GAMBITO DANÉS

La vida te puede cambiar en un momento, nadie está a salvo de eso. Ni siquiera mi padre, John Henderson, un cirujano de éxito en Charlotte. Tampoco Denise Jordan, su preciosa esposa afroamericana o yo mismo, el fruto de su unión.

Los Henderson éramos una familia de anuncio, con el trabajador marido, la voluntariamente abnegada esposa y el hijo mestizo consecuencia del amor interracial. Mis padres se conocieron en la universidad. Fue cuando los dos cursaban el tercer año que mi madre se quedó embarazada. Por decisión propia, ella decidió dejar los estudios y hacerse cargo de mí, así mi padre pudo centrarse en su carrera. Todo un éxito, a sus treinta y seis años mi padre acababa de ser ascendido a jefe de cirugía torácica del Carolina Medical Center, el más joven de la historia, y mi madre, teniendo yo ya dieciséis años, se dedicaba a las labores del hogar, los clubs de lectura y a ser la perfecta anfitriona.

Cuando nos mudamos a Dilworth, a una mejor casa y cercana al trabajo de mi padre, a todos nos pareció una buena idea…

1

La nueva casa era preciosa, o al menos lo sería cuando consiguiéramos despejarla de todas las cajas que se amontonaban por cada rincón. Los tres trabajábamos concienzudamente para adecentarla lo antes posible, a las once de la mañana llevábamos ya cuatro horas de faena, aunque no lo pareciera. Las malditas cajas parecían reproducirse a mis espaldas.

—Voy a poner gasolina al coche y de paso compro algo para comer —anunció mi padre justo antes de que oyera cerrarse la puerta principal.

Estaba en mi nueva habitación, vaciando la segunda caja de ropa en el armario cuando entró mi madre cargada con otra y me la dejó al lado de la cama diciendo:

—Esta también es tuya.

—Joder, ¿tanta ropa tengo? —me quejé.

Ella me miró con sus grandes ojos, resaltando aún más al tener el pelo recogido en un pañuelo, y me advirtió:

—Esa boca.

—Perdón, pero es que no se acaban nunca, son como gremlins recién salidos de la piscina.

Ella se rio y, exhausta, se apoyó en el marco de la puerta. Por el rabillo del ojo vi un coche por la ventana que parecía aparcar en nuestra parcela y pensé que era mi padre que se había olvidado algo.

—Cuando esté todo en su sitio ya verás como habrá valido la pena —me animó ella.

—Eso espero.

—Y el nuevo colegio dicen que está muy bien.

No contesté, aquel era el único tema que me había dolido. Arrancar a un adolescente de su entorno siempre es un pequeño drama. Ella entró más en la habitación y se apoyó ahora en una pared. Su piel negra intensa brillaba por el sudor.

—Sé que ha sido difícil para ti, pero todo irá bien —me dijo con voz comprensiva.

Yo colgaba ropa en las perchas de mi nuevo armario cuando oí una voz de alguien a quien no había visto venir:

—Bueno, bueno, bueno. ¿A quién tenemos aquí?

Mi corazón se había acelerado incluso antes de que girara la cabeza para ver de dónde provenía la pregunta, dos negros de poco más de veinte años habían entrado en la habitación y nos observaban burlones. La cara de mi madre era de espanto, apoyada en la pared retrocedía ligeramente guardando las distancias con ellos. Hice un amago de ir hacia ellos, pero el más bajito de los dos sacó enseguida una pistola que en su mano parecía enorme y me apuntó.

—Tranquilo eh héroe, o te haré daño.

—¿Y bien? ¿Dónde está la pasta? —dijo el alto y espigado sacando del bolsillo también un revólver plateado.

Mi madre estaba en shock, con los brazos replegados como protegiéndose.

—Nos estamos mudando justo hoy, no tenemos nada —contesté con voz temblorosa.

—¡Y una mierda! ¡Niñato! —me gritó el bajito sin dejar de apuntarme.

—¡Os lo juro! ¡Os lo juro! ¡No hay nada! —respondí nervioso cubriéndome, como si mis brazos tuvieran la capacidad de parar las balas—. Mirad las cajas, coged lo que queráis.

Ambos bajaron las armas, aunque no por eso parecían menos amenazantes, y otearon a su alrededor. Luego, el alto miró fijamente a mi madre y luego a mí, y repitió la acción tres o cuatro veces.

—¿Qué sois? —interrogó.

—¿Cómo? —repregunté algo sorprendido.

Colocó su revolver entre los brazos de mi madre y le obligó a bajarlos, a separarlos de su cuerpo, volvió a repasarla con su siniestra mirada e insistió:

—¿Qué sois? ¿Es tu criada?

—M…mi… ¿Mi criada? No. Es mi madre.

—¿Tu madre? —intervino ahora el otro mirándonos—. Pero si tú eres demasiado pálido, ¿no?

—Mi padre es blanco —contesté con un nudo en la garganta.

El bajito hizo un gesto de desaprobación, se acercó a mi madre y le dijo:

—Hermana, ¿te has follado a un blanquito? ¿Es eso?

Ella miraba al suelo, evitando cruzarse con sus ojos. Llevaba puesto unos vaqueros ajustados y un fino jersey ceñido de color rojo a pesar de estar en verano, acentuando sus voluptuosas formas, algo a lo que enseguida hicieron mención:

—¿Este cuerpo se ha tirado a un blanco? Joder hermana… ¿Por qué?

—Joder negra, pero si estás buenísima —dijo el espigado recorriendo su busto con el revolver.

De nuevo hice otro amago de intervenir, pero el pequeño me apuntó gritándome:

—¡Eh! Un paso en falso y os mato y después os follo. ¡¿Queda claro?!

—Tranquilo niñito —añadió el otro—. Que solo estamos charlando.

Con pequeños toques con las armas la obligaron a moverse, a ponerse de lado y darse la vuelta para poder observarla lascivamente.

—La puta leche, qué mujer eh, cuéntame algo hermana, aún no he oído tu voz. Dime, ¿cuáles son tus medidas?

Mi madre no respondió. Giraba sobre sí misma en aquel obligado desfile en absoluto silencio. El bajito, que parecía ser el más explosivo de los dos, le apuntó a la frente e insistió:

—¡Tus medidas! ¡Puta!

—No… no lo sé —titubeó ella.

—Vamos. Estoy seguro que una guarra folla-blancos como tú sabe perfectamente sus medidas. ¡Vamos!

Asustada, siendo reales o no, respondió:

—95-64-97.

—Jujujuju, ¿has oído eso muchacho? —dijo el espigado mirándome—. Tu madre es toda una cachonda, ¿eh? ¿Crees que se las ha inventado? Mírala bien, demasiado reales para que se las haya inventado, apuesto a que esta furcia sabe perfectamente cuánto le miden las tetas y el culo.

El bajito puso una de sus zarpas encima de los pechos y comenzó a manosearlos por encima del jersey.

—Sí que parecen un noventa y cinco, mmm.

Siguió despachándose con el busto para luego atacar las nalgas, agarrándoselas con fuerza con la mano libre y diciéndole:

—Quítate lo de arriba.

Mi madre tenía los ojos entrecerrados y era incapaz de reaccionar. Intervino entonces el espigado:

—Vamos colega, no hay tiempo para esto. Vámonos ya.

—Sí claro, solo un segundo. ¡Quítate el jersey!

El alto volvió a mirarle con gesto de desaprobación, pero su compañero insistió:

—Solo quiero ver si nos ha dicho la verdad. ¡Vamos! ¡Enséñame las tetas!

Ella inspiraba bruscamente como a punto de sollozar. Agarró el jersey y se lo quitó lentamente, mostrando su cuerpo de cintura para arriba cubierto solo por el sujetador negro.

—Joder hermana lo sabía, ¡lo sabía! Menudo par de melones. ¿Y vas y se los regalas a un puto rostropálido? Eres una vergüenza, negra.

Le sobó los pechos por encima del sujetador mientras que le puso la pistola en la entrepierna presionando contra su sexo, sentí que en cualquier momento me podía desmayar, que perdía el control de mi propio cuerpo.

—J… —dijo el alto a modo de aviso.

—Un segundo hombre, un segundo.

Le agarraba los pechos e incluso los subía, como si experimentara con la gravedad, hasta que finalmente dijo:

—Negra, me encantaría quedarme y enseñarte las diferencias entre una polla negra y una lechosa, pero me ocuparía demasiado tiempo.

Parecía que iban a irse, separándose incluso lentamente de ella y avanzando hasta la puerta, pero entonces de nuevo el bajito volvió a apuntar a mi madre con la pistola y, señalándome, ordenó:

—Bésale.

Ella le miró con extrañeza, como realmente no entendiéndole.

—Bésale. ¿No te gustan los cafés con leche? Pues eso, quiero verlo, ¡bésale zorra! Y no un besito de mamá eh, uno de amor, con lengua y babitas.

Vino hacia mí tímidamente y se colocó en frente, mirándome con esos enormes y asustados ojos marrones y semidesnuda de cintura para arriba. Como disculpándose, acercó sus labios a los míos y me dio un pico.

—¡¡Bésale de verdad joder!! ¡O te juro que esparciré sus sesos en la pared! —gritó acercándose hacia nosotros.

Restregó entonces patosamente su boca en la mía, teatralmente.

—Negra, te lo juro, como no le metas la lengua hasta el corvejón os mataré. Cómele la boca como si fuera tu amante. ¡Ya!

Obedeció al fin, introduciéndome la lengua y rodeando la mía lentamente, entrelazándose las dos.

—Eso es, eso es —susurró el tipo quitándole el pañuelo de la cabeza—. Agárrale del pelo muchacho, disfruta, en tu vida podrías estar con una mujer así.

Le hice caso, cogiéndole del pelo trenzado, sujetándoselo mientras seguía el movimiento del morreo. El malhechor le agarró el culo y acercó su cuerpo al mío, sintiendo yo ahora sus pechos contra mi torso.

—Así se hace. Vamos negra, seguro que lo puedes hacer mejor.

El beso siguió, notando su lengua en todo momento junto a la mía y oyendo el ruido de nuestros labios al separarse momentáneamente.

—Mmm, delicioso.

El bajito seguía empujando su cuerpo contra el mío, obligándonos a estar más juntos, a rozarnos. El espigado había venido también a ver la escena y ya no parecía tener tanta prisa. De repente la separó, dejándonos a una distancia de medio metro y diciéndome:

—Bien muchacho, quizás sí tienes algo de negro. Prepárate a disfrutar.

En un solo movimiento me bajó el pantalón de chándal y el bóxer hasta los tobillos, liberando una tremenda erección de la que ni era consciente.

—¡Me cago en la puta J! ¡Pero si está empalmado y todo!

—Jajajaja, ¿y esto? ¿Te has excitado con el beso o cuando le metía mano a tu madre? Jajajajaja.

La cara de mi madre estaba desencajada y de nuevo creí que me iba a desmayar. El bajito agarró de las trenzas a mi madre y la puso de rodillas diciéndole:

—No le puedes dejar así hermana, a mamar.

Desde mi perspectiva podía ver sus ojos cristalinos por las lágrimas, y también su despampanante escote. Se me revolvieron las tripas. El espigado, que se había ido animando, le puso el revolver en la sien ordenándole:

—No tenemos todo el día.

Ella me agarró el miembro y se lo introdujo lentamente en la boca hasta poco más del glande, quedándose entonces inmóvil, petrificada.

—Mira negra —dijo el bajito—. La técnica es cosa tuya, pero si este necesitado chico no se corre en cinco minutos lo mataré.

Comenzó entonces la felación, sin dejar de agarrarme la base del falo y recorriendo mi carne con su lengua, metiéndosela y sacándosela del interior de la cavidad. Me temblaban las piernas, no entendía cómo podía estar en ese estado con la adrenalina, el terror que sentía y siendo mi propia madre, pero ni las amenazas habían conseguido bajar la erección.

—¡Eso es! ¡¡Eso es hermana!!

—Disfruta cabronazo, nunca te la chupará ninguna guarra con semejantes tetas.

Ella hacía pequeños parones, desesperada, con visibles náuseas, pero las amenazas eran constantes.

—Te quedan cuatro minutos.

Siguió entonces, acelerando el ritmo, sacudiéndomela también con la mano sin dejar de chupármela y jugando su lengua con mi glande. No pude evitar gemir.

—¡Sigue! ¡¡Sigue!! Eso es. Mírale las tetas muchacho, mira como botan.

No pude evitar fijarme, ver como sus enormes mamas bailaban al ritmo de la mamada. Cerré la boca con fuerza, tensionando incluso el cuello, pero ni así conseguía reprimir los gemidos de placer.

—Te quedan dos minutos —anunció uno de los dos mientras ella aceleraba.

Sus labios recorriendo mi miembro, con movimientos largos y profundos, comenzando en el glande y terminando al toparse con su mano que me pajeaba simultáneamente. Mis expresiones de placer eran cada vez más audibles.

—Córrete campeón, llénala de leche. Como se le ocurra apartarse me la cargo.

No lo hizo, siguió con la desesperada maniobra hasta que eyaculé, contorsionando mi cuerpo y descargando entre numerosos espasmos dentro de su boca.

—¡Así se hace hermana! ¡Joder! ¡Sí! Me la has puesto dura como una porra puta.

Se separó de mí y quedó sentada en el suelo, abatida. Vi entonces de reojo que el espigado había grabado toda la escena con su móvil. Dijo el bajito:

—Parejita, ha sido todo un placer. Bienvenidos al barrio. Ah, y yo de vosotros no volvería a dejar la puerta abierta.

Nos dejaron solos. Mientras me vestía de nuevo pude ver por la ventana cómo se iban. Mi madre seguía en el suelo, ultrajada y semidesnuda. Yo sentía tanta vergüenza que no sabía cómo proseguir. Escupió entonces en el suelo, expulsando mi simiente entre arcadas. Le traje el jersey rojo, invitándola a que se cubriera.

—Mamá…

Oí entonces el coche de mi padre llegar, esta vez era él de manera inequívoca.

—Mamá…

—Papá nunca puede saber esto, ¿me oyes? Nunca —afirmó sin mirarme.

—Pero mamá…

—¡Nunca! —insistió a punto de entrar en un ataque de histeria.

—Vale.

Oí la puerta principal. Mi madre ya se había puesto el jersey, pero pude ver que en la comisura de sus labios aún tenía un pequeño resto de semen.

—¡Ya estoy aquí! Y traigo pizzas. Han tardado, pero me han dicho que valen la pena —anunció mi padre desde el recibidor.

Limpié la boca de mi madre y le adecenté un poco el jersey. Cubrí también los restos del suelo depositando una caja encima. Ya en pie me miró con sus penetrantes ojos y me dijo:

—Nunca.

2

Hola, adiós, ¿tienes hambre?, buenas noches, a cenar…

Era toda la conversación que tuve con mi madre la siguiente semana, lo único que era capaz de decirme y siempre sin mirarme directamente. Mi padre preguntó varias veces si nos ocurría algo, pero ella lo achacaba a la mudanza, a la jaqueca o a cualquier otra estupidez. Por mi parte yo no estaba más comunicativo, y había dormido una media de dos horas todos los días. El cansancio y las visibles ojeras delataban mi lamentable estado. Por lo menos la mudanza ya parecía encarrilada.

Salí al jardín con la ilusión de que un chapuzón en la piscina me despejara un poco. Mi padre, aun no habiendo empezado el nuevo curso, ya solía pasarse por el hospital para preparar su nuevo trabajo, y a mi madre me la encontré en una tumbona bajo una sombrilla. A pesar de estar cobijada por la sombra del parasol, tenía la cara cubierta también por una camiseta, deduje que con la intención de descansar un poco.

Allí estaba, en la sombra, con la cara tapada y en biquini. Como si expusiera su cuerpo. Solo verla reviví toda la escena. 95-64-97, pensé. Recordé…

¿Se habría inventado sus medidas? A simple vista parecían reales. Tenía el vientre plano, pero no marcado, las caderas generosas y los pechos indiscutiblemente grandes, cayéndose ahora hacia los lados por las leyes de la gravedad. Plantearme eso en esas circunstancias y después de lo ocurrido me pareció repugnante, pero no hay persona más libre que el ser interior, que nosotros mismos cuando estamos encerrados entre nuestros más oscuros y prohibidos pensamientos.

—Mamá… —dije sin saber muy bien la razón.

—¿Mamá? —alcé la voz al sentirme ignorado.

—¿Si? —dijo ella al fin.

—¿Estás bien?

—Sí —respondió sin demasiado énfasis.

—Siento que últimamente no lo estás —insistí yo en algo obvio.

—Todo irá bien —dijo.

Esa era su frase favorita cuando había un problema. Como si las cosas se arreglaran siempre con el tiempo.

Con la cara aún cubierta por la camiseta, mis ojos seguían observándole el cuerpo. Sus pechos apenas contenidos dentro del sostén naranja, sus caderas grandes y firmes. Me hacía gracia ver la planta de sus pies blanca en contraste con su cuerpo negro, pero por cada mirada “simpática”, había tres “extrañas”. Pies, pechos, muslos, ombligo, manos, caderas, ingles…

Noté el vergonzante endurecimiento de mi entrepierna, pero al ser algo incipiente y no tener ella visión sobre mí seguí la peculiar conversación:

—Yo quiero que estés bien ya.

No contestó.

Nuevas escenas vinieron a mi cabeza, algunas de las más explícitas, con mi madre de rodillas, chupándome el miembro mientras yo no le sacaba ojo de su escote. Recuerdos de mi miembro pétreo como empezaba a estar en ese preciso instante. Casi involuntariamente comencé a acariciarme la medio-erección por encima del bañador, como recolocándome la bragadura.

—Mamá… Sabes qué… Que…

Buscando las palabras noté como mi falo se animaba aún más con mi mirada perdida ahora en la parte inferior del biquini.

—…Pues…El otro día. No sé. No sé qué pudo pasar. Nos apuntaban con una…

No pude terminar la frase, mi madre se quitó la camiseta de la cara e incorporándose, sentándose sobre la tumbona, me dijo:

—El otro día no pasó nada. ¡¿Vale?! ¿Me has oído?

Sus grandes ojos marrones me apuntaban mientras yo disimulaba patosamente mi erección con la mano, tapándome incluso con ambas como si estuviera protegiéndome de un posible balonazo.

—¿Cómo puedes decir eso? ¿Pero no has visto cómo estamos? ¿Cuánto tiempo tardará papá en darse cuenta de que algo no va bien?

—¿Y qué quieres? ¿Contarle lo que pasó? —me increpó ella.

—No, no sé, no es eso. ¡Yo qué sé! Que lo hablemos entre nosotros o algo.

Ella se puso en pie, dejando toda la rotundidad de sus curvas a escaso medio metro de mí.

—¿Y qué quieres hablar? ¿Es que tienes alguna pregunta?

Yo seguía con mis manos en la entrepierna y mi aparato parecía no querer entrar en razón. Ella hablaba, pero más que preguntas parecían reproches.

—No, no tengo ninguna —dije defendiéndome—. ¿Y tú?

—Yo creo que tampoco —afirmó toda seria, estudiándome.

Bajó entonces la mirada y se quedó fijamente observando mis partes nobles, ridículamente cubiertas por el bañador y ambas manos. Yo moví la cabeza como preguntando qué le ocurría, pero ella lejos de disimular siguió fijándose.

—¿Seguro que no tienes ninguna pregunta? —inquirió.

—No, ¿tú?

Tenía los brazos en jarra, recordándome cuando era pequeño y me cazaba en alguna travesura. Con cada pequeño movimiento sus pechos botaban, demasiado grandes para el biquini. Demasiado grandes para cualquier traje de baño, de hecho.

—Pues yo tampoco —afirmó tajante.

—Vale —dije realmente incómodo.

—Entonces no hay nada de lo que hablar, ¿verdad?

—No, nada —asentí.

—Pues muy bien —sentenció abandonando la escena seria y visiblemente molesta.

Me di cuenta entonces de dos cosas: La primera que además de estar lógicamente afectada por lo que nos había ocurrido, algo de lo que había hecho le parecía mal. La conocía demasiado bien como para no darme cuenta de eso. Y la otra que yo tenía un problema, una confusión monumental, que mezclaba asco con excitación, censura con erección, trauma con sexo.

La primera de las observaciones me perturbaba profundamente, sin saber cuál era exactamente su queja. ¿Sería por no haber intervenido? ¿Por no haberla defendido? ¿Por no haberme negado? O peor aún: ¿Era por haber sido capaz de excitarme en una circunstancia tan bizarra como esa?

La vida te cambia en un instante.

3

Sin poder dormir, bajé al piso de abajo a por un vaso de leche. Al volver a mi habitación oí voces que provenían del dormitorio de mis padres. Avancé a hurtadillas y escuché, con algunas dificultades, la conversación:

—¡Pues vale! —exclamaba mi padre con voz frustrada.

—Lo siento —decía ella.

—Sí, ya —insistió él notablemente resignado.

—¡¿Perdona vale?! Pero es que no me apetece.

—Eso ya lo sé Denise, pero es que no te apetece nunca.

Entendí ahora lo que pasaba. Mi padre habría tenido algún tipo de acercamiento amoroso hacia ella y mi madre lo habría rechazado.

—¡¿Y qué le puedo hacer?! —dijo ella molesta.

—¡No sé! Si es que no lo entiendo. Desde que hemos venido a esta casa ha sido así. ¿Es que te da miedo que nos oiga? Si es más grande que la otra.

—No, no es eso.

—¿Entonces?

Ella no contestó, o por lo menos no fui capaz de escuchar la respuesta escondido tras la puerta. Aquel diálogo que me habría asqueado y ruborizado a partes iguales semanas atrás, era ahora siniestramente interesante para mí. Me imaginé incluso a mi padre intentándole meter mano a mi progenitora y esta rechazándolo teatralmente. De nuevo mi miembro se endureció bajó el pijama.

—Vamos cariño —reiteró él.

Oí ruidos. De sábanas, de forcejeos.

­­—¡He dicho que no! —exclamó ella al fin.

—¡Joder! ¡Pues vale! ¡Cómo quieras!

Escuché pasos por la habitación, pero no tuve tiempo a reaccionar que se abrió la puerta y salió mi madre. Iba descalza, puesto solo el pantalón del pijama y una camiseta de tirantes. Se quedó mirándome seria, como era costumbre últimamente. Balbuceé. Ella puso los ojos en blanco, sacudió la cabeza en forma de negación y bajó las escaleras camino del piso de abajo.

Bajé también y me la encontré en el sofá, sentada con los dedos índice y pulgar agarrándose el nacimiento de la nariz, meditabunda.

—Mamá, ¿qué pasa? —pregunté haciéndome el tonto.

No contestó, para variar.

—¿Mamá?

—Nada hijo, vete a dormir.

De nuevo, su respuesta, más que buscar mi alivio, pareció un reproche.

—¿Pero qué pasa? —interrogué de nuevo.

—¿Es que no has escuchado? —repreguntó ella.

—¿Yo? —me defendí— Pero si volvía a mi habitación después de buscar un vaso de leche.

Mi madre veía a través de mí, ni las respuestas más creíbles resultaban válidas para ella.

—Vale —fue lo único que dijo.

—¿Pero se puede saber qué he hecho ahora? —dije sentándome en el sofá a su lado.

Estaba preciosa aun enfadada. Con esos pantaloncitos del pijama estilo piratas que dejaba parte de su pantorrilla al descubierto y sus pezones marcados en la fina camiseta de tirantes. Tenía las trenzas recogidas en una cinta roja y apenas le veía la cara por la posición de las manos. Entendí el calentón de mi padre, y me maldije por entenderlo.

—Nada, vete a la cama —advirtió por segunda vez.

—No te entiendo, te lo juro que no te entiendo —le recriminé disimulando mi excitación producida por las lascivas miradas.

Ella alzó la cabeza, hizo uno de sus cada vez más habituales gestos de reprobación y contestó:

—¿Y qué quieres que te diga? ¿Que me he discutido con tu padre porque no me apetece follar con él?

Fue oír la palabra “follar” de sus labios, algo nuevo para mí, que mi polla hizo un respingo dentro del pantalón del pijama, convirtiendo al mismo en una vergonzosa tienda de campaña. Mi madre lo vio al instante, como si hubiera detectado el movimiento dentro de la prenda, puso de nuevo los ojos en blanco y chasqueó la lengua en señal de asco. Depositó entonces ambas manos sobre su cara, tapándola desesperada. Ni la posibilidad real de que fuera consciente de mi estado me contuvo, aprovechando de nuevo para repasar su figura con mi sucia mirada.

Sus enormes pechos, los pezones intentando atravesar la tela, sus muslos cubiertos por la delgada capa del pantalón. Me fijaba especialmente en la arruga que se formaba en la parte interior de los muslos, deduciendo que detrás de ella estaba su sexo. Y no parecía que llevara bragas, en esos pantalones tan ajustados se habrían marcado. Me atraganté con mi poca saliva y mis pulsaciones subieron. Como simulando consolarla, alargué la mano y la deposité en su muslo.

Ella me la apartó al instante de un manotazo y de nuevo hizo el característico ruido de chasquear la lengua contra el paladar.

—Joder mamá. ¡¿Pero qué te pasa conmigo?! ¿Acaso soy yo quién te apuntó con un arma?

Me mostró su rostro severo y me dijo con total parsimonia, marcando cada letra:

—Tampoco pareció que te molestara demasiado.

—¡¿Qué?! ¡¿Pero qué dices?! ¡¿Tú estás loca o qué?! ¿Qué insinúas? ¿Eh? —respondí indignado.

A pesar de la tensión, el enfado, y aquella revelación, mi polla seguía yendo por libre, y lejos de apaciguarse parecía alimentarse de la confrontación.

—Nada, vete a tu cuarto de una vez —ordenó bajando la mirada y el tono.

—¿Que me vaya? ¿Y cómo quieres que me vaya después de lo que has dicho? —reprendí.

—Vete —dijo seria, pero serena.

—Y una mierda. Me iré cuando me expliques cómo has podido decir una barbaridad como esa. No estás bien, ¡eh! ¿Pero cómo puedes pensar algo así de mí?

Ella puso la cara a un palmo de la mía y me gritó:

—¿Cómo pudiste tú excitarte?¡Es repulsivo joder!

—Fue por supervivencia —le dije susurrando con autoridad mientras le tapaba la boca, temeroso de que nos oyera mi padre—. ¿Es que no lo entiendes? Nos iban a matar.

Noté que intentaba hablar y retiré mi mano de su boca.

—Me miras raro —afirmó.

—¿Yo? ¡No digas tonterías!

—Me miras raro y actúas raro —insistió.

—¡Mentira! Los dos estamos raros, lo que nos pasó fue horrible.

Ella guardó unos segundos de silencio para añadir:

—Para mí sí.

—¿Y crees que para mí no? ¡Eres mi madre eh!

—Me miras como a una puta —dijo como liberada, con los ojos brillantes por las lágrimas.

Comenzaron a deslizarse las lágrimas por sus mejillas, oía como sorbía con la nariz. La abracé instintivamente, igual que si consolara a un niño.

—Suéltalo todo mamá, déjalo salir, no permitamos que se pudra dentro —la consolé.

Ella me devolvió el abrazo, primera muestra de cariño en diez días.

—Eso es, llora, lo necesitas. Yo te quiero igual que siempre mamá, nada ha cambiado —seguí sintiendo la humedad de su rostro en mi cuello.

Se desahogó durante varios minutos. Finalmente nos incorporamos, pero una vez de pie nos dimos un segundo abrazo, como si hiciera años que no nos veíamos. Yo también sentí un tremendo alivio, con su cuerpo pegado al mío, rodeándome con sus brazos, su busto contra mi pecho. Entonces, en medio de lo que parecía el cariño más tierno, su sexo topó contra mi bulto, golpeó mi descomunal erección que en vez de aplacarse había crecido más con los roces, pareció que ni la ropa nos separaba. Se apartó al instante y me miró inquisitiva, abriendo aún más sus enormes ojos.

—¿Qué? ¿Esto? No empieces eh, llevo así toda la noche, que tengo dieciséis años joder.

Ella volvió a negar con la cabeza y se fue regalándome la imagen de su gran culo moviéndose de lado a lado a cada paso.

—¿Y ahora qué? —le dije siguiéndola.

Siguió avanzando y negando, comenzando a subir las escaleras.

—¡¿Mamá?!

La perseguí hasta que entró en su dormitorio, me quedé unos segundos en la puerta como un perro abandonado y finalmente volví a mi habitación. Lo siguiente fue una dantesca y confusa escena de onanismo edípico.

4

El día siguiente fue raro. Mi madre seguía distante, pero por momentos creía que sus ojos mostraban cierta ternura. Mi padre no tuvo que ir al hospital y pasamos un día en familia, consiguiendo disimular algo mejor nuestro estado de ánimo. Por instantes parecía que fuéramos recuperándonos de lo sucedido, aunque ella y yo éramos conscientes del esfuerzo que hacíamos por ocultarle a mi padre los hechos.

Por la noche veíamos una película los tres, o mejor dicho los dos, ya que mi padre se solía dormir siempre por la mitad. Poco antes de que terminara volvió en sí, bostezó y emprendió el camino al dormitorio diciendo:

­—Te espero arriba cariño. Buenas noches, hijo.

—Buenas noches papá, respondí.

Yo llevaba rato observando a mi madre de reojo. El verano y la ropa de estar por casa me estaba matando. Esa noche llevaba unos ajustados leggings azules con una raya blanca lateral y una camiseta del mismo azul. Cuando terminó la película mi madre fue la primera en levantarse, mostrándome todas sus curvas en su esplendor. Yo llevaba rato erecto, algo que empezaba a no sorprenderme. Se puso a trastear algo en un mueble, a hurgar dentro de un cajón. Probablemente buscaba algún libro que llevarse a la cama, pero yo solo veía su impresionante trasero en pompa, bailando al ritmo de la maniobra. Culo negro, rotundo, grande pero firme.

Me levanté cegado por la imagen, me acerqué a ella y la abracé por detrás, rodeando su cintura con mis brazos. Ella se quedó inmóvil mientras le decía:

—Te quiero, mamá.

No contestó, pero tampoco me extrañó. Pronto lo que podía haber pasado por un gesto afectuoso quedó eclipsado al empotrar mi bulto contra su despampanante pandero. Estaba tan excitado que podía sentir la totalidad de mi miembro presionado contra una de sus nalgas.

—Quiero que estés bien —dije aprovechando el momento.

Mi cabeza reposaba infantilmente sobre su espalda, mis extremidades abrazaban cariñosamente su cuerpo y mi polla se restregaba impune contra su glúteo. Me pareció que intentaba incorporarse, poner su cuerpo recto, pero se lo impedí, estrechándola en aquella incómoda pero sensual postura. Con sus manos se apoyó en la cajonera, aguantando el equilibrio mientras la estrujaba con más fuerza. Mi sable estaba completamente duro, recorriendo su anatomía hasta centrar el tiro y colarse en la raja de sus nalgas, cubriendo el espacio que nuestra ropa cedía por completo.

Ella no era capaz de levantar la cabeza, pero parecía más hastiada que indignada, casi resignada. Subí entonces los brazos y le agarré los pechos a manos cambiadas, su pecho izquierdo con mi mano derecha y el derecho con la izquierda, y sin demorarme, los estrujé entre mis dedos. Fue un momento tan placentero como efímero, ya que se levantó de golpe apartándome las zarpas y golpeándome con el culo para retirarme, la maniobra fue tan brusca que incluso golpeó el mueble con sus muslos. Sin mirarme en ningún momento, se fue alzando la mano en señal de asqueo.

Yo me quedé solo en el salón pensativo, pero acariciándome la entrepierna por encima del pijama casi compulsivamente. Al rato reuní las fuerzas suficientes y subí las escaleras camino de mi habitación, pero, de nuevo, algo llamó mi atención al pasar por delante del dormitorio de mis padres. Oía ruidos, pero esta vez no parecía que se estuvieran discutiendo. Parecían golpes, golpes rítmicos. No tardaron en llegar los gemidos. Pegué mi oreja a la puerta, pero solo conseguía escuchar a mi padre:

—¡Oh! ¡Oh! ¡Oh! ¡Oh! ¡Ohh!

¡Clap! ¡Clap! ¡Clap! ¡Clap! ¡Clap! ¡Clap!

—¡Oh! ¡Mm! ¡Mm! Cariño. ¡Mm! ¡Mm!

¡Clap! ¡Clap! ¡Clap! ¡Clap! ¡Clap! ¡Clap!

—¡Oh! ¡Oh! ¡Oh! ¡Ah! ¡¡Ah!! Cariño, mmm…

Después de haberme sobrepasado con mi propia madre un rato antes, me sentí inmune, así que con sumo cuidado giré la manija de la puerta y la abrí ligeramente, dejándola en un primer momento entornada y esperando.

Escuché:

¡Clap! ¡Clap! ¡Clap! ¡Clap! ¡Clap! ¡Clap!

—¡¡Oh!! ¡¡Ohh!! ¡¡Ohh!! ¡Ah! ¡Ah! ¡¡Ahh!!

Supe entonces que la acción había pasado desapercibida, así que abrí un poquito más la puerta y me asomé con la delicadeza de un ninja. Estaba bastante oscuro, pero pronto mis ojos se fueron acostumbrando y viendo con algo más de nitidez. La escena era espectacular, mi madre llevaba puesto solo la camiseta y estaba a cuatro patas como una perra, y mi padre, de rodillas sobre el colchón, la embestía sin parar desde detrás.

—¡Ah! ¡¡Ah!! ¡Oh! ¡Mm! ¡Mm!

Sus enormes pechos votaban, balanceándose brutalmente hacia delante y hacia atrás sin que la ropa consiguiera impedirlo, y de cintura para abajo estaba desnuda, mostrándome parte de su espectacular culo de negra.

—Eso es cariño, eso es, muévete. ¡Mm! ¡¡Ohh!!

Ella no parecía moverse demasiado, ni siquiera disfrutar. Miraba hacia abajo y permanecía sumisa, simplemente dejándose hacer generosamente. Mi padre le agarraba por las ingles para acometerla con dureza, gimiendo y moviéndose sin parar.

—¡¡Mm!! ¡Mm! ¡Mm!

Mi madre siguió inmóvil, convertida en un simple pero deseable receptáculo de placer. Arriesgándome aún más, liberé mi tremenda erección y comencé a acariciarme, disfrutando de la escena.

—¡Oh! ¡Oh! ¡¡Oh! Cariño. ¡Mm! ¡¡Mm!!

Me masturbé sin perder detalle, acompasando incluso mis sacudidas con las suyas, imaginándome que era yo el que la penetraba de manera tan perruna. El ruido de los muelles se confundía con el de los gemidos, mi padre abandonó por un momento las caderas de mi madre y avanzó hasta sus tetas, manoseándolas y retirando lo suficiente la camiseta como para liberarlas, enormes mamas que libres y en esa posición caían casi hasta chocar contra el colchón, moviéndose sin parar al ritmo de las arremetidas.

¡¡Ah!! ¡Ah! ¡Ah! ¡¡Mm! ¡¡Mm!! ¡Mm!

¡Clap! ¡Clap! ¡Clap! ¡Clap! ¡Clap! ¡Clap!

Seguimos un rato en ese no consentido triángulo amoroso cuando mi padre advirtió:

—Me corro. ¡Mm! Me corro, cariño. ¡Aahh!

Aceleré también yo y terminé descargando todo mi fluido contra la puerta del dormitorio de mis padres, apretando los dientes para no gritar y alcanzando un potente orgasmo. Viendo que mis padres se tumbaban, exhaustos, uno al lado del otro, abandoné la escena como un vil ladrón sin ni siquiera limpiar las pruebas del crimen.

5

Los siguientes días mi madre estuvo, como era de esperar, muy distante conmigo. Por mucho que me esforzara cada vez era más difícil pintar de normalidad mi actitud hacia ella, así que decidí tener un perfil bajo a pesar de no poder dejar de mirarla lascivamente. Todo parecía más o menos controlado cuando una mañana mi padre, justo cuando me iba a levantar, entró en mi habitación para hablar conmigo:

—Estás despierto, ¿no?

—Sí papá, ahora iré a desayunar.

—Perfecto. Hijo… te quería pedir un favor.

—¿A mí? —pregunté sorprendido.

—Sí. Verás, tengo varios compañeros que son poseedores de barcos y estoy viendo que las invitaciones para salir a navegar serán cada vez más recurrentes.

—Ya.

Al ver que no seguía con la historia repregunté:

—¿Qué tiene que ver eso conmigo?

—Bueno. Ya sabes cómo es tu madre, me hará decir siempre que no porque no sabe nadar. El agua y ella…ya sabes… le da miedo hasta la piscina si está sola.

Yo le miraba sin saber dónde quería llegar. Él continuó:

—Os he apuntado al club náutico junto conmigo, te pediría por favor que alecciones a tu madre, lo justo para que se sienta un poco más segura, no hace falta que se convierta ahora en una deportista. Yo no tengo tiempo y, hijo, sé que a tu edad lo último que te apetece es ir de aquí para allá con tu madre, pero de verdad que te lo agradecería mucho.

Pensé un rato, confuso, hasta que pregunté:

—¿Pero a ella le parece bien?

—Se ha resistido, con el tema del agua es peor que un gato, pero ya está convencida. Seguramente debe estar eligiendo looks ya, jejeje.

—De acuerdo papá, haré lo que pueda.

Él pareció un poco sorprendido, probablemente por resultarle tan fácil convencerme, me lo agradeció y salió de mi habitación.

Dos días después me encontraba en la piscina esperando que la señora Henderson hiciera acto de presencia.

Durante aquellas largas cuarenta y ocho horas fantaseé pensando en el modelito que escogería mi madre para comenzar sus lecciones de natación. Imaginé que aparecería, quizás, con aquel biquini naranja que parecía no ser ni de su talla al intentar ocultar su voluptuosidad, pero no fue así. Apareció entonces con un bañador de color azul clarito. Aun sin ser una prenda tan sexy como la mencionada, la gente no podía evitar quedarse mirándola al pasar cerca. Quizás era por ser negra en un club mayoritariamente de blancos, o nueva, o no lo suficientemente elegante, pero yo creo que era por la rotundidad de sus curvas.

Mi madre fue hasta la parte menos honda y bajó lentamente por las escaleras, sintiéndose insegura, sin dejar de menear el trasero al ritmo de los escalones.

—Que no muerde —le dije yo refiriéndome al agua.

Al ser media mañana estaba la piscina bastante despejada, consiguiendo al momento un carril solo para nosotros. Ella estaba bastante seria, no sé si por la natación en sí o por lo acontecido en casa las últimas semanas.

—Vamos mamá, que es más fácil de lo que parece.

La Piscina le cubría justo por debajo de los pechos, mamas enormes, comprimidas y disimuladas detrás de la tela del traje de baño.

—Primero conseguiremos que le pierdas un poco el miedo, jugando con la flotación.

Le agarré de ambas manos y la moví por el agua, intentando que cada vez inclinara más el cuerpo, dejándose llevar. Ella me agarraba fuertemente de las manos, inquieta. Cuando la noté un poco más tranquila pasé a la segunda maniobra, arrastrarla un par de metros y soltarla para que flotara un poco por sí sola, como si de un bebé se tratase.

—Eso es —indiqué.

Las siguientes veces repetí la acción, pero poniendo mi mano bajo su vientre, alargando así un poco el recorrido.

—Así mamá. ¿Lo ves? ¿Ves cómo flotas? Relájate y estira los brazos como si fueras Superman.

Concentrada y seria me obedecía, me di cuenta de que no había abierto la boca desde que llegó, ni siquiera para saludarme. Viéndola un poco más segura la empujaba con más fuerza desde la tripa, empujándola entonces también desde la planta de los pies para que recorriera unos metros más, parecía estar dominando ya el concepto de flotación. Con todas esas maniobras podía ver como se asomaba su despampanante culo como la aleta de un tiburón, pasando continuamente por mi lado. La tela del bañador apenas podía cubrir sus impresionantes y deseables glúteos. Colocando mi mano en su vientre a veces rozaba también sus enormes senos, y con tan poco y en poco tiempo había conseguido despertar en mí una más que notable erección.

—Muy bien mamá, lo vas a pillar rapidísimo.

Cambié entonces la técnica, ella flotaba en horizontal, extendía los brazos, y yo la desplazaba primero con la mano en su barriga para después empujarle directamente el culo, sintiendo durante un par de segundos la piel de sus nalgas en mis obscenos dedos. Me pareció que titubeaba, pero no me detuve. Vientre y glúteo, cada vez más descaradamente, agarrándole el culo entero y recreándome.

Se quedó de pie, seria, agarrándose el comienzo de la nariz con los dedos como solía hacer cuando comenzaba a enfadarse, así que decidí cambiar de ejercicio.

—Muy bien, ahora agárrate al bordillo, estira el cuerpo todo lo que puedas y mueve las piernas como si empezaras a nadar por ti sola.

Me hizo caso, comenzando a aletear como si empujara el mulo intentándolo desplazar.

—Eso es, así, sigue, sube el cuerpo y el culo todo lo que puedas.

De nuevo la visión era deliciosa, con sus rotundas, pero sensuales y tersas piernas luchando contra el agua. Mientras seguía practicando yo me había acercado lo suficiente como para colocarme a su lado, puse de nuevo la mano en su vientre para subirle un poco el cuerpo y la animé.

—Así, arriba, arriba, sube el culo, como si quisieras salirte de la piscina.

Ella siguió concentrada, cansándose poco a poco. Yo la observaba y sentía toda la fuerza de mi anaconda dentro del bañador. Aunque llevaba gafas de piscina y un gorro que con esfuerzos cubría sus trenzas, me pareció que estaba guapísima.

—Vamos mamá, un poco más, ¡aguanta!

Sentía su respiración entrecortándose por el agotamiento, pero decidí alargarlo un poco más. Mi mano manoseaba su tripa ganando algunos centímetros en dirección a su pubis por dentro del agua mientras que colocaba el otro brazo debajo de sus pechos simulando ayudarla.

—Solo un poco más, lo estás haciendo genial

Sintiéndome un poco protegido por el movimiento y el agua, gané algo de terreno colocando mi mano justo en su cadera y agarrándole con la otra el pecho que más lejos me quedaba, sin dejar de poner mi brazo como un improvisado salvavidas.

—¡Vamos mamá! ¡Vamos!

Seguí deleitándome con su cuerpo con disimulo hasta que perdí el control, colocando mis dedos sobre su sexo, separados solo por la ropa y con la ingenua ilusión de que no se diera cuenta. Ella, al momento, cayó de lado del susto sumergiéndose completamente. Cuando salió a la superficie se quitó las gafas y pude ver como su cara era un auténtico poema. Yo, que hacía tiempo había perdido la percepción de las líneas que se pueden cruzar, me abalancé a ella abrazándola en una especie de huida hacia delante.

—Lo has hecho de maravilla, estoy orgulloso de ti —le dije sin dejar de agarrarla y sin que ella me devolviera el abrazo.

—¡Bravo! —seguí yo sin soltarla.

Ella, incómoda, consiguió darse la vuelta, pero yo continué rodeándola con mis brazos y pegando mi cuerpo al suyo hasta sentir el bulto de mi entrepierna presionando sobre su nalga.

—Ya verás como enseguida estarás nadando en el mar —seguí de manera casi infantil.

Mi madre, incapaz de mirarme como era ya costumbre, forcejeó ligeramente para que entendiera que quería que la dejara en paz, pero no me di por aludido. Mis antebrazos presionaban sus enormes melones mientras que mi falo seguía apretado en su trasero. Se quitó el gorro liberando sus trenzas mientras que con el brazo me empujaba el hombro para soltarse definitivamente, pero yo me había convertido en un auténtico cepo. Asqueada, luchó un poco más, pero en vez de liberarse lo que hizo fue darse la vuelta y terminar entre el muro de la piscina y yo mismo, literalmente entre el sable y la pared.

Nos miramos durante unos largos y extraños segundos, juntos pero quietos, cuando volví a abrazarla y pegué mi polla contra su sexo, deseando que la ropa no existiera. Le agarré el culo y lo elevé ligeramente, haciéndola flotar mientras le ensartaba la bayoneta en su entrepierna, reteniéndola entre ella y la pared.

—Estoy muy orgulloso de ti —repetí cegado por el deseo, incapaz de separarme.

La oí gemir de incomodidad y, deshaciéndose de las gafas y el gorro que aún sujetaba, colocó sus dos manos en mis hombros para empujarme infructuosamente.

—Para —dijo al fin.

—No pasa nada —susurré yo fuera de control.

Le sobaba el culo mientras mi porra se clavaba en sus partes e incluso me atreví a besarle en el cuello.

—¡Qué pares! —exclamó separándome definitivamente.

En ese mismo instante alcé la mirada y vi que fuera de la piscina me observaban un tipo elegante con bigote y un guardia de seguridad de aspecto poco amigable.

—Salgan de la piscina, por favor —ordenó el que parecía estar al mando.

Mi madre y yo nos dirigimos al carril donde se encontraba la escalera y salimos tranquilamente, aunque mi corazón iba a mil por hora. Una vez fuera nuevamente cogió la iniciativa el que parecía ser una especie de gerente o director.

—No hemos podido evitar analizarles y creemos que ha habido una actitud indecorosa por su parte que, además de contradecir las normas de este club, ha violentado a esta señora —me dijo el tipo mirándome con seriedad—. Señora, si quiere presentar una queja o incluso una demanda debe saber que tiene todo nuestro apoyo.

—¿Qué? —dije yo indignado, pero cerciorándome al momento de la ridícula y visible erección que tenía.

—Por favor señora, si lo prefiere, podemos hablar los cuatro en un sitio más tranquilo.

Mi madre se adecentaba el bañador compulsivamente, como si se tratase un tic nervioso, y era incapaz de mirarnos a ninguno de nosotros, teniendo la mirada todo el rato clavada en el suelo.

—¡¿Pero tú eres imbécil?! —me defendí.

El guarda de seguridad hizo un amago de venir a por mí y me encaré sin miedo, poseído por la adrenalina. Creo que en ese momento mi porra seguía más dura que la suya.

—Le ruego que me acompañe —dijo ahora el bigotudo.

—No voy a ninguna parte, gilipollas.

—Si colabora todo irá mejor, aclare lo que tenga que aclarar con la policía —insistió él.

Al ver que no obedecía, el guarda de seguridad me agarró por el brazo, pero me separé con un violento gesto gritando:

—¡Que soy su hijo, subnormal! ¡Su hijo!

Ambos me miraron con la cara desencajada para hacer lo mismo después con mi madre, como si buscaran una confirmación.

—Par de capullos —seguí yo maldiciendo entre dientes.

—Señora —dijo el del bigote al fin—. ¿Es eso cierto?

Mi madre dudó unos instantes, alzó al fin la mirada y respondió:

—Sí, es mi hijo, así es. Está todo en orden.

—De acuerdo, señora —dijo el gerente—. Ha sido un malentendido, les ruego que abandonen las instalaciones con la finalidad de que todos nos calmemos un poco, y que lean atentamente las normas de las instalaciones antes de volver.

Ella asintió con la cabeza mientras yo seguía insultándoles por lo bajini.

Después de eso, apenas recuerdo cómo fue el camino a casa, estaba demasiado abochornado.

6

Pasaron otros días raros, con mi madre sin hablarme ni mirarme. De hecho, desde que nos asaltaron en casa, estaba casi siempre distraída, con la mirada perdida o incapaz de mirarte a los ojos. Llegó el sábado y aprovechando la buena temperatura preparamos la mesa del jardín para comer. Mi padre parecía de muy buen humor, parlanchín y quizás algo achispado por el vino, regalo de un nuevo colega del hospital.

—Pues está muy bueno este vino, sí señor, tiene buen gusto Michael. Tendremos que invitarle a él y a su esposa algún día a cenar, cuando la casa esté más acogedora.

Si mi madre comía sin prestar demasiada atención, con la mirada fija en la mesa, a mí me pasaba todo lo contrario, era incapaz de dejar de observarla. Tenía las trenzas recogidas a un lado, tapándole parte de la cara, y una camiseta de tirantes blanca que le hacía un espectacular escote.

—Además es de los que tiene barco y no para de insistir en que vayamos a navegar aprovechando el buen tiempo —siguió mi padre.

Ella jugueteaba con la pasta, moviendo los macarrones con el tenedor. Yo tampoco estaba atento a los comentarios de mi progenitor, distraído con aquellos pechos que me obsesionaban.

—En la universidad tenía dos amigos con los que solía salir a navegar, ¿sabes hijo? Pero claro, cuando empecé a salir con tu madre la cosa ya no siguió. Por cierto, ¿cómo van las clases de natación?

Ninguno de los dos contestó. ¿Qué podía decir? No, papá, le metí mano a mamá y nos invitaron a irnos.

—Por aquel entonces me encantaba el mar, sin embargo, tu madre tenía otras aficiones. Hubo una época, antes de quedarse embarazada, que le dio por hacer las pruebas para animadora. ¿Te acuerdas cariño?

Mi madre ni se inmutó.

—Como lo oyes —siguió él cada vez más animado—. En el instituto por lo visto fue una figura de los saltitos, jejejeje, y en la universidad estuvo a punto de seguir el camino. La verdad, no soy muy entendido, pero yo creo que lo hacía muy bien jejejeje.

Pudo ver como ella dejaba los ojos, o por lo menos el ojo que no estaba tapado por las trenzas, en blanco. Primera muestra de algún tipo de sentimiento en un largo rato y no parecía demasiado buena.

—Por lo menos sexy estaba con la faldita y los pompones jejejejeje.

La risa socarrona de mi padre fue interrumpida por un sonoro golpe, el de mi madre golpeando la mesa con ambas manos. Fue tan violento que movió el mantel y todo lo que había sobre él.

—¡Basta! Harta de que me tratéis como un objeto, ¡¿me oís?! ¡Estoy harta! —exclamó.

Acto seguido se levantó y nos dejó a los dos con cara de asombrados. Mi padre me miró como intentando averiguar qué había pasado y yo intenté sacarle hierro al asunto:

—No te preocupes papá, está estresada por cambiar de casa, la piscina…

Él pareció conformarse con aquella explicación y siguió comiendo con gesto serio. Al rato me dijo:

—Hijo, ¿te importaría ir a ver si está bien? Yo mejor ya hablo luego con ella.

—Claro —respondí.

Fui directo a su dormitorio sabiendo que me la encontraría allí tumbada, prometiéndome a mí mismo cuando subía las escaleras que me comportaría como un hijo normal y responsable. Cuando la vi me tumbé a su lado discretamente.

—Por papá no te preocupes, le he dicho que estás estresada con la mudanza y se lo ha creído —informé.

No contestó, para variar. Permanecía inmóvil y con los ojos cerrados.

—Todos hemos estado muy estresados mamá, yo he estado muy confuso, traumatizado, como si otra persona viviera dentro de mí.

No reaccionó, pero me pareció que su rostro se ablandaba un poco.

—Lo que vivimos fue horrible, pero tenías razón, tiene que ser nuestro secreto. Con el tiempo, quizás semanas o meses, será un lejano recuerdo y conseguiremos enterrarlo en lo más profundo de nuestro ser.

Después de aquel derroche de poesía barata, me di cuenta de lo poco que duraban las buenas intenciones. Mientras la engatusaba con mis argumentos sacados de alguna telenovela mis ojos volvían a repasar su pecaminoso cuerpo. Con sus enormes tetas desparramadas hacia los lados y sus sensuales y negras piernas apenas cubiertas por un diminuto pantalón veraniego.

—Siento tanto, ¡tanto!, el haberte incomodado estos días. No era yo. Esos hijos de puta me pudrieron la mente, pero ya he recuperado el control —mentí.

Al ver que seguía con los ojos cerrados, desabroché lentamente mi pantalón corto, abriendo cremallera y botón con la simple intención de aligerar la presión que mi erección producía contra la bragadura, sintiéndome algo más cómodo al estar esta solo contenida por el bóxer. Me pareció que ella sollozaba ligeramente, como si estuviera a punto de llorar.

—Soy un monstruo, mamá, pero te quiero con toda mi alma.

Mi erección siguió creciendo descontrolada a medida que mi lasciva mirada le repasaba las piernas, el culo y las tetas. Al ver que ella seguía catatónica bajé también mi ropa interior, liberando mi pétreo miembro. Ella, contra todo pronóstico, pero por suerte sin mirar, alargó su brazo y me agarró de la mano cariñosamente, como aceptando mis explicaciones. Tragué saliva, con nuestras manos entrelazadas y mi polla fuera. Mi madre se puso de lado y colocó con ternura nuestras manos sobre mi pecho, apoyándose, y me miró a los ojos por primera vez en mucho tiempo. Sus ojos decían “te perdono”, “todo irá bien”, “ya estoy mejor”, y yo solo podía sentirme abochornado.

Su cuerpo estaba completamente pegado al mío, sentía sus enormes melones apretujados contra mi costado e incluso depositó una de sus piernas sobre las mías, acoplándose aún más a mí. Me dio un beso en la mejilla y yo tragué saliva. Con mi mano libre intenté alcanzar mi pantalón para subirlo, para disimular, pero este estaba trabado por su muslo. Con su pierna tan cercana a mi entrepierna y su cuerpo apretujado contra el mío era difícil apaciguar mi calentura.

—Yo también te quiero —me dijo con voz queda, abierta en canal emocionalmente.

Repetí la maniobra fracasada con el pantalón esta vez con el bóxer como objetivo, pero fue inútil, no conseguía subirlo para cubrir mi ridículamente erecta polla. Acomodó ella su cabeza en mi cuello y hombro, como si por primera vez en mucho tiempo se sintiera segura. Permanecimos así unos minutos cuando, en un movimiento de lo más absurdo, bajó nuestras manos que descansaban ahora en mi vientre para toparse contra mi tremendo bulto. Se puso en alerta enseguida, alzando la cabeza con los ojos abiertos como platos. Miró hacia abajo y al ver que tenía el aparato fuera y duro como una barra de hierro dio un respingo como si de repente mi cuerpo ardiera y tuviera que separarse de él.

Se quedó boca arriba, en la posición inicial en la que la había encontrado, con la expresión de la cara trastornada y respirando entrecortadamente. Yo, completamente desubicado, en vez de irme me abalancé sobre ella y me puse encima, con mi desnudo falo apretando sobre su sexo, separados solo por su ropa.

—Perdóname mamá, no sé qué me pasa —le dije mientras mis manos acariciaban sus piernas y restregaba mi polla en su entrepierna.

Le abrí incluso las piernas agarrándola de los muslos y seguí frotándome, colando incluso mis manos por la apertura que dejaba el minúsculo pantalón y agarrándole los glúteos.

—No puedo dejar de pensar en ti.

Ella parecía estar mucho más en shock que en anteriores ocasiones, alzando los brazos como en señal de rendición. Mientras le sobaba el culo con una mano, con la otra ataqué sus enormes tetas por encima del top, sin dejar de presionar sus partes con mi mandoble.

—Te necesito…mmm…

Intenté besarle en los labios, pero ella se apartó, subiendo la barbilla lo máximo posible para evitar el contacto y girando la cara, momento que aproveché para besarle el indefenso cuello.

—Te he mentido, sigo confundido, necesito esto —me excusaba en forma de lamentaciones.

Ella se movía incómoda, pero sin defenderse demasiado, con los brazos completamente quietos.

—No lo soporto más, ¡no puedo más!

Sabía que mi padre podía aparecer en cualquier momento, pero eso no me detuvo, incluso probablemente hizo que mi madre no montara un escándalo. Yo se lo magreaba todo, las tetas, el culo, las piernas, le mordisqueaba el cuello y casi sentía que podía penetrarla a través de la ropa, moviendo la pelvis como si estuviéramos en pleno acto sexual.

—Todo el mundo te mira siempre, no lo puedo soportar, mmm. ¡Mm!

Envalentonado, le agarré la goma del pantaloncito para intentar bajársela, pero ella me lo impidió moviendo las generosas caderas y, ahora sí, empujándome.

—¡Por favor mami! ¡Por favor!

En medio de la lucha conseguí subirle la camiseta y comprobar lo que ya sabía, la falta de sujetador, me pareció una provocación y los ataqué con ambas manos, manoseándolos a placer. Se resistió con más empeño, apartando mis manos y consiguiendo ponerse bien de nuevo la camiseta, pero yo era un pulpo, y si liberaba la parte de arriba atacaba la de abajo, despachándome con su culazo e incluso su sexo.

—¡Mm ¡¡Mm!!

Intenté de nuevo quitarle el pantalón de manera inútil, le agarré la mano y la obligué a que tuviera contacto con mi pedazo de carne implorándole:

—Por favor. Tócame mamá. ¡Tócame por lo menos!

Pero no lo hizo. Conseguía apartarla de mí una y otra vez y así con cada uno de mis ataques, defendiendo sus pechos, su pantalón, todo. Completamente agotado, me dejé caer a un lado quedando ambos en paralelo, con la respiración completamente desbocada y frustrado. Ella pareció aprovechar el momento para recuperar el aliento, pero yo no tardé mucho en acariciarme, mirando de nuevo su cuerpo prohibido y masturbándome sin pudor. En una de sus habituales actitudes, cerró los ojos y giró la cabeza asqueada.

Yo subía y bajaba la piel con frustración, estaba a punto de estallar. Mientras me daba placer alargué de nuevo la mano y la puse en su entrepierna, acariciándosela por encima de la ropa para no perder la motivación. Ella cerró las piernas, pero no se defendió de ninguna otra manera, sabiéndose agotada y calibrando el peligro de que fuera a más como escaso a esas alturas del combate.

—¡¡Oh!! ¡¡Ohh!! ¡¡Oh!! —gemí yo con descaro, como castigándola.

Repasaba su sexo con los dedos mientras que me pajeaba con la otra mano, excitado como no era capaz de recordar. A punto de llegar al clímax, me puse de rodillas en la cama sin dejar de tocarme y, apuntando sobre ella, eyaculé sobre su torso.

—¡Mm! ¡Mm! ¡¡Mmm!!

Por lo menos seis o siete chorros impactaron sobre su escote y el top sin que ella se moviera lo más mínimo. Durante unos instantes recuperé las fuerzas, me vestí de nuevo patosamente y me fui diciéndole:

—Tenemos un problema.

7

Esa tarde subí un escalón más en la escala de depravación y caída a los infiernos. Me convertí, casi de manera literal, en un perro. En uno de esos que están en celo y aprovechan cualquier ocasión para montar desesperadamente la pierna de sus dueños. Cualquier circunstancia era buena para meterle mano. En el sofá, lavando los platos, en el baño, la atacaba cuatro o cinco veces al día. Había jornadas que me levantaba y me acostaba erecto sin darle apenas un respiro a mi castigado falo. Ella se defendía y forcejeaba con desinterés, como si realmente me hubiera convertido en la molesta mascota.

Aquella mañana fui a su encuentro y la localicé limpiando la mesa del jardín. Estaba excitado incluso antes de verla, convirtiendo mi bañador en una tienda de campaña con patas. Mi madre vestía en la parte superior con el sujetador rojo del biquini y de cintura para abajo con unos ajustadísimos leggins de color negro, era muchísimo más de lo que necesitaba para sentirme provocado. Sin dudarlo me abalancé sobre ella con una maniobra que ya era repetitiva, apretujando mi bulto sobre sus glúteos y agarrándole las tetas desde detrás.

Ella hizo un ruido de desaprobación y se movió para apartarme, pero sin dejar de hacer la tarea, acostumbrada a lo que parecía ya una rutina.

—Mmm, mami…

Seguí sobándola, a placer, con tan solo algún que otro empujón con el propio cuerpo por su parte.

—Cada día estás más buena —afirmé con unos términos que, aun con todo lo sucedido, no me había atrevido a utilizar nunca.

Me empujó con el codo sin demasiado éxito y siguió sacándole brillo a la mesa de plástico.

—Vistiéndote así es imposible que me controle, vas siempre medio desnuda.

Esta vez no aumentó las defensas, de hecho, apoyó las manos sobre la mesa como si se rindiera. Yo apretujé sus enormes pechos como nunca, estrujándolos con rabia y restregando mi miembro sobra sus posaderas. Al ver que no se resistía, agarré la goma de los leggins y se los bajé hasta casi las corvas, para hacer lo mismo al momento con un sensual tanga al quedar este desprotegido. En un rápido movimiento me bajé también el bañador dejando al descubierto mi porra, y justo cuando fui a arremeter contra su cuerpo ella me empujó, patosamente al estar medio desvestida, consiguió sacarse una chancla y golpeándome con ella hasta tres veces como si fuera un animal.

Giró su cuerpo y me miró fijamente, con aborrecimiento, pero yo enseguida bajé la mirada y le vi por primera vez en muchos años su entrepierna descubierta, con el pubis rasurado en forma de triángulo invertido. Ella se dio cuenta y volvió a darse la vuelta, agarrándose la ropa para volverla a su sitio, pero los leggins estaban tan ceñidos que se habían quedado atascados en sus piernas. Lo hizo entonces con el tanga, pero a la mitad del camino hacia su culo la intercepté de nuevo atacándola desde detrás. Se apoyó de nuevo sobre la mesa para no perder el equilibrio, y yo sentí que volvíamos a la casilla de salida, pero con la mitad del trabajo hecho.

La agarré con autoridad de las caderas mientras que con mi polla me restregué por su trasero como un cerdo buscando su trufa.

—¡Para! —exclamó.

No hice caso, la sujetaba con una mano mientras que con la otra empujaba su espalda hacia abajo para acomodarla mejor, poniéndola en pompa. Mi madre estuvo a punto de hacer el movimiento definitivo para librarse de mí, pero yo fui sorprendentemente rápido, consiguiendo entrar en su cueva con mi glande desde esa posición de un fuerte empujón.

—¡Ah! ¡Ahh!

Gemí de placer, de liberación. Todo lo contrario que ella, que lo hizo de dolor y desesperación.

—¿Crees que puedes pegarme como si fuera una mala bestia? —la increpé mientras la embestía de nuevo introduciéndole esta vez casi todo el miembro.

—¡Oh! ¡Oh! ¡¡Ohh!!

Arremetí hasta tres veces más, acoplando mi pedazo de carne por completo y sintiendo un placer inmenso, con sus nalgas de negra pegadas contra mis ingles. Comencé entonces un baile rápido y rítmico de mete y saca, ayudándome a cada acometida con mis manos, acercándola cada vez que la golpeaba de manera perfectamente coordinada.

—¿Me tratas como a un perro? ¡Pues te follaré como un perro!

—¡Ah! ¡Ah! ¡¡Ahh!! ¡¡Ahh!! Ahhh.

Yo gemía y ella parecía sollozar, vencida, agarrándose simplemente a la mesa para no caerse.

—¡Ah! ¡Oh! ¡Oh! ¿Te gusta? ¿Te gusta? ¿O es que te tienen que apuntar con una pistola para disfrutar? ¡¡Aahh!!

La embestía ahora tan fuerte que sus caderas chocaban contra el borde la mesa y se tenía que poner de puntillas para no perder el equilibrio.

—¡¡Ohh!! ¡¡Ohh!! ¡¡Ohh!! Vamos mamá muévete. ¡Múevete! Como cuando dejas que te folle papá aunque no te apetezca. Mmm.

Su culo golpeando contra mí con mi polla en el interior de su coño de esa manera tan perruna era demasiado morboso para mí, uniéndose a la visión de sus pechos rebotando con cada arremetida hasta incluso salírsele un pezón fuera del biquini fue demasiado para mí, así que la agarré aún más fuerte de las caderas y penetrándola hasta lo más hondo me corrí, llenándola de mi leche y alcanzando un orgasmo tan potente que, cuando terminaron los espasmos de mi polla, me separé rápidamente para sentarme sobre el césped completamente mareado.

Fue entonces, cuando la vi subiéndose lentamente el tanga y los leggins, aún con un pecho fuera del sujetador y una de sus chanclas a varios metros de distancia, que me di de la monstruosidad que acababa de hacer. Ella tenías las mejillas llenas de lágrimas, se terminó de adecentar, se calzó, y abandonó la escena completamente resignada.

La vida te puede cambiar en un instante.

8

Después de nuestro encuentro en el jardín, a mis extremas sensaciones corporales anteriores le tuve que añadir dos más: náuseas y unas recurrentes e incómodas arritmias.

Estaba enfadado, rabioso, avergonzado, asqueado, excitado y asustado todo a la vez. Nos esquivamos durante tres larguísimos días llenos de insomnio y oscuridad. Calibré el daño ocasionado en una estimación que iba desde los diez años a toda la vida, y sentí como si el aire se convirtiera en algo pesado y difícil de gestionar. En más de una ocasión incluso noté que podía perder el conocimiento. Pensé que quizás eso era tocar fondo, parte de un extremo proceso de duelo provocado por la más salvaje de las situaciones. Me convencí entonces de que era el principio de mi sanación.

Me equivoqué.

Me había quedado solo en el salón y llevaba tiempo bebiendo leche mezclada con vodka, considerando el resultado como asqueroso pero bebible, pero siendo la única solución que había encontrado para nublar mis sentidos delante de mi padre sin llamar la atención. De regreso a mi dormitorio, como de costumbre, escuché detrás de la puerta de la habitación de mis padres. No podía creer lo que oía, de nuevo los gemidos de mi padre inequívocamente en pleno acto sexual. Me pregunté cómo mi madre podía prestarse después de lo sucedido tres días antes.

Sin especial disimulo, pero sin ser detectado, abrí la puerta y me quedé observando. Esta vez habían cambiado el estilo perrito por un rutinario misionero, con mi madre abierta de patas sumisamente y mi padre entre ellas, penetrándola con cierta monotonía. Al observar la desgana de mi madre, con sus piernas en forma de rana, y mi padre encima intentándose desahogar a pesar de su actitud, lejos de desmotivarme me produjo una repentina y perturbadora excitación. En unas semanas mi madre se había convertido, definitivamente, en un simple pero deseable juguete sexual.

Mi padre siguió empujando sin parar hasta que, de manera casi forzada, se derramó en su interior. Yo observaba desde la entornada puerta, con un nudo en la garganta y la polla en la mano.

—Voy a darme una ducha ­—anunció él con cierta desgana, retirándose y encerrándose en el cuarto de baño en suite.

Mi madre aún no se había vestido de nuevo, ni siquiera cerrado las piernas, cuando oí el agua de la ducha correr y aproveché para entrar en el dormitorio y ocupar el lugar de mi padre rápidamente.

—Yo también quiero, mamá —le susurré mientras mi falo jugueteaba con su sexo buscando la entrada y mis manos le agarraban los generosos glúteos.

Ni siquiera se asustó, tan solo me observó un instante para retirar la mirada hacia un lado, vencida. La penetré, sin importarme compartir fluidos con mi progenitor y aprovechándome de la lubricación, y enseguida comencé a embestirla a un ritmo alto. Intentaba contener los gemidos, guiándome por el sonido del agua de la ducha para sentirme a salvo y apretujando sus nalgas entre mis manos.

—Mm. ¡Mm!

Recorría su celestial conducto a placer, llevando el glande hasta casi sacarlo de su coño para volver a empujar mi pedazo de carne hasta lo más profundo, en movimientos rápidos, largos y profundos.

—¡¡Mm!! ¡¡Mm!!

Rechinaban los muelles de la cama y el cabezal golpeaba violentamente contra la pared mientras separaba una de mis manos de su culo para sobarle las tetas por encima del pijama.

­—¡¡Mm!! ¡¡Mm!! ¡¡Arrggh!!

Ella permaneció completamente inmóvil, casi inerte, y es que, aunque seguía con vida, probablemente su alma, como la mía, había muerto el día del asalto en nuestra casa.

—¡Oh mamá! ¡Oh mamá! ¡¡Ahh!! —gemí cada vez sintiéndome más incapaz de reprimirme—. Eres mía, no del viejo, ¡mía!

Oí que el agua dejaba de correr y, apretando mi boca contra su hombro para ahogar mis gritos de placer, me corrí en su interior entre agónicos espasmos.

Me retiré más rápido de lo que me habría gustado, huyendo del encontronazo con mi padre y dejándola allí tal y como la había encontrado, resignada y con las piernas abiertas como una perra que muestra sometimiento ante su amo.

9

Tuve la absoluta certeza de que nunca podríamos volver a ser felices, de que las líneas rojas cruzadas eran irreversibles. Analicé las posibilidades y las mesuré en una imaginaria balanza. Sabiéndome condenado, decidí aprovecharme de la situación. Disfrutar de mi madre sin reparos hasta que la situación saltara definitivamente por los aires.

Y así lo hice, durante el resto de las vacaciones creo que no hubo ni un solo día en el que no me las ingeniara para tener un momento de intimidad con ella, y con este eufemismo lo que quiero decir es que me la follé por toda la casa: en su dormitorio, en el mío, en el jardín. En la cocina, en el salón…

Siempre sin la más mínima resistencia, como si se tratara de una muñeca hinchable afroamericana de medidas 95-64-97. Pero el ser humano, en su caída a los infiernos, nunca termina de envilecerse lo suficiente, y cada vez necesitaba más. Necesitaba alguna reacción, incluso llegué a pensar que me gustaba más cuando se resistía que ahora que se había convertido en una ameba sumisa.

Con mi padre en el hospital la encontré indefensa en la cocina fregando los platos del desayuno. Llevaba puesta una camisa de mi padre y un culote de color rosa que destacaba aún más sus imponentes posaderas. De nuevo me sentí provocado, pensando cómo era posible que con todo lo que pasaba pudiera seguir vistiendo siempre en paños menores por casa, casi me ofendía.

Comenzando el protocolo habitual pegué el bulto del bañador contra sus nalgas sin percibir la más mínima reacción.

—¿Te gusta? —pregunté saltándome un poco el guion.

No contestó, ni siquiera dejó de lavar los platos.

—¿Es eso? ¿Te gusta? ¿Te pone saber que me paso el día empalmado pensando en ti? ¿Te enorgullece?

Mis palabras estaban llenas de amargura contenida, y su actitud de desprecio.

—¿Es eso? ¿Verdad? —insistí—. Te encanta atraer a los hombres, ¡a todos! Sentirte deseada. ¡El poder del coño!

No reaccionó y le agarré de las trenzas tirando de ellas.

—¡¿Es que no me oyes?!

Misma actitud.

Le sobé las tetas desde detrás y seguí restregando mi polla por su culazo, pero por primera vez, noté que mi aparato estaba a media asta, sin el vigor de siempre. La seguí provocando intentando conseguir alguna reacción que despertara mi interés:

—¿Crees que es mi culpa y tú eres la víctima? ¡Quizás lo tendrías que haber pensado antes de chuparme la polla delante de dos negratas! ¡Negratas como tú! ¿Y luego qué? ¿Pensabas que me iba a curar tratándome como a un puto violador?

No dijo absolutamente nada, en absoluto impresionada con aquella escalada de agresividad.

—¡¿Pero qué coño te pasa?! ¡¿Es que ves normal que tu hijo te vaya follando por todos los rincones de la casa?! ¿Eres una puta o qué?

Mis manos le metían mano sin parar, magreándole los enormes melones, restregándole el sexo por encima del culote y manoseándole el culo, pero mi miembro lejos de animarse parecía perder el interés a marchas forzadas.

—¡Necesito más! ¡¿Vale?! ¡Dame algo, joder! ¡Que yo no soy papá!

Le desabroché patosamente la camisa y jugué con sus enormes tetazas sin impedimentos, pero solo sirvió para no perder del todo la endeble erección.

—¡Chúpamela! —le dije agarrándola de nuevo de las trenzas, poniéndola de rodillas en el suelo de la cocina y colocándole el glande en sus labios.

Pero no lo hizo.

Las normas parecían claras: “hazme lo que quieras, pero yo no te haré nada”.

—¡Chupa joder! ¡¡Chupa como lo hiciste ese día!! —insistí frotándole la boca con mi falo.

Cada vez más frustrado, le agarré entonces la mano y la llevé hasta mi aparato exigiendo:

—¡Hazme una paja! ¡¡Házmela!! ¡Tócame!

Nada de nada, lo que al principio parecía el mayor chollo para una mente enferma como la mía, la sumisión total de la hembra, ahora se había convertido en mi debilidad. Desesperado, me arrodillé también, le bajé el culote hasta las rodillas y la coloqué a cuatro patas. Restregué mi polla por su anatomía, por sus antaño ansiadas nalgas y la raja de su sexo, intentando recuperar la dureza necesaria para penetrarla al modo perrito, pero aún sentía mi falo demasiado blando, en estado de semi-erección.

—¡¡Mierda!! ¡Muévete coño!

Estaba a punto de rendirme cuando, casi de manera accidental, mi glande se frotó con su ano, sintiendo ese nuevo orificio como algo nuevo y refrescante. Con una mano en su espalda y la otra en su cadera, exploré este nuevo horizonte, recuperando mi entrepierna la vitalidad deseada.

—¿Papá también te folla por el culo, mami? ¿Te gusta?

Ella, al sentir la nueva robustez sondeando su culo, giró la cabeza y me miró con los ojos bien abiertos.

—Ya veo que ahora sí reaccionas… —dije presionando sobre el conducto, forcejeando.

Mi madre movió las caderas violentamente, pero la sujetaba con demasiada fuerza.

—¿Qué pasa mamá? ¿Has encontrado al fin tus límites?

Excitado como hacía días que no recordaba, embestí con todas mis fuerzas consiguiendo colar mi glande en el agujero con dificultad y un extrañamente placentero dolor.

—¡Ah! ¡¡Arrgh! Ya veo ya, este culazo es virgen, ¿verdad? ¡¡Ohh!!

Ella se resistió de nuevo, pero en la siguiente acometida ya había conseguido meter mi sable hasta la mitad, sintiéndolo brutalmente atrapado en esa nueva y gustosa cueva.

—¡Para! —exclamó ella.

—¡¿Qué pare?! ¡Eso lo tendrías que haber pensado antes! —increpé empujando de nuevo y penetrándola completamente.

Con mi polla completamente aprisionada, sentía un inconmensurable placer, incluso el dolor y la incomodidad al comenzar a moverme en su interior me parecía disfrutable.

—¡Oh! ¡¡Oh!! ¡¡Ohhh!!

La agarraba ahora de ambas caderas para ayudar el movimiento, comenzando un dificultoso pero ansiado mete-saca.

—¡¡Ahh!! ¡¡Ahh!! ¡Oh! ¡Mm! ¡¡Mmm!! Menudo culo tienes mami. ¡Menudo culazo!

Ella se movía incómoda, en un intento de lucha, y eso lo hacía aún más excitante. En el forcejeo, consiguió tumbarse completamente en el suelo, abandonando la postura a cuatro patas, pero en ningún momento mi falo salió de su interior, acomodándome en esa nueva posición al más puro estilo “El último tango en París”. Completamente tumbado sobre ella, le agarré de las trenzas y seguí follándomela sintiéndome cada vez más cómodo dentro del pecaminoso conducto.

—¡Joder! ¡¡Joder!! ¡Sí! ¡Sí! ¡¡Síi!! ¡¡Ahora síii!! ¡¡Mmm!!

La embestía con tanta fuerza que su cuerpo rebotaba contra el frío suelo de la cocina, notando mis testículos chocar con cada acometida contra sus nalgas morenas. De refilón podía ver sus enormes tetas presionadas contra las baldosas, con aquellas enormes y aún más negras areolas y sus pezones erectos.

—¡Ohhh síiii arrrghhh!

Finalmente me corrí, vaciando toda mi leche en su interior entre violentos y descontrolados espasmos, alcanzando el orgasmo más salvaje de toda mi vida. Agotados, nos quedamos unos minutos en esa posición, relajando mi respiración, con mi pecho sobre su espalda y mi miembro perdiendo su virilidad aún en su interior. Con un último esfuerzo, me retiré y me tumbé a su lado. Por un instante, nuestras miradas se cruzaron, y supe que ya no podía robarle nada más.

La vida puede cambiar en un instante, y siempre puede empeorar.

2 comentarios sobre “Los Henderson

  1. Conchetumare, que mierda acabo de leer, si el objetivo es incomodar, totalmente logrado, no sé cual será tu fin al escribir esto, tal vez es el onanismo edípico que mencionas, porque de seguro que te calentaste haciendo esto. Me recuerda al extraño caso de los Johnson o Old Boy y para que decir Edipo Rey. Ahora no sé si es algo que pudiera leer todas las personas, a veces siento que esto ya es llegar muy lejos. Repito, no sé cual será el objetivo de hacer este tipo de literatura, si es ser libre está logrado. Pero representar una violación en el arte me parece un poco aburrido. Saludos !

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