ECONOMISTA

Faltaba una hora para salir del trabajo. Tenía que ir a buscar a las niñas al colegio pues ese martes por la mañana Claudia había salido y no iba a venir a comer. Estaba muy nervioso, me pasaba cada vez que mi mujer viajaba con el cerdo de su jefe. Ya se la había follado una vez y aunque Claudia me juraba y perjuraba que no iba a volver a pasar nada con él, yo no estaba muy convencido.

Pero no solo era eso, la noche anterior Claudia me dijo que había estado hablando con Mariola y había concertado una cita con ella. El sábado íbamos a ir a cenar a su casa. No querían perder el tiempo, apenas habían pasado dos semanas desde la escapada a Madrid y Mariola y mi mujer ya estaban organizando un nuevo encuentro. Solo hacía que imaginar lo que sería ver a mi mujer follando con su mejor amiga. Esas dos MILF desnudas en la cama, retozando, besándose delante de mí. Estaba intentando rellenar una factura a mano, pero me costaba hasta escribir, me temblaban los dedos fantaseando en cómo iba a ser ese encuentro.

Y Claudia, fiel a su costumbre de cuando quedábamos con Víctor, me había prohibido correrme durante la semana.

“Así estarás más caliente”

No hacía falta que estuviera tantos días sin eyacular para llegar excitado a la cita, pero si Claudia me lo pedía no tenía ningún problema en hacerlo.

Además, estaba lo de Toni, todavía no habíamos podido hablar con él, pero inesperadamente Claudia había cedido y ya no veía tan imposible el poder tener un encuentro real. De momento lo veía como algo lejano en el tiempo, y teníamos que pensarlo y analizarlo bien antes de dar el paso, pero al menos mi mujer no se negaba en rotundo. Estaba claro que Claudia anhelaba esos 24 centímetros de polla que tantas veces había visto a través de la cam y quería quedar con él en persona.

El sábado en la habitación, me hizo agacharme y chupar la polla negra de silicona bañada con mi propia corrida. Me pareció muy vergonzoso, y dudé seriamente de si hacerlo o no. Aquella enorme polla pegada al suelo acababa de estar dentro de mi mujer y ella había preferido follar con ese juguete antes que conmigo, aunque al menos me dejó ver el espectáculo. Claudia se tumbó abierta de piernas en una postura soez, mostrándome sin pudor su depilado coño y me dijo que quería ver como lo hacía.

Me puse de rodillas mirando a Claudia, implorando un poco de compasión, pensé que a última hora se iba a arrepentir y que todo lo hacía para ponerme a prueba, pero allí estaba a punto hacer una mamada y Claudia no parecía que fuera a decirme nada.

―Vamos, estoy esperando… ehhh, no protestes que te conozco, vamos, agáchate y empieza a chupar, ¿eso es lo que os gusta a los cornudos, no?, chupar la polla que se acaba de follar a vuestras mujercitas, jajajaja, pues adelante… ¡¡hazlo ya!!, no lo pienses tanto…

Estaba tan cerca del suelo que casi me obligaba a tumbarme, no quería ponerme de rodillas e inclinarme, aquello ya era demasiado humillante. Me tumbé boca abajo y agarré la polla de silicona por la base. Estaba caliente y cubierta por mi semen y los jugos de Claudia, acerqué mi boca mirando directamente a Claudia y saqué la lengua para lamer el capullo.

―¡Mmmmm, qué bueno!, esto me va a gustar más de lo que pensaba ―dijo Claudia comenzando a masturbarse.

El viernes a media tarde llegaron al pueblo al que les habían invitado, los llevó en taxi Modou hasta la posada rural en la que se hospedaban. Dejaron las maletas en la habitación y Basilio llamó al alcalde para avisarle de que ya estaban allí. Como habían hecho en las anteriores visitas, el alcalde les estuvo enseñando el colegio y mientras, Claudia iba haciendo preguntas, sobre cuántos alumnos tenían, el profesorado y cosas por el estilo.

Le parecía gracioso cómo Basilio forzaba encontrarse físicamente con ella todo el rato, cada vez que iban a pasar por delante de una puerta cedía el paso a Claudia para luego poner una mano sobre su espalda y mostrar el camino educadamente con la otra. Estaban claras las intenciones de Basilio, pero Claudia no parecía darle importancia y le agradecía el gesto cada vez que eso sucedía.

