerpo. Ambos con las manos en los bolsillos de sus abrigos
grises. Sin pretensiones.
Pero el anodino gris de sus abrigos se iluminó cuando se cruzaron sus miradas y todo
se llenó de color. Por un momento fugaz él vio la casa que no compartirían, los hijos
que no tendrían, los besos que no se darían, la vida juntos que no vivirían. Ella sintió un
pinchazo en el corazón.
Fue la brevedad de un segundo. Una vida en una instantánea. Plantado en medio de la
gente, dudó. Cuando se dio la vuelta ella ya estaba a unos metros de distancia. Corrió
tras ella tropezando con la multitud. Y al llegar a su altura tocó su hombro con
suavidad. Ella se volvió y sus ojos brillaron más.

  • Te conozco – dijo él, en un hilo de voz.
  • Lo sé – dijo ella – Te espero en casa. Hoy te toca hacer paella

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