DEVA NANDINY

Al día siguiente de la cena con Don Ramón y su acompañante, me levanté con la sensación de que todo lo que había acontecido la noche anterior, había sido un sueño. Los recuerdos afloraban en mi cabeza como si fueran secuencias de una tórrida película.

«¿Demasiado vino en la cena?», comencé preguntándome. Sin embargo, no encontraba una sola razón para haber llegado tan lejos.

Al poco tiempo de levantarme, mientras Enrique dormida todavía plácidamente en la cama, yo decidí salir a dar un paseo para intentar despejarme un poco, necesitaba escapar de casa. Pienso que había una parte de mí, que temía que mi marido se levantara y me mirara con ojos inculpadores, como confirmándome que sabía de antemano que terminaría cayendo, como una verdadera zorrita, dentro del morboso juego que cada vez me cabía menos dudas, que él y Don Ramón tenían planeado de antemano.

«¿Qué es lo que había cambiado dentro de mí? ¿Estaba realmente comenzando a sentirme interesada por el jefe de mi marido?». Reconozco que desde que era casi una niña, siempre he sentido una especial atracción por un perfil de hombre maduro, inteligente, experimentado y con ciertas perversiones. Sin embargo, por mucho que intentaba ahondar dentro de mi subconsciente pretendiendo encontrar respuestas, físicamente seguía sin encontrar a Don Ramón un hombre realmente atractivo.

Su mirada, sus gestos, su forma de hablar me desvelaban una depravación en sus gustos, incluso con demasiada oscuridad para mí. Había algo en él, que me hacía permanecer en un continuo estado de alerta.

—¿De dónde vienes? —Me preguntó mi marido preocupado, cuando casi dos horas después regresé a casa.

—Necesitaba dar un paseo.

—¿Estás bien? —Se interesó.

—No lo sé. La verdad es que me siento como si no fuera dueña de mis propias emociones.

Él se acercó hasta donde yo estaba, entonces me rodeó con sus brazos. Olía a gel de ducha, ese característico olor a hombre que casi siempre consigue embriagarme.

Sin más preámbulos por mi parte desaté su albornoz y comprobé que su miembro estaba totalmente empalmado.

—Veo que te has levantado contento, —intenté bromear sin tener verdaderas ganas de mantener sexo.

—No dejo de recordar algunas escenas de anoche. Estuviste tan…

—¿Puta? —Interpelé interrumpiéndole y terminando la frase por él.

—¿Te arrepientes de algo?

—¿Me preguntas qué si lamento haber dejado que tu jefe se corriera en mis tetas, mientras tú me estabas follábamos? —Pregunté mirándolo a los ojos y agarrando a la vez su verga—. La verdad es que el viejo la tiene bastante más gorda que tú.

—Lo sé, —me confirmó forzando una sonrisa.

En ese momento comencé a masturbarlo. Lo hacía con movimientos de muñeca muy lentos y acompasados, intentando en todo momento incrementar su enorme excitación, más que conducirlo al orgasmo.

—Iván, —dije nombrando al amigo de mi hijo—. También la tiene bastante más gruesa que tú, —mentí.

—¿Te gustó recibir su lefa entres tus tetas? —Interpeló con sequedad. Volviéndome a recordar el episodio de la noche anterior, como si el tema de mi relación con el amigo de mi hijo no le interesara en absoluto.

—En ese momento sí, pero ahora cuando lo pienso en frío… —Me sinceré sin poder terminar la frase.

—Nunca te había visto comerte un coño con esa intensidad, —comentó sacando a Carmen a colación.

—Había algo en esa mujer que me hacía desearla desaforadamente, —reconocí.

—¿Tal vez la deseabas tanto por qué sabías que era la puta de Don Ramón?

Escucharlo hablar de esa manera de Carmen, hizo que yo comenzara casi al instante a excitarme. Hasta ese momento simplemente le estaba siguiendo el juego a mi marido.

—¿Te gustaría convertirme en eso, en un de las putas de tu jefe? —Le pregunté con cierto tono de desprecio.

—Eso es lo que te mereces por ser tan zorra, —intentó agraviarme sin medir debidamente el impacto de sus palabras, seguramente debido a su alto grado de excitación.

—Cariño, no dudes que te has casado con una verdadera zorra. No obstante, te aseguro que tú te mereces cada uno de los cuernos que te he puesto, —me defendí.

—Gracias, —respondió mirándome a los ojos aceptando la humillación como un premio.

Entonces él intentó bajarme los leggins, estaba tremendamente excitado. Sin embargo, yo conseguí esquivarlo con un rápido gesto de cadera.

—No cariño, no te confundas. Te aseguro que hoy no vas a follarme, —le amenacé con un gesto serio

—Olivia, estoy muy cachondo… si quieres…

—No te mereces follarte a una hembra como yo. ¡No eres más que un puto cornudo! —Le recordé.

—Por favor, Olivia…—Me rogó al tiempo que cogía mi mano y volvía a colocársela sobre su erecta verga.

Yo dejé mi mano quieta sobre su polla, apretándola un poco como queriendo mantener y sentir toda su dureza en la palma de mi mano. Entonces, Enrique me miró como suplicándome que lo masturbara.

—Háblame de ella, —intenté negociar—. Haré que te corras. Pero quiero conocer el secreto de Carmen.

—¿Qué te hace pensar que una mujer tan vulgar como ella pueda tener algún secreto oculto? ¿No crees que le estás otorgando un halo más enigmático, del que de verdad tiene?

—Reconozco que ella no es una mujer excepcionalmente bella. Sin embargo, esos ojos… esa forma de estar sujeta y tan entregada a un amante no deja de encerrar cierto misterio, —alegué totalmente convencida.

—¿Qué quieres saber? Ella es solo la puta de Ramón, tampoco no hay mucho más que explicar…—Respondió con cierto tono humillante hacia Carmen.

—¡Pues entonces hazte tú la paja! —Proferí soltando la verga por un segundo, haciendo a la vez a la vez el amago de marcharme.

—¡Espera! —Exclamó, verdaderamente ansioso. —Juanma— dijo haciendo referencia al esposo de Carmen—. Es un auténtico inútil, un lastre para la empresa. Un día Ramón le avisó que fuera buscándose otro empleo, que estaba harto de sus continuos errores en la contabilidad, y que iba a despedirlo.

Enrique dejó de hablar durante unos segundos, como si necesitara coger un poco de aire. Mientras, yo proseguía masturbándolo, esperando impaciente que continuase su exposición.

—Entonces, para sorpresa de todos, una mañana a primera hora Carmen se presentó en el despacho de Ramón. Según me contó ese día él mismo, ella llegó llorando, hablando de sus dos hijos, y rogándole que por favor no despidiera al inepto de su marido.

—¡Espera, espera…! ¿Me estás diciendo que Carmen folla con Don Ramón a cambio de que su marido conservé el empleo? —Pregunté atónita, negándome a creer lo que estaba escuchando.

—Sí y no. No conozco todos los detalles, seguramente aquel día Carmen pensó que hablándole de sus hijos conseguiría ablandar el corazón del viejo.

—Y más que ablandar la conciencia de Don Ramón, que no la tiene, lo que consiguió fue ponerle dura la polla, —respondí con ironía.

Mi marido estaba demasiado excitado para reírse, además el asunto no tenía precisamente nada de gracioso.

—El caso es que ese día Carmen se la terminó chupando en el despacho. Según Ramón, en aquella época de sus pechos aún brotaba leche lactante.

—Y claro… a cambio él prometió conservar el trabajo de su marido. Me parece todo tan indecente. Es tan vil y asqueroso saber cómo Don Ramón aprovecha una situación de poder, con una madre desesperada, que forzada por las circunstancias se ve obligada a prostituirse. Es humillante. Me siento fatal por haber sido partícipe en toda esta inmoralidad. No te perdonaré nunca que me hayas metido en algo tan indecente, —alegué totalmente enojada.

—¿Te refieres a que te arrepientes por haberle comido el coño a esa zorra? Nunca te he visto actuar de esa forma con otra chica, cuando hemos realizado juegos con alguna pareja. Siempre he advertido que te comportas con otras mujeres de un modo más pasivo, como dejándote querer por ellas.

—¡Claro que me arrepiento! ¡Por supuesto qué si! Yo no sabía que ella estaba allí desnuda ofreciéndome el coño, obligada por las circunstancias. Me di cuenta, de la docilidad que tenía con Don Ramón, casi le pedía permiso para respirar. Pero ingenua de mí, pensé que se debía a que era una puta perra sumisa.

—¿Te fijaste en la cara de golfa que ponía cuando Ramón la masturbaba? ¿Acaso te pareció estar obligada cuando la hiciste correr? Te recuerdo que gemía como una verdadera puta.

—Tal vez estaba fingiendo… No querrá que Don Ramón se canse de ella.

—Olivia, ella es tan zorra como tú. Puede que al principio pesara en sus hijos cuando se llevó el primer día la polla de Ramón a la boca. Eso no te lo niego. Sin embargo, te aseguro que ahora solo piensa en ella cada vez que lo hace. Está enganchada a las perversiones de Ramón, a los regalos caros, a los viajes, a las cenas… ¿Crees que ella estaría ya dispuesta a volver a llevar una vida anodina y monótona con el gordinflón de Juanma si él se lo exigiese?

—Supongo que no, una vez que te inyectan el morbo, el sexo tradicional deja de resultar interesante. Para una sumisa como Carmen, ser el juguete del jefe de su marido, ha de ser muy excitante.

—Todo el mundo en la oficina conoce la relación de Ramón y de Carmen, Ella va alguna mañana por el despacho. Nada más que ella se presenta allí, él cierra la puerta y las persianas. Más o menos media hora después, Carmen sale totalmente despeinada y acalorada, mirando al suelo como avergonzada, con esos aires de mosquita muerta que simulaba tener anoche. Nadie se atreve a comentarle nada a Juan Manuel, que permanece impasible, como si estuviera ajeno a todo dentro de su pequeña oficina, mientras todo el mundo es consciente de que su mujer está jodiendo con su jefe. Pero cuando no está delante, todos hacen chascarrillos burlándose del pobre cornudo. Creo que soy el único de toda la empresa, que en secreto lo envidia y lo admira.

—¿Lo envidias por sus cuernos? Cariño, ten por seguro que tú tienes más carga de cuernos que él, —le aseguré sonriendo.

—A veces no es solo la cantidad. Es la intensidad de la humillación extra que, en el caso de Juanma, me excita soberanamente.

—Vamos, que te encantaría que todo el mundo supiera que tu esposa, es una puta que disfruta Follando con otros hombres. Si quieres, puedes contárselo a tus compañeros de la oficina. Te animo a que les digas que tu querida esposa, le ha comido el coño a la querida de Don Ramón, y que he dejado que el viejo se corriese en mis tetas, —comenté sin disimular estar burlándome de mi marido

—Sabes que por mi posición en la empresa yo no podría hacer algo así, aunque quisiera hacerlo.

—Vamos a la cama, —exclamé sin soltar la polla de mi esposo, conduciéndolo tirando así de él, hasta el dormitorio.

Entonces me quité los leggins doblándolos con cuidado, y colocándolos a los pies de la cama, luego me saqué las bragas, para a continuación, deshacerme de la camiseta.

Una vez totalmente desnuda me tumbé boca arriba. Entonces, en esa posición con mi marido aun de pies al lado de la cama, me abrí totalmente de piernas. Ofreciendo y mostrando a mi esposo toda mi rajita. Instintivamente y sin pensarlo, acerqué mi mano hasta mi sexo introduciéndome dos dedos que se colaron con suma facilidad hasta el fondo.

—Estoy empapada, —comenté cachonda como una perra, mirando a mi esposo a la cara. A continuación, saqué los dedos húmedos y chorreantes de mi vagina, llevándomelos a la boca, comencé a chuparlos con sumo deleite. «Me encanta el sabor saladito de mi coño».

Enrique me miraba embobado. Estaba tan excitado, que incluso tenía el rostro casi desencajado. En ese momento por fin se desprendió de su albornoz, dejándolo caer hasta el suelo. Luego trepó a la cama, e intentó colocarse encima de mí. Sin embargo, para su absoluta sorpresa yo lo rechacé, empujándolo hacia un lado con las manos.

—Cariño. Creo que no lo has entendido todavía. No obstante, no te preocupes, yo te lo explicaré de nuevo, —expresé con tono severo recriminándolo—. No vas a follarme.

El pareció quedarse consternado. Me miró a los ojos y en su desolada mirada puede descifrar un gesto de absoluta decepción y asombro.

—Estas muy puta Olivia, solo hay que verte. No entiendo, porque no quieres dejar que te folle, —expresó apuntando hacia mi sexo.

—No necesito la polla de un cornudo. ¡Anda Cariño! Sé bueno y cómeme el chocho.

Mi marido como el hombre inteligente que es, no hizo que se lo repitiese de nuevo. Bajó hasta que pude sentir su aliento sobre mi vagina. Justo en ese instante, noté como abría mi húmeda rajita con sus dedos, y como comenzaba a follarme con la punta de la lengua. En honor a la verdad siempre reconoceré, que Enrique es de los hombres que mejor sexo oral me ha proporcionado en toda mi vida.

—¡Ah…! —Exclamé al sentir el roce de su lengua penetrando mi vagina.

A continuación, noté como buscaba mi henchido y duro clítoris, lo absorbió entre sus labios, dejándolo trizado y pinzado entre ellos, mientras al mismo tiempo comenzó a estimularlo con su lengua.

—¡Dios cariño…! ¡Qué bien me comes el coño!

En ese tórrido momento, justo cuando me tenía en ese punto, sentí como dos o tres de sus dedos comenzaban a entrar y salir, follándome incesantemente mi deseosa vagina. Abandonando durante algunos segundos la estimulación de mi clítoris, comenzó a decirme:

—Quiero follarte. Lo necesito, Olivia, —vociferó casi de forma desesperada.

—¿Está rico mi conejito? —Pregunté llena de morbo—. ¿Crees que a Don Ramón le gustará joderse el chochito de la guarra de tu esposa?

Enrique me miró desconcertado. Su mirada era vidriosa como si estuviera en trance. Estaba tan excitado, que el exceso de testosterona que acumulaba en su cuerpo, no lo dejaba razonar con claridad.

—¿Estás deseando convertirte en una de las putas del viejo? —interpeló deseando escuchar una única respuesta.

—Puto cornudo… estarías encantado de que lo fuera. ¿Verdad? Pídemelo, cabrón. Me voy a correr —, le anuncié.

—Fóllatelo, cariño, Por favor. Quiero que jodas con él. Necesito que lo hagas —me imploraba sin ningún tipo de sonrojo.

—¡Me corro! ¡Que gusto! ¡Ah…! —Exclamé invadida y sacudida por un intenso orgasmo.

Una vez que el clímax se fue desvaneciendo cerré los ojos. Estaba temblando. Sentía por los movimientos de la cama que mi marido se estaba masturbando, manteniendo todavía la cabeza entre mis piernas.

—Olivia ¿Dime lo qué eres? —Preguntaba sin dejar de tocarse desesperadamente, desde abajo.

—Una puta cariño. Soy una puta — confirmé con tono relajado al tiempo que cerraba los ojos

Un instante después me quedé profundamente dormida. Aseguro, que ni tan siquiera recuerdo si llegué a enterarme si Enrique se había corrido.

Tampoco sabría calcular cuánto rato estuve dormida, pero creo que no debió ser demasiado tiempo. Sin embargo, cuando desperté mi marido ya no estaba en casa. Pensé que seguramente debería de haber salido a correr. Sin embargo, al mirar el teléfono que descansaba a mí al lado en la cama, comprobé que me acababa de entrar un nuevo mensaje. Era de Enrique.

Enrique – 12:03

Olivia, no he querido despertarte

He quedado con Ramón.

Intenté descifrar el contenido de ese mensaje. Era domingo, por lo tanto, estaba segura de que su encuentro con su jefe no debía de ser precisamente por asuntos de trabajo.

¿Acaso, mi marido había ido a comentarle que, en un momento de éxtasis, casi al borde del orgasmo, yo había llegado a reconocer que aceptaba a follarme al viejo?

Olivia – 12:05

¿Dónde estás?

Llámame, ahora.

Sin embargo, Enrique debía de estar en esos momentos en un sitio sin acceso a Internet. Porque el mensaje no reflejaba haber sido entregado.

Entonces intenté casi desesperada llamarlo, pero una metálica voz me indicaba que el teléfono estaba apagado o fuera de cobertura.

Sin duda, el juego con Don Ramón iba mucho más rápido de lo que yo podía asimilar. Poco a poco la rueda seguía girando incesantemente sobre nosotros, en un morboso juego del que ya difícilmente podría escapar.

Continuará

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