LOLA BARNON

Capítulo 11

La última noche

La noche es tranquila en Madrid. Hay multitud de estrellas. Una ligera brisa mueve el calor que queda aún arrinconado en el asfalto y las calles de la capital.

Miro a Vicky tumbada en la cama. Se ha dormido hace unos minutos, después de permanecer un rato a mi lado, conversando de nuestras cosas, anhelos y esperanzas. Yo estoy un poco desvelado. Mañana cojo un avión a las doce y media, hacia Nápoles, donde me espera Macarena. Si pudiera elegir, no iría. Pasaría de este último trabajo y me dedicaría a intentar vivir la vida que acabamos de decirnos Vicky y yo.

Miro hacia ningún lugar y siento un ligero vértigo al imaginarme que, a partir de septiembre, empiezo con el plan que me he auto diseñado. Entrenar a ese modesto equipo de fútbol en el apartado físico, y dedicarme por completo a la comercialización de los productos deportivos para gimnasios en la zona de la costa alicantina. Eso, y los ahorros que he conseguido tras la muerte de mi hijo, espero que sea suficiente.

He dicho a mis padres que, en ese mes, por fin, me mudo. Que viviré a escasos kilómetros de ellos y que pienso dedicarles mucho más tiempo del que he hecho hasta ahora. Me siento bien, pero a la vez, experimento una sensación de novedad que me gusta y preocupa, de forma simultánea. No deja de ser un salto al vacío, porque nunca he conseguido trabajar con éxito y por mí mismo, salvo en el tema del sexo. Por mi cabeza pasa, rauda y esquiva, la idea de que, si fracaso, no tendré más remedio que volver a esto. Y eso, no solo me pone nervioso, sino que hace que me duela una sensación enorme de fracaso preconcebido.

Hago lo posible por apartar esa sensación de mi cabeza. Trago saliva, miro al cielo y comienzo un rezo para que aquello no ocurra. Quiero tener una oportunidad, intentar esa vida que creo que me merezco. Solo cuento con mis enormes ganas de ser normal y la ilusión de intentarlo. Quizá soy un iluso.

Por supuesto, tengo dudas. Sería un loco si no fuera así. Pero nunca se las planteo a Vicky. Creo que ella sostiene la idea de salir de esto porque yo me muestro firme y decidido. Porque le acompañaré en esto y, si fallamos, ambos nos tendremos. Sola, o con miedo, quizá sería para ella más complicado. Tiene coraje y valor, pero le faltaría un apoyo, una persona que la abrazara y calmara en esos momentos de tensión y temor. Debo ser yo quien aparente fortaleza, decisión y seguridad en lo que vamos a hacer.

Respiró exhalando todo el aire de mi pecho. Sé que no será fácil, pero mentiría si no lo viera y creyera posible. Me giro y miro de nuevo a Vicky. Tiene una respiración tranquila y duerme plácidamente.

Me gusta.

Me gusta mucho.

Cuando hacemos el amor, como esa noche, me siento bien, a diferencia de cuando trabajo. Generalmente, la sensación que me invade una vez terminado, y logrado el orgasmo de mi cliente, es de un cierto vacío. Es posible que sea porque los abrazos son de cartón, las miradas pasajeras y los besos o caricias tienen una muy pronta caducidad. No quiero decir que no disfrute, incluso mucho, con algunas de las mujeres con las que me acuesto por dinero. Lo hago, y tampoco me avergüenzo. Pero también creo que es posible que empiece a echar de menos un abrazo sentido, un beso de párpados cerrados y pensamientos en ebullición, o miradas que sujetan, sostienen y alientan sentimientos.

Con Vicky, a diferencia de las clientes, casi siempre empezamos con un beso. Un beso sentido, pausado, de bocas entreabiertas, silencios y lenguas lentas. Besos que saben a cariño y a necesidad.

Con Nuria, Macarena, Mamen o tantas otras, solo procuro que vivan su fantasía, que gocen y disfruten y se queden con una sensación placentera. O, si ella es más cañera, o ese día lo pide, procuro su placer a toda costa, sin más objetivo. Nosotros, Vicky y yo, en cambio, solo buscamos la culminación de nuestra atracción mutua. Sentirnos propios uno del otro, guarecernos de nuestra vida de afectos fingidos y placeres mercenarios.