Después de la visita al colegio estuvieron dando un paseo por las calles, hablando con los vecinos mientras el alcalde les iba contando cosas del pueblo. Por la noche tocaba cena en el mejor restaurante, junto con varios concejales, en un evento informal que Basilio había preparado expresamente para pasar la noche en el pueblo y tener que quedarse a dormir.

Cuando terminaron la visita se volvieron a la posada donde estuvieron esperando un rato hasta la hora de cenar. Claudia aprovechó para llamar a su marido, pegarse una ducha y cambiarse de ropa.

Una hora más tarde ya estaba lista para acudir a la cena, Basilio llamó a su puerta golpeando con los nudillos y se escuchó como Claudia le decía “un minuto”. Se había puesto muy guapa, como siempre, con unos vaqueros muy ajustados azul oscuro, zapatos de tacón y camiseta blanca de manga corta por dentro del pantalón, acompañada con una americana de color azul clarito.

―Estás muy guapa ―le dijo Basilio.
―Muchas gracias.

No le quiso devolver el halago para que su jefe no se hiciera ilusiones. Basilio iba vestido como siempre, traje con camisa y corbata.

La cena estuvo entretenida y a eso de las once de la noche, mientras degustaban un buen bacalao, Claudia miró el reloj, entonces se acordó de Lucas. Era viernes. Esa hora es la que le había dicho el chico. ¿Estaría esperándola con el coche en aquella oscura calle del polígono como había prometido? Solo de pensarlo sintió un cosquilleo en el estómago, además al día siguiente era la cita en casa de Mariola junto con su marido. Demasiadas emociones. Intentó distraerse y no pensar en esas cosas, pero sin querer estaba comenzando a excitarse.

Al final de la cena se quedaron en el restaurante, en la zona de la barra tomando algo. Mientras Claudia hablaba con un concejal se fijó en que Basilio lo hacía con el alcalde del pueblo de manera muy distendida. Miraban mucho hacia donde estaba ella y Basilio sonreía constantemente asintiendo con la cabeza. Les sorprendió varias veces y el alcalde sobre todo, no se cortaba un pelo y observaba a Claudia descaradamente, además se notaba que el alcohol ya empezaba a hacer efecto en él y se estaba poniendo bastante patoso.

Claudia no se sintió intimidada por la mirada de aquellos dos y cuando terminó de hablar con el concejal se acercó hasta ellos decidida.

―Ha sido una cena estupenda, muchas gracias por todo ―dijo poniendo una mano sobre la espalda del alcalde―. La posada está genial, por cierto… tenéis un pueblo muy bonito.
―Muchas gracias, Claudia, le estaba comentando a Basilio que ha sido todo un acierto tu elección…
―Pues se agradece.
―La verdad es que no podía haber encontrado a nadie mejor para acompañarle, y por supuesto, estás invitada al pueblo con tu familia cuando quieras.
―Gracias, te tomo la palabra… y algún fin de semana vendremos de visita.

Poco a poco se fueron yendo los concejales y sobre la una de la mañana, el alcalde, con una borrachera evidente, se despidió de ellos.

―Encantado de haberte conocido, no me han mentido en nada lo que me habían contado de ti, eres más guapa de lo que se rumoreaba.
―Venga, déjalo ya, anda vete para casa y mañana nos vemos ―intervino Basilio al ver que a su amigo se le estaba empezando a soltar la lengua.

Se quedaron solos Claudia y Basilio y este no quiso desaprovechar su oportunidad.

―Me han dicho que hay un pub aquí que está muy bien, si te apetece te invito a una copa.
―Buffff, llevamos una semana muy dura y lo que nos queda, tengo los pies hechos polvo, casi mejor lo dejamos para otro día.
―Venga, Claudia, no seas así, vamos a tomar una copa y charlamos un rato, hay que relajarse un poco, no todo va a ser trabajo.

Al final, como siempre, Basilio terminó saliéndose con la suya y Claudia aceptó esa invitación. Otra cosa no, pero Basilio tenía mucho poder de convicción y esa era su principal cualidad. Llegaron al bar y se dieron cuenta que no solo había gente joven, también había matrimonios más mayores del pueblo e incluso se encontraron con uno de los concejales que había estado en la cena.

