ISA HDEZ

Hoy se levantó nostálgica; unas lágrimas resbalaron por su cara cuando al entrar en el salón percibió una sinfonía diferente, como recordando aquellos días que él estaba allí impregnándolo todo con su fragancia, con el libro en las manos y, la radio o el televisor encendido, de fondo decía para no parecer que estuviera solo. Aunque cuando le preguntaba cómo se podía concentrar en la lectura siempre respondía lo mismo, «solo te tengo a ti en el pensamiento, tú eres la única que me distrae», y ella se reía a borbotones como si fuera una broma que le decía para contentarla, y siempre le repetía la misma frase. Ahora al recordarlo en el espacio vacío pareciera que escuchara su voz, hasta siente su aroma, como si no hubiera pasado ya tiempo suficiente para dejar esos pensamientos en el baúl de los recuerdos. La iluminación de la mañana la devolvió a la realidad y, sin querer sus ojos tristes se clavaron en la mirada de la foto de la mesita de cristal, y sintió como una luz punzante en aquellos ojos color miel con la mirada honda que le atravesaba el alma, y la puso en pie de un salto tal si le recordara que debía seguir en el camino que un día juntos trazaron, y que, a ella, aún le quedaba un trecho por recorrer. Tras lavarse la cara para despertarse del todo, se miró al espejo y una arruga más vislumbró en su piel curtida por el tiempo, pero no echaba al fuego ni un solo recuerdo vivido. Todo formaba parte de su esencia y con cierta vanidad lo guardaba en sus pensamiento. ©

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