Puede parecer manido o cursi, pero es la verdad. Con Vicky hay sexo, claro. Y bueno, sin duda. Pero enfocado a los sentimientos y no al simple placer. Hacemos el amor… no solo follamos.

Hay veces que, con las mujeres con las que me acuesto por dinero, siento el sexo como si fueran disparos, balas carnales arrojadas con furia y determinación. Es parecido a ser un sicario de la penetración, del disfrute pagado y comprado. Pero en contraste, con Vicky, el sexo se convierte en una unión tranquila, de deseo y sentimientos de querer y ser querido. Me sale muy natural con ella, transmitir sensaciones en vez de estímulos carnales. En concreto, surge la diferencia entre hacer el amor y follar, aunque las posturas, escorzos y acciones sean las mismas.

Aquella noche, sentada en mis piernas, Vicky se fue desnudando al ritmo de las caricias. Sus pechos, firmes y redondos quedaron a la altura de mi boca. Los besé, lamí y succioné provocando sus primeros gemidos y suspiros. Bajé con besos y paseando con mi lengua a través de su canalillo, deteniéndome en sus pezones y en su ombligo con un pequeño piercing. Le quité las bragas y el pantalón para dormir, y besé su depilado pubis.

Con los dedos lo abrí despacio, dejando que mi lengua jugueteara con su clítoris poco a poco. Haciéndola sentir, transmitiendo esa sensación de unidad y pasión, y no tanto un simple placer carnal. Vicky sabía a cítricos ligeramente ácidos. Quizás, pensé un instante, su dieta de frutas, pescado a la plancha, ensaladas y poca carne, contribuía a ello. No soy de los que se entusiasma con el sabor de la vagina, pero no me desagrada.

Succioné despacio, haciéndola gemir y estirarse mientras me acariciaba el cabello y echaba el cuello hacia atrás con suspiros y palabras murmuradas. Me ayudé del dedo, pero no quise continuar, cuando note que ella empezaba a jadear muy seguido. Prefería que tardara en alcanzar el orgasmo y que lo disfrutara más tiempo.

Me cogió la cara e hizo que me incorporara. Me besó en los labios y se irguió, haciendo que me sentara en el sofá. Mientras su lengua jugaba con la mía, me cogió el pene con su mano derecha, acariciándolo, desde los testículos, pasando por la base y llegando al glande. Se lo metió en la boca durante un par de segundos, lubricándolo. Repitió aquello dos o tres veces, hasta que yo mismo hice que se detuviera. Quería sentirme dentro de ella, penetrarla y que ambos nos sintiéramos propios de cada uno.

Ella suspiraba despacio, yo respiraba cada vez un poco más acelerado. Vicky se colocó de rodillas en el sofá, mirándome, quedando desnuda frente a mí. Me cogió mi pene, duro y caliente. Con habilidad lo llevó hasta su vagina, lubricada y receptiva. Empezó a besarme con mi polla en la entrada, provocándome un deseo brutal por introducirla en ella.

Me dejé hacer, con ella sentada en mis rodillas y mi cuerpo recostado en el sofá del pequeño salón. Poco a poco, con la única sintonía de besos y caricias, ella se introdujo mi pene en su vagina. Lentamente, con su mirada entreabierta, el pelo echado en la espalda y suspirando mientras yo me introducía en su interior. Recuerdo sus gestos, su respiración entrecortada, su piel arrebolada…

Abracé a Vicky mientras le besaba repetidamente en el cuello. A ella aquello le gusta y por eso, subía y bajaba conmigo dentro. Lenta y profundamente, acogiendo mi polla con avidez y deliciosa cadencia. Ella, con la cara echada hacia atrás, emitiendo suaves gemidos, me dejaba todo su pecho para que le besara y lamiera los senos. Sus areolas, de suave color moreno, y los pezones estirados, pasaban por mi boca y mi lengua mientras ella, seguía cabalgando con acometidas cada vez más firmes y aceleradas.

Me levanté con ella sujeta a mí. Sus brazos en mi cuello, sus piernas en mi cintura enroscadas y nuestras bocas fundiéndose en un beso largo y sentido. La tumbé en el sofá con mi polla dentro, dura y dispuesta.

Ella abrió un poco más las piernas y las alzó levemente facilitando mis movimientos de cadera. Empecé suavemente, hundiéndome con profundidad, para acelerar a medida que los jadeos de Vicky se iban haciendo más intensos y seguidos. 

Mi placer aumentaba, al igual que el de Vicky. Ambos resoplábamos y ya tumbados a lo largo del sofá, buscábamos nuestras bocas, mientras nos abrazábamos con la pasión del orgasmo cercano.

Vicky cambió con rapidez de posición ofreciéndose a gatas con una pierna apoyada en el suelo. Tenía el pelo suelto, alborotado, salpicándole su cara. Se había despojado de la camiseta de tirantes y, totalmente desnuda, me miraba pidiendo que la penetrara sin demora.

Apunté mi pene a la entrada y despacio fui introduciéndolo. Ella resoplaba con cada milímetro que iba entrando en su coño, tibio y mojado. Nos acoplamos en seguida y no tardó mucho en volver a gemir con rapidez. El sonido de mi pelvis entrechocando con su culo, mientras mis manos aferraban sus caderas. Vicky arqueó el cuello hacia atrás con los ojos cerrados y emitió un primer jadeo largo y sentido. Había llegado al orgasmo, pero, aunque desaceleré, no me detuve. Vicky emitió una serie de resoplidos, suspiros y gemidos Mientras se retorcía levemente notando el orgasmo en todo su cuerpo.

Nos quedamos un momento, quietos; ella respirando fuerte, yo apenas moviéndome en ella. Entonces me miró, salvaje, despeinada, con una sonrisa y un brillo especial en las pupilas.

—Qué bueno eres, joder… —me susurró complacida y graciosa—. Y qué bueno estás, cabrón…

Con lentitud, adormecida por el reciente orgasmo, se volvió y besó mi glande. Luego pasó la lengua varias veces hasta que se tragó mi pene. Se recolocó el pelo y movió la cabeza adelante y atrás, en una combinación brutal de cuello y lengua. Yo sonreí.

No tardé apenas un minuto en alcanzar el orgasmo que salió justo antes de que ella retirase la boca de mi pene. Mi esperma salió disparado y aterrizó, parte en el brazo de Vicky, y el resto en el suelo del salón.

Jadeé complacido y en cierto modo, exhausto. Estaba perlado, ligeramente sudoroso, y mi pecho retumbaba. Respiraba con rapidez. Miré a Vicky que se acababa de limpiar con una servilleta de papel. Le sonreí y atraje su boca. Posé un ligero beso en sus labios y la punta de nuestras lenguas se juntaron.

Nos miramos sin decirnos nada. Ambos sabíamos que lo nuestro ya era, irremediablemente, mucho más que sexo. Nuestros ojos nos lo decían y las puntas de nuestros dedos, rozándose y buscándose, también.

Ella se recostó en mi pecho y empezó a acariciármelo. Yo hice lo mismo con su pelo. Permanecimos callados durante varios minutos. Solo pensando, o sintiéndonos sin necesidad de hablar.

—Me gustas mucho… —musitó ella finalmente.

Yo miré a Vicky haciendo que girase el cuello en dirección a mi cara. Durante un par de segundos nos hablamos con las pupilas. Vi en su cara las ganas de ser feliz, de sentirse amada y protegida. Entonces, con toda la fuerza de mis brazos, abracé a Vicky, que se aferró a mí, casi con desesperación.

—Quiero que dejemos esto, Vicky. Que nos alejemos de esta vida… Quiero estar contigo, vivir contigo, ser normales y… tenernos el uno al otro.

Ella me miró con una leve sonrisa, acariciándome la cara.

—Yo también… —susurró muy bajito, y me dio un beso.

 ___________________________________

Llevo unos minutos mirando a Vicky dormir. Cómo su pecho se mueve con ligereza. Su boca entreabierta y su pelo, en una coleta, un poco desparramado en la almohada. Hoy hace calor en Madrid. Lleva la misma camiseta blanca de tirantes y un pantalón de pijama, corto, blanco también, que cuando hemos hecho el amor.

Me gusta verla así. Con sus piernas largas, morenas y elásticas, estiradas a lo largo de la cama. Sus brazos, bien formados, de piel canela y tibia, abrazados a la almohada o, como ahora, posados al lado de su cara.

Me siento a su lado y acaricio con ternura su cintura. Esbelta y firme, ahora que ya tiene una rutina de comidas clara y me hace caso con los ejercicios. Paso mis dedos por su pequeño tatuaje en el final de la espalda. Un pequeño caballito de mar de colores. Sutil y bonito.

Se mueve un poco en sueños cuando nota mi mano en su piel. Pero al instante, vuelve a quedarse quieta y a retomar el ritmo pausado de la respiración.

Es en esos momentos cuando me acuerdo de cómo me ayudó tras la muerte de mi hijo. Y de cuando Vicky, estando aún vivo, pero en las últimas, sonreía cuando ella jugaba con él. No me cuesta ver la mirada de mi madre, apenada por su nieto, aunque parcialmente reconfortada con esa chica, amiga de su hijo, que le ayudaba, consolaba y abrazaba cuando se venía abajo.

Y a mi padre. Recio siempre por dentro, pero embargado por la pena en su interior, escapándosele algunas lágrimas, sonreía también a esa chica que intentaba hacer aquellos instantes algo más feliz la escasa vida que le quedaba a mi hijo.

Cierro los ojos y me veo con ella. Quiero intentarlo. Sé que no será fácil y que, tendremos problemas añadidos al resto de parejas. Nuestro pasado, clientes que pueden volver, reconocernos, amargarnos o, simplemente, atormentar nuestras conciencias. Habrá secretos que prefiramos no decirnos y guardarlos bajo la llave que cierra el sótano de las memorias.

Los dos necesitamos sentirnos queridos y es posible que, aunque complicado, seamos los que mejor nos comprendamos. Sabemos lo que es nuestro oficio, la mierda que lleva dentro y las miserias que debemos ver y soportar. Incluida, por supuesto, las nuestras, que no son pocas.

Me veo débil cuando la miro. No sé si seré capaz de quererla como lo hacen las personas normales. Desconozco si seremos nosotros mismos quiénes nos pongamos las trampas o los barrancos que no sepamos esquivar. En realidad, no hemos amado nunca. Nuestros sentimientos se han anquilosado, deformado, hasta quedarse como petrificados en una sensación deseada, pero que no hemos vivido. Y si lo hemos hecho, ha sido tiempo atrás, en una vida muy anterior, diferente y en buena parte, olvidada.

Siento miedo y deseo. Quiero ser capaz, pero mi pecho se agita nervioso cuando me imagino envejeciendo con ella. Me acuerdo de mi hijo y le pido que me ayude a encontrar esa forma de ser normal y de querer a una persona sin que el pasado y las penurias me atormenten.

Si pudiera, y el dinero no fuera ese obstáculo necesario para iniciar esa nieva vida, no cogería el vuelo mañana a Nápoles. Me olvidaría de Macarena y de tantas otras con las que he estado en la cama con cariño mercenario. Y le diría que tampoco se fuera con ese hombre a Santi Petri, con ese cliente que yo mismo le he con seguido a través de Nuria, y que nos va a mantener alejados en el verano. Pero no podemos, es un paso necesario, una necesidad vital de dinero y el peldaño último para iniciarnos en la nueva forma de vivir juntos.

Sé que tengo carencias. Que debo acostumbrarme a estar con una persona, a sufrir con ella, a vivir en un techo común en donde nada será igual que ahora. Será, sin duda, difícil, pero quiero huir de lo que soy.

Me di cuenta de que es ella con la que quiero empezar a ser normal, cuando me dijo que tenía que trabajar en esto durante un tiempo para conseguir ese dinero que le faltaba. Que no quería ser pobre nunca más, que necesitaba ese empujón financiero y monetario para reconvertirse. Sentí, por primera vez en mi vida, verdaderos celos. Inseguridad porque estuviera con otros hombres, a pesar de saber de sobra que es trabajo y que el fin último es poder iniciar ambos esa vida en común, alejada de nuestro presente. Lo sé, pero me es inevitable sentir esa inseguridad y, a la vez, la necesidad de tenerla conmigo en todo momento.

Si fuera posible, huiría con Vicky ahora mismo… 

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