Evidentemente, llamaron la atención, pues allí se conocían todos, y ellos iban vestidos demasiado elegantes para lo que era el bar. Se quedaron en la barra tomando una copa, se habían prometido que no iban a hablar nada del trabajo, pero al final terminaron haciéndolo.

―¿La semana que viene cómo está programada? ―preguntó Basilio.
―Pues tenemos un par de comidas en dos pueblos, el martes y el jueves.
―Vale, había estado pensando que aunque ahora tenemos la agenda un poco apretada, no estaría mal tener una reunión en Madrid con éstos, a ver si sacamos un hueco para poder ir, aunque sea dentro de un par de semanas.
―Pensé que no íbamos a volver a Madrid hasta después de las elecciones.
―Sí, en eso habíamos quedado, pero quizás sea demasiado tiempo, bueno ya iremos viendo…
―Por cambiar un poco de tema, ¿de qué hablabas con el alcalde?, me he dado cuenta que me mirabais todo el rato.
―No, no estábamos hablando de ti, solo que al mirar hacia dónde estabas tú te has podido llevar una impresión equivocada.
―¿Y qué era eso que decía el alcalde de que se rumoreaba de mí?
―Nada, no le hagas caso, ya sabes que dentro del partido se hablan estas cosas, el alcalde es amiguete mío desde hace muchos años, pero yo no le había dicho nada, de todas formas, ya te comenté que estás llamando mucho la atención dentro del partido… esto son cosas normales… eres lo que la política demanda hoy en día, mujer, buena presencia, reservada, hablas bien, ya sabes… esas cosas.

Claudia no le quiso contestar a lo que acababa de decir. Lo que había intentado ser un piropo había terminado siendo un comentario machista, pero lo dejó pasar.

―Tampoco decía nada malo, tenía toda la razón en que eres muy guapa, si me permites el halago, hoy vienes espectacular.

Sintió como los ojos de Basilio le recorrían todo el cuerpo, no era muy propio de su jefe ese tipo de piropos. Antes de volver a la posada Basilio estaba tanteando el terreno para ver si tenía alguna posibilidad con ella aquella noche.

―Gracias.
―Cuando quieras nos volvemos a descansar… que nos lo hemos ganado.

Se fueron andando hasta la posada rural, estaba a cinco minutos y en cuanto entraron subieron por la escalera de madera que crujió en el silencio de la noche a cada paso que daban. Las habitaciones de los dos estaban pegadas y Claudia se preguntó qué habría pensado el alcalde cuando Basilio le dijo que reservara dos habitaciones contiguas. Ella no sabía si su jefe se atrevería a proponerle algo, esa noche Basilio no podía jugar la baza de tomar algo dentro, pues las habitaciones no tenían mini bar ni nada por el estilo. A pesar de eso, Basilio abrió la puerta y se quedó mirándola fijamente, ella le correspondió y él se sintió con la suficiente confianza como para intentarlo.

―¿Quieres pasar? ―preguntó estirando el brazo hacia el interior.

Le parecía increíble que Basilio le hubiera propuesto eso. En ese momento podría haber dejado las cosas claras y pegarle un buen corte, pero fue bastante educada y con una sonrisa falsa contestó.

―Vamos a descansar, que ha sido una semana muy larga, buenas noches.
―Buenas noches ―dijo Basilio agachando la cabeza.

Su simple plan de la cena improvisada y reservar en la posada rural para pasar la noche juntos no había funcionado. Estaba claro que Claudia no quería nada con él, y se preguntó si alguna vez se repetiría lo que había pasado en Madrid. Entró y se sentó en la cama derrotado. Se sentía avergonzado por la negativa de ella. Había quedado en ridículo.

Estaba obsesionado, no podía dejar de pensar en Claudia, durante la noche había mirado varias veces sus perfectas tetas que se le marcaban a través de la camiseta, su pequeño y duro culo, sus trabajadas piernas. Cada vez que le ponía una mano en la cintura se le ponía tiesa bajo los pantalones, sentía como se le movían sus caderas al andar y le costaba retirar la mano cuando la rodeaba por detrás.

Recordó la noche en la que follaron en el hotel de Madrid, todo había sido demasiado rápido y no había disfrutado del momento, casi ni había visto el cuerpo desnudo de Claudia y cuando terminó la echó de la habitación de malas maneras. Todavía le parecía increíble haberse corrido dentro de aquella diosa. Y ella se lo había permitido.

Necesitaba darse una ducha de agua fría, “No, no lo hagas”, se dijo a sí mismo desabrochándose el cinturón. Se aflojó el nudo de la corbata y dejó que el pantalón le cayera hasta los tobillos en una imagen lamentable. Se reclinó hacia atrás y se sacó la polla de su bóxer a rayas. Comenzó a pajearse despacio intentando no hacer ningún ruido. Ni tan siquiera respiraba. “No lo hagas” se martirizaba a sí mismo, pero seguía tocándose y disfrutando el momento. “No te corras, es pecado, no te corras”. Pensó en Claudia, en lo que estaría haciendo en la habitación de al lado.

Siguió manteniendo la respiración todo lo que podía mientras se masturbaba. “No te corras, no te corras”.

Se quitó los zapatos en cuanto entró en la habitación, ya no podía aguantar más el dolor de pies. Estaba muy contenta por cómo había gestionado lo de Basilio, aunque todavía sentía un poco de nervios. Su jefe le acababa de invitar a entrar en su habitación, se había visto con la suficiente confianza para pedírselo y eso no le gustaba nada a Claudia.

No perdió el tiempo, se lavó los dientes y después se puso un fino pijama primaveral. Se metió rápido en la cama y estuvo ojeando un poco el móvil antes de dormirse. Buscó en la galería del teléfono las fotos que le había enviado Mariola. Era una pena que no se le viera la cara, pero su cuerpo era inconfundible.

Mejor dicho, su culo era inconfundible.

Y luego estaba el arnés que se había puesto y que quería estrenar con Claudia. Le esperaba un sábado intenso y ya estaba deseando llegar a casa para descansar un poco. La cita con Mariola le ponía muy nerviosa, su marido era la primera vez que las iba a ver follar juntas, lo que hacía el encuentro todavía más morboso y excitante.

Se acordó también de Lucas, imaginó al chico esperándola en su Clio azul en la calle oscura del polígono. El viernes que viene, posiblemente iba a volver a encontrarse con él, y aunque le parecía una locura había una parte de ella que estaba deseando repetir y subirse al coche de su alumno para hacer todo tipo de perversiones con el chico.

Intentó relajarse, pero eran demasiadas cosas las que invadían su mente, la posada estaba en un lugar solitario y solo se escuchaba paz y tranquilidad. Tenía muchas ganas de masturbarse, pero prefirió no empezar a hacerlo, sino iba a tener que correrse. Y de repente escuchó un sonido que venía de la habitación de Basilio.

―¡¡Ahhggggggg!!

Un gemido ahogado acompañado de otros pequeños jadeos más agudos, “ahhhh, ahhhhhh”, parecía que le costaba respirar, en un primer momento Claudia se asustó, pensó que le podía estar dando un ataque cardíaco o algo por el estilo, pero luego comprendió que su jefe se estaba corriendo. Se acababa de hacer una paja.

Claudia se dio media vuelta y sonrió triunfal bajo las sábanas. Sabía que Basilio se había corrido pensando en ella. Luego trató de dormirse lo más rápido posible.

Le esperaba un sábado muy emocionante.

13

Me desperté pronto, sobre las ocho, llevaba casi una semana sin correrme y me levanté con los huevos hinchados, cargados y muy duros. Miré el móvil y no tenía ningún mensaje de Claudia. Me había costado dormir pensando en el encuentro con Mariola y en que mi mujer iba a pasar la noche con su jefe en un pueblo perdido.

Cada vez que ella tuviera un viaje de trabajo me iba a pasar lo mismo. A pesar de que Claudia me había asegurado que no iba a pasar nada con Basilio yo no tenía la certeza absoluta de que eso fuera a ser así. Y además era culpa mía, yo mismo la había empujado a sus brazos la noche que me llamó por teléfono porque su jefe se le había insinuado. Luego con el móvil encendido pude escuchar como Basilio se la follaba en un polvo desastroso que apenas duró un par de minutos.

