GÁRGOLA

A las nueve de la mañana la cafetería estaba a rebosar y la aglomeración de gente dificultaba el acceso a la barra de las camareras. El barman atendía sus demandas y antes de preparar el pedido solicitado ya había otra camarera reclamando el suyo. Benito estaba sentado en la barra tomando su café y releyendo las ofertas de trabajo en el periódico.

—¿Dónde están mis dos con leche y mis dos croissants? —reclamó una impaciente camarera.

—Dos solos y un cortado —solicitó otra apoyando la bandeja sobre la barra. Benito pareció reconocer la voz y se volteó.  

—¿Laura? —preguntó sorprendido.

—¡Benito! —exclamó. — ¡Cuánto tiempo! ¿Qué haces aquí? 

—Tomando café, ¿Y tú?

—Trabajo aquí. ¿No te lo parece?

—No te había conocido, —dijo para enmendar el desatino de su absurda pregunta.

—Seguramente es porque han pasado quince años y peso como quince kilos más, —respondió ella con acritud.

—Yo te veo bien, —mintió al ver que la envoltura de la protagonista de sus ilusiones y fantasías de juventud había transmutado considerablemente.

—Gracias Benito, pero nunca has sabido mentir, —respondió sabiendo que verdad no había más que una.

No la reconoció porque habían pasado años y el atractivo del que hacía gala antaño se había evaporado. Ahora era una cuarentona amargada y con sobrepeso, con tres churumbeles en edad escolar y un marido que había perdido el interés en ella hacía tiempo, por lo que sus salidas nocturnas eran cada vez más frecuentes. Trabajaba en la construcción hasta las seis de la tarde, sin embargo no llegaba a casa hasta la hora de cenar, y cuando entraba por la puerta lo hacía con algunas cervezas de más, mostrando casi siempre un comportamiento agresivo. 

Laura, que en el pasado había sido la reina del baile, se había convertido en el estereotipo de mujer que siempre había odiado. Entre tantos pretendientes que revolotearon a su alrededor en sus tiempos mozos, su elección fue la más desacertada. Uno de sus cortejadores fue Benito, quien lo intentó con tesón como ningún otro, en su lugar, Laura nunca le dio la oportunidad de subir un peldaño más y su relación no pasó de una buena amistad, en tanto Laura estuvo tonteando de flor en flor hasta que eligió libar de la más perniciosa.

A pesar de ese primer instante de shock, todavía se le aceleraron las pulsaciones cuando la vio. Intentó encontrar algún resquicio del esplendor de la mujer a la que idolatró, pero si quedaba alguno, no estaba a la vista, sin embargo, algo de su esencia permanecía allí, ya que, al margen del desencanto inicial, sus sentimientos afloraron como si hubiesen estado en stand-by a la espera de reactivarse.

Por su parte, la autoestima de Laura no pasaba por un buen momento y no le apetecía que Benito la viese en ese lamentable estado, habida cuenta de que antaño la había idealizado. En aquella época era ella la que controlaba la situación y la que elegía con quien se enrollaba y con quien no, en cambio, aquella vivaracha flor de primavera, era ahora una flor marchita, o al menos era así como se sentía.

A Benito los años no le habían pasado la misma factura, sólo lucía unas canas que estaban allí como testimonio de su edad, ya que por lo demás, seguía siendo el mismo tipo normalito, poca cosa y sin nada destacable, pelo rizado, un tanto desaliñado y una delgadez impropia de su edad. 

Por el contrario, Laura intentaba camuflar esos kilos sobrantes en un uniforme de uso reglamentario que no ayudaba demasiado. Quizás era más un complejo suyo, —pretendiendo verse como a los veinticinco— que un problema real de sobrepeso. Tenía cuarenta, había dado a luz a tres churumbeles y las hormonas también se habían cebado un poco con ella, por lo demás, no existían otras irregularidades que no fuesen más allá de la edad.

El uniforme se ajustaba a su cuerpo delineando sus anchas formas. El cinturón presionaba su cintura intentando vencer la presión de sus carnes, y, en cierto modo, algo las disimulaba. El bra batallaba por mantener aprisionados unos pechos que al escote le resultaba difícil, y un pronunciado canal invitaba a los clientes a pasear la mirada por él, y la de Benito no fue menos. 

—Tengo que dejarte. Estoy trabajando, —dijo ella disculpándose para no tener que dar explicaciones de cómo la había tratado la vida.

—¿Puedo invitarte a un café después del trabajo, si no estás muy ocupada?

—Tengo que recoger a los niños del colegio, —justificó su apatía, si bien, una luz se iluminó en su cabeza y pensó que no pasaba nada si le añadía un poco de aliciente a su vida. Un trabajo que no le gustaba, un marido al que detestaba, tres niños, a cual de los ellos más inquieto y desobediente, limpiar, cocinar y al día siguiente vuelta a empezar, fueron elementos concluyentes para aceptar su invitación, por consiguiente, pensó en encasquetar a los niños a su madre y aceptar su propuesta en aras de salir de una rutina que la estaba consumiendo lentamente.

—Otra vez será, —se resignó Benito sin saber las elucubraciones de Laura en ese momento, ratificando una vez más su indiferencia hacia él en el pasado.

Un cliente reclamó su pedido desde su mesa y Laura cogió la bandeja con los dos cafés solos y el cortado.

—Salgo a las cinco, —le informó,  y a continuación se dirigió a entregar el pedido a los impacientes clientes.

Benito la contempló con cara de satisfacción mientras se alejaba (bandeja en mano) y su cuerpo le mandó una señal reconociendo que todavía seguía despertando en él sentimientos que habían estado adormecidos. La sangre fluyó a su entrepierna mientras la contemplaba inclinándose al depositar las bebidas en la mesa. Reparó en las bragas que se insinuaban a través del uniforme, gracias a las costuras, y se recolocó su entrepierna en una acción involuntaria, después salió de la cafetería, permaneció unos instantes en la acera sin tener un rumbo determinado e hizo balance de su vida.

No se había casado. Hubo una tentativa después de dos años de noviazgo, pero en el último momento ella se echo atrás truncando de nuevo un futuro que imaginó prometedor. Después compartió alquiler y cama con otra mujer con la que pensó que tenían en común algunas inquietudes, pero nuevamente le salió rana cuando la sorprendió en el lecho retozando con otro. A partir de ese momento desistió del empeño de encontrar una mujer leal y el sexo se redujo a la masturbación, haciendo uso de sus fantasías, y en ocasiones, cuando se lo podía permitir, al sexo con mujeres que no exigían nada de él, únicamente el volumen de su billetera.

Pese a que su situación económica siempre andaba por la cuerda floja entre trabajos temporales, invariablemente conseguía salir a flote alternándolos con posteriores prestaciones de desempleo y subsidios. De ese modo lograba vislumbrar algo de luz en un mundo que siempre parecía plantarle cara. En compensación, su carácter afable y optimista convertía lo difícil en sencillo, lo imposible en accesible y lo triste en llevadero.

A las cinco menos cinco de la tarde ya estaba Benito en la puerta de la cafetería a la espera de que terminase Laura su jornada y veinte minutos después hacía su aparición ella con su uniforme de trabajo y un abrigo por encima.

—¿Dónde quieres que tomemos café? —preguntó Benito.

—Me da igual. Alejémonos de aquí cuanto antes. No quiero que me reconozcan.

—Podemos ir a mi casa, —puntualizó Benito sin segundas intenciones.

—¿Crees que eso es buena idea? —preguntó ella.

—No veo por qué no, —matizó él.

—¿Estás casado? —quiso saber.

—No. Estuve a punto, pero algo no salió bien.

—Me alegro por ti, —añadió con franqueza y sin titubear.

—¿Tan mal te salió a ti? —se interesó Benito.

—Está claro que no fue como yo lo esperaba, —sentenció.

—Nunca lo es, Laura. Las cosas nunca salen como uno las prevé.

—En mi caso salieron completamente al revés de cómo las imaginaba.

—¿No eres feliz con tu marido?

—No lo soy con él, ni con mi vida, pero es lo que me ha tocado en el sorteo. He pensado muchas veces que el karma tiene que existir y yo tenía mucho que purgar. Al final quien la hace la paga.

—¿Por qué dices eso, Laura? Tú no eres mala persona.

—No soy malvada, pero tampoco fui una santa, ya lo sabes. 

—Nadie lo somos, Laura.

—Tú eres un buen tío, Benito. Siempre lo has sido, y yo te dejé al margen, pese a que siempre estuviste ahí, limpiando mis babas. No te traté como merecías. Quizás si lo hubiese hecho, mi vida sería más dichosa.

—No te fustigues. Nunca podemos saber si las decisiones que tomamos son las correctas, lo que sí que sabemos es que siempre podemos intentar enmendar nuestros errores e intentar cambiar algo.

—¿Me estás haciendo una proposición, Benito?

—¿Y por qué no?

—¿Sabes?, siempre te subestimé. Era consciente de que siempre estabas ahí hiciese lo que hiciese, en cambio, nunca te tomé en serio y reconozco que me equivoqué. Me fijaba más en la fachada y en lo superfluo que en el interior y tú siempre tuviste un gran corazón, y veo que sigues conservando esa bondad que te caracteriza.

—Vivo aquí, —dijo Benito señalando la modesta portería.

—Me has traído a tu casa… —advirtió.

—Ha sido sin querer.

—Evitarlo… —añadió Laura con una sonrisa.

—¿Quieres subir? No tengo muchos lujos, pero tengo café.

Laura pensó en su marido, pero no por si le hacía daño, sino para hacérselo. Benito conseguía que se sintiera bien a su lado, incluso lograba que, en cierto modo le resultara atractiva y no un mero saco de carne.

El piso era austero: un pequeño salón, una diminuta cocina, un baño y una habitación completaban los cuarenta y cinco metros cuadrados de la vivienda.

Entraron directamente en el salón y un intenso olor a cerrado y a comida rancia golpeó sus fosas nasales. Laura dio un repaso fugaz al habitáculo confirmando la ausencia de un toque femenino. Un sofá desvencijado de dos plazas, una pequeña mesa auxiliar con restos de la cena de la noche anterior y una lámpara auxiliar de pie descansaban sobre una alfombra a la que no lo hubiese ido mal el paseo de una aspiradora. Benito se quitó la chaqueta y a continuación le pidió el abrigo y el bolso a ella para colgarlos en la percha vintage que seguía manteniéndose allí durante los diez años que ya estaba alquilado, después recogió los restos de comida, disculpándose por el desorden.

—Ponte cómoda. Voy a hacer café. ¿Cómo lo quieres?

—Con un poquito de leche, por favor, —pidió.

Benito le puso un café, le añadió un poco de leche y él se sirvió el suyo. Se sentó junto a ella en el sofá, pero respetando su espacio vital para no incomodarla.

—¿Cuéntame algo de ti! —le pidió Laura.

—No hay mucho que contar, Laura. Voy tirando. Trabajo en lo que me sale. Ya sabes como está todo de mal. Vivo aquí unos diez años con la esperanza de encontrar un trabajo que me permita alquilar algo más digno, pero todo es una mierda. Contratos temporales de tres meses, como mucho de seis, pero bueno, mientras no vaya a peor, no hay problema. ¿Cuántos hijos tienes? —quiso saber.

—Tengo tres: de seis, de ocho y de diez.

—¿Te dabas un margen de dos años para el siguiente?

—No, qué va. Después del primero juré y perjuré que sería el último, pero mis cálculos siempre me jugaban una mala pasada. Ya sabes que nunca cumplo mis promesas.

Benito rio.

—¿A qué se dedica tu marido? —preguntó.

—¿A parte de beber? —añadió con sorna. —Trabaja en la construcción y medio sueldo lo dilapida en el alcohol y quién sabe en qué más. Lo cierto es que a casa solamente llega la mitad del sueldo.

—¿Por qué no lo dejas?

—¿Y donde voy yo con tres mocosos y novecientos euros? Él despilfarra la mitad de su nómina, pero al menos trae a casa la otra mitad. La cosa cambiaría si no hubiese niños de por medio.

—Pero no eres feliz.

—¿Lo eres tú?

—No sabría decirte. Intento vivir con lo que tengo, sin más pretensiones. ¿Pero qué es la felicidad? Si nos cuesta saber qué es… ¿cómo demonios vamos a medirla? ¿Qué haría falta para que fueses feliz? ¿Un marido irreprochable? ¿Otro trabajo? Siempre parece que anhelemos lo que no tenemos. ¿Crees que el que está podrido de dinero es más feliz? Sus problemas serán otros. Yo estoy convencido de que el dinero no da la felicidad, pero también lo estoy de que tu pareja tampoco te la va a dar, por mucho que te quiera. Primero tienes que quererte a ti misma para después ser feliz.

—Siempre has sido muy profundo, Benito. 

—Bueno… —exclamó desinteresado.

—¿Y tú te quieres a ti mismo?

—No puedo cambiar mi aspecto, es el que me tocó en el sorteo y es lo que hay. Si no aceptas eso, ¿cómo vas a ser feliz? Yo hace años que me acepté y vivo mi vida sin rendirle cuentas a nadie. Nunca hubo nadie por quien mereciese la pena perseverar, la única que pudiste serlo fuiste tú…

Laura se avergonzó de su comportamiento en el pasado. Reconoció que lo utilizó como peluche y como paño de lágrimas de sus innumerables devaneos con unos y con otros.

—Me arrepiento de muchas cosas, Benito.

—Eso no es malo. Todos nos equivocamos. Tú siempre me has gustado Laura. Ésta mañana, cuando te he visto ha sido como un subidón después de tantos años.

Laura lo miró esta vez con algo más que afecto. Tenía que contar los años que hacía que no disfrutaba de un buen sexo. Ahora éste se reducía a la masturbación haciendo uso de un consolador que adquirió en Amazon. Odiaba follar con su esposo porque no lo disfrutaba. Para ella se había convertido en una tarea más que añadir a los quehaceres de la casa, por tanto, cuando él llegaba a casa con un poco más de alcohol en el cuerpo del habitual, sabía que tenía que abrirse de piernas y aguantar estoicamente hasta que acabara. Si la cosa se prolongaba más de lo habitual, fingía un orgasmo para que rematase antes. Por suerte, la mayoría de las veces el episodio solía ser breve, luego él caía como un tronco en la cama y ella terminaba de hacer sus tareas antes de acostarse. Podría haberse dejado llevar por intereses únicamente placenteros, pero su animadversión hacia él era cada vez mayor, con lo cual, le era imposible reorientar su cerebro en el disfrute.

La continencia provocó que el roce de piernas despertase deseos reprimidos y Benito se dio cuenta de lo vulnerable que era a su contacto. No pretendía aprovecharse de su indefensión, quería que ella lo deseara del mismo modo y retomar aquel idilio que nunca llegó a fraguarse. La miró y se perdió en la profundidad de unos ojos melancólicos a la espera de una señal que lo invitara a un mayor acercamiento, y esa señal llegó efusivamente en forma de beso cuando se acercó para comerle la boca con un sonoro morreo que Benito recibió como agua de mayo. La lengua de Laura buscó la suya y se enroscó como una tuerca en un tornillo y los voluminosos pechos apoyados en su regazo le provocaron una erección instantánea como si fuese un adolescente. Se apoderó de uno y lo presionó con firmeza calibrando la magnitud de aquel par de melones que ahora tenía a su disposición.

Al desabrochar los botones del uniforme vio las enormes domingas encorsetadas en el sujetador. Vislumbró a través de la fina tela dos grandes y erectos pezones reclamando sus atenciones y Benito hundió su cara en el canal como si hubiera perdido una joya en una grieta. En su afán por querer atender aquellas frutas del paraíso no encontró la forma de abordarlas. Laura le facilitó la labor desabrochándose el sujetador y las gemelas Olsen se vinieron abajo, vencidas por la fuerza de la gravedad, por consiguiente, Benito continuó presionándolas y sorbiendo las oscuras aureolas. 

Su erección se tornó dolorosa, de todos modos, procuró ser paciente y no dejarse llevar por la impaciencia. Dejó un momento de lado a las hermanas Olsen y desabrochó el cinturón y los restantes botones contemplando, ahora sí, sus carnes en todo su esplendor. A pesar de todo, lucía unas braguitas de lencería muy sexis en las que se entreveían los pelillos de su sexo. Benito presionó la vulva con su mano y advirtió la humedad que indicaba lo receptiva que estaba, y sin dejar de besarla, un dedo se aventuró sin dificultad en su interior para reconocer el terreno, después lo sacó y surfeó por la raja hasta encontrar el pequeño botón, y con esos movimientos de rotación, la respiración de Laura se aceleró acompañada de jadeos.

Laura estaba en éxtasis dejándose hacer por las expertas manos de Benito y éste intentaba por todos los medios contener su ímpetu para tratar de darle todo el placer perdido durante tantos años. Se arrodilló delante de ella en el sofá, le bajó la pequeña prenda y Laura abrió ligeramente las piernas exhibiendo su sexo en todo su esplendor. Benito se detuvo un instante contemplándolo. Su parte inferior estaba completamente depilado, y en el pubis mostraba un triángulo de pelillos perfectamente recortados.

Benito empezó mas arriba de las rodillas aplicándole sedosos besos que ascendían lentamente por los muslos, y al llegar a su sexo, una fragancia intensa irrumpió en sus fosas nasales y lo embriagó. La lengua buscó la raja y repasó toda su extensión sin dejar ningún pliegue al margen. 

Con movimientos pélvicos, Laura buscó acompasar una lengua que estaba haciendo su trabajo a la perfección, pero entre tanto preliminar, la polla de Benito quería reventar, y después de abrevar en el manantial, se incorporó, bajó sus pantalones liberando una polla más que dispuesta. Laura buscó una posición más cómoda y se abrió de piernas para recibirlo, en tanto él se colocó encima y la penetró sin hacer paradas innecesarias. Una humedad caliente envolvió su polla y un deleite indescriptible arrolló su ser. Seguidamente inició un movimiento oscilante de caderas como motor de una verga que entraba y salía con una cadencia acompasada, mientras los dos amantes emprendían una sonata de jadeos incesantes. Laura aferró con las dos manos el culo de Benito presionándolo para conseguir una penetración más profunda, él captó el mensaje y los movimientos de cadera se hicieron más contundentes. 

Apretaba y arañaba con saña las prietas nalgas de Benito intuyendo que su orgasmo estaba fraguándose, en ese sentido, sus manos buscaron su espalda y se agarraron a ella para recibir el clímax, un clímax que llegó como un tsunami de placer entre convulsiones y gemidos, arrastrando a Benito al suyo. Los rotundos embates pélvicos fueron perdiendo su vigor y con un último golpe de riñón culminó su orgasmo, quedando a continuación tendido encima de ella con una respiración acelerada hasta que poco a poco el ritmo cardíaco regresó a la normalidad. Después quitó su peso de encima para no incomodarla y se sentó a su lado.

—Has estado increíble, Benito, —le dijo Laura recuperando el resuello.

—Eso es que he estado en dique seco mucho tiempo.

Ella sonrió satisfecha. Él se levantó, se encendió un cigarro y se lo ofreció a Laura.

—¿Todavía fumas? —preguntó.

—Sólo en ocasiones especiales, —dijo mientras contemplaba su cuerpo esmirriado.

—Pues ésta es una de ellas, —añadió, dándole el cigarrillo.

Laura lo cogió, dio una calada y aspiró el humo, después lo expulsó con parsimonia haciendo balance de lo que acababa de pasar. No había en sus pensamientos ningún atisbo de culpa, ni remordimientos. Todo lo contrario. Después de años de desdicha, se sentía bien y orgullosa de sí misma por darse la oportunidad de ser feliz. Benito se sentó a su lado y aspiró de su cigarro.

—Deberíamos hacer esto más a menudo.

—Estoy de acuerdo, —ratificó dando otra calada.

—Te buscaré, ¿de acuerdo?

Laura asintió con una sonrisa genuina como hacía tiempo que no lo hacía. En la cafetería sonreía por obligación, pues iba en el paquete: amabilidad y simpatía, requisitos indispensables para el puesto; en casa apenas sonreía, únicamente cuando algún niño soltaba una gracia inesperada. Su talante era cada vez más hosco, producto de la mala vida que llevaba, pero ahora, gracias a Benito y a ese mágico momento, su vida había adquirido un matiz más colorido, acostumbrada desde hacía años a vivirla en blanco y negro. Ni una frase de aliento, ni una palabra hermosa que la estimulara para seguir adelante en una vida de pesadumbre y aflicción. 

En cambio, Benito la había hecho sentirse bien después de tantos años. Volvía a sentirse viva, y más que una mujer deseable, volvía a sentirse “mujer”.

Eran las diez de la noche cuando hizo su aparición su esposo. Los niños ya habían y cenado y se habían acostado, como era habitual la mayoría de las veces.

—¿Dónde está la cena? —preguntó. 

—Si quieres una puta criada, ya puedes ir contratándola, cerdo, —y ante su osadía, el hombre quedó fuera de sí, transfigurado con los ojos inyectados en sangre, y por debajo salían llamas de sus fosas nasales cual dragón enfurecido. Inmediatamente se aproximó y le cruzó la cara con la mano abierta. Laura aguantó estoicamente sin inmutarse. Un hilillo de sangre descendió por la nariz y se deslizó hasta la boca. Se limpió con el dorso de la mano en actitud desafiante. Ya no tenía miedo.

—Se acabó, cerdo. 

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