Me quedé un rato en la cama, fantaseando con la cita en casa de Mariola. Apenas habían pasado dos semanas desde el viaje a Madrid con ella. En la habitación de hotel ella me había hecho una paja rodeándome la cintura con sus fantásticas piernas mientras escuchábamos a mi mujer follar con Jan. Me pregunté qué Mariola nos íbamos a encontrar por la noche. La que había estado provocándome e incluso humillándome en Madrid o la Mariola reservada del viaje de vuelta, en la que apenas había hablado en el coche.

Busqué varias fotos de Mariola en la galería de mi móvil y tuve que acariciarme un poco la polla por encima del pijama, tampoco mucho, pues no quería correrme y echar por tierra el esfuerzo que había tenido que hacer toda la semana. Realmente no sabía qué es lo que me esperaba en su casa, en un principio íbamos a cenar los tres y luego Claudia y ella iban a follar delante de mí, pero por más que lo intentaba no lograba visualizar la escena.

No me imaginaba a mi mujer teniendo sexo con Mariola, lamiendo su coño, besándose con ella, desnudas en la cama, tocándose, usando juguetes. Era una fantasía tan potente que me parecía irreal. Mariola era su mejor amiga, habíamos ido a centros comerciales con ella, nuestras hijas jugaban juntas. Y ahora de repente, era su amante. Nuestra nueva corneadora.

Tuve que detener mis movimientos masturbatorios cuando la polla me palpitó un par de veces amenazando con correrse bajo el pantalón de pijama. Era el momento de levantarme de la cama y pensar en otras cosas o el día se me iba a hacer demasiado largo.

A media mañana, mientras barría un poco la entrada del chalet, llegó un taxi. Salí a la puerta y Claudia se bajó del coche, inmediatamente después hizo lo mismo el conductor, un morenito que abrió el maletero para sacar la maleta de mi mujer.

―Muchas gracias, Modou, el lunes te llamo y te confirmo horarios para la semana que viene.
―Vale, muchas gracias, señora.

Me acerqué a Claudia para darle un beso y coger su maleta.

―Buenos días, cariño, ¿qué tal el viaje?
―Bien, ya sabes, lo de siempre, cenamos con el alcalde del pueblo y poco más… una pérdida de tiempo.
―¿Y qué tal con Basilio?
―Pues bien, vamos normal. Tranquilo, que no ha pasado nada, que ya sé por dónde vas.
―No, no es eso…
―Claro que es eso, anda vamos para dentro que quiero ver a las niñas.

Después de comer Claudia se echó una pequeña siesta y cuando se levantó por la tarde estuvimos jugando con nuestras hijas en el jardín. Mientras las peques se divertían revolcándose por el césped Claudia y yo nos sentamos compartiendo una cerveza con limón junto con unas patatas fritas.

―¿Ya te has recuperado de lo de anoche?
―Tampoco tenía mucho que recuperar, he dormido siete horas y el viaje era muy cortito, podíamos haber venido a casa a dormir perfectamente, pero Basilio se puso pesado con que teníamos que quedarnos en el pueblo, así que…
―Ya sabes qué es lo que quería…
―Me lo imagino, pero ya te he dicho que puedes estar tranquilo, lo que pasó con él fue un error y no va a volver a pasar… así que vamos a cambiar de tema.
―¿Y de qué quieres hablar? ¿De lo de esta noche?

Claudia me miró de reojo al pasarme la cerveza con limón.

―Espero que hayas cumplido lo que te pedí…
―Sí, lo he cumplido, aunque me ha costado, hoy me he levantado, 

ufffff


―Ya te queda poquito.
―¿A qué hora hemos quedado?
―A las nueve en su casa, me ha dicho que nos iba a preparar la cena, Mariola cocina muy bien, habrá que llevar una botella de vino, ya son las 18:45, dentro de poco vamos subir a prepararnos y antes de ir a su casa dejaremos a las niñas donde mis padres.
―Estoy un poco nervioso por lo de esta noche…
―Yo también…
―No sé qué va a pasar en casa de Mariola, es la primera vez que os voy a ver juntas, tengo los mismos nervios en el estómago que cuando quedábamos con Víctor, aunque la sensación sea distinta.
―¿Distinta, por qué?
―Con Víctor era otra cosa, en cierto modo me imponía bastante, y verte con él hacía que me sintiera muy pequeñito, eso con Mariola no me pasa, además no tenemos que viajar a Madrid, ni reservar una habitación de hotel, vamos a cenar en su casa, no tiene nada que ver…
―Eso es, vamos a cenar en su casa y luego que pase lo que tenga que pasar… ¿hay algo en especial que te gustaría ver? ¿Alguna sugerencia? ―me preguntó Claudia.
―No, Claudia, solo dejaros llevar y ya está… espero no tener ningún mal rollo con Mariola, ya sabes que en Madrid no terminó la cosa muy bien en su habitación.
―Seguro que no, y eso de que no terminó muy bien la cosa lo dirás tú, te recuerdo que te hizo una paja, pero ya lo hemos hablado entre nosotras, tú no puedes participar, salvo que te lo pidamos, así que vete olvidando de tocar un pelo a Mariola, lo dejaremos bien claro antes de empezar, ni ella puede tocarte a ti, ni tú puedes tocarla…
―Lo que vosotras digáis… pero yo me refería a lo que pasó después en su cama, cuando me fui de la habitación…
―Sí, cuando intentaste follártela, ¿no?
―¡Claudia!
―¿No lo intentaste?
―Bueno, sí, pero… tú estabas con el chico ese, te estábamos escuchando metidos en la cama, ¡joder, Claudia! ¿Qué querías que hiciera?

Mi mujer se levantó de la silla y se puso de pie detrás de mí, bajó la mano para agarrarme disimuladamente la polla sobre el pantalón y se agachó besándome en la mejilla.

―¡Ni se te ocurra tocar a mi amiga! ¡Es toda para mí!

Luego se incorporó dejándome totalmente descolocado y empalmado.

―¡Vamos a prepararnos, chicas, que tenemos que ver que llevamos a casa de los abuelos! ―dijo en alto acercándose a nuestras hijas para tirarse en el césped del jardín con ellas.

Dos horas más tarde estábamos en el coche, acabábamos de dejar a las niñas donde mis suegros y nos dirigíamos a casa de Mariola. Me gustaba la ropa que había elegido Claudia para la cena, iba elegante, pero muy informal, con unos vaqueros azul oscuros ajustados, zapatos de tacón y una camisa blanca con un botón abierto, en la que se la transparentaba el sujetador negro.

Aparcamos el coche a unos cien metros de la casa de Mariola, fuimos andando por la calle agarrados de la mano y yo llevaba en la mano izquierda una botella de vino blanco. Llamamos al timbre y escuchamos la voz de Mariola.

―¿Quién es?
―Nosotros ―contestó mi mujer.
―¡Subid!

En cuanto entramos al portal me acordé de cuando Claudia se había enrollado con su alumno. Ahora estaba en el lugar de los hechos, no quise hacer ningún comentario sobre eso y subimos en el ascensor en silencio. Yo estaba muy nervioso, pero Claudia también. Podía notarlo.

Mariola salió a recibirnos a la puerta de su casa.

―¿Qué tal, parejita? Os estaba esperando ―dijo dándome dos besos a mí primero y después a mi mujer―. Pero pasad por favor, bueno, David, tú no conoces la casa, ven que te la enseño ―me dijo en un tono amable.

Era un piso normal, muy modernito, pero no tenía nada especial, eso sí, todo muy limpio y ordenado, me fue difícil concentrarme en lo que veía, pues Mariola iba delante de mí con una minifalda blanca, con cuadros azules, que era demasiado corta. Me llamó la atención que incluso estando en su casa se había puesto zapatos de tacón y en la parte de arriba llevaba una camiseta negra de manga larga, con la espalda al aire, escote ovalado y una cinta que rodeaba su cuello.

La amiga de mi mujer estaba espectacular, si lo que quería era excitarme, puedo asegurar que lo consiguió en cuanto la vi. Su falda era cortísima, la tela llegaba lo justo para cubrir su culo, no me extrañaba que semejantes nalgas fueran la debilidad de mi mujer. Aquella falda resaltaba su forma y volumen y los zapatos de tacón hacían que todavía estuvieran más prietos sus glúteos. Por si fuera poco, se notaba que no llevaba sujetador debajo de la camiseta negra que dejaba ver parte de sus tetas. Iba perfectamente maquillada, al contrario que Claudia que apenas se había pintado un poco. Me encantaba la amiga de mi mujer, con los labios de color rojo intenso, a juego con las uñas y el sombreado de ojos que se había hecho.

¡Estaba irresistible